miércoles, 4 de enero de 2017

LA COMPRENSIÓN CERO DE LA LECTURA

La comprensión cero de la lectura
NOÉ AGUDO (1/I/17)

Los resultados de la prueba PISA para México son desastrosos y deberían ser vergonzosos, especialmente para los profesores. Los de bachillerato de la UNAM podemos hacernos los desentendidos y decir que nosotros no somos los responsables. (La prueba se aplica a estudiantes de 15 años que cursan al menos el primer año de secundaria e incluye alumnos de bachillerato, pero ninguno de la UNAM, pues supuestamente ésta tiene sus propios métodos de evaluación.) Sin embargo, si conocemos el nivel de conocimientos y habilidades con que egresan nuestros alumnos; si estamos enterados de las carencias formativas con que llegan a la licenciatura, y si reconocemos su incompetencia en los tres dominios evaluados (Matemáticas, Lectura y Ciencias), mal haríamos en ignorar los resultados y pensar que somos ajenos a ellos.
            La prueba PISA (Programme for International Student Assessment) o Informe PISA se aplica cada tres años y la realiza la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, de la cual México es integrante). El 6 de diciembre se dieron a conocer los resultados de la evaluación aplicada en 2015 y nuestro país vuelve a destacar, pero por ocupar los últimos lugares en los tres campos de conocimiento evaluados: en Matemáticas y Ciencias más de 80 de cada 100 estudiantes mexicanos obtuvieron una calificación inferior al 6, y en Lectura casi el 80 por ciento está reprobado. Conviene aclarar que ésta fue la sexta edición, pero desde que inició, en el año 2000, los estudiantes mexicanos no han podido acreditarla.
            Aún más, la tendencia ha empeorado: si en 2006 el 81% de los alumnos de tercero de secundaria tenían menos 6 de calificación en Matemáticas, para 2015 este porcentaje subió a 84%. Igual en Ciencias: si en 2006 el porcentaje de reprobados era de 77%, en 2015 este porcentaje creció a 84%. ¿Y en Lectura? Dice el doctor Ricardo Raphael que en este aspecto los resultados se asemejan al “electrocardiograma de un muerto”: la gráfica prácticamente no se ha movido, seguimos igual que en 2006. (Ricardo Raphael “El peor fraude es el educativo”, en El Universal, 8/XII/2016.) Podríamos afirmar, entonces, que los estudiantes terminan su educación básica y continúan su bachillerato sin adquirir los conocimientos indispensables para realizar estudios profesionales. Y, si bien les va y concluyen su carrera, egresan sin las competencias necesarias para desempeñarse con éxito en un mundo globalizado y cada vez más competitivo.
            Otro dato: la Prueba PLANEA que aplica el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEE) también arroja resultados lamentables. La mitad de los alumnos evaluados son incapaces de comprender los temas de textos literarios o con predominio de una secuencia expositiva; en matemáticas, 60% de los alumnos que concluyen su sexto año de primaria no sabe “resolver problemas que impliquen hacer operaciones básicas con números naturales”. 
            Como diversos especialistas en educación han señalado, las causas de esta vergüenza nacional son varias: corporativismo sindical, desviación de recursos o concentración de los mismos para sueldos de la alta burocracia, venta de plazas, evaluaciones arregladas o ausencia de las mismas, componendas gremiales, herencia de plazas, modelos educativos obsoletos o disfuncionales, ineptitud magisterial, etcétera. Un libro que había advertido de este desastre, y especialmente de las nefastas consecuencias de la intervención sindical en la educación, es el de Gilberto Guevara Niebla (La catástrofe silenciosa, FCE) del ya lejano año 1992, y que poco tiene que ver con la derecha o el neoliberalismo, como suelen encasillar toda crítica los que acostumbran usar esquemas simplistas en sus análisis (Guevara Niebla es uno de los líderes sobrevivientes del Movimiento Estudiantil de 1968 y de los pocos conocedores del desastre educativo nacional). Todos los profesores deberíamos leer La catástrofe silenciosa.
