lunes, 30 de enero de 2017

Cómo enfrentar a un bravucón

Cómo enfrentar a un bravucón
NOÉ AGUDO (29/01/17)

¿Qué hacer con un maldito bravucón, gandalla y ventajoso? Encararlo, enfrentarlo, pararlo en firme. Si es más grande y fuerte, mejor. Si me asesta un golpe es posible que me deje fuera de combate, pero por cada uno que yo le propine es seguro que mi prestigio y simpatía crecerán entre los demás. Así que pierda o gane la pelea, desde el momento en que me atreví a enfrentarlo ya gané. De verdad, así he procedido cuando he tenido el disgusto de encontrarme con tipos de esta calaña y siempre me ha dado buenos resultados. Por desgracia el presidente de un país no puede reaccionar de esta manera. Debe actuar con prudencia y pensar antes que nada cómo afectará al país su respuesta.
Éste es el dilema de Peña Nieto, y hasta ahora ha procedido con cautela, ha hecho lo que puede y debe, sin hacer caso a los otros bravucones que lo quieren empujar desde adentro y desearían verlo reaccionar de forma atrabiliaria y desesperada. Un verdadero jefe de Estado debe actuar con prudencia y sentido de oportunidad, sobre todo cuando está convencido de que actúa de acuerdo a las normas del derecho internacional y que la razón y los valores comunes de la cultura occidental lo asisten: respeto, dignidad, firmeza. Si procediera como un ciudadano común puede hacerlo: con irritación, majaderías y acciones precipitadas, la representación y defensa de la nación se volverían una caricatura y se asemejaría al déspota a quien responde, que con sus desplantes y prepotencia sólo es exhibido como un ignorante y alguien que solo muestra la dimensión del miedo hacia los otros.  
No comparto la idea de que México debe recargarse ahora en Europa, en China o en quien sea. La solución debe ser nuestra, con nuestros propios recursos, fuerzas e inteligencia. No se trata de terminar con la dependencia hacia un país para empezar con la dependencia hacia otro. En todo caso allí está Latinoamérica, y especialmente Centroamérica, con quien nos une no sólo la lengua, la historia y la cultura, sino también una problemática común: la emigración. Buscar la diversificación comercial es otra cosa, y esa tarea corresponde por igual a gobierno y empresarios. México tiene suficientes tratados comerciales y amigos en el mundo, así que es tiempo de aprovecharlos.
Pero, lo más importante: actualmente no hay un poder omnímodo que se imponga a todos los demás. Un brillante sociólogo venezolano, Moisés Naím, ha explicado (El fin del poder, Debate, 2013) que no hay un poder absoluto y que las distintas expresiones de éste son cada vez más transitorias, débiles y limitadas. La movilidad, los medios de información, la proliferación de rivales, el activismo ciudadano, la competencia y los mercados financieros mundiales han logrado que el poder sea cada vez “más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder”.
 Por otro lado, todo poder se expresa a través de cuatro vías principales: 1) la fuerza (que son los instrumentos, los medios de coacción con los cuales se ejerce); 2) el código (las normas legales, morales, las expectativas y los valores a los que se debe apelar para su aplicación); 3) la recompensa (los estímulos y premios que se otorgan a cambio de obligar a hacer algo), y 4) el mensaje (la capacidad de persuadir y hacer ver la necesidad de ejercer el poder). Trump cuenta sólo con la fuerza y tal vez pueda emplear el mensaje durante un breve tiempo, pero es algo que está agotando rápidamente con sus mentiras y cinismo, los propios medios norteamericanos y los del mundo lo critican. Así pues, excepto la fuerza, las otras vías (el código, la recompensa y el mensaje) pueden ser nuestras y las debemos aprovechar.
Por estas circunstancias la analogía de encarar al bravucón más grande y fuerte adquiere sentido. El vecino débil y pobre puede transformarse en una pesadilla para el gigante si sabe aprovechar su debilidad. ¿Por qué? Porque mostrar al mundo lo que contendientes, miles de ciudadanos y expertos advirtieron durante la campaña pero nadie tomó en serio: que Trump es un individuo fatalmente desquiciado y que es un peligro real para el planeta y para su propio país, es una excelente arma. En menos de una semana, twiteó con ironía Kevin Spacey (el Frank Underwood de House of Cards) “provocó más caos que yo como presidente”. Si es capaz de ensañarse y declarar la guerra a uno de sus principales socios comerciales, ¿qué pueden esperar los demás?
Saquemos provecho de sus acciones y demostremos que, efectivamente, se trata de un individuo ignorante, que sólo provocará la ruina de su propio país; demostremos con hechos el peligro que representa al reanimar el peor nacionalismo en ambos lados de la frontera y dar paso franco a la xenofobia y el racismo. Hagamos ver a su propia sociedad y al mundo lo ridículas que resultan frases como “hagamos grande a América otra vez”, al aprovecharse de un vecino leal y amistoso que sólo pide respeto. ¿O es que pretende recuperar la “grandeza” mediante acciones de rapiña y expolio como las del siglo XIX, que les permitieron arrebatarnos más de la mitad de nuestro territorio? ¿Sólo así pueden ser grandes? Hoy México no está solo ni dividido ni es tan débil. Hoy sabemos que ninguna batalla se puede ganar sin antes tener el consenso de la opinión pública y contar con el código, es decir, sin lograr la coherencia ética y legal en las acciones. Por eso nuestra debilidad puede ser nuestra mejor arma.
Demostremos con la agresión y el maltrato de que somos objeto que el mito del norteamericano justo, heroico y bueno tiene como único sustento la ideología que los cómics, el cine de Hollywood y las series de televisión han creado, porque con sus acciones Trump devela el verdadero rostro de un gran sector de esa nación: abusadores, aprovechados y cobardes. ¿Por qué no inició la guerra comercial contra China, con quien tiene el mayor déficit comercial? ¡Valiente legitimidad la que pretende lograr! Cuando Trump dijo: “Hasta que México trate a Estados Unidos con justicia y respeto, no hay otra opción”, me hizo recordar aquella fábula donde un lobo ensucia el agua y reclama por esto a un corderito al que se quiere devorar. Los mexicanos somos ese corderito. Pero mientras más cínico se comporte, su fracaso será mayor.
Ya varios lo han dicho pero no está de más repetirlo: hay que encarar al bravucón. Después de todo, nuestros mejores aliados son la prensa y los propios norteamericanos. Esos que, como John F. Kennedy en 1960, cuando dijo que era berlinés ante la construcción de aquel otro muro ignominioso, o incluso algunos republicano como Ronald Reagan, quien contribuyó a derrumbarlo a finales de los ochenta; ellos nos ayudarán a derrotarlo. Puede ensañarse en contra nuestra y agredirnos, no lo lograremos evitar pero sí lo podremos revertir. Hoy el uso de la fuerza es más costoso y arriesgado políticamente. Podemos responder una a una sus agresiones, pero también generarle una ingobernabilidad que ni los yihadistas más fanáticos han imaginado.
Hoy no somos una nación aislada, desunida e ignorada. El mundo nos observa.

Y NO OLVIDAR LA VERDADERA SOLUCIÓN
Con todo y la indignación que provoca Trump, no debe olvidarse que esta situación de fragilidad y dependencia la han creado la corrupción e ineptitud de nuestros dirigentes. ¿Acaso Canadá vive los mismos problemas que México? De ninguna manera. Este país no tiene emigrantes que hoy vivan angustiados en los EE.UU; Canadá no depende de las remesas que sus connacionales dejen de enviar; su relación comercial con los Estados Unidos es mucho menos asimétrica que la de México; su gobierno goza de representatividad, respeto y reconocimiento; prácticamente no existe dependencia sino un verdadero intercambio y colaboración. Etc. Son nuestros dirigentes los que nos han colocado en este incómodo lugar, y hoy tenemos la posibilidad de cambiarlos a través del voto. El disgusto y el hartazgo de la población no deben olvidarse aunque por el momento debamos actuar más unidos que nunca.
            Por eso se deben tomar con suspicacia las propuestas y acciones que diversos exponentes de esa clase política han planteado recientemente, aunque algunas sean realmente solidarias con el país. Lo que nos deja claro es que sí se pueden acotar sus privilegios. En menos de un mes han propuesto o adoptado las siguientes medidas:
·        Ante la irritación de la población por el “gasolinazo” la presidencia de la República anunció el 5 de enero que a partir del primer trimestre de este año se reducirá en diez por ciento la partida de sueldos y salarios de servidores públicos de mando superior (de directores a secretarios, incluido el presidente) en todas las dependencias federales.
·        El 11 de enero los consejeros del Instituto Nacional Electoral (INE) anunciaron cinco medidas de austeridad para contribuir con el mejor uso de los recursos públicos: devolver el dinero que ya se les había otorgado (mil setenta millones de pesos) para construir dos nuevos edificios en sus oficinas centrales; reducir sueldos de directores y consejeros en un diez por ciento; renunciar a la prestación de telefonía celular; revisar la asignación de vehículos oficiales, y hacer público el ejercicio de su presupuesto cada trimestre.
·        El 16 de enero diputados del PAN hicieron una propuesta para ahorrar 500 millones de pesos mediante la cancelación del pago del bono secreto, fin al pago de vuelos internacionales en clase premier, suspensión al pago de telefonía celular y cancelación de los vales de gasolina.
·        La propuesta más interesante provino también de senadores panistas, quienes el 28 de enero plantearon un decálogo para la administración pública que permitiría ahorrar la nada pequeña suma de 343 mil millones de pesos. ¿Cómo se lograría? Mediante la fusión de algunas secretarías (la de Economía, Turismo y Energía), la desaparición de otras (Sedatu) y de algunos organismos prácticamente inservibles (Caminos y Puentes Federales, Tribunales Agrarios, etc.) y la reducción a la mitad del presupuesto que actualmente se otorga a los partidos políticos.
·        En otro terreno, la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México aprobó el 27 de enero eliminar el fuero a los servidores públicos capitalinos, además de elevar a rango constitucional la obligación de presentar declaraciones sobre su situación patrimonial, obligaciones fiscales y conflictos de interés.


