Un teorema
de la lectura
NOÉ AGUDO
Para mi amigo, el doctor Raúl Muñoz
Morales
Un silogismo categórico, aquel cuyas premisas enuncian
juicios de una manera contundente y en los que el contenido se da por hecho, puede
enunciar así el círculo virtuoso de la lectura: si leo más, leo mejor; mientras
mejor leo, más me gusta la lectura. Y, si me gusta la lectura, más leeré.
¿Quién es el
que no lee? Aquel que no disfruta la lectura, el que no entiende lo que lee o a
quien se le dificulta leer. Cualquiera rehúye lo difícil, lo ingrato, lo que no
le causa satisfacción o no le genera placer. En cambio, todos nos volvemos
asiduos o adictos a lo que nos gusta y nos brinda placer (no piensen otra cosa,
esto es serio).
Cuando uno
entiende lo que lee, la lectura se vuelve absorbente y el lector queda absorto;
no atiende, no escucha, no hace caso de lo que sucede a su alrededor; el tiempo
pasa sin sentirlo y al final queda transformado. Trátese de teorías o ideas, de
historias fabulosas o descripción de lugares fantásticos, el lector experimenta
ser parte de esos mundos e ideas y como tal la lectura lo transfigura. Vive una
experiencia vicaria. (Tal vez esto fue lo que quiso saber la impertinente y
torpe pregunta que un reportero le hizo a Peña Nieto, y como tal apuntó a una
respuesta igual de torpe, porque cualquier buen lector sabe que no se pueden
citar sólo tres libros que hayan modificado nuestra vida, sino que la vida es transformada
continuamente por cada lectura o, en su caso, por la suma de lecturas.)
Hay quienes por disciplina o tesón se
empeñan en concluir la lectura de un texto, aunque no entiendan nada, o tratan
de disfrutar una música o cualquier otra obra de arte que en verdad los está
aburriendo. Yo lo hice algunas veces: leí el Ulises de Joyce, y no lo disfruté; odié a Hegel porque su Filosofía de la historia se me hizo
incomprensible la primera vez que la acometí; me sentía un bruto porque me
aburría La canción de la tierra de
Gustav Mahler, y me tuve que salir del cine cuando traté de ver El eclipse de Michelangelo Antonioni, etc.
Sólo hasta que alguien me hizo ver la
necesidad de aprender a leer y no sólo conformarme con unir letras y palabras;
hasta que otro autor me advirtió que W. F. Hegel fue quien inició la mistificación
de los textos filosóficos con ese lenguaje enredado, y alguien más me enseñó a
escuchar y afinar el oído, o me dijo que había qué contar con una base cultural
previa para comprender el buen cine, etc., pude disfrutarlos. Empeñarse sin
estas habilidades es un ejemplo de cómo la disciplina y la constancia —cualidad
y virtud indispensables en la vida— pueden devenir en necedad. La mejor recomendación ante una lectura aburrida sería:
déjala, si el libro no te place mejor abandónalo y aprende a leer. A la lectura
debes llegar siempre por gusto. Ningún texto es difícil o complicado si sabes
leer, por compleja que sea la materia o el asunto que trate. Y para eso están
el profesor y la escuela: para enseñar a leer.
Si nos obligan a leer contra nuestra
voluntad y gusto sólo aprenderemos a ser malos lectores, y tal vez a volvernos no lectores. Cuanto menos se sabe leer,
más rápidamente se pierde el interés por la lectura, se le dedica menos tiempo
o se la proscribe de plano de nuestras actividades. Si en apariencia esto no
representa ningún problema para el obrero, el taxista o el cantinero, imaginen
lo que significa para una comunidad donde la lectura es fundamental. Como la
comunidad de profesores y alumnos. Pero ocurre. Es lo que sucede con quienes
dan cualquier excusa para justificar que no leen: no entienden el tema, no
encuentran el libro, no tienen dinero para adquirirlo o, mejor, no tienen
tiempo para leer. ¿Pues, no es lo que deben de hacer?
¿Qué significa entonces saber leer?
¿Cómo aprender a leer realmente? Imparto un curso para profesores teniendo este
tema como asunto central, y en los programas de estudio del CCH la necesidad de
desarrollar esta habilidad en los alumnos ha estado desde sus inicios. Hoy
también figura en los nuevos programas de estudio que propone la reforma
educativa para los ciclos básicos, y está muy bien, pero ¿quién lo enseñará?
¿Los de la CNTE? ¿Los que ni siquiera saben leer, o quienes creen que leer es
sólo saber enlazar letras y palabras?
Es verdad, para muchos tal vez no sea
necesario tomar un curso para adquirir esta habilidad. Un lector atento que
subraya, toma notas, aprehende las ideas principales y es capaz de repasar
mentalmente lo que dice el capítulo o el libro entero, es un lector hábil que
se ha hecho a sí mismo, sabe leer y ha seguido, sin saberlo, puntualmente las
proposiciones del silogismo inicial. Y no necesariamente es un lector voraz,
porque éste no siempre es un buen lector; a un devorador de libros lo podemos
reconocer por su enorme biblioteca, porque siempre lo vemos con varios libros
bajo el brazo, pero ni en sus juicios ni en sus habilidades intelectuales ni en
su saber se aprecia el aprovechamiento de sus lecturas.
