La
comprensión cero de la lectura
NOÉ AGUDO
(1/I/17)
Los resultados de la prueba PISA para México son desastrosos
y deberían ser vergonzosos, especialmente para los profesores. Los de bachillerato
de la UNAM podemos hacernos los desentendidos y decir que nosotros no somos los
responsables. (La prueba se aplica a estudiantes de 15 años que cursan al menos
el primer año de secundaria e incluye alumnos de bachillerato, pero ninguno de
la UNAM, pues supuestamente ésta tiene sus propios métodos de evaluación.) Sin
embargo, si conocemos el nivel de conocimientos y habilidades con que egresan
nuestros alumnos; si estamos enterados de las carencias formativas con que
llegan a la licenciatura, y si reconocemos su incompetencia en los tres
dominios evaluados (Matemáticas, Lectura y Ciencias), mal haríamos en ignorar los
resultados y pensar que somos ajenos a ellos.
La prueba
PISA (Programme for International Student
Assessment) o Informe PISA se aplica cada tres años y la realiza la OCDE
(Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, de la cual México
es integrante). El 6 de diciembre se dieron a conocer los resultados de la evaluación
aplicada en 2015 y nuestro país vuelve a destacar, pero por ocupar los últimos
lugares en los tres campos de conocimiento evaluados: en Matemáticas y Ciencias
más de 80 de cada 100 estudiantes mexicanos obtuvieron una calificación
inferior al 6, y en Lectura casi el 80 por ciento está reprobado. Conviene
aclarar que ésta fue la sexta edición, pero desde que inició, en el año 2000,
los estudiantes mexicanos no han podido acreditarla.
Aún más, la
tendencia ha empeorado: si en 2006 el 81% de los alumnos de tercero de
secundaria tenían menos 6 de calificación en Matemáticas, para 2015 este
porcentaje subió a 84%. Igual en Ciencias: si en 2006 el porcentaje de
reprobados era de 77%, en 2015 este porcentaje creció a 84%. ¿Y en Lectura?
Dice el doctor Ricardo Raphael que en este aspecto los resultados se asemejan
al “electrocardiograma de un muerto”: la gráfica prácticamente no se ha movido,
seguimos igual que en 2006. (Ricardo Raphael “El peor fraude es el educativo”,
en El Universal, 8/XII/2016.)
Podríamos afirmar, entonces, que los estudiantes terminan su educación básica y
continúan su bachillerato sin adquirir los conocimientos indispensables para
realizar estudios profesionales. Y, si bien les va y concluyen su carrera,
egresan sin las competencias necesarias para desempeñarse con éxito en un mundo
globalizado y cada vez más competitivo.
Otro dato:
la Prueba PLANEA que aplica el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEE)
también arroja resultados lamentables. La mitad de los alumnos evaluados son
incapaces de comprender los temas de textos literarios o con predominio de una
secuencia expositiva; en matemáticas, 60% de los alumnos que concluyen su sexto
año de primaria no sabe “resolver problemas que impliquen hacer operaciones
básicas con números naturales”.
Como
diversos especialistas en educación han señalado, las causas de esta vergüenza
nacional son varias: corporativismo sindical, desviación de recursos o
concentración de los mismos para sueldos de la alta burocracia, venta de plazas,
evaluaciones arregladas o ausencia de las mismas, componendas gremiales,
herencia de plazas, modelos educativos obsoletos o disfuncionales, ineptitud
magisterial, etcétera. Un libro que había advertido de este desastre, y
especialmente de las nefastas consecuencias de la intervención sindical en la
educación, es el de Gilberto Guevara Niebla (La catástrofe silenciosa, FCE) del ya lejano año 1992, y que poco
tiene que ver con la derecha o el neoliberalismo, como suelen encasillar toda
crítica los que acostumbran usar esquemas simplistas en sus análisis (Guevara
Niebla es uno de los líderes sobrevivientes del Movimiento Estudiantil de 1968
y de los pocos conocedores del desastre educativo nacional). Todos los
profesores deberíamos leer La catástrofe
silenciosa.
Paso ahora
al punto que nos interesa, el que está en nuestras manos resolver, que incide
en la educación de nuestros alumnos, que debe preocuparnos y que casi siempre
las autoridades señalan como el único factor del fracaso educativo: el de la
ineficacia magisterial. Me centraré en una sola de las habilidades evaluadas,
la lectura, pues es la que mejor conozco. Aunque la responsabilidad en la enseñanza de ésta se atribuye casi exclusivamente
a profesores que enseñan el uso del idioma (el Área de Talleres en el CCH), es
una habilidad educativa transversal y por tanto compete a profesores de todas
las áreas, pues un estudiante que no sabe leer fracasará en literatura, ciencias,
matemáticas o historia.