Habrá que dar seguimiento y exigir que se efectúen esas y otras propuestas, así como revisar los resultados de las acciones ya tomadas (los más de mil millones que el INE regresó serán para reforzar los consulados en los EE.UU para defender mejor a los migrantes, por ejemplo). Y no olvidar que son sólo algunas, hacen falta muchas más. Tampoco deben quedar como expresiones de buena voluntad en momentos de crisis o como medidas propagandísticas para las elecciones. Las normas de austeridad se deben establecer definitivamente, como condición sine qua non para la existencia de un verdadero Estado de derecho, para racionalizar y transparentar la vida política y modernizar realmente el país. Pero, de que se puede, claro que sí se puede. El partido o candidato que haga suyo este compromiso deberá ser a quien se le otorgue la presidencia en el 2018. 

domingo, 22 de enero de 2017

El opio del siglo XX

El opio del siglo XX
NOÉ AGUDO (22/I/2017)

Considero que el profesor es un trabajador intelectual, y como tal debe ejercer una absoluta independencia de criterio. Un intelectual no puede realizar su trabajo crítico si se afilia a una secta, partido o ideología, y el buen profesor debe enseñar a dudar, a ser escéptico, a analizar y mirar desde todos los ángulos posibles un hecho. Así podrá alentar y enseñar a sus alumnos a que también formen su propio criterio y opinión.
En todo caso, puede simpatizar con un partido, una ideología y luchar por una causa e incluso ser militante de alguna organización, si lo hace puertas afuera de la escuela. Hacia adentro debe dejar de lado toda militancia para inculcar con su actitud la auténtica crítica, que es la de valorar con independencia cualquier asunto. Si ejerce la crítica tratando de ganar simpatías hacia un personaje, partido o causa, distorsionará su visión de la realidad y cancelará su independencia intelectual, pues la atará a aquello con lo que simpatiza.
            Los marxistas salvaban este problema aduciendo que ellos tenían la versión científica de la realidad, así que no admitían ninguna crítica al marxismo, y donde lograron el poder se volvieron los más feroces censores y verdugos de los supuestos herejes a esta doctrina. Claro, ya no eran las ideas de Marx sino la versión que los nuevos Savonarolas habían hecho de ellas. Ahora, vistos los fracasos prácticos y la endeblez teórica de aquella supuesta ciencia, nos damos cuenta que sólo se trataba de una ideología, mejor armada y más sofisticada tal vez, pero solo era otra ideología, por muy nobles que fueran sus objetivos. Quienes siguen creyendo en la validez científica del marxismo, o bien no saben lo que es una ciencia o creen en el marxismo como en una doctrina religiosa, es decir, basados solo en la fe.
            Muchos consideran que sostener estas opiniones lo hace a uno ser de derecha. El funcionamiento de gobiernos, militantes y partidos de izquierda ha demostrado que esas etiquetas carecen de validez. Los mismos vicios, ambiciones, errores y obsesión por el poder que tiene la derecha los tiene la izquierda. Las decisiones perjudiciales o benéficas para la sociedad no tienen signo ideológico, lo mismo pueden provenir de la derecha que de la izquierda. Así que las etiquetas son huecas, no dicen nada y sirven tan sólo para eso: para etiquetar a quien se atreve a pensar diferente y para identificarlo como adversario o enemigo. El poder es el poder y su ejercicio requiere el sacrificio o la anulación de todo aquel que lo critica o disputa, y esto lo saben y practican partidos o líderes de cualquier tendencia; incluso la persecución es más encarnizada entre compañeros del mismo signo ideológico. La URSS, China y más de cerca Cuba nos dieron muestras escalofriantes en este sentido: millones de muertos y casi todos antiguos camaradas, acusados de disidentes y herejes.
Por eso los más acertados teóricos de la política saben que lo realmente revolucionario es crear normas, instituciones y mecanismos para contener el poder, así como alentar la crítica y la participación ciudadana. Y los sistemas políticos que mejor permiten esta serie de contrapesos, balances y equilibrios son los democráticos, pues allí el poder no se concentra en una sola persona o partido y existe la libertad de expresión, asociación y posibilidad de cambiar a los gobernantes mediante el voto. En México aún hace falta hacer más eficaces estos mecanismos.
No tengo nada contra el marxismo. Admiro mucho a Karl Marx y de él aprendí ese estilo panfletario de escritura que de tanto en tanto trato de imitar; por él supe también lo indispensable que es leer poesía (él leía a Shakespeare y a Heine, entre otros poetas) y a los escritores clásicos. Su cultura era impresionante. Su disciplina de trabajo y la de Lenin son admirables; cualquier profesor debería conocerlas para saber que siempre hay tiempo para leer, escribir y aprender algo más.
Con los que no simpatizo es con quienes vulgarizan y reducen las ideas de Marx. Y afirmo con absoluta certeza y convicción que cuando uno abraza una ideología no solo anula su capacidad crítica, sino la posibilidad de participar en la resolución de los problemas. Uno se transforma en un catecúmeno, en un sectario que primero busca la pureza ideológica y sólo después decide si participa o no. Esto da al traste con la posibilidad de realizar cualquier cambio que beneficie a una sociedad o comunidad, pues nadie puede presumir de pureza ideológica. Lo que caracteriza al ser humano es la diferencia, la capacidad de ver cada uno de forma distinta la realidad. ¡Esto es admirable! Las batallas por la pureza ideológica son las más encarnizadas e inútiles. Todos se creen poseedores de la versión más pura, y eso lleva a riñas como las que existieron y existen entre las sectas religiosas por un dogma o doctrina. El opio del siglo XX fue la ideología marxista. (La frase no es mía, creo que quien la dijo por primera vez fue el sociólogo y filósofo francés Raymond Aron.)
Mucho de la división de la izquierda que hoy padecemos viene de esta tradición. Recuerdo mis años de estudiante en el CCH. Había grupúsculos troskistas, comunistas, maoístas, guevaristas, castristas, estalinistas, etcétera, y su denominador común era el desprecio por los otros. No había solidaridad, compañerismo ni posibilidad de actuar unidos. Algunas veces debimos mandar al carajo esa pureza ideológica y así logramos actuar por fin juntos, pero fue en muy pocas ocasiones. Y porque también nos unían la ingenuidad, la amistad y el deseo de aventura. Pero de mí, por ejemplo, se burlaban los más adoctrinados porque cuando me preguntaban quién me movía, es decir, mi corriente ideológica, yo respondía que a mí me inspiraban Zapata, Villa y por eso mi periodiquito estudiantil se llamaba El Nieto del Ahuizote. Entonces me decían “pinche nacionalista”.
Tal vez algo había de cierto en esto. Cuando el ingeniero Heberto Castillo y el viejo luchador ferrocarrilero Demetrio Vallejo, entre otros, fundaron el Partido Mexicano de los Trabajadores, me afilié a ese partido. Allí hice mi servicio social ayudando a Flora Huerta Gómez en la edición de la revista del PMT. La generosa declinación de Heberto Castillo a su candidatura a la presidencia de la República (la cedió a Cuauhtémoc Cárdenas) me confirmó que sin dogmas y sin una ideología rígida es más factible pensar y luchar por los intereses de la mayoría. Fue lo más cerca que estuvo la oposición de tomar el poder, y hay quienes sostienen que Cárdenas ganó las elecciones.  
Por mi profesión de periodista pronto me di cuenta que no podía ser hombre de partido. Si quería libertad para criticar vicios y errores, así como para reconocer aciertos, debía ser ajeno a todo corsé ideológico. Hoy nada me impide aplaudir la eficacia y honestidad de una delegada como Xóchitl Gálvez, que es del PAN, o de Claudia Sheinbaum, que es de Morena, y expresar mi simpatía y admiración por la eficiente labor de un funcionario como José Antonio Meade, quien ha colaborado con gobiernos panistas y priistas.
Por otro lado, cuando volví al CCH como profesor (treinta años después que lo dejé siendo alumno) me sorprendió la apatía, el temor y el nulo valor civil de profesores y estudiantes, que habían dejado proliferar vicios como la prepotencia, la simulación y la corrupción. Habían desaparecido la crítica, la libre expresión y la tolerancia. Justamente, cuando el país empezaba a cambiar en estos aspectos. En lugar del ambiente de libertad y crítica que había conocido, hallé murmuraciones, chismes, comentarios soterrados y la circulación de anónimos; en lugar de un activismo por causas justas e inteligentes, los que simulaban practicarlo hacían activismo para vender cigarrillos, comida chatarra y otras cosas peores. La toma y uso del auditorio Justo Sierra en la Facultad de Filosofía y Letras se volvió el epítome sobresaliente de esto.
Como además estoy convencido de que las grandes transformaciones se inician con los pequeños cambios que somos capaces de realizar en nuestro entorno día a día, y como la democracia no existe si la ciudadanía es incapaz de ejercer sus derechos y libertades cotidianamente, al menos ejerzo la que tengo a mi alcance: la de expresión. Por eso y porque soy profesor mantengo mi independencia intelectual. Y esto no me impide participar en la resolución de los problemas de mi comunidad. Al contrario, me impele, me obliga a hacerlo. Por eso simpatizo tanto con el maestro de esa canción de Patxi Andión que dice:
Al explicar cualquier guerra
Siempre se muestra remiso
Por explicar claramente
Quién venció y fue vencido.


Escúchenla, está en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=jRXJA9sQ4p0

domingo, 15 de enero de 2017

SE BUSCA CANDIDATO (15/I/2017) Una nación entera...


Una nación entera no puede vivir presa de la angustia e incertidumbre por el arribo de un nuevo gobierno en el país vecino, por estrechos que sean sus lazos y relaciones. La ausencia de un auténtico liderazgo nacional, la incapacidad de la clase política para brindar respuestas eficaces y proponer opciones propias de bienestar a su población son las que generan esta dependencia insana. Por eso debemos pensar qué hacer con esa clase política, cómo transformar el país y entender que la mejor defensa hoy día es empezar por poner orden en casa.

