sábado, 22 de junio de 2013

Comentario: Viajando con Herodoto

Viajando con Herodoto

NOÉ AGUDO

Veo los estantes de mi biblioteca repletos de textos –algunos ya leídos, otros a la espera– y no me preocupo de si tendré tiempo suficiente para leerlos todos. He aprendido que cada libro tiene su momento y que el azar o un misterioso bibliotecario los va poniendo disimuladamente a mi alcance, para formar escalones que me llevan a alturas desde donde podré discernir con mayor claridad cuál es el momento propicio para cada uno.
    Corresponde en esta ocasión a Los nueve libros de la historia, de Herodoto, dedicados cada uno a las nueve musas, así que encomendados a ellas iniciamos nuestro viaje. Mi apetito intelectual se acrecienta al saber que conoceré los arenales africanos donde el simún, un viento del desierto, se traga pueblos enteros; visitaré la fuente de Libia que hierve a medianoche y está helada a mediodía; contemplaré el desfile de los ejércitos de Jerjes; miraré las abejas que impiden el acceso a las tierras allende el Danubio; atestiguaré la visita del ave fénix, que cada quinientos años trae a la Ciudad del Sol, en un huevo de mirra, el cadáver de su padre; admiraré los grifos que custodian el oro sagrado en tierras hiperbóreas; me cuidaré de las serpientes aladas que defienden los árboles del incienso.
    Conoceré a los ilustres Solón, el sabio; Sesostris, el conquistador; Ferón el soberbio, castigado con la ceguera y recompensado (¡vaya regalo!) con el conocimiento de la fragilidad femenina; saludaré a Proteo el justo, depositario de Helena; a los infames constructores de las pirámides de Queops y Quefrén; al faraón ciego de Anisis; al faraón sacerdote Setos, que halló la casta militar exactamente sustituible por las ratas. Admiraré y me regocijaré con la belleza de las veleidosas Ío, Medea, Helena y Europa; atestiguaré los amores de Heracles con ese vestiglo mitad mujer, mitad serpiente, madre de una estirpe de reyes.
    Presenciaré las ceremonias funerarias –el único acto de nuestra vida que nunca veremos– con que cada pueblo da valor cultural a un hecho inevitable, simple y natural como es la muerte: las de los etíopes macrobios, que guardan sus muertos en ataúdes de cristal; las de los indios que devoran a sus moribundos y las de los indios que los abandonan; las de los reyes escitas, con la procesión del cadáver y el macabro cortejo de familiares y servidores embalsamados, junto con sus caballos alrededor de la tumba regia; las de los trausos, que se reúnen para llorar alrededor del recién nacido y para regocijarse en torno del muerto; presenciaré el gran dolor por la muerte del cabrón sagrado; la sepultura de los gatos en Bubastis; de los halcones y musarañas en Buto; de los ibis en Hermápolis; del cocodrilo sagrado, cubierto de joyas en vida, embalsamado a su muerte; la locura de Cambises, por herir de muerte al buey Apis, y me sobrecogerá el hedor al contemplar los muertos que deben ser arrastrados por animales carroñeros antes de merecer sepultura entre los persas.
    Desearé participar en la subasta de novias de los babilonios; disfrutar aunque sea por un día del derecho del rey de los adirmáquidas; practicar el sencillo código amoroso de los masagetas; aprovechar la peculiaridad de los tracios, despreocupados de sus doncellas y celosos de sus esposas; admirarme de los lidios, que prostituyen a sus hijas, y de los babilonios, que venden sacramentalmente a un extranjero la virginidad de sus hijas. Me gustará probar la leche y el cocido que da longevidad a los etíopes macrobios; estar a la mesa con los indios padeos, que comen la carne cruda, y en la de los indios que sólo comen de una hierba; degustar la jalea de tamarindo y flor de harina en Lidia; o con los nasamones y su pasta de leche y harina de langostas; ver a los budinos, únicos entre los escitas, que comen piojos.
    Presenciaré todo eso y escucharé el atronador sonido de las espadas, cimitarras y alfanjes cuando chocan entre sí o destrozan huesos y escudos; me abrumará el tumulto de que se eleva del profundo pozo del pasado y me aturdirán las voces y alaridos de peonios, maclies, trogloditas (que graznan como murciélagos), atarantos, tracios, colcos, paflagonios, persas, fenicios, escitas, trausos, nasamones, zavecos, budinos, libios, maxies, espartanos, tauros... Veré cumplirse destinos milenarios tejidos por antiguos oráculos que ni siquiera los dioses son capaces de alterar; contemplaré hecatombes, holocaustos y matanzas que formarán océanos de sangre y montañas de huesos, mientras el hedor de la carne descompuesta cubre regiones enteras.
    Todo eso en nueve jornadas, encomendadas a Clío, Euterpe, Talía, Melpómene, Terpsícore, Erato, Polimnia, Urania y Calíope, en un viaje que durará lo que esta cuaresma inquieta. Éste es mi viaje con Herodoto.

    

No hay comentarios:

Publicar un comentario

  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...