Necesitamos ciudadanía,
¡carajo!
NOÉ AGUDO
Tenemos República, pero nos falta una
cosa: ¡pueblo!
Amado Nervo
Cuando una comunidad entera enmudece, y sólo es capaz de
murmurar; cuando elude sus derechos y obligaciones a cambio de un mendrugo de
pan; cuando desearía que otros hicieran lo que ella no se atreve; cuando sólo
es capaz de lamentarse y esperar a que un milagro ocurra; cuando deposita su
confianza en impostores que prometen el paraíso, a cambio de llevarlos al poder
para luego soportarlos mansamente; cuando sus integrantes no se atreven ni
siquiera a firmar una carta, a expresar una opinión ni mucho menos a solidarizarse
con el caído o humillado; cuando reniegan de su inteligencia y dignidad…, entonces
esa comunidad está doblegada, fracturada y condenada a ser pisoteada y víctima
de cualquier arbitrariedad. Basta con que individuos sin escrúpulos y lo
suficientemente cínicos y audaces se presenten para que se apoderen de sus
voluntades, de sus bienes, derechos e incluso de su honor y de su criterio.
Esto es lo
que demuestra lo ocurrido en las elecciones, plebiscitos, referéndums y demás
consultas que se han realizado recientemente alrededor del mundo: los jóvenes
que no deseaban que Gran Bretaña saliera de la Unión Europea, pero no acudieron
a votar y dejaron la decisión en un grupo de demagogos; la mayoría de los colombianos,
que deseaba un acuerdo de paz, pero permitió que una minoría impusiera el NO;
los millennials, hispanos y negros en
Estados Unidos, que no querían a Trump como presidente, pero dejaron que la
población blanca, adulta e ignorante decidiera. Si esto sucede en sociedades
con profundas raíces democráticas, con poblaciones conscientes, activas y
participativas, qué se puede esperar en países donde la gente ni siquiera
conoce su derecho a elegir y el poder de su voto para decidir.
En México, donde
el voto es comprado vergonzantemente con migajas como pueden ser unos cuantos
pesos, despensas, botes de pintura o tinacos, esta manipulación para decidir
los asuntos vitales del país se hace aún más grotesca; no hay ciudadanía, sus
derechos y su existencia misma son escamoteados por una clase política rapaz,
envilecida y mendaz; por eso nuestros dirigentes son cada vez más ineptos,
corruptos y cínicos; si lo que se requiere para dirigir —desde un municipio
hasta la presidencia de la República, desde un plantel del CCH hasta la máxima
institución educativa— es saber mentir y simular, ¿por qué yo no?, se pregunta
la cofradía de gaznápiros. Saben que sólo se necesita un poco de audacia y
mucho de desvergüenza para improvisarse como presidente municipal, director o
gobernador.
Y allí están
las consecuencias: gobernadores que dejan sus estados en la indigencia
financiera absoluta y con deudas brutales, sin un centavo, con la delincuencia
desatada y la inseguridad rampante, aunque ellos abandonan sus puestos con
decenas de casas en el extranjero y a lo largo y ancho de la República, con
cuentas bancarias en miles de millones de dólares, con empresas para continuar
saqueando los recursos públicos, ranchos y vehículos de lujo, incluyendo yates
y aviones. Si un presidente municipal o el director de una institución
educativa pública no logran lo mismo no es porque no quieran, sino porque no
pueden: los recursos no dan para tanto, pero en su escala también lo hacen. Por
eso anhelan tanto ocupar esos cargos. No importa que no tengan ni idea de cómo
realizar su delicada función y al concluir sus períodos dejen un desastre
educativo o ahogadas sus localidades en deudas. ¿Quiénes reclamarán? ¿A quién
rendirán cuentas? Unos y otros se tapan y solapan, así que sin una ciudadanía
que actúe hay manga ancha para actuar con absoluta impunidad.
“Necesitamos
actuar para cambiar a esta persona, pues está haciendo mucho daño” me dice un
ex funcionario del CCH. “De nada servirá, le respondo, pondrán a una parecida o
a alguien peor. Lo que necesitamos cambiar es esta discrecionalidad, esta
arbitrariedad y carencia de vigilancia y control con que actúan los directivos”.
