sábado, 2 de abril de 2016

CLEMENCIA

Clemencia
NOÉ AGUDO

Era el verano de 1972. Había que esperar casi un año para ingresar al bachillerato luego de concluir la secundaria. No sabía qué hacer por las tardes, que para él eran las horas más prometedoras e inquietantes, así que decidió tomar clases de guitarra en el Injuve, un instituto cercano a la secundaria donde había estudiado en la colonia San Rafael. Allí la conoció. Era casi roja, de ojos verdes, nariz y boca pequeña y una abundante cabellera ensortijada que la hacía parecerse a Janis, la “Bruja Cósmica”. Pero era de Maravatío, Michoacán. Era la primera de cuatro hermanas, cual más bonitas.
Por esos días un pintor le pidió permiso para hacer su retrato, porque de verdad su personalidad atraía. A sus diecisiete años ya manejaba su propio auto, trabajaba en relaciones públicas de Telesistema Mexicano, y su desenvoltura y simpatía contrastaban con la timidez de los demás. Aún está una casita elevada sobre Serapio Rendón, donde el pintor vivía con unos gringos que fumaban mariguana, y allí la acompañó para que le hicieran su retrato.
Pronto formaron un pequeño grupo y después de sus clases (algunos asistían a oratoria, otros a actuación, música y cine en ese instituto fundado por Miguel Alemán) solían ir a un café que estaba sobre Serapio Rendón y Antonio Caso. Allí podían platicar y escuchar las canciones que les gustaban. A él especialmente “En un Rincón del Alma” y “La Soledad” con Alberto Cortés.
En ese entonces no existían muchas opciones para estudiar una carrera, pero casi todos trabajaban. Por eso el anhelo por estar en las aulas se saciaba en lugares como éste, que les daba la ilusión de continuarse preparando. Él esperaba un lugar en la preparatoria y para su buena suerte los CCH habían iniciado actividades un año antes. Así que sus clases de guitarra, su trabajo en la Pepsi y nuevos amigos llenaban sus días.
Haber estudiado en esta bulliciosa zona estudiantil marcó a muchos como él; los actos culturales y políticos en la Normal Superior y escuelas del IPN del Casco de Santo Tomás; su participación en un grupo teatral en la secundaria, y sobre todo haber asistido a la manifestación del 10 de junio de 1971, donde presenció el asesinato de varios jóvenes, lo habían predispuesto a participar en algún grupo, todo era cuestión de encontrarlo.
Cuando conoció The Working Class Hero, canción que venía en el primer álbum de John Lennon y la Plastic Ono Band, pensó que ese era el camino: pasar de la pacífica protesta hippie a la activa protesta yippie:

Te hacen daño en casa y te golpean en la escuela
Te odian si eres listo y te desprecian si eres tonto
Hasta que estás jodidamente loco que no puedes seguir sus reglas
Podrías ser un héroe de la clase obrera
Podrías ser un héroe de la clase obrera.

