lunes, 28 de noviembre de 2016

NECESITAMOS CIUDADANÍA, ¡CARAJO!

Necesitamos ciudadanía, ¡carajo!
NOÉ AGUDO

Tenemos República, pero nos falta una cosa: ¡pueblo!
Amado Nervo

Cuando una comunidad entera enmudece, y sólo es capaz de murmurar; cuando elude sus derechos y obligaciones a cambio de un mendrugo de pan; cuando desearía que otros hicieran lo que ella no se atreve; cuando sólo es capaz de lamentarse y esperar a que un milagro ocurra; cuando deposita su confianza en impostores que prometen el paraíso, a cambio de llevarlos al poder para luego soportarlos mansamente; cuando sus integrantes no se atreven ni siquiera a firmar una carta, a expresar una opinión ni mucho menos a solidarizarse con el caído o humillado; cuando reniegan de su inteligencia y dignidad…, entonces esa comunidad está doblegada, fracturada y condenada a ser pisoteada y víctima de cualquier arbitrariedad. Basta con que individuos sin escrúpulos y lo suficientemente cínicos y audaces se presenten para que se apoderen de sus voluntades, de sus bienes, derechos e incluso de su honor y de su criterio.
            Esto es lo que demuestra lo ocurrido en las elecciones, plebiscitos, referéndums y demás consultas que se han realizado recientemente alrededor del mundo: los jóvenes que no deseaban que Gran Bretaña saliera de la Unión Europea, pero no acudieron a votar y dejaron la decisión en un grupo de demagogos; la mayoría de los colombianos, que deseaba un acuerdo de paz, pero permitió que una minoría impusiera el NO; los millennials, hispanos y negros en Estados Unidos, que no querían a Trump como presidente, pero dejaron que la población blanca, adulta e ignorante decidiera. Si esto sucede en sociedades con profundas raíces democráticas, con poblaciones conscientes, activas y participativas, qué se puede esperar en países donde la gente ni siquiera conoce su derecho a elegir y el poder de su voto para decidir.
            En México, donde el voto es comprado vergonzantemente con migajas como pueden ser unos cuantos pesos, despensas, botes de pintura o tinacos, esta manipulación para decidir los asuntos vitales del país se hace aún más grotesca; no hay ciudadanía, sus derechos y su existencia misma son escamoteados por una clase política rapaz, envilecida y mendaz; por eso nuestros dirigentes son cada vez más ineptos, corruptos y cínicos; si lo que se requiere para dirigir —desde un municipio hasta la presidencia de la República, desde un plantel del CCH hasta la máxima institución educativa— es saber mentir y simular, ¿por qué yo no?, se pregunta la cofradía de gaznápiros. Saben que sólo se necesita un poco de audacia y mucho de desvergüenza para improvisarse como presidente municipal, director o gobernador.
            Y allí están las consecuencias: gobernadores que dejan sus estados en la indigencia financiera absoluta y con deudas brutales, sin un centavo, con la delincuencia desatada y la inseguridad rampante, aunque ellos abandonan sus puestos con decenas de casas en el extranjero y a lo largo y ancho de la República, con cuentas bancarias en miles de millones de dólares, con empresas para continuar saqueando los recursos públicos, ranchos y vehículos de lujo, incluyendo yates y aviones. Si un presidente municipal o el director de una institución educativa pública no logran lo mismo no es porque no quieran, sino porque no pueden: los recursos no dan para tanto, pero en su escala también lo hacen. Por eso anhelan tanto ocupar esos cargos. No importa que no tengan ni idea de cómo realizar su delicada función y al concluir sus períodos dejen un desastre educativo o ahogadas sus localidades en deudas. ¿Quiénes reclamarán? ¿A quién rendirán cuentas? Unos y otros se tapan y solapan, así que sin una ciudadanía que actúe hay manga ancha para actuar con absoluta impunidad.
            “Necesitamos actuar para cambiar a esta persona, pues está haciendo mucho daño” me dice un ex funcionario del CCH. “De nada servirá, le respondo, pondrán a una parecida o a alguien peor. Lo que necesitamos cambiar es esta discrecionalidad, esta arbitrariedad y carencia de vigilancia y control con que actúan los directivos”. Sabemos que en el Colegio, y en la Universidad en general, las diversas instancias de representación de la comunidad son solo simulación: consejos técnicos e internos, congresos, comisiones, defensorías y demás, responden y obedecen a la autoridad jerárquicamente establecida. No hay un funcionamiento realmente autónomo ni se les permite actuar como contrapeso, así que poco podemos esperar de los mismos si no los recuperamos como auténticos órganos de representación de la comunidad universitaria.
Es verdad que una persona honesta, con conocimientos y visión de las tareas ayuda mucho cuando asume un puesto. El mundo sería otro si no hubieran existido un Lincoln, un Juárez, Vasconcelos o Mandela. Pero para los tiempos actuales es vital la participación de la ciudadanía y los mecanismos de equilibrio y control; ya no es suficiente contar con buenos líderes o con verdaderos académicos en los puestos de dirección, por honestos que sean. Se requiere la participación de la gente común y corriente, como nosotros los profesores, si queremos que nuestras instituciones y sociedad cambien y funcionen eficazmente.
            México no vive aún una democracia plena ni mucho menos un estado de derecho efectivo, por eso es urgente la actuación de los ciudadanos. Porque aún no hay una verdadera división y funcionamiento de poderes que permitan su equilibrio, vigilancia y acotamiento entre unos y otros; tampoco existen instancias que permitan llamar a cuentas a los servidores públicos; los órganos de vigilancia están sólo para aparentar, para simular (PGR, INAI, ASF, SFP, TJA, que integran el Sistema Nacional Anticorrupción), no actúan ni funcionan si no hay una orden o permiso del más alto nivel. ¿Es posible que alcaldes, diputados y poder judicial de Veracruz (por no mencionar los organismos de vigilancia y control que dependían directamente del gobernador) no se hayan dado cuenta del descomunal saqueo que Duarte realizaba? ¡Claro que lo sabían! Incluso algunos colaboraron gustosamente en el saqueo. Pero sólo realizaron su plantón, protestaron y hablaron cuando el ladrón los dejó sin un centavo y huyó. Lo mismo hicieron los organismos federales como la Procuraduría General de la República o la Auditoría Superior de la Federación: intervinieron cuando el insaciable ladrón cayó en desgracia por decisión del presidente. Y lo mismo sucedió con Guillermo Padrés, el de Sonora. Y es lo que falta para que esa larga cauda de bribones en lista de espera (Humberto Moreira, Roberto Borge, Fausto Vallejo, Rodrigo Medina, Ángel H. Aguirre, et al.) sea llamada a cuentas y devuelva lo que a ojos de todo mundo robaron. Si los órganos fiscalizadores e impartidores de justicia funcionaran, harían su labor sin esperar la orden del presidente y bastaría tan solo con la denuncia de los ciudadanos.
            Pero esto no sucede así. La clase política cuidó muy bien de que entre las reformas realizadas no estuviera una reforma política que modernizara, restringiera y transparentara su actuación y privilegios para poner fin a esta orgía de corrupción e impunidad que desangra al país. Las consecuencias están a la vista: el individuo más despreciable, el que toda la sociedad repudia pues sabemos es el causante principal de que México no avance y continúe siendo un país desigual, dependiente y ahogado en la corrupción y el crimen, es el político, del partido y signo ideológico que sea. Ante esta situación el ciudadano desengañado y frustrado desea ser como ellos, gozar de esa impunidad, no sujetarse a las leyes o transformarse en algo peor: un delincuente. Por eso millares de jóvenes se suman día a día a las legiones de criminales que asuelan la República. Por eso se dice que la corrupción es un asunto cultural o innato de los mexicanos.
Es urgente transformar esta situación. Es necesario devolver a la política su propósito principal, que es el de establecer reglas claras, sencillas e igualitarias de convivencia social; recuperar su capacidad de fomentar el liderazgo y lograr la unidad del país para hacer frente a cualquier riesgo que se presente; saber conducir a la sociedad a otros estadios y niveles de desarrollo, y sobre todo lograr el cumplimiento estricto de un estado de derecho para poder vivir seguros. En suma, recuperar lo que de ciencia y arte la política tiene. Por eso es tan importante crear ciudadanía. ¿Qué significa esto? Que debemos actuar y formar un nuevo tipo de persona: individuos críticos, participativos, informados, tolerantes, respetuosos de otros puntos de vista, capaces de expresar y sostener públicamente sus puntos de vista. Capaces de actuar y contribuir en la solución de sus problemas.
Porque hoy día, aunque la población ve, conoce y padece la corrupción, no actúa. ¿Por qué? Por lo que dice el título y el párrafo inicial de este artículo: no hay ciudadanía. “Tenemos república pero nos falta pueblo” decía el poeta. No ejercemos nuestros derechos y mucho menos cumplimos con  nuestras obligaciones. Tenemos miedo de opinar, actuar y deseamos que otros lo hagan por nosotros. Carecemos de valor civil. Nos solazamos en la murmuración, en los chismes, en los comentarios a espaldas de quienes criticamos, pero jamás los encaramos y parece no importarnos la gravedad de sus acciones ni sus consecuencias. Los dejamos hacer.
En una escuela esto debería ser motivo de reprobación y vergüenza, porque no está cumpliendo con una de sus responsabilidades primordiales. La escuela no sólo transmite conocimientos y desarrolla habilidades intelectuales, sino también forja comportamientos. ¿Cuál es el perfil del egresado que nuestro modelo educativo propone? ¿Lo logramos? ¿Lo conocemos siquiera? Hemos fallado: no formamos ciudadanos, no enseñamos a nuestros alumnos a actuar como tales (ojo, no se trata de adoctrinarlos, como algunos malos profesores entienden, sino enseñarlos a que formen su propio criterio y decidan por sí mismos). Y no lo hacemos porque no hemos comprendido su importancia ni sabemos cómo hacerlo. Nos falta actualizarnos en este punto. Seguimos hablando de lucha de clases, de neoliberalismo, de explotados y explotadores, etc., pero nada hacemos para que los estudiantes sepan actuar en el tiempo y contexto que les tocó vivir.
Como señala un autor, “el modelo educativo mexicano es autoritario y no fue concebido para formar ciudadanos libres; sus profesores fueron entrenados para desarrollar su práctica docente sobre la base de la obediencia en el aula y no del pensamiento crítico”. En el caso de crear ciudadanía, nada hay mejor como el ejemplo, y tampoco lo ponemos. Tenemos miedo de firmar una carta donde se exige al director que cumpla con sus funciones y deje de aparentar que aquí no sucede nada, aunque nosotros y nuestros alumnos vemos cómo el plantel se vuelve zona de tolerancia para el consumo de drogas.
 “De existir un índice de participación ciudadana —dice Eduardo Caccia (‘Lecciones de primaria’, Reforma, 20/XI/2016)— seguramente la sociedad mexicana también saldría mal calificada. Uno de los rasgos de nuestro código cultural es que somos muy pacientes, muy aguantadores. Generalmente nos cuesta involucrarnos en asuntos públicos porque no nos gusta el enfrentamiento”. Cada país tiene un verbo clave, uno que contiene la esencia de su cultura y explica el comportamiento de sus habitantes, dice por otra parte Clotaire Rapaille en su libro El verbo de las culturas (Taurus, 2015). Así, mientras el verbo de los franceses es pensar, el de los alemanes obedecer, el de los estadunidense ser o hacer, el de los mexicanos es sufrir, sobrevivir o aguantar.
¿Por qué somos agachones? ¿Por qué preferimos callar y nos cuesta tanto involucrarnos, reaccionar y participar? Responderé por lo que he observado particularmente en el CCH y en la Universidad. Por tres razones principales. Primera, por la ideología: mucho de la incapacidad para actuar unidos es porque nuestras ideas para transformar la sociedad o cierta situación siguen siendo fundamentalistas: “sólo un gobierno de auténtica izquierda corregirá la situación” decimos; si alguien promueve un proyecto o una propuesta, antes que conocerlos y analizar si son acertados, se juzga al promotor y, si no es de nuestro grupo o afín ideológicamente, no lo apoyamos, no nos involucramos con su propuesta, aún más: lo descalificamos, no importa lo acertada, necesaria o justa que sea su propuesta. La ideología es la pócima envenenada que ha dividido la participación social y unificada en México, y podrán pasar años, décadas, siglos y jamás conoceremos cuál es ese partido o grupo de auténtica izquierda, pues éste simplemente no existe ni existirá. Cada ser humano es distinto y piensa diferente, así que lo mejor sería ponernos de acuerdo en aquello que coincidimos y actuar en consecuencia. (He anotado en primer lugar este obstáculo porque es el que divide sobre todo a quienes aún tienen el coraje y el valor de participar.)
Segundo, por la desconfianza: los casi noventa años de régimen patrimonialista y corporativo (sumados los años de gobiernos priistas y los doce panistas) nos han hecho suspicaces, desconfiados. Y estaría bien, si esta desconfianza no nos llevara a la inmovilidad. Pero esos largos años nos han condicionado para creer que todo aquel que encabeza el descontento o pretende corregir una situación injusta es alguien que busca su propio beneficio. Tal vez sea así, porque una de las habilidades del sistema es saber cooptar el descontento comprando o atrayendo a los líderes. Pero quienes manipulan y pretenden usar a los otros para su beneficio son fácilmente identificables: esas personas no dan la cara, no saben actuar en democracia; fingen, simulan, azuzan, son incapaces de actuar abiertamente, de expresar con claridad y públicamente lo que proponen y piensan. ¿Cuántos de quienes se postulan para directores, consejeros o miembros de ciertas comisiones en el CCH han intentado resolver los problemas? ¿Les conocemos proyectos e ideas para mejorar o hacer funcionar con eficacia las escuelas y la educación? Excepcionalmente habrá uno, pero la mayoría (cada vez peores) buscan su propio beneficio. De allí que durante casi medio siglo de existencia el CCH, en lugar de afirmar su carácter excepcional de bachillerato de vanguardia, como lo planearon sus fundadores, lo ha perdido, y hoy la situación laboral de sus profesores es peor y ni siquiera se pueden comparar sus resultados con los que logra el tradicional sistema de las escuelas preparatorias.
Un tercer factor que nos impide actuar es la conveniencia: Dante Alighieri señala en el Canto II de El Infierno que uno de los círculos más profundos de éste está reservado para los que jamás se pronunciaron ante un problema. Nada hay más despreciable que la apatía y la indiferencia, y peor todavía si estas actitudes derivan de la conveniencia: porque así se logran comisiones y chambas para nuestras hijas o familiares; porque así se consigue un mejor horario; porque así se continúa impartiendo clases sin el título o el examen filtro; porque así se logran las promociones o aceptan cualquier informe para mantener la categoría y los estímulos; porque se está en un proceso de promoción y por ahora no conviene decir nada, etcétera. Los que no actúan por conveniencia no lo harán nunca, pues siempre tendrán una excusa para no hacerlo. Son los que buscan mantener a salvo el pellejo, esos viejos cuerpos adiposos, enfermos de hipertensión, colesterol o diabetes, pero desean retirarse con las mejores sueldos posibles. ¿Qué ejemplo pueden ser para los alumnos?
Finalmente, por miedo, que es una mezcla de todos los anteriores. Los profesores no sólo tienen miedo a actuar, sino ni siquiera desean que los vean hablar con quienes se atreven a manifestar una crítica. “Quítame por favor del directorio, yo te apoyo pero por ahora no me conviene” pidieron una profesora y un profesor cuando hicimos una gaceta para denunciar las arbitrariedades de las autoridades. Después me enteré que a la esposa del profesor le otorgaron una plaza de carrera. Escribe Curzio Malaparte en esa extraordinaria novela titulada precisamente La piel: “Es más triste luchar para vivir. Es una cosa humillante, horrible, es una necesidad vergonzosa. Sólo para vivir. Sólo para salvar el pellejo. No es ya la lucha contra la esclavitud, la lucha contra el hambre. Es la lucha por un mendrugo de pan, por un poco de fuego, por un harapo con el cual cubrir a los hijos, por un poco de paja sobre la cual tenderse. Hoy no cuenta el alma, la conciencia, el honor, sino la piel, salvar la piel”. 
            El CCH, y la UNAM en general, no puede seguir siendo una comunidad de agachones, medrosos, convenencieros y serviles que desean salvar la piel. Máxime cuando sabemos que lo que aquí priman son la simulación, el autoritarismo, el uso perverso de la justicia, la arbitrariedad, la discrecionalidad y la inexistencia de un estado de derecho por parte de quienes deberían vigilar su eficaz cumplimiento. Por irónico que parezca, en la Máxima Casa de Estudios del país, en “el Cerebro de la Nación” (como hiperbólicamente alguien ha dicho) existen cotos dominados por caciquillos primitivos, por analfabetas funcionales perversos, cuya voracidad por los recursos, prebendas y canonjías sólo son comparables con el tamaño de su cinismo e ineptitud: usan la normatividad universitaria a su antojo y conveniencia; un expediente puede durar años en resolverse porque así lo deciden; a un profesor de carrera con el nivel más alto lo pueden degradar al nivel cero ocultando sus documentos; los resultados de una elección para consejeros técnicos se escamotean y se dan a conocer después de dos semanas; cometen impunemente arbitrariedades que van desde el acoso sexual hasta el despido o negar horas a los profesores de asignatura si no se pliegan a su voluntad; sólo aquí se usa la justicia para perseguir y despedir a quienes difieren con sus puntos de vista o se atreven a denunciar sus ilícitos. Todo esto, aparte del uso de los recursos universitarios cual si fuera botín.
            Por eso es tiempo de actuar como ciudadanos y crear ciudadanía.