Sabemos que en el Colegio, y en la Universidad en general, las diversas
instancias de representación de la comunidad son solo simulación: consejos
técnicos e internos, congresos, comisiones, defensorías y demás, responden y
obedecen a la autoridad jerárquicamente establecida. No hay un funcionamiento realmente
autónomo ni se les permite actuar como contrapeso, así que poco podemos esperar
de los mismos si no los recuperamos como auténticos órganos de representación
de la comunidad universitaria.
Es verdad que una persona honesta,
con conocimientos y visión de las tareas ayuda mucho cuando asume un puesto. El
mundo sería otro si no hubieran existido un Lincoln, un Juárez, Vasconcelos o
Mandela. Pero para los tiempos actuales es vital la participación de la
ciudadanía y los mecanismos de equilibrio y control; ya no es suficiente contar
con buenos líderes o con verdaderos académicos en los puestos de dirección, por
honestos que sean. Se requiere la participación de la gente común y corriente,
como nosotros los profesores, si queremos que nuestras instituciones y sociedad
cambien y funcionen eficazmente.
México no
vive aún una democracia plena ni mucho menos un estado de derecho efectivo, por
eso es urgente la actuación de los ciudadanos. Porque aún no hay una verdadera división
y funcionamiento de poderes que permitan su equilibrio, vigilancia y acotamiento
entre unos y otros; tampoco existen instancias que permitan llamar a cuentas a los
servidores públicos; los órganos de vigilancia están sólo para aparentar, para
simular (PGR, INAI, ASF, SFP, TJA, que integran el Sistema Nacional
Anticorrupción), no actúan ni funcionan si no hay una orden o permiso del más
alto nivel. ¿Es posible que alcaldes, diputados y poder judicial de Veracruz
(por no mencionar los organismos de vigilancia y control que dependían
directamente del gobernador) no se hayan dado cuenta del descomunal saqueo que
Duarte realizaba? ¡Claro que lo sabían! Incluso algunos colaboraron
gustosamente en el saqueo. Pero sólo realizaron su plantón, protestaron y
hablaron cuando el ladrón los dejó sin un centavo y huyó. Lo mismo hicieron los
organismos federales como la Procuraduría General de la República o la
Auditoría Superior de la Federación: intervinieron cuando el insaciable ladrón
cayó en desgracia por decisión del presidente. Y lo mismo sucedió con Guillermo
Padrés, el de Sonora. Y es lo que falta para que esa larga cauda de bribones en
lista de espera (Humberto Moreira, Roberto Borge, Fausto Vallejo, Rodrigo Medina,
Ángel H. Aguirre, et al.) sea llamada
a cuentas y devuelva lo que a ojos de todo mundo robaron. Si los órganos
fiscalizadores e impartidores de justicia funcionaran, harían su labor sin esperar
la orden del presidente y bastaría tan solo con la denuncia de los ciudadanos.
Pero esto no
sucede así. La clase política cuidó muy bien de que entre las reformas realizadas
no estuviera una reforma política que modernizara, restringiera y transparentara
su actuación y privilegios para poner fin a esta orgía de corrupción e
impunidad que desangra al país. Las consecuencias están a la vista: el
individuo más despreciable, el que toda la sociedad repudia pues sabemos es el
causante principal de que México no avance y continúe siendo un país desigual,
dependiente y ahogado en la corrupción y el crimen, es el político, del partido
y signo ideológico que sea. Ante esta situación el ciudadano desengañado y
frustrado desea ser como ellos, gozar de esa impunidad, no sujetarse a las
leyes o transformarse en algo peor: un delincuente. Por eso millares de jóvenes
se suman día a día a las legiones de criminales que asuelan la República. Por
eso se dice que la corrupción es un asunto cultural o innato de los mexicanos.
Es urgente transformar esta
situación. Es necesario devolver a la política su propósito principal, que es
el de establecer reglas claras, sencillas e igualitarias de convivencia social;
recuperar su capacidad de fomentar el liderazgo y lograr la unidad del país para
hacer frente a cualquier riesgo que se presente; saber conducir a la sociedad a
otros estadios y niveles de desarrollo, y sobre todo lograr el cumplimiento
estricto de un estado de derecho para poder vivir seguros. En suma, recuperar
lo que de ciencia y arte la política tiene. Por eso es tan importante crear
ciudadanía. ¿Qué significa esto? Que debemos actuar y formar un nuevo tipo de
persona: individuos críticos, participativos, informados, tolerantes,
respetuosos de otros puntos de vista, capaces de expresar y sostener públicamente
sus puntos de vista. Capaces de actuar y contribuir en la solución de sus
problemas.
