Si aquello
que sabemos es lo que determina lo que observamos y deseamos conocer,
imaginemos qué ocurre cuando ese saber es vago, muy general o equivocado.
La necesidad
de creer
NOÉ AGUDO
(27/06/2017)
Carl Sagan, el gran astrofísico y divulgador de la ciencia, explica
que el factor más importante en la aceptación y el éxito de las supercherías,
fanatismos e ideas irracionales de la humanidad es la propia necesidad de creer
en ellos. En general, el ser humano requiere creer que acciones repentinas, un
objeto mágico o un ser poderoso transformarán su situación y le harán posible un
mundo mejor. Para ponerse a salvo de los elementos naturales, en la antigüedad el
hombre inventó dioses a los que podía implorar que actuaran en su defensa y
favor; para saber cómo le iría en la batalla o en una nueva acción que
emprendería ideó los oráculos, los adivinos y los arúspices; para evadir la
mala fortuna creó ritos, amuletos y sortilegios.
Y con esto
abrió las puertas a una serie de supuestos intermediarios ꟷestafadores y vividores en realidadꟷ que se dijeron enviados de los dioses, poseedores de un don
divino o representantes directos de las divinidades para velar por el hombre y
resolver sus problemas sobre la tierra. Además, en esta búsqueda consiguió algo
peor: aprendió a evadir su responsabilidad en la resolución de sus problemas.
En las primeras etapas de la evolución del
hombre estos intermediarios entre las divinidades y la humanidad se disfrazaron
con ropajes religiosos. Actualmente, ante la pérdida de credibilidad de muchas
explicaciones religiosas, los mismos intermediarios se revisten con elementos
que buscan recuperar esa confianza y para ello recurren a términos y
explicaciones supuestamente científicas. Los nuevos embaucadores se ubican en
esa amplia y difusa franja de las fronteras de la ciencia y las creencias
populares, que Sagan muy acertadamente llama el espacio de las pseudociencias.
Por ejemplo, narra la siguiente
anécdota: estando un día en un restaurante, vio un objeto brillante en el cielo
y todos los comensales salieron a ver de qué se trataba. Pronto “me encontré en
medio de una nube de maitres, camareras, cocineros y clientes que acordonaban
la acera, apuntaban al cielo con dedos y tenedores y daban claras muestras de
asombro. Aquella gente estaba entre encantada y sobrecogida. Pero cuando
regresé con un par de prismáticos que mostraban fuera de toda duda que el
supuesto ovni era en realidad un avión de tipo especial (como se supo más
tarde, una aeronave meteorológica de la NASA), cundió un profundo y
generalizado desencanto. Algunos se mostraban embarazados por haber mostrado en
público su credulidad. Otros estaban simplemente disgustados porque se había
esfumado una muy buena historia, algo fuera de lo ordinario; acababa de
difuminarse un posible visitante de otros mundos”.
La decepción de la mayoría de los
testigos muestra un hecho relevante: nosotros mismos contribuimos con nuestra
credulidad y expectativas a hacer creíbles mitos y mentiras. Si descartamos a
quienes ignoran que los embustes son elaborados con el propósito de beneficiar
a sus creadores, queda por responder por qué mucha gente que sí está informada
y sabe que son supercherías los acepta y aun los defiende. Sucede así porque
llena una necesidad, cumple una expectativa y contribuye a evadirnos de la
realidad grisácea, difícil y monótona de todos los días.
