domingo, 12 de abril de 2015

¿POR QUÉ ME GUSTA ESTE POEMA?

¿Por qué me gusta este poema?
NOÉ AGUDO

Dicen que al arte se le debe disfrutar y no explicar, y me parece correcto. Sin embargo, cada vez que alguien pregunta por qué me gusta esta pintura, por qué disfruto tanto esa pieza musical o por qué me encanta repetir este poema, que casi lo he memorizado, se está planteando una cuestión harto compleja que distintas disciplinas han tratado de responder: el misterio del arte.
    Y como soy profesor, y como no quiero parecerme a quien pide que le toquen mil veces la que… le gusta, y como sé que en la medida en que uno entiende cómo funciona una estructura la disfruta mejor, dedicaré unos minutos para intentar explicar por qué me gusta tanto uno de los poemas de Jorge Luis Borges, que en general me son gratos. Se titula “Los Justos” y viene en La cifra, recopilación que abarca de 1978 hasta 1981, uno de sus últimos libros. Dice así (numeraré los versos para explicarme mejor):
Los justos
1.        Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
2.        El que agradece que en la tierra haya música.
3.        El que descubre con placer una etimología.
4.        Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
5.        El ceramista que premedita un color y una forma.
6.        El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
7.        Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
8.        El que acaricia a un animal dormido.
9.        El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
10.     El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
11.     El que prefiere que los otros tengan razón.
12.     Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

    Desde que lo leí por primera vez, allá por 1982, los versos hicieron eco en mi memoria y los recordaba cada vez que veía a un hombre concentrado en su trabajo, a una muchacha detenerse sonriente para hablarle a un perro o a dos personas que, abrazadas, leen un libro. Nunca traté de explicarme por qué se habían impregnado con tanta fuerza en mi cerebro, sólo lo volvía a leer y cada vez me parecía mejor.
   Fue hasta un día cuando, siendo ya profesor y al tratar de explicar cómo el verso libre, a pesar de no poseer métrica ni rima, tiene armonía, ritmo y musicalidad, lo observé con detenimiento. Entonces descubrí parte de su magia. En primer lugar hay una astuta disposición de los versos que hacen al poema sobrio, contenido, sin soltar de buenas a primeras la moraleja, lo cual lo haría un sermón o la sentencia moral de alguien deseoso de regir las conciencias, lo que para Borges sería un horror, para el lector borgeano algo desagradable y para un joven rebelde simplemente algo rechazable. Júntense los versos 8, 9, 11 y 12 en los que se concentra toda la fuerza del llamado:
8. El que acaricia a un animal dormido.
9. El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
11. El que prefiere que los otros tengan razón.
12. Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

    Sonarían huecos, como recomendaciones de un texto de superación personal o una página de Paulo Coelho. Borges se dio cuenta de este riesgo de concluir así el poema, no obstante las poderosas imágenes generadas por los versos que van del 1 al 7, y por eso decidió acertadamente introducir una coda, que recupera el equilibrio, el verso 10 que dice: El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

    Otra sabia característica de los versos es su carácter inconcluso. Cada uno dice algo, pero el sentido queda incompleto y, de no ser por el último, el poema no se entendería. Esto, además de sólo anunciar una idea, va cargando de intensidad los versos cuyo significado sólo se resuelve en el último: Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo. Tal vez debieron escribirse con puntos suspensivos al final de cada uno, pero eso delataría una intención, además del carácter antiestético de los puntos después de cada verso:
Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire…
El que agradece que en la tierra haya música…
El que descubre con placer una etimología…
Etc.
    Por eso prefiere terminarlos poniendo un punto final, a pesar de que su sentido pleno queda inconcluso. ¿Esas personas, qué?

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

    En lo que hace a sus referentes, todos son muy culturales, librescos, al estilo de Borges, y aquí descubro otro recurso genial: podría decirse que el eje sobre el cual gira todo el poema es el primer verso: Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
    ¿Quién es Voltaire? ¿Por qué quiere que los hombres cultiven su jardín? Como se sabe, la novela más conocida de Voltaire* es Cándido, que narra las andanzas y viajes de este personaje desbordante de optimismo, que considera al nuestro como “el mejor de todos los mundos posibles”, no obstante que la realidad lo contradice a cada momento. Al final, desengañado de todos, se retira con sus compañeros para descubrir que la verdadera felicidad consiste “en cultivar nuestro huerto”.
    Un hombre que llega a esta conclusión no es cualquier hombre, se necesita una vida rica en experiencias y mucha sabiduría para aceptarla: Epicuro, Séneca, Marco Aurelio, Pascal y Voltaire son algunos que lo han logrado. Por eso digo que este verso rige todo el poema: agradecer lo bello que existe sobre la tierra (la música, la literatura de Stevenson), hallar placer en un descubrimiento (así sea la raíz de una palabra), concentrarse en un juego (el silencioso ajedrez), hacer bien nuestro trabajo (una pieza de cerámica, la tipografía de una página), leer la Divina Comedia, acariciar a un animal dormido, quedarnos callados y decir está bien, tú tienes la razón, se asemejan mucho a la acción de Cándido: retirarse a cultivar su jardín.
    El oído era el recurso principal de este hombre que escribía al final de su vida casi completamente ciego; de allí que emplee la anáfora, esa figura retórica que consiste en repetir una palabra o frase (El que, presente en la mitad de los versos) al inicio de los versos, para darles ritmo y armonía; eso, y la consonancia lograda con los que, de los que un escritor menos hábil huiría presuroso, Borges los emplea audazmente para darle musicalidad al poema.
   Tal vez no sabía lo que era un verso libre cuando leí por primera vez el poema; tal vez no había leído el Cándido ni la Divina Comedia ni a Stevenson; quizá no había reparado en el placer que representa hallar la etimología de una palabra, ni había reflexionado en el trabajo del artesano o el tipógrafo, mucho menos sabía lo que era una anáfora, la consonancia, etc., pero el poema me agradó. Las imágenes que provoca cada verso son poderosas y sirven para construir ese pequeño universo apacible, redondo y ordenado, donde lo bello y lo bueno se conjugan para generar esa sensación de paz, reconciliación y bienestar que queda al final.

    En otra ocasión trataré de responder por qué también El Inquisidor, del mismo autor,  es otro de mis favoritos, si trata de alguien que condenó a la hoguera a sus semejantes durante gran parte de su vida. Como ven, no es lo que dice lo que atrae, sino el cómo se dice.