A un buen lector se le identifica por
su reacción ante las lecturas: conoce el tema, puede parafrasearlo, aprovecha
lo leído, lo aplica a sus actividades profesionales y cotidianas, o inclusive
para presentar un examen, en un terreno más práctico; pero, en un nivel más
elevado, Shakespeare o Cervantes, Bacon o Montaigne, Plutarco o Píndaro, antes
de ser grandes escritores fueron excelentes lectores, y lo mismo Pericles, Platón,
César, Marx, Churchill o Mandela. Crear, explicar y dirigir, hacerlo bien, representa
una suma de lecturas bien realizadas. Antes de pasar a la relación que existe
entre lectura y escritura, recomiendo el libro que sirve de base al curso que
imparto para enseñar a leer: se llama precisamente Cómo leer un libro, y es de Mortimer J. Adler y Charles van Doren
(Debate, 2001).
La relación intrínseca entre lectura
y escritura se puede resumir así: Uno no es el que escribe, y no porque un
espíritu demoniaco se posesione de nuestra mente para hacernos escribir en
trance lo que dicta, sino porque quien escribe es el lector que todos hemos formado.
Enséñame cómo escribes y te diré qué tipo de lector eres.
Olvidemos por un momento la
tradición, el vocabulario, la inspiración, los mundos imaginarios, la capacidad
de fantasear e imaginar que nos despiertan y aportan las buenas lecturas, y centrémonos
en algo más trivial y pragmático: ¿cómo influye la lectura para redactar una
carta, una reseña o un informe? Si uno es un buen lector redactará bien cada
uno de esos documentos. Eficientes secretarias son capaces de redactar
impecablemente una carta, lo cual no podría hacer un doctor en letras. ¿Por
qué? Sucede así porque no es uno quien escribe, sino ese lector que cada uno ha
formado. Todo escritor experimentado sabe que el verdadero proceso de la
escritura inicia con la corrección, y que ésta depende del ojo crítico y la
sensibilidad del corrector. Un buen lector detecta, además de las faltas
gramaticales, oraciones mal construidas, repeticiones, ripios, lugares comunes,
imprecisiones y aun la eufonía de una frase; es decir, es un excelente corrector
y por tanto es él quien escribe realmente el texto. El escritor no funciona si
no cuenta con un hábil corrector como ángel guardián y éste no podría existir
sin el lector que sí sabe leer. Son tres personas distintas y un solo ser
verdadero.
Así, pues, podemos resumir la
comprensión lectora en este círculo virtuoso: mientras más leemos, mejor
leemos, y mientras mejor leemos, más leemos; círculo virtuoso que suena a
paradoja porque cada una de las proposiciones depende de la otra y lleva a la
misma conclusión, a la vez que un silogismo donde cada premisa es conclusión de
las otras, y un teorema porque cada proposición es un axioma que no requiere
demostración.
Igual podríamos hacer un divertido ensayito
con el siguiente enunciado: mientras más
se sabe, más se comprende, el cual nos remitiría a la antigua proposición
socrática: Yo sólo sé que no sé nada,
la cual es la meta anhelada de todo auténtico sabio.
NOTA:
Las anteriores
reflexiones son el resultado de las siguientes lecturas realizadas en diferentes
momentos: Leer, de Gabriel Zaid
(Océano, 2012); Lecturas sobre la lectura,
de Alberto Manguel (Océano, 2011); Leer y
comprender. Psicología de la lectura, de Caroline Golder y Daniel Gaonac’h
(Siglo Veintiuno Editores, 2007), y el ya mencionado de Mortimer Adler y
Charles van Doren que, aunque viejito (fue publicado por primera vez en 1940),
sigue siendo el texto clásico y básico para aprender a leer.
TENSAR EL ARCO
Encontrémonos en Facebook, allí estoy
como Noé Agudo y publico textos breves como éste:
DE LOS ESTUDIOS DE POSGRADO
Lo que escribe aquí Manuel Gil Antón (http://www.eluniversal.com.mx/entrada-de-opinion/articulo/manuel-gil-anton/nacion/2016/10/8/maestros-improvisados) es verdad:
todos los profesores de bachillerato y de estudios superiores somos
improvisados. No hay ninguna carrera que prepare docentes para estos ciclos y
se llame “Licenciado en educación media superior o superior”. ¿Quiénes llegan
entonces a la docencia en estos niveles? Los fracasados (con sus excepciones),
los que nunca han podido ejercer lo que mal aprendieron, los que nunca han
confrontado sus débiles conocimientos con la aplicación práctica. Ahora, como
también lo informa el maestro Manuel Gil Antón, las universidades y otros
centros educativos han empezado a exigir estudios de maestría o de preferencia
de doctorado para impartir clases en los niveles medio superior y superior.