Porque hoy día, aunque la población
ve, conoce y padece la corrupción, no actúa. ¿Por qué? Por lo que dice el
título y el párrafo inicial de este artículo: no hay ciudadanía. “Tenemos
república pero nos falta pueblo” decía el poeta. No ejercemos nuestros derechos
y mucho menos cumplimos con nuestras
obligaciones. Tenemos miedo de opinar, actuar y deseamos que otros lo hagan por
nosotros. Carecemos de valor civil. Nos solazamos en la murmuración, en los
chismes, en los comentarios a espaldas de quienes criticamos, pero jamás los
encaramos y parece no importarnos la gravedad de sus acciones ni sus consecuencias.
Los dejamos hacer.
En una escuela esto debería ser
motivo de reprobación y vergüenza, porque no está cumpliendo con una de sus responsabilidades
primordiales. La escuela no sólo transmite conocimientos y desarrolla
habilidades intelectuales, sino también forja comportamientos. ¿Cuál es el
perfil del egresado que nuestro modelo educativo propone? ¿Lo logramos? ¿Lo
conocemos siquiera? Hemos fallado: no formamos ciudadanos, no enseñamos a
nuestros alumnos a actuar como tales (ojo, no se trata de adoctrinarlos, como
algunos malos profesores entienden, sino enseñarlos a que formen su propio
criterio y decidan por sí mismos). Y no lo hacemos porque no hemos comprendido
su importancia ni sabemos cómo hacerlo. Nos falta actualizarnos en este punto.
Seguimos hablando de lucha de clases, de neoliberalismo, de explotados y
explotadores, etc., pero nada hacemos para que los estudiantes sepan actuar en
el tiempo y contexto que les tocó vivir.
Como señala un autor, “el modelo
educativo mexicano es autoritario y no fue concebido para formar ciudadanos
libres; sus profesores fueron entrenados para desarrollar su práctica docente
sobre la base de la obediencia en el aula y no del pensamiento crítico”. En el
caso de crear ciudadanía, nada hay mejor como el ejemplo, y tampoco lo ponemos.
Tenemos miedo de firmar una carta donde se exige al director que cumpla con sus
funciones y deje de aparentar que aquí no sucede nada, aunque nosotros y
nuestros alumnos vemos cómo el plantel se vuelve zona de tolerancia para el
consumo de drogas.
“De existir un índice de participación
ciudadana —dice Eduardo Caccia (‘Lecciones de primaria’, Reforma, 20/XI/2016)— seguramente la sociedad mexicana también
saldría mal calificada. Uno de los rasgos de nuestro código cultural es que
somos muy pacientes, muy aguantadores. Generalmente nos cuesta involucrarnos en
asuntos públicos porque no nos gusta el enfrentamiento”. Cada país tiene un
verbo clave, uno que contiene la esencia de su cultura y explica el
comportamiento de sus habitantes, dice por otra parte Clotaire Rapaille en su
libro El verbo de las culturas
(Taurus, 2015). Así, mientras el verbo de los franceses es pensar, el de los alemanes obedecer,
el de los estadunidense ser o hacer, el de los mexicanos es sufrir, sobrevivir o aguantar.
¿Por qué somos agachones? ¿Por qué
preferimos callar y nos cuesta tanto involucrarnos, reaccionar y participar? Responderé
por lo que he observado particularmente en el CCH y en la Universidad. Por tres
razones principales. Primera, por la ideología: mucho de la incapacidad para
actuar unidos es porque nuestras ideas para transformar la sociedad o cierta
situación siguen siendo fundamentalistas: “sólo un gobierno de auténtica
izquierda corregirá la situación” decimos; si alguien promueve un proyecto o
una propuesta, antes que conocerlos y analizar si son acertados, se juzga al promotor
y, si no es de nuestro grupo o afín ideológicamente, no lo apoyamos, no nos
involucramos con su propuesta, aún más: lo descalificamos, no importa lo
acertada, necesaria o justa que sea su propuesta. La ideología es la pócima
envenenada que ha dividido la participación social y unificada en México, y
podrán pasar años, décadas, siglos y jamás conoceremos cuál es ese partido o
grupo de auténtica izquierda, pues éste simplemente no existe ni existirá. Cada
ser humano es distinto y piensa diferente, así que lo mejor sería ponernos de
acuerdo en aquello que coincidimos y actuar en consecuencia. (He anotado en
primer lugar este obstáculo porque es el que divide sobre todo a quienes aún
tienen el coraje y el valor de participar.)
