lunes, 16 de noviembre de 2020

 

Jamás adoctrinar

Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas

de una doctrina,

inculcarle determinadas ideas o creencias.

Diccionario de la Lengua Española

Considero que el profesor es un trabajador intelectual, y como tal debe ejercer una absoluta independencia de criterio. Un intelectual no puede realizar su trabajo crítico si se afilia a un partido, es seguidor de una doctrina o de una ideología. El buen profesor debe enseñar a pensar, a dudar, a ser escéptico, a analizar y mirar desde todos los ángulos posibles un hecho. Así podrá alentar y enseñar a sus alumnos a que también formen su propio criterio y opinión.

Puede simpatizar con una causa, un partido o ideología, luchar e incluso ser militante de alguna organización si lo hace puertas afuera de la escuela; nunca hacer de ésta una posición de su lucha partidaria. Hacia adentro debe dejar de lado toda militancia para inculcar con su actitud la auténtica crítica, que es la de valorar con independencia de criterio cualquier asunto. Si la ejerce tratando de ganar simpatías hacia un personaje, partido o causa, distorsionará su visión de la realidad y cancelará su independencia intelectual, pues la atará a aquello con lo que simpatiza.

Menos aún lo puede hacer en espacios universitarios, cuya característica fundamental es la tolerancia, el respeto a todas las ideas, la pluralidad y la libertad de expresión.

            Los marxistas salvaban estos límites aduciendo que ellos tenían la versión científica de la realidad, así que no admitían ninguna crítica a su doctrina, y donde obtuvieron el poder se volvieron los más feroces censores y perseguidores de quienes disentían de sus ideas. Desde luego, ya no eran las ideas de Marx sino la versión que sus intérpretes habían hecho de ellas. Pero hoy, vistos los fracasos prácticos y los errores teóricos de aquella supuesta ciencia, advertimos que se trata tan sólo de una ideología más, mejor construida y más sofisticada tal vez. Pero quienes siguen creyendo en la validez científica del marxismo, a pesar de sus fracasos teóricos y prácticos, o bien no saben lo que es la ciencia o creen en el marxismo como en una religión, es decir, basados solamente en su fe.

            Muchos piensan que sostener estas opiniones lo hace a uno ser de derecha. El funcionamiento de gobiernos, la actuación de los militantes y partidos de izquierda ha demostrado que esas etiquetas carecen de validez. Los mismos vicios, ambiciones, errores y obsesión por el poder que tiene la derecha los tiene la izquierda. Las decisiones perjudiciales o benéficas para la sociedad no tienen signo ideológico, lo mismo pueden provenir de la derecha que de la izquierda. Así que las etiquetas son huecas, no dicen nada y sirven tan sólo para estigmatizar a quien se atreve a pensar diferente y para señalarlo como adversario o enemigo, cuando es tal vez el que con mayor fidelidad recupera lo más valioso de las ideas de Marx: el ejercicio del pensamiento crítico.

El poder es el poder y  requiere cooptar o anular a todo aquel que lo critica o disputa, y esto lo saben y practican partidos, líderes e ideólogos de cualquier tendencia; incluso la persecución es más encarnizada entre compañeros del mismo partido. La URSS, China y más cerca Cuba nos dieron muestras escalofriantes de este hecho: millones de muertos y casi todos antiguos compañeros y aliados, acusados después de disidentes y herejes.

Por eso los más acertados teóricos de la política saben que lo realmente revolucionario es crear normas, instituciones y mecanismos para contener el poder, así como alentar la crítica y la participación ciudadana. Los sistemas políticos que mejor permiten esta serie de contrapesos, balances y equilibrios son los democráticos, pues allí el poder no se concentra en una sola persona o partido y existe la libertad de información, de expresión y asociación, y también existe la posibilidad de cambiar a los gobernantes mediante el voto y no por la violencia, que perjudica a generaciones enteras. En México aún hace falta hacer más eficaces estos mecanismos.