Se busca candidato
NOÉ AGUDO (15/I/2017)

No se necesita ser un adivino para predecir que el PRI perderá la presidencia de la República en el 2018. Lo que nos gustaría saber es quién la ganará, y ante esta interrogante se plantea la posibilidad muy cercana de que esta decisión dependa por primera vez realmente de los votos de la ciudadanía. La clase política en su conjunto vive hoy un desprestigio nunca visto: el dispendio, la ineptitud, la corrupción y la impunidad son sus principales atributos conocidos y padecidos por la población, y múltiples señales evidencian un punto de hartazgo difícil de remontar. La interrogante es cómo orientar la votación hacia una vía que canalice eficazmente el malestar y permita la construcción de una sociedad mejor y más democrática.
            Supongamos que durante el tiempo que resta de hoy a las elecciones de 2018 la clase política logre lavar su rostro y recupere cierta confianza entre los electores; aun así, ningún partido puede apostar por sí solo al triunfo. El PRI irá con el PVEM, Alianza Social y algún otro en ciertas regiones del país; el PAN lo hará con el PRD, y éste deberá atraer a los partidos minúsculos que orbitan a su alrededor para fortalecer esa alianza, o ir con Morena, el partido de López Obrador, lo que tampoco garantiza el éxito, pues ante esta circunstancia lo más probable es que PRI y PAN decidan conjuntar su voto duro. Ninguna de estas opciones podrá atraer a los indecisos, que son la mayoría y quienes deciden el triunfo, y cualquiera que gane lo hará con una minoría y con el rechazo de la mayor parte de la ciudadanía.
            Queda la opción de los “independientes”, pero ante las dificultades para gobernar que presenta no recurrir a los mismos cuadros políticos rancios y negociar en los congresos toda decisión con los partidos de siempre, la supuesta independencia se diluye. Así que un candidato independiente sólo representa la oportunidad de deslindarse de la clase política mientras dura la campaña pero, de alcanzar el triunfo, ese candidato y su gobierno quedarían en manos de los partidos políticos de siempre; esta vía refleja, en todo caso, el oportunismo de ciertos aspirantes desechados por sus propias organizaciones y un engaño a la población. Más astuta y mejor disfrazada son las propuestas como la de Manlio Fabio Beltrones: con la excusa de crear gobernabilidad mediante la constitución de mayorías en los congresos, Beltrones propone formar gobiernos de coalición, cuyos candidatos podrían ir o no ir en alianzas, pero sus partidos integrarían coaliciones para gobernar. Al final sería la misma gata política, sólo que revolcada, es decir con diversos cuadros provenientes de los partidos que acepten participar en  la coalición.
            ¿Cuál es entonces el camino para sanear la vida política del país, lograr la verdadera transición, arribar por fin a una democracia plena donde los gobiernos se deban a la ciudadanía y no a sus intereses partidarios o sus patrocinadores? Contar con un candidato ciudadano y un programa capaz de lograr lo que cada una de estas opciones propone, pero ir más allá de cualquiera de ellas y de sus proyectos. Es decir, se requiere conquistar la presidencia de la República, lograr mayoría en el Congreso para gobernar, deslindarse hasta donde sea posible de la clase política, constituir un gobierno con ciudadanos capaces y eficientes, y no con cuotas partidarias y de otros poderes fácticos; sólo un gobierno así constituido podría ofrecer un programa de gobierno que resuelva por fin los problemas que impiden el desarrollo socioeconómico de México y permita construir una sociedad más justa. Un gobierno por el cual hoy clama toda la población.
            Ese candidato tendría que captar en primer lugar el voto de los millones de indecisos que deciden la elección; tendría que despertar el entusiasmo de toda la ciudadanía, lo mismo de obreros, empleados, comerciantes, campesinos, amas de casa y estudiantes, que de profesionistas, empresarios y los diversos integrantes de las llamadas clases medias. Deberá atraer, en segundo lugar, a las franjas cada vez más numerosas de militantes decepcionados de sus propios partidos que, en lugar de querer ir a una alianza con fuerzas totalmente contrarias a su ideología y principios, preferirían aportar su voto a un candidato capaz de lograr un gobierno de unidad, sanear la vida política, resolver los problemas nacionales que por complicidades e intereses ningún partido puede lograr, y empujar así un cambio de actitudes y valores de la clase política.  
            Cualquiera podría pensar que esto es una ilusión, que ese candidato no existe ni puede existir y que la tarea que se le propone es descomunal, pero todo depende del programa que enarbole, de su capacidad para encauzar el hartazgo de la sociedad, de motivar la participación ciudadana y de proponer medidas para transformar ese hartazgo en acciones de gobierno. Y aquí es donde todos podemos contribuir. El momento que hoy vive el país es único porque ofrece como en ningún otro la posibilidad de que sea la ciudadanía quien tome los destinos de la nación en sus manos. Tenemos que aprovecharlo.
            Ese candidato ciudadano tendría que proponer, entre otras muchas acciones: Una reforma política que plantee la desaparición de los diputados de representación proporcional, poner fin al fuero, reducir el número de comisiones en el Congreso a las estrictamente indispensables, acabar con los bonos secretos y los permitidos, reducir el monto de las dietas y que los aguinaldos se calculen con base en éstas (como se calcula el de cualquier trabajador: con base en su salario), y terminar con estipendios tales como pago de asesores, secretarias, edecanes, boletos de avión y viáticos (solo se cubrirán los estrictamente necesarios para su trabajo, que cada servidor deberá comprobar), seguro de gastos médicos mayores, comidas, vehículos, gasolina, gimnasios, gastos de cafetería, celulares y demás parafernalia costosa que actualmente derrochan. Un representante popular debe estar en la cámara por vocación de servicio, no para medrar con el cargo público.
La reforma política deberá poner fin a las prerrogativas económicas de los partidos políticos, los cuales deberán funcionar mediante las cuotas de sus militantes; el Estado los apoyará únicamente en sus necesidades básicas, como son el acceso a los medios para la difusión de sus propuestas y programas. Deberán, al igual que el Estado en su conjunto, reducir su propaganda y mensajes, que solo engañan e irritan a la población por su demagogia y falsedad. El Estado deberá limitar incluso el número de partidos, mediante la comprobación cabal de que representan realmente a amplios sectores de la sociedad en toda la República y no son creación de familias, caciques sindicales, empresas y otros vividores del presupuesto público. Asimismo, deberá recortar los recursos a los organismos y tribunales encargados de organizar y vigilar el proceso electoral, que se encargarán de establecer reglas claras para evitar vacíos o ambigüedades que generan los conflictos. Todo esto no se podrá cumplir sin crear eficaces instancias de vigilancia, transparencia y control, de preferencia autónomas, para supervisar el funcionamiento de estas instancias, impedir su partidización o parcialidad y evitar que participe dinero sucio en los diferentes procesos electorales.
El Congreso de la Unión deberá analizar propuestas como la revocación de mandato, la reelección de representantes, la iniciativa popular, el plebiscito y todas aquellas que permitan intervenir institucional y eficazmente a la ciudadanía ante la ineptitud y corrupción de sus representantes y autoridades.
Las mismas medidas de control del gasto, racionalización administrativa y recorte de burocracia innecesaria se aplicarán en los demás poderes del Estado, empezando por las dependencias del poder Ejecutivo o que éste encabeza; hay secretarías completas como la de la Reforma Agraria y entidades como la Comisión Nacional de Salarios Mínimos que no justifican su existencia, o sindicatos de empresas ya extintas, como los de Trabajadores Ferrocarrileros y Electricistas, cuyos líderes aún siguen gozando del estipendio gubernamental. Igualmente, poner fin al dispendio que hoy se hace en todas las dependencias públicas en onerosos gastos como redecoración de oficinas y casas de gobierno, renovación de mobiliario y vehículos, pago de escoltas y seguridad a funcionarios que no la requieren, a ex presidentes y sus familias, sobre todo si se les permite mantener sus sueldos vitalicios. Los salarios de ex magistrados, ex rectores, ex directores y demás funcionarios que los siguen disfrutando sin prestar servicio deberán terminar.
No deberá olvidarse aplicar estas medidas de racionalización y empleo eficaz del gasto a los organismos autónomos, descentralizados y entidades paraestatales, así como a los gobiernos estatales y municipales, pues se da el caso (como lo demostró recientemente Javier Duarte en Veracruz) de que los gobernadores durante su mandato se dedican a saquear y malversar los recursos, para que después los nuevos gobernantes y presidentes municipales exijan a la Federación entrar a su rescate.
Está por demás decir que se debe poner fin al derroche que se hace mediante la entrega de dinero a organizaciones que viven del chantaje y la presión, como Antorcha Campesina, Asamblea de Barrios, asociaciones de ambulantes o la CNTE, pues son insaciables y cada vez exigen más; la determinación de hacer públicas sus demandas y los procesos de negociación con las diversas instancias del Poder Ejecutivo son la mejor contención a estas prácticas indeseables, pero para poder hacerlo se requiere de un gobierno inmune al chantaje, es decir, ajeno a compromisos y complicidades con ellas.
La corrupción es un cáncer que ha hecho metástasis en todo el organismo social, de ahí que muchos políticos la consideren una expresión del ser nacional o un asunto cultural. Esto no es cierto. Han sido la impunidad y la ausencia de mecanismos para la rendición de cuentas los que han permitido que la corrupción se extienda por todos los ámbitos de la vida nacional. Sabido es que apenas un mexicano traspone las fronteras y se halla en un lugar donde las infracciones y la alteración a la ley sí reciben sanción, se vuelve el más respetuoso de las normas y reglamentos. Por eso todas estas medidas serán insuficientes si no se procura un apego estricto al derecho; si no se termina de crear el Sistema Nacional Anticorrupción; si no se lo integra con ciudadanos ejemplares, libres de toda sospecha (que sí los hay) y se le otorga plena autonomía; lo mismo con las demás instancias de vigilancia y control (hoy existen más de cinco, a cual más inútil) y se termina por establecer reglas claras para la integración y funcionamiento de la Fiscalía Nacional, desligada ya del Ejecutivo. Y así en los demás niveles de gobierno.
¿Cuál es el candidato a la presidencia que se atreverá a limpiar estos modernos establos de Augías? ¿Quién tiene el arrojo e inteligencia para ponerse al frente de la nación y encabezarla con un programa así? Alguien con suficiente independencia de la clase política y que haya comprendido cuáles son los principales lastres que han hecho de este país rehén del crimen, la corrupción, la inseguridad, la ineptitud y la mediocridad. Esos lastres que hoy día lo mantienen en vilo porque un individuo fanfarrón, autoritario e ignorante asumirá la presidencia de los Estados Unidos. Una nación grandiosa como México no debería vivir así. He anotado sólo algunos puntos relacionados con el poder político y su reforma, pero la tarea abarca todos los ámbitos: los sociales, económicos, educativos, comerciales, fiscales, educativos, etc.   
            Una última anotación: no se trata de remplazar una clase política por otra, que a la postre tal vez repita los mismos vicios cuando se enquiste en el poder, sino de crear una ciudadanía vigilante y participativa, con instituciones y mecanismos eficaces para llamar a cuentas y sancionar a los malos gobernantes; con normas claras y condiciones austeras pero suficientes para su funcionamiento; así, quienes aspiran a ser servidores públicos deberán demostrar aptitudes, vocación y conocimiento para su desempeño, y no confundir la política con el cinismo, la mentira y la habilidad para fingir, así como la astucia para apropiarse de los recursos públicos, como ha sido la regla hasta hoy. Sólo así podremos recuperar la dignidad de la política y rescatarla de esa versión perversa en que la sumió una clase hoy repudiada por toda la sociedad.
Éste es el reto del candidato a quien podemos otorgar el triunfo si nos lo proponemos. Porque el cambio hoy se tiene que hacer con la participación ciudadana y mediante las instituciones.