Segundo, por la desconfianza: los
casi noventa años de régimen patrimonialista y corporativo (sumados los años de
gobiernos priistas y los doce panistas) nos han hecho suspicaces, desconfiados.
Y estaría bien, si esta desconfianza no nos llevara a la inmovilidad. Pero esos
largos años nos han condicionado para creer que todo aquel que encabeza el
descontento o pretende corregir una situación injusta es alguien que busca su
propio beneficio. Tal vez sea así, porque una de las habilidades del sistema es
saber cooptar el descontento comprando o atrayendo a los líderes. Pero quienes
manipulan y pretenden usar a los otros para su beneficio son fácilmente
identificables: esas personas no dan la cara, no saben actuar en democracia;
fingen, simulan, azuzan, son incapaces de actuar abiertamente, de expresar con
claridad y públicamente lo que proponen y piensan. ¿Cuántos de quienes se
postulan para directores, consejeros o miembros de ciertas comisiones en el CCH
han intentado resolver los problemas? ¿Les conocemos proyectos e ideas para
mejorar o hacer funcionar con eficacia las escuelas y la educación? Excepcionalmente
habrá uno, pero la mayoría (cada vez peores) buscan su propio beneficio. De
allí que durante casi medio siglo de existencia el CCH, en lugar de afirmar su
carácter excepcional de bachillerato de vanguardia, como lo planearon sus
fundadores, lo ha perdido, y hoy la situación laboral de sus profesores es peor
y ni siquiera se pueden comparar sus resultados con los que logra el
tradicional sistema de las escuelas preparatorias.
Un tercer factor que nos impide
actuar es la conveniencia: Dante Alighieri señala en el Canto II de El Infierno que uno de los círculos más
profundos de éste está reservado para los que jamás se pronunciaron ante un problema.
Nada hay más despreciable que la apatía y la indiferencia, y peor todavía si
estas actitudes derivan de la conveniencia: porque así se logran comisiones y
chambas para nuestras hijas o familiares; porque así se consigue un mejor
horario; porque así se continúa impartiendo clases sin el título o el examen
filtro; porque así se logran las promociones o aceptan cualquier informe para
mantener la categoría y los estímulos; porque se está en un proceso de
promoción y por ahora no conviene decir nada, etcétera. Los que no actúan por
conveniencia no lo harán nunca, pues siempre tendrán una excusa para no
hacerlo. Son los que buscan mantener a salvo el pellejo, esos viejos cuerpos
adiposos, enfermos de hipertensión, colesterol o diabetes, pero desean retirarse
con las mejores sueldos posibles. ¿Qué ejemplo pueden ser para los alumnos?
Finalmente, por miedo, que es una
mezcla de todos los anteriores. Los profesores no sólo tienen miedo a actuar,
sino ni siquiera desean que los vean hablar con quienes se atreven a manifestar
una crítica. “Quítame por favor del directorio, yo te apoyo pero por ahora no
me conviene” pidieron una profesora y un profesor cuando hicimos una gaceta
para denunciar las arbitrariedades de las autoridades. Después me enteré que a
la esposa del profesor le otorgaron una plaza de carrera. Escribe Curzio
Malaparte en esa extraordinaria novela titulada precisamente La piel: “Es más triste luchar para
vivir. Es una cosa humillante, horrible, es una necesidad vergonzosa. Sólo para
vivir. Sólo para salvar el pellejo. No es ya la lucha contra la esclavitud, la
lucha contra el hambre. Es la lucha por un mendrugo de pan, por un poco de
fuego, por un harapo con el cual cubrir a los hijos, por un poco de paja sobre
la cual tenderse. Hoy no cuenta el alma, la conciencia, el honor, sino la piel,
salvar la piel”.
