domingo, 9 de octubre de 2016

UN TEOREMA DE LA LECTURA

Un teorema de la lectura
NOÉ AGUDO

Para mi amigo, el doctor Raúl Muñoz Morales

Un silogismo categórico, aquel cuyas premisas enuncian juicios de una manera contundente y en los que el contenido se da por hecho, puede enunciar así el círculo virtuoso de la lectura: si leo más, leo mejor; mientras mejor leo, más me gusta la lectura. Y, si me gusta la lectura, más leeré.
            ¿Quién es el que no lee? Aquel que no disfruta la lectura, el que no entiende lo que lee o a quien se le dificulta leer. Cualquiera rehúye lo difícil, lo ingrato, lo que no le causa satisfacción o no le genera placer. En cambio, todos nos volvemos asiduos o adictos a lo que nos gusta y nos brinda placer (no piensen otra cosa, esto es serio).
            Cuando uno entiende lo que lee, la lectura se vuelve absorbente y el lector queda absorto; no atiende, no escucha, no hace caso de lo que sucede a su alrededor; el tiempo pasa sin sentirlo y al final queda transformado. Trátese de teorías o ideas, de historias fabulosas o descripción de lugares fantásticos, el lector experimenta ser parte de esos mundos e ideas y como tal la lectura lo transfigura. Vive una experiencia vicaria. (Tal vez esto fue lo que quiso saber la impertinente y torpe pregunta que un reportero le hizo a Peña Nieto, y como tal apuntó a una respuesta igual de torpe, porque cualquier buen lector sabe que no se pueden citar sólo tres libros que hayan modificado nuestra vida, sino que la vida es transformada continuamente por cada lectura o, en su caso, por la suma de lecturas.)
Hay quienes por disciplina o tesón se empeñan en concluir la lectura de un texto, aunque no entiendan nada, o tratan de disfrutar una música o cualquier otra obra de arte que en verdad los está aburriendo. Yo lo hice algunas veces: leí el Ulises de Joyce, y no lo disfruté; odié a Hegel porque su Filosofía de la historia se me hizo incomprensible la primera vez que la acometí; me sentía un bruto porque me aburría La canción de la tierra de Gustav Mahler, y me tuve que salir del cine cuando traté de ver El eclipse de Michelangelo Antonioni, etc.
Sólo hasta que alguien me hizo ver la necesidad de aprender a leer y no sólo conformarme con unir letras y palabras; hasta que otro autor me advirtió que W. F. Hegel fue quien inició la mistificación de los textos filosóficos con ese lenguaje enredado, y alguien más me enseñó a escuchar y afinar el oído, o me dijo que había qué contar con una base cultural previa para comprender el buen cine, etc., pude disfrutarlos. Empeñarse sin estas habilidades es un ejemplo de cómo la disciplina y la constancia —cualidad y virtud indispensables en la vida— pueden devenir en necedad. La mejor recomendación ante una lectura aburrida sería: déjala, si el libro no te place mejor abandónalo y aprende a leer. A la lectura debes llegar siempre por gusto. Ningún texto es difícil o complicado si sabes leer, por compleja que sea la materia o el asunto que trate. Y para eso están el profesor y la escuela: para enseñar a leer.
Si nos obligan a leer contra nuestra voluntad y gusto sólo aprenderemos a ser malos lectores, y tal vez a volvernos no lectores. Cuanto menos se sabe leer, más rápidamente se pierde el interés por la lectura, se le dedica menos tiempo o se la proscribe de plano de nuestras actividades. Si en apariencia esto no representa ningún problema para el obrero, el taxista o el cantinero, imaginen lo que significa para una comunidad donde la lectura es fundamental. Como la comunidad de profesores y alumnos. Pero ocurre. Es lo que sucede con quienes dan cualquier excusa para justificar que no leen: no entienden el tema, no encuentran el libro, no tienen dinero para adquirirlo o, mejor, no tienen tiempo para leer. ¿Pues, no es lo que deben de hacer?