¿GRADACIONES O GRADUACIONES?
De pesadilla la serie de reportajes que Ciro Gómez Leyva y su equipo divulgaron durante la semana reciente en su noticiero de las diez de la noche, Imagen Noticias. Seguramente muchos hemos sido sujetos de extorsión a través de una llamada telefónica en donde la voz de alguien que se supone es nuestro hijo nos informa que ha sido secuestrado y nos dice que amenazan con cortarle los dedos si no entregamos determinada cantidad de dinero. Las imágenes grabadas dentro del Reclusorio Norte muestran algo semejante a un tianguis, donde los reclusos anuncian mediante gritos la venta de todo tipo de drogas. En un rincón de otro dormitorio algunos más se dedican a hacer las llamadas (¿marcan los números al azar o tienen una base de datos?) para chantajear a la población. En otro un preso pregunta al custodio cuánto le costaría un teléfono para extorsionar; “uno y medio” contesta éste. Todo esto mientras el director del reclusorio atraviesa por el tianguis infernal sin inmutarse ante lo que hacen los presos. ¡En el Reclusorio Norte, donde se supone que los delincuentes entran para regenerarse y después reintegrarse a la sociedad! ¡De pesadilla, el rostro más descarnado de la corrupción!
            Ciro, periodista cultivado como es, tituló a esta serie “Las Graduaciones del Infierno”, haciendo eco a la Comedia de Dante, que describe el infierno como una serie de círculos en los que los más profundos los ocupan pecadores irredentos. De las tres acepciones que el Diccionario de la Lengua Española ofrece de graduación (1. “Acción y efecto de graduar”. 2. “Cantidad proporcional de alcohol que contienen las bebidas espiritosas”, y 3. Categoría de un militar en su carrera”) ninguna encaja con el significado que Gómez Leyva quiso expresar. El término correcto es gradación, cuyas cuatro acepciones indican eso: niveles, grados sucesivos, orden gradual. Las Gradaciones del Infierno. No se la pierdan, continúa esta semana y se debe reconocer a Miguel Ángel Mancera y su secretaria de gobierno, Patricia Mercado, por su intervención inmediata una vez difundidas las primeras imágenes.



DIEZ RASGOS DE UN PSICÓPATA
Gracias a la afortunada inspiración que algunos días ilumina a ciertos articulistas, me permito retomar el núcleo de una colaboración de Marco Provencio en Milenio Diario para plantear a todos un pequeño acertijo: ¿Qué alto funcionario del CCH reúne estos rasgos?

Carismáticos. Tienden a ser divertidos y a compartir historias casi increíbles, pero que en su persona suenan convincentes al presentarlos como los héroes de las películas.
Egocéntricos. Simplemente son el centro del universo, uno en el que pueden vivir de acuerdo únicamente a sus propias reglas.
Grandiosos. Todo en ellos es superlativo. No hay espacio para la sencillez.
Incapaces de remordimiento. Les tiene sin pendiente el resultado de sus acciones para con terceros, y no pueden sentir arrepentimiento.
Faltos de empatía. Acaso el rasgo más evidente, según algunos, es que son ajenos totalmente al punto de vista o a las emociones de los demás.
Engañosos. Cuando son descubiertos en una mentira, simplemente cambian la historia y modifican los hechos para tener siempre una coartada fácil a la mano.
Falsos en sus emociones. En realidad no están sintiendo nada, aunque lo aparentan con alguien a su alrededor a quien por alguna razón quieren cortejar.
Impulsivos. Evaluar las ventajas y desventajas, o las consecuencias de sus deseos, les parece una pérdida de tiempo.
Vengativos. Curiosamente, la ausencia de empatía se refleja también en una hipersensibilidad a lo que pueden percibir como un insulto hacia su persona.
Aventureros. Son adictos a la adrenalina, a la toma de riesgos, a vivir “al filo de la navaja”. No pueden con la “normalidad”.

Mentiroso, vengativo, egocéntrico, falso, impositivo, etc., ¿quién reúne estos rasgos entre nuestros ínclitos funcionarios? Si desean leer el artículo completo pueden dar click al siguiente link: http://www.milenio.com/firmas/marco_provencio/rasgos-psicopata-psicopatia-psicopatas_en_grandes_corporaciones-milenio_18_883891617.html





domingo, 8 de enero de 2017

Los nuevos héroes

LOS NUEVOS HÉROES
(08/I/2017)
Yo callé males sufriendo
y sufrí penas callando.
Callé por mucho temor,
temo por mucho callar.
                                                                                                                                               Jorge Manrique