No tengo nada contra el marxismo. Admiro mucho a Karl Marx y de él aprendí ese estilo panfletario de escritura que de tanto en tanto trato de imitar; por él supe también lo indispensable que es leer poesía (él leía a Shakespeare y a Heine, entre otros poetas) y obras clásicas. Su cultura era impresionante. Su disciplina de trabajo y la de Lenin son admirables; cualquier profesor debería conocerlas para saber que siempre hay tiempo para leer, escribir y aprender algo más.

Con los que no simpatizo es con quienes vulgarizan y reducen las ideas de Marx. Y afirmo con absoluta certeza y convicción que cuando uno abraza una ideología no solo anula su capacidad crítica, sino la posibilidad de participar en la resolución de sus problemas porque antes debe respetar la doctrina. Uno se transforma en un catecúmeno, en un sectario que primero debe velar por la pureza ideológica y sólo después decide si puede participar, sobre todo si cuenta con la anuencia de los líderes. Esto impide trabajar por cualquier cambio que beneficie a una sociedad o comunidad, pues el individuo se vuelve tan solo una pieza en la organización que obedece las indicaciones del líder.

Lo que caracteriza al ser humano es la diferencia, la capacidad de apreciar y valorar cada uno de forma distinta los problemas. ¡Esto es admirable! Las batallas por la pureza ideológica son las más encarnizadas e inútiles. Todos se creen poseedores de la versión única de la realidad y esto lleva a riñas como las que existieron y existen entre las sectas religiosas por un la pureza de un dogma o doctrina.

Mucho de las peleas y división de la izquierda proviene de esas ideas. Recuerdo mis años de estudiante en el CCH. Había grupúsculos troskistas, comunistas, maoístas, guevaristas, castristas, estalinistas, etcétera, y su denominador común era el desprecio por los demás, a quienes consideraban "los enemigos". No había solidaridad, compañerismo ni posibilidad de actuar conjuntamente. Algunas veces nos atrevimos a desechar la pureza ideológica y así logramos actuar por fin juntos, pero fue en muy pocas ocasiones. Nos unían la ingenuidad, la amistad y el deseo de aventura, pero nos separaban las doctrinas e ideologías.

Por mi profesión de profesor y periodista, ahora, me doy cuenta que no puedo afiliarme a ningún partido. Si reclamo libertad para criticar vicios y errores, así como para reconocer aciertos, debo ser ajeno a todo interés político o ideología. Hoy nada me impide aplaudir la eficacia y honestidad de ciertos políticos, así como de criticar sus errores; sólo el valor civil y las limitaciones que yo mismo me imponga son los límites.

Por otro lado, cuando me hice profesor (treinta años después ser estudiante de bachillerato) me sorprendió la apatía, el temor y el nulo valor civil de profesores y alumnos, al mismo tiempo que habían proliferado vicios como la prepotencia, la simulación y la corrupción. La crítica, la libre expresión y la tolerancia habían desaparecido. Justamente, cuando el país empezaba a cambiar en estos aspectos.

Estoy convencido que las grandes transformaciones se inician con los pequeños cambios que somos capaces de realizar en nuestro entorno cotidianamente. La democracia no existe si la ciudadanía es incapaz de practicarla, ejerciendo sus derechos y libertades día a día. Por eso ejerzo la que tengo más a mi alcance: la libertad de expresión. Por eso y porque soy profesor mantengo mi independencia intelectual. Pienso que un buen propósito del profesor es enseñar a pensar, procurar que sus alumnos formen su propio criterio y aprendan a tomar sus propias decisiones. Jamás adoctrinarlos. En esto creo.

 

sábado, 14 de noviembre de 2020

     EL DÍA DE SU BODA

Llegó de su mano al CCH. Se sentía seguro y orgulloso de entrar a clases acompañado de esa chica hermosa de pelo rizado, esponjado y rojizo; todos los miraban. Él mismo no sabía si era su novia o sólo su amiga, pero daba igual, se daba cuenta que lo quería. La había conocido en los largos meses de espera al concluir la secundaria e ingresar al bachillerato.