            Paso ahora al punto que nos interesa, el que está en nuestras manos resolver, que incide en la educación de nuestros alumnos, que debe preocuparnos y que casi siempre las autoridades señalan como el único factor del fracaso educativo: el de la ineficacia magisterial. Me centraré en una sola de las habilidades evaluadas, la lectura, pues es la que mejor conozco. Aunque la responsabilidad  en la enseñanza de ésta se atribuye casi exclusivamente a profesores que enseñan el uso del idioma (el Área de Talleres en el CCH), es una habilidad educativa transversal y por tanto compete a profesores de todas las áreas, pues un estudiante que no sabe leer fracasará en literatura, ciencias, matemáticas o historia.
            Que la mayoría no sabe leer en el CCH es una verdad flagrante y paladina. La mayoría confunde saber leer con el reconocimiento de los signos. Cualquiera sabe que éste es uno de los pasos elementales, de nivel primario, pero sólo el primer paso para aprender a leer realmente. Como señala la Prueba PLANEA, los alumnos son incapaces de comprender el asunto que trata el texto. No se trata de textos complejos o más allá de su nivel cultural; son textos literarios, de biología, física o historia que corresponden a su nivel de estudios.
 Suelo hacer con mis alumnos un ejercicio muy simple para evaluar su nivel de competencia lectora: leemos uno de los cuentos más famosos y sencillos de Julio Cortázar, “Continuidad de los parques”. El breve relato, de apenas una página, es también uno de los más sutiles por el efecto que causa en el lector: admiración, sorpresa, deslumbramiento, azoro. ¿Cómo una historia tan simple (un hombre lee un libro) adquiere un carácter casi mágico cuando el lector advierte que la historia por él leída es la de su propia muerte? ¿Cómo logra el autor este resultado? Casi nadie puede explicarlo. Pasamos después a otro cuento famoso (“Usted se tendió a tu lado”); el empleo de dos pronombres para la segunda persona del singular que Cortázar emplea en este cuento plantea cierta dificultad a la mayoría de los lectores; muchos no logran ni siquiera entender la anécdota, así que menos pueden experimentar la conmoción que el relato debería provocarles como adolescentes ni mucho menos comprender cómo está armado el texto.
 “Es complicado”, “No le entendí”, “Debo leerlo varias veces” son las respuestas más comunes cuando pregunto cuál es la historia. Guío entonces la lectura en voz alta, paso a paso, hasta concluirla y sólo así llegan a comprender el relato y algunos se conmueven al descubrir la entrañable relación que existe entre madre e hijo, protagonistas del cuento. Pero sin los comentarios, la identificación de las secuencias principales y sobre todo la explicación del juguetón empleo del “Tú” y “Usted”, muy pocos llegan a entenderlo, ya no digamos a disfrutarlo.
            ¿Saben leer, entonces?, pregunto. Ya nadie se atreve a decir que sí. ¿Qué tipo de lectura debemos practicar a partir del bachillerato? Algunos lo saben, unos pocos la han descubierto después de insistir una y otra vez sobre un texto, pero la mayoría la desconoce y nunca la practican. Los alumnos alcanzan a comprender sólo superficialmente lo que leen. Cuando uno pregunta cuál es la idea rectora, cuáles son los argumentos o las razones que la sustentan, cuál es la conclusión, cómo está estructurado el texto, cuáles son sus secuencias principales, etc., descubre que no saben leer. La mayoría se encuentra en el grado cero de la comprensión lectora. Apenas si logran informarse de la anécdota. Por eso huyen presurosos a textos como los de Paulo Coelho, John Katzenbach, Dan Brown o Carlos Cuauhtémoc Sánchez, pues estas lecturas no les plantean ninguna dificultad, sino que los entretienen, los aletargan intelectualmente. Autores como Juan Rulfo y su Pedro Páramo, Carpentier y su narrativa, Borges y sus relatos, los cuentos de Julio Cortázar, son relegados pues les resultan “difíciles”, inaccesibles a su comprensión y por tanto no disfrutables. No es una cuestión de gusto, sino de incapacidad.
