domingo, 23 de junio de 2013

Artículo: Una forma de eternidad

Una forma de eternidad

NOÉ AGUDO

Disfruto por estos días la lectura de los ensayos completos de Montaigne. Tan lo disfruto que es lo que comento con mayor entusiasmo entre mis amigos cercanos y, así, ya van dos pláticas que doy en torno al bordelés inmortal. En una de éstas logré tal empatía con el auditorio, compuesto principalmente por jóvenes, que vislumbré el conocimiento como la senda más segura para alcanzar cierta forma de eternidad.
   Y es que para leer a Montaigne se debe conocer su tiempo y sus circunstancias. Sólo así se pueden sorber hasta el tuétano esos textos que son una mezcla de poesía, filosofía e historia, y que se presentan aderezados con citas, aforismos y máximas de figuras de la antigüedad griega y latina. Es verdad que en mucho contribuyó la educación elegida por su padre para afinar la inteligencia y sensibilidad del creador del ensayo: recién nacido lo entregó a una familia de campesinos de una de sus aldeas para que creciera en medio de la pobreza, y antes de que aprendiera a hablar le procuró un preceptor alemán para que hiciera del latín su lengua materna; sólo hasta los ocho o nueve años pudo conocer la lengua francesa, y aun antes debió aprender griego. Pero tal vez esta educación no hubiera sido suficiente sin el doloroso accidente que Montaigne mismo reconoce como determinante para retirarse a edad temprana (apenas cumpliría cuarenta años) a esa vida de retiro y meditación en la que se engendraron los Ensayos. Ese accidente fue la muerte también temprana de su más caro y admirado amigo, Etienne de la Boetie, quien tal vez para subsanar en parte la herida que dejaba su partida le legó su biblioteca.
    Pero sin duda fue el siglo en el que vivió el que potenció cual fértil humus su talento e imaginación para lograr tan extraordinarios frutos, sin los cuales no se comprendería el desarrollo de la cultura occidental. El siglo de Montaigne (1533-1592) fue el del fanatismo y el de las guerras religiosas en Europa: el de las 95 Tesis de Lutero publicadas en la catedral de Wittenberg en 1517; el de la Reforma y Contrarreforma; el de los hugonotes contra los católicos, el del Concilio de Trento, el de la Inquisición y el Index. Pero también fue el siglo de las riquezas y asombros provenientes del Nuevo Mundo; el de la invención de ciudades fabulosas como El Dorado; el del descubrimiento de territorios inimaginables y el de las fuentes de la eterna juventud; el de la conquista de reinos extraordinarios como el del Perú y el de la Gran Tenochtitlán; el de las discusiones interminables entre los frailes humanistas como Bartolomé de las Casas y autoridades celosas de la fe como el cardenal de Sepúlveda, que se negaba a admitir que los aborígenes tuvieran alma.
    Pero no se debe olvidar, por otra parte, que el siglo XVI fue el de la transformación de los conocimientos acerca del universo, que inicia con la publicación de De Revolutionibus orbium coelestium de Copérnico en 1543, y que continuará Giordano Bruno (1548) al afirmar que el Sol es sólo una estrella y que seguramente existen infinitos mundos con seres inteligentes en otras partes del universo (por estas afirmaciones tan atrevidas para su época fue condenado a ser quemado vivo en 1600); dichas ideas las confirmará Galileo Galilei (nace en 1564), cuando afirme, basado en numerosas pruebas, que la Tierra no sólo no es el centro del universo, sino que se mueve alrededor del Sol; por esta tesis la Inquisición lo encarcela y lo condena a muerte, por lo que deberá retractarse pero también pronunciar su famosa frase: Eppur si muove (Y sin embargo se mueve); es también el siglo en el que nace Johannes Kepler (1571), quien perfeccionará estas teorías al describir las órbitas exactas que siguen los planetas alrededor del Sol. En suma, es el siglo en el que la visión geocéntrica del universo se derrumba y con ello todo el aparato teórico e intelectual de la escolástica medieval, aunque esto sólo se apreciará en el siguiente siglo.
    No debemos olvidar tampoco que el XVI es el siglo en el que nacen Miguel de Cervantes Saavedra (1547), el creador de la novela moderna con Don Quijote; William Shakespeare (1564), el más grande poeta y dramaturgo inglés; Lope de Vega (1562), el más prolífico poeta y dramaturgo del Siglo de Oro español; Francis Bacon (1561), pionero del método científico y padre del empirismo, quien publicará también sus Ensayos, enriqueciendo a este género humanístico y literario de Montaigne, con el rigor lógico de la ciencia experimental; es el siglo en el que escriben Torcuato Taso, Rabelais, Fray Luis de León y Marlowe, entre otros.
    Como se podrá comprender, es un siglo profundamente violento y fanático en lo religioso, pero también revolucionario en las ciencias, las artes, las técnicas, los descubrimientos y los viajes. En este periodo le corresponde vivir a Michel de Montaigne, “señor de la Montaña”, que con su familiaridad y vastos conocimientos acerca de los poetas y filósofos de la antigüedad, funciona como un verdadero puente entre épocas. Adentrarse en su mundo es mirar las décadas y siglos del desarrollo histórico como si fuesen días y semanas, y en todo caso los milenios como si fuesen meses o años. Pero es sobre todo apreciar la continuidad del pensamiento, las artes y la ciencia, tras ese largo proceso de ocultamiento y distorsión que significó la escolástica medieval, empeñada en ajustar las ideas y las creencias a la versión teológica de la religión cristiana. Como mejor lo ha expresado Jacob Bronowski, conocer el siglo de Montaigne es apreciar los conocimientos como un verdadero “ascenso del hombre”.   
    Un hombre sin conocimientos vive atado a su tiempo, a sus circunstancias, a su ignorancia y a la fatalidad. Un hombre con conocimientos escapa a estas determinantes y puede viajar a lo largo de la historia, de las culturas y de las ideas de cualquier época, persona y lugar. Su mundo se ensancha. Incluso con el poder de la imaginación es capaz de romper las ataduras materiales que lo sujetan a una clase o condición. Y, por supuesto, hacer posible la transformación de las condiciones materiales o socioeconómicas de nuestros días sólo es factible con una mejor preparación, que sólo la puede dar el conocimiento. Por eso pienso que es una forma de alcanzar cierto tipo de inmortalidad, esa que nos hace ser “contemporáneos de todos los hombres”, como quería Octavio Paz.
    Así, pues, disfruto los Ensayos como lo dice el gran Orson Welles: “Lo leo como otra gente lee la Biblia: abro mi Montaigne y leo una página o dos, al menos una vez por semana, por placer, sin más. Para mí, no hay mayor goce en el mundo”. Y esto sí hace a la semana, santa.

  

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