Una nación entera no puede vivir presa de la angustia e incertidumbre por el arribo de un nuevo gobierno en el país vecino, por estrechos que sean sus lazos y relaciones. La ausencia de un auténtico liderazgo nacional, la incapacidad de la clase política para brindar respuestas eficaces y proponer opciones propias de bienestar a su población son las que generan esta dependencia insana. Por eso debemos pensar qué hacer con esa clase política, cómo transformar el país y entender que la mejor defensa hoy día es empezar por poner orden en casa.
Se busca
candidato
NOÉ AGUDO
(15/I/2017)
No se necesita ser un adivino para predecir que el PRI
perderá la presidencia de la República en el 2018. Lo que nos gustaría saber es
quién la ganará, y ante esta interrogante se plantea la posibilidad muy cercana
de que esta decisión dependa por primera vez realmente de los votos de la
ciudadanía. La clase política en su conjunto vive hoy un desprestigio nunca
visto: el dispendio, la ineptitud, la corrupción y la impunidad son sus principales
atributos conocidos y padecidos por la población, y múltiples señales
evidencian un punto de hartazgo difícil de remontar. La interrogante es cómo orientar
la votación hacia una vía que canalice eficazmente el malestar y permita la
construcción de una sociedad mejor y más democrática.
Supongamos
que durante el tiempo que resta de hoy a las elecciones de 2018 la clase
política logre lavar su rostro y recupere cierta confianza entre los electores;
aun así, ningún partido puede apostar por sí solo al triunfo. El PRI irá con el
PVEM, Alianza Social y algún otro en ciertas regiones del país; el PAN lo hará con
el PRD, y éste deberá atraer a los partidos minúsculos que orbitan a su
alrededor para fortalecer esa alianza, o ir con Morena, el partido de López
Obrador, lo que tampoco garantiza el éxito, pues ante esta circunstancia lo más
probable es que PRI y PAN decidan conjuntar su voto duro. Ninguna de estas
opciones podrá atraer a los indecisos, que son la mayoría y quienes deciden el
triunfo, y cualquiera que gane lo hará con una minoría y con el rechazo de la
mayor parte de la ciudadanía.
Queda la
opción de los “independientes”, pero ante las dificultades para gobernar que
presenta no recurrir a los mismos cuadros políticos rancios y negociar en los
congresos toda decisión con los partidos de siempre, la supuesta independencia
se diluye. Así que un candidato independiente sólo representa la oportunidad de
deslindarse de la clase política mientras dura la campaña pero, de alcanzar el
triunfo, ese candidato y su gobierno quedarían en manos de los partidos políticos
de siempre; esta vía refleja, en todo caso, el oportunismo de ciertos aspirantes
desechados por sus propias organizaciones y un engaño a la población. Más
astuta y mejor disfrazada son las propuestas como la de Manlio Fabio Beltrones:
con la excusa de crear gobernabilidad mediante la constitución de mayorías en
los congresos, Beltrones propone formar gobiernos de coalición, cuyos
candidatos podrían ir o no ir en alianzas, pero sus partidos integrarían
coaliciones para gobernar. Al final sería la misma gata política, sólo que
revolcada, es decir con diversos cuadros provenientes de los partidos que
acepten participar en la coalición.
¿Cuál es
entonces el camino para sanear la vida política del país, lograr la verdadera
transición, arribar por fin a una democracia plena donde los gobiernos se deban
a la ciudadanía y no a sus intereses partidarios o sus patrocinadores? Contar
con un candidato ciudadano y un programa capaz de lograr lo que cada una de
estas opciones propone, pero ir más allá de cualquiera de ellas y de sus
proyectos. Es decir, se requiere conquistar la presidencia de la República,
lograr mayoría en el Congreso para gobernar, deslindarse hasta donde sea
posible de la clase política, constituir un gobierno con ciudadanos capaces y
eficientes, y no con cuotas partidarias y de otros poderes fácticos; sólo un
gobierno así constituido podría ofrecer un programa de gobierno que resuelva
por fin los problemas que impiden el desarrollo socioeconómico de México y permita
construir una sociedad más justa. Un gobierno por el cual hoy clama toda la
población.