Otro criterio equivocado y otra vana ilusión: conozco maestros y doctores que
ni siquiera se saben expresar oralmente, así que menos logran poner por escrito
una idea coherente. ¿Mejora la enseñanza realmente cuanto mayores grados
académicos tengan los docentes? Pregunto, ¿dónde están los trabajos,
investigaciones y aportaciones de esos maestros y doctores que nos demuestren
su calidad? ¿Un buen maestro o doctor no debería estar creando, investigando
(como lo hace el maestro Gil Antón) en lugar de atender muchachitos de
bachillerato? Hay excepciones, desde luego, he conocido doctores y maestros que
sí hacen honor a su grado y me precio de ser amigo de más de uno. Pero, ¿por
qué relegar, por qué demeritar (es lo que hace la inútil lista jerarquizada en
el CCH, y la UNAM en general, al otorgar mayores estímulos a los docentes con
posgrado) a un modesto licenciado, como el redactor de esta nota, si los
licenciados son quienes cargan mayormente con la tarea de preparar a los
alumnos? Porque, hay que decirlo, quienes pueden realizar estudios de posgrado
son los hijos, familiares, amantes y amigos de los directivos (con sus honrosas
excepciones, but of course; mi más
sincero reconocimiento y admiración a quienes, aun cuando les arrebatan los
estímulos, les reducen el sueldo y les dejan una miserable cantidad para
sobrevivir, concluyen sus estudios de posgrado, son heroicos); porque a los
familiares y amigos les otorgan comisiones para simular que trabajan y reciben
por eso un generoso sueldo, dobles becas, y hasta les regalan calificaciones,
etc. Pero, ¿qué tenemos de todo esto, al final? Una bola de inútiles y pedantes
que salen de las aulas, regresan a ellas dizque para seguir aprendiendo, y
luego vuelven a ellas para regurgitar lo que mal aprendieron y jamás han
practicado. O trataron de practicar, pero no pudieron, les fue tan mal que
regresaron corriendo a la escuela, sólo que ahora como académicos. Ah, pero eso
sí, lucen sus grados como títulos nobiliarios: “el Maestro”, “el Doctor”;
partida de inútiles la mayoría, realmente. Estoy seguro que ninguno de esos
zafios ha leído la biografía de alguien como Marco Fabio Quintiliano, verdadero
maestro de la Antigüedad: fue orador, cónsul, tribuno; después funcionario bajo
el imperio de Nerón, del que fue su maestro y más adelante tutor; fue además
maestro del emperador Vespasiano, de Marcial (el célebre epigramista) y de
otros grandes del mundo latino. Cuando ya había sido todo eso, se propuso
iniciar otra etapa y yo diría que la mejor: la de escritor. Gracias a sus
conocimientos y rica y vasta experiencia nos legó su Institución oratoria, un
volumen enciclopédico que reúne la paideia antigua y enseñanzas aún útiles en
el empleo de la palabra hablada o escrita. ¿Algún doctorcete o maistro de
nuestros días puede presumir una trayectoria similar, o aportar una obra,
aunque sea modesta pero bien hecha? ¿Alguno conoce lo que representa ser un
verdadero maestro, como nuestro liberal Ignacio Manuel Altamirano, un indio que
a los catorce años aún no hablaba español, pero logró ser profesor, periodista,
orador, escritor y empuñó las armas a favor de Juárez y luego en contra de la
intervención francesa, en donde obtuvo el grado de coronel, y luego dedicó el
resto de su vida a establecer las bases de lo que sería la literatura y cultura
nacionales? ¡Oh tempos, oh mores!
EL CRITERIO DE VERDAD DE LA JORNADA
La noticia de la semana no fue la muerte
elegida de Luis González de Alba, sino que el diario del cual fue socio,
fundador y colaborador no publicó el hecho. Uno de los principales líderes del
Movimiento Estudiantil de 1968, autor de la novela emblemática de este suceso, Los días y los años, divulgador de la
ciencia, escritor y heterodoxo articulista, se merecía una nota al menos. Pero
no fue así, y ¡cómo no!, si él fue uno de los fustigadores iniciales de esa
izquierda dogmática, simuladora, vetusta y de visión estrecha que hoy ocupa el
lugar del viejo PRI.
Comento
el hecho porque sé que los lectores de La
Jornada son en su amplia mayoría universitarios. Aún recuerdo el día en que
mi amigo “Hegel” blandía este diario para hacerme ver que yo estaba “mal
informado”, que no me atrevía a reconocer la verdad (la que afirma que desde la
matanza del 68 el derramamiento de sangre no ha cesado en todo el país, según
él) porque no quería o no leía La Jornada.
Hasta me recetó la paráfrasis de una cita que Aristóteles dice con respecto a
Platón: “Soy amigo de Noé, pero más amigo de la verdad”. No quise discutir con
él porque me sorprendió que un profesor tan culto, tan voraz lector, tan
informado y de verdad tan buen amigo, tuviera un criterio tan estrecho y pobre
de la verdad. Es decir, la de equipararla con una ideología, en el sentido
marxista del concepto. Bueno, pues allí está. Espero que ahora comprenda que la
verdad es algo diferente de nuestras afinidades ideológicas, y que muchas veces
resulta incómoda y molesta. Pero por allí habrá que iniciar nuestro verdadero
proceso de actualización.