ZACATITO PA’L CONEJO
La ingestión de alcohol, la venta y consumo de drogas, el regreso del porrismo, sucede a la vista de todo mundo; vendedores y consumidores actúan cada vez con mayor descaro; el olor envuelve casi todas las zonas del plantel, mientras salones, baños, pasillos y patios rebosan de basura y zozobran en la incuria y el abandono. Esta situación del plantel Vallejo revela no sólo ineptitud sino ausencia de autoridad. Es lo que ocurre cuando quienes deberían velar por mantener la institucionalidad del Colegio la rompen irresponsablemente. (Jesús Salinas, director general del CCH, despidió a Jesús Ceja, director del plantel Vallejo, sin que hasta la fecha haya explicado las razones de su despido.) Es lo que sucede cuando un director y su equipo son designados no por su eficiencia o porque realmente tengan interés en servir a la comunidad, sino por su obsecuencia servil y su docilidad ante el superior jerárquico. El profesor Cupertino Rubio sirve al director general, mas no al plantel Vallejo. ¿Puede, el director general (ni hablar del Consejo Técnico porque no actúa) rectificar y cambiar a quien impuso, vistas su ineptitud y su desdén por asumir sus responsabilidades? No, no puede. Rectoría le reprocharía cambiar de director de plantel como de calcetines (bueno, eso espero), así que a soportar los problemas sin muchos aspavientos; el otro sabe esta situación y aprovecha su margen de impunidad: “Tú me pusiste, ahora te aguantas”. Así que a continuar gozando en la burbuja del amor. Pero quienes padecen las consecuencias son los alumnos, profesores y trabajadores. No asusta el consumo de drogas, especialmente del alcohol y la marihuana (un ex rector de la UNAM ha demostrado que lo mejor sería reglamentar su empleo), pero ¿puede un alumno estudiar bajo sus efectos? ¿Ignoran las autoridades que el consumo de marihuana es la puerta de entrada a drogas más peligrosas y dañinas? ¿Acaso ignoran que su distribución, consumo y venta traen consigo delitos mayores, como son las peleas por el mercado, motivo del mayor número de crímenes que ocurren en el país? Tal vez esperan a que empiecen las disputas y haya delitos más graves cuando otras pandillas pretendan ingresar al plantel, cuando comiencen los secuestros, levantamientos y extorsiones.

DE ACADÉMICOS A CACIQUILLOS
Reproduzco una carta que ilustra cómo dos aparentemente sencillos profesores se transforman en jefes prepotentes, atrabiliarios y arbitrarios cuando se saben cobijados por el poder:

Buenas noches:
No tengo el gusto de conocerlo, sin embargo sé que es un colega del Colegio. Me llegan sus correos y los he leído todos, y es por esta razón que le escribo para denunciar otra arbitrariedad más por parte de una autoridad de la actual dirección de Vallejo.
Soy profesora definitiva B desde hace algunos años y estuve trabajando en el Siladin durante nueve en proyectos extra curriculares, con el propósito de estimular a los alumnos para que abracen una carrera científica (o al menos eso pretendí). En 2014 concursé para ocupar una plaza de carrera y, estando inmersa en ese proceso, tardé un poco en entregar el anteproyecto que sirve como requisito para ocupar un cubículo en la instalación. El jefe en turno del Siladin (Javier Pereyra), me urgió el anteproyecto a través de su subalterno Eleno Hernández. Al no poder entregarlo en el plazo que me marcó, de manera descortés y francamente grosera me comunicó que o lo entregaba o tenía que desocupar el espacio. Posteriormente me solicitó realizar el inventario de lo que había allí, a lo que yo me negué argumentando que esa función le correspondía al auditor, o en su caso a los responsables del Siladin. Esta respuesta molestó de tal forma al señor Eleno que con gritos e insultos me corrió.
Para no tener confrontaciones con decidí abandonar el espacio, no sin antes dirigir una queja por escrito al director en turno, que dicho sea de paso me trajo más complicaciones que soluciones. A dos años de esos hechos me vuelvo a encontrar a esta persona, pero ahora como Jefe de Laboratorios y, de nueva cuenta, actuando de manera prepotente, dispuso del material didáctico que yo tenía resguardado en el Anexo del Laboratorio 22B; esto sucedió durante las vacaciones interanuales y nunca me ha dado ninguna notificación verbal o escrita.
Al preguntarle qué había pasado con mi material, contestó que él lo había sacado porque Higiene y Seguridad le urgió desocupar los anexos y mis cosas estorbaban. Esto sucedió desde el principio del semestre y a la fecha aún sigue el archivero donde guardaba mis cosas en el mismo sitio. Entonces, ¿había urgencia o no por parte de Higiene y Seguridad? A mí me parece que no.
Por cuestiones médicas yo tenía permiso desde algunos años atrás a resguardar mi material didáctico en ese lugar; sin embargo, haciendo caso omiso a este hecho, el individuo en cuestión inició una persecución de índole personal en mi contra, derivada de la queja que interpuse cuando salí del Siladin. Ahora debo cargar mi material a diario, a pesar de las recomendaciones médicas de no llevar cosas pesadas ni subir escaleras. Asimismo, yo atendía a mis grupos en este laboratorio para facilitarme el acceso a los materiales didácticos, pero como ahora esta persona asigna los salones (aunque no sea su función), me desperdigó todos mis grupos, enviando uno de ellos hasta el tercer piso.
Como respuesta a todas estas acciones levanté un acta de hechos ante la Oficina Jurídica del plantel, solicitando me devolvieran mis materiales. Después de mes y medio de insistencia se me devolvió la mayoría, pero hubo faltantes que hasta ahora no me han regresado porque el "jefe" Eleno dice que solo estoy molestando por un capricho mío.
Quiero enfatizar que ya agoté todas las instancias dentro del plantel y no he recibido solución, y al parecer no la tendré. Por cansancio dejaré de insistir, prefiero comprar nuevamente mi material antes que seguir reclamando inútilmente. Lo que me queda claro es que si a varios compañeros los han rescindido por causas no tan claras, qué me espera a mí, que sólo pido "bolitas de unicel y resinas".
Por otro lado, tengo entendido que los anexos se diseñaron para actividades académicas o para facilitar éstas, pero ahora esos espacios se han convertido en bodegas o para asuntos administrativos. Esos espacios deben volver a la función para la cual fueron diseñados y para beneficio de los alumnos, que son nuestra prioridad.
Otra situación inquietante para mí es que después de varios años con la categoría que poseo, aún sigo sin grupos completos. Otros profesores con menos méritos académicos y menor antigüedad ya están en mejores condiciones laborales que yo. Lo que usted dice profesor, respecto a la transparencia de los concursos es cierto, y yo también espero que los próximos consejeros dignifiquen nuestra labor académica y laboral.