La creencia en los extraterrestres, por
ejemplo, refleja la necesidad de saber que allá afuera hay inteligencias
superiores que nos rescatarán de un posible desastre nuclear, del calentamiento
global o nos enseñarán a usar nuestras facultades paranormales hoy dormidas. Dicha
creencia se envuelve en un ropaje seudocientífico cuando acude al siguiente
procedimiento: echa mano de algunos mitos, utiliza ciertas nociones que se
tienen sobre el funcionamiento del cerebro y recurre a una vaga hipótesis. Los
mitos los constituyen las supuestas huellas que los extraterrestres han dejado en
otras épocas sobre la tierra: las líneas de Nazca, el astronauta de Palenque,
las pirámides como fuentes de energía, algunos relatos de la Biblia, ciertos
avistamientos no explicados por la ciencia, etc. Con esto se da por sentado que
los extraterrestres ya estuvieron sobre la tierra, así que no es improbable que
regresen. La noción: como no conocemos de manera cabal el funcionamiento del
cerebro, damos por correcta la idea de que sólo aprovechamos un 10% del mismo y
dejamos sin usar el resto (pregúntese a un neurocientífico si esta noción es
correcta y nos responderá que no es verdadera). Pero los extraterrestres con
sus conocimientos avanzados nos podrían a enseñar a usarlas. La hipótesis: en
algún lugar del universo, del que sólo conocemos una muy reducida parte, debe
haber condiciones para que la vida se haya desarrollado y esté más avanzada que
la nuestra. Así que, ¿por qué no creer que existen? Mézclense estos elementos y
tendremos firmemente asentada no sólo la creencia en los extraterrestres sino la
invención de la pseudociencia que los estudia: la ufología. Pero han sido
nuestras expectativas las que las hacen posibles y creíbles: la necesidad de
creer en la vida extraterrestre.
Por eso un ferviente defensor de esta creencia
se decepciona cuando los científicos informan que hallaron componentes orgánicos
o algo parecido a bacterias en el suelo de Marte. Ellos esperan saber acerca de
los supuestos canales que atraviesan el planeta rojo. Desearían escuchar
revelaciones como que se encontraron ruinas de ciudades, naves e incluso hombrecillos
con antenas en la cabeza. Comprender la paciente y aburrida explicación de la
ciencia les resulta difícil y decepcionante: compuestos orgánicos, esbozos de
formas muy elementales de vida (que ni siquiera llegan a constituirla) y sólo
la posibilidad de que haya compuestos parecidos al agua, les resulta, eso sí,
una mentira. La NASA oculta algo, el gobierno norteamericano no quiere que nos
enteremos que ya ha hecho contacto, etc. Todas estas suposiciones llenan las
expectativas que se han creado y evitan el esfuerzo de tratar de comprender
explicaciones científicas que se consideran difíciles. Siempre es menos
atractivo aquello que implica dificultad y exige un mayor esfuerzo para su
comprensión.
Qué decir cuando dichas creencias atienden
necesidades más urgentes y concretas, como son el deseo de adelgazar o evitar
la calvicie. En esos casos estamos dispuestos a creer en todo. A una vecina la
han engañado con píldoras, masajes, limpias y bebidas milagrosas para
adelgazar, y nada le ha funcionado. Pero ella sigue creyendo en que encontrará la
pastilla, la bebida o la fórmula milagrosa, porque le resulta difícil hacer
ejercicio ꟷya no digamos diariamente, sino al menos dos veces por semanaꟷ, alimentarse sanamente y en general imponerse un régimen de
vida sano. Los productos-milagro, que no son más que un fraude con los que los
fabricantes y la televisión llenan sus bolsillos de dinero, basan su auge en
dicha promesa: solucionar de manera fácil, rápida y sin otro esfuerzo que no
sea pagar algunos pesos.
Shampoos que evitan la calvicie o que
vuelven rubio el cabello de quien los usa; cremas que adelgazan o quitan las
arrugas; bebidas que “queman” las grasas; aparatos que con sólo sentarse en
ellos fortalecen los músculos; calcetines que evitan el dolor y curan el pie diabético;
aguas azucaradas que imprimen energía y brindan optimismo al cuerpo;
detergentes que quitan la mugre con un simple pase y dan nuevo color a la
prenda; cremas que vuelven blanca la piel, etc. La lista de los artículos es
enorme y resulta indignante el trato de imbéciles que los anunciantes dan a los
posibles consumidores. Y para que la burla sea mayor emplean términos
aparentemente científicos como “ginkgo bilova”, “raíz de genciana”, “acción
antielastasa”, “nuez asiática”, “factor QB5”, “acción hidrocauterizadora”,
etcétera. ¿Por qué la gente cree en ellos pese haber comprobado que que no
sirven? Porque prometen la satisfacción de una necesidad, cubren una
expectativa y lo hacen de manera rápida y sin esfuerzo. Hay quienes incluso esperan
la tableta o el supositorio que los haga expertos en biología o duchos en matemáticas.