¿Qué significa entonces saber leer? ¿Cómo aprender a leer realmente? Imparto un curso para profesores teniendo este tema como asunto central, y en los programas de estudio del CCH la necesidad de desarrollar esta habilidad en los alumnos ha estado desde sus inicios. Hoy también figura en los nuevos programas de estudio que propone la reforma educativa para los ciclos básicos, y está muy bien, pero ¿quién lo enseñará? ¿Los de la CNTE? ¿Los que ni siquiera saben leer, o quienes creen que leer es sólo saber enlazar letras y palabras?
Es verdad, para muchos tal vez no sea necesario tomar un curso para adquirir esta habilidad. Un lector atento que subraya, toma notas, aprehende las ideas principales y es capaz de repasar mentalmente lo que dice el capítulo o el libro entero, es un lector hábil que se ha hecho a sí mismo, sabe leer y ha seguido, sin saberlo, puntualmente las proposiciones del silogismo inicial. Y no necesariamente es un lector voraz, porque éste no siempre es un buen lector; a un devorador de libros lo podemos reconocer por su enorme biblioteca, porque siempre lo vemos con varios libros bajo el brazo, pero ni en sus juicios ni en sus habilidades intelectuales ni en su saber se aprecia el aprovechamiento de sus lecturas.   
A un buen lector se le identifica por su reacción ante las lecturas: conoce el tema, puede parafrasearlo, aprovecha lo leído, lo aplica a sus actividades profesionales y cotidianas, o inclusive para presentar un examen, en un terreno más práctico; pero, en un nivel más elevado, Shakespeare o Cervantes, Bacon o Montaigne, Plutarco o Píndaro, antes de ser grandes escritores fueron excelentes lectores, y lo mismo Pericles, Platón, César, Marx, Churchill o Mandela. Crear, explicar y dirigir, hacerlo bien, representa una suma de lecturas bien realizadas. Antes de pasar a la relación que existe entre lectura y escritura, recomiendo el libro que sirve de base al curso que imparto para enseñar a leer: se llama precisamente Cómo leer un libro, y es de Mortimer J. Adler y Charles van Doren (Debate, 2001).
La relación intrínseca entre lectura y escritura se puede resumir así: Uno no es el que escribe, y no porque un espíritu demoniaco se posesione de nuestra mente para hacernos escribir en trance lo que dicta, sino porque quien escribe es el lector que todos hemos formado. Enséñame cómo escribes y te diré qué tipo de lector eres.
Olvidemos por un momento la tradición, el vocabulario, la inspiración, los mundos imaginarios, la capacidad de fantasear e imaginar que nos despiertan y aportan las buenas lecturas, y centrémonos en algo más trivial y pragmático: ¿cómo influye la lectura para redactar una carta, una reseña o un informe? Si uno es un buen lector redactará bien cada uno de esos documentos. Eficientes secretarias son capaces de redactar impecablemente una carta, lo cual no podría hacer un doctor en letras. ¿Por qué? Sucede así porque no es uno quien escribe, sino ese lector que cada uno ha formado. Todo escritor experimentado sabe que el verdadero proceso de la escritura inicia con la corrección, y que ésta depende del ojo crítico y la sensibilidad del corrector. Un buen lector detecta, además de las faltas gramaticales, oraciones mal construidas, repeticiones, ripios, lugares comunes, imprecisiones y aun la eufonía de una frase; es decir, es un excelente corrector y por tanto es él quien escribe realmente el texto. El escritor no funciona si no cuenta con un hábil corrector como ángel guardián y éste no podría existir sin el lector que sí sabe leer. Son tres personas distintas y un solo ser verdadero.
Así, pues, podemos resumir la comprensión lectora en este círculo virtuoso: mientras más leemos, mejor leemos, y mientras mejor leemos, más leemos; círculo virtuoso que suena a paradoja porque cada una de las proposiciones depende de la otra y lleva a la misma conclusión, a la vez que un silogismo donde cada premisa es conclusión de las otras, y un teorema porque cada proposición es un axioma que no requiere demostración.
Igual podríamos hacer un divertido ensayito con el siguiente enunciado: mientras más se sabe, más se comprende, el cual nos remitiría a la antigua proposición socrática: Yo sólo sé que no sé nada, la cual es la meta anhelada de todo auténtico sabio.