MI SITUACIÓN

No he renunciado y estoy perfectamente bien. Gracias a todos mis colegas y amigos que con sus palabras y acciones mantienen en alto mi ánimo, mi lucidez y mi propósito; especialmente a esas tres valientes maestras (Delia, Rosario, Juana) quienes confirman mi creencia de que, cuando ya no hay remedio, una mujer puede ser la salvación. Agradezco también a varios más, que ni siquiera puedo mencionar, pero cuyos desayunos me proporcionan un saludable ejercicio mental, como el físico que realizo con Ares, mi perrito westie, cuando salimos a correr los fines de semana. Padezco, eso sí, las simas y laberintos de la justicia universitaria (¿sería mejor decir “injusticia”?) que me hacen conocer de primera mano el infierno de la burocracia. No por algo he releído la Comedia de Dante. Transcribo ahora un suceso ocurrido en días recientes:

Jueves 24. Me entrevistan estudiantes de periodismo de la FES Aragón. Una pregunta detona este recuerdo: ¿Quién es la persona más interesante que ha entrevistado? Excluyo a los famosos, los admirados o los más queridos, y recuerdo que un día, invitado por un gobernador a su informe de gobierno, me puso chofer y vehículo para que me llevaran donde quisiera. Le pregunto al chofer si sabe dónde vive Pablo Juvenal, un médico, chamán y sabio de la región y me dice que sí. Me lleva a un poblado cercano a esa capital, famoso por la gran cantidad de flores y hortalizas que produce para la ciudad. Todo mundo sabe de Pablo Juvenal, así que resulta fácil llegar a su casa. El conductor se queda en el vehículo y la fotógrafa, Elizabeth Garci Nieto, y yo pasamos a la casa. Tocamos, nos hacen avanzar por un largo pasillo que atraviesa la inmensa propiedad y nos pone nuevamente en otra calle. "Es la casa de enfrente" nos dicen. Allí encontramos en el patio a un hombre ligeramente obeso, el torso desnudo, que está sentado al sol. "Me estoy curando" nos dice, "pesqué una gripe en un viaje que hice a Nuevo León y esta franja de sol me alivia. Vinieron con alguien más, ¿verdad? Vayan por esa persona, porque está teniendo malos pensamientos". Elizabeth va por el chofer y le pregunta: ¿de verdad estaba enojado, tenía malos pensamientos? (Esto me lo platicó después.) "Algo así", dijo el chofer. "Había decidido hacer una carta a mi hija y la inicié diciendo: 'Te escribo mientras espero a unas personas...', etc." Platico con Pablo Juvenal y en cierto momento le pregunto: ¿Para qué la brujería, por qué la enseña, para qué sirve? "Nosotros somos como nuestros pies", me responde. "Nacemos y de inmediato los cubrimos con calcetines y calzado. Así crecemos, así vivimos y con nuestra protección los vamos cegando. En cierto momento nuestros pies ya no reconocen las piedras, las espinas, todo lo que los lastima y daña, y de pronto nos damos cuenta que ya no podemos caminar sin calzado. Así somos nosotros: nos educan con reglas, costumbres, explicaciones de las cosas y el mundo, nos enseñan a leer, a escribir y nos educan con una interpretación de las cosas y nos hacen creer que es la única válida y la que sirve para vivir seguros. De pronto ya no entendemos qué nos dice el viento, el pajarillo que ahora canta en aquella rama, el susurro de las hojas al caer… Nos hemos quedado ciegos. Para eso sirve la brujería, para abrirnos los ojos otra vez, para despertarnos y ensanchar nuestra percepción del mundo”.
             Personaje extraordinario sin duda Pablo Juvenal, que Marcos y sus compañeros me hicieron recordar en esta entrevista para su práctica de TV el jueves.


domingo, 9 de octubre de 2016

UN TEOREMA DE LA LECTURA

Un teorema de la lectura
NOÉ AGUDO

Para mi amigo, el doctor Raúl Muñoz Morales

Un silogismo categórico, aquel cuyas premisas enuncian juicios de una manera contundente y en los que el contenido se da por hecho, puede enunciar así el círculo virtuoso de la lectura: si leo más, leo mejor; mientras mejor leo, más me gusta la lectura. Y, si me gusta la lectura, más leeré.
            ¿Quién es el que no lee? Aquel que no disfruta la lectura, el que no entiende lo que lee o a quien se le dificulta leer. Cualquiera rehúye lo difícil, lo ingrato, lo que no le causa satisfacción o no le genera placer. En cambio, todos nos volvemos asiduos o adictos a lo que nos gusta y nos brinda placer (no piensen otra cosa, esto es serio).
            Cuando uno entiende lo que lee, la lectura se vuelve absorbente y el lector queda absorto; no atiende, no escucha, no hace caso de lo que sucede a su alrededor; el tiempo pasa sin sentirlo y al final queda transformado. Trátese de teorías o ideas, de historias fabulosas o descripción de lugares fantásticos, el lector experimenta ser parte de esos mundos e ideas y como tal la lectura lo transfigura. Vive una experiencia vicaria. (Tal vez esto fue lo que quiso saber la impertinente y torpe pregunta que un reportero le hizo a Peña Nieto, y como tal apuntó a una respuesta igual de torpe, porque cualquier buen lector sabe que no se pueden citar sólo tres libros que hayan modificado nuestra vida, sino que la vida es transformada continuamente por cada lectura o, en su caso, por la suma de lecturas.)
Hay quienes por disciplina o tesón se empeñan en concluir la lectura de un texto, aunque no entiendan nada, o tratan de disfrutar una música o cualquier otra obra de arte que en verdad los está aburriendo. Yo lo hice algunas veces: leí el Ulises de Joyce, y no lo disfruté; odié a Hegel porque su Filosofía de la historia se me hizo incomprensible la primera vez que la acometí; me sentía un bruto porque me aburría La canción de la tierra de Gustav Mahler, y me tuve que salir del cine cuando traté de ver El eclipse de Michelangelo Antonioni, etc.
Sólo hasta que alguien me hizo ver la necesidad de aprender a leer y no sólo conformarme con unir letras y palabras; hasta que otro autor me advirtió que W. F. Hegel fue quien inició la mistificación de los textos filosóficos con ese lenguaje enredado, y alguien más me enseñó a escuchar y afinar el oído, o me dijo que había qué contar con una base cultural previa para comprender el buen cine, etc., pude disfrutarlos. Empeñarse sin estas habilidades es un ejemplo de cómo la disciplina y la constancia —cualidad y virtud indispensables en la vida— pueden devenir en necedad. La mejor recomendación ante una lectura aburrida sería: déjala, si el libro no te place mejor abandónalo y aprende a leer. A la lectura debes llegar siempre por gusto. Ningún texto es difícil o complicado si sabes leer, por compleja que sea la materia o el asunto que trate. Y para eso están el profesor y la escuela: para enseñar a leer.
Si nos obligan a leer contra nuestra voluntad y gusto sólo aprenderemos a ser malos lectores, y tal vez a volvernos no lectores. Cuanto menos se sabe leer, más rápidamente se pierde el interés por la lectura, se le dedica menos tiempo o se la proscribe de plano de nuestras actividades. Si en apariencia esto no representa ningún problema para el obrero, el taxista o el cantinero, imaginen lo que significa para una comunidad donde la lectura es fundamental. Como la comunidad de profesores y alumnos. Pero ocurre. Es lo que sucede con quienes dan cualquier excusa para justificar que no leen: no entienden el tema, no encuentran el libro, no tienen dinero para adquirirlo o, mejor, no tienen tiempo para leer. ¿Pues, no es lo que deben de hacer?
¿Qué significa entonces saber leer? ¿Cómo aprender a leer realmente? Imparto un curso para profesores teniendo este tema como asunto central, y en los programas de estudio del CCH la necesidad de desarrollar esta habilidad en los alumnos ha estado desde sus inicios. Hoy también figura en los nuevos programas de estudio que propone la reforma educativa para los ciclos básicos, y está muy bien, pero ¿quién lo enseñará? ¿Los de la CNTE? ¿Los que ni siquiera saben leer, o quienes creen que leer es sólo saber enlazar letras y palabras?
Es verdad, para muchos tal vez no sea necesario tomar un curso para adquirir esta habilidad. Un lector atento que subraya, toma notas, aprehende las ideas principales y es capaz de repasar mentalmente lo que dice el capítulo o el libro entero, es un lector hábil que se ha hecho a sí mismo, sabe leer y ha seguido, sin saberlo, puntualmente las proposiciones del silogismo inicial. Y no necesariamente es un lector voraz, porque éste no siempre es un buen lector; a un devorador de libros lo podemos reconocer por su enorme biblioteca, porque siempre lo vemos con varios libros bajo el brazo, pero ni en sus juicios ni en sus habilidades intelectuales ni en su saber se aprecia el aprovechamiento de sus lecturas.   
A un buen lector se le identifica por su reacción ante las lecturas: conoce el tema, puede parafrasearlo, aprovecha lo leído, lo aplica a sus actividades profesionales y cotidianas, o inclusive para presentar un examen, en un terreno más práctico; pero, en un nivel más elevado, Shakespeare o Cervantes, Bacon o Montaigne, Plutarco o Píndaro, antes de ser grandes escritores fueron excelentes lectores, y lo mismo Pericles, Platón, César, Marx, Churchill o Mandela. Crear, explicar y dirigir, hacerlo bien, representa una suma de lecturas bien realizadas. Antes de pasar a la relación que existe entre lectura y escritura, recomiendo el libro que sirve de base al curso que imparto para enseñar a leer: se llama precisamente Cómo leer un libro, y es de Mortimer J. Adler y Charles van Doren (Debate, 2001).
La relación intrínseca entre lectura y escritura se puede resumir así: Uno no es el que escribe, y no porque un espíritu demoniaco se posesione de nuestra mente para hacernos escribir en trance lo que dicta, sino porque quien escribe es el lector que todos hemos formado. Enséñame cómo escribes y te diré qué tipo de lector eres.
Olvidemos por un momento la tradición, el vocabulario, la inspiración, los mundos imaginarios, la capacidad de fantasear e imaginar que nos despiertan y aportan las buenas lecturas, y centrémonos en algo más trivial y pragmático: ¿cómo influye la lectura para redactar una carta, una reseña o un informe? Si uno es un buen lector redactará bien cada uno de esos documentos. Eficientes secretarias son capaces de redactar impecablemente una carta, lo cual no podría hacer un doctor en letras. ¿Por qué? Sucede así porque no es uno quien escribe, sino ese lector que cada uno ha formado. Todo escritor experimentado sabe que el verdadero proceso de la escritura inicia con la corrección, y que ésta depende del ojo crítico y la sensibilidad del corrector. Un buen lector detecta, además de las faltas gramaticales, oraciones mal construidas, repeticiones, ripios, lugares comunes, imprecisiones y aun la eufonía de una frase; es decir, es un excelente corrector y por tanto es él quien escribe realmente el texto. El escritor no funciona si no cuenta con un hábil corrector como ángel guardián y éste no podría existir sin el lector que sí sabe leer. Son tres personas distintas y un solo ser verdadero.
Así, pues, podemos resumir la comprensión lectora en este círculo virtuoso: mientras más leemos, mejor leemos, y mientras mejor leemos, más leemos; círculo virtuoso que suena a paradoja porque cada una de las proposiciones depende de la otra y lleva a la misma conclusión, a la vez que un silogismo donde cada premisa es conclusión de las otras, y un teorema porque cada proposición es un axioma que no requiere demostración.
Igual podríamos hacer un divertido ensayito con el siguiente enunciado: mientras más se sabe, más se comprende, el cual nos remitiría a la antigua proposición socrática: Yo sólo sé que no sé nada, la cual es la meta anhelada de todo auténtico sabio.

NOTA:
Las  anteriores reflexiones son el resultado de las siguientes lecturas realizadas en diferentes momentos: Leer, de Gabriel Zaid (Océano, 2012); Lecturas sobre la lectura, de Alberto Manguel (Océano, 2011); Leer y comprender. Psicología de la lectura, de Caroline Golder y Daniel Gaonac’h (Siglo Veintiuno Editores, 2007), y el ya mencionado de Mortimer Adler y Charles van Doren que, aunque viejito (fue publicado por primera vez en 1940), sigue siendo el texto clásico y básico para aprender a leer.


TENSAR EL ARCO
Encontrémonos en Facebook, allí estoy como Noé Agudo y publico textos breves como éste:

