sábado, 27 de diciembre de 2014

UN GAUCHO EN VALLEJO

Un gaucho en Vallejo
NOÉ AGUDO

A la memoria de Alicia Poloniato Musumeci

Más hierba que árbol, más blando y esponjoso que tronco duro, más retorcido que derecho, menos madera que bagazo, más sombra que ramaje, menos soto que verdor solitario, su personalidad se funde con la llanura inmensa. Atahualpa Yupanqui lo menciona así en Cantor del sur:

Bajo el ombú solitario
   como un gaucho meditó,
probó su voz en la cifra
 el rasguido se encendió…

    Obviamente, hablo del ombú, esa hierba gigante que algún profesor trajo tal vez de un invernadero, de un viaje por la región mediterránea de España –donde es conocido como Bella Sombra− o de alguna estancia de la pampa, esa inmensa llanura que comparten Argentina, Brasil y Uruguay. Me gustaría saber quién fue y por eso redacto estas notas.
    El más notorio para quienes circulamos por el plantel está detrás del edificio “M”; a ese lo quisieron cortar, pusieron cal viva sobre su tronco mutilado, lo dieron por muerto y al poco tiempo aparecieron sus retoños. Pocos saben esto y hoy pasan indiferentes bajo su sombra, pues piensan que es la de un árbol más, sin saber que es de los hijos enhiestos de un padre que antes de morir supo transmitirles la bravura con que en su región enfrentan la sequía, la soledad y las plagas.
    En el extremo opuesto del mismo edificio pueden ver el otro, éste sí, completo. Su tronco es rugoso, retorcido, y sus raíces afloran sobre la superficie. Tal vez ésta fue la razón por la que quisieron cortar a su hermano. Dámaso, el responsable de la Biblioteca, me informa que hay otro enfrente de ésta, pero aunque sus hojas son parecidas no exhibe las raíces características, como los dos ya mencionados. Y una maestra me dice que hay otro frente al “K”; habrá que revisar y esto aviva mi curiosidad, ¿quién los plantó? ¿Cómo llegaron al plantel Vallejo? Los argentinos, uruguayos y chilenos empezaron a llegar a México ya avanzada la década de los setenta, cuando las dictaduras militares se recrudecieron, después del golpe militar contra Salvador Allende en 1973.
    En el blog Bonsai Web (bonsai-web.blogspot.mx/p/el-ombu.html) se informa que pertenece a la familia de las phytolaccaceas, que comprende 35 especies procedentes de América, Asia y África. Algunos botánicos lo consideran una hierba gigante debido a que su tronco y ramas no adquieren la consistencia leñosa para incorporarlo a la categoría de árbol, otros creen que reúne todo para reconocerlo como tal. Lo cierto es que su madera es esponjosa y suave, no sirve para usar como leña y tampoco para tallar como la madera del encino o la caoba, pues le falta dureza y consistencia. La razón es simple, el tronco contiene grandes cantidades de agua para sobrevivir en la pampa seca.
    Su nombre original es Umbú, un término guaraní que significa sombra o bulto oscuro. Se dice que las hojas tienen propiedades medicinales, pues contienen sustancias antisépticas, lo que permite usarlas en una infusión para lavar las heridas. Esto lo descubrieron los habitantes de las estancias localizadas en la inmensidad de la llanura, tierra adentro, cuando jaurías de perros salvajes los atacaban a ellos y sobre todo a las manadas de ganado; a falta de medicamentos y suficientes antisépticos usaban esta infusión. En tiempos más lejanos sus cenizas fueron usadas para elaborar jabones caseros, pues son ricas en potasa. Son especímenes aislados −como el gaucho, quien le ha cantado y amado−, aunque algunas veces se han encontrado agrupaciones importantes, como la “Isla de Ombúes”, que se extiende por una franja de 20 kilómetros en territorio uruguayo. Además de dichos usos, este ser solitario sirve de guía, señal o mojón para marcar las distancias en la llanura infinita de la pampa que parece no tener fronteras.    
    En 1927 los argentinos lo consagraron como su árbol patrio, pero desde antes había sido motivo de poemas, novelas, cuentos y canciones. Cuando se habla de las estancias (ranchos ganaderos), de los gauchos y sobre todo de los payadores, siempre aparece el ombú; no se puede imaginar a un payador en la soledad de la pampa que no toque su guitarra bajo un frondoso ombú.  Antes de admirarlo en persona, lo conocí a través de un relato al que dio motivo y título: El ombú y otros cuentos rioplatenses, de G. E. Hudson. Y cómo no iba a ser así, si Hudson nació en un predio o estancia llamado Los veinticinco ombús y toda su vida convivió con los gauchos en la inmensa extensión pampeana. Además de escritor, Hudson fue un naturalista dedicado a las investigaciones ornitológicas, a las que aportó notables hallazgos de ejemplares de aves y también de mamíferos. Sus resultados los enviaba al Museo de Ciencias Naturales de Inglaterra, cuyo gobierno le asignó una subvención a la que después renunció, pues consideró que tenía suficientes recursos para vivir.   
    El Ombú es un relato muy a tono con la época en que fue escrito, fines del XIX e inicios del XX, una mezcla de costumbrismo y romanticismo tardío. Está contado por un sobreviviente de la historia, quien, para narrar la tragedia de un amor fiel, que espera paciente en la estancia de El Ombú, reproduce a la perfección el habla de los peones y vaqueros (gauchos) de la pampa. Me gustó. Así que cuando conocí a una gauchita −que primero había sido mi maestra− la sorprendí usando familiarmente términos como retrucar, petizo, pago, tosca, pulpería, bagual, facón, flete, etc.
    Eran los años finales de la década de los setenta y teníamos una legión de chilenos, argentinos, uruguayos e incluso peruanos y bolivianos como nuestros mentores; algunos fueron excelentes profesores, y yo nunca tuve ese sentimiento chovinista contra ellos como sí lo tuvieron varios compañeros. Al contrario, como aún no había viajado al extranjero, la conversación y convivencia con ellos suplía esa carencia. Me descubrieron nuevos autores, otras teorías, diversos géneros musicales e incluso nuevos platillos. Con la gauchita aprendí a comer trufas, las más ricas berenjenas rellenas y a reconocer buenos vinos. Bebíamos mate y fue ella quien me introdujo con detalle en Francia y su literatura, pues había vivido en Aix-en-Provence. Era una excelente lingüista, colega de los dos Prieto, Luis y Daniel, y amiga de Martha y Máximo Simpson. Éste último, por cierto, orientó mi futuro como periodista al ponerme en contacto con Osvaldo Pedroso, un jefe inigualable que me dejó su puesto como editor de Vogue cuando decidió regresar a la Argentina, en 1985. También hice mancuerna con Norberto Sessano, otro argentino, para editar un suplemento político en El Universal. Tengo buenos recuerdos de los argentinos y por eso, cuando al fin pude viajar allá, lo primero que hice fue buscar a los que residían en Buenos Aires para tomar café y beber vino tinto.
    En otro viaje tuve la fortuna de ir a una estancia, al sur de la provincia de Buenos Aires, y mi mayor expectación la generaba el hecho de que por fin iba a conocer el ombú. Efectivamente, allí estaba: grueso, con más de diez metros de circunferencia, de copa frondosa y alrededor de 20 metros de altura. Bajo sus ramas, que crecen a poca distancia del suelo, se preparó el asado que degustamos ese día.
    Si alguien me preguntara cuál es el árbol con el que he vivido los momentos más felices de mi vida, respondería que es el macahuite (madera hambrienta, en nahua), con cuya madera se hacían las macanas de los guerreros aztecas. Corrijo: más que momentos felices (los hay, aunque fugaces, a lo largo de toda nuestra vida), los momentos de inocencia, de absoluta despreocupación por el mundo y sus giros, porque ese árbol acompañó gran parte de mi infancia. Siempre que voy a mi terruño y salgo a pasear por distintos puntos del campo voy contando los macahuites que encuentro. Me alegra saber que existen, que no los han acabado  y espero que nos sobrevivan. Por eso me gusta que los argentinos hayan adoptado el ombú como su árbol nacional. Por eso recordé  a esa gauchita que me acogió y amó en mi agreste juventud. Por eso me alegró tanto encontrar en el plantel Vallejo al ombú, ese lejano amigo de la pampa, de quien el poeta argentino Luis L. Domínguez (1819-1898) escribió:     
Cada comarca en la Tierra
tiene un rasgo prominente:
El Brasil su sol ardiente,
minas de plata el Perú:
Montevideo su cerro;
Buenos Aires, ¡patria hermosa!,
tiene la pampa grandiosa;
la pampa tiene el ombú.


CAZA MAYOR
Abrogar y arrogar. Al igual que primar y privar, son dos palabras que gustan a quienes desean pasar por cultos, pero casi siempre equivocan su empleo. Abrogar significa abolir, derogar. Ejemplo: El Ejecutivo abrogó o abolió una ley. Arrogar, en tanto, quiere decir atribuir, adjudicar. “Apropiarse indebida o exageradamente de cosas inmateriales, como facultades, derechos u honores” define el Diccionario de la Lengua Española de la RAE. Ejemplo: David se arroga la facultad de decidir quiénes son de derecha y quiénes de izquierda.   


    

DIVULGADORES... 2

Divulgadores… 2
NOÉ AGUDO

En este 2014 Carl Sagan cumpliría 80 años. Tengo en un lugar especial al astrofísico norteamericano, conductor de la serie televisiva Cosmos y autor del libro del mismo título, pues sin sus obras y ejemplo no me hubiera sido posible dirigir una revista como Geografía Universal. Leer La conexión cósmica (1973), Los dragones del edén (1975), El cerebro de Broca (1977), Cosmos (1980) y su novela Contacto (1985), renovaba mi interés por la divulgación científica y me inspiraba para abordar nuevos temas.
    Cosmos, la serie que le dio fama mundial, permanece vigente y hoy es posible adquirirla completa en DVD por unos cuantos pesos. En ella uno admira cómo los más complejos problemas de astrofísica, genética, biología, geología, evolución y química son explicados con tal claridad y naturalidad que el espectador se siente sabio y quisiera saber más. Cuando apareció el libro, bellamente ilustrado, el reconocimiento por el científico se acrecentó. Los trece capítulos, dos apéndices, las Lecturas Complementarias, más los Agradecimientos y el Índice Onomástico y Analítico que lo componen son una muestra ejemplar de lo que debe ser la divulgación científica: amenidad, habilidad expositiva, riguroso conocimiento del tema, erudición y sencillez al mismo tiempo. Todo esto hizo de Cosmos mi manual de cabecera para editar la revista. De paso, nadie como Sagan en el uso del epígrafe. Cada uno de los capítulos de este y sus demás libros inician con uno o más pensamientos perfectamente elegidos, que son como semillitas de curiosidad sembradas en la memoria del lector para renacer en otras lecturas.
    En 1986, la última vez que visitó la Tierra el cometa Halley, mi amiga Connie Scheller me invitó a un crucero por la Antártida (a pesar de su nombre era regiomontana y representaba en México a los cruceros de origen noruego Royal Viking Line). La invitación no era tan generosa ni gratuita. Para entonces yo era editor de una revista cuyo público natural interesaba a Connie, pues es el que realiza este tipo cruceros: “Para que puedas ver mejor al cometa Halley” me dijo, y agregó como sin querer: “Carl Sagan será uno de los pasajeros”. Ambos compartíamos la admiración por el científico, y, ¿qué creen que sucedió?
    Sagan no sólo era un magistral divulgador de la ciencia, especialmente de aquellas disciplinas que estudian el universo, sino un activo científico que participaba en diversos proyectos e investigaciones para saber si existían vida e inteligencia extraterrestres. Comunicación con inteligencias extraterrestres, libro coordinado por él (Planeta, 1980) es una valoración científica de las posibilidades reales de hallar vida en algún confín del cosmos, y su novela Contacto una propuesta de cómo sería nuestro encuentro con inteligencias ajenas a la Tierra. Pero no he mencionado aún el que considero su mayor mérito: su oposición tenaz a que la ciencia fuese omisa o indiferente ante la proliferación de charlatanerías y embustes. Cuando vemos cómo los textos científicos demuestran, y no les interesa persuadir o convencer de algo, leo con mis alumnos algunos capítulos de El cerebro de Broca, para entender la manera como la ciencia desnuda las creencias irracionales y demuestra su falsedad. Está por demás señalar que los jóvenes no sólo aprenden que la ciencia es más interesante y maravillosa, sino que se cuestionan por primera vez sus creencias absurdas: horóscopos, signos zodiacales, fantasmas, extraterrestres y demás supercherías que Sagan desmistificó pacientemente.
    El astrónomo murió en 1996 pero su legado aún sigue vivo. Antes de partir escribió El mundo y sus demonios (1995), un llamado de alerta ante el retorno de charlatanerías y pensamientos irracionales que se creían ya superados, pero que hoy −¡oh, paradoja!− vuelven con mayor fuerza gracias a la tecnología creada por la misma ciencia, como el internet.