Bromas aparte, conocí a una persona que dormía con los audífonos puestos para
escuchar una grabación con las lecciones de la materia de la que presentaría su
examen al día siguiente. ¿Y cómo te fue?, le pregunté. “No recordé nada, pero
me ayudó a dormir mejor” respondió.
Igual sucede con las necesidades
económicas y sociales: es muy fácil convencer a la gente de que alguien o algo tiene
la culpa de su mala situación (la oligarquía, la mafia en el poder, el
neoliberalismo, el “narco-estado”, etc.)
y que sólo un personaje providencial o un sistema político del pueblo podrán
redimirla. Es decir, sólo hace falta que ese personaje providencial llega al
poder o se establezca el gobierno del pueblo. ¿Y quién es el pueblo? ¿Qué es el
pueblo? Un partido, un reducido grupo de elegidos o mejor aún, el comandante,
el caudillo, el libertador. Esos se vuelven la encarnación del pueblo, es
decir, los antiguos intermediarios. No es el funcionamiento de las
instituciones, la organización de la sociedad, los mecanismos de vigilancia y
control, la actuación responsable y activa de los ciudadanos, la educación de
la población y su participación los que hacen una sociedad mejor. No, el cambio
debe ser de raíz, fundamental, se debe destruir todo y empezar de nuevo. Por
eso se dice fundamentalista a esta pretensión. Así como mi vecina ha ido de
fraude en fraude en su deseo de querer adelgazar, por evitarse la aburrida
disciplina de hacer ejercicio y mantener una dieta sana, así algunas sociedades
van de bribón en bribón y de revolución en revolución para volver siempre a lo
mismo sin que nada cambie. Más aún cuando esta ideología está sustentada en
doctrinas que se pretenden científicas y no son más que pseudociencias, como
diría Sagan.
Sin embargo, el único cambio posible
y factible es el que cada uno se propone realizar y lo inicia a partir de sí
mismo y el círculo donde actúa. Es lo que ha transformado realmente a las
personas y las sociedades. No lo digo yo, sino los numerosos ejemplos realmente
transformadores que tenemos a lo largo de la historia: Jesucristo, Mandela, Einstein,
Gandhi, Steve Jobs… En todo caso, así como Sagan nos enseña a conocer el
universo sin fanatismos ni creencias irracionales, así un científico social
como Karl Popper demuestra que sólo una acción paciente, permanente e
inteligente en nuestro medio es lo que realmente modifica la sociedad. Los
pequeños cambios sumados son los que hacen los grandes. La enseñanza de un
libro como La sociedad abierta y sus
enemigos es que sólo el esfuerzo y la dedicación de los ciudadanos pueden
construir una sociedad mejor; sólo la actuación paciente sobre las
instituciones, los ambientes de trabajo, de gobierno o de estudio hacen posible el mejoramiento de
una situación, sin destruir lo logrado ni conducir al sacrificio a numerosas
generaciones. Más allá de las doctrinas, ideologías, caudillos y revoluciones.
Desde luego, esto es menos vistoso
que la guerrilla, las armas y los discursos grandilocuentes y exige mucha más
responsabilidad. Para empezar, no es lo mismo leer Los conceptos fundamentales
del materialismo histórico de Martha Haernecker, que penetrar ese denso
ladrillo titulado La sociedad abierta y
sus enemigos. Pero se trata de una lectura realmente transformadora y sin duda
enriquecedora para la comprensión de la sociedad. Una visión maniqueísta
resulta fácil por su simplismo, pero no permite conocer realmente cómo funciona
una sociedad. Como los productos-milagro, satisface una expectativa pero no nos
permite comprender, nos brinda esquemas y recetas que no funcionan en la
realidad.