DE LOS ESTUDIOS DE POSGRADO
Lo que escribe aquí Manuel Gil Antón (http://www.eluniversal.com.mx/entrada-de-opinion/articulo/manuel-gil-anton/nacion/2016/10/8/maestros-improvisados) es verdad: todos los profesores de bachillerato y de estudios superiores somos improvisados. No hay ninguna carrera que prepare docentes para estos ciclos y se llame “Licenciado en educación media superior o superior”. ¿Quiénes llegan entonces a la docencia en estos niveles? Los fracasados (con sus excepciones), los que nunca han podido ejercer lo que mal aprendieron, los que nunca han confrontado sus débiles conocimientos con la aplicación práctica. Ahora, como también lo informa el maestro Manuel Gil Antón, las universidades y otros centros educativos han empezado a exigir estudios de maestría o de preferencia de doctorado para impartir clases en los niveles medio superior y superior. Otro criterio equivocado y otra vana ilusión: conozco maestros y doctores que ni siquiera se saben expresar oralmente, así que menos logran poner por escrito una idea coherente. ¿Mejora la enseñanza realmente cuanto mayores grados académicos tengan los docentes?  Pregunto, ¿dónde están los trabajos, investigaciones y aportaciones de esos maestros y doctores que nos demuestren su calidad? ¿Un buen maestro o doctor no debería estar creando, investigando (como lo hace el maestro Gil Antón) en lugar de atender muchachitos de bachillerato? Hay excepciones, desde luego, he conocido doctores y maestros que sí hacen honor a su grado y me precio de ser amigo de más de uno. Pero, ¿por qué relegar, por qué demeritar (es lo que hace la inútil lista jerarquizada en el CCH, y la UNAM en general, al otorgar mayores estímulos a los docentes con posgrado) a un modesto licenciado, como el redactor de esta nota, si los licenciados son quienes cargan mayormente con la tarea de preparar a los alumnos? Porque, hay que decirlo, quienes pueden realizar estudios de posgrado son los hijos, familiares, amantes y amigos de los directivos (con sus honrosas excepciones, but of course; mi más sincero reconocimiento y admiración a quienes, aun cuando les arrebatan los estímulos, les reducen el sueldo y les dejan una miserable cantidad para sobrevivir, concluyen sus estudios de posgrado, son heroicos); porque a los familiares y amigos les otorgan comisiones para simular que trabajan y reciben por eso un generoso sueldo, dobles becas, y hasta les regalan calificaciones, etc. Pero, ¿qué tenemos de todo esto, al final? Una bola de inútiles y pedantes que salen de las aulas, regresan a ellas dizque para seguir aprendiendo, y luego vuelven a ellas para regurgitar lo que mal aprendieron y jamás han practicado. O trataron de practicar, pero no pudieron, les fue tan mal que regresaron corriendo a la escuela, sólo que ahora como académicos. Ah, pero eso sí, lucen sus grados como títulos nobiliarios: “el Maestro”, “el Doctor”; partida de inútiles la mayoría, realmente. Estoy seguro que ninguno de esos zafios ha leído la biografía de alguien como Marco Fabio Quintiliano, verdadero maestro de la Antigüedad: fue orador, cónsul, tribuno; después funcionario bajo el imperio de Nerón, del que fue su maestro y más adelante tutor; fue además maestro del emperador Vespasiano, de Marcial (el célebre epigramista) y de otros grandes del mundo latino. Cuando ya había sido todo eso, se propuso iniciar otra etapa y yo diría que la mejor: la de escritor. Gracias a sus conocimientos y rica y vasta experiencia nos legó su Institución oratoria, un volumen enciclopédico que reúne la paideia antigua y enseñanzas aún útiles en el empleo de la palabra hablada o escrita. ¿Algún doctorcete o maistro de nuestros días puede presumir una trayectoria similar, o aportar una obra, aunque sea modesta pero bien hecha? ¿Alguno conoce lo que representa ser un verdadero maestro, como nuestro liberal Ignacio Manuel Altamirano, un indio que a los catorce años aún no hablaba español, pero logró ser profesor, periodista, orador, escritor y empuñó las armas a favor de Juárez y luego en contra de la intervención francesa, en donde obtuvo el grado de coronel, y luego dedicó el resto de su vida a establecer las bases de lo que sería la literatura y cultura nacionales? ¡Oh tempos, oh mores!   
                                                                                                              
EL CRITERIO DE VERDAD DE LA JORNADA
La noticia de la semana no fue la muerte elegida de Luis González de Alba, sino que el diario del cual fue socio, fundador y colaborador no publicó el hecho. Uno de los principales líderes del Movimiento Estudiantil de 1968, autor de la novela emblemática de este suceso, Los días y los años, divulgador de la ciencia, escritor y heterodoxo articulista, se merecía una nota al menos. Pero no fue así, y ¡cómo no!, si él fue uno de los fustigadores iniciales de esa izquierda dogmática, simuladora, vetusta y de visión estrecha que hoy ocupa el lugar del viejo PRI.
            Comento el hecho porque sé que los lectores de La Jornada son en su amplia mayoría universitarios. Aún recuerdo el día en que mi amigo “Hegel” blandía este diario para hacerme ver que yo estaba “mal informado”, que no me atrevía a reconocer la verdad (la que afirma que desde la matanza del 68 el derramamiento de sangre no ha cesado en todo el país, según él) porque no quería o no leía La Jornada. Hasta me recetó la paráfrasis de una cita que Aristóteles dice con respecto a Platón: “Soy amigo de Noé, pero más amigo de la verdad”. No quise discutir con él porque me sorprendió que un profesor tan culto, tan voraz lector, tan informado y de verdad tan buen amigo, tuviera un criterio tan estrecho y pobre de la verdad. Es decir, la de equipararla con una ideología, en el sentido marxista del concepto. Bueno, pues allí está. Espero que ahora comprenda que la verdad es algo diferente de nuestras afinidades ideológicas, y que muchas veces resulta incómoda y molesta. Pero por allí habrá que iniciar nuestro verdadero proceso de actualización.

                                                                                                              

domingo, 2 de octubre de 2016

EL POEMA, EL POMO Y LA PENA

El poema, el pomo y la pena
NOÉ AGUDO

Apenas empezábamos a tararear esa canción y Dito ponía sus brazos sobre la mesa para reclinar su cabeza y enjugarse las lágrimas que, supuestamente, derramaba al recordar a la mujer que lo había rechazado; si alguien cantaba y pronunciaba el nombre de su amada, sollozaba en silencio. “Ah, ah, ah”, decía quedamente, y movía la cabeza y se sacudía y se lamentaba como si un gran dolor lo atormentara; la mesera se acercaba y lo miraba compasiva, sin saber qué hacer. No le quedaba más que preguntar si queríamos lo mismo y decíamos que sí y entonces Dito levantaba la cabeza, sonriente, y decía que también para él y ofrecía el envase a la mesera.
            Tipo raro el Dito. Aunque era mayor que nosotros, apenas cursaba el tercer semestre, mientras que casi todos estábamos en el quinto; no sabíamos cómo le hacían los profesores para comunicarse con él; nunca afirmaba con claridad nada, le daba vueltas y vueltas a todo pero nunca concluía en nada y a veces lo teníamos que parar; tenía una gran habilidad para abstraer cualquier asunto con una cantidad de palabras que no decían nada; evitaba los adverbios de afirmación y todo enunciado que expresara un compromiso o decisión; lo peor es que si alguien lo escuchaba por primera vez quedaba convencido que expresaba ideas muy valiosas y parecía saber, pues hablaba mucho y con mucha seguridad; nunca distinguimos si en realidad sabía y éramos nosotros quienes no lo podíamos comprender, o simplemente estaba un poco pirado; el caso es que en las reuniones para todo tenía una opinión, pero era difícil conocer su decisión: ¿estaba de acuerdo o no?, ¿se aceptaba la propuesta o no?, ¿qué hacer al respecto? En fin.
Por lo común íbamos a un tugurio con apariencia de fondita que Lucrecio cuidaba en la calle de Perú, cerca de Garibaldi. El negocio era de unos familiares. Lucrecio se había iniciado allí como saca-borrachos, pero su resistencia para mantenerse activo hasta la madrugada y después todavía ir a “El Ring”, un antro al que sólo acudían luchadores, boxeadores y el público que los seguía y salía de la Arena Coliseo, le valieron para que lo dejaran al frente del negocio. Entonces nosotros llegábamos, bebíamos cerveza y no nos preocupaba que se terminara el dinero porque íbamos al baño y allí, en una especie de tapanco, estaban apilados los cartones de cerveza. Abríamos una caguama y bebíamos gratis lo que queríamos. Después otra y así. Nunca supimos si Lucrecio se daba cuenta y nos permitía, o simplemente los dueños no entendían por qué las botellas vacías no coincidían con el dinero reunido. Buen tipo Lucrecio.
Pero hablaba de Dito. Tenía la cabeza redonda, una amplia y protuberante frente. De verdad se parecía a Lenin, con sus ojos rasgados y pequeños y esa barba de candado, y su piocha y la seguridad con que hablaba. Estaba enamorado de una chica muy morena, casi negrita, pequeña, esmirriada. Parecía una ratoncita: sus dientes pequeños, sus ojos, su tamaño, su actitud temerosa y asustadiza. Igual que Dito, era muy buena, y hubieran hecho una bonita pareja. Pero ella estaba enamorada del hermano de Faustino, y por eso Dito sufría, y a nosotros nos gustaba que fingiera llorar para cantarle esa canción y hacer que fingiera más y así nos divertíamos. Le decía su “Ratoncita”.
Esa noche casi nos la amanecimos y entonces Rubén Carlos nos dijo que podíamos ir a quedarnos a su casa. Vivía con sus dos hermanos en la Prohogar. Nos consiguió cobertores y nos dijo que podíamos dormir en el piso, sobre un tapete viejo allí en la sala. Sus hermanos no estaban, se habían ido a San Martín Texmelucan, de donde eran originarios. Era Semana Santa y aunque la escuela estaba cerrada nos citábamos por allí cerca y por eso nos seguíamos viendo.
Despertamos después del mediodía, Lucrecio se fue porque dijo que tenía que trabajar, pero yo más bien pienso que se fue porque teníamos mucha hambre, y él quiso ahorrarse la invitación. Era el único que traía dinero. Entonces Dito pareció recordar algo y propuso que fuéramos a su casa, a comer. Vivía cerca del monumento a  La Raza, junto a las vías del tren. Nos dijo: ¿Qué creen esos? Hoy mi casa estará sola hasta como a las seis de la tarde. Así que podemos ir a comer. Hay de todo: tortitas de papa y camarón, bacalao, romeritos, molotes de queso y capirotada, de postre. Ustedes dicen a qué hora vamos. Todos dijimos que ya, en ese mismo momento, porque el hambre era intolerable. Quedábamos solamente Rubén Carlos, Dito, el Gallo y yo.
Al Gallo lo considerábamos nuestro líder. A pesar de ser chaparro, era un perro el cabrón. Una vez que el Buitre quiso encerrarse y no le abría la puerta del cubículo, no sé de dónde sacó tanta fuerza, pero tomó impulso y se lanzó contra la puerta y la abrió de un empujón, ¡pero qué empujón!, hasta las paredes se cimbraron; el Buitre y la Coquis salieron huyendo, pues creyeron que los golpearía. A veces traía pistola, un revólver que cabía en la bolsa de su chamarra. Otra vez, cuando peleamos contra los del grupo Cuauhtémoc, a él le tocó fajarse contra Beto; apenas lo tiró y lo golpeó tantas veces en la cara que lo dejó como una gelatina de grosella, por más que Beto decía: Ya, ya estuvo, ahí muere… Parecía que le decía: Dame más, pégame más. Tenía buen verbo también, lograba imponerse, pero tanto para los cates como para los rollos tenía que enojarse; sólo enojado le salía lo mejor. Si no lo estaba, era muy pacífico.
La casa de Dito era como una amplia tienda de campaña, pero cubierta de láminas de cartón; había una mesa al centro y allí estaban las cazuelas con la comida. Al fondo había dos puertas pequeñas, cerradas, y nos imaginamos que llevaban a las recámaras, porque no veíamos ninguna cama en la estancia. Sólo unos sillones viejos donde nos sentamos. Dito calentó tortillas en una estufa de petróleo y nos dijo que hiciéramos tacos con lo que quisiéramos. Yo acometí los romeritos con nopales y unas papas moradas deliciosas, ellos prefirieron el bacalao. Cuando terminamos de comer, Rubén Carlos dijo que regresáramos a su casa, porque no llevamos bebida; dijo que le pediría dinero al Pecas, un vecino, y se lo pagaría cuando volvieran sus hermanos. Dito dijo que él también llevaría unos pesos, y atravesó una de las puertas. Yo ya no quise ir, pues nunca me ausentaba un día completo de mi casa, y con ése ya llevaba dos. Así que allí me corté. Lo que contaré a partir de aquí es sólo una relación que hago de lo que sucedió a partir de las versiones de Rubén Carlos, la hermana del Dito y una carta que el Gallo me hizo llegar.
Antes de llegar a la casa de Rubén Carlos, a una cuadra de la calzada Vallejo, pasaron por una botella de Bacardí Palmas que Dito pagó; compraron refrescos en la esquina y Rubén Carlos los llevó a su casa. Los dejó unos minutos para ir con el Pecas y regresó muy contento, pues le había prestado dinero. Empezaron a beber Bacardí Palmas mezclado con refresco y acompañados de una radio-grabadora, donde ponían casetes de música norteña. Como habían comido suficiente, dice Rubén Carlos, terminaron rápido la botella; entonces cooperaron para la otra y le tocó ir al Gallo por ella. Éste no recuerda si ya la habían terminado, pero reunieron para la tercera y entonces era a Rubén Carlos a quien le correspondía ir. Pero el Gallo dice que ya no recuerda nada, el golpe de aire puro al salir del cuarto donde bebían y fumaban, le borró el casete; sólo recuerda muy vagamente que pisaba un charco de sangre y veía a alguien tirado en la avenida mientras otro le decía: Cómo que no lo conoces. Es tu amigo, es tu amigo.
            Rubén Carlos, por su parte, dice que Dito y el Gallo fueron por el tercer pomo. Estaban ya muy borrachos, por eso antes de ir Dito se atrevió a hacerles una confesión: dijo que ese día era el de su cumpleaños y por eso había pedido a sus padres que le dejaran la casa durante la tarde para invitar a unos amigos; agregó que tenía la ilusión de que también fuera su “Ratoncita”, la había invitado y le había escrito un poema que le entregaría allí mismo. Lo quiso leer, pero apenas lo empezaba a hacer hundía la cabeza entre sus manos y fingía llorar. Y así estuvo un buen rato. El Gallo le arrebató el poema y también lo intentó leer, pero tampoco se podía concentrar, arrastraba las palabras y los ojos le bailaban. Por eso Rubén Carlos propuso que mejor le dieran el abrazo de cumpleaños y fueran por el tercer pomo. Y así salieron.
La hermana de Dito, que llegó con sus padres cuando les avisaron que había sido atropellado, afirmó que a él lo golpearon antes de ser atropellado, y que el vehículo que lo atropelló lo lanzó a una distancia de siete metros, lo cual quiere decir que lo embistió a gran velocidad, que de verdad tenían ganas de matarlo. Pero, ¿quién?
Los hermanos de Rubén Carlos llegaron exactamente en el momento en que se hacía el tumulto para ver el atropellamiento; a él lo encontraron semidormido en la casa y le preguntaron si no eran sus amigos los implicados en el accidente. Él sólo respondía: Fueron por el pomo, fueron por el otro pomo. Así que los hermanos se encargaron de averiguar dónde vivía Dito y avisar a sus padres. Y así fue como encontraron al Gallo, que no hacía más que caminar alrededor del charco de sangre donde había caído Dito, manchando sus zapatos. A Dito ya se lo había llevado la ambulancia.
La hermana dice que el Gallo los acompañó hasta el amanecer. Subieron a un taxi y primero lo fueron a buscar a un hospital cerca de la Villa, después al Rubén Leñero, después al 20 de Noviembre, después… Así recorrieron varios antes de encontrarlo, en ese hospital de la colonia Roma. Allí les dijeron que tenían que operarlo de la cabeza y que sería muy delicado, que aún seguía inconsciente y que no podían verlo y que se podían ir y volver como a las cinco de la tarde. Entonces el Gallo se despidió y dijo que regresaría con ellos por la tarde.
Pero cuando se presentó al CCH todos lo miramos sorprendidos, más aún los que ya sabíamos lo ocurrido. ¿Cómo, sigues aquí? ¡Tienes que esconderte!, le dije, los padres de Dito dicen que no fue un accidente, sino que lo intentaron asesinar y la policía no tardará en buscarlos para detenerlos. Los hermanos de Rubén Carlos ya lo escondieron y tú debes hacer lo mismo.
Entonces el Gallo trató de relacionar los fragmentos que recordaba vagamente o tan sólo entre brumas; entendió por qué lo habían dejado solo con el cuerpo y después junto al charco de sangre; por qué sólo él tuvo que acompañar a los padres y la hermana de Dito; comprendió por qué no le quisieron decir si Rubén Carlos había venido al Colegio o dónde estaba, y sobre todo el consejo de que mejor desapareciera. Cuando le pregunté si había algo de cierto en lo que se especulaba, se me quedó viendo implorante, abrió los brazos y sólo dijo: ¡Cómo crees! Jamás pelearon, dijo, ni siquiera discutieron y cuando le arrebató el poema a Dito éste se quedó tranquilo, casi esperando a que lo leyera. Dijo: Te lo haré llegar para que lo entregues a su “Ratoncita” y también te escribiré todo lo que recuerdo de este desmadre.
Aún lo veo caminar hacia la salida, cabizbajo, triste y más amolado aún por los efectos de la cruda etílica y moral. Si exceptuamos la carta que me envió después, para darme su versión de los hechos y el poema que Dito escribió a la “Ratoncita”, nunca más volví a saber nada de él. Se perdió en una bruma más espesa que la de los vagos recuerdos que ese día lo atormentaban.
    