NOTA:
Las  anteriores reflexiones son el resultado de las siguientes lecturas realizadas en diferentes momentos: Leer, de Gabriel Zaid (Océano, 2012); Lecturas sobre la lectura, de Alberto Manguel (Océano, 2011); Leer y comprender. Psicología de la lectura, de Caroline Golder y Daniel Gaonac’h (Siglo Veintiuno Editores, 2007), y el ya mencionado de Mortimer Adler y Charles van Doren que, aunque viejito (fue publicado por primera vez en 1940), sigue siendo el texto clásico y básico para aprender a leer.


TENSAR EL ARCO
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DE LOS ESTUDIOS DE POSGRADO
Lo que escribe aquí Manuel Gil Antón (http://www.eluniversal.com.mx/entrada-de-opinion/articulo/manuel-gil-anton/nacion/2016/10/8/maestros-improvisados) es verdad: todos los profesores de bachillerato y de estudios superiores somos improvisados. No hay ninguna carrera que prepare docentes para estos ciclos y se llame “Licenciado en educación media superior o superior”. ¿Quiénes llegan entonces a la docencia en estos niveles? Los fracasados (con sus excepciones), los que nunca han podido ejercer lo que mal aprendieron, los que nunca han confrontado sus débiles conocimientos con la aplicación práctica. Ahora, como también lo informa el maestro Manuel Gil Antón, las universidades y otros centros educativos han empezado a exigir estudios de maestría o de preferencia de doctorado para impartir clases en los niveles medio superior y superior. Otro criterio equivocado y otra vana ilusión: conozco maestros y doctores que ni siquiera se saben expresar oralmente, así que menos logran poner por escrito una idea coherente. ¿Mejora la enseñanza realmente cuanto mayores grados académicos tengan los docentes?  Pregunto, ¿dónde están los trabajos, investigaciones y aportaciones de esos maestros y doctores que nos demuestren su calidad? ¿Un buen maestro o doctor no debería estar creando, investigando (como lo hace el maestro Gil Antón) en lugar de atender muchachitos de bachillerato? Hay excepciones, desde luego, he conocido doctores y maestros que sí hacen honor a su grado y me precio de ser amigo de más de uno. Pero, ¿por qué relegar, por qué demeritar (es lo que hace la inútil lista jerarquizada en el CCH, y la UNAM en general, al otorgar mayores estímulos a los docentes con posgrado) a un modesto licenciado, como el redactor de esta nota, si los licenciados son quienes cargan mayormente con la tarea de preparar a los alumnos? Porque, hay que decirlo, quienes pueden realizar estudios de posgrado son los hijos, familiares, amantes y amigos de los directivos (con sus honrosas excepciones, but of course; mi más sincero reconocimiento y admiración a quienes, aun cuando les arrebatan los estímulos, les reducen el sueldo y les dejan una miserable cantidad para sobrevivir, concluyen sus estudios de posgrado, son heroicos); porque a los familiares y amigos les otorgan comisiones para simular que trabajan y reciben por eso un generoso sueldo, dobles becas, y hasta les regalan calificaciones, etc. Pero, ¿qué tenemos de todo esto, al final? Una bola de inútiles y pedantes que salen de las aulas, regresan a ellas dizque para seguir aprendiendo, y luego vuelven a ellas para regurgitar lo que mal aprendieron y jamás han practicado. O trataron de practicar, pero no pudieron, les fue tan mal que regresaron corriendo a la escuela, sólo que ahora como académicos. Ah, pero eso sí, lucen sus grados como títulos nobiliarios: “el Maestro”, “el Doctor”; partida de inútiles la mayoría, realmente. Estoy seguro que ninguno de esos zafios ha leído la biografía de alguien como Marco Fabio Quintiliano, verdadero maestro de la Antigüedad: fue orador, cónsul, tribuno; después funcionario bajo el imperio de Nerón, del que fue su maestro y más adelante tutor; fue además maestro del emperador Vespasiano, de Marcial (el célebre epigramista) y de otros grandes del mundo latino. Cuando ya había sido todo eso, se propuso iniciar otra etapa y yo diría que la mejor: la de escritor. Gracias a sus conocimientos y rica y vasta experiencia nos legó su Institución oratoria, un volumen enciclopédico que reúne la paideia antigua y enseñanzas aún útiles en el empleo de la palabra hablada o escrita. ¿Algún doctorcete o maistro de nuestros días puede presumir una trayectoria similar, o aportar una obra, aunque sea modesta pero bien hecha? ¿Alguno conoce lo que representa ser un verdadero maestro, como nuestro liberal Ignacio Manuel Altamirano, un indio que a los catorce años aún no hablaba español, pero logró ser profesor, periodista, orador, escritor y empuñó las armas a favor de Juárez y luego en contra de la intervención francesa, en donde obtuvo el grado de coronel, y luego dedicó el resto de su vida a establecer las bases de lo que sería la literatura y cultura nacionales? ¡Oh tempos, oh mores!   
                                                                                                              
EL CRITERIO DE VERDAD DE LA JORNADA
La noticia de la semana no fue la muerte elegida de Luis González de Alba, sino que el diario del cual fue socio, fundador y colaborador no publicó el hecho. Uno de los principales líderes del Movimiento Estudiantil de 1968, autor de la novela emblemática de este suceso, Los días y los años, divulgador de la ciencia, escritor y heterodoxo articulista, se merecía una nota al menos. Pero no fue así, y ¡cómo no!, si él fue uno de los fustigadores iniciales de esa izquierda dogmática, simuladora, vetusta y de visión estrecha que hoy ocupa el lugar del viejo PRI.
            Comento el hecho porque sé que los lectores de La Jornada son en su amplia mayoría universitarios. Aún recuerdo el día en que mi amigo “Hegel” blandía este diario para hacerme ver que yo estaba “mal informado”, que no me atrevía a reconocer la verdad (la que afirma que desde la matanza del 68 el derramamiento de sangre no ha cesado en todo el país, según él) porque no quería o no leía La Jornada. Hasta me recetó la paráfrasis de una cita que Aristóteles dice con respecto a Platón: “Soy amigo de Noé, pero más amigo de la verdad”. No quise discutir con él porque me sorprendió que un profesor tan culto, tan voraz lector, tan informado y de verdad tan buen amigo, tuviera un criterio tan estrecho y pobre de la verdad. Es decir, la de equipararla con una ideología, en el sentido marxista del concepto. Bueno, pues allí está. Espero que ahora comprenda que la verdad es algo diferente de nuestras afinidades ideológicas, y que muchas veces resulta incómoda y molesta. Pero por allí habrá que iniciar nuestro verdadero proceso de actualización.

                                                                                                              

domingo, 2 de octubre de 2016

EL POEMA, EL POMO Y LA PENA

El poema, el pomo y la pena
NOÉ AGUDO

Apenas empezábamos a tararear esa canción y Dito ponía sus brazos sobre la mesa para reclinar su cabeza y enjugarse las lágrimas que, supuestamente, derramaba al recordar a la mujer que lo había rechazado; si alguien cantaba y pronunciaba el nombre de su amada, sollozaba en silencio. “Ah, ah, ah”, decía quedamente, y movía la cabeza y se sacudía y se lamentaba como si un gran dolor lo atormentara; la mesera se acercaba y lo miraba compasiva, sin saber qué hacer. No le quedaba más que preguntar si queríamos lo mismo y decíamos que sí y entonces Dito levantaba la cabeza, sonriente, y decía que también para él y ofrecía el envase a la mesera.
            Tipo raro el Dito. Aunque era mayor que nosotros, apenas cursaba el tercer semestre, mientras que casi todos estábamos en el quinto; no sabíamos cómo le hacían los profesores para comunicarse con él; nunca afirmaba con claridad nada, le daba vueltas y vueltas a todo pero nunca concluía en nada y a veces lo teníamos que parar; tenía una gran habilidad para abstraer cualquier asunto con una cantidad de palabras que no decían nada; evitaba los adverbios de afirmación y todo enunciado que expresara un compromiso o decisión; lo peor es que si alguien lo escuchaba por primera vez quedaba convencido que expresaba ideas muy valiosas y parecía saber, pues hablaba mucho y con mucha seguridad; nunca distinguimos si en realidad sabía y éramos nosotros quienes no lo podíamos comprender, o simplemente estaba un poco pirado; el caso es que en las reuniones para todo tenía una opinión, pero era difícil conocer su decisión: ¿estaba de acuerdo o no?, ¿se aceptaba la propuesta o no?, ¿qué hacer al respecto? En fin.
Por lo común íbamos a un tugurio con apariencia de fondita que Lucrecio cuidaba en la calle de Perú, cerca de Garibaldi. El negocio era de unos familiares. Lucrecio se había iniciado allí como saca-borrachos, pero su resistencia para mantenerse activo hasta la madrugada y después todavía ir a “El Ring”, un antro al que sólo acudían luchadores, boxeadores y el público que los seguía y salía de la Arena Coliseo, le valieron para que lo dejaran al frente del negocio. Entonces nosotros llegábamos, bebíamos cerveza y no nos preocupaba que se terminara el dinero porque íbamos al baño y allí, en una especie de tapanco, estaban apilados los cartones de cerveza. Abríamos una caguama y bebíamos gratis lo que queríamos. Después otra y así. Nunca supimos si Lucrecio se daba cuenta y nos permitía, o simplemente los dueños no entendían por qué las botellas vacías no coincidían con el dinero reunido. Buen tipo Lucrecio.
Pero hablaba de Dito. Tenía la cabeza redonda, una amplia y protuberante frente. De verdad se parecía a Lenin, con sus ojos rasgados y pequeños y esa barba de candado, y su piocha y la seguridad con que hablaba. Estaba enamorado de una chica muy morena, casi negrita, pequeña, esmirriada. Parecía una ratoncita: sus dientes pequeños, sus ojos, su tamaño, su actitud temerosa y asustadiza. Igual que Dito, era muy buena, y hubieran hecho una bonita pareja. Pero ella estaba enamorada del hermano de Faustino, y por eso Dito sufría, y a nosotros nos gustaba que fingiera llorar para cantarle esa canción y hacer que fingiera más y así nos divertíamos. Le decía su “Ratoncita”.
Esa noche casi nos la amanecimos y entonces Rubén Carlos nos dijo que podíamos ir a quedarnos a su casa. Vivía con sus dos hermanos en la Prohogar. Nos consiguió cobertores y nos dijo que podíamos dormir en el piso, sobre un tapete viejo allí en la sala. Sus hermanos no estaban, se habían ido a San Martín Texmelucan, de donde eran originarios. Era Semana Santa y aunque la escuela estaba cerrada nos citábamos por allí cerca y por eso nos seguíamos viendo.
Despertamos después del mediodía, Lucrecio se fue porque dijo que tenía que trabajar, pero yo más bien pienso que se fue porque teníamos mucha hambre, y él quiso ahorrarse la invitación. Era el único que traía dinero. Entonces Dito pareció recordar algo y propuso que fuéramos a su casa, a comer. Vivía cerca del monumento a  La Raza, junto a las vías del tren. Nos dijo: ¿Qué creen esos? Hoy mi casa estará sola hasta como a las seis de la tarde. Así que podemos ir a comer. Hay de todo: tortitas de papa y camarón, bacalao, romeritos, molotes de queso y capirotada, de postre. Ustedes dicen a qué hora vamos. Todos dijimos que ya, en ese mismo momento, porque el hambre era intolerable. Quedábamos solamente Rubén Carlos, Dito, el Gallo y yo.
Al Gallo lo considerábamos nuestro líder. A pesar de ser chaparro, era un perro el cabrón. Una vez que el Buitre quiso encerrarse y no le abría la puerta del cubículo, no sé de dónde sacó tanta fuerza, pero tomó impulso y se lanzó contra la puerta y la abrió de un empujón, ¡pero qué empujón!, hasta las paredes se cimbraron; el Buitre y la Coquis salieron huyendo, pues creyeron que los golpearía. A veces traía pistola, un revólver que cabía en la bolsa de su chamarra. Otra vez, cuando peleamos contra los del grupo Cuauhtémoc, a él le tocó fajarse contra Beto; apenas lo tiró y lo golpeó tantas veces en la cara que lo dejó como una gelatina de grosella, por más que Beto decía: Ya, ya estuvo, ahí muere… Parecía que le decía: Dame más, pégame más. Tenía buen verbo también, lograba imponerse, pero tanto para los cates como para los rollos tenía que enojarse; sólo enojado le salía lo mejor. Si no lo estaba, era muy pacífico.