            Ambos trabajaban por las mañanas. Ella en Telesistema Mexicano y él en la Pepsi-Cola; ella era una eficiente publirrelacionista y él quien reparaba las llantas en el taller mecánico de la refresquera. Se conocieron en ese instituto donde se refugiaban quienes deseaban continuar estudiando pero no hallaban lugar en las preparatorias. Iban a aprender un oficio, nociones de algún arte, manualidades, sucedáneos de una auténtica carrera.

            Un día ella lo rescató de una segura golpiza, cuando quiso dar una plática sobre el rock y la política y los porros lo interrumpieron para advertirle que el lugar no “era para grillar”, era un instituto del gobierno. Sin embargo su nombre quedó impreso en un hermoso cartel que conservó mucho tiempo, y a partir de entonces ella se fijó en él. Le regaló un libro y puso: “Para el niño gigante que tanto admiro”, y comenzaron a salir. Acudía por él a la fábrica, iban a comer, al cine, a tomar café y a escuchar canciones. Lo acompañó a realizar su examen y lo abrazó jubilosa cuando supo que estudiaría en el CCH, en aquel lejano 1973.

            Conocer el ambiente del colegio lo transformó: ingresó en una etapa de activismo frenético; conoció a troskistas, guevaristas, militantes del Partido Comunista, seguidores de Lucio Cabañas. Se juntó con un grupo de maoístas, leyó El libro rojo y después las obras completas de Mao. Con un grupo de obreros jóvenes organizó una célula para transformar el sindicato de la empresa; soñaba con independizarlo de la CTM, confederación controlada por el gobierno; invitó a sus compañeros activistas de la escuela, realizaban círculos de estudio y redactaban volantes. Ella se reía de sus escritos, eran virulentos pero los aplaudía. Pronto descubrieron sus intentos de independencia sindical  y lo echaron a la calle.

             Pensativa, un día ella le dijo que había discutido con su novio, quería que la acompañara a sus tocadas de rock, pues era guitarrista de un grupo. ¿Vas a ir?, preguntó. “No sé”, respondió, “me gusta mucho estar contigo”. Entonces surgió la huelga en la Universidad de San Luis Potosí de donde les pidieron apoyo. Se enroló con un grupo de diez muchachos y allá fueron. Los enviaron a  Matehuala, a trabajar con los cortadores de lechuguilla y a hacer teatro para los campesinos. Estuvo allá más de un mes. Cuando regresó su tía le dijo:

            Te ha venido a buscar varias veces esa muchacha.

            Fue a buscarla a su casa, que estaba rumbo al Ajusco. Su madre lo recibió sonriente y le dijo “¡Qué bueno que vino! Hace mucho tiempo que no lo veía!”. Sí, respondió, no estaba en la ciudad, y preguntó de inmediato por ella.

            No está dijo la madre, se fue a vestir. ¿No lo sabe? Hoy se casa.

            Sintió un aire helado en su vientre, se despidió con entereza y dijo que después la buscaría. La señora lo miraba con simpatía, tal vez con lástima, pero no dijo más. Él contempló la ciudad hirviente allá abajo; el humo empañaba su mirada y anegó de lágrimas sus ojos. Con inseguros pasos logró marcharse en silencio.

 

 

martes, 23 de junio de 2020

CRÍTICA DE LA RAZÓN CRUDA (1)

Crítica de la razón cruda (1)