EPÍLOGO
Dito salió bien de la operación y sus padres ya no hicieron nada para que la policía investigara. Cuando se presentó en la escuela, como un mes más tarde, llegó pelón y más loco que nunca. Si antes se le saltaban un poco las cabras, con la operación hicieron estampida: se esforzaba por reconocernos o simplemente no podía, se quedaba abstraído, lelo, y después de un rato sonreía quedamente, como reconciliándose con el mundo. Creo que nunca concluyó sus estudios en el CCH. Alrededor de veintiocho años después yo venía del plantel Azcapotzalco, donde empecé a dar clases. Venía del Metro El Rosario hacia Martín Carrera, y me quedé pasmado cuando vi a un hombre envejecido, solitario y silencioso que subió en la estación Tezozómoc. ¡Era Dito! Lo miré insistente, casi con descaro, para que me reconociera, pero él simplemente ignoraba todo. Tuve que levantarme, fui junto a él y le dije: ¿Cómo está, señor? Yo lo conozco, usted es el Dito. Se me quedó mirando, sin comprender, y sólo cuando pronuncié su nombre completo sonrió un poco. Fuimos a tomar cerveza de barril oscura a un lugar cercano a calzada de Guadalupe, sobre la calle Excélsior. Trabajaba en el Servicio Postal Mexicano y a ratos parecía recuperar la memoria. Lo invité a mi casa para comer algo y continuar conversando. Bebimos Sangre de Cristo, como en nuestra época juvenil, pero él sólo miraba con insistencia un judas de cartón que tenía enfrente. ¿Te gusta?, le pregunté, te lo regalo, lo puedes llevar. Dito salió de mi casa a las cuatro de la madrugada, cargando su diablo de cartón; sólo cuando repasaba los recuerdos de ese encuentro, más tarde, me pregunté qué taxista se atrevería a llevar a esa hora a personaje tan singular y sobre todo portando ese enorme diablo de cartón. Desde entonces no lo he vuelto a ver.
            Lo último que supe del Gallo fue a través de su carta, la única que me envió. Su buena suerte siempre lo ayudó, me decía. Un amigo lo envió a esconderse con su hermano en Santiago, un poblado cercano a Manzanillo, Colima. Los primeros días se entretenía yendo a una playa solitaria, donde se forman olas de seis a siete metros de altura y a veces aún más. Le gustaba montarlas. Un día advirtió que se había adentrado mucho y estaba en mar abierto, el juego con las olas lo había llevado a las aguas profundas. Quiso atravesar el muro marino para alcanzar la playa, pero el mar lo rechazaba. Estuvo insistiendo largo tiempo hasta que su cuerpo se agotó, quedó sin fuerzas y las que le restaban sólo le permitían mantenerse a flote. Se desesperó, no había nadie en la playa y por eso decidió dejarse ir. Si se hundía tenía la esperanza de que el mar arrojara su cuerpo a la orilla, y tal vez allí alguien lo encontraría y lo reanimaría. ¡Vaya idea! Creyó que había llegado su hora y se dejó ir, pero el instinto de sobrevivencia lo hizo volver a flote cuando aún no tocaba fondo. Una vez, dos veces, tres; en cada ocasión sus manos y pies se negaban a quedar inmovilizados y volvía a la superficie. De pronto vio una figura lejana, en la playa. Con un último esfuerzo agitó su mano para pedir auxilio. Era el hermano de su amigo que, ante la tardanza, fue a mirar lo que sucedía. Entró en el mar, nadó hacia él y lo fue empujando hacia la barrera de las olas, sin agarrarlo; el agua hizo lo demás y lo arrojó por fin contra la arena. Quedó exhausto. Me contó este suceso pero nunca más volvió a escribir; tampoco concluyó sus estudios, al menos no aquí, en el CCH, y no sé si hoy sobreviva como marinero, maestro rural o sicario, o tal vez ya esté muerto. Tenía madera para eso.
            Lucrecio decidió dedicarse al comercio antes que terminar sus estudios de bachillerato. Faustino le consiguió trabajo en el Metro, ahorró algún dinero y con eso pudo poner su propio establecimiento en Garibaldi. Yo también concluí mi carrera de administración, me fue bien y fui a vivir a Coyoacán, pero el terremoto del 85 me devolvió al norte. Lucrecio resultó ser mi vecino y pronto nos hicimos compadres. Actualmente está jubilado, pero vive con demasiados achaques, no bebe ni una cerveza, no puede comer carne roja, ni siquiera chile, y debe ingerir poca azúcar y sal. De tanto en tanto viene a mi casa para hablar de Huautla, María Sabina y los mazatecos, etnia de la que forma parte. Tomamos sólo café con mascabado.
            Rubén Carlos terminó su licenciatura en periodismo. Fue a trabajar a San Blas, Nayarit, en alguna dependencia gubernamental relacionada con el campo. Luego regresó al Distrito Federal. Trabajaba para la agencia Notimex y aún le alcanzaba el tiempo para conducir un taxi. Un día de 1988, era noviembre, fue a dejar a unos amigos por el rumbo de Texcoco; dicen que cuando venía de regreso hacia el Distrito Federal chocó y quedó mal herido. Lo llevaron al Hospital de Balbuena, pero no resistió y murió al amanecer. Fui a su sepelio a San Martín Texmelucan, Puebla.
            Entregué el poema de Dito a su destinataria. No era malo, conservo una copia, y si no lo reproduzco es porque la jovencita que lo inspiró aquellos días hoy es una reconocida profesora del CCH Vallejo, a quien aprecio y respeto sinceramente.


La belleza de La piel
La experiencia de que nuestras ideas coincidan con las de un autor no siempre es condición para que nos guste lo que escriba. En Malaparte tengo la fortuna de que ambas sucedan. Muchas veces he escrito sobre mi simpatía por los animales, y actualmente no me apena confesar que adoro a mi perrito westie, un tal Ares. Por eso les comparto estas líneas que Curzio Malaparte escribió sobre Febo, su perro, en el capítulo que sin duda es el más estremecedor e impactante de su novela La piel:
                                                                                                                              
Jamás he querido tanto a una mujer, a una hermana, a un amigo, como a Febo. Era un perro como yo. Para él he escrito las páginas afectuosas de Un cane come me. Era un ser noble, el ser más noble que jamás he encontrado en la vida. Era de aquella raza de lebreles, raros hoy día y delicados, venidos en la antigüedad de las riberas de Asia con las primeras emigraciones jónicas, que los pastores de Lípari llamaban cerneghi. Son los perros que los escultores griegos esculpían en los bajorrelieves de las tumbas. ‘Echan a la muerte’ dicen los pastores de Lípari.
            Tenía el pelo del color de la luna, rojizo y dorado del color de la luna sobre el mar, del color de la luna sobre las hojas de los limoneros y naranjos, sobre las escamas de aquellos peces muertos que el mar, después de la tormenta, dejaba sobre la arena a la puerta de mi casa. Tenía el color de la luna sobre el mar griego de Lípari, de la luna en el verso de la Odisea, de la luna sobre aquel salvaje mar de Lípari que Ulises navegó para alcanzar la solitaria ribera de Eolo, rey de los vientos. Del color de luna muerta poco antes del alba. Yo lo llamaba Canetuna.
            No se alejaba nunca un paso de mí. Me seguía como un perro. Digo que me seguía como un perro. Su presencia en mi pobre casa de Lípari, flagelada sin reposo por el viento y el mar, era una presencia maravillosa. Por la noche, iluminaba mi desnuda estancia con la cálida tibieza de sus ojos lunares. Tenía los ojos de un azul pálido, del color del mar cuando se pone la luna. Sentía su presencia como la de una sombra, la presencia de mi sombra. Era como el reflejo de mi espíritu. Me ayudaba, con su sola presencia, a encontrar ese desprecio de los hombres que es la primera condición de la serenidad y de la cordura de la vida humana. Sentía que se parecía a mí, que no era sino la imagen de mi conciencia, de mi vida secreta. El retrato de mí mismo, de todo eso que hay de más profundo, de más íntimo, de más propio en mí; mi subconsciente, mi espectro.
            De él, mucho más que de los hombres, he aprendido que la moral es gratuita, que es afín a sí misma, que no se propone siquiera salvar al mundo (¡ni siquiera salvar al mundo!), sino tan sólo crear siempre nuevos pretextos a su desinterés, a su libre juego. El encuentro de un hombre y un perro es siempre el encuentro de dos espíritus libres, de dos formas de dignidad, de dos morales gratuitas. El más gratuito y el más romántico de todos los encuentros. De aquellos que la muerte ilumina con su pálido esplendor, parecido al color de la luna muerta sobre el mar en el cielo verde del alba.
            Reconocía en él mis impulsos más misteriosos, mis instintos más inciertos, mis dudas, mis temores, mis esperanzas. Mía era su dignidad frente a los hombres, mío su valor y su orgullo frente a la vida, mío su desprecio por los fáciles sentimientos del hombre. Pero era más sensible que yo a los oscuros presagios de la naturaleza, a la invisible presencia de la muerte, que siempre gira tácita y sospechosa en torno a los hombres. Él sentía venir de lejos, por el aire nocturno, las tristes larvas del sueño, parecidas a aquellos insectos muertos que el viento trae sin saber de dónde. Y ciertas noches, acostado a mis pies en mi desnuda estancia de Lípari, seguía en torno a mí, con los ojos, una presencia invisible que se acercaba, se alejaba, y permanecía largas horas espiándome a través del cristal de la ventana. Alguna vez, si la misteriosa presencia se me acercaba hasta rozar mi frente, Febo gruñía amenazador, el pelo del dorso erizado, y yo oía un grito plañidero alejarse en la noche, morir poco a poco.



domingo, 25 de septiembre de 2016

VIVIR LA HUELGA

Vivir la huelga
NOÉ AGUDO

A la memoria de Belem Claro, camarada fallecida recientemente.
Quisimos ir a la guerrilla y por suerte no lo logramos. Esto le permitió
  a ella vivir varios años más, y a mí contarlo hoy día.