    Sagan me llevó a la obra de varios estudiosos del cosmos. En primer término a Fred Hoyle, distinguido físico teórico y autor de audaces propuestas en torno al origen de la vida y el universo. De sus varias obras son indispensables leer El Universo inteligente (Edit. Grijalbo) y La nube de la vida (Edit. Crítica). Actualmente frases como teoría del Big Bang y conceptos como panespermia son de uso común en la ciencia, pero pocos saben que fue Hoyle con sus heterodoxas teorías quien las creó.
    Esta relación quedaría incompleta sin citar a Stephen W. Hawking, el célebre matemático y físico teórico de quien Sagan escribió la introducción a su primer y más conocido libro: Historia del tiempo. Del big bang a los agujeros negros (Editorial Crítica). De manera accesible, Hawking propone aquí la posibilidad de contar con una teoría unificada y completa del universo. A esta teoría se la conoce como la “unificación de la física”, y los estudiantes de bachillerato podrían comprender con su lectura por qué debemos conformarnos por ahora con teorías parciales sobre el universo, y qué significan hallazgos recientes como la antipartícula o el bosón de Higgs. Otro libro indispensable de Hawking es A hombros de gigantes (Edit. Crítica), pues reúne textos fundamentales de autores como Copérnico, Galileo, Kepler, Newton y Einstein, con una breve introducción suya.
    Recopilación de textos esenciales de la ciencia es también Como al león por sus garras (Editorial Debate), de José Manuel Sánchez Ron, profesor titular de Historia de la Ciencia y Física Teórica en la Universidad Autónoma de Madrid. Se trata de una esmerada antología de textos científicos explicados por sus propios autores, y van desde Hipócrates (c. 460-370 a.C.) con su célebre Juramento hipocrático hasta ¿Estamos solos en el universo?, de Carl Sagan, pasando por Euclides, Vesalio, Copérnico, Leibniz, Euler, Laplace, Maxwell, Planck, Heisenberg y varios otros.
    Todo libro de ciencia, incluidos los de texto, funcionan cuando el lector ya se halla encaminado. Los que aquí se mencionan tienen la cualidad del libro rizoma, es decir, aquellos textos que aparte de divulgar el conocimiento son capaces de llevarnos a otras lecturas. Sin David Attenborough no hubiera conocido a Wendt, sin Wendt no hubiera conocido a Konrad Lorenz y sin éste no habría llegado a Darwin, y sin Darwin no me hubiera conocido la Historia natural de Plinio el Viejo o De la naturaleza de las cosas, de Lucrecio.
    Por eso no es posible cerrar este apartado sin citar al paleontólogo, biólogo evolucionista e historiador de la ciencia Stephen Jay Gould (1941-2002), quien además de su extraordinario trabajo científico hizo divulgación de la ciencia con libros como La vida maravillosa (casi todos están en la Editorial Crítica), El pulgar del panda, La sonrisa del flamenco, “Brontosaurus” y la nalga del ministro y Ocho cerditos. Su temática va de la historia desconocida de los seres vivos, los episodios cruciales de la historia de la ciencia, los rasgos de la conciencia humana, animales insólitos, ensayos sobre aspectos canónicos en la historia científica (como la “revisión y ampliación de Darwin”), la importancia del azar y la impredecibilidad de la vida, hasta razonadas respuestas a las teorías creacionistas que resurgen periódicamente.
    ¿Y en México, qué, no hay divulgadores de la ciencia? ¡Claro que los hay! Quizá el mejor en nuestros días sea el médico patólogo Francisco González Crussí, quien vive y trabaja en los Estados Unidos y por eso primero debe escribir sus libros en inglés y después son traducidos al español. El FCE ha traducido casi todos, notables ejemplos de erudición, claridad y amenidad: Notas de un anatomista, 1986; Mors repentina, 1986; Sobre la naturaleza de las cosas eróticas, 1988; Los cinco sentidos, 1989; Nacer y otras dificultades, 2006; Horas chinas, 2007; Remedios de antaño, 2012; Tripas llevan corazón, 2012, y El rostro y el alma, 2014. Está también la meritoria labor de  Marcelino Cereijido y Antonio Lazcano Araujo; en diarios, revistas y TV Shahen Hacyan, Martín Bonfil, José Gordon, Luis González de Alba y Carlos Tello Díaz, entre otros.
    Urge reforzar esta actividad y corresponde a escuelas y universidades hacerlo. Alguna vez propuse al doctor Miguel Monroy Farías, de la FES Iztacala, editar una revista de divulgación científica centrada especialmente en temas psicológicos. Para un pueblo con una trayectoria tan dramática, cuyo nacimiento se produjo en medio de un trauma histórico, cuán indispensable es estudiar sus diversos complejos, su fascinación por la muerte, su carencia de autoestima, su improvisación, etc. Recordemos que nuestro Colegio es de ciencias y humanidades y, parafraseando a Terencio, podemos decir entonces que nada del universo nos es ajeno.