Que la
mayoría no sabe leer en el CCH es una verdad flagrante y paladina. La mayoría
confunde saber leer con el reconocimiento de los signos. Cualquiera sabe que
éste es uno de los pasos elementales, de nivel primario, pero sólo el primer
paso para aprender a leer realmente. Como señala la Prueba PLANEA, los alumnos
son incapaces de comprender el asunto que trata el texto. No se trata de textos
complejos o más allá de su nivel cultural; son textos literarios, de biología,
física o historia que corresponden a su nivel de estudios.
Suelo hacer con mis alumnos un ejercicio muy
simple para evaluar su nivel de competencia lectora: leemos uno de los cuentos
más famosos y sencillos de Julio Cortázar, “Continuidad de los parques”. El
breve relato, de apenas una página, es también uno de los más sutiles por el
efecto que causa en el lector: admiración, sorpresa, deslumbramiento, azoro.
¿Cómo una historia tan simple (un hombre lee un libro) adquiere un carácter
casi mágico cuando el lector advierte que la historia por él leída es la de su
propia muerte? ¿Cómo logra el autor este resultado? Casi nadie puede explicarlo.
Pasamos después a otro cuento famoso (“Usted se tendió a tu lado”); el empleo
de dos pronombres para la segunda persona del singular que Cortázar emplea en
este cuento plantea cierta dificultad a la mayoría de los lectores; muchos no
logran ni siquiera entender la anécdota, así que menos pueden experimentar la
conmoción que el relato debería provocarles como adolescentes ni mucho menos
comprender cómo está armado el texto.
“Es complicado”, “No le entendí”, “Debo leerlo
varias veces” son las respuestas más comunes cuando pregunto cuál es la
historia. Guío entonces la lectura en voz alta, paso a paso, hasta concluirla y
sólo así llegan a comprender el relato y algunos se conmueven al descubrir la
entrañable relación que existe entre madre e hijo, protagonistas del cuento. Pero
sin los comentarios, la identificación de las secuencias principales y sobre
todo la explicación del juguetón empleo del “Tú” y “Usted”, muy pocos llegan a
entenderlo, ya no digamos a disfrutarlo.
¿Saben leer,
entonces?, pregunto. Ya nadie se atreve a decir que sí. ¿Qué tipo de lectura
debemos practicar a partir del bachillerato? Algunos lo saben, unos pocos la
han descubierto después de insistir una y otra vez sobre un texto, pero la
mayoría la desconoce y nunca la practican. Los alumnos alcanzan a comprender
sólo superficialmente lo que leen. Cuando uno pregunta cuál es la idea rectora,
cuáles son los argumentos o las razones que la sustentan, cuál es la
conclusión, cómo está estructurado el texto, cuáles son sus secuencias
principales, etc., descubre que no saben leer. La mayoría se encuentra en el
grado cero de la comprensión lectora. Apenas si logran informarse de la anécdota.
Por eso huyen presurosos a textos como los de Paulo Coelho, John Katzenbach,
Dan Brown o Carlos Cuauhtémoc Sánchez, pues estas lecturas no les plantean ninguna
dificultad, sino que los entretienen, los aletargan intelectualmente. Autores
como Juan Rulfo y su Pedro Páramo,
Carpentier y su narrativa, Borges y sus relatos, los cuentos de Julio Cortázar,
son relegados pues les resultan “difíciles”, inaccesibles a su comprensión y
por tanto no disfrutables. No es una cuestión de gusto, sino de incapacidad.
La Prueba
PISA no mide tanto conocimientos sino habilidades: cuál es la comprensión
lectora de los estudiantes, cómo pueden aplicar las matemáticas en la resolución
de problemas, cómo realizar la explicación de un fenómeno empleando
conocimientos o al menos nociones científicas, etcétera. Es decir, lo que el
modelo educativo del CCH se propuso desde su fundación y hasta la fecha no ha
podido lograr. ¿Por qué? Porque los profesores no lo hemos enseñado. No podemos
enseñar algo para lo cual no fuimos preparados. Es improbable que egresados de
un sistema educativo tradicional transformen sus métodos de enseñanza sólo
porque los programas de las asignaturas que imparten así lo exigen. Los cursos
para adiestrarlos en el nuevo enfoque (cuando los hubo) fueron impartidos por profesionistas
formados en los mismos sistemas tradicionales. Por eso las modificaciones
recientes a los programas de estudio han preferido relegar esas propuestas
innovadoras y han hecho un batiburrillo que está dando los mismos o peores
resultados que los sistemas educativos tradicionales. Justamente, cuando la
educación básica retoma y pretende aplicar ese modelo educativo.