Eran ya casi las cuatro de la madrugada y no podía dormir. Pensaba en esa línea leída. Más que gustarle, lo había inquietado. ¿Cómo sería escuchar volar pájaros toda la noche? ¿El ruido provocaría miedo, zozobra o tal vez alegría? Llevaban ya más de dos meses de navegación y el almirante había tenido que enfrentar tres amotinamientos. En el más reciente, el del 10 de octubre, participaron también los hermanos Pinzón, y ellos lo habían apoyado para sofocar los dos primeros. Las galletas rancias, el tocino podrido y la alarmante disminución de agua para beber lo obligaron a comprometerse ante la tripulación a navegar sólo tres días más. Al término de este plazo darían vuelta de regreso a las naves.
 La línea decía así: “Toda la noche oímos  pasar pájaros”. Era la noche del martes 9 de octubre y la anotación había sido hecha por el propio almirante. ¡Qué coincidencia!, se dijo, ahora también es 9 de octubre, pero de 1975, y yo no voy en un barco, sino que estoy tirado en el piso de este cubículo del CCH, tratando de dormir, mientras escucho el ronquido de mis compañeros.
Recordó cómo había encontrado el libro cuya lectura disfrutaba por estos días y pensó que no fue casualidad sino el cumplimiento de una misteriosa cita. Había acompañado al Buitre a su casa y allí, en la calle de ese barrio marginado, la Nueva Atzacoalco, un viejo sucio y harapiento acomodaba libros usados en la banqueta. Se acercaron a mirarlos y el volumen pareció guiñarle desde el piso. Tenía roto el forro pero el dibujo que lo ilustraba aún se apreciaba bien: una solitaria carabela enmarcada por palmeras y las exuberantes copas de varios árboles. Pesaba, tenía pasta dura de tela azul, y un hermoso mapamundi aparecía cuando se daba vuelta a la tapa. La cubierta decía en letra negra: German Arciniegas / Biografía del Caribe.
‒¿Cuánto? ‒preguntó al viejo.
‒Cien pesos ‒respondió.
‒Déjemelo en cincuenta y no digo a quién se lo compré ‒arguyó sonriente, intentando ser gracioso. Serio, casi molesto, el viejo siguió ordenando los libros, sin mirarlo. Pasaron dos o tres minutos y ya se disponía a ponerlo nuevamente en su lugar, cuando el hombre se enderezó,  lo observó con detenimiento y dijo:
‒Llévatelo.
  Recordó que así de extraño había sido el encuentro con otros libros importantes para él. Taras Bulba, por ejemplo, esa novela de Nikolái Gógol que narra una historia de cosacos y está ambientada en las estepas asiáticas. Un día que le ordenaron ir a tirar la basura vagó un rato por entre los desperdicios y en un montón de papeles descubrió el librito. Estaba completo, limpio, así que lo sacudió y se lo llevó. A los pocos días ingresó a la secundaria, y cuando la maestra de español solicitó a los integrantes del grupo escribir algo que recordaran sobre un libro leído recientemente, él resumió sin problemas la novela. La maestra era joven, muy amable, más dulce que bonita, y ponía mucho empeño en su clase. Dio un rápido vistazo a los trabajos y cuando encontró su hoja se detuvo y la leyó completa. Lo llamó en voz alta y se le quedó mirando cuando él se puso de pie. La había conquistado. Con ese texto se volvió su alumno favorito.
Lo mismo le había ocurrido con el libro de Felipe López Rosado Introducción a la sociología. Ese día jugaba frontón con sus compañeros de la secundaria. El grueso volumen estaba allí, injertado entre los barrotes de la ventana cerrada, y nadie parecía verlo. Se acercó, lo hojeó y lo volvió a poner donde estaba. Alguien lo olvidó o lo abandonó allí, seguramente el hermano mayor o el padre de algún compañero, porque en ningún año de la secundaria se llevaba esa lectura. Continuaron jugando y cuando se retiraban sintió por el libro lo mismo que ante un perrito o gatito abandonado; por eso decidió llevárselo. Se impuso leerlo por las noches, sin levantarse de la silla; primero veinte minutos, después media hora, luego una hora y finalmente dos. Así logró la disciplina y la concentración en la lectura. Descubrió que cada libro le aportaba algo más que la historia o los conocimientos del tema; por eso atendía esos silenciosos llamados: Mírame, cómprame, llévame.
Pudo oír el canto de algunas aves nocturnas y por eso siguió pensando en cómo sería esa noche en que Colón escuchó pasar los pájaros. ¿Qué aves vuelan durante la noche? Seguramente como éstas que graznan aquí en el Colegio, se dijo, a pesar de la oscuridad y que aún es de madrugada. Por la tarde del día anterior habían formado brigadas, se repartieron los edificios y pasaron a casi todos los salones, incluidos los laboratorios, para solicitar el apoyo de profesores y alumnos. Por supuesto, toda la comunidad (la “base”, se decía) había expresado su apoyo a lo que se proponían hacer: Adelante, dijeron, cuentan con nuestro apoyo.
Habían decidido apoyar a los choferes de la línea de autobuses foráneos Apizaco-Huamantla-Tlaxcala, a quienes no les querían reconocer su huelga. Los choferes llegaron con algunos estudiantes de Economía, del Politécnico, y querían tomar varios camiones. Un chaparrito, a quien sus compañeros le decían “Vallejito”, por su parecido físico con el líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo, se expresó con mucha enjundia y dijo que necesitaban tomar cuando menos sesenta camiones, y meterlos al CCH.
—¿Al CCH? ¿Y por qué no al Poli?
—No tenemos espacio —respondió un muchacho pelirrojo, del Poli, que usaba una chamarra tipo militar—. No es que le saquemos, no hay espacio. Pero estamos de acuerdo con los compañeros operadores que es la forma de presión más efectiva.
—Aquí es mucha bronca —dijo él—, un boleto como ése no lo podemos comprar solos. Necesitamos el apoyo de los otros grupos. Tenemos que hablar con los demás e informar a la base.
Aunque en el plantel Vallejo existían por esos días más de cinco grupos de activistas, sólo se comprometieron los del Comité de Lucha (en cuyo cubículo dormían, en el edificio V), además del suyo, y Camilo (que era de los Cletos) y algunos estudiantes que espontáneamente decidieron acompañarlos. En una rápida asamblea realizada por la noche, decidieron dividirse en dos grupos: uno acompañaría a los choferes para ir por los camiones, y el otro aguardaría en el plantel para impedir que las autoridades pusieran obstáculos en la puerta donde entrarían.
A esa hora de la madrugada, mientras recordaba las peripecias de Colón en su Biografía del Caribe, escuchó vagamente un ruido y despertó a los demás.  
—¡Despierten, párense, creo que ya llegaron!
Los muchachos se levantaron prestos y corrieron hacia la puerta del estacionamiento. Una larga fila de autobuses estaba detenida sobre la avenida, esperando entrar; ambos grupos presionaron para que los vigilantes les permitieran pasar.
—Fue un acuerdo de la base —argüían—. No se requiere el permiso de las autoridades.
—Son trabajadores, como ustedes —decía otro—, vamos a apoyarlos.
Con un gesto resignado los tres vigilantes se miraron entre sí y abrieron la puerta. Para no invadir los lugares de profesores y alumnos, los autobuses fueron estacionados detrás del edificio V, que era el último. Aún no estaban el Y ni el Z, mucho menos el W o el Siladin ni las cafeterías ni el teatro, el departamento de Impresiones o el almacén. Tampoco estaban los edificios de inglés, la mediateca ni el edificio de cómputo. Todo eso era un llano cubierto de hierbas donde varias veces los choferes fueron a cortar quintoniles que cocían y comían con ellos. Alinearon los camiones en dos hileras perfectas. Eran cincuenta y cuatro, y los choferes dijeron que llegarían más. Causaron gran curiosidad entre los alumnos del primero y segundo turnos. Muchos iban a preguntar de qué se trataba, y choferes y activistas aprovechaban para informarles. Casi todos expresaban su satisfacción porque el CCH apoyara a los trabajadores.
* * *
Eran otros tiempos. De verdad se respiraba un ambiente de unidad, de camaradería, de solidaridad e incluso de simpatía hacia las actividades políticas de los estudiantes. Las propias autoridades del plantel, seguramente después de consultar con el coordinador general del CCH, y con rectoría, simplemente se hicieron desentendidas. Varios profesores, que conocían a los activistas porque eran sus alumnos o lo habían sido, cooperaban “para las tortas”, y numerosos estudiantes se anotaban para las guardias nocturnas, pues se temía que golpeadores o esquiroles llegaran por la noche a intentaran llevarse por la fuerza los autobuses; por eso era tan valiosa su participación; otros llegaban a depositar sus monedas en los botes rojinegros para sostener la huelga.
            Pocos soportaron completos los casi dos meses que duró. La lucha no era un juego: durante el día se visitaban otras escuelas y sindicatos para pedir ayuda, o se asistía a las largas pláticas en la Junta Local de Conciliación y Arbitraje, pues los choferes habían exigido que los estudiantes estuvieran siempre presentes en las negociaciones. Por las tardes se asistía a clases; él, siempre acompañado entonces por su Biografía del Caribe, tenía clases de cinco a nueve, pues era del cuarto turno. Por la noche las guardias. Se dormitaba dentro de los autobuses, que eran menos fríos que el cubículo del Comité de Lucha; se bebía mucho café soluble; se armaban de palos y varillas, se preparaban bombas molotov, se las probaba y se enseñaba a lanzarlas a quienes no sabían.  
            Sus camaradas más constantes en esta etapa fueron Troskelio, integrante del Comité de Lucha, maoísta y estalinista hasta el último poro, pero dueño de un magnífico humor y simpatía que lo redimían de dicha tara. Otro fue Camilo Torres, no el cura colombiano, sino Torres Mejía, un integrante del grupo Cleta de rostro aniñado y cabello largo que le daba una apariencia casi infantil, pero certero y directo en sus intervenciones; uno más era José Luis Flores, el Pinocho, con quien en otra ocasión y ya terminada la huelga corrieron una singular aventura en Aguascalientes; a partir de entonces se hizo también más amigo de Jesús García, quien lo llevaría por primera vez al Olímpico; de Fernando Franco, Rubén Carlos Heredia, Conrado López, el Jalisco, y otros más que lo acompañaban aunque no eran activistas.
            De los estudiantes de Economía, del Poli, con quien mejor simpatizó fue con un estudiante rechoncho, alto, que nunca faltó a ninguna plática y tampoco a una sola noche de guardia; era de los más animosos y creía honestamente que apoyar al sindicalismo independiente era luchar por la revolución que en cualquier momento sucedería; otro con el que conversaba largas horas era un tal Rueda, que no asistía constantemente pero le parecía el más inteligente; sus compañeros politécnicos lo respetaban y apreciaban, y tal vez era el que sí sabía realmente el verdadero alcance de la huelga.
            Del exterior la solidaridad se expresaba con mantas de apoyo que otros sindicatos enviaban y ellos colocaban sobre los cercados de alambre; también llegaba ayuda en especie. Francisco de la Cruz, el legendario dirigente urbano y fundador del Campamento Dos de Octubre, enviaba sacos de naranjas, manzanas, zanahorias y otros comestibles. El abogado de los trabajadores era Jesús Campos Linas, quien sugirió a los choferes buscar el apoyo estudiantil; Campos Linas era un viejo lobo del sindicalismo independiente; como abogado había acompañado la lucha de varios sindicatos y organizaciones de trabajadores, así que sabía muy bien cómo cambiaría la actitud de los patrones cuando los choferes se aliaran con los estudiantes. En su casa comieron una o dos veces decentemente, después de semanas enteras de sostenerse sólo con tortas y quelites.
* * *
Un día llegó Belem Claro, una activista del grupo con el que empezó a participar cuando recién ingresó al CCH. Era de las radicales, dura y ruda, cuyo compañero, Filemón Cruz, estaba preso en una cárcel de Nayarit
           —¡Vaya, qué bueno que viniste! ¿Por qué no lo habías hecho? Aquí se necesita mucha gente.
           —No vine a apoyar —dijo Belem—. Sabes bien que yo no apoyo movimientos reformistas o economicistas, hijos de Rafael Galván. Sólo vine a dejarte un recado.
           —¿Un recado? ¿De quién?
           —De una amiga. Tal vez ella sí te apoye.
Hay chicas a quienes les atraen los activistas y de eso le quería hablar Belem. “Te quiere conocer Isabel, mi amiga” dijo. “No sé si quiera participar en tu grupo o sólo desea conocerte, pero me pidió que te presentara con ella. Tú sabes”.
La conocía. Era una chica delgada, de ojos vivaces, más alta que él, siempre seria y nunca había sabido si le simpatizaba o le caía mal, porque sólo lo veía y guardaba silencio. Tímido y torpe como era para relacionarse con las chicas, le resultó sorprendente que Belem, alguien que sólo vivía para la revolución, se tomara la molestia de llevarle ese mensaje. ¡Y qué mensaje! Debía apreciar mucho a su amiga. 
—Dile que el viernes hay una fiesta en Ciudad Azteca —le confió—; ya me organicé para faltar aquí. Iremos con Leonel, el grandote que trabajaba en la Compañía de Luz y Fuerza, trae un coche de la empresa. De aquí nos iremos al terminar la última clase y Leonel nos regresará a la Glorieta de Potrero.
Ese día, Isabel lo esperaba ya en la puerta del salón cuando él salió de la clase. Sonrió, traía un vestido rojo, entallado, zapatillas que la hacían ver más alta y lucía bonita de verdad. Ni siquiera pasaron a despedirse de sus compañeros, lo embromarían, así que le dijo a Leonel que fueran directo a su coche. Isabel se pasó al asiento de atrás e iba callada, como siempre.
Cuando llegaron comieron sándwiches, los muchachos bebían brandy Cardenal o Gobernador con Coca Cola; las chicas conversaban aparte y tomaban sólo refresco. De tanto en tanto iba con Isabel para decirle salud y eso era todo. Ni siquiera le preguntaba si estaba bien o si se aburría. Pero le empezó a gustar. No le importaba que se viera más alta que él. La piel de su cuello y sus brazos se notaba suavecita, tersa, y sus mejillas eran naturalmente chapeadas. Reía con discreción, apenas si se inclinaba un poco para decirle ¡salud!, y seguramente esperaba bailar con él, pues no había aceptado hacerlo con nadie.
Se dio cuenta cuán torpe era, tenía un miedo horroroso a bailar. En el tocadiscos ponían cumbias que movían al más tieso, pero exigían ciertos pasos que él ni siquiera se atrevía a intentar. Isabel lo miraba paciente, sin ningún gesto de aburrimiento o fastidio. A las tres de la mañana todos comenzaron a retirarse y entonces Leonel preguntó si también se iban. “Claro”, le dijo. Una chica preguntó si la podían llevar y Leonel aceptó. Así que subió adelante con él. Por fin iba a solas con Isabel, pero se sentía incómodo, no sabía qué decirle. Se creía pesado, tonto, y Leonel sólo hablaba con la chica que iba a su lado. “¿Está bien que nos deje en la Glorieta de Potrero?”, preguntó por fin. “Sí”, dijo Isabel.
—¿Aquí está bien? —preguntó Leonel cuando llegaron.
— Sí —le respondió. Bajaron, dio la vuelta para despedirse de Leonel. Él aún tuvo una consideración.
—Si se van a quedar en la escuela, los llevo —dijo—, al fin que a ella la llevaré hasta su casa, no tenemos prisa.
—No, aquí está bien. De verdad, gracias.
No sabía qué hacer con Isabel. Cuando al fin quedaron solos en la avenida, le preguntó: “Y tú, ¿qué harás?”. “Me voy contigo”, dijo Isabel, y colgó con decisión el bolso a su hombro, como para enfatizar su respuesta.
Las calles estaban vacías y a unas cuadras brillaba el letrero de un hotel. “Vamos allá”, le dijo. Ella lo siguió en silencio. Él fue repasando cuánto dinero traía y por suerte pudo completar para el pago de la habitación. Nada dijo ella al entrar, actuaba como si todo estuviera ya dicho o planeado; lavaron sus manos e hicieron buches de agua. Se quedó unos momentos en el baño y él aprovechó para quitarse la ropa, acomodarla sobre una silla y meterse bajo las sábanas. Cuando salió, por pena propia preguntó si le gustaría que apagara la luz y ella respondió que sí. Luego se metió junto a él. Se buscaron en la oscuridad, se besaron, sintió su boca dulce y notó que sus labios eran firmes como su cuerpo. El sabor le hizo recordar una fruta silvestre que comía de niño, el gondoy. Es del tamaño de una uva y crece en racimos durante los meses de enero y febrero, en un árbol que da sombra a los cafetos; en realidad no se come sino simplemente se sorbe el delicioso néctar que contiene. Así sabía la boca de Isabel. Retenía su aliento, temía manchar el olor fresco y limpio de su cuerpo. Bajó su mano con ansiedad para destrabar el sostén, pero no encontró el broche. Ella sonrió y dijo quedamente, “es por aquí”, y con un movimiento leve abrió el sostén que se separó en dos partes, como dos bracitos amorosos, pensó. Sintió los senos duros contra su pecho y esto lo excitó aún más. Con otro movimiento bajó su trusa, dejando que las piernas hicieron el resto. Ella llevó una mano hasta la cintura y dejó que él deslizara la prenda con ansiedad. Sus bocas se buscaban, las manos y piernas entrelazadas unían sus cuerpos y generaban un calor que parecía consumirlos, incinerarlos y fundirlos en uno solo; buscaba el lugar, el capullo, el centro vital al cual dirigir esa lanza ígnea que atizaban sus años adolescentes, su soledad y sus dudas, su timidez y torpeza, que ahora se complacía en la entrega absoluta e incondicional de Isabel, en la madrugada insomne y el anuncio de un inminente amanecer. Era virgen. Tan virgen como ese silencio con el que se rodeaba siempre, pensó, como su desconcierto al descubrir que las cosas suceden de otro modo y no como uno las piensa ni como las planea o las desea. Cuando terminaron sólo entrelazaron sus dedos y se quedaron mirando el techo.
—¿Te gusta lo que haces? —preguntó al fin ella.
—¿Haberte hecho el amor?
—No, eso lo hicimos los dos. Quiero decir, lo que haces como activista.
—Por supuesto que sí, no estaría allí si no me gustara. Pero, ¿sabes?, lo veo como una obligación. Quisiera hacer mucho más. Haré mucho más.
—A mi padre lo mataron —dijo Isabel, súbitamente—. No me preguntes nada, no me gusta hablar de eso.
Ya no dijo nada, sólo apretaron un poco más sus manos y en unos segundos se quedaron dormidos.
Cuando despertaron, cuatro horas después, le preguntó dónde tomaba su autobús y ella dijo que sobre la avenida Vallejo. Caminaron por Cuitláhuac hacia la esquina con Vallejo. Le hubiera gustado invitarla a desayunar, conversar con ella, preguntarle tantas cosas; por ejemplo, por qué decidió entregarse sin pedir nada, sin conocerlo casi, sin preguntar nada. Pero apenas si rozó sus labios al despedirse y le dijo que la buscaría en la escuela. Isabel tampoco preguntó si tenían una relación, si eran novios, parecía que continuaban un romance iniciado hacía mucho tiempo, en el que ya se conocían, en el que sabían qué esperar uno del otro y  estaban dispuestos  tan solo a vivirlo a partir de donde lo dejaron. Era la relación más libre que había conocido. Pensó que tenía tiempo para ir a su casa a cambiarse la ropa, para buscar un poco de dinero y regresar al mediodía. Por el camino se fue recriminando lo estúpido que fue al no ser más cariñoso y tierno con ella, por no preguntarle si tendría algún problema en su casa, por siquiera decirle: Estoy contigo para lo que necesites. Aunque sabía que estaba con ella.
* * *
—¿Dónde andas? ¡Anoche te necesitamos aquí! —le gritó Camilo apenas lo vio llegar. Por primera vez vio en su cara de niño un gesto de preocupación y desaprobación, y supo que algo malo había ocurrido.
—Avisé, ya lo sabían todos, necesitaba tomarme el viernes. ¿Qué pasó?
—Vinieron a querer llevarse los camiones. No un grupo de golpeadores, como pensábamos, sino unos cuantos que lo hicieron a escondidas y aprovechando la oscuridad. Parece que alguien les indicó desde dentro cuáles eran los autobuses más aislados y los que se quedaban sin gente. Faltan cuatro choferes, si no vuelven hoy, o falta alguno, significa que ese ayudó.
—¿Cuántos se llevaron?
 —Sólo se pudieron llevar uno, parece que el propósito fue sondear cómo están las cosas por aquí. Ahora necesitamos llamar a todos los que podamos por teléfono, para reforzar las guardias y tener más gente. Seguro regresarán hoy por la noche o mañana domingo.
—Bueno, pues a hacerlo —dijo él—, yo llamaré a todos los de mi grupo que tengan teléfono. Y hay que hacer también un periódico mural, para denunciar el robo, advertir que incendiaremos los autobuses si pretenden llevarse otro más.
—Pues, manos a la obra —dijo Camilo—. Que te den monedas para llamar. Vas a la Central Camionera y desde allí haces tus llamadas. Por allí andan Troskelio, Ana Lilia y el Pinocho. ¿Es muy larga tu lista?
—Apenas unos diez o doce.
—No tarden, los choferes están discutiendo si esto acelera o impide el arreglo, la verdad los veo muy temerosos. Campos Linas dijo que ya venía para acá.
En esos años era un lujo tener teléfono en casa; sólo lo tenían quienes vivían en colonias céntricas, y las llamadas a éstos desde la calle se hacían en cabinitas casi siempre descompuestas. La mayoría de los estudiantes, si bien no provenía del estado de México, vivía en colonias marginadas como la Bondojo, Morelos, Martín Carrera, Prohogar, Vallejo o Aragón, San Simón. La comunicación era difícil. Así que sólo encontró a Faustino, a Lemus, que no aseguró su asistencia, a Rubén Carlos y el Tepocato. Regresó rápido para estar en la plática.
El punto central del debate era aceptar la liquidación, con indemnización incluida, o empeñarse en la reinstalación y el pago de salarios caídos. Casi todos argumentaban que lograr la liquidación era ya un triunfo, cuando antes ni siquiera esto les ofrecían; más todavía si habría indemnización. Un pequeño grupo se empeñaba en recordar que el propósito de la huelga fue el reconocimiento del sindicato, que si les reconocieron la huelga y ofrecieron liquidarlos e indemnizarlos es porque la patronal sabía que podía perder, lo importante era crear su instrumento de lucha; había que presionar un poco más, sobre todo si lograban que más choferes vinieran con sus vehículos.
—Allí está el problema —intervino el Cóndor, un chofer con nariz de gancho—. Varios nos han dicho que se suman, pero nadie viene. A todos los que van a Huamantla les han puesto ayudante, para vigilarlos y reportar a la patronal. Ya nadie le quiere entrar.
—Miren —intervino el abogado Campos Linas—: yo les recomiendo esperar a la plática que tendremos el próximo martes. Allí veremos qué tan engallados están los patrones. Ellos apuestan a que lograrán convencer a otros choferes para que nos traicionen, y nosotros sabemos que podemos atraer algunos más para que se sumen a la huelga. Pero no olviden que la escuela se cierra al finalizar la primera quincena de diciembre; ya no habrá estudiantes. Yo sé que los compañeros aquí presentes resistirán hasta el final, pero necesitamos que la escuela esté funcionando. El martes, después de la plática en la Junta de Conciliación, y si la oferta sigue igual, la  someteremos a votación.
—Ya sé dónde fuiste, cabrón —le dijo Troskelio, cuando lo encontró pergeñando lo que sería el periódico mural—, te fuiste a una fiesta. ¡Y no invitas, cabrón!
—Fui a algo mejor que eso, tú sabes que a mí no me gustan las fiestas.
—¿Una chava? ¿A poco? ¿La conozco, quién es?
—No la conoces, mejor dicho, no fui con  una chava, fui a otro asunto —quiso rectificar, cuando la alegría y el entusiasmo lo habían delatado—. Oye, exhortar va con hache o sin hache.
—¡Cómo se hache! —intervino Camilo, dándole una palmada.
—Ah, lo olvidaba. Escuchen esto —dijo para desviar un poco la conversación—: “Los héroes son como pedacitos de madera que el oleaje de los pueblos saca de los abismos, encumbra hasta las nubes y torna a hundir con rapideces que dan vértigo”.
—¿Quién lo dice? —preguntó desafiante Troskelio—. Los únicos héroes son las masas.
—Suena bonito —dijo Camilo—, ¿quién lo escribió?
—Germán Arciniegas —respondió él—, en este libro —y mostró su Biografía del Caribe, que a cada página que leía le gustaba más.
—Ya, ya, ya. Te vas a volver un pinche intelectual pequeño burgués por tanto leer —arremetió Troskelio.
—“Napoleón ha enseñado que la guerra se hace, en primer término, con literatura” —le respondió—. Serías menos dogmático si leyeras.
—¡Pues claro que leo, sólo que no mamadas pequeño burguesas! Creo que ese güey hasta presidente de Colombia fue.
—¿Y por eso no se le debe leer?
—¡El SITUAM mandó un chingo de tortas bien chingonas! —irrumpió el Pinocho—, vengan a comer.
Un paso indispensable para la revolución, se pensaba en los años sesenta y setenta, era liberar a los sindicatos del control oficial, que tenía en el charrismo —así se decía a los dirigentes sindicales al servicio del estado o la empresa— su mejor expresión. Se creía que los partidos de izquierda casi no existían, o no se fortalecían, por el control que el gobierno ejercía sobre los sindicatos. Las masas obreras fueron cooptadas desde el cardenismo y su control se hacía más férreo conforme los gobiernos posrevolucionarios se apartaban de los principios surgidos de la Revolución de 1910. Así que la lucha por la independencia sindical o por formar sindicatos independientes era una de las tareas principales de la izquierda, si se deseaba transformar el país. Y en esta tarea se involucraban con mucho candor y buena fe los estudiantes. Quienquiera que luchara sólo por un aumento salarial, mayores prestaciones y mejores condiciones de trabajo, simplemente era acusado de reformista o de desviar la lucha revolucionaria. 
            En un estado autoritario la independencia sindical representaba sólo un cambio de personas. Sin instituciones, mecanismos democráticos y cumplimiento de las leyes, quien llegara a remplazar a los dirigentes charros utilizaba los mismos sistemas de control y más rápido que tarde se transformaba en otro dirigente charro. Jesús Campos Linas (el abogado de este relato) aceptó ser el asesor sindical del naciente sindicato de telefonistas en 1976, cuando un joven Francisco Hernández Juárez, hoy un viejo líder fosilizado en la dirección del sindicato, logró echar al charro Salustio Salgado Guzmán y llegó con la promesa de democratizar al sindicato de telefonistas. En menos de dos años Campos Linas renunció a su papel, al constatar el carácter antidemocrático que asumían los supuestos nuevos dirigentes.
            Como primer punto en la plática de ese martes en la Junta Local de Conciliación y Arbitraje, un permisionario se levantó y expresó:
            —Queremos comentar un periódico mural que se colocó ayer, en la entrada de la escuela, en donde se afirma que nosotros enviamos a sacar los camiones del CCH. Esto es falso: fue el propio chofer que ya no aguantó seguir en la huelga quien se llevó el camión, y ayer mismo se presentó a trabajar. Quisiera ahora que escucharan a nuestros representantes legales, quienes les harán una nueva propuesta. Después tendrán tiempo para analizarla y comentarla y, si están de acuerdo, hoy mismo, a las 17:00 horas, nos entregan su respuesta.
            Las reacciones a esta propuesta se pueden resumir en dos palabras, dependiendo del grupo en que se situara cada trabajador: triunfo o traición. Quienes veían como un logro que les pagaran los sueldos caídos, con un aumento salarial que agregaron a la oferta, y que además los indemnizaran, esto era un triunfo y había que aceptarlo; quienes exigían pago de salarios caídos, reconocimiento a su sindicato y la reinstalación plena, lo consideraban una traición. La mayoría optó por aceptar la propuesta. “Vallejito” y diez o doce trabajadores más debieron acatar la decisión con amargura, pues consideraban que la lucha tan solo se vendía a un mejor precio. Desde luego, los estudiantes estaban con ellos, pues los consideraban los más politizados, los que tenían mayor visión y claridad de su lucha.
            Campos Linas los citó al siguiente día en el CCH, y pidió a los estudiantes no faltar: los choferes y él querían agradecer a todos su apoyo.
            Estuvieron puntuales a las once de la mañana y sin grandes rodeos el abogado, además de agradecer en representación de los trabajadores toda la ayuda para ganar la huelga, con sinceridad y emoción expresó que ese había sido un buen ejemplo de la unión del pueblo trabajador en lucha con los estudiantes conscientes y revolucionarios.
            —Bueno —continuó—, ellos me dicen que, además de agradecerles, quieren saber lo que ustedes necesitan para continuar su lucha y con gusto se lo proporcionarán. Es una forma de corresponderles para que sigan apoyando otras causas. Así que piensen, ¿qué necesitan como grupo? ¿Con qué podrían apoyarlos para que sigan brindando su generosa ayuda?
            —¿Podría ser un mimeógrafo? —dijo Rueda, el del Poli, sin inhibición.
            —¡Claro que puede ser! —respondió seguro Campos Linas—. Los compañeros del Politécnico tendrán su mimeógrafo. Sólo pregunten cuánto cuesta y aquí los compañeros choferes les darán la cantidad. ¿Y ustedes? ¿Qué necesitan, que requiere el CCH?
            Troskelio lo miró para consultar con la mirada quién hablaría. Él hizo el ademán de cederle la palabra, pero Troskelio no quiso y explícitamente dijo: “Que nuestro intelectual diga qué necesitamos”.
            —Nosotros apoyamos esta lucha sin pensar en ningún beneficio más que el de cumplir con nuestro deber. Al contrario, queremos agradecer a ustedes que nos han dado la oportunidad de vivir una huelga aquí en nuestro plantel, y experimentar lo que el movimiento estudiantil puede hacer si se une a la clase obrera. Así pues, nada queremos. Sólo hemos cumplido nuestro deber.
            Un aplauso acalló sus últimas palabras y los choferes fueron a estrechar sus manos. Muchos experimentaban por primera vez vivir una historia con un desenlace que parecía ser un triunfo, y sentir el agradecimiento y la simpatía de personas que podrían ser sus padres, sus tíos o amigos. El pueblo. 
            —¿Y a ti qué te pareció? —le preguntó Troskelio, cuando se dirigían a los salones para informar a la base del fin de la huelga.
            —Creo que sólo me siento un poco triste porque ya no conviviremos aquí. Pero veo a casi todos contentos, incluso los que se creen perdedores. Nunca había vivido esto, y ahora me doy cuenta que eso era lo que me anunciaba mi libro. Por eso hizo la cita conmigo.