            La Prueba PISA no mide tanto conocimientos sino habilidades: cuál es la comprensión lectora de los estudiantes, cómo pueden aplicar las matemáticas en la resolución de problemas, cómo realizar la explicación de un fenómeno empleando conocimientos o al menos nociones científicas, etcétera. Es decir, lo que el modelo educativo del CCH se propuso desde su fundación y hasta la fecha no ha podido lograr. ¿Por qué? Porque los profesores no lo hemos enseñado. No podemos enseñar algo para lo cual no fuimos preparados. Es improbable que egresados de un sistema educativo tradicional transformen sus métodos de enseñanza sólo porque los programas de las asignaturas que imparten así lo exigen. Los cursos para adiestrarlos en el nuevo enfoque (cuando los hubo) fueron impartidos por profesionistas formados en los mismos sistemas tradicionales. Por eso las modificaciones recientes a los programas de estudio han preferido relegar esas propuestas innovadoras y han hecho un batiburrillo que está dando los mismos o peores resultados que los sistemas educativos tradicionales. Justamente, cuando la educación básica retoma y pretende aplicar ese modelo educativo.
Este es el reto que el gobierno federal tiene con respecto a la Reforma Educativa en la educación básica: ¿quiénes se encargarán de aplicar el nuevo modelo? ¿Los de la CNTE y su tradición de vender y heredar las plazas? ¿Normalistas como los de Michoacán, Guerrero, Chiapas y Oaxaca, que exigen que se les otorguen plazas incluso antes de concluir sus estudios? ¿Los del SNTE y su sistema vertical? Aquí es donde la UNAM y el CCH deberían demostrar el carácter vanguardista, especial e innovador de su bachillerato, y los resultados sobresalientes obtenidos a casi medio siglo de haber sido propuesto y puesto en práctica. Sin embargo, ¿qué es lo que pueden mostrar? Sólo fracasos, pérdida del modelo original y resultados desastrosos como los de los sistemas educativos tradicionales.            
Por otra parte, hoy, cuando gran parte de los directivos y la planta docente de nuestro Colegio la forman egresados del CCH, deberíamos contar con los mejores profesores de bachillerato (al menos en lo que respecta a la aplicación de su modelo educativo). Sin embargo, ¿qué tenemos? Una comunidad ágrafa, que tampoco lee (o lee y no entiende), apática, medrosa, incapaz de expresarse, de “saber leer” la realidad ni el retroceso en el que hemos caído como opción educativa. Con sus obvias excepciones, es cierto.  
Si preguntas a un colega si sabe leer seguramente se ofenderá. ¡Claro que sé leer!, contestará con arrogancia. ¿Entonces por qué sus esquemas para explicarse la realidad siguen siendo los mismos de los años sesenta y setenta del siglo pasado, cuando todo mundo ha podido comprobar su invalidez científica y su fracaso práctico? ¿Por qué aún admiran a dictadorzuelos ignorantes y corruptos como Hugo Chávez, Nicolás Maduro o Daniel Ortega? ¿Por qué rinden pleitesía —¡oh!, las mentes más brillantes de la izquierda, como Mr. John Ackerman!— a la muerte de dictadores que hicieron sufrir a su pueblo y lo sumieron en el retroceso y la miseria durante más de medio siglo? ¿Por qué aún siguen creyendo que Fidel Castro fue amigo de México, cuando jamás apoyó ninguna lucha y sólo sirvió como el mejor aliado del PRI? ¿Por qué aún se tragan bulos como los de Ayotzinapa, Tatlaya, Tanhuato, Nochixtlán, la dizque lucha de la CNTE contra la privatización educativa y tantos otros embustes que, si de verdad supieran leer, la lectura de tantos documentos e información al respecto, libros y testimonios, los harían cuando menos escépticos?
Cualquier profesor que lee con alguna frecuencia sabe que no es lo mismo leer las noticias del periódico que un ensayo donde se explica un punto de vista respecto a un tema; sabe que la lectura de un cuento o una novela es más rica y disfrutable si descubre cómo están estructurados, por qué el uso de cierta persona gramatical, o el empleo de varias, para su narración; por qué el autor recurre a cartas, páginas de diarios, recortes e incluso algunas ilustraciones; el lector descubre que el verdadero placer de la lectura no estriba tanto en el conocimiento de la historia sino en identificar cómo está estructurada, como se relacionan sus partes, los resortes ocultos que hay detrás de la descripción de esas vidas heroicas, solitarias o tristes con las que nos identificamos y llegamos a conmovernos. Y lo mismo un texto filosófico o histórico. ¿Por qué El culto a los héroes de Thomas Carlyle da tanta importancia a los personajes extraordinarios en la historia, a diferencia de un contemporáneo suyo, Karl Marx, que sólo los considera materialización de las fuerzas productivas en pugna cuyas leyes el estudioso debe descubrir? ¿Alguien podría disfrutar la demostración del Teorema de Fermat sin usar lápiz y papel para hacer algunas anotaciones? ¿O comprender las figuras retóricas sin el empleo de cuadros sinópticos?