El CCH, y la
UNAM en general, no puede seguir siendo una comunidad de agachones, medrosos,
convenencieros y serviles que desean salvar la piel. Máxime cuando sabemos que
lo que aquí priman son la simulación, el autoritarismo, el uso perverso de la
justicia, la arbitrariedad, la discrecionalidad y la inexistencia de un estado
de derecho por parte de quienes deberían vigilar su eficaz cumplimiento. Por
irónico que parezca, en la Máxima Casa de Estudios del país, en “el Cerebro de
la Nación” (como hiperbólicamente alguien ha dicho) existen cotos dominados por
caciquillos primitivos, por analfabetas funcionales perversos, cuya voracidad
por los recursos, prebendas y canonjías sólo son comparables con el tamaño de
su cinismo e ineptitud: usan la normatividad universitaria a su antojo y conveniencia;
un expediente puede durar años en resolverse porque así lo deciden; a un
profesor de carrera con el nivel más alto lo pueden degradar al nivel cero ocultando
sus documentos; los resultados de una elección para consejeros técnicos se
escamotean y se dan a conocer después de dos semanas; cometen impunemente arbitrariedades
que van desde el acoso sexual hasta el despido o negar horas a los profesores
de asignatura si no se pliegan a su voluntad; sólo aquí se usa la justicia para
perseguir y despedir a quienes difieren con sus puntos de vista o se atreven a
denunciar sus ilícitos. Todo esto, aparte del uso de los recursos universitarios
cual si fuera botín.
Por eso es
tiempo de actuar como ciudadanos y crear ciudadanía.
ZACATITO PA’L CONEJO
La ingestión de alcohol, la venta y consumo de drogas, el
regreso del porrismo, sucede a la vista de todo mundo; vendedores y
consumidores actúan cada vez con mayor descaro; el olor envuelve casi todas las
zonas del plantel, mientras salones, baños, pasillos y patios rebosan de basura
y zozobran en la incuria y el abandono. Esta situación del plantel Vallejo revela
no sólo ineptitud sino ausencia de autoridad. Es lo que ocurre cuando quienes
deberían velar por mantener la institucionalidad del Colegio la rompen
irresponsablemente. (Jesús Salinas, director general del CCH, despidió a Jesús
Ceja, director del plantel Vallejo, sin que hasta la fecha haya explicado las
razones de su despido.) Es lo que sucede cuando un director y su equipo son
designados no por su eficiencia o porque realmente tengan interés en servir a
la comunidad, sino por su obsecuencia servil y su docilidad ante el superior
jerárquico. El profesor Cupertino Rubio sirve al director general, mas no al
plantel Vallejo. ¿Puede, el director general (ni hablar del Consejo Técnico
porque no actúa) rectificar y cambiar a quien impuso, vistas su ineptitud y su
desdén por asumir sus responsabilidades? No, no puede. Rectoría le reprocharía cambiar
de director de plantel como de calcetines (bueno, eso espero), así que a soportar
los problemas sin muchos aspavientos; el otro sabe esta situación y aprovecha
su margen de impunidad: “Tú me pusiste, ahora te aguantas”. Así que a continuar
gozando en la burbuja del amor. Pero quienes padecen las consecuencias son los
alumnos, profesores y trabajadores. No asusta el consumo de drogas,
especialmente del alcohol y la marihuana (un ex rector de la UNAM ha demostrado
que lo mejor sería reglamentar su empleo), pero ¿puede un alumno estudiar bajo
sus efectos? ¿Ignoran las autoridades que el consumo de marihuana es la puerta
de entrada a drogas más peligrosas y dañinas? ¿Acaso ignoran que su
distribución, consumo y venta traen consigo delitos mayores, como son las peleas
por el mercado, motivo del mayor número de crímenes que ocurren en el país? Tal
vez esperan a que empiecen las disputas y haya delitos más graves cuando otras
pandillas pretendan ingresar al plantel, cuando comiencen los secuestros,
levantamientos y extorsiones.
