Una forma de eternidad
NOÉ AGUDO
Disfruto por estos días la lectura de los ensayos completos
de Montaigne. Tan lo disfruto que es lo que comento con mayor entusiasmo entre
mis amigos cercanos y, así, ya van dos pláticas que doy en torno al bordelés inmortal.
En una de éstas logré tal empatía con el auditorio, compuesto principalmente
por jóvenes, que vislumbré el conocimiento como la senda más segura para
alcanzar cierta forma de eternidad.
Y es que para leer a
Montaigne se debe conocer su tiempo y sus circunstancias. Sólo así se pueden
sorber hasta el tuétano esos textos que son una mezcla de poesía, filosofía e
historia, y que se presentan aderezados con citas, aforismos y máximas de figuras
de la antigüedad griega y latina. Es verdad que en mucho contribuyó la
educación elegida por su padre para afinar la inteligencia y sensibilidad del
creador del ensayo: recién nacido lo entregó a una familia de campesinos de una
de sus aldeas para que creciera en medio de la pobreza, y antes de que
aprendiera a hablar le procuró un preceptor alemán para que hiciera del latín
su lengua materna; sólo hasta los ocho o nueve años pudo conocer la lengua
francesa, y aun antes debió aprender griego. Pero tal vez esta educación no
hubiera sido suficiente sin el doloroso accidente que Montaigne mismo reconoce
como determinante para retirarse a edad temprana (apenas cumpliría cuarenta
años) a esa vida de retiro y meditación en la que se engendraron los Ensayos. Ese accidente fue la muerte
también temprana de su más caro y admirado amigo, Etienne de la Boetie, quien
tal vez para subsanar en parte la herida que dejaba su partida le legó su
biblioteca.
Pero sin duda fue
el siglo en el que vivió el que potenció cual fértil humus su talento e
imaginación para lograr tan extraordinarios frutos, sin los cuales no se
comprendería el desarrollo de la cultura occidental. El siglo de Montaigne
(1533-1592) fue el del fanatismo y el de las guerras religiosas en Europa: el
de las 95 Tesis de Lutero publicadas en la catedral de Wittenberg en 1517; el
de la Reforma y Contrarreforma; el de los hugonotes contra los católicos, el
del Concilio de Trento, el de la Inquisición y el Index. Pero también fue el siglo de las riquezas y asombros
provenientes del Nuevo Mundo; el de la invención de ciudades fabulosas como El
Dorado; el del descubrimiento de territorios inimaginables y el de las fuentes
de la eterna juventud; el de la conquista de reinos extraordinarios como el del
Perú y el de la Gran Tenochtitlán; el de las discusiones interminables entre los
frailes humanistas como Bartolomé de las Casas y autoridades celosas de la fe
como el cardenal de Sepúlveda, que se negaba a admitir que los aborígenes
tuvieran alma.
Pero no se debe olvidar,
por otra parte, que el siglo XVI fue el de la transformación de los
conocimientos acerca del universo, que inicia con la publicación de De Revolutionibus orbium coelestium de
Copérnico en 1543, y que continuará Giordano Bruno (1548) al afirmar que el Sol
es sólo una estrella y que seguramente existen infinitos mundos con seres
inteligentes en otras partes del universo (por estas afirmaciones tan atrevidas
para su época fue condenado a ser quemado vivo en 1600); dichas ideas las
confirmará Galileo Galilei (nace en 1564), cuando afirme, basado en numerosas
pruebas, que la Tierra no sólo no es el centro del universo, sino que se mueve
alrededor del Sol; por esta tesis la Inquisición lo encarcela y lo condena a
muerte, por lo que deberá retractarse pero también pronunciar su famosa frase: Eppur si muove (Y sin embargo se mueve);
es también el siglo en el que nace Johannes Kepler (1571), quien perfeccionará estas
teorías al describir las órbitas exactas que siguen los planetas alrededor del
Sol. En suma, es el siglo en el que la visión geocéntrica del universo se
derrumba y con ello todo el aparato teórico e intelectual de la escolástica
medieval, aunque esto sólo se apreciará en el siguiente siglo.
No debemos olvidar
tampoco que el XVI es el siglo en el que nacen Miguel de Cervantes Saavedra
(1547), el creador de la novela moderna con Don
Quijote; William Shakespeare (1564), el más grande poeta y dramaturgo
inglés; Lope de Vega (1562), el más prolífico poeta y dramaturgo del Siglo de
Oro español; Francis Bacon (1561), pionero del método científico y padre del
empirismo, quien publicará también sus Ensayos,
enriqueciendo a este género humanístico y literario de Montaigne, con el rigor
lógico de la ciencia experimental; es el siglo en el que escriben Torcuato
Taso, Rabelais, Fray Luis de León y Marlowe, entre otros.
Como se podrá
comprender, es un siglo profundamente violento y fanático en lo religioso, pero
también revolucionario en las ciencias, las artes, las técnicas, los
descubrimientos y los viajes. En este periodo le corresponde vivir a Michel de Montaigne,
“señor de la Montaña”, que con su familiaridad y vastos conocimientos acerca de
los poetas y filósofos de la antigüedad, funciona como un verdadero puente
entre épocas. Adentrarse en su mundo es mirar las décadas y siglos del
desarrollo histórico como si fuesen días y semanas, y en todo caso los milenios
como si fuesen meses o años. Pero es sobre todo apreciar la continuidad del
pensamiento, las artes y la ciencia, tras ese largo proceso de ocultamiento y
distorsión que significó la escolástica medieval, empeñada en ajustar las ideas
y las creencias a la versión teológica de la religión cristiana. Como mejor lo
ha expresado Jacob Bronowski, conocer el siglo de Montaigne es apreciar los
conocimientos como un verdadero “ascenso del hombre”.
Un hombre sin
conocimientos vive atado a su tiempo, a sus circunstancias, a su ignorancia y a
la fatalidad. Un hombre con conocimientos escapa a estas determinantes y puede
viajar a lo largo de la historia, de las culturas y de las ideas de cualquier
época, persona y lugar. Su mundo se ensancha. Incluso con el poder de la
imaginación es capaz de romper las ataduras materiales que lo sujetan a una
clase o condición. Y, por supuesto, hacer posible la transformación de las
condiciones materiales o socioeconómicas de nuestros días sólo es factible con
una mejor preparación, que sólo la puede dar el conocimiento. Por eso pienso
que es una forma de alcanzar cierto tipo de inmortalidad, esa que nos hace ser
“contemporáneos de todos los hombres”, como quería Octavio Paz.
Así, pues, disfruto
los Ensayos como lo dice el gran
Orson Welles: “Lo leo como otra gente lee la Biblia: abro mi Montaigne y leo
una página o dos, al menos una vez por semana, por placer, sin más. Para mí, no
hay mayor goce en el mundo”. Y esto sí hace a la semana, santa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario