¿Por qué me
gusta este poema?
NOÉ AGUDO
Dicen que al arte se le debe disfrutar y no explicar, y me
parece correcto. Sin embargo, cada vez que alguien pregunta por qué me gusta esta
pintura, por qué disfruto tanto esa pieza musical o por qué me encanta repetir
este poema, que casi lo he memorizado, se está planteando una cuestión harto compleja
que distintas disciplinas han tratado de responder: el misterio del arte.
Y como soy
profesor, y como no quiero parecerme a quien pide que le toquen mil veces la que…
le gusta, y como sé que en la medida en que uno entiende cómo funciona una
estructura la disfruta mejor, dedicaré unos minutos para intentar explicar por
qué me gusta tanto uno de los poemas de Jorge Luis Borges, que en general me
son gratos. Se titula “Los Justos” y viene en La cifra, recopilación que abarca de 1978 hasta 1981, uno de sus
últimos libros. Dice así (numeraré los versos para explicarme mejor):
Los justos
1.
Un
hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
2.
El que
agradece que en la tierra haya música.
3.
El que
descubre con placer una etimología.
4.
Dos
empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
5.
El
ceramista que premedita un color y una forma.
6.
El
tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
7.
Una mujer
y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
8.
El que
acaricia a un animal dormido.
9.
El que
justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
10. El que agradece que en la tierra haya
Stevenson.
11. El que prefiere que los otros tengan razón.
12. Esas personas, que se ignoran, están
salvando el mundo.
Desde que lo leí
por primera vez, allá por 1982, los versos hicieron eco en mi memoria y los
recordaba cada vez que veía a un hombre concentrado en su trabajo, a una
muchacha detenerse sonriente para hablarle a un perro o a dos personas que,
abrazadas, leen un libro. Nunca traté de explicarme por qué se habían
impregnado con tanta fuerza en mi cerebro, sólo lo volvía a leer y cada vez me
parecía mejor.
Fue hasta un día
cuando, siendo ya profesor y al tratar de explicar cómo el verso libre, a pesar
de no poseer métrica ni rima, tiene armonía, ritmo y musicalidad, lo observé con
detenimiento. Entonces descubrí parte de su magia. En primer lugar hay una
astuta disposición de los versos que hacen al poema sobrio, contenido, sin
soltar de buenas a primeras la moraleja, lo cual lo haría un sermón o la
sentencia moral de alguien deseoso de regir las conciencias, lo que para Borges
sería un horror, para el lector borgeano algo desagradable y para un joven rebelde
simplemente algo rechazable. Júntense los versos 8, 9, 11 y 12 en los que se
concentra toda la fuerza del llamado:
8. El
que acaricia a un animal dormido.
9.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
11.
El que prefiere que los otros tengan razón.
12.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.
Sonarían huecos, como recomendaciones de un
texto de superación personal o una página de Paulo Coelho. Borges se dio cuenta
de este riesgo de concluir así el poema, no obstante las poderosas imágenes
generadas por los versos que van del 1 al 7, y por eso decidió acertadamente
introducir una coda, que recupera el equilibrio, el verso 10 que dice: El que agradece que en la tierra haya
Stevenson.
Otra sabia
característica de los versos es su carácter inconcluso. Cada uno dice algo,
pero el sentido queda incompleto y, de no ser por el último, el poema no se entendería.
Esto, además de sólo anunciar una idea, va cargando de intensidad los versos
cuyo significado sólo se resuelve en el último: Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo. Tal vez debieron
escribirse con puntos suspensivos al final de cada uno, pero eso delataría una
intención, además del carácter antiestético de los puntos después de cada
verso:
Un hombre que cultiva su jardín, como quería
Voltaire…
El que agradece que en la tierra haya
música…
El que descubre con placer una etimología…
Etc.
Por eso prefiere terminarlos poniendo un
punto final, a pesar de que su sentido pleno queda inconcluso. ¿Esas personas,
qué?
Esas personas, que se ignoran, están
salvando el mundo.
En lo que hace a
sus referentes, todos son muy culturales, librescos, al estilo de Borges, y
aquí descubro otro recurso genial: podría decirse que el eje sobre el cual gira
todo el poema es el primer verso: Un
hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
¿Quién es Voltaire?
¿Por qué quiere que los hombres cultiven su jardín? Como se sabe, la novela más
conocida de Voltaire* es Cándido, que
narra las andanzas y viajes de este personaje desbordante de optimismo, que
considera al nuestro como “el mejor de todos los mundos posibles”, no obstante
que la realidad lo contradice a cada momento. Al final, desengañado de todos,
se retira con sus compañeros para descubrir que la verdadera felicidad consiste
“en cultivar nuestro huerto”.
Un hombre que llega
a esta conclusión no es cualquier hombre, se necesita una vida rica en experiencias
y mucha sabiduría para aceptarla: Epicuro, Séneca, Marco Aurelio, Pascal y
Voltaire son algunos que lo han logrado. Por eso digo que este verso rige todo
el poema: agradecer lo bello que existe sobre la tierra (la música, la
literatura de Stevenson), hallar placer en un descubrimiento (así sea la raíz
de una palabra), concentrarse en un juego (el silencioso ajedrez), hacer bien
nuestro trabajo (una pieza de cerámica, la tipografía de una página), leer la Divina Comedia, acariciar a un animal
dormido, quedarnos callados y decir está bien, tú tienes la razón, se asemejan
mucho a la acción de Cándido: retirarse a cultivar su jardín.
El oído era el recurso
principal de este hombre que escribía al final de su vida casi completamente
ciego; de allí que emplee la anáfora, esa figura retórica que consiste en
repetir una palabra o frase (El que, presente
en la mitad de los versos) al inicio de los versos, para darles ritmo y armonía;
eso, y la consonancia lograda con los que,
de los que un escritor menos hábil huiría presuroso, Borges los emplea audazmente
para darle musicalidad al poema.
Tal vez no sabía lo
que era un verso libre cuando leí por primera vez el poema; tal vez no había
leído el Cándido ni la Divina Comedia ni a Stevenson; quizá no
había reparado en el placer que representa hallar la etimología de una palabra,
ni había reflexionado en el trabajo del artesano o el tipógrafo, mucho menos
sabía lo que era una anáfora, la consonancia, etc., pero el poema me agradó.
Las imágenes que provoca cada verso son poderosas y sirven para construir ese
pequeño universo apacible, redondo y ordenado, donde lo bello y lo bueno se
conjugan para generar esa sensación de paz, reconciliación y bienestar que
queda al final.
En otra ocasión
trataré de responder por qué también El
Inquisidor, del mismo autor, es otro
de mis favoritos, si trata de alguien que condenó a la hoguera a sus semejantes
durante gran parte de su vida. Como ven, no es lo que dice lo que atrae, sino
el cómo se dice.