Las semillas de la ira
NOÉ AGUDO
Es poco evidente la
relación que existe entre ciertos comportamientos y las ideas que los impulsan.
Uno se limita a pensar que algunos grupos o individuos actúan de cierta
manera porque así son, casi naturalmente.
Por eso, aunque condenable, se comprende que un grupo de fanáticos islámicos
destruya con mazos antiguas estatuas que son patrimonio cultural de la humanidad;
así son de terribles, pensamos, son fanáticos y nunca nos cuestionamos el
porqué de ese fanatismo y afán destructor.
De ahí que cuando otro grupo de fanáticos
pintarrajea el Ángel de la Independencia, el Hemiciclo a Juárez, incendia una
de las puertas de Palacio Nacional o destruye los jarrones que adornan el Paseo
de la Reforma en la ciudad de México, pocos se atreven a decir algo e incluso
hay quienes intentan justificarlos. No he leído nada más falaz ni demagógico
como lo siguiente: “Una puerta no es nada ante la desaparición de 43 jóvenes”.
Es cierto, mil puertas pagaríamos con gusto si eso los trajera de regreso, pero
incendiar la puerta de un edificio patrimonio de todos los mexicanos es tan imbécil
como inútil para hacer que vuelvan.
Pero el afán destructor exhibe la
motivación de quien destruye: resentimiento, odio, fanatismo, incapacidad de
comprender y considerar a los demás, afán de destruir lo existente pues nada
vale sino lo que vendrá, cuando algún día la “justicia revolucionaria”, o
divina, borre de raíz todo para empezar a partir de cero. Es decir, se
sacrifica el presente en aras de un futuro inexistente. Y destruir todo no
significa acabar sólo con los monumentos o vestigios arqueológicos y artísticos,
sino con los “enemigos”, los que detentan el poder, los que “representan al
Estado”, los que no piensan como ellos. Para este pensamiento no hay reformas o
caminos intermedios, es el todo o nada.
Se dirá que en realidad los destructores no
tienen ideas, sino creencias, y es cierto. Pero esas creencias están basadas en
teorías que gozan de cabal salud en escuelas, círculos académicos, políticos e
intelectuales. Se ha comprobado que algunos líderes terroristas e integrantes
del Estado islámico no sólo viven sino que han estudiado en prestigiosas universidades
de Inglaterra, Alemania y Francia. Y los que pintarrajean y destruyen los monumentos
en México no son ignorantes analfabetas, sino estudiantes y profesores que se
supone estudian o han estudiado.
¿Cómo explicar este hecho absurdo y
contradictorio? Un término ayuda a explicarlo, fundamentalismo, el cual se define como “la actitud contraria a
cualquier cambio o desviación en las doctrinas y las prácticas que se
consideran esenciales e inamovibles en un sistema ideológico, especialmente
religioso o político”. Si los yihadistas y extremistas del Estado islámico
responden a un fundamentalismo religioso, los comportamientos que hemos visto
en Oaxaca, Guerrero y el Distrito Federal corresponden a un fundamentalismo
político (que mucho tiene de religioso, principalmente en su ceguera intelectual
y en su condena mortal a quienes piensan diferente).
Toda ideología o creencia es una visión
falsa de la realidad, pero ambas nos permiten actuar y afirmarnos en la
realidad. Nadie guía todos sus actos por medio del conocimiento científico (un
conocimiento sujeto a prueba), de allí que algunos más, algunos menos, recurran
a versiones provisionales de la realidad, que por lo regular son reducciones y
esquemas, es decir, ideologías o creencias de teorías escasamente comprendidas.
Y este es el suelo fértil del fundamentalismo.
Karl Popper, filósofo de la ciencia,
denomina historicistas a las teorías
que derivan en ideologías fundamentalistas. Una teoría historicista es aquella que concibe la historia como determinada
por Dios, por el desarrollo de la razón, la lucha de clases o las relaciones de
producción; aquella que considera la vida económica y política como algo que
los individuos tienen escaso o nulo poder de alterar; la que cree en el
desarrollo de la humanidad como algo racional, coherente y por tanto
predecible, y que atribuye a la historia un
sentido secreto, una coordinación lógica y un orden, a pesar de la
infinita variedad de sucesos, episodios e individuos que la conforman.
Pero la historia no tiene orden, lógica,
sentido ni mucho menos una dirección; son los historiadores los que la hacen
coherente e inteligible a partir de un particular punto de vista, de una
determinada perspectiva, lo cual la hace ser siempre una interpretación. Por eso
no se puede decir que disciplinas como la economía o la sociología logren
detectar por anticipado, “científicamente”, lo que ocurrirá. A lo sumo pueden
identificar una tendencia histórica, la cual estará condicionada por factores
imposibles de reproducir en otras épocas y lugares.