Ese
candidato tendría que captar en primer lugar el voto de los millones de
indecisos que deciden la elección; tendría que despertar el entusiasmo de toda
la ciudadanía, lo mismo de obreros, empleados, comerciantes, campesinos, amas
de casa y estudiantes, que de profesionistas, empresarios y los diversos
integrantes de las llamadas clases medias. Deberá atraer, en segundo lugar, a las
franjas cada vez más numerosas de militantes decepcionados de sus propios partidos
que, en lugar de querer ir a una alianza con fuerzas totalmente contrarias a su
ideología y principios, preferirían aportar su voto a un candidato capaz de lograr
un gobierno de unidad, sanear la vida política, resolver los problemas
nacionales que por complicidades e intereses ningún partido puede lograr, y
empujar así un cambio de actitudes y valores de la clase política.
Cualquiera
podría pensar que esto es una ilusión, que ese candidato no existe ni puede
existir y que la tarea que se le propone es descomunal, pero todo depende del
programa que enarbole, de su capacidad para encauzar el hartazgo de la sociedad,
de motivar la participación ciudadana y de proponer medidas para transformar ese
hartazgo en acciones de gobierno. Y aquí es donde todos podemos contribuir. El
momento que hoy vive el país es único porque ofrece como en ningún otro la
posibilidad de que sea la ciudadanía quien tome los destinos de la nación en
sus manos. Tenemos que aprovecharlo.
Ese
candidato ciudadano tendría que proponer, entre otras muchas acciones: Una
reforma política que plantee la desaparición de los diputados de representación
proporcional, poner fin al fuero, reducir el número de comisiones en el
Congreso a las estrictamente indispensables, acabar con los bonos secretos y los permitidos,
reducir el monto de las dietas y que los aguinaldos se calculen con base en
éstas (como se calcula el de cualquier trabajador: con base en su salario), y
terminar con estipendios tales como pago de asesores, secretarias, edecanes, boletos
de avión y viáticos (solo se cubrirán los estrictamente necesarios para su
trabajo, que cada servidor deberá comprobar), seguro de gastos médicos mayores,
comidas, vehículos, gasolina, gimnasios, gastos de cafetería, celulares y demás
parafernalia costosa que actualmente derrochan. Un representante popular debe
estar en la cámara por vocación de servicio, no para medrar con el cargo
público.
La reforma política deberá poner fin
a las prerrogativas económicas de los partidos políticos, los cuales deberán
funcionar mediante las cuotas de sus militantes; el Estado los apoyará únicamente
en sus necesidades básicas, como son el acceso a los medios para la difusión de
sus propuestas y programas. Deberán, al igual que el Estado en su conjunto,
reducir su propaganda y mensajes, que solo engañan e irritan a la población por
su demagogia y falsedad. El Estado deberá limitar incluso el número de
partidos, mediante la comprobación cabal de que representan realmente a amplios
sectores de la sociedad en toda la República y no son creación de familias,
caciques sindicales, empresas y otros vividores del presupuesto público.
Asimismo, deberá recortar los recursos a los organismos y tribunales encargados
de organizar y vigilar el proceso electoral, que se encargarán de establecer
reglas claras para evitar vacíos o ambigüedades que generan los conflictos.
Todo esto no se podrá cumplir sin crear eficaces instancias de vigilancia,
transparencia y control, de preferencia autónomas, para supervisar el
funcionamiento de estas instancias, impedir su partidización o parcialidad y
evitar que participe dinero sucio en los diferentes procesos electorales.
El Congreso de la Unión deberá analizar
propuestas como la revocación de mandato, la reelección de representantes, la iniciativa
popular, el plebiscito y todas aquellas que permitan intervenir institucional y
eficazmente a la ciudadanía ante la ineptitud y corrupción de sus
representantes y autoridades.
Las mismas medidas de control del
gasto, racionalización administrativa y recorte de burocracia innecesaria se
aplicarán en los demás poderes del Estado, empezando por las dependencias del
poder Ejecutivo o que éste encabeza; hay secretarías completas como la de la
Reforma Agraria y entidades como la Comisión Nacional de Salarios Mínimos que no
justifican su existencia, o sindicatos de empresas ya extintas, como los de
Trabajadores Ferrocarrileros y Electricistas, cuyos líderes aún siguen gozando
del estipendio gubernamental. Igualmente, poner fin al dispendio que hoy se
hace en todas las dependencias públicas en onerosos gastos como redecoración de
oficinas y casas de gobierno, renovación de mobiliario y vehículos, pago de escoltas
y seguridad a funcionarios que no la requieren, a ex presidentes y sus
familias, sobre todo si se les permite mantener sus sueldos vitalicios. Los salarios
de ex magistrados, ex rectores, ex directores y demás funcionarios que los
siguen disfrutando sin prestar servicio deberán terminar.