DE ACADÉMICOS A CACIQUILLOS
Reproduzco una carta que ilustra cómo dos aparentemente
sencillos profesores se transforman en jefes prepotentes, atrabiliarios y arbitrarios
cuando se saben cobijados por el poder:
Buenas noches:
No tengo el gusto de
conocerlo, sin embargo sé que es un colega del Colegio. Me llegan sus correos y
los he leído todos, y es por esta razón que le escribo para denunciar otra
arbitrariedad más por parte de una autoridad de la actual dirección de Vallejo.
Soy profesora definitiva B
desde hace algunos años y estuve trabajando en el Siladin durante nueve en
proyectos extra curriculares, con el propósito de estimular a los alumnos para
que abracen una carrera científica (o al menos eso pretendí). En 2014 concursé
para ocupar una plaza de carrera y, estando inmersa en ese proceso, tardé un
poco en entregar el anteproyecto que sirve como requisito para ocupar un
cubículo en la instalación. El jefe en turno del Siladin (Javier Pereyra), me
urgió el anteproyecto a través de su subalterno Eleno Hernández. Al no poder entregarlo
en el plazo que me marcó, de manera descortés y francamente grosera me comunicó
que o lo entregaba o tenía que desocupar el espacio. Posteriormente me
solicitó realizar el inventario de lo que había allí, a lo que yo me negué
argumentando que esa función le correspondía al auditor, o en su caso a los
responsables del Siladin. Esta respuesta molestó de tal forma al señor Eleno que
con gritos e insultos me corrió.
Para no tener confrontaciones
con decidí abandonar el espacio, no sin antes dirigir una queja por escrito al
director en turno, que dicho sea de paso me trajo más complicaciones que
soluciones. A dos años de esos hechos me vuelvo a encontrar a esta persona,
pero ahora como Jefe de Laboratorios y, de nueva cuenta, actuando de manera
prepotente, dispuso del material didáctico que yo tenía resguardado en el Anexo
del Laboratorio 22B; esto sucedió durante las vacaciones interanuales y nunca
me ha dado ninguna notificación verbal o escrita.
Al preguntarle qué había pasado
con mi material, contestó que él lo había sacado porque Higiene y Seguridad le
urgió desocupar los anexos y mis cosas estorbaban. Esto sucedió desde el principio
del semestre y a la fecha aún sigue el archivero donde guardaba mis cosas en el
mismo sitio. Entonces, ¿había urgencia o no por parte de Higiene y Seguridad? A
mí me parece que no.
Por cuestiones médicas yo
tenía permiso desde algunos años atrás a resguardar mi material didáctico en
ese lugar; sin embargo, haciendo caso omiso a este hecho, el individuo en
cuestión inició una persecución de índole personal en mi contra, derivada de la
queja que interpuse cuando salí del Siladin. Ahora debo cargar mi material a
diario, a pesar de las recomendaciones médicas de no llevar cosas pesadas ni
subir escaleras. Asimismo, yo atendía a mis grupos en este laboratorio para
facilitarme el acceso a los materiales didácticos, pero como ahora esta persona
asigna los salones (aunque no sea su función), me desperdigó todos mis grupos,
enviando uno de ellos hasta el tercer piso.
Como respuesta a todas estas
acciones levanté un acta de hechos ante la Oficina Jurídica del plantel,
solicitando me devolvieran mis materiales. Después de mes y medio de
insistencia se me devolvió la mayoría, pero hubo faltantes que hasta ahora no
me han regresado porque el "jefe" Eleno dice que solo estoy
molestando por un capricho mío.
Quiero enfatizar que ya agoté
todas las instancias dentro del plantel y no he recibido solución, y al parecer
no la tendré. Por cansancio dejaré de insistir, prefiero comprar nuevamente mi material
antes que seguir reclamando inútilmente. Lo que me queda claro es que si a
varios compañeros los han rescindido por causas no tan claras, qué me espera a
mí, que sólo pido "bolitas de unicel y resinas".
Por otro lado, tengo entendido
que los anexos se diseñaron para actividades académicas o para facilitar éstas,
pero ahora esos espacios se han convertido en bodegas o para asuntos
administrativos. Esos espacios deben volver a la función para la cual fueron
diseñados y para beneficio de los alumnos, que son nuestra prioridad.