Según Popper, las teorías historicistas se
equivocan cuando tratan de equiparar unas inexistentes leyes sociales con las naturales,
pues eso es pretender que los acontecimientos humanos se comporten como los
objetos con la ley de la gravedad, o las mareas en relación a los movimientos de
la luna. En la naturaleza, si bien es posible predecir un eclipse, esto es
factible ya que el sistema solar es estacionario y repetitivo, y se halla
aislado de otros sistemas mecánicos; no sucede así con el hombre, cuya conducta
futura es impredecible porque es capaz de transformarla conscientemente, y menos
aun cuando se encuentra en interrelación múltiple con otras conductas
individuales.
Quienes creen que se puede profetizar el
futuro realizan construcciones irreales, imaginan sociedades “adonde la marcha
consciente” de la humanidad puede conducirnos. Incluso consideran posible
identificar los agentes que pueden realizar esa marcha: un pueblo elegido, el
gobierno de un tipo especial de hombres (Platón), una clase social determinada
(el proletariado), una raza especial (la raza aria) o un hombre providencial
(los caudillos e iluminados de las sociedades subdesarrolladas).
De estas teorías surgen las creencias
fundamentalistas: ningún cambio es posible ni verdadero si no gobierna el
pueblo elegido, o los filósofos, o los militares, o el pueblo, o la raza aria o
el hombre incorruptible. Las ocasiones en que ha sido posible hacerlas realidad
(cercanos en el tiempo tenemos los casos del fascismo y el socialismo) los
resultados han sido totalmente contrarios de los de una sociedad ideal. Han
engendrado totalitarismos, dictaduras y una desastrosa situación económica. Las
utopías devienen en distopías.
Lo que propone Popper contra esa concepción
de la historia es una reforma gradual o la
“ingeniería fragmentaria”. Explica: “Una vez que nos damos cuenta, sin embargo,
de que no podemos traer el cielo a la tierra, sino sólo mejorar las cosas un poco, también vemos que sólo podemos
mejorarlas poco a poco”. Es decir, si
no es posible cambiarlo todo en función de un designio global, lo que hay que
hacer es ir ajustando gradualmente lo que con certeza ha permitido a la
humanidad avanzar. En esta tarea cumplen un papel importante las instituciones,
capaces de contener, equilibrar y vigilar el poder, y que se relacionan con su
teoría del conocimiento, la cual plantea que toda verdad es siempre una
hipótesis o una teoría que pretenden resolver un problema, y dura y funciona
mientras no aparece otra mejor que la supere (la “falsee”).
Alguna vez pregunté a un profesor con
estudios de maestría y doctorado por qué no se estudiaba en el CCH a Karl
Popper, un filósofo de la ciencia imprescindible en este tipo de cuestiones. No
me respondió, tal vez porque se le considera difícil de entender o porque se
piensa que es sólo para niveles avanzados de estudio, cuando es precisamente lo
contrario. Mi pregunta se debía a que aún observo el predominio de corrientes “historicistas”
en la enseñanza de las ciencias sociales, tal como en los años sesenta y
setenta del siglo pasado, cuando, intoxicados por una vulgata marxista, los
jóvenes con preocupaciones sociales y políticas pensábamos que la única opción
erala guerrilla para “transformar de raíz las estructuras sociales”.
Desmentida por la realidad, fracasados los
sistemas que contribuyó a erigir, incumplidas cualesquiera de sus profecías,
urge atender otras teorías que, sin proponerse el advenimiento de la utopía,
logren formar ciudadanos capaces de actuar en su entorno con acciones que
modifiquen realmente una sociedad a todas luces injusta y desigual. Tal vez con
ello logremos transformar el conformismo generalizado, el embotamiento de la
conciencia, la indiferencia ante una clase política inepta, corrupta e impune, y
alejemos por siempre esos comportamientos irracionales mencionados al principio
de este artículo.
Esta es también la invitación a un curso
que organizaré sobre Karl Popper para el próximo periodo interanual.
Los libros que
recomiendo para el conocimiento de la filosofía política de Karl Popper,
especialmente, ya que filosofía de la ciencia y filosofía política forman parte
de un mismo todo estrechamente imbricado en su obra:
·
La sociedad abierta y sus enemigos (en México lo edita
Paidós).
·
La miseria del historicismo (Alianza Editorial).
·
La responsabilidad de vivir. Escritos sobre política, historia y
conocimiento (también de Paidós).
No hay comentarios:
Publicar un comentario