La casa de Dito era como una amplia tienda de campaña, pero cubierta de láminas de cartón; había una mesa al centro y allí estaban las cazuelas con la comida. Al fondo había dos puertas pequeñas, cerradas, y nos imaginamos que llevaban a las recámaras, porque no veíamos ninguna cama en la estancia. Sólo unos sillones viejos donde nos sentamos. Dito calentó tortillas en una estufa de petróleo y nos dijo que hiciéramos tacos con lo que quisiéramos. Yo acometí los romeritos con nopales y unas papas moradas deliciosas, ellos prefirieron el bacalao. Cuando terminamos de comer, Rubén Carlos dijo que regresáramos a su casa, porque no llevamos bebida; dijo que le pediría dinero al Pecas, un vecino, y se lo pagaría cuando volvieran sus hermanos. Dito dijo que él también llevaría unos pesos, y atravesó una de las puertas. Yo ya no quise ir, pues nunca me ausentaba un día completo de mi casa, y con ése ya llevaba dos. Así que allí me corté. Lo que contaré a partir de aquí es sólo una relación que hago de lo que sucedió a partir de las versiones de Rubén Carlos, la hermana del Dito y una carta que el Gallo me hizo llegar.
Antes de llegar a la casa de Rubén Carlos, a una cuadra de la calzada Vallejo, pasaron por una botella de Bacardí Palmas que Dito pagó; compraron refrescos en la esquina y Rubén Carlos los llevó a su casa. Los dejó unos minutos para ir con el Pecas y regresó muy contento, pues le había prestado dinero. Empezaron a beber Bacardí Palmas mezclado con refresco y acompañados de una radio-grabadora, donde ponían casetes de música norteña. Como habían comido suficiente, dice Rubén Carlos, terminaron rápido la botella; entonces cooperaron para la otra y le tocó ir al Gallo por ella. Éste no recuerda si ya la habían terminado, pero reunieron para la tercera y entonces era a Rubén Carlos a quien le correspondía ir. Pero el Gallo dice que ya no recuerda nada, el golpe de aire puro al salir del cuarto donde bebían y fumaban, le borró el casete; sólo recuerda muy vagamente que pisaba un charco de sangre y veía a alguien tirado en la avenida mientras otro le decía: Cómo que no lo conoces. Es tu amigo, es tu amigo.
            Rubén Carlos, por su parte, dice que Dito y el Gallo fueron por el tercer pomo. Estaban ya muy borrachos, por eso antes de ir Dito se atrevió a hacerles una confesión: dijo que ese día era el de su cumpleaños y por eso había pedido a sus padres que le dejaran la casa durante la tarde para invitar a unos amigos; agregó que tenía la ilusión de que también fuera su “Ratoncita”, la había invitado y le había escrito un poema que le entregaría allí mismo. Lo quiso leer, pero apenas lo empezaba a hacer hundía la cabeza entre sus manos y fingía llorar. Y así estuvo un buen rato. El Gallo le arrebató el poema y también lo intentó leer, pero tampoco se podía concentrar, arrastraba las palabras y los ojos le bailaban. Por eso Rubén Carlos propuso que mejor le dieran el abrazo de cumpleaños y fueran por el tercer pomo. Y así salieron.
La hermana de Dito, que llegó con sus padres cuando les avisaron que había sido atropellado, afirmó que a él lo golpearon antes de ser atropellado, y que el vehículo que lo atropelló lo lanzó a una distancia de siete metros, lo cual quiere decir que lo embistió a gran velocidad, que de verdad tenían ganas de matarlo. Pero, ¿quién?
Los hermanos de Rubén Carlos llegaron exactamente en el momento en que se hacía el tumulto para ver el atropellamiento; a él lo encontraron semidormido en la casa y le preguntaron si no eran sus amigos los implicados en el accidente. Él sólo respondía: Fueron por el pomo, fueron por el otro pomo. Así que los hermanos se encargaron de averiguar dónde vivía Dito y avisar a sus padres. Y así fue como encontraron al Gallo, que no hacía más que caminar alrededor del charco de sangre donde había caído Dito, manchando sus zapatos. A Dito ya se lo había llevado la ambulancia.
La hermana dice que el Gallo los acompañó hasta el amanecer. Subieron a un taxi y primero lo fueron a buscar a un hospital cerca de la Villa, después al Rubén Leñero, después al 20 de Noviembre, después… Así recorrieron varios antes de encontrarlo, en ese hospital de la colonia Roma. Allí les dijeron que tenían que operarlo de la cabeza y que sería muy delicado, que aún seguía inconsciente y que no podían verlo y que se podían ir y volver como a las cinco de la tarde. Entonces el Gallo se despidió y dijo que regresaría con ellos por la tarde.
Pero cuando se presentó al CCH todos lo miramos sorprendidos, más aún los que ya sabíamos lo ocurrido. ¿Cómo, sigues aquí? ¡Tienes que esconderte!, le dije, los padres de Dito dicen que no fue un accidente, sino que lo intentaron asesinar y la policía no tardará en buscarlos para detenerlos. Los hermanos de Rubén Carlos ya lo escondieron y tú debes hacer lo mismo.
Entonces el Gallo trató de relacionar los fragmentos que recordaba vagamente o tan sólo entre brumas; entendió por qué lo habían dejado solo con el cuerpo y después junto al charco de sangre; por qué sólo él tuvo que acompañar a los padres y la hermana de Dito; comprendió por qué no le quisieron decir si Rubén Carlos había venido al Colegio o dónde estaba, y sobre todo el consejo de que mejor desapareciera. Cuando le pregunté si había algo de cierto en lo que se especulaba, se me quedó viendo implorante, abrió los brazos y sólo dijo: ¡Cómo crees! Jamás pelearon, dijo, ni siquiera discutieron y cuando le arrebató el poema a Dito éste se quedó tranquilo, casi esperando a que lo leyera. Dijo: Te lo haré llegar para que lo entregues a su “Ratoncita” y también te escribiré todo lo que recuerdo de este desmadre.
Aún lo veo caminar hacia la salida, cabizbajo, triste y más amolado aún por los efectos de la cruda etílica y moral. Si exceptuamos la carta que me envió después, para darme su versión de los hechos y el poema que Dito escribió a la “Ratoncita”, nunca más volví a saber nada de él. Se perdió en una bruma más espesa que la de los vagos recuerdos que ese día lo atormentaban.
    