Este es el reto que el gobierno
federal tiene con respecto a la Reforma Educativa en la educación básica:
¿quiénes se encargarán de aplicar el nuevo modelo? ¿Los de la CNTE y su
tradición de vender y heredar las plazas? ¿Normalistas como los de Michoacán,
Guerrero, Chiapas y Oaxaca, que exigen que se les otorguen plazas incluso antes
de concluir sus estudios? ¿Los del SNTE y su sistema vertical? Aquí es donde la
UNAM y el CCH deberían demostrar el carácter vanguardista, especial e innovador
de su bachillerato, y los resultados sobresalientes obtenidos a casi medio
siglo de haber sido propuesto y puesto en práctica. Sin embargo, ¿qué es lo que
pueden mostrar? Sólo fracasos, pérdida del modelo original y resultados
desastrosos como los de los sistemas educativos tradicionales.
Por otra parte, hoy, cuando gran
parte de los directivos y la planta docente de nuestro Colegio la forman
egresados del CCH, deberíamos contar con los mejores profesores de bachillerato
(al menos en lo que respecta a la aplicación de su modelo educativo). Sin
embargo, ¿qué tenemos? Una comunidad ágrafa, que tampoco lee (o lee y no
entiende), apática, medrosa, incapaz de expresarse, de “saber leer” la realidad
ni el retroceso en el que hemos caído como opción educativa. Con sus obvias
excepciones, es cierto.
Si preguntas a un colega si sabe leer
seguramente se ofenderá. ¡Claro que sé leer!, contestará con arrogancia.
¿Entonces por qué sus esquemas para explicarse la realidad siguen siendo los
mismos de los años sesenta y setenta del siglo pasado, cuando todo mundo ha
podido comprobar su invalidez científica y su fracaso práctico? ¿Por qué aún admiran
a dictadorzuelos ignorantes y corruptos como Hugo Chávez, Nicolás Maduro o
Daniel Ortega? ¿Por qué rinden pleitesía —¡oh!, las mentes más brillantes de la
izquierda, como Mr. John Ackerman!— a la muerte de dictadores que hicieron
sufrir a su pueblo y lo sumieron en el retroceso y la miseria durante más de
medio siglo? ¿Por qué aún siguen creyendo que Fidel Castro fue amigo de México,
cuando jamás apoyó ninguna lucha y sólo sirvió como el mejor aliado del PRI? ¿Por
qué aún se tragan bulos como los de Ayotzinapa, Tatlaya, Tanhuato, Nochixtlán,
la dizque lucha de la CNTE contra la privatización educativa y tantos otros
embustes que, si de verdad supieran leer, la lectura de tantos documentos e
información al respecto, libros y testimonios, los harían cuando menos
escépticos?
Cualquier profesor que lee con alguna
frecuencia sabe que no es lo mismo leer las noticias del periódico que un
ensayo donde se explica un punto de vista respecto a un tema; sabe que la
lectura de un cuento o una novela es más rica y disfrutable si descubre cómo
están estructurados, por qué el uso de cierta persona gramatical, o el empleo
de varias, para su narración; por qué el autor recurre a cartas, páginas de
diarios, recortes e incluso algunas ilustraciones; el lector descubre que el
verdadero placer de la lectura no estriba tanto en el conocimiento de la
historia sino en identificar cómo está estructurada, como se relacionan sus
partes, los resortes ocultos que hay detrás de la descripción de esas vidas
heroicas, solitarias o tristes con las que nos identificamos y llegamos a
conmovernos. Y lo mismo un texto filosófico o histórico. ¿Por qué El culto a los héroes de Thomas Carlyle
da tanta importancia a los personajes extraordinarios en la historia, a
diferencia de un contemporáneo suyo, Karl Marx, que sólo los considera
materialización de las fuerzas productivas en pugna cuyas leyes el estudioso
debe descubrir? ¿Alguien podría disfrutar la demostración del Teorema de Fermat
sin usar lápiz y papel para hacer algunas anotaciones? ¿O comprender las
figuras retóricas sin el empleo de cuadros sinópticos?