            Nunca imaginó que tal canción lo transformaría tanto, pero cuando escuchaba los siguientes versos pensaba que habían sido escritos para él: Keep you doped with religion and sex and TV/ And you think you’re so clever and classless and free/ But you’re still fucking peasant as far as I can see/ A working class hero is something to be… (Te drogan con la religión, el sexo y la televisión/ Y te crees ingenioso, apolítico y libre/ Pero no eres más que un jodido ignorante/ Podrías ser un héroe de la clase obrera…). Éste es el camino, pensó.
De inmediato pidió hablar con el director del Injuve, un tal Enrique Soto Izquierdo, pero lo atendió su secretaria, que se sorprendió cuando le explicó que quería dar una conferencia sobre el rock y la juventud. Lo miró con curiosidad y quedó de avisarle después. A la semana siguiente el sorprendido fue él, cuando la secretaria le comunicó que el director había aceptado que diera su plática.
 Programaron su conferencia; durante el poco tiempo que le restó de vida lamentó no haber conservado un ejemplar de ese hermoso cartel que imprimieron para anunciarla. A todo color, decía “El Rock y la Juventud” y luego venía su nombre. El día de la conferencia sus amigos se sentaron en primera fila. No le impresionó el enorme auditorio repleto, habló con seguridad y todo iba bien hasta que se refirió a los hippies, yippies, la revolución, Joan Báez, Bob Dylan y Lennon. Un grandulón que estaba en el pasillo lo interrumpió para decir que allí no era el lugar para hablar de política ni andar de grillo. Algunos le pidieron que se callara y lo dejara continuar. Los gritos y manotazos prosiguieron, de la vociferación pasaron a los golpes y el auditorio se volvió de pronto el escenario de una furiosa batalla campal.
Olvidó que estaba en el Injuve, un coto oficial que el gobierno había creado para entretener y cooptar a los jóvenes. Se valía asistir y participar en lo que se quisiera, pero, como decía la canción de Lennon, había que ser apolítico. El Jueves de Corpus de 1971 aún estaba cercano y para recordarlo allí estaban porros como El Caballo, que se encargó de interrumpirlo y organizar la pelea.
Miraba sorprendido sin saber qué hacer. Entonces alguien lo cogió de la mano y le dijo vámonos. Era Clemencia, que lo sacó por la puerta lateral. Corrieron hasta llegar a su coche. “No entenderán nunca”, dijo, y a partir de entonces se hicieron más amigos. Para subrayar su amistad esa tarde no fueron al café con los demás, sino que se metieron a un Kikos que estaba en la calle de Miguel Schultz. Allí Clemencia lo miró intensamente y le dijo por primera vez que era “un niño gigante”. Le pidió la dirección de su trabajo y le dijo que al siguiente día pasaría por él para ir a comer.
Un día el grupo organizó una excursión a Los Ojos de Agua, unos nacimientos de abundosa agua cristalina rodeados de vegetación que están cerca de Puente de Ixtla, Morelos. Quedaron de encontrarse en una estación del Metro y ambos llegaron puntuales. Esperaron a los demás pero cuando transcurrió casi una hora y nadie más llegaba decidieron ir solos.
¿Cómo era posible que una chica tan guapa se atreviera a salir con un muchacho, y solos? El plan era pasar dos o tres días en aquel lugar, pues además del agua podían pasear por el campo, pescar y preparar su comida en una fogata al aire libre, dormir en una pequeña tienda. ¿Tenía novio? Hizo una cara de fastidio cuando respondió que sí, era alguien que tocaba en un grupo de rock llamado “Perón Eléctrico”. Él lo había escuchado en los anuncios de las “tocadas” que pasaban por Radio Capital. No se atrevió a preguntarle más.
Cuando llegaron al lugar instalaron la tienda, fueron a comer algo en las cabañas de los campesinos y luego subieron al cerro, a contemplar el lugar. El verdor en las márgenes del río se acrecentaba con el que creaban los manantiales de agua dulce y transparente donde bajaron a nadar. Admiró su cuerpo duro, su delgadísima cintura que hacía resaltar sus ondulantes y firmes caderas y muslos. No había malicia ni deseo, sólo un agradable bienestar, nuevo para él, que produce estar con alguien que se quiere y admira. Para la noche hicieron té, que bebieron con leche condensada.
―¿Sabes cómo me dicen ahora? ―preguntó él.
―No, dime.
―Macuarrito. Es que soy amigo del albañil de la fábrica y algunos domingos lo acompaño a hacer algunas reparaciones. Él es el Macuarro y yo el Macuarrito.
            Rieron, se contaron parte de sus vidas, sus gustos y aspiraciones, y luego se quedaron en silencio, para escuchar los millares de sonidos nocturnos. La mañana los sorprendió abrazados y sólo rieron cuando descubrieron sus cuerpos entrelazados. Continuaron así un rato, luego prepararon el desayuno, fueron a caminar por el río y regresaron a nadar.
No entendió cómo se fue produciendo esa necesidad vehemente de estar con ella, de escuchar su voz y mirar su rostro. Percibía su sonrisa como una tierna caricia y de su cuerpo emanaba una suave tibieza. Tenía miedo de preguntarle si permanecerían una noche más o regresarían el domingo por la tarde. Quería continuar a su lado, escuchar su voz, aspirar el olor de la crema que se ponía y detener su cuerpo en el agua. Por eso se sintió feliz cuando ella dijo que se irían el domingo, “lo más tarde que se pudiera”. Pero tampoco pudo evitar la tristeza infinita, la soledad inmensa que sintió cuando al regreso debió despedirse de ella. Siempre había pensado en que no había nada más doloroso que separarse de sus padres cuando venían a visitarlo, pero había descubierto un dolor aún más grande.
Continuaron algún tiempo con la misma rutina: ella lo esperaba al salir del trabajo para ir a ese café cercano al Reloj Chino, en la calle de Bucareli. Procuraban pasar todo el tiempo juntos, y solos. Cuando ingresó al CCH lo llevó muchas veces y entraba con él a clases. ¿Qué faltaba para aceptar que era su novia y decirlo a todos? ¿Por qué nunca se atrevió a pedirle que rompiera de una vez con el rockero del “Perón Eléctrico”?
La lucha sindical que había iniciado al compás de El héroe de la clase obrera y su relación con los activistas de la escuela transformó en parte esta indefinición. Muchas veces Clemencia lo acompañó todavía a recoger los volantes, le señalaba algunos errores de redacción y se propuso para repartirlos en la planta de la Pepsi que estaba en Calzada de la Viga. Cómo crees, dijo él, jamás permitiría que fueras. Era infinita la astucia de los obreros para hacer llegar las gacetillas a sus compañeros de otras plantas de la ciudad e incluso a las de provincia: entre las botellas vacías, entre las rejas, en las fondas donde iban a comer, en los tráilers…
Cuando lo despidieron, su activismo continuó en las huelgas que estallaban por esos días: Spicer, Beckton Dickinson. Un día le avisó a Clemencia que iría a San Luis Potosí. La universidad estaba en huelga y sus compañeros les habían pedido apoyo. Al día siguiente ella le trajo un libro donde puso: “Para…, el niño gigante que tanto admiro” y él prometió que a la semana siguiente regresaría. Pero de la ciudad de San Luis Potosí los enviaron a Matehuala; su brigada debía trabajar con los campesinos que cortaban lechuguilla; hicieron una obra teatral y la representaron en poblaciones, escuelas rurales y rancherías, y la estancia se prolongó por un mes.
Cuando regresó, lo primero que hizo fue ir a buscarla a su casa.
—Se fue a vestir —le dijeron.
―¿Cómo? ¿A vestir?
—Sí, hoy se casa —dijo la madre con suavidad, como para no herirlo. Le quedaban pocos días de vida, y su único consuelo durante ellos fue mirar el libro y la letra precisa, bien escrita y definida que ella le dedicó.  

SIBILINO PIE DE PÁGINA

Si en mi última entrega recomendaba la lectura de las Máximas de Marco Aurelio (o los Soliloquios o El libro áureo, se ha editado con diversos títulos) hoy la tarea en el CCH debe ser contextualizar aquella expresión de Porfirio Díaz dicha al inicio de la Revolución de 1910: Han soltado el tigre.

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