Empapada nuestra historia en sangre, sembrada sus diversas etapas por héroes y mártires que sucumben estoicos ante la superioridad y vileza del adversario, en sus páginas parece no haber lugar para quienes contribuyen, de manera menos estridente, con pequeñas pero indispensables acciones que llevan o han llevado finalmente a los grandes y profundos cambios.  
El imperio azteca no hubiera existido de no ser por ese hábil ideólogo llamado Tlacaélel, consejero (cihuacóatl) de emperadores, que inventó una historia a la altura del pueblo elegido para señorear el Anáhuac; la guerra de Independencia suele atribuirse al llamado del cura Miguel Hidalgo, pero se olvida la paciente labor cultural que hicieron antes los jesuitas, sabios como José Antonio Alzate, Francisco Xavier Clavijero y Fray Servando Teresa de Mier, sin cuyas ideas los criollos no hubieran adquirido la noción de identidad nacional; la Reforma es impensable sin las visionarias ideas de Mora, Ocampo, Juárez y Lerdo de Tejada; y hay un excelente libro para conocer quiénes fueron los precursores intelectuales de la Revolución de 1910 (James D. Cockroft, Precursores intelectuales de la Revolución Mexicana, Siglo XXI, 1971) y así sucesivamente.
Hay otros héroes, menos visibles y carismáticos, muchas veces anónimos, pero sin cuya acción las grandes hazañas de un pueblo simplemente no existirían. El problema con nuestra historia es que casi siempre el ideólogo se ha fundido y confundido con el hombre de acción, y por eso la labor discreta de los demás es relegada o simplemente olvidada. Sin hablar de los ejércitos y huestes de millares de hombres que han participado y sacrificado su vida de manera anónima.
            La Medalla Belisario Domínguez, entregada en su más reciente edición a un modesto ingeniero que salvó la vida de numerosas personas a cambio de la suya, me parece un signo de los nuevos tiempos que vive México. Si fue otorgada post mortem a Gonzalo Rivas Cámara no fue porque el Senado buscara con lupa a un héroe por toda la República y finalmente lo hubiera encontrado. Fue porque contó con el apoyo de numerosos articulistas y escritores que se encargaron de proponerlo y recordarlo. Especialmente de quien lo propuso inicialmente, Luis González de Alba,  quien a cada entrega de sus artículos insistía en que se debería otorgar la Belisario Domínguez a Gonzalo Rivas. Al final, y después de desaparecido también él (González de Alba se suicidó el 2 de octubre), ambos fueron reconocidos.
Este hecho nos ilustra acerca de la influencia de la opinión pública respecto a la toma de decisiones; nos enseña que, a pesar de que la decisión de proponerlo se hallaba en manos de un partido conservador (el PAN), éste tuvo que aceptar la propuesta aunque tal vez hubiera preferido a uno de los suyos o a un empresario para recibir tal reconocimiento; nos da luces también sobre el hecho de que, cualquier acción que no cuente con el apoyo y aceptación de la sociedad, está condenada a fracasar; cuando los normalistas de Ayotzinapa y sus simpatizantes criticaron y se opusieron a la propuesta, porque según ellos “criminalizaría” su movimiento, no tuvieron eco. En todo caso ellos solos se criminalizan (la gasolinera fue incendiada el 12 de diciembre de 2011) porque el método de vandalizar, destruir y robar vehículos, incendiar oficinas públicas y de partidos políticos, cerrar carreteras, secuestrar y saquear camiones de mercancías, etc., se volvieron una constante después de la desaparición de los normalistas, así como de las movilizaciones de los integrantes de la CNTE, CETEG y los grupos de pseudo anarquistas que se infiltran en las marchas. Así pues, ¿quién criminaliza a quién?
Hay muchos casos más en que el poder político ha tenido que aceptar una propuesta o cancelar acciones ante las protestas y expresión vigorosa de la sociedad, o de al menos de ese sector que puede hacerse escuchar. Recuerdo ahora el caso de Lady Profeco, cuyo padre, Humberto Benítez, tuvo que renunciar como titular de la Profeco ante el escándalo que la hijita armó en un restaurante donde no quiso esperar a que se le asignara mesa; del titular de la Conagua, David Korenfeld, quien también tuvo que renunciar después de que se divulgara el uso particular que hacía de los helicópteros de la Conagua; de la marcha atrás, por parte de la presidencia de la República, en su intento por hacer del actual procurador, Raúl Cervantes Andrade, el primer fiscal de la República; del desechamiento por parte de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de la peregrina propuesta perredista de replicar toda información que ellos consideraban que los afectaba, con todo y que fuera verdad, etc. No digo que todo funcione a la perfección, como en una sociedad democrática madura, y que México ya sea Suecia o Dinamarca, pero es indudable que una nueva especie de actor está emergiendo en el país, y como universitarios debemos contribuir a su fortalecimiento para lograr una mejor y mayor participación, pero sobre todo para que logre resultados. Me refiero a la ciudadanía.
Por eso debemos apoyar las protestas y marchas pacíficas de la población contra el alza de la gasolina (véase la nota final), pero también debemos rechazar enfáticamente los saqueos y las acciones vandálicas, pues no solo denigran la participación ciudadana y la distorsionan, sino que anulan su propósito. Por eso es importante articular ideas y opiniones bien fundamentadas, y no mensajes de odio ni memes cábulas.    
Varias veces he lamentado que la UNAM, un lugar donde deberían primar la libertad de expresión, la crítica, la tolerancia y la transparencia, condiciones sin las cuales no son posibles la enseñanza, el cultivo de las ideas y el conocimiento mismo, mantenga aún ciertos espacios donde se reproducen los peores vicios del viejo sistema político: la simulación, el nepotismo, la discrecionalidad, la corrupción y la aplicación de la normatividad universitaria a conveniencia y capricho de ciertos funcionarios.
La mayoría hemos sido testigos o víctimas de alguno o varios de estos vicios, pero en lugar de actuar para desterrarlos, los toleramos con nuestro silencio, apatía o temor; o peor aún, los fortalecemos con el silencio cómplice que dicta la conveniencia. Sin embargo, lo que mayormente contribuye a crear y preservar estos vicios es la organización vertical de la UNAM, y muy especialmente del CCH. Los órganos de representación y defensa de la comunidad están supeditados a las autoridades, que los usan para su beneficio y conveniencia, pero no para atender ni mucho menos para defender a la comunidad.
Tomemos el caso del Consejo Técnico del CCH, que es el máximo órgano de representación colegiada de nuestra institución: quien lo preside y convoca es el director general, o el secretario general en su ausencia, y quienes lo integran son los directores de los planteles; los consejeros profesores y alumnos son allí solamente decorativos, pues tanto por su número como por su función no tienen ninguna facultad decisoria, ni mucho menos pueden plantear y tratar problemas que aquejan realmente a la comunidad docente y estudiantil. ¿A qué se reduce entonces su función? Pues sirve solamente para avalar decisiones del director general y para aparentar que se toma en cuenta a la comunidad en cuestiones que la afectan. Sólo simulación. Y así con el Consejo Interno, con las diversas comisiones y demás instancias de “representación”.
Esta farsa, que debería avergonzarnos, es una calca exacta de cómo funcionaba el viejo sistema político del país; pero funcionaba para otros tiempos, para otro México que tiende a desaparecer ante su apertura al exterior, ante la presencia de medios de información que ya no dependen de las dádivas del gobierno, ante la irrupción de una pujante sociedad civil y (para bien o para mal) ante la competencia partidaria. Sin embargo, en la UNAM y el CCH seguimos como si nada pasara, pues aquí no existe ninguno de esos factores. Los nombramientos, como son los del rector y el director general del CCH, se siguen haciendo por un grupito de notables que atiende —antes que a la comunidad universitaria— los equilibrios políticos; los nombramientos de los directores de planteles se siguen haciendo por dedazo máximo del director general, que cuida sus propios intereses y no los de profesores, alumnos y empleados (alguien que desee actuar con un mínimo de autonomía y criterio propio, apegado a la normatividad, por cierto, es cesado de inmediato, como lo vimos en el plantel Vallejo con el actual director general, Jesús Salinas).
¿Dónde están los medios de información para denunciar la corrupción, ineptitud, nepotismo, favoritismo, despotismo y persecución contra algunos profesores que practican las autoridades (como las actuales del CCH)? El día se les hace corto a sus empleaditos, con vocación de censores, para revisar con lupa cada párrafo, línea, frase y palabra de sus órganos de comunicación interna que nadie lee. No se vaya a colar algo que afecte la reputación del “doctor”, “maestro”, “señor licenciado”, que es tenido y temido como un dios. Una sola gaceta que circulara como este escrito y fuera editada con sentido crítico por profesores y alumnos bastaría para acabar con semejantes ridículos, acotar los vicios que hoy gozan de espléndida salud y contribuir a crear un ambiente auténticamente universitario. Pero cuando la propusimos e hicimos dos o tres números fue una prédica en el desierto.
Hay mucho temor, no actuamos como ciudadanos, no tenemos esa actitud crítica que supuestamente debemos enseñar a nuestros alumnos, o la reducimos tan solo a enseñar a gritar dicterios contra el gobierno, mas no contra los que han envilecido la vocación de servicio, pervertido la función y formación de los profesores, perdido el modelo original del Colegio y dañado como nunca la educación en este nivel.
¿Por qué es necesario crear ciudadanía, y enseñarla con el ejemplo? Por la precariedad en que trabajamos y los resultados que así obtenemos. Si tuviésemos una condición estable de trabajo, salarios decorosos y no dependiéramos para muchos asuntos, sobre todo los de nuestra promoción, de la aquiescencia de las autoridades, tal vez todo esto a pocos importaría. Nuestros méritos valdrían por sí mismos. Pero, además, somos profesores. Recuerdo una entrevista que me hicieron cuando un grupo de “paristas” tomó la dirección general y después rectoría. ¿Por qué siempre tomas, paros, cierres?, me preguntaba el reportero. Porque no enseñamos a participar en democracia, porque los canales para la expresión de la comunidad no existen, son solo simulación, fingimiento. Así que, ¿qué queda? La fuerza, los actos de fuerza, respondí. Y ahí estamos, sentados sobre un polvorín.
Soy un partidario total de la democracia y tengo una absoluta convicción de que algún día lograremos que prevalezca en este país un auténtico estado de derecho, donde la ineptitud, la corrupción y la arbitrariedad ya no tengan cabida. También he dicho que me parece una contradicción brutal que donde se enseña el derecho sea el primer lugar donde no se aplica y no exista. Y que la opacidad, la discrecionalidad y la ausencia de transparencia son inconcebibles en un lugar donde se educa y se aprende. Por otra parte, los doctores Sara Sefchovich, Mauricio Merino, Moisés Naím y tantos otros estudiosos nos enseñan que son las pequeñas acciones las que inician las grandes transformaciones, y que estas pequeñas acciones las debemos empezar por aplicar en nuestra propia comunidad. Y con esto vuelvo al planteamiento inicial de este artículo. 
Los tiempos actuales demandan nuevas formas de participación. Si en los años sesenta y setenta un puñado de hombres, quizá los más valiosos de México, se decidieron incluso por la lucha armada, esto se comprende porque los canales de participación estaban cerrados, la crítica y las acciones para propiciar un cambio se hacían imposibles bajo un régimen monolítico, autoritario e insensible a las demandas de la sociedad. Hoy esta situación es diferente. Dígase lo que se diga, hay libertad de prensa, de expresión, de reunión, de tránsito y sobre todo libertad de elegir a los gobernantes, menos en el CCH. Son las libertades democráticas que a los ciudadanos nos corresponde ensanchar mediante su ejercicio y la exigencia de su cumplimiento, como debemos hacer en el CCH y la UNAM. “La democracia no es un sistema político sino un estilo de vida” ha dicho Octavio Paz, y coincido plenamente con su afirmación. No solo debemos enseñar sino actuar en democracia.
Por eso tuve la osadía de escribir y firmar lo que escribo. De tanto escuchar y leer palabras como pluralidad, libertad de expresión, tolerancia, valores universitarios, etc., creí que había regresado a ese espacio libertario donde estudié mi bachillerato y donde los buenos profesores fueron un gran ejemplo para mi formación como persona. Sin embargo eran solo palabras, simulación que ocultaba la defensa de los más mezquinos intereses, además de ineptitud, corrupción y cinismo. Sabía a lo que me exponía si escribía pero continué y continuaré escribiendo. Creo, como dice Mauricio Merino, que tenemos “que hacernos cargo de que la vida pública nos pertenece a todos y debemos poner en marcha la revolución de las conciencias, que todavía no ha sucedido en México.” Lean el artículo (“2017, otra revolución” en El Universal, 28/XII/2016), de verdad es bueno; se encuentra en la hemeroteca digital de ese diario.
Hoy, en el CCH requerimos no solo la actualización de los programas de estudio, sino también la adecuación a los nuevos tiempos de su estructura de gobierno. No lo digo yo, sino varios universitarios distinguidos como Ambrosio Velasco, Tatiana Sule, Axel Didrikson y varios más quienes en mayo de 2016 organizaron el “Primer Foro Deliberativo. La Universidad que Queremos”. Hoy requerimos también la sanción de la comunidad hacia los directivos; la acotación de las atribuciones de los directores; la rendición de cuentas y el cumplimiento estricto de la Ley de Responsabilidades de Servidores Públicos que, como tales, están obligados.
Esto, más la recuperación de los espacios de representación y deliberación que la normatividad del Colegio nos otorgó, el saneamiento de nuestras academias, ejercer la libertad de opinión, lograr mejores condiciones de trabajo, son las tareas que como pacíficos ciudadanos podemos realizar. No son acciones grandiosas ni de gran relumbrón, sino sencillas, pequeñas, discretas, pero que pueden dar pie a las grandes transformaciones que nuestra Universidad, el CCH y nuestros jóvenes se merecen. Es el tiempo de la ciudadanía, el que nos han enseñado que expresiones como la propuesta de Gonzalo Rivas para recibir la Medalla Belisario Domínguez, el de la corrección o marcha atrás que el poder político ha tenido que hacer con respecto a decisiones que la afectan, influyen positivamente en nuestro ánimo y es el que demostraremos todo su peso en 2018.