Allí estaba otra vez, intentando recordar cómo había llegado, si lo hice solo o alguien me llevó, a qué hora, dónde había quedado la cartera y cómo fue que me pude zafar de ese lugar. Sólo recuerdo que estaba en Plaza Garibaldi, piradísimo, un teporocho se me pegó y empezó a beber conmigo; se servía de la botella que yo tenía en el piso, con refrescos y vasos de plástico. El Dito, Lucrecio y el Buitre habían desaparecido desde hacía rato. No se miraban y yo no hacía más que beber en tanto la botella durara. En esa época teníamos la costumbre de robarlas a los grupos de valedores más borrachos que nosotros. Ponían las botellas al centro, sobre el piso, hacían una ruedita que se iba abriendo conforme se embriagaban o se descuidaban al atender la música que pedían. Entonces alguien pasaba, levantaba la botella y se evaporaba entre el gentío. Después nos reuníamos en los sitios acordados y volvíamos como si nada al centro de la plaza, a continuar bebiendo, escuchando mariachis sumergidos entre el bullicio. Esa noche llevábamos tres, solo que de diferente contenido: ron Bacardí, brandy don Pedro y ahora otra una más de brandy, pero ésta de brandy Cheverny. ¡Puro matarratas! Aparte de las dos de Gobernador que habíamos bebido en la Central Camionera. ¡Cómo aguantamos tanta bebida y refresco! Lo malo era el cruce: pasar del brandy al ron o al tequila, o incluso otro brandy pero de distinta marca, a mí me pegaba muy feo. Como el Vergel, que nunca me gustó. Siempre anunciaba el golpe, traía el golpe, atraía el golpe. El teporocho preguntó: “¿Me regalas un trago?”, sírvete le respondí. Y allí estábamos. Él callado, nomás viéndome, yo de tanto en tanto lanzaba un grito, cuando tocaban “La Culebra”, “El Son de la Negra” o “El Carretero” y luego me quedaba en silencio, preguntándome qué haría, hasta qué hora los esperaría. Eran ya como las dos de la mañana. El teporocho dijo vamos a mi casa, te invito a mi casa. Estaba tan borracho que lo seguí. Vivía bajo un montón de láminas de cartón en un terreno baldío, creo que era sobre la calle de Violeta. ¡Son chingaderas, qué pendejadas hago! Recuerdo vagamente el reducido espacio, había bultos, varios bultos, montones de ropa sucia arrojados sobre el suelo. Me dijo siéntate, yo obedecí y me senté sobre uno de esos bultos. Busqué un espacio vacío donde poner la botella y los refrescos que aún quedaban, y acomodar mis pies, que a esa hora ya estaban muy cansados. El teporocho gruñía, resoplaba; yo trataba de verle la cara, pero estaba recubierta por una espesa capa de grasa negra, como crema para el calzado, así que sólo veía brillar sus ojos, dos rendijas que apenas se abrían, mientras decía: Ahh, ahh, ahh, y buscaba algo en el espacio miserable. El sonido de las trompetas a lo lejos. Se acabó la botella de Cheverny y él vació un poco de líquido blanco en mi vaso al cual agregué Coca-Cola de manera maquinal. Seguí bebiendo esa porquería, sin saber lo que era. Pon música, le dije. Él se quedó mirando, dudando, desconcertado, sin saber qué hacer. No haaayyy, dijo, y yo sentí que me dormiría en cualquier momento; tenía un sueño profundo, pero no podía recargarme en nada, así que me acomodé sobre mis rodillas. De pronto el bulto donde estaba sentado se movió. ¡Horror!, era otro teporocho que dormía. No me dijo nada, sólo se acomodó y recogió sus piernas para ocupar menos espacio. Mi piloto automático no respondía, estaba aún dormido, no sabía qué hacer. Serví sólo Cocacola en mi vaso y eso me cayó mejor. Esperaba el golpe, no tardaba en llegar, debía venir el golpe, él me dictaba qué hacer, para dónde moverme. Siempre era así, a veces me decía, ¡Desaparécete, vete ya! Otras me aconsejaba coger la botella y llenar los vasos de los demás hasta  verlos derrumbarse por el alcohol o fatigados por el sueño, sobre las mesas, en los sillones o simplemente sobre el piso; algunas veces el golpe era violento, inesperado, me ordenaba atacar, y yo me lanzaba como un perro furioso contra quienes tenía enfrente, golpeaba y arañaba sus caras hasta hacerlas sangrar. Cuando la sangre les escurría me veían asustados, sorprendidos, y antes de que decidieran el desquite yo desaparecía. Días después, ya recuperado el juicio, me los encontraba y decían: “Estás bien pinche loco”. Pero esto sucedía sólo cuando me sentía inseguro o realmente estaba en peligro. El piloto vigilaba. Normalmente mis borracheras son tranquilas. Digo, las veces que descuido mi vaso y alguien lo llena de alcohol puro, pero estoy en un ambiente seguro, no paso de quedarme dormido sobre la mesa o repantingado sobre la silla, nunca he caído al piso, ni dentro de una casa o fuera de ella. Y cero agresiones.  Me paré preocupado y casi caí al suelo, tiré el vaso y derramé el contenido sobre otro bulto, que resultó ser una mujer. Ella murmuró algo y entonces miré con atención al resto. ¡Eran personas! Yo estaba en una guarida de indigentes, locos, pirados y teporochos; dormían entre sus bultos llenos de trebejos, hilachos sucios, botellas vacías, papel y demás desperdicios que arrastran en sus costales por las calles. Algunos los utilizaban como gruesas almohadas o los abrazaban entre sus piernas, reviviendo en parte el remoto recuerdo de “dormir enpiernados”. Yo pensé qué hago, ni modo que me quede a dormir con estos cabrones. El teporocho con quien llegué había echado su cabeza hacia atrás y dormía o fingía hacerlo. Entonces llegó el golpe: mi piloto automático saltó, lanzó un aullido y me levantó de los cabellos; cogí una botella de Cocacola, vacié todo el contenido en mi vaso y lo bebí de un trago. Recuerdo una piel sebosa entre mis manos, las barbas y cabellos que arrancaba y un olor a metal frío. Veía mis manos limpias pero las sentía grasientas, como si las hubiera embarrado con grasa que ponen a los vehículos. Mi piloto reaccionó cuando todos los bultos se empezaron a mover, algunos se sentaban para mirar mejor y otros intentaron ponerse de pie. A estos me ordenó patearlos, no permitir que se levantaran y amenazarlos con rasgarles el cuello con la botella rota que apareció en mis manos. Me levantó derecho, golpeó mis omóplatos, me puso sobre la calle y entonces corrí, corrí, corrí; atravesé un parque; vi una avenida iluminada por donde circulaban numerosos vehículos, caminé hacia allá y palpé mis bolsillos. Traté de mantenerme lo más derecho posible cuando se acercó un taxi, pero quien abrió la puerta era el mismo teporocho que había dejado en la covacha. “Ven, ven, sube”, me dijo, “te llevamos a tu cantón”. Volví a correr y sentí pasos cercanos detrás de mí que me perseguían; otra vez crucé un parque donde otro grupo de indigentes se calentaba alrededor de un fuego. Me reuniré con ellos, pensé, llegué y me senté a su lado. Uno o dos me miraron con indiferencia y ya no supe nada más.

