domingo, 12 de abril de 2015

LAS SEMILLAS DE LA IRA

                Las semillas de la ira
NOÉ AGUDO

Es poco evidente la relación que existe entre ciertos comportamientos y las ideas que los impulsan. Uno se limita a pensar que algunos grupos o individuos actúan de cierta manera  porque así son, casi naturalmente. Por eso, aunque condenable, se comprende que un grupo de fanáticos islámicos destruya con mazos antiguas estatuas que son patrimonio cultural de la humanidad; así son de terribles, pensamos, son fanáticos y nunca nos cuestionamos el porqué de ese fanatismo y afán destructor.
    De ahí que cuando otro grupo de fanáticos pintarrajea el Ángel de la Independencia, el Hemiciclo a Juárez, incendia una de las puertas de Palacio Nacional o destruye los jarrones que adornan el Paseo de la Reforma en la ciudad de México, pocos se atreven a decir algo e incluso hay quienes intentan justificarlos. No he leído nada más falaz ni demagógico como lo siguiente: “Una puerta no es nada ante la desaparición de 43 jóvenes”. Es cierto, mil puertas pagaríamos con gusto si eso los trajera de regreso, pero incendiar la puerta de un edificio patrimonio de todos los mexicanos es tan imbécil como inútil para hacer que vuelvan.
    Pero el afán destructor exhibe la motivación de quien destruye: resentimiento, odio, fanatismo, incapacidad de comprender y considerar a los demás, afán de destruir lo existente pues nada vale sino lo que vendrá, cuando algún día la “justicia revolucionaria”, o divina, borre de raíz todo para empezar a partir de cero. Es decir, se sacrifica el presente en aras de un futuro inexistente. Y destruir todo no significa acabar sólo con los monumentos o vestigios arqueológicos y artísticos, sino con los “enemigos”, los que detentan el poder, los que “representan al Estado”, los que no piensan como ellos. Para este pensamiento no hay reformas o caminos intermedios, es el todo o nada.
    Se dirá que en realidad los destructores no tienen ideas, sino creencias, y es cierto. Pero esas creencias están basadas en teorías que gozan de cabal salud en escuelas, círculos académicos, políticos e intelectuales. Se ha comprobado que algunos líderes terroristas e integrantes del Estado islámico no sólo viven sino que han estudiado en prestigiosas universidades de Inglaterra, Alemania y Francia. Y los que pintarrajean y destruyen los monumentos en México no son ignorantes analfabetas, sino estudiantes y profesores que se supone estudian o han estudiado.
    ¿Cómo explicar este hecho absurdo y contradictorio? Un término ayuda a explicarlo, fundamentalismo, el cual se define como “la actitud contraria a cualquier cambio o desviación en las doctrinas y las prácticas que se consideran esenciales e inamovibles en un sistema ideológico, especialmente religioso o político”. Si los yihadistas y extremistas del Estado islámico responden a un fundamentalismo religioso, los comportamientos que hemos visto en Oaxaca, Guerrero y el Distrito Federal corresponden a un fundamentalismo político (que mucho tiene de religioso, principalmente en su ceguera intelectual y en su condena mortal a quienes piensan diferente).
    Toda ideología o creencia es una visión falsa de la realidad, pero ambas nos permiten actuar y afirmarnos en la realidad. Nadie guía todos sus actos por medio del conocimiento científico (un conocimiento sujeto a prueba), de allí que algunos más, algunos menos, recurran a versiones provisionales de la realidad, que por lo regular son reducciones y esquemas, es decir, ideologías o creencias de teorías escasamente comprendidas. Y este es el suelo fértil del fundamentalismo.
    Karl Popper, filósofo de la ciencia, denomina historicistas a las teorías que derivan en ideologías fundamentalistas. Una teoría historicista es aquella que concibe la historia como determinada por Dios, por el desarrollo de la razón, la lucha de clases o las relaciones de producción; aquella que considera la vida económica y política como algo que los individuos tienen escaso o nulo poder de alterar; la que cree en el desarrollo de la humanidad como algo racional, coherente y por tanto predecible, y que atribuye a la historia un  sentido secreto, una coordinación lógica y un orden, a pesar de la infinita variedad de sucesos, episodios e individuos que la conforman.
    Pero la historia no tiene orden, lógica, sentido ni mucho menos una dirección; son los historiadores los que la hacen coherente e inteligible a partir de un particular punto de vista, de una determinada perspectiva, lo cual la hace ser siempre una interpretación. Por eso no se puede decir que disciplinas como la economía o la sociología logren detectar por anticipado, “científicamente”, lo que ocurrirá. A lo sumo pueden identificar una tendencia histórica, la cual estará condicionada por factores imposibles de reproducir en otras épocas y lugares.