NOCHE DE COPAS

Durante la fiesta de fin de año por el 45 aniversario del CCH ocurrió lo siguiente: De manera comedida, el profesor se acercó, saludó y planteó sin ambages su opinión: creo que este clima de persecución y deterioro que vive el CCH debe terminar; es preocupante lo que vivimos, especialmente el caso del profesor Noé Agudo. Lo siento mucho, tengo pruebas contundentes al respecto, contestó el director general (no entrecomillé porque no es una cita textual, sino lo que recuerdo de la conversación). Si tiene pruebas contundentes, ¿por qué impide entonces que el proceso se apegue a derecho? ¿Por qué instruye a la Oficina Jurídica del plantel Vallejo a que dé marcha atrás (en dos ocasiones) en la resolución del caso? ¿Por qué, de manera extra oficiosa, nos enteramos que ha solicitado a la Comisión Mixta de Conciliación y Resolución darle largas indefinidas a la resolución que debe emitir? ¿Cree que con mantenerme fuera me abstendré de denunciar su corrupción y arbitrariedad? ¿Es eso lo que un señor doctor, un director general hace: utilizar recursos y personal del Colegio para perjudicar a un simple profesor de asignatura? ¡Vaya catadura de funcionario para una institución educativa! Pero, eso sí, a sus allegados no solo los excluye de cualquier investigación, sino que los atrae y les otorga cargos cercanos a él (ya daré los nombres en su momento) para protegerlos y arroparlos mejor. Recuerdo hoy, como si fuera ayer, un día que nos encontramos de frente en el lugar donde los profesores firmamos: “Oye, están muy bien tus artículos, muy acertados, continúa con ellos” me dijo. Yo no lo conocía, ni siquiera sabía quién me había hablado. Es Jesús Salinas, me dijo alguien, fue director del plantel Vallejo. Desde luego, la directora general del CCH era en esos días Lucía Laura Muñoz Corona, a quien él pensaba remplazar y por eso veía muy bien la crítica. Debo reconocer que al menos Muñoz Corona no tuvo ese espíritu vengativo que a él lo caracteriza.

viernes, 6 de enero de 2017

UNA DE ALCOHOL Y MAGIA

UNA DE ALCOHOL Y MAGIA
(5/I/2017)

Llevaba cinco días bebiendo. A veces mezcal, a veces tequila. Cuando el sol avanzaba y hacía un poco de calor tomaba tres o cuatro cervezas para, según yo, hidratarme, y ese era el único líquido que bebía para atenuar un poco el devastador efecto del tequila y el mezcal. No suelo comer cuando bebo, así que mi hígado se encarga de procesar solamente alcohol y pienso que eso facilita su tarea. En ese quinto día bebía en un bar estrecho y alargado, en la calle principal de aquel poblado. A esa hora yo era el único parroquiano. Estaba sentado en la mesa del fondo, y las miasmas del alcohol y los sedimentos del humo de los cigarrillos que se consumían principalmente por la noche se acumulaban en ese espacio y casi se podían partir con un cuchillo. No había ninguna ventana. El aire para ventilar el lugar era el que podía entrar por la puerta, que por suerte era amplia, pues se trataba de una cortina de metal. Sin embargo el ambiente, al igual que mi mente, estaba como aletargado. Era irrespirable pero, ¿adónde ir? Seguramente ya era el mediodía porque sentía un vacío y lumbre en mi estómago; por eso apuré las copitas de mezcal, pues su aroma me daba la engañosa sensación de que también ingería alimento. Me atendía un hombre silencioso y pacífico, que se extrañó cuando le dije que no pusiera música. Se fue a sentar a un banco alto de la barra, y desde ahí miraba de reojo cuando vaciaba mi copa para de inmediato venir a llenarla. De pronto llegó un muchacho que también pidió un mezcal. Primero estuvo en la barra y luego que bebió tres copas y se achispó vino a mi mesa. “Soy Julián”, me dijo, “estaba esperando a ver si me reconocía”. Entre la espesa niebla de inconciencia que a esa hora cubría mi cerebro pude recordar quién era. Tocaba y cantaba en un grupo para el que también componía corridos y canciones. Siéntate, le dije, y pide lo que quieras, yo te invito. “¿Cuándo llegó?”, me preguntó. De mala gana le dije que hacía una semana; para ahorrarme más respuestas le dije que había venido a buscar a mi amigo (a quien conocía, pues él me lo había presentado), pero al no encontrarlo me había puesto a beber. Me miró con curiosidad: ¿Cómo un hombre que no es de esta población se puede dedicar a beber por más de una semana?, parecía decirme con su mirada. Lo estoy esperando, le dije, me han dicho en su casa que llegará este fin de semana. “¡Pon música, tú, Secundino!”, dijo al individuo que nos atendía. “El señor no quiere”, contestó el hombre. “Quiero que escuche ‘Calles de tierra’”, dijo para convencerme, “es la última composición que he hecho y está dedicada a este pueblo”. Está bien, dije al cantinero, póngala. La música me adormeció (lo que temía) y sólo recapacité cuando me preguntó qué me había parecido. Bien, bien, le dije. El local se había oscurecido, el ambiente se volvía cada vez más opresivo y tenía necesidad de respirar aire puro. Vamos a un lugar más ventilado, le propuse, donde podamos mirar hacia el exterior. Pensó un momento y luego dijo: “Vamos donde Carmela”. Cóbrame todo, pedí al cantinero, y tú busca un vehículo para irnos. Pagué, el muchacho salió a la calle y en un segundo regresó. “Listo”, me dijo, y salimos a una calle esplendorosa, iluminada por el deslumbrante sol de las tres de la tarde, que parecía hacer crepitar las paredes y el piso de cemento. El vehículo era una motocicleta adaptada como taxi que conducía una chica. Apenas si nos miró y preguntó dónde íbamos. “Allá donde Carmela”, respondió Julián, “adelante del panteón”. Bueno, dijo la muchacha, y arrancó la moto. Primero la calle era llana, pero en un recodo iniciaba una pendiente muy inclinada; pensé que tal vez no subiría por nuestro peso, pero la conductora hizo rugir el motor y subió sin problema. El paisaje cambiaba. Por primera vez veía un horizonte lejano, de montañas azuladas, y un amplio espacio vacío que formaban las partes bajas y las pendientes de los cerros. Avanzábamos por una parte plana de la calle y ráfagas de aire golpeaban nuestros rostros; tuve un momento de lucidez y sentí temor. ¿Dónde voy? ¿A qué voy?, pensaba mientras el vehículo recorría veloz esa parte del camino donde ya no había casas, sino un campo verde repleto de arbustos y monte cuyas ramas se doblegaban lánguidas al ardiente sol de la tarde. “Allí es”, señaló Julián con su dedo, y apuntó a una casa construida con tablones y techo de tejas a la orilla del camino. El lugar estaba rodeado de altos árboles, con distintas tonalidades de verde, y esto me puso de buen humor. Di un billete a la chica y le pedí que volviera en dos horas. Está bien, dijo, y se fue. Pasamos a la casa y nos sentamos en unas sillas blancas, de plástico, alrededor de una mesita verde. “¿Qué van a tomar?”, preguntó una mujer (quien supuse que era Carmela), mientras secaba sus manos en su delantal. “Él, mezcal”, dijo Julián, “a mí tráigame una cerveza”. No, no, espera. Yo también quiero una cerveza, llegó la hora de hidratarme, dije. La mujer fue hacia un refrigerador repleto de cervezas y yo me acerqué a mirar. Las botellas estaban empañadas, cubiertas por una delgada escarcha y esto garantizaba que estuvieran heladas, justamente como las necesitaba a esa hora. Bebimos dos, tres; llegaban hombres que conocían a Julián, bebían también una y luego continuaban su camino. No recuerdo cuántas cervezas había tomado ni cómo llegué al lugar donde estaba, pero cuando recuperé la conciencia me vi en una choza muy humilde, cercada con varas y rodeada de una espesa fronda; estaba sentado en una silla y en la mano derecha tenía una enorme tortilla de maíz, doblada, que comía así, pura, sin nada en su interior. A cada bocado que daba la mente se me iba aclarando y vi que la choza tenía piso de tierra; una viejita estaba sentada cerca del fogón, colocado en el suelo, y supuse que ella había calentado allí la tortilla que comía. Ubiqué el lugar y supe que estaba abajo del camino y de la casa donde bebimos las cervezas. Pero, ¿cómo llegué aquí? Terminé la tortilla, tuve una sensación de bienestar y mi mente se despejó. Busqué dinero en mi bolsillo para entregarlo a la viejita, pero ella hizo un ademán para decir que no, que no le diera nada. Se puso de pie, era pequeñita, un rostro arrugadísimo donde sus ojos negros brillaban con fuerza extraordinaria. “Cuídese. Lo esperaba, pero cuídese. Está acabando con su suerte” me dijo. La miré sorprendido, incrédulo. ¿Me conoce?, pregunté. “Sí, usted escribió sobre nosotros, por eso sé quién es”. Vi unas piedras, colocadas a manera de escalones, que indicaban un camino minúsculo, estrecho, que tal vez un hombre joven librara a grandes zancadas, pero no esta diminuta mujer. Volteé a mirarla nuevamente y ella sonreía, parecía una carita sonriente de los huastecos. “Ande, vaya, cuide su suerte, no la desperdicie más”, me recomendó a manera de despedida. Cuando encumbré y salí al camino un aire fresco envolvió mi rostro. Respiré profundamente, a mis anchas, y entonces noté cómo las copas de los árboles se movían suavemente, como si fuesen las apacibles aguas de un mar verde que me hubieran depositado sobre una playa segura. 