LAS SEMILLAS DE LA IRA

                Las semillas de la ira
NOÉ AGUDO

Es poco evidente la relación que existe entre ciertos comportamientos y las ideas que los impulsan. Uno se limita a pensar que algunos grupos o individuos actúan de cierta manera  porque así son, casi naturalmente. Por eso, aunque condenable, se comprende que un grupo de fanáticos islámicos destruya con mazos antiguas estatuas que son patrimonio cultural de la humanidad; así son de terribles, pensamos, son fanáticos y nunca nos cuestionamos el porqué de ese fanatismo y afán destructor.
    De ahí que cuando otro grupo de fanáticos pintarrajea el Ángel de la Independencia, el Hemiciclo a Juárez, incendia una de las puertas de Palacio Nacional o destruye los jarrones que adornan el Paseo de la Reforma en la ciudad de México, pocos se atreven a decir algo e incluso hay quienes intentan justificarlos. No he leído nada más falaz ni demagógico como lo siguiente: “Una puerta no es nada ante la desaparición de 43 jóvenes”. Es cierto, mil puertas pagaríamos con gusto si eso los trajera de regreso, pero incendiar la puerta de un edificio patrimonio de todos los mexicanos es tan imbécil como inútil para hacer que vuelvan.
    Pero el afán destructor exhibe la motivación de quien destruye: resentimiento, odio, fanatismo, incapacidad de comprender y considerar a los demás, afán de destruir lo existente pues nada vale sino lo que vendrá, cuando algún día la “justicia revolucionaria”, o divina, borre de raíz todo para empezar a partir de cero. Es decir, se sacrifica el presente en aras de un futuro inexistente. Y destruir todo no significa acabar sólo con los monumentos o vestigios arqueológicos y artísticos, sino con los “enemigos”, los que detentan el poder, los que “representan al Estado”, los que no piensan como ellos. Para este pensamiento no hay reformas o caminos intermedios, es el todo o nada.
    Se dirá que en realidad los destructores no tienen ideas, sino creencias, y es cierto. Pero esas creencias están basadas en teorías que gozan de cabal salud en escuelas, círculos académicos, políticos e intelectuales. Se ha comprobado que algunos líderes terroristas e integrantes del Estado islámico no sólo viven sino que han estudiado en prestigiosas universidades de Inglaterra, Alemania y Francia. Y los que pintarrajean y destruyen los monumentos en México no son ignorantes analfabetas, sino estudiantes y profesores que se supone estudian o han estudiado.
    ¿Cómo explicar este hecho absurdo y contradictorio? Un término ayuda a explicarlo, fundamentalismo, el cual se define como “la actitud contraria a cualquier cambio o desviación en las doctrinas y las prácticas que se consideran esenciales e inamovibles en un sistema ideológico, especialmente religioso o político”. Si los yihadistas y extremistas del Estado islámico responden a un fundamentalismo religioso, los comportamientos que hemos visto en Oaxaca, Guerrero y el Distrito Federal corresponden a un fundamentalismo político (que mucho tiene de religioso, principalmente en su ceguera intelectual y en su condena mortal a quienes piensan diferente).
    Toda ideología o creencia es una visión falsa de la realidad, pero ambas nos permiten actuar y afirmarnos en la realidad. Nadie guía todos sus actos por medio del conocimiento científico (un conocimiento sujeto a prueba), de allí que algunos más, algunos menos, recurran a versiones provisionales de la realidad, que por lo regular son reducciones y esquemas, es decir, ideologías o creencias de teorías escasamente comprendidas. Y este es el suelo fértil del fundamentalismo.
    Karl Popper, filósofo de la ciencia, denomina historicistas a las teorías que derivan en ideologías fundamentalistas. Una teoría historicista es aquella que concibe la historia como determinada por Dios, por el desarrollo de la razón, la lucha de clases o las relaciones de producción; aquella que considera la vida económica y política como algo que los individuos tienen escaso o nulo poder de alterar; la que cree en el desarrollo de la humanidad como algo racional, coherente y por tanto predecible, y que atribuye a la historia un  sentido secreto, una coordinación lógica y un orden, a pesar de la infinita variedad de sucesos, episodios e individuos que la conforman.
