EL DEMONIO
DE LA ABSTINENCIA
Somos
dos demonios cuya naturaleza implacable y destructora nos hace ser perversos,
pervertidos y pérfidos. Esto no es un simple juego de palabras, sino expresión
paladina de las distintas estratagemas de las que nos valemos para poder cumplir
nuestra labor. De los dos yo soy el que sabe actuar con más perfidia, por
supuesto, porque me manifiesto a la hora en que los hombres actúan sin el menor
estímulo. Esto los vuelve confiables, les da credibilidad y pueden acercarse
sin suspicacia ni temor entre la gente. ¡Aahh, cómo es grato verlos juntar sus
manitas y elevarlas al cielo para plañir que están arrepentidos, que dejarán
los vicios y que abandonarán su vida disipada y de torpezas que hasta ese momento
han llevado! Mientras, con el rabillo del ojo atienden la candidez de las
personas, pasan revista a las mujeres y miran de soslayo los bolsillos
abultados. Mi hermano atiende la lujuria, la ambición y la traición, los vicios
que se desatan al contacto de un estímulo como pueden ser el alcohol, las
drogas o una piel turgente y una sonrisa seductora. Es natural así que sea a él
a quien achaquen todas las fatalidades. Es zaherido y repudiado y debe alejarse
con la cola entre las piernas al amanecer, dejar las sábanas tibias y el olor enervante
de ciertos fluidos y elixires; una sonrisa burlona lo acompaña en estos
momentos, pues sabe que en cualquier momento lo llamarán otra vez para prender
y desatar la fogosidad de esos corazones desabridos, estériles y moribundos
como las cuencas resecas de quienes los albergan. Yo vivo al acecho de los
momentos que todos creen definitivos, los del quiebre de una vida, los del
cambio anhelado que todos esperan. Soy el gavilán que vuela muy alto, el águila
y su vista aguzada que caza donde todo parece desierto y estéril porque la
música, los placeres y la juventud se han ido. Solo hay silencio y
arrepentimiento. Entonces, cuando los idiotas inician el recuento de todos sus
pecados y faltas, allí estoy, para enseñarlos a encauzar mejor su vileza y
perversión, para enseñarles cómo esas transgresiones las podrán realizar mejor,
sin excusa ni remordimiento, porque las realizarán con la lucidez y la claridad
implacables de la abstinencia, de la moral alta y la buena conciencia. Ustedes
los reconocen fácilmente, son los que andan por el mundo como los modelos de virtud,
de las buenas costumbres y de la decencia. Se dan incluso el lujo de querer
imponer una cartilla moral a sus congéneres. Sabrán más de mí cuando vivan un momento de su buena conciencia.