Las habilidades que requiere una verdadera lectura van desde el subrayado (que casi todos practican, aunque mal), tomar notas, realizar recapitulaciones, cuadros sinópticos, resúmenes y paráfrasis hasta escribir un texto crítico de esa misma lectura. La práctica, y dependiendo de la complejidad del texto, hace que dichas habilidades se puedan ejercitar manual o sólo mentalmente. Pero sin ellas no se logrará nunca la lectura que nos interesa: la que nos lleva a la verdadera comprensión, la que nos plantea retos y nos hace crecer intelectualmente, la que estimula nuestra imaginación, mejora nuestra capacidad de razonamiento y abstracción, agudiza nuestro sentido crítico y nos transforma como individuos. Sumergirse en el mundo de las ideas es lo más intenso y enriquecedor que nos puede deparar la actividad intelectual. Hay un momento —de verdad apasionante, yo lo he experimentado— en que uno desea, más que una buena novela, un complejo libro de ideas: Montaigne, Bacon, Locke, Emerson, Orwell, Heidegger, Naím, Vargas Llosa, Savater, Steiner y tantos otros autores con sus ensayos son los que nos preparan para este tipo de lectura.
El primer paso para adentrarse en ella y dominarla es poner en práctica la atención, una habilidad que la mayoría ha perdido y que, paradójicamente, sólo la lectura logra recuperar. Son legión los que dicen no saber escribir o que se les dificulta la aplicación de las normas gramaticales. Para alguien que lee esto no debería representar ningún problema: el lector atento aprende a escribir por imitación; sólo necesita leer buenos textos. Otro ejercicio simple me ha demostrado por qué los alumnos cometen tantas barbaridades en sus redacciones. Cuando indico que modifiquen un solo elemento de un texto, digamos el tiempo, y copien tal cual el resto, me doy cuenta de la inexistencia de su capacidad de atención: a pesar de que copian el texto lo hacen mal, inventan palabras, quitan acentos, se olvidan de los signos de puntuación, transforman la ortografía y muchos ni siquiera saben cómo realizar el ejercicio. ¿Qué pasaría si PISA evaluara también esta habilidad? Seguramente quedaríamos en menos cero, como sucede realmente con mis alumnos.
Necesitamos aprender y enseñar a leer. No sólo por los resultados de la Prueba PISA, sino porque nos atañe directamente como profesores; porque sólo así lograremos hacer disfrutable la lectura y no habrá más “textos difíciles” de comprender; también porque saber leer nos hace mejores ciudadanos, menos dogmáticos y cretinos, y sí más libres y participativos; también porque así podremos enfrentar los retos de nuestro tiempo, donde cantidades ingentes de información desconciertan, aíslan e inmovilizan a los lectores. Tengo diseñado un curso breve, de apenas veinte horas, para enseñar a practicar y dar un mayor sustento teórico a este tipo de lectura. Es uno de los que impidió la persecución en contra de mi persona por parte de la cáfila que hoy dirige el CCH (es un decir). Ya lo impartiré cuando se larguen a buscar otros pastos. 
     
NOTA:
Algunos podrán alegar que sus alumnos sí leen y leen bien, incluso textos que están muy por encima de su formación académica, nivel cultural o edad. Es real, sucede con unos cuantos, pero esos son garbanzos de a libra que poco o nada tienen que ver la escuela ni los profesores en su preparación. Es una habilidad resultado de hogares bien constituidos, donde la lectura se practica desde los primeros años o de la inteligencia especial de los lectores, así como hay otros sobresalientes en matemáticas, música o ciencias. De estos alumnos destacados se cuelgan los funcionarios para demostrar que sus instituciones sí dan buenos resultados; pero es tan falso como lo que sucede con los deportistas paralímpicos: los responsables deportivos presumen sus éxitos cuando, si no es por los propios esfuerzos y méritos de los deportistas, nadie los apoyaría ni se acordaría de ellos. De lo que se trata es de mejorar la competencia lectora de la mayoría, no de unos cuantos cuya habilidad excepcional sólo confirma la incompetencia del promedio general.


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