    Pero la historia no tiene orden, lógica, sentido ni mucho menos una dirección; son los historiadores los que la hacen coherente e inteligible a partir de un particular punto de vista, de una determinada perspectiva, lo cual la hace ser siempre una interpretación. Por eso no se puede decir que disciplinas como la economía o la sociología logren detectar por anticipado, “científicamente”, lo que ocurrirá. A lo sumo pueden identificar una tendencia histórica, la cual estará condicionada por factores imposibles de reproducir en otras épocas y lugares.
    Según Popper, las teorías historicistas se equivocan cuando tratan de equiparar unas inexistentes leyes sociales con las naturales, pues eso es pretender que los acontecimientos humanos se comporten como los objetos con la ley de la gravedad, o las mareas en relación a los movimientos de la luna. En la naturaleza, si bien es posible predecir un eclipse, esto es factible ya que el sistema solar es estacionario y repetitivo, y se halla aislado de otros sistemas mecánicos; no sucede así con el hombre, cuya conducta futura es impredecible porque es capaz de transformarla conscientemente, y menos aun cuando se encuentra en interrelación múltiple con otras conductas individuales.
    Quienes creen que se puede profetizar el futuro realizan construcciones irreales, imaginan sociedades “adonde la marcha consciente” de la humanidad puede conducirnos. Incluso consideran posible identificar los agentes que pueden realizar esa marcha: un pueblo elegido, el gobierno de un tipo especial de hombres (Platón), una clase social determinada (el proletariado), una raza especial (la raza aria) o un hombre providencial (los caudillos e iluminados de las sociedades subdesarrolladas).
    De estas teorías surgen las creencias fundamentalistas: ningún cambio es posible ni verdadero si no gobierna el pueblo elegido, o los filósofos, o los militares, o el pueblo, o la raza aria o el hombre incorruptible. Las ocasiones en que ha sido posible hacerlas realidad (cercanos en el tiempo tenemos los casos del fascismo y el socialismo) los resultados han sido totalmente contrarios de los de una sociedad ideal. Han engendrado totalitarismos, dictaduras y una desastrosa situación económica. Las utopías devienen en distopías.
   Lo que propone Popper contra esa concepción de la historia es una reforma gradual  o la “ingeniería fragmentaria”. Explica: “Una vez que nos damos cuenta, sin embargo, de que no podemos traer el cielo a la tierra, sino sólo mejorar las cosas un poco, también vemos que sólo podemos mejorarlas poco a poco”. Es decir, si no es posible cambiarlo todo en función de un designio global, lo que hay que hacer es ir ajustando gradualmente lo que con certeza ha permitido a la humanidad avanzar. En esta tarea cumplen un papel importante las instituciones, capaces de contener, equilibrar y vigilar el poder, y que se relacionan con su teoría del conocimiento, la cual plantea que toda verdad es siempre una hipótesis o una teoría que pretenden resolver un problema, y dura y funciona mientras no aparece otra mejor que la supere (la “falsee”).
    Alguna vez pregunté a un profesor con estudios de maestría y doctorado por qué no se estudiaba en el CCH a Karl Popper, un filósofo de la ciencia imprescindible en este tipo de cuestiones. No me respondió, tal vez porque se le considera difícil de entender o porque se piensa que es sólo para niveles avanzados de estudio, cuando es precisamente lo contrario. Mi pregunta se debía a que aún observo el predominio de corrientes “historicistas” en la enseñanza de las ciencias sociales, tal como en los años sesenta y setenta del siglo pasado, cuando, intoxicados por una vulgata marxista, los jóvenes con preocupaciones sociales y políticas pensábamos que la única opción erala guerrilla para “transformar de raíz las estructuras sociales”.
    Desmentida por la realidad, fracasados los sistemas que contribuyó a erigir, incumplidas cualesquiera de sus profecías, urge atender otras teorías que, sin proponerse el advenimiento de la utopía, logren formar ciudadanos capaces de actuar en su entorno con acciones que modifiquen realmente una sociedad a todas luces injusta y desigual. Tal vez con ello logremos transformar el conformismo generalizado, el embotamiento de la conciencia, la indiferencia ante una clase política inepta, corrupta e impune, y alejemos por siempre esos comportamientos irracionales mencionados al principio de este artículo.
    Esta es también la invitación a un curso que organizaré sobre Karl Popper para el próximo periodo interanual.