Porque los cambios no son de una vez y para
siempre. Por el contrario: son lentos, a veces inadvertidos pero constantes;
porque los seres humanos y nuestra cultura somos imperfectos; porque la manera
de avanzar en la ciencia y en la vida diaria son siempre la prueba, el ensayo,
el acierto o el error. Y comenzar otra vez. De allí mi preocupación por mi
cultura, por el lenguaje, por la comunidad donde trabajo y por el medio donde
actúo. De allí la razón de textos como éste.
ASÍ TIENDEN SU CAMITA
Casi toda la semana pasada y lo que va
de ésta la UNAM ha estado bajo la auscultación de los medios. Los asesinatos
ocurridos en Ciudad Universitaria, la venta, distribución y consumo de drogas,
algo común en todos los espacios universitarios y que las autoridades conocen
desde hace tiempo, ha trascendido hacia el exterior gracias a los medios de
información. Es un buen signo. Tal vez ahora sí, el rector esté dispuesto a
limpiar la Universidad de dichas lacras que no sólo le acarrean desprestigio
sino entorpecen e impiden cumplir el fin primordial de la Universidad, que es la
educación. Sobre todo cuando los mismos grupos que se dedican a la distribución
y venta de drogas secuestran espacios, como el conocidísimo caso del auditorio
de la Facultad de Filosofía y Letras, y otros más en las diversas facultades,
escuelas, centros e institutos.
Pero
hay otro tipo de secuestro y entorpecimiento de espacios universitarios quizá
menos evidente pero igual o peor de perjudiciales: cuando grupos nefastos y
bastos de individuos se apropian de las funciones directivas y administrativas
de las escuelas. Este es un secuestro cobijado por la normatividad, por la
apariencia de académicos de quienes lo realizan y porque además del secuestro
de las instalaciones hay una expoliación de los recursos del Colegio y una
perversión de las funciones académicas.
Es el caso
del Colegio de Ciencias y Humanidades, que hemos denunciado una y otra vez por
este medio. Al menos en el plantel Vallejo, desde el arribo de la actual
administración, la distribución, venta y consumo de drogas se ha incrementado
notablemente. Si en los períodos anteriores el consumo se hacía sobre todo por
las tardes, evadiendo la vigilancia y en los espacios más alejados (pastizales,
canchas de fútbol y el lugar conocido como “La Playa”), hoy se hace en los
mismos salones y a cualquier hora del día. No hay autoridades que vigilen, no
se practican más los rondines, el plantel vive a la deriva, y los baños,
salones y pasillos flotan entre la inmundicia y la basura.
Peor aún, el
abandono y descuido en que se tiene al plantel es porque el personal que lo administra
sabe muy bien que está allí para cubrir las apariencias: un director enterado
de que su fin es obedecer ciegamente al director general, así no cumpla con sus
funciones y solo se dedique a sus arrumacos amorosos; secretarios que no se
presentan a laborar pero sí a cobrar, o secretarios que usan el tiempo para
poner zancadillas y desprestigiar a sus compañeros en su afán por escalar
posiciones y colocar a sus allegados, etc. Una vez que la normatividad
universitaria fue rota al poner personal directivo al gusto y capricho del
director general, el plantel Vallejo es tierra de nadie. Ya hemos denunciado
que una persona basta y vasta es quien se dice la auténtica directora. En todos
los puestos donde ha estado ha sido despedida porque lo suyo es el espionaje,
la intimidación a los profesores y fabricar calumnias contra los que ella y sus
jefes consideran sus enemigos. Los rumores señalan que es debido a su presencia
como se ha incrementado el consumo y tráfico de drogas, pues ella es la que
tolera la presencia de los vendedores y sabe quiénes son. Al menos con los
grupos de pseudoactivistas mantiene una especial relación, pues aparenta
“controlarlos” para hacer ver la necesidad de su presencia.
Ahora
ha comenzado a circular la especie de que pronto se irá, pues la van a operar.