EPÍLOGO
Dito salió bien de la operación y sus padres ya no hicieron nada para que la policía investigara. Cuando se presentó en la escuela, como un mes más tarde, llegó pelón y más loco que nunca. Si antes se le saltaban un poco las cabras, con la operación hicieron estampida: se esforzaba por reconocernos o simplemente no podía, se quedaba abstraído, lelo, y después de un rato sonreía quedamente, como reconciliándose con el mundo. Creo que nunca concluyó sus estudios en el CCH. Alrededor de veintiocho años después yo venía del plantel Azcapotzalco, donde empecé a dar clases. Venía del Metro El Rosario hacia Martín Carrera, y me quedé pasmado cuando vi a un hombre envejecido, solitario y silencioso que subió en la estación Tezozómoc. ¡Era Dito! Lo miré insistente, casi con descaro, para que me reconociera, pero él simplemente ignoraba todo. Tuve que levantarme, fui junto a él y le dije: ¿Cómo está, señor? Yo lo conozco, usted es el Dito. Se me quedó mirando, sin comprender, y sólo cuando pronuncié su nombre completo sonrió un poco. Fuimos a tomar cerveza de barril oscura a un lugar cercano a calzada de Guadalupe, sobre la calle Excélsior. Trabajaba en el Servicio Postal Mexicano y a ratos parecía recuperar la memoria. Lo invité a mi casa para comer algo y continuar conversando. Bebimos Sangre de Cristo, como en nuestra época juvenil, pero él sólo miraba con insistencia un judas de cartón que tenía enfrente. ¿Te gusta?, le pregunté, te lo regalo, lo puedes llevar. Dito salió de mi casa a las cuatro de la madrugada, cargando su diablo de cartón; sólo cuando repasaba los recuerdos de ese encuentro, más tarde, me pregunté qué taxista se atrevería a llevar a esa hora a personaje tan singular y sobre todo portando ese enorme diablo de cartón. Desde entonces no lo he vuelto a ver.
            Lo último que supe del Gallo fue a través de su carta, la única que me envió. Su buena suerte siempre lo ayudó, me decía. Un amigo lo envió a esconderse con su hermano en Santiago, un poblado cercano a Manzanillo, Colima. Los primeros días se entretenía yendo a una playa solitaria, donde se forman olas de seis a siete metros de altura y a veces aún más. Le gustaba montarlas. Un día advirtió que se había adentrado mucho y estaba en mar abierto, el juego con las olas lo había llevado a las aguas profundas. Quiso atravesar el muro marino para alcanzar la playa, pero el mar lo rechazaba. Estuvo insistiendo largo tiempo hasta que su cuerpo se agotó, quedó sin fuerzas y las que le restaban sólo le permitían mantenerse a flote. Se desesperó, no había nadie en la playa y por eso decidió dejarse ir. Si se hundía tenía la esperanza de que el mar arrojara su cuerpo a la orilla, y tal vez allí alguien lo encontraría y lo reanimaría. ¡Vaya idea! Creyó que había llegado su hora y se dejó ir, pero el instinto de sobrevivencia lo hizo volver a flote cuando aún no tocaba fondo. Una vez, dos veces, tres; en cada ocasión sus manos y pies se negaban a quedar inmovilizados y volvía a la superficie. De pronto vio una figura lejana, en la playa. Con un último esfuerzo agitó su mano para pedir auxilio. Era el hermano de su amigo que, ante la tardanza, fue a mirar lo que sucedía. Entró en el mar, nadó hacia él y lo fue empujando hacia la barrera de las olas, sin agarrarlo; el agua hizo lo demás y lo arrojó por fin contra la arena. Quedó exhausto. Me contó este suceso pero nunca más volvió a escribir; tampoco concluyó sus estudios, al menos no aquí, en el CCH, y no sé si hoy sobreviva como marinero, maestro rural o sicario, o tal vez ya esté muerto. Tenía madera para eso.
            Lucrecio decidió dedicarse al comercio antes que terminar sus estudios de bachillerato. Faustino le consiguió trabajo en el Metro, ahorró algún dinero y con eso pudo poner su propio establecimiento en Garibaldi. Yo también concluí mi carrera de administración, me fue bien y fui a vivir a Coyoacán, pero el terremoto del 85 me devolvió al norte. Lucrecio resultó ser mi vecino y pronto nos hicimos compadres. Actualmente está jubilado, pero vive con demasiados achaques, no bebe ni una cerveza, no puede comer carne roja, ni siquiera chile, y debe ingerir poca azúcar y sal. De tanto en tanto viene a mi casa para hablar de Huautla, María Sabina y los mazatecos, etnia de la que forma parte. Tomamos sólo café con mascabado.
            Rubén Carlos terminó su licenciatura en periodismo. Fue a trabajar a San Blas, Nayarit, en alguna dependencia gubernamental relacionada con el campo. Luego regresó al Distrito Federal. Trabajaba para la agencia Notimex y aún le alcanzaba el tiempo para conducir un taxi. Un día de 1988, era noviembre, fue a dejar a unos amigos por el rumbo de Texcoco; dicen que cuando venía de regreso hacia el Distrito Federal chocó y quedó mal herido. Lo llevaron al Hospital de Balbuena, pero no resistió y murió al amanecer. Fui a su sepelio a San Martín Texmelucan, Puebla.
            Entregué el poema de Dito a su destinataria. No era malo, conservo una copia, y si no lo reproduzco es porque la jovencita que lo inspiró aquellos días hoy es una reconocida profesora del CCH Vallejo, a quien aprecio y respeto sinceramente.