Los libros que recomiendo para el conocimiento de la filosofía política de Karl Popper, especialmente, ya que filosofía de la ciencia y filosofía política forman parte de un mismo todo estrechamente imbricado en su obra:
·         La sociedad abierta y sus enemigos (en México lo edita Paidós).
·         La miseria del historicismo (Alianza Editorial).
·         La responsabilidad de vivir. Escritos sobre política, historia y conocimiento (también de Paidós).


XITECOS

Xitecos
NOÉ AGUDO

Esta voz debe pronunciarse shitecos, pues así la dicen sus dueños, un grupo indígena de la sierra sur de quienes hoy quiero desgranar algunos recuerdos porque su sobrevivencia misma es toda una epopeya. Si digo cuál es la población de donde son originarios nadie podrá ubicarlos: dominicos y franciscanos bautizaron con los mismos nombres los poblados indígenas atomizados en la sierra: San José, Santa María, Santa Catalina, San Francisco y todos los santos que se les ocurrían.
    En cambio, si digo Santa Cruz Xitla y agrego que pertenece al distrito de Miahuatlán muchos podrán trazar sus coordenadas porque esta población es conocida al menos por tres hechos: allí fue donde Porfirio Díaz y su Ejército de Oriente derrotaron a los franceses el tres de octubre de 1866; allí fue el epicentro para apreciar el eclipse total de sol ocurrido el siete de marzo de 1970, y allí fue la puerta de entrada a la sierra adonde los hippies más golosos iban en busca de hongos alucinógenos.
    Xitla (“Lugar de estrellas”) es una aldea situada catorce kilómetros al poniente de Miahuatlán. De terrenos áridos y pedregosos, algunos la consideran una de las primeras poblaciones de la sierra, y otros la tienen como una de las últimas del valle. Si consideramos la orografía y consistencia de su terreno, tiene más de valle que de sierra, y este hecho es el que definió el carácter de los xitecos que conocí. Con tierras magras para la agricultura, sin abundantes periodos de lluvia y un terreno casi yermo, los xitecos debieron inventar otras formas de sobrevivencia. Una de ellas fue el comercio.
    Pequeños, enjutos, pero duros como un resistente cuero viejo, se internaban en la sierra acompañados de uno o dos borricos. Eran capaces de caminar día y noche sin que el cansancio pudiera vencerlos; bajo el sol o la lluvia, contra el viento y las sombras, avanzaban tenaces y sólo se detenían cuando habían llegado a un ranchito donde el cacarear de las gallinas, el verdor de los platanares o los campos cuadriculados de aromáticas piñas les indicaban que podían trocar esos productos por el jabón y la panela que llevaban consigo. Algunas veces llevaban también agujas, hilos y tal vez unos metros de percal que, sabían, los serranos requerían con urgencia. Entonces no sólo intercambiaban los productos que llevaban del valle, sino que hacían algunas ventas extras con la que podían comprar un cerdo o chivos que representaban más ganancias.
     Siempre eran justos, nunca se sobrepasaban. Cuando las piñas o el plátano maduraban en los huertos, o se habían reunido suficientes “blanquillos”, todos deseaban que llegara “el xiteco”. A mí me asombraba que llevaran también unas piedras cuadrangulares o romboidales en el lomo de sus asnos, como para equilibrar la carga; esto era porque los campesinos las compraban para afilar sus machetes y cuchillos. La prueba para un pretendiente era afilar un gran machete, sacarle un agudísimo filo y luego pasar por encima el pulgar, como si se tocara una cuerda; si producía un sonido melodioso y vibraba en el aire, se trataba de un buen filo y el pretendiente pasaba la prueba ante padre y hermanos de la muchacha. Para eso eran las piedras volcánicas que sólo se conseguían en la pedregosa zona de los xitecos. También llevaban unos grandes cestos tejidos de carrizo, la única planta que crecía en sus arroyuelos resecos.
    Yo me entretenía mirando cómo empacaban los huevos para que no se rompieran. Los envolvían con hojas secas de maíz, los ataban y luego los acomodaban uno a uno, casi con ternura, en unos canastos. Para los plátanos usaban unas amplias redes llamadas barcinas. Primero las llenaban de hojas secas con las que creaban una especie de forro y sobre éste iban colocando las pencas. Cada red debía pesar cuarenta o cincuenta kilos, dependiendo de la resistencia del asno que las llevaría. Era increíble cómo podían soportar fardos tan pesados, ochenta o cien kilos en total. Los burritos se parecían a sus amos: pequeños, mansos, resistentes. Alguna vez, bajo una lluvia intensa, me tocó presenciar cómo sus pezuñas resbalaban sobre las duras piedras cubiertas de lodo, los borricos caían y luego se volvían a  levantar resoplando por sus amplias fosas nasales. Nada los detenía, ya fuera que chapotearan entre el lodo, avanzaran sobre la roca dura o se hundieran en la candente arena.  
    Cuando empecé a viajar con mi papá, para mí era una alegría encontrar a un xiteco en los parajes solitarios de la sierra. Me oprimía tanta soledad y el mutismo de mi padre. Además, los xitecos sabían todo sobre el camino. Miraban el cielo para decidir si las nubes se volverían lluvia o simplemente se alejarían. Por el verdor de la fronda adivinaban dónde había un aguaje o estaba el mejor pasto. No acostumbraban acompañar a extraños y entre ellos mismos sólo se juntaban dos o tres, no hacían grandes grupos. Esto era porque debían economizar al máximo; no podían parar en un rancho y comprar comida para ellos y pastura para sus borricos, por ejemplo. Todo lo tomaban del campo, así que era mejor echar a pastar dos o tres asnos que diez o doce.