Vio que tenía los calcetines puestos. Hizo un esfuerzo por levantarse y quitárselos. Pensó también deshacerse  del pantalón sucio y sintió repugnancia por su propio cuerpo. Los huesos le tronaron. Llevaba cinco días bebiendo y sabía que en un rato se presentaría los escalofríos, el temblor, la desesperación y empezó a sentir la necesidad vehemente de un trago. Le costó un esfuerzo enorme levantarse; fue hacia el pantalón, palpó nuevamente los bolsillos para ver si la cartera no estaba atorada por ahí. Seguro que llegó con ella, ¿de qué otra manera pagó el taxi? Dio algunos pasos, empezó a buscar monedas. Entre los trastes de la cocina, en una tablita donde su mujer llegaba y ponía el monedero, debajo de sus camisas, tal vez había olvidado allí un billete. Halló dos monedas de diez, dos más y tendría para una caguama, pensó. Con la cerveza fijaría la mirada, podría articular las palabras y recordaría mejor. Todo estaba en silencio, los muebles y las paredes crujían, como si se aprestaran a comprimirlo. Ella se había marchado, ¿para siempre? Le urgía un trago; recordó algunas tarjetas de crédito y de débito en las que le depositaban su sueldo en el último trabajo. Las extrajo del cajón, tal vez tuvieran algunos pesos todavía. Tomó un poco de aire, sabía que ya no podría dormir, aunque a esa hora no había aún ninguna tienda abierta. A menos que fuera al parque. Allí alguien del “Escuadrón de la Muerte” con seguridad le correría un poco de alcohol, del que fuera. Se asomó a la ventana, nadie a esa hora, volteó y miró sus botas sucias, se volvió a poner los mismos calcetines. Le extrañó un olor que provenía de alguna parte de su cuerpo. No era el sudor ni la mugre ni la ropa socia; era un olor extraño, indefinido y sutil, aunque persistente. Si con algo habría que compararlo era con el fierro viejo y oxidado, con el orín. Había aclarado un poco más. Cuando se sostuvo sobre la mesita advirtió la mancha carmesí entre los dedos. Parecía sangre reseca que también alcanzaba la punta de los dedos, bajo las uñas, y era lo que despedía aquel olor.