No deberá olvidarse aplicar estas
medidas de racionalización y empleo eficaz del gasto a los organismos
autónomos, descentralizados y entidades paraestatales, así como a los gobiernos
estatales y municipales, pues se da el caso (como lo demostró recientemente
Javier Duarte en Veracruz) de que los gobernadores durante su mandato se dedican
a saquear y malversar los recursos, para que después los nuevos gobernantes y
presidentes municipales exijan a la Federación entrar a su rescate.
Está por demás decir que se debe
poner fin al derroche que se hace mediante la entrega de dinero a
organizaciones que viven del chantaje y la presión, como Antorcha Campesina,
Asamblea de Barrios, asociaciones de ambulantes o la CNTE, pues son insaciables
y cada vez exigen más; la determinación de hacer públicas sus demandas y los
procesos de negociación con las diversas instancias del Poder Ejecutivo son la
mejor contención a estas prácticas indeseables, pero para poder hacerlo se
requiere de un gobierno inmune al chantaje, es decir, ajeno a compromisos y
complicidades con ellas.
La corrupción es un cáncer que ha
hecho metástasis en todo el organismo social, de ahí que muchos políticos la
consideren una expresión del ser nacional o un asunto cultural. Esto no es
cierto. Han sido la impunidad y la ausencia de mecanismos para la rendición de
cuentas los que han permitido que la corrupción se extienda por todos los
ámbitos de la vida nacional. Sabido es que apenas un mexicano traspone las
fronteras y se halla en un lugar donde las infracciones y la alteración a la
ley sí reciben sanción, se vuelve el más respetuoso de las normas y reglamentos.
Por eso todas estas medidas serán insuficientes si no se procura un apego estricto
al derecho; si no se termina de crear el Sistema Nacional Anticorrupción; si no
se lo integra con ciudadanos ejemplares, libres de toda sospecha (que sí los
hay) y se le otorga plena autonomía; lo mismo con las demás instancias de
vigilancia y control (hoy existen más de cinco, a cual más inútil) y se termina
por establecer reglas claras para la integración y funcionamiento de la
Fiscalía Nacional, desligada ya del Ejecutivo. Y así en los demás niveles de
gobierno.
¿Cuál es el candidato a la presidencia
que se atreverá a limpiar estos modernos establos de Augías? ¿Quién tiene el
arrojo e inteligencia para ponerse al frente de la nación y encabezarla con un programa
así? Alguien con suficiente independencia de la clase política y que haya comprendido
cuáles son los principales lastres que han hecho de este país rehén del crimen,
la corrupción, la inseguridad, la ineptitud y la mediocridad. Esos lastres que
hoy día lo mantienen en vilo porque un individuo fanfarrón, autoritario e
ignorante asumirá la presidencia de los Estados Unidos. Una nación grandiosa
como México no debería vivir así. He anotado sólo algunos puntos relacionados
con el poder político y su reforma, pero la tarea abarca todos los ámbitos: los
sociales, económicos, educativos, comerciales, fiscales, educativos, etc.
Una última
anotación: no se trata de remplazar una clase política por otra, que a la
postre tal vez repita los mismos vicios cuando se enquiste en el poder, sino de
crear una ciudadanía vigilante y participativa, con instituciones y mecanismos
eficaces para llamar a cuentas y sancionar a los malos gobernantes; con normas
claras y condiciones austeras pero suficientes para su funcionamiento; así, quienes
aspiran a ser servidores públicos deberán demostrar aptitudes, vocación y
conocimiento para su desempeño, y no confundir la política con el cinismo, la
mentira y la habilidad para fingir, así como la astucia para apropiarse de los
recursos públicos, como ha sido la regla hasta hoy. Sólo así podremos recuperar
la dignidad de la política y rescatarla de esa versión perversa en que la sumió
una clase hoy repudiada por toda la sociedad.
Éste es el reto del candidato a quien
podemos otorgar el triunfo si nos lo proponemos. Porque el cambio hoy se tiene
que hacer con la participación ciudadana y mediante las instituciones.
¿GRADACIONES
O GRADUACIONES?
