Viajando con Herodoto
NOÉ AGUDO
Veo los estantes de mi biblioteca repletos de textos –algunos
ya leídos, otros a la espera– y no me preocupo de si tendré tiempo suficiente
para leerlos todos. He aprendido que cada libro tiene su momento y que el azar
o un misterioso bibliotecario los va poniendo disimuladamente a mi alcance,
para formar escalones que me llevan a alturas desde donde podré discernir con
mayor claridad cuál es el momento propicio para cada uno.
Corresponde en esta
ocasión a Los nueve libros de la historia,
de Herodoto, dedicados cada uno a las nueve musas, así que encomendados a ellas
iniciamos nuestro viaje. Mi apetito intelectual se acrecienta al saber que
conoceré los arenales africanos donde el simún, un viento del desierto, se
traga pueblos enteros; visitaré la fuente de Libia que hierve a medianoche y
está helada a mediodía; contemplaré el desfile de los ejércitos de Jerjes;
miraré las abejas que impiden el acceso a las tierras allende el Danubio;
atestiguaré la visita del ave fénix, que cada quinientos años trae a la Ciudad
del Sol, en un huevo de mirra, el cadáver de su padre; admiraré los grifos que
custodian el oro sagrado en tierras hiperbóreas; me cuidaré de las serpientes
aladas que defienden los árboles del incienso.
Conoceré a los
ilustres Solón, el sabio; Sesostris, el conquistador; Ferón el soberbio,
castigado con la ceguera y recompensado (¡vaya regalo!) con el conocimiento de
la fragilidad femenina; saludaré a Proteo el justo, depositario de Helena; a
los infames constructores de las pirámides de Queops y Quefrén; al faraón ciego
de Anisis; al faraón sacerdote Setos, que halló la casta militar exactamente
sustituible por las ratas. Admiraré y me regocijaré con la belleza de las
veleidosas Ío, Medea, Helena y Europa; atestiguaré los amores de Heracles con
ese vestiglo mitad mujer, mitad serpiente, madre de una estirpe de reyes.
Presenciaré las
ceremonias funerarias –el único acto de nuestra vida que nunca veremos– con que
cada pueblo da valor cultural a un hecho inevitable, simple y natural como es
la muerte: las de los etíopes macrobios, que guardan sus muertos en ataúdes de
cristal; las de los indios que devoran a sus moribundos y las de los indios que
los abandonan; las de los reyes escitas, con la procesión del cadáver y el
macabro cortejo de familiares y servidores embalsamados, junto con sus caballos
alrededor de la tumba regia; las de los trausos, que se reúnen para llorar
alrededor del recién nacido y para regocijarse en torno del muerto; presenciaré
el gran dolor por la muerte del cabrón sagrado; la sepultura de los gatos en
Bubastis; de los halcones y musarañas en Buto; de los ibis en Hermápolis; del
cocodrilo sagrado, cubierto de joyas en vida, embalsamado a su muerte; la
locura de Cambises, por herir de muerte al buey Apis, y me sobrecogerá el hedor
al contemplar los muertos que deben ser arrastrados por animales carroñeros
antes de merecer sepultura entre los persas.
Desearé participar
en la subasta de novias de los babilonios; disfrutar aunque sea por un día del
derecho del rey de los adirmáquidas; practicar el sencillo código amoroso de
los masagetas; aprovechar la peculiaridad de los tracios, despreocupados de sus
doncellas y celosos de sus esposas; admirarme de los lidios, que prostituyen a
sus hijas, y de los babilonios, que venden sacramentalmente a un extranjero la
virginidad de sus hijas. Me gustará probar la leche y el cocido que da
longevidad a los etíopes macrobios; estar a la mesa con los indios padeos, que
comen la carne cruda, y en la de los indios que sólo comen de una hierba;
degustar la jalea de tamarindo y flor de harina en Lidia; o con los nasamones y
su pasta de leche y harina de langostas; ver a los budinos, únicos entre los
escitas, que comen piojos.
Presenciaré todo eso
y escucharé el atronador sonido de las espadas, cimitarras y alfanjes cuando
chocan entre sí o destrozan huesos y escudos; me abrumará el tumulto de que se
eleva del profundo pozo del pasado y me aturdirán las voces y alaridos de
peonios, maclies, trogloditas (que graznan como murciélagos), atarantos, tracios,
colcos, paflagonios, persas, fenicios, escitas, trausos, nasamones, zavecos,
budinos, libios, maxies, espartanos, tauros... Veré cumplirse destinos milenarios
tejidos por antiguos oráculos que ni siquiera los dioses son capaces de alterar;
contemplaré hecatombes, holocaustos y matanzas que formarán océanos de sangre y
montañas de huesos, mientras el hedor de la carne descompuesta cubre regiones enteras.
Todo eso en nueve
jornadas, encomendadas a Clío, Euterpe, Talía, Melpómene, Terpsícore, Erato,
Polimnia, Urania y Calíope, en un viaje que durará lo que esta cuaresma
inquieta. Éste es mi viaje con Herodoto.
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