 


viernes, 12 de junio de 2020

EL REGRESO

El regreso

Quiso sentir nuevamente la suave brisa de octubre, contemplar cómo las ramas se inclinaban ceremoniosas para mostrar el envés de sus hojas y descubrir la danza secreta de los árboles, sus árboles, encaramado en la rama más alta de alguno de ellos. Anheló mirar el ocaso desde las alturas y comprobar cómo el sol estallaba en millares de fragmentos durante su agonía. En su memoria se dibujó aquella casa: el amarillo limonero, el mango siempre verde y umbrío y la silenciosa hosquedad del aguacate. Deseó acariciar por última vez las piedrecillas marinas halladas en su infancia, contemplar la inmensidad del sur, la pétrea y rugosa cortina del oriente y el cercano poniente de los atardeceres. El norte prefirió no evocarlo pues lo recorrería palmo a palmo si lograba volver. Miró sus manos, palpó su cuerpo, comprobó que la vida aún palpitaba trémula en su envejecido cuerpo. Hizo un pequeño bulto con sus cuadernos y el único libro que incluyó fue las Meditaciones de Marco Aurelio, agregó una gruesa capa de lino. El viaje le llevó varias semanas y días. Nadie lo vio cuando arribó al sitio donde se levantaba la casa, excepto la tenue claridad de la luna. Unos cuantos troncos podridos, pedazos de tejas y el espacio cuadrangular con hierbajos ralos eran lo único que indicaba que allí había existido algo. Un monte bajo cubría la superficie donde estuvieron el patio, el corral y los horcones para sujetar a las bestias. No quedaban huellas del aguacate ni del limonero, sólo el mango pareció mover suavemente sus ramas cuando lo vio llegar. Fue hacia el promontorio donde encontró la piedras marinas y escarbó con sus dedos hasta hacerlos sangrar. Milagrosamente, allí estaban, las puso en la concavidad de sus manos y las aspiró como si fuesen un delicioso aroma. Un coyote aulló en la lejanía. Se hincó, se reclinó sobre la tierra, lloró con la cara puesta en el suelo y derrochó sus postreras exhalaciones en la límpida soledad de aquella montaña.

jueves, 4 de junio de 2020

EL APRENDIZ

 El aprendiz

Aprendió a leer. De relacionar los signos y balbucear las primeras palabras, pasó a sumergirse en las historias que lo absorbían, a contemplar extasiado los paisajes descritos y sujetar con firmeza los escurridizos razonamientos. Continuó leyendo. Aprendió y practicó los mecanismos de la lectura. Descubrió cómo identificar las oscuras y profundas motivaciones del autor, percibir el desvaído murmullo de su inspiración aún presente en sus escritos, recuperar su estilo, asimilar su espíritu y, de ser posible, reencarnarlo. Se dio cuenta que mientras más lejano se encontrara en el tiempo quien escribió, mejor sucedía ese proceso transmigratorio. Por eso se concentró en las odas de Píndaro, meditó los enunciados de Pitágoras, cantó los audaces yambos de Arquíloco; recorrió los inciertos contornos de leyenda, mito y exacta geografía que le reveló Herodoto; atestiguó las metamorfosis de Apuleyo y respiró en las catacumbas romanas de Petronio. De incierto modo intuyó que Homero, Plutarco, Montaigne, Hawthorne, Faulkner o García Márquez (en realidad todos sus autores) se animaban resplandescientes en su reino de tinieblas cuando los leía. A cambio le prestaban su voz, le murmuraban palabras precisas y transparentes frases para que él escribiera sus propios textos. Así se dio cuenta de la influencia y comprendió por qué Borges decía que todos los hombres escribían en realidad un solo libro, y percibió entonces la redonda forma de eternidad a la que estaba condenado.