De
pesadilla la serie de reportajes que Ciro Gómez Leyva y su equipo divulgaron
durante la semana reciente en su noticiero de las diez de la noche, Imagen Noticias. Seguramente muchos
hemos sido sujetos de extorsión a través de una llamada telefónica en donde la
voz de alguien que se supone es nuestro hijo nos informa que ha sido secuestrado
y nos dice que amenazan con cortarle los dedos si no entregamos determinada cantidad
de dinero. Las imágenes grabadas dentro del Reclusorio Norte muestran algo
semejante a un tianguis, donde los reclusos anuncian mediante gritos la venta
de todo tipo de drogas. En un rincón de otro dormitorio algunos más se dedican
a hacer las llamadas (¿marcan los números al azar o tienen una base de datos?)
para chantajear a la población. En otro un preso pregunta al custodio cuánto le
costaría un teléfono para extorsionar;
“uno y medio” contesta éste. Todo esto mientras el director del reclusorio
atraviesa por el tianguis infernal sin inmutarse ante lo que hacen los presos. ¡En
el Reclusorio Norte, donde se supone que los delincuentes entran para
regenerarse y después reintegrarse a la sociedad! ¡De pesadilla, el rostro más
descarnado de la corrupción!
Ciro, periodista cultivado como es,
tituló a esta serie “Las Graduaciones del Infierno”, haciendo eco a la Comedia de Dante, que describe el
infierno como una serie de círculos en los que los más profundos los ocupan pecadores
irredentos. De las tres acepciones que el Diccionario de la Lengua Española
ofrece de graduación (1. “Acción y
efecto de graduar”. 2. “Cantidad proporcional de alcohol que contienen las
bebidas espiritosas”, y 3. Categoría de un militar en su carrera”) ninguna
encaja con el significado que Gómez Leyva quiso expresar. El término correcto
es gradación, cuyas cuatro acepciones
indican eso: niveles, grados sucesivos, orden gradual. Las Gradaciones del Infierno.
No se la pierdan, continúa esta semana y se debe reconocer a Miguel Ángel
Mancera y su secretaria de gobierno, Patricia Mercado, por su intervención
inmediata una vez difundidas las primeras imágenes.
DIEZ RASGOS DE UN PSICÓPATA
Gracias
a la afortunada inspiración que algunos días ilumina a ciertos articulistas, me
permito retomar el núcleo de una colaboración de Marco Provencio en Milenio Diario para plantear a todos un
pequeño acertijo: ¿Qué alto funcionario del CCH reúne estos rasgos?
Carismáticos. Tienden a ser divertidos y a compartir historias casi
increíbles, pero que en su persona suenan convincentes al presentarlos como los
héroes de las películas.
Egocéntricos. Simplemente son el centro del universo, uno en el que
pueden vivir de acuerdo únicamente a sus propias reglas.
Grandiosos. Todo en ellos es superlativo. No hay espacio para la
sencillez.
Incapaces
de remordimiento. Les tiene sin
pendiente el resultado de sus acciones para con terceros, y no pueden sentir
arrepentimiento.
Faltos
de empatía. Acaso el rasgo más
evidente, según algunos, es que son ajenos totalmente al punto de vista o a las
emociones de los demás.
Engañosos. Cuando son descubiertos en una mentira, simplemente
cambian la historia y modifican los hechos para tener siempre una coartada
fácil a la mano.
Falsos
en sus emociones. En realidad no
están sintiendo nada, aunque lo aparentan con alguien a su alrededor a quien
por alguna razón quieren cortejar.
Impulsivos. Evaluar las ventajas y desventajas, o las
consecuencias de sus deseos, les parece una pérdida de tiempo.
Vengativos. Curiosamente, la ausencia de empatía se refleja
también en una hipersensibilidad a lo que pueden percibir como un insulto hacia
su persona.
Aventureros. Son adictos a la adrenalina, a la toma de riesgos, a
vivir “al filo de la navaja”. No pueden con la “normalidad”.
Mentiroso,
vengativo, egocéntrico, falso, impositivo, etc., ¿quién reúne estos rasgos
entre nuestros ínclitos funcionarios? Si desean leer el artículo completo
pueden dar click al siguiente link: http://www.milenio.com/firmas/marco_provencio/rasgos-psicopata-psicopatia-psicopatas_en_grandes_corporaciones-milenio_18_883891617.html
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