La belleza de La piel
La experiencia de que nuestras ideas coincidan con las de un autor no siempre es condición para que nos guste lo que escriba. En Malaparte tengo la fortuna de que ambas sucedan. Muchas veces he escrito sobre mi simpatía por los animales, y actualmente no me apena confesar que adoro a mi perrito westie, un tal Ares. Por eso les comparto estas líneas que Curzio Malaparte escribió sobre Febo, su perro, en el capítulo que sin duda es el más estremecedor e impactante de su novela La piel:
                                                                                                                              
Jamás he querido tanto a una mujer, a una hermana, a un amigo, como a Febo. Era un perro como yo. Para él he escrito las páginas afectuosas de Un cane come me. Era un ser noble, el ser más noble que jamás he encontrado en la vida. Era de aquella raza de lebreles, raros hoy día y delicados, venidos en la antigüedad de las riberas de Asia con las primeras emigraciones jónicas, que los pastores de Lípari llamaban cerneghi. Son los perros que los escultores griegos esculpían en los bajorrelieves de las tumbas. ‘Echan a la muerte’ dicen los pastores de Lípari.
            Tenía el pelo del color de la luna, rojizo y dorado del color de la luna sobre el mar, del color de la luna sobre las hojas de los limoneros y naranjos, sobre las escamas de aquellos peces muertos que el mar, después de la tormenta, dejaba sobre la arena a la puerta de mi casa. Tenía el color de la luna sobre el mar griego de Lípari, de la luna en el verso de la Odisea, de la luna sobre aquel salvaje mar de Lípari que Ulises navegó para alcanzar la solitaria ribera de Eolo, rey de los vientos. Del color de luna muerta poco antes del alba. Yo lo llamaba Canetuna.
            No se alejaba nunca un paso de mí. Me seguía como un perro. Digo que me seguía como un perro. Su presencia en mi pobre casa de Lípari, flagelada sin reposo por el viento y el mar, era una presencia maravillosa. Por la noche, iluminaba mi desnuda estancia con la cálida tibieza de sus ojos lunares. Tenía los ojos de un azul pálido, del color del mar cuando se pone la luna. Sentía su presencia como la de una sombra, la presencia de mi sombra. Era como el reflejo de mi espíritu. Me ayudaba, con su sola presencia, a encontrar ese desprecio de los hombres que es la primera condición de la serenidad y de la cordura de la vida humana. Sentía que se parecía a mí, que no era sino la imagen de mi conciencia, de mi vida secreta. El retrato de mí mismo, de todo eso que hay de más profundo, de más íntimo, de más propio en mí; mi subconsciente, mi espectro.
            De él, mucho más que de los hombres, he aprendido que la moral es gratuita, que es afín a sí misma, que no se propone siquiera salvar al mundo (¡ni siquiera salvar al mundo!), sino tan sólo crear siempre nuevos pretextos a su desinterés, a su libre juego. El encuentro de un hombre y un perro es siempre el encuentro de dos espíritus libres, de dos formas de dignidad, de dos morales gratuitas. El más gratuito y el más romántico de todos los encuentros. De aquellos que la muerte ilumina con su pálido esplendor, parecido al color de la luna muerta sobre el mar en el cielo verde del alba.
            Reconocía en él mis impulsos más misteriosos, mis instintos más inciertos, mis dudas, mis temores, mis esperanzas. Mía era su dignidad frente a los hombres, mío su valor y su orgullo frente a la vida, mío su desprecio por los fáciles sentimientos del hombre. Pero era más sensible que yo a los oscuros presagios de la naturaleza, a la invisible presencia de la muerte, que siempre gira tácita y sospechosa en torno a los hombres. Él sentía venir de lejos, por el aire nocturno, las tristes larvas del sueño, parecidas a aquellos insectos muertos que el viento trae sin saber de dónde. Y ciertas noches, acostado a mis pies en mi desnuda estancia de Lípari, seguía en torno a mí, con los ojos, una presencia invisible que se acercaba, se alejaba, y permanecía largas horas espiándome a través del cristal de la ventana. Alguna vez, si la misteriosa presencia se me acercaba hasta rozar mi frente, Febo gruñía amenazador, el pelo del dorso erizado, y yo oía un grito plañidero alejarse en la noche, morir poco a poco.



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