domingo, 17 de mayo de 2020

EL SILENCIOSO RITMO

EL SILENCIOSO RITMO

Observaba sus rutinas para tratar de entender qué lo llevaba a coger la pluma o sentarse frente a la máquina y empezar a escribir como si una impelente voz le dictara. Al principio creyó que eso era la inspiración: un inexplicable rapto de creatividad que llegaba de súbito, sin que nada aparentemente lo provocara. Luego de largos periodos de esterilidad concluyó que la inspiración no existía, siempre escribía a pesar de que no le gustara el resultado y lo consideraba sólo un ejercicio para mantener activos los desconocidos mecanismos de la creación. Después pensó en acrecentar su disciplina: se levantaba en las madrugadas, se sentaba frente a la página en blanco y no la abandonaba hasta escribir el sueño que había tenido, la misteriosa aparición de una frase, las ideas que se hacían claras a esa hora, los ordenados recuerdos y a veces extrañas y confusas palabras. Con esto creyó develar el misterio: el secreto consistía en darle sentido a lo que se revolvía en su mente, abrir cauce a lo que rebullía de manera atropellada y caótica. Un día advirtió cómo árboles y plantas reverdecían y echaban flores y daban frutos sin ningún plan aparente; reparó en la puntual sucesión de las estaciones; escuchó el canto de las aves y constató que volvían cada temporada para reiniciar un ciclo que nadie percibía; supo que la luna y sus fases de alguna manera armonizaban con el viento, las lluvias y la sucesión de la vida; recordó las lecciones de sus ancestros para sembrar, recoger las cosechas y aun cortar la madera. Por azar había encontrado la raíz de todo: el misterioso motivo de la sucesión y renovación de los ciclos estaba en el ritmo; el devenir de las estaciones, el arribo de las nubes, la germinación de las semillas, el canto de las aves, el movimiento de los cuerpos celestes y la armonía de la creación toda, como sus mejores escritos, se hallaba en el silencioso ritmo de la existencia.

jueves, 7 de mayo de 2020

ORACIÓN


ORACIÓN DEL AMANECER

Los extraños dólmenes para amontonar el fervor y el miedo
Las silenciosas estatuas de la Isla de Pascua que miran melancólicas el océano
Los pulidos santuarios de Lahore, cuyas cúpulas son como velas encendidas al cielo
La gran pirámide de Giza, en Egipto, la mayor urna funeraria del mundo
El templo de oro de los sijhs en Amristar o el de Khajuraho en la India, cuyas columnas son como enormes penes a punto de eyacular
La Calzada de los Muertos en Teotihuacán, por donde tal vez desfilaron los millares de seres que un día abandonaron la ciudad
Los polvosos y sangrientos caminos de la Meca
Los monasterios de Lhasa, donde todo el incienso huele al yak y a su sagrada mantequilla
Las pagodas y sus múltiples tejados en Bali
La luz prisionera en los observatorios de Uxmal
El templo de Karni Mata, en Rajastán, donde las ratas son sagradas
Los aguzados pináculos de las catedrales góticas que intentan provocar la risa de Dios
Todos esos templos, sagrados monasterios y monumentos, se contraen y desaparecen cuando un hombre solitario eleva su oración en la hora más silenciosa y angustiante de la madrugada.

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