Las habilidades que requiere una
verdadera lectura van desde el subrayado (que casi todos practican, aunque
mal), tomar notas, realizar recapitulaciones, cuadros sinópticos, resúmenes y
paráfrasis hasta escribir un texto crítico de esa misma lectura. La práctica, y
dependiendo de la complejidad del texto, hace que dichas habilidades se puedan ejercitar
manual o sólo mentalmente. Pero sin ellas no se logrará nunca la lectura que
nos interesa: la que nos lleva a la verdadera comprensión, la que nos plantea
retos y nos hace crecer intelectualmente, la que estimula nuestra imaginación,
mejora nuestra capacidad de razonamiento y abstracción, agudiza nuestro sentido
crítico y nos transforma como individuos. Sumergirse en el mundo de las ideas
es lo más intenso y enriquecedor que nos puede deparar la actividad intelectual.
Hay un momento —de verdad apasionante, yo lo he experimentado— en que uno
desea, más que una buena novela, un complejo libro de ideas: Montaigne, Bacon,
Locke, Emerson, Orwell, Heidegger, Naím, Vargas Llosa, Savater, Steiner y
tantos otros autores con sus ensayos son los que nos preparan para este tipo de
lectura.
El primer paso para adentrarse en
ella y dominarla es poner en práctica la atención, una habilidad que la mayoría
ha perdido y que, paradójicamente, sólo la lectura logra recuperar. Son legión
los que dicen no saber escribir o que se les dificulta la aplicación de las
normas gramaticales. Para alguien que lee esto no debería representar ningún
problema: el lector atento aprende a escribir por imitación; sólo necesita leer
buenos textos. Otro ejercicio simple me ha demostrado por qué los alumnos
cometen tantas barbaridades en sus redacciones. Cuando indico que modifiquen un
solo elemento de un texto, digamos el tiempo, y copien tal cual el resto, me
doy cuenta de la inexistencia de su capacidad de atención: a pesar de que
copian el texto lo hacen mal, inventan palabras, quitan acentos, se olvidan de
los signos de puntuación, transforman la ortografía y muchos ni siquiera saben
cómo realizar el ejercicio. ¿Qué pasaría si PISA evaluara también esta
habilidad? Seguramente quedaríamos en menos cero, como sucede realmente con mis
alumnos.
Necesitamos aprender y enseñar a
leer. No sólo por los resultados de la Prueba PISA, sino porque nos atañe
directamente como profesores; porque sólo así lograremos hacer disfrutable la
lectura y no habrá más “textos difíciles” de comprender; también porque saber
leer nos hace mejores ciudadanos, menos dogmáticos y cretinos, y sí más libres
y participativos; también porque así podremos enfrentar los retos de nuestro
tiempo, donde cantidades ingentes de información desconciertan, aíslan e
inmovilizan a los lectores. Tengo diseñado un curso breve, de apenas veinte horas,
para enseñar a practicar y dar un mayor sustento teórico a este tipo de
lectura. Es uno de los que impidió la persecución en contra de mi persona por
parte de la cáfila que hoy dirige el CCH (es un decir). Ya lo impartiré cuando
se larguen a buscar otros pastos.
NOTA:
Algunos podrán alegar que sus alumnos sí
leen y leen bien, incluso textos que están muy por encima de su formación
académica, nivel cultural o edad. Es real, sucede con unos cuantos, pero esos
son garbanzos de a libra que poco o nada tienen que ver la escuela ni los
profesores en su preparación. Es una habilidad resultado de hogares bien
constituidos, donde la lectura se practica desde los primeros años o de la
inteligencia especial de los lectores, así como hay otros sobresalientes en
matemáticas, música o ciencias. De estos alumnos destacados se cuelgan los
funcionarios para demostrar que sus instituciones sí dan buenos resultados;
pero es tan falso como lo que sucede con los deportistas paralímpicos: los
responsables deportivos presumen sus éxitos cuando, si no es por los propios
esfuerzos y méritos de los deportistas, nadie los apoyaría ni se acordaría de
ellos. De lo que se trata es de mejorar la competencia lectora de la mayoría,
no de unos cuantos cuya habilidad excepcional sólo confirma la incompetencia
del promedio general.
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