domingo, 30 de agosto de 2015

DOSCIENTOS PROFESORES EN UN VOCHO

Doscientos profesores en un vocho, o mi diagnóstico del CCH
NOÉ AGUDO
(28 de marzo de 2016)

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Descubrir que algo está muy mal dentro del CCH lo propició un hecho aparentemente sin importancia, pero ‒más adelante lo comprobé‒ bastante significativo de la crisis profunda por la que atraviesa. En uno de esos cursos que se siguen para lograr la constancia y mantener un lugar decoroso en la lista jerarquizada, me sorprendió escuchar a una colega confesar que no le gustaba la poesía y además no la entendía. ¿Cómo le hará?, me pregunté, ¿si los programas de la asignatura que impartimos la plantean como obligatoria? La Cuarta Unidad de TLRIID I: Lectura de Relatos y Poemas: Ampliación de la Experiencia, y otra vez la Cuarta Unidad de TLRIID II: Lectura de Novelas y Poemas: Conflictos Humanos. Lo que más estupor me causó fue enterarme que esa profesora ocupa los primeros lugares en la lista jerarquizada del Área de Talleres.
Esto me hizo descubrir que no siempre son los profesores mejor preparados los que ocupan los primeros sitios, sino los que aprovechan amistades, tutelaje y pertenencia a ciertos grupos, cuyo instinto les hace perseguir cargos directivos para, desde allí, otorgarse puntos a discreción y repartirlos también entre familiares y amistades en su momento. Sólo así se explica esta incongruencia.
También comprendí el porqué de la extraña costumbre de exigir constancias por todo: impartir una charla, aplicar un examen extraordinario, diseñar un proyecto, actuar como jurado en un concurso, participar en una actividad cultural, y no se diga organizarla, porque entonces se piden dos constancias o más