Otra situación inquietante
para mí es que después de varios años con la categoría que poseo, aún sigo sin grupos
completos. Otros profesores con menos méritos académicos y menor antigüedad ya
están en mejores condiciones laborales que yo. Lo que usted dice profesor,
respecto a la transparencia de los concursos es cierto, y yo también espero que
los próximos consejeros dignifiquen nuestra labor académica y laboral.
MI SITUACIÓN
No he renunciado y estoy perfectamente
bien. Gracias a todos mis colegas y amigos que con sus palabras y acciones
mantienen en alto mi ánimo, mi lucidez y mi propósito; especialmente a esas
tres valientes maestras (Delia, Rosario, Juana) quienes confirman mi creencia
de que, cuando ya no hay remedio, una mujer puede ser la salvación. Agradezco
también a varios más, que ni siquiera puedo mencionar, pero cuyos desayunos me
proporcionan un saludable ejercicio mental, como el físico que realizo con
Ares, mi perrito westie, cuando salimos a correr los fines de semana. Padezco,
eso sí, las simas y laberintos de la justicia universitaria (¿sería mejor decir
“injusticia”?) que me hacen conocer de primera mano el infierno de la
burocracia. No por algo he releído la Comedia de Dante. Transcribo ahora un suceso
ocurrido en días recientes:
Jueves
24. Me entrevistan estudiantes de periodismo de la FES Aragón. Una pregunta
detona este recuerdo: ¿Quién es la
persona más interesante que ha entrevistado? Excluyo a los famosos, los
admirados o los más queridos, y recuerdo que un día, invitado por un gobernador
a su informe de gobierno, me puso chofer y vehículo para que me llevaran donde quisiera.
Le pregunto al chofer si sabe dónde vive Pablo Juvenal, un médico, chamán y
sabio de la región y me dice que sí. Me lleva a un poblado cercano a esa capital, famoso
por la gran cantidad de flores y hortalizas que produce para la ciudad. Todo
mundo sabe de Pablo Juvenal, así que resulta fácil llegar a su casa. El
conductor se queda en el vehículo y la fotógrafa,
Elizabeth Garci Nieto, y yo pasamos
a la casa. Tocamos, nos hacen avanzar por un largo pasillo que atraviesa la
inmensa propiedad y nos pone nuevamente en otra calle. "Es la casa de
enfrente" nos dicen. Allí encontramos en el patio a un hombre ligeramente
obeso, el torso desnudo, que está sentado al sol. "Me estoy curando"
nos dice, "pesqué una gripe en un viaje que hice a Nuevo León y esta franja
de sol me alivia. Vinieron con alguien más, ¿verdad? Vayan por esa persona, porque está teniendo malos
pensamientos". Elizabeth va por el chofer y le pregunta: ¿de verdad estaba
enojado, tenía malos pensamientos? (Esto me lo platicó después.) "Algo así",
dijo el chofer. "Había decidido hacer una carta a mi hija y la inicié
diciendo: 'Te escribo mientras espero a unas personas...', etc." Platico con Pablo Juvenal y en cierto momento le pregunto: ¿Para
qué la brujería, por qué la enseña, para qué sirve? "Nosotros somos como
nuestros pies", me responde. "Nacemos y de inmediato los cubrimos con
calcetines y calzado. Así crecemos, así vivimos y con nuestra protección los
vamos cegando. En cierto momento nuestros pies ya no reconocen las piedras, las
espinas, todo lo que los lastima y daña, y de pronto nos damos cuenta que ya no podemos caminar sin
calzado. Así somos nosotros: nos educan con reglas, costumbres, explicaciones
de las cosas y el mundo, nos enseñan a leer, a escribir y nos educan con
una interpretación de las cosas y nos hacen
creer que es la única válida y la que sirve para vivir seguros. De pronto ya no
entendemos qué nos dice el viento, el pajarillo que ahora canta en aquella
rama, el susurro de las hojas al caer… Nos hemos quedado ciegos. Para eso sirve
la brujería, para abrirnos los ojos otra vez, para despertarnos y ensanchar
nuestra percepción del mundo”.
Personaje extraordinario sin duda Pablo
Juvenal, que Marcos y sus compañeros me hicieron recordar en esta entrevista
para su práctica de TV el jueves.