CUARENTA AÑOS DESPUÉS
Como este relato está basado en hechos reales y tan sólo algunos diálogos fueron inventados para precisar mejor la situación donde se produjeron, conviene hacer un recuento de qué ha sido y dónde están algunos de sus principales protagonistas.
Francisco de la Cruz: Murió el 4 de enero de 2016, a unos días de cumplir 90 años. El Campamento Dos de Octubre se volvió refugio y semillero de luchadores sociales, pues  siempre hallaban allí sustento para continuar la batalla. Un hijo de Francisco de la Cruz, del mismo nombre, es actualmente diputado por Morena.
Jesús Campos Linas: Abogado del sindicalismo independiente, Campos Linas siguió asesorando a varios sindicatos, entre ellos al Sindicato de Telefonistas de la República Mexicana a partir de abril de 1976, cargo al que renunció dos años después. Durante su gestión como Jefe de Gobierno del D. F., López Obrador lo nombró  presidente de la Junta Local de Conciliación y Arbitraje. Fue fundador de la Asociación Nacional de Abogados Democráticos y falleció el 16 de septiembre de 2015.
Belem Claro Álvarez: No quiso continuar estudiando pese a ser una mujer talentosa, con gran facilidad para comunicarse oralmente y con una natural capacidad de persuasión. Era radical, intransigente. Buscó vincularse a la guerrilla, sin éxito, precisamente durante los años que los gobiernos de Echeverría y López Portillo buscaron exterminarla. Murió hace apenas tres meses.
Rogelio Sánchez Arrastio (Troskelio): Estudió economía y fue profesor de esa disciplina en la FES Acatlán, de donde ya se jubiló. Ahora vive pacíficamente atendiendo un restaurante que abrió, y apoya a su compañera, que es escritora. Sigue siendo un estalinista inveterado aunque viva como un pequeño pequeño burgués.
José Luis Flores Sánchez (Pinocho): Hasta hace dos años trabajaba en el Centro de la Imagen, del Conaculta. Vivió situaciones familiares muy dolorosas pero, no obstante, halló en la fotografía su gran pasión. Realiza exposiciones y publica regularmente en revistas especializadas.
Camilo Torres Mejía: Es actualmente diputado por el Partido del Trabajo en Baja California. Es de verdad un representante popular, la gente modesta y pobre lo adora, lo sigue fielmente; sin duda es uno de los mejores cuadros de ese partido que, obviamente, no lo merece. Pero, ¿en cuál otro podría actuar? El poder es el mismo bajo cualesquiera siglas.
Isabel: Con algunos datos que ella nunca quiso aportar, se supo que su padre fue seguidor de Rubén Jaramillo, en Morelos. Cuando ese líder campesino fue asesinado, en 1962, su familia emigró al Distrito Federal; Isabel contaba entonces tres años. ¿Existió realmente? ¿Cómo y dónde terminó una chica tan hermosa, original y valiente? Ella merece su propia historia.
Activistas de Economía, del Poli: Nunca más se supo nada de ninguno de ellos en el CCH, a pesar de que varios profesores del Colegio son egresados de esa escuela.

