sábado, 27 de diciembre de 2014

LOS DIVULGADORES... 1

Los divulgadores…1

NOÉ AGUDO

¿Qué habría estudiado de no haber sido periodismo y comunicación, y ser un amante fiel de la literatura? El condiscípulo y amigo que eligió mi carrera en el CCH seguramente nunca advirtió que yo era un enamorado secreto de la ciencia, y que esa pasión inició cuando descubrí una bonita y muy bien planeada revista que se llamaba Mire los MUNDOS de ayer, hoy y mañana. Profusamente ilustrada, su logotipo era una escultura conocida como “El hombrecito de Tlatilco”; sus temas eran inteligentes, eficaces para despertar la curiosidad de los niños e irlos encauzando hacia la actividad científica; la empecé a coleccionar y me entretenía haciendo los experimentos que proponía en sus páginas finales.
    Las vicisitudes de la vida me llevaron por otros senderos y en el bachillerato compañeros y profesores pensaban que eran las letras, el periodismo, la ciencia política o la abogacía mi terreno natural. Así que cuando dejé a un amigo la responsabilidad de elegir y me fui de vacaciones, él pensó que sería el periodismo mi profesión y acertó: el periodismo me ha permitido viajar, conocer personas interesantes, como los escritores que leía y admiraba en el bachillerato: Fuentes, Rulfo, Benedetti, Cortázar, Vargas Llosa y Paz, a quienes incluso pude entrevistar, y me ha relacionado con actividades que nunca pensé realizar, como la de profesor.
    Pero como periodista también descubrí que mi enamoramiento por la ciencia persistía. Tuve la fortuna de dirigir la Revista de Geografía Universal durante algunos años y realmente disfrutaba planear su contenido, buscar a los colaboradores que mejor lo desarrollaran, revisar y corregir los textos, elegir las fotografías, ver su diseño y diagramación, enviar la revista a los  talleres, recibirla ya impresa y proponerme siempre que el siguiente número fuera mejor. Ha sido la única revista mexicana con ediciones en Argentina, Venezuela y España. (Hoy Letras Libres tiene su edición española.) La empresa que la hacía (3ª Editores) tenía una biblioteca bien nutrida de libros y revistas de divulgación científica y era un placer permanecer ahí.
    Así fue como conocí a un puñado de excelentes textos y autores especializados en la divulgación de la ciencia. Por ejemplo, y aunque a estas alturas del nuevo milenio pudiera parecer anticuado, no dejo de recomendar El ascenso del hombre de Jacob Bronowski (Fondo Educativo Interamericano) a quien desee tener un panorama completo del desarrollo de la ciencia. Astronomía, física, química, biología, matemáticas, etología y demás disciplinas que estudian la naturaleza son revisadas en este ameno libro –que primero fue una serie de televisión para la BBC− como un verdadero ascenso del hombre, pues el fin último de la ciencia es comprender mejor la naturaleza humana.
    Para abordar cuestiones como la pretendida “objetividad” y “racionalidad” de la ciencia, me sigue pareciendo fundamental De Arquímedes a Einstein (Alianza Editorial), libro del filósofo francés Pierre Thuillier, quien también fue director hasta cuatro años antes de su muerte (1998) de La Recherche, una magnífica revista de divulgación científica. Con Thuillier descubrí una característica de los buenos divulgadores de la ciencia: su notable erudición. Este libro inicia con la célebre leyenda de que Arquímedes incendió las galeras romanas mediante espejos ardientes durante el asedio de Siracusa.
    Un libro que plantea un panorama de la evolución científica a través de sus hallazgos es Los descubridores (Editorial Crítica), del profesor, historiador y abogado estadunidense Daniel J. Boorstin (1914-2004). Un deleite conocer cómo los grandes descubridores tuvieron que enfrentar a la superstición y al dogma para ampliar el conocimiento del universo, de la geografía, de la naturaleza y sus criaturas, de la sociedad y aun del cuerpo y la mente humanos.
    Para conocer y mejor comprender a la infinita variedad de seres vivos nada mejor que los libros de David Attenborough; todos los que se preocupan por ellos deberían empezar por leer La vida en la tierra (Fondo Educativo Interamericano), una historia de la naturaleza a través de la vida de animales y plantas durante 3500 millones de años. A mí me conmueve leer La vida a prueba (RBA Editores), pues muestra que la vida de los animales no es sino una apasionante lucha por sobrevivir y perpetuar su especie desde el nacimiento hasta la muerte. Al igual que Bronowski y Cousteau, Attenborough es también un pionero en el uso de la televisión para la divulgación científica.
    Condimentado con las ilustraciones reunidas por un antiguo libro para describir los animales que los navegantes europeos del siglo XVI encontraron e imaginaron en sus viajes (Gesners Allgemeines Tierbuch, de 1669), el historiador alemán Herbert Wendt presenta en El descubrimiento de los animales. De la leyenda del unicornio hasta la etología (Editorial Planeta) una fascinante historia de la zoología, la ciencia que reveló a la humanidad la riqueza de vida en el planeta. No dejo de lamentar la pérdida de La vida amorosa del mundo animal, un libro de Wendt que extravié y nunca he podido recuperar.
    Una introducción que funciona como la perfecta red de conocimientos que atrapa al lector y lo deja interesado por siempre en el universo de los microorganismos unicelulares es Las bacterias (Biblioteca Joven del FCE), de Jean-Claude Burdin y Emile de Lavergne. Sorprendente descubrir cómo muchas de las acciones que consideramos propias y resultado de nuestro libre albedrío son en realidad dictadas por esos organismos invisibles pero poderosos, sin los cuales la vida sobre la tierra no sería posible. Ahora que el catálogo del microbioma humano ha sido completado, nada más oportuno que este librito para su comprensión.
    Cuando la aridez de las matemáticas espanta a personas poco dadas a procesos de abstracción y racionalización, recomiendo sin dudarlo que lean El hombre que calculaba (Noriega Editores) de Malba Tahan, ya que es un librito que enseña las matemáticas de forma divertida y une lo deleitable con lo útil. Muchos problemas que plantea y resuelve parecen cosa de magia, pero en realidad son resultado de una deducción lógica y éste es el paso que se nos dificulta dar. Es evidente que Malba Tahan es un seudónimo, pero su conocimiento del mundo árabe es profundo a la vez que amplio, como lo demuestran las aventuras de Beremiz Samir, el “hombre que calculaba” y los excelentes apéndices con que cierra el libro: Calculadores famosos, Los árabes y las matemáticas, Algunos pensamientos elogiosos sobre la Matemática, Consideraciones sobre los problemas planteados, Lexicón, Voces árabes, Interjecciones árabes y una relación completa de naciones, ciudades, accidentes geográficos, nombres de autores, personajes históricos y matemáticos mencionados, así como una breve información de los mismos.
    Otro libro que muestra el poder y la belleza de las matemáticas es Cinco ecuaciones que cambiaron el mundo (Debate) de Michael Guillen, editor científico de la cadena ABC, quien con un lenguaje sencillo revela el mundo secreto de las matemáticas, las personas y descubrimientos que aportaron conocimientos fundamentales para la ciencia. Un libro que además de mostrar la precisión de esta disciplina devela los celos, fama, guerra, dramas, ambiciones personales y tragedias familiares de los autores de las cinco ecuaciones.

    El espacio se agota. Aún hace falta mencionar las revistas de divulgación científica, los divulgadores mexicanos, qué cualidades se requieren para realizar esta tarea, la relación arte-ciencia, etc., así que dejaremos dichos temas para la siguiente entrega.  

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