    Según Popper, las teorías historicistas se equivocan cuando tratan de equiparar unas inexistentes leyes sociales con las naturales, pues eso es pretender que los acontecimientos humanos se comporten como los objetos con la ley de la gravedad, o las mareas en relación a los movimientos de la luna. En la naturaleza, si bien es posible predecir un eclipse, esto es factible ya que el sistema solar es estacionario y repetitivo, y se halla aislado de otros sistemas mecánicos; no sucede así con el hombre, cuya conducta futura es impredecible porque es capaz de transformarla conscientemente, y menos aun cuando se encuentra en interrelación múltiple con otras conductas individuales.
    Quienes creen que se puede profetizar el futuro realizan construcciones irreales, imaginan sociedades “adonde la marcha consciente” de la humanidad puede conducirnos. Incluso consideran posible identificar los agentes que pueden realizar esa marcha: un pueblo elegido, el gobierno de un tipo especial de hombres (Platón), una clase social determinada (el proletariado), una raza especial (la raza aria) o un hombre providencial (los caudillos e iluminados de las sociedades subdesarrolladas).
    De estas teorías surgen las creencias fundamentalistas: ningún cambio es posible ni verdadero si no gobierna el pueblo elegido, o los filósofos, o los militares, o el pueblo, o la raza aria o el hombre incorruptible. Las ocasiones en que ha sido posible hacerlas realidad (cercanos en el tiempo tenemos los casos del fascismo y el socialismo) los resultados han sido totalmente contrarios de los de una sociedad ideal. Han engendrado totalitarismos, dictaduras y una desastrosa situación económica. Las utopías devienen en distopías.
   Lo que propone Popper contra esa concepción de la historia es una reforma gradual  o la “ingeniería fragmentaria”. Explica: “Una vez que nos damos cuenta, sin embargo, de que no podemos traer el cielo a la tierra, sino sólo mejorar las cosas un poco, también vemos que sólo podemos mejorarlas poco a poco”. Es decir, si no es posible cambiarlo todo en función de un designio global, lo que hay que hacer es ir ajustando gradualmente lo que con certeza ha permitido a la humanidad avanzar. En esta tarea cumplen un papel importante las instituciones, capaces de contener, equilibrar y vigilar el poder, y que se relacionan con su teoría del conocimiento, la cual plantea que toda verdad es siempre una hipótesis o una teoría que pretenden resolver un problema, y dura y funciona mientras no aparece otra mejor que la supere (la “falsee”).
    Alguna vez pregunté a un profesor con estudios de maestría y doctorado por qué no se estudiaba en el CCH a Karl Popper, un filósofo de la ciencia imprescindible en este tipo de cuestiones. No me respondió, tal vez porque se le considera difícil de entender o porque se piensa que es sólo para niveles avanzados de estudio, cuando es precisamente lo contrario. Mi pregunta se debía a que aún observo el predominio de corrientes “historicistas” en la enseñanza de las ciencias sociales, tal como en los años sesenta y setenta del siglo pasado, cuando, intoxicados por una vulgata marxista, los jóvenes con preocupaciones sociales y políticas pensábamos que la única opción erala guerrilla para “transformar de raíz las estructuras sociales”.
    Desmentida por la realidad, fracasados los sistemas que contribuyó a erigir, incumplidas cualesquiera de sus profecías, urge atender otras teorías que, sin proponerse el advenimiento de la utopía, logren formar ciudadanos capaces de actuar en su entorno con acciones que modifiquen realmente una sociedad a todas luces injusta y desigual. Tal vez con ello logremos transformar el conformismo generalizado, el embotamiento de la conciencia, la indiferencia ante una clase política inepta, corrupta e impune, y alejemos por siempre esos comportamientos irracionales mencionados al principio de este artículo.
    Esta es también la invitación a un curso que organizaré sobre Karl Popper para el próximo periodo interanual.

Los libros que recomiendo para el conocimiento de la filosofía política de Karl Popper, especialmente, ya que filosofía de la ciencia y filosofía política forman parte de un mismo todo estrechamente imbricado en su obra:
·         La sociedad abierta y sus enemigos (en México lo edita Paidós).
·         La miseria del historicismo (Alianza Editorial).
·         La responsabilidad de vivir. Escritos sobre política, historia y conocimiento (también de Paidós).


No hay comentarios:

Publicar un comentario

  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...