   

MÉXICO EN LLAMAS

MÉXICO EN LLAMAS
(4/I/17)

Casi siempre las revoluciones en el mundo las inician las clases medias e ilustradas, nunca el pueblo llano que supuestamente no soporta las condiciones de injusticia y miseria. Con la liberalización del precio de las gasolinas y su consecuente alza han tocado la parte más sensible de la clase media y es lógico suponer que este disgusto avive como material inflamable la irritación del grueso de la población. Ha sido una medida desafortunada y a todas luces inoportuna, que se produce además en medio del derroche, la ostentación, la corrupción e impunidad de la clase política. Si bien el gobierno federal tratará de explicar por todos los medios que no le quedaba otra que más que aplicar esta dolorosa medida, la gente no entenderá los efectos positivos que pueda traer a mediano plazo. Lo que sí comprende es que un alza general a los precios de todos los productos (sobre todo los de la canasta básica) y del transporte ya no los puede soportar sin empleo, con salarios cada vez más miserables para quienes aún lo tengan y sin las prestaciones mínimas para sobrevivir. Conviene revisar quiénes se han beneficiado con la reforma laboral y han creado al vapor compañías outsourcing para expoliar a su población como otras naciones europeas lo hicieron durante los siglos XVIII y XIX; revísense y se darán cuenta que la mayor parte de dichas empresas son de la clase política, no por nada cuando las propias agrupaciones empresariales dijeron que el salario mínimo debería ser de por lo menos 90 pesos diarios, el gobierno federal dijo que ese incremento sería inflacionario y lo situó en 80.04 pesos. Aunque olvidó considerar la inflación en el alza de los combustóleos. Las leyes del mercado no bastan por sí solas para crear un mínimo de igualdad y de bienestar a la población si se las deja actuar por sí solas. Thomas Pinketty y otros economistas han demostrado que la desigualdad se acrecienta, el abismo se profundiza y el capital se concentra cada vez más en unas cuantas manos si el Estado deja actuar por sí solas a esas implacables "leyes". Hará falta mucha sensibilidad e inteligencia por parte del gobierno para apagar el incendio que ha provocado. Sin embargo, la imagen que la clase política ha hecho de sí misma hacen que la población ya no le crea o al menos sea escéptica ante su explicación: con la liberalización del precio de las gasolinas el gobierno ya no subsidiará su costo, el subsidio servirá ahora para aplicarlo al gasto social. ¿Gasto social? ¿Construcciones faraónicas para el Senado y el INE, para otorgar los sueldos más altos del mundo a un poder judicial inepto, para que dirigentes sindicales corruptos dilapiden fortunas con sus familias en gastos extravagantes, para aguinaldos y bonos de fin de año de diputados y senadores que representan cantidades inalcanzables en más de tres vidas laborables para un modesto obrero o profesor, o cantidades fabulosas e inimaginables que gobernadores insaciables saquean en la más absoluta impunidad? Este es el “gasto social” que la población conoce y a esto ha dicho basta. Febrero era el mes que fuerzas desestabilizadoras se habían impuesto como punto de partida para desatar una ola de movilizaciones que les asegurara el triunfo en las ya próximas elecciones; con esta medida el gobierno les adelantó y obsequió la excusa perfecta. Los bloqueos, saqueos y destrucción que veremos en los próximos días serán expresión de esas fuerzas oportunistas que no les importa destruir México con tal de llegar al poder. Su lema no dicho será “Quítate tú para ponerme yo”. Habrá que tener cuidado con ellas pues sólo medrarán con la justa indignación de la población para lograr sus muy particulares fines, aunque fueron ellas mismas las que durante décadas se opusieron a la inversión privada en Pemex para refinar el petróleo crudo. De ahí que la mayor parte del consumo nacional de gasolina deba importarse y su precio se haya elevado. Nuestra solidaridad y apoyo está con la población inconforme, mas no con los que buscan pescar en el río revuelto del desastre nacional.


miércoles, 4 de enero de 2017

LA COMPRENSIÓN CERO DE LA LECTURA

La comprensión cero de la lectura
NOÉ AGUDO (1/I/17)