Está enfermita, dice, y, al igual que otro “funcionario” a quien aún le reporta
(que debió esparcir similar bulo cuando se descubrió su carácter de “oreja” y
esbirro) y tuvo que alejarse del plantel para disfrutar de la protección de la
dirección general, ella espera lograr lo mismo o eso le han prometido. No se
puede vivir en las cloacas y no oler mal; bastante y diverso daño ha causado en
el plantel Vallejo. Estos son los delincuentes más peligrosos y contra ellos
deben dirigirse las acciones de las autoridades si desean limpiar realmente la
Universidad. Los profesores debemos demandar su renuncia y exigir que no
vuelvan a traer ni poner a personas de este tipo en puestos clave. Todos ya
deben estar enterados, porque ella misma lo ha dicho, que es la que decide para
quiénes son las comisiones; a quiénes se otorgan las famosas plazas de carrera;
contra quiénes hay que reunir o fabricar expedientes sucios; a quién se debe
espiar o contra quiénes se deben circular calumnias, etcétera. Cuando personal
de este tipo controla una escuela es porque la educación se ha vuelto un botín
y los ganadores son los más rapaces. Así estamos.
EL PUEBLO SIN EL PUEBLO, Y CONTRA EL PUEBLO
Gran parte de los comportamientos
irracionales y absurdos ocurridos recientemente tienen su explicación en el
razonamiento del texto principal de más arriba. Morena estuvo a punto de ganar
las elecciones en el Estado de México; de hecho se impuso al PRI en número de
votos y hubiera gobernado de no ser porque los aliados nefastos de ese partido le
sumaron sus votos, y por los enormes recursos económicos que los gobiernos
federal, estatal y algunos municipales le aportaron (algo en lo que Morena no
se quedó atrás, al menos en el municipio de Texcoco, y las recaudaciones en lo
oscurito de las que trascendieron algunos casos para desgracia suya). Un dato
sobresaliente es que la mayoría de los votantes de Morena fueron ciudadanos con
un mayor nivel de estudios. Mientras el 18% de quienes tienen educación superior
votó por el PRI, el 41% lo hizo por Morena. Entre los que sólo cuentan con educación
básica, 43% lo hizo por el PRI y sólo 23% por Morena; es decir, a menor
educación más votos para el PRI, y a mayor educación más votos para Morena. ¿El
partido del pueblo sin el pueblo?
¿Qué tienen en común el Sindicato
Mexicano de Electricistas, el Comité de Víctimas de Nochixtlán, los familiares
de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, el Frente Sandinista de Liberación Nacional,
el Frente Popular Francisco Villa, la Asamblea de Barrios y el Sindicato de
Trabajadores del Transporte en la Ciudad de México? Varios, pero hoy nos
interesa destacar uno: que todos desfilaron para protestar por “la intromisión
de México en los asuntos internos de Venezuela”. Como es sabido, la semana
pasada se realizó en Cancún la 47 Asamblea de la Organización de los Estados
Americanos (OEA), en la cual México trató de lograr un pronunciamiento para
exigir el restablecimiento de las libertades democráticas, el respeto a los
derechos humanos, la liberación de los presos políticos y la asistencia
humanitaria para Venezuela. Con el voto de los países que sobreviven gracias al
petróleo venezolano dicho pronunciamiento no pudo prosperar y, entre las
cuestiones anecdóticas que la asamblea dejó, aparte del comportamiento cerril
de una supuesta representante diplomática, está la manifestación de estas supuestas
organizaciones del pueblo. ¿Es que los asesinados por el gobierno de Nicolás
Maduro no son pueblo? ¿Las manifestaciones de millones de ciudadanos no son del
pueblo venezolano? ¿La escasez y hambruna que padecen todos los habitantes de
Venezuela no incluyen al pueblo? ¿O todos comen tan bien como Maduro, Diosdado
y sus genízaros? Otra vez: el pueblo contra el pueblo, ¿o tal vez el pueblo
bueno contra el pueblo malo? Allí quedan sus nombres, para irlos conociendo.