      Un recuerdo intenso grabado en mi memoria es el de una noche en que llegamos a una posada, una choza que servía de cocina y un galerón cubierto y cercado con tejamanil, donde los viajeros podíamos dormir y proteger la carga. Había llovido toda la tarde y noche y por eso nadie quería quedarse al descampado. Como llegamos atrasados, la mayor parte estaba ya ocupada. Así que tuvimos que pasar por sobre varios cuerpos despatarrados sobre el suelo y entre una singular sinfonía de ronquidos. Con la lámpara de pilas mi padre iluminaba nuestro avance y fácilmente pude reconocer a los xitecos: eran los que dormían teniendo una piedra como almohada. 
    Sin embargo, cuando pude comprobar su rudeza y fortaleza fue cuando ya era un poco mayor. Me habían enviado a estudiar a la ciudad y al final del ciclo yo iba a pasar las vacaciones con mis padres. Aún no había carretera, así que si mi padre no iba con un caballo por mí, debía llegar caminando. Como en esa ocasión, en la que para darles una sorpresa no avisé. El problema fue que cuando arribé a Miahuatlán todos mis paisanos se habían ido; no quedaba nadie para llevarse mi mochila en alguna de sus mulas. Hallé a tres xitecos y por suerte iban para allá. Les pregunté si uno de sus borricos podría llevar mi mochila y contestaron que sí. Saldremos a las tres de la mañana, dijeron.
    Allí estuve puntual, pusieron mi mochila en medio de la carga y comenzamos a avanzar. En Cuixtla se detendrán para desayunar, pensé; pero no, siguieron como si ya lo hubieran hecho. Bueno, en algún momento se detendrán para hacerlo, me consolé. Pero ellos continuaron. Pasamos La Charca, un pequeño lago en el cráter de un volcán apagado; Santa María, una población que vive de un poderoso afluente surgido de una montaña; subimos el enorme cerro frente a ella, y en la cima (ya era mediodía) me acerqué al ranchito donde en otras ocasiones había comido con mi padre; compré dos tortillas y corrí a alcanzarlos; ni el sol ni el viento ni los paisajes más excelsos los detenían. Cruzamos Cerro Águila, pasamos los terrenos de San Miguel y sólo hasta llegar a una densa ocotera, cercanos ya los terrenos de mi población, se detuvieron un poco. El motivo era que habían visto tres cacalotes negrísimos (cuervos, supongo) que graznaban en las alturas. Las aves pasaron raudas y ellos las siguieron con la mirada. Rieron y sólo entonces uno me dijo.
    −¿Sabes para qué sirven?
    −No –le respondí.
    −Quien baña sus cabellos en la sangre del cacalote jamás tendrá canas. Mira a Joaquín –y levantó ágilmente el sombrero del más viejo−. No tiene ni una cana. ¡Ah, si pudiéramos agarrar uno!
    No sabía si bromeaban o decían la verdad, pero agradecí que por primera vez me hablaran. Entonces uno de ellos se acercó a un pollino, descolgó una red y extrajo tortillas duras de su interior. Repartió una a cada uno y siguieron caminando. ¡Dios, eso era su desayuno y comida que tomarían ya cerca de las cuatro de la tarde! Otro sacó una botella de un bolsillo de su calzón de manta, le dio un trago y la pasó a los demás. El aire limpio de las montañas esparció el aroma y supe que era mezcal. El más viejo me ofreció la botella con cierta picardía y yo aproveché el gesto de confianza para ir a mi mochila y sacar un jugo enlatado. Rieron, continuaron caminando y comiendo, y de tanto en tanto daban sorbos a la botella.
    Yo tenía las piernas adoloridas, la boca reseca y sentía fuego en las plantas de los pies cuando hicieron un alto donde el camino se bifurcaba en dos: uno iba hacia los ranchos de tierra caliente, por donde ellos seguirían, y el otro continuaba hacia el pueblo, a corta distancia ya.
    −Aquí nos separamos –dijo el que bajaba mi mochila−, nosotros continuamos para abajo.
    −Muchas gracias por su ayuda –les respondí, al tiempo que me dejaba caer con mi mochila a un lado del camino. Ya no me pude levantar. Tuve que esperar a que pasara un paisano para pedirle que avisara a mi casa que vinieran por mí. Habíamos recorrido lo que normalmente se hacía en dos días en apenas dieciséis horas. Esa era la fortaleza de los xitecos.
Su suerte cambió. Alguien descubrió que esa tierra aparentemente estéril era ideal para producir un tipo especial de tomate: rugoso, dulce, un verdadero pomme de terre con el cual se prepara la más deliciosa salsa que alguien pueda probar, y también muchas otras hortalizas y flores. Hoy día Xitla es el vergel de Miahuatlán. Sus habitantes han mejorado su nivel de vida, traen camionetas, sus hijos estudian y ya no van a la sierra.
    Lo más reciente que supe de ellos fue el enfrentamiento que tuvieron con los pseudo profesores de la sección 22. Hartos de los abusos, del abandono en que tienen a sus hijos y de que jamás han visto un ciclo completo de estudios, exigieron que ya no regresaran y los echaron cuando éstos quisieron hacerlo. Es la misma reacción que otras poblaciones de la región han tenido hacia esos parásitos. Y desde luego, mi solidaridad y mi corazón están con ellos, con los xitecos, esos héroes anónimos de la montaña.
   


           

  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...