LOS DIVULGADORES... 1

Los divulgadores…1

NOÉ AGUDO

¿Qué habría estudiado de no haber sido periodismo y comunicación, y ser un amante fiel de la literatura? El condiscípulo y amigo que eligió mi carrera en el CCH seguramente nunca advirtió que yo era un enamorado secreto de la ciencia, y que esa pasión inició cuando descubrí una bonita y muy bien planeada revista que se llamaba Mire los MUNDOS de ayer, hoy y mañana. Profusamente ilustrada, su logotipo era una escultura conocida como “El hombrecito de Tlatilco”; sus temas eran inteligentes, eficaces para despertar la curiosidad de los niños e irlos encauzando hacia la actividad científica; la empecé a coleccionar y me entretenía haciendo los experimentos que proponía en sus páginas finales.
    Las vicisitudes de la vida me llevaron por otros senderos y en el bachillerato compañeros y profesores pensaban que eran las letras, el periodismo, la ciencia política o la abogacía mi terreno natural. Así que cuando dejé a un amigo la responsabilidad de elegir y me fui de vacaciones, él pensó que sería el periodismo mi profesión y acertó: el periodismo me ha permitido viajar, conocer personas interesantes, como los escritores que leía y admiraba en el bachillerato: Fuentes, Rulfo, Benedetti, Cortázar, Vargas Llosa y Paz, a quienes incluso pude entrevistar, y me ha relacionado con actividades que nunca pensé realizar, como la de profesor.
    Pero como periodista también descubrí que mi enamoramiento por la ciencia persistía. Tuve la fortuna de dirigir la Revista de Geografía Universal durante algunos años y realmente disfrutaba planear su contenido, buscar a los colaboradores que mejor lo desarrollaran, revisar y corregir los textos, elegir las fotografías, ver su diseño y diagramación, enviar la revista a los  talleres, recibirla ya impresa y proponerme siempre que el siguiente número fuera mejor. Ha sido la única revista mexicana con ediciones en Argentina, Venezuela y España. (Hoy Letras Libres tiene su edición española.) La empresa que la hacía (3ª Editores) tenía una biblioteca bien nutrida de libros y revistas de divulgación científica y era un placer permanecer ahí.
    Así fue como conocí a un puñado de excelentes textos y autores especializados en la divulgación de la ciencia. Por ejemplo, y aunque a estas alturas del nuevo milenio pudiera parecer anticuado, no dejo de recomendar El ascenso del hombre de Jacob Bronowski (Fondo Educativo Interamericano) a quien desee tener un panorama completo del desarrollo de la ciencia. Astronomía, física, química, biología, matemáticas, etología y demás disciplinas que estudian la naturaleza son revisadas en este ameno libro –que primero fue una serie de televisión para la BBC− como un verdadero ascenso del hombre, pues el fin último de la ciencia es comprender mejor la naturaleza humana.
    Para abordar cuestiones como la pretendida “objetividad” y “racionalidad” de la ciencia, me sigue pareciendo fundamental De Arquímedes a Einstein (Alianza Editorial), libro del filósofo francés Pierre Thuillier, quien también fue director hasta cuatro años antes de su muerte (1998) de La Recherche, una magnífica revista de divulgación científica. Con Thuillier descubrí una característica de los buenos divulgadores de la ciencia: su notable erudición. Este libro inicia con la célebre leyenda de que Arquímedes incendió las galeras romanas mediante espejos ardientes durante el asedio de Siracusa.
    Un libro que plantea un panorama de la evolución científica a través de sus hallazgos es Los descubridores (Editorial Crítica), del profesor, historiador y abogado estadunidense Daniel J. Boorstin (1914-2004). Un deleite conocer cómo los grandes descubridores tuvieron que enfrentar a la superstición y al dogma para ampliar el conocimiento del universo, de la geografía, de la naturaleza y sus criaturas, de la sociedad y aun del cuerpo y la mente humanos.