Los resultados de la prueba PISA para México son desastrosos y deberían ser vergonzosos, especialmente para los profesores. Los de bachillerato de la UNAM podemos hacernos los desentendidos y decir que nosotros no somos los responsables. (La prueba se aplica a estudiantes de 15 años que cursan al menos el primer año de secundaria e incluye alumnos de bachillerato, pero ninguno de la UNAM, pues supuestamente ésta tiene sus propios métodos de evaluación.) Sin embargo, si conocemos el nivel de conocimientos y habilidades con que egresan nuestros alumnos; si estamos enterados de las carencias formativas con que llegan a la licenciatura, y si reconocemos su incompetencia en los tres dominios evaluados (Matemáticas, Lectura y Ciencias), mal haríamos en ignorar los resultados y pensar que somos ajenos a ellos.
            La prueba PISA (Programme for International Student Assessment) o Informe PISA se aplica cada tres años y la realiza la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, de la cual México es integrante). El 6 de diciembre se dieron a conocer los resultados de la evaluación aplicada en 2015 y nuestro país vuelve a destacar, pero por ocupar los últimos lugares en los tres campos de conocimiento evaluados: en Matemáticas y Ciencias más de 80 de cada 100 estudiantes mexicanos obtuvieron una calificación inferior al 6, y en Lectura casi el 80 por ciento está reprobado. Conviene aclarar que ésta fue la sexta edición, pero desde que inició, en el año 2000, los estudiantes mexicanos no han podido acreditarla.
            Aún más, la tendencia ha empeorado: si en 2006 el 81% de los alumnos de tercero de secundaria tenían menos 6 de calificación en Matemáticas, para 2015 este porcentaje subió a 84%. Igual en Ciencias: si en 2006 el porcentaje de reprobados era de 77%, en 2015 este porcentaje creció a 84%. ¿Y en Lectura? Dice el doctor Ricardo Raphael que en este aspecto los resultados se asemejan al “electrocardiograma de un muerto”: la gráfica prácticamente no se ha movido, seguimos igual que en 2006. (Ricardo Raphael “El peor fraude es el educativo”, en El Universal, 8/XII/2016.) Podríamos afirmar, entonces, que los estudiantes terminan su educación básica y continúan su bachillerato sin adquirir los conocimientos indispensables para realizar estudios profesionales. Y, si bien les va y concluyen su carrera, egresan sin las competencias necesarias para desempeñarse con éxito en un mundo globalizado y cada vez más competitivo.
            Otro dato: la Prueba PLANEA que aplica el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEE) también arroja resultados lamentables. La mitad de los alumnos evaluados son incapaces de comprender los temas de textos literarios o con predominio de una secuencia expositiva; en matemáticas, 60% de los alumnos que concluyen su sexto año de primaria no sabe “resolver problemas que impliquen hacer operaciones básicas con números naturales”. 
            Como diversos especialistas en educación han señalado, las causas de esta vergüenza nacional son varias: corporativismo sindical, desviación de recursos o concentración de los mismos para sueldos de la alta burocracia, venta de plazas, evaluaciones arregladas o ausencia de las mismas, componendas gremiales, herencia de plazas, modelos educativos obsoletos o disfuncionales, ineptitud magisterial, etcétera. Un libro que había advertido de este desastre, y especialmente de las nefastas consecuencias de la intervención sindical en la educación, es el de Gilberto Guevara Niebla (La catástrofe silenciosa, FCE) del ya lejano año 1992, y que poco tiene que ver con la derecha o el neoliberalismo, como suelen encasillar toda crítica los que acostumbran usar esquemas simplistas en sus análisis (Guevara Niebla es uno de los líderes sobrevivientes del Movimiento Estudiantil de 1968 y de los pocos conocedores del desastre educativo nacional). Todos los profesores deberíamos leer La catástrofe silenciosa.
            Paso ahora al punto que nos interesa, el que está en nuestras manos resolver, que incide en la educación de nuestros alumnos, que debe preocuparnos y que casi siempre las autoridades señalan como el único factor del fracaso educativo: el de la ineficacia magisterial. Me centraré en una sola de las habilidades evaluadas, la lectura, pues es la que mejor conozco. Aunque la responsabilidad  en la enseñanza de ésta se atribuye casi exclusivamente a profesores que enseñan el uso del idioma (el Área de Talleres en el CCH), es una habilidad educativa transversal y por tanto compete a profesores de todas las áreas, pues un estudiante que no sabe leer fracasará en literatura, ciencias, matemáticas o historia.
            Que la mayoría no sabe leer en el CCH es una verdad flagrante y paladina. La mayoría confunde saber leer con el reconocimiento de los signos. Cualquiera sabe que éste es uno de los pasos elementales, de nivel primario, pero sólo el primer paso para aprender a leer realmente. Como señala la Prueba PLANEA, los alumnos son incapaces de comprender el asunto que trata el texto. No se trata de textos complejos o más allá de su nivel cultural; son textos literarios, de biología, física o historia que corresponden a su nivel de estudios.
 Suelo hacer con mis alumnos un ejercicio muy simple para evaluar su nivel de competencia lectora: leemos uno de los cuentos más famosos y sencillos de Julio Cortázar, “Continuidad de los parques”. El breve relato, de apenas una página, es también uno de los más sutiles por el efecto que causa en el lector: admiración, sorpresa, deslumbramiento, azoro. ¿Cómo una historia tan simple (un hombre lee un libro) adquiere un carácter casi mágico cuando el lector advierte que la historia por él leída es la de su propia muerte? ¿Cómo logra el autor este resultado? Casi nadie puede explicarlo. Pasamos después a otro cuento famoso (“Usted se tendió a tu lado”); el empleo de dos pronombres para la segunda persona del singular que Cortázar emplea en este cuento plantea cierta dificultad a la mayoría de los lectores; muchos no logran ni siquiera entender la anécdota, así que menos pueden experimentar la conmoción que el relato debería provocarles como adolescentes ni mucho menos comprender cómo está armado el texto.
 “Es complicado”, “No le entendí”, “Debo leerlo varias veces” son las respuestas más comunes cuando pregunto cuál es la historia. Guío entonces la lectura en voz alta, paso a paso, hasta concluirla y sólo así llegan a comprender el relato y algunos se conmueven al descubrir la entrañable relación que existe entre madre e hijo, protagonistas del cuento. Pero sin los comentarios, la identificación de las secuencias principales y sobre todo la explicación del juguetón empleo del “Tú” y “Usted”, muy pocos llegan a entenderlo, ya no digamos a disfrutarlo.
            ¿Saben leer, entonces?, pregunto. Ya nadie se atreve a decir que sí. ¿Qué tipo de lectura debemos practicar a partir del bachillerato? Algunos lo saben, unos pocos la han descubierto después de insistir una y otra vez sobre un texto, pero la mayoría la desconoce y nunca la practican. Los alumnos alcanzan a comprender sólo superficialmente lo que leen. Cuando uno pregunta cuál es la idea rectora, cuáles son los argumentos o las razones que la sustentan, cuál es la conclusión, cómo está estructurado el texto, cuáles son sus secuencias principales, etc., descubre que no saben leer. La mayoría se encuentra en el grado cero de la comprensión lectora. Apenas si logran informarse de la anécdota. Por eso huyen presurosos a textos como los de Paulo Coelho, John Katzenbach, Dan Brown o Carlos Cuauhtémoc Sánchez, pues estas lecturas no les plantean ninguna dificultad, sino que los entretienen, los aletargan intelectualmente. Autores como Juan Rulfo y su Pedro Páramo, Carpentier y su narrativa, Borges y sus relatos, los cuentos de Julio Cortázar, son relegados pues les resultan “difíciles”, inaccesibles a su comprensión y por tanto no disfrutables. No es una cuestión de gusto, sino de incapacidad.
            La Prueba PISA no mide tanto conocimientos sino habilidades: cuál es la comprensión lectora de los estudiantes, cómo pueden aplicar las matemáticas en la resolución de problemas, cómo realizar la explicación de un fenómeno empleando conocimientos o al menos nociones científicas, etcétera. Es decir, lo que el modelo educativo del CCH se propuso desde su fundación y hasta la fecha no ha podido lograr. ¿Por qué? Porque los profesores no lo hemos enseñado. No podemos enseñar algo para lo cual no fuimos preparados. Es improbable que egresados de un sistema educativo tradicional transformen sus métodos de enseñanza sólo porque los programas de las asignaturas que imparten así lo exigen. Los cursos para adiestrarlos en el nuevo enfoque (cuando los hubo) fueron impartidos por profesionistas formados en los mismos sistemas tradicionales. Por eso las modificaciones recientes a los programas de estudio han preferido relegar esas propuestas innovadoras y han hecho un batiburrillo que está dando los mismos o peores resultados que los sistemas educativos tradicionales. Justamente, cuando la educación básica retoma y pretende aplicar ese modelo educativo.
Este es el reto que el gobierno federal tiene con respecto a la Reforma Educativa en la educación básica: ¿quiénes se encargarán de aplicar el nuevo modelo? ¿Los de la CNTE y su tradición de vender y heredar las plazas? ¿Normalistas como los de Michoacán, Guerrero, Chiapas y Oaxaca, que exigen que se les otorguen plazas incluso antes de concluir sus estudios? ¿Los del SNTE y su sistema vertical? Aquí es donde la UNAM y el CCH deberían demostrar el carácter vanguardista, especial e innovador de su bachillerato, y los resultados sobresalientes obtenidos a casi medio siglo de haber sido propuesto y puesto en práctica. Sin embargo, ¿qué es lo que pueden mostrar? Sólo fracasos, pérdida del modelo original y resultados desastrosos como los de los sistemas educativos tradicionales.            
Por otra parte, hoy, cuando gran parte de los directivos y la planta docente de nuestro Colegio la forman egresados del CCH, deberíamos contar con los mejores profesores de bachillerato (al menos en lo que respecta a la aplicación de su modelo educativo). Sin embargo, ¿qué tenemos? Una comunidad ágrafa, que tampoco lee (o lee y no entiende), apática, medrosa, incapaz de expresarse, de “saber leer” la realidad ni el retroceso en el que hemos caído como opción educativa. Con sus obvias excepciones, es cierto.  
Si preguntas a un colega si sabe leer seguramente se ofenderá. ¡Claro que sé leer!, contestará con arrogancia. ¿Entonces por qué sus esquemas para explicarse la realidad siguen siendo los mismos de los años sesenta y setenta del siglo pasado, cuando todo mundo ha podido comprobar su invalidez científica y su fracaso práctico? ¿Por qué aún admiran a dictadorzuelos ignorantes y corruptos como Hugo Chávez, Nicolás Maduro o Daniel Ortega? ¿Por qué rinden pleitesía —¡oh!, las mentes más brillantes de la izquierda, como Mr. John Ackerman!— a la muerte de dictadores que hicieron sufrir a su pueblo y lo sumieron en el retroceso y la miseria durante más de medio siglo? ¿Por qué aún siguen creyendo que Fidel Castro fue amigo de México, cuando jamás apoyó ninguna lucha y sólo sirvió como el mejor aliado del PRI? ¿Por qué aún se tragan bulos como los de Ayotzinapa, Tatlaya, Tanhuato, Nochixtlán, la dizque lucha de la CNTE contra la privatización educativa y tantos otros embustes que, si de verdad supieran leer, la lectura de tantos documentos e información al respecto, libros y testimonios, los harían cuando menos escépticos?
Cualquier profesor que lee con alguna frecuencia sabe que no es lo mismo leer las noticias del periódico que un ensayo donde se explica un punto de vista respecto a un tema; sabe que la lectura de un cuento o una novela es más rica y disfrutable si descubre cómo están estructurados, por qué el uso de cierta persona gramatical, o el empleo de varias, para su narración; por qué el autor recurre a cartas, páginas de diarios, recortes e incluso algunas ilustraciones; el lector descubre que el verdadero placer de la lectura no estriba tanto en el conocimiento de la historia sino en identificar cómo está estructurada, como se relacionan sus partes, los resortes ocultos que hay detrás de la descripción de esas vidas heroicas, solitarias o tristes con las que nos identificamos y llegamos a conmovernos. Y lo mismo un texto filosófico o histórico. ¿Por qué El culto a los héroes de Thomas Carlyle da tanta importancia a los personajes extraordinarios en la historia, a diferencia de un contemporáneo suyo, Karl Marx, que sólo los considera materialización de las fuerzas productivas en pugna cuyas leyes el estudioso debe descubrir? ¿Alguien podría disfrutar la demostración del Teorema de Fermat sin usar lápiz y papel para hacer algunas anotaciones? ¿O comprender las figuras retóricas sin el empleo de cuadros sinópticos?
Las habilidades que requiere una verdadera lectura van desde el subrayado (que casi todos practican, aunque mal), tomar notas, realizar recapitulaciones, cuadros sinópticos, resúmenes y paráfrasis hasta escribir un texto crítico de esa misma lectura. La práctica, y dependiendo de la complejidad del texto, hace que dichas habilidades se puedan ejercitar manual o sólo mentalmente. Pero sin ellas no se logrará nunca la lectura que nos interesa: la que nos lleva a la verdadera comprensión, la que nos plantea retos y nos hace crecer intelectualmente, la que estimula nuestra imaginación, mejora nuestra capacidad de razonamiento y abstracción, agudiza nuestro sentido crítico y nos transforma como individuos. Sumergirse en el mundo de las ideas es lo más intenso y enriquecedor que nos puede deparar la actividad intelectual. Hay un momento —de verdad apasionante, yo lo he experimentado— en que uno desea, más que una buena novela, un complejo libro de ideas: Montaigne, Bacon, Locke, Emerson, Orwell, Heidegger, Naím, Vargas Llosa, Savater, Steiner y tantos otros autores con sus ensayos son los que nos preparan para este tipo de lectura.
El primer paso para adentrarse en ella y dominarla es poner en práctica la atención, una habilidad que la mayoría ha perdido y que, paradójicamente, sólo la lectura logra recuperar. Son legión los que dicen no saber escribir o que se les dificulta la aplicación de las normas gramaticales. Para alguien que lee esto no debería representar ningún problema: el lector atento aprende a escribir por imitación; sólo necesita leer buenos textos. Otro ejercicio simple me ha demostrado por qué los alumnos cometen tantas barbaridades en sus redacciones. Cuando indico que modifiquen un solo elemento de un texto, digamos el tiempo, y copien tal cual el resto, me doy cuenta de la inexistencia de su capacidad de atención: a pesar de que copian el texto lo hacen mal, inventan palabras, quitan acentos, se olvidan de los signos de puntuación, transforman la ortografía y muchos ni siquiera saben cómo realizar el ejercicio. ¿Qué pasaría si PISA evaluara también esta habilidad? Seguramente quedaríamos en menos cero, como sucede realmente con mis alumnos.
Necesitamos aprender y enseñar a leer. No sólo por los resultados de la Prueba PISA, sino porque nos atañe directamente como profesores; porque sólo así lograremos hacer disfrutable la lectura y no habrá más “textos difíciles” de comprender; también porque saber leer nos hace mejores ciudadanos, menos dogmáticos y cretinos, y sí más libres y participativos; también porque así podremos enfrentar los retos de nuestro tiempo, donde cantidades ingentes de información desconciertan, aíslan e inmovilizan a los lectores. Tengo diseñado un curso breve, de apenas veinte horas, para enseñar a practicar y dar un mayor sustento teórico a este tipo de lectura. Es uno de los que impidió la persecución en contra de mi persona por parte de la cáfila que hoy dirige el CCH (es un decir). Ya lo impartiré cuando se larguen a buscar otros pastos. 
     
NOTA:
Algunos podrán alegar que sus alumnos sí leen y leen bien, incluso textos que están muy por encima de su formación académica, nivel cultural o edad. Es real, sucede con unos cuantos, pero esos son garbanzos de a libra que poco o nada tienen que ver la escuela ni los profesores en su preparación. Es una habilidad resultado de hogares bien constituidos, donde la lectura se practica desde los primeros años o de la inteligencia especial de los lectores, así como hay otros sobresalientes en matemáticas, música o ciencias. De estos alumnos destacados se cuelgan los funcionarios para demostrar que sus instituciones sí dan buenos resultados; pero es tan falso como lo que sucede con los deportistas paralímpicos: los responsables deportivos presumen sus éxitos cuando, si no es por los propios esfuerzos y méritos de los deportistas, nadie los apoyaría ni se acordaría de ellos. De lo que se trata es de mejorar la competencia lectora de la mayoría, no de unos cuantos cuya habilidad excepcional sólo confirma la incompetencia del promedio general.


  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...