TENSANDO EL ARCO

PARA PERIODISTAS:

En sus lecciones para la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano el gran reportero polaco Ryszard Kapuscinski  (Los cinco sentidos del periodista) escribe lo siguiente: “Nadie que quiera ser un buen reportero lo logrará si antes no lee Kaputt y La piel, de Curzio Malaparte”. Lo que parece ser una opinión de sobrada admiración hacia este escritor italiano, hoy leído sólo por especialistas, es una recomendación que es una lección que es una enseñanza que es el mejor regalo y que es la clave para renovar nuestro oficio si queremos adecuarlo a los nuevos tiempos. Ambos títulos son ejemplos insuperables de la llamada novela-reportaje con las que Malaparte narra el drama que significó para Europa la Segunda Guerra Mundial. Perspicacia, agudeza, sensibilidad, ironía y mucho olfato para elegir los hechos que mejor reflejan el horror de un conflicto donde emergen los extremos morales de la condición humana, ambas novelas son también ejemplo de belleza, originalidad y precisión periodísticas capaces de conmover y sacudir conciencias aletargadas y domesticadas, acostumbradas sólo a repetir mansamente lo aprendido, sin percibir lo nuevo y diferente que hay en cada suceso; la legión de idiotas de la que nos alertó otro italiano, el profesor Umberto Eco. Una prosa deslumbrante, un estilo que es expresión de una personalidad y una astuta construcción narrativa (“Pues sabemos que el placer de los lectores depende del arte con que se dispone el relato y se cuentan los hechos” Macabeos II, 15), hacen de estas dos novelas un verdadero curso de actualización para quienes nos dedicamos al periodismo, y es de agradecer a Kapuscinski que nos lo haya recordado en ese magnífico taller que impartió para la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.

ADIÓS, HILDA
 Me entero que el fin de semana falleció Hilda O’Farrill de Compeán y lamento de verdad su muerte. No fue mi amiga, si acaso existió algo entre ambos fue una sutil simpatía, pero la relación que mantuvimos como empleado-patrona fue una de las mejores: trabajé quince años directamente con ella y casi veinte en la empresa de su familia, y allí me permitieron crecer y desarrollarme hasta donde pude y quise. Millonaria, verdadera rica que era, le gustaban los lujos, nunca la frivolidad. Se daba tiempo para estudiar antropología, en la Ibero. Sin saber esto, un día pedí entrevistar a Jacques Soustelle, me había deslumbrado su libro La vida cotidiana de los aztecas antes de la conquista. Fue un gusto para ella ver en las páginas de su revista consentida, Vogue-México, a tan importante estudioso de las culturas prehispánicas. A mí me gustan mucho el Deutsch Vogue y el British Vogue por los temas de alta cultura que siempre lucen sus páginas. Por eso, cuando Franςoise Bouffault me dijo que ella podía entrevistar a quien yo quisiera en París, le pedí que buscara al gran antropólogo francés Claude Lévi-Strauss (él y Ferdinand de Saussure son los fundadores del estructuralismo). Lo hizo y logró la entrevista. ¡Qué hazaña la de Franςoise!  Fue un acierto, y tal vez un desconcierto para el grueso de lectoras y lectores mexicanos, que se preguntarían quién era ese viejito cuyo nombre sólo les recordaba una marca de jeans. Pero a Hilda le volvió a agradar mucho. Me preguntó por qué se me había ocurrido la entrevista, y yo sólo me encogí de hombros y le dije: Pues es Lévi-Strauss. Soltero, joven, loco como era, me daba cuenta que frecuentemente le llegaban chismes de mi comportamiento (a veces pasaban meses enteros sin que nos viéramos) y ella los enviaba al bote de la basura. Nuestra relación, como debe ser en la empresa privada, se normaba siempre por la eficiencia y los resultados. Tuve aciertos y también muchas fallas, pero prevalecieron más aquellos. Por eso fue un gusto colaborar con ella durante tantos años. Por eso siento mucho su muerte.

  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...