    Para conocer y mejor comprender a la infinita variedad de seres vivos nada mejor que los libros de David Attenborough; todos los que se preocupan por ellos deberían empezar por leer La vida en la tierra (Fondo Educativo Interamericano), una historia de la naturaleza a través de la vida de animales y plantas durante 3500 millones de años. A mí me conmueve leer La vida a prueba (RBA Editores), pues muestra que la vida de los animales no es sino una apasionante lucha por sobrevivir y perpetuar su especie desde el nacimiento hasta la muerte. Al igual que Bronowski y Cousteau, Attenborough es también un pionero en el uso de la televisión para la divulgación científica.
    Condimentado con las ilustraciones reunidas por un antiguo libro para describir los animales que los navegantes europeos del siglo XVI encontraron e imaginaron en sus viajes (Gesners Allgemeines Tierbuch, de 1669), el historiador alemán Herbert Wendt presenta en El descubrimiento de los animales. De la leyenda del unicornio hasta la etología (Editorial Planeta) una fascinante historia de la zoología, la ciencia que reveló a la humanidad la riqueza de vida en el planeta. No dejo de lamentar la pérdida de La vida amorosa del mundo animal, un libro de Wendt que extravié y nunca he podido recuperar.
    Una introducción que funciona como la perfecta red de conocimientos que atrapa al lector y lo deja interesado por siempre en el universo de los microorganismos unicelulares es Las bacterias (Biblioteca Joven del FCE), de Jean-Claude Burdin y Emile de Lavergne. Sorprendente descubrir cómo muchas de las acciones que consideramos propias y resultado de nuestro libre albedrío son en realidad dictadas por esos organismos invisibles pero poderosos, sin los cuales la vida sobre la tierra no sería posible. Ahora que el catálogo del microbioma humano ha sido completado, nada más oportuno que este librito para su comprensión.
    Cuando la aridez de las matemáticas espanta a personas poco dadas a procesos de abstracción y racionalización, recomiendo sin dudarlo que lean El hombre que calculaba (Noriega Editores) de Malba Tahan, ya que es un librito que enseña las matemáticas de forma divertida y une lo deleitable con lo útil. Muchos problemas que plantea y resuelve parecen cosa de magia, pero en realidad son resultado de una deducción lógica y éste es el paso que se nos dificulta dar. Es evidente que Malba Tahan es un seudónimo, pero su conocimiento del mundo árabe es profundo a la vez que amplio, como lo demuestran las aventuras de Beremiz Samir, el “hombre que calculaba” y los excelentes apéndices con que cierra el libro: Calculadores famosos, Los árabes y las matemáticas, Algunos pensamientos elogiosos sobre la Matemática, Consideraciones sobre los problemas planteados, Lexicón, Voces árabes, Interjecciones árabes y una relación completa de naciones, ciudades, accidentes geográficos, nombres de autores, personajes históricos y matemáticos mencionados, así como una breve información de los mismos.
    Otro libro que muestra el poder y la belleza de las matemáticas es Cinco ecuaciones que cambiaron el mundo (Debate) de Michael Guillen, editor científico de la cadena ABC, quien con un lenguaje sencillo revela el mundo secreto de las matemáticas, las personas y descubrimientos que aportaron conocimientos fundamentales para la ciencia. Un libro que además de mostrar la precisión de esta disciplina devela los celos, fama, guerra, dramas, ambiciones personales y tragedias familiares de los autores de las cinco ecuaciones.

    El espacio se agota. Aún hace falta mencionar las revistas de divulgación científica, los divulgadores mexicanos, qué cualidades se requieren para realizar esta tarea, la relación arte-ciencia, etc., así que dejaremos dichos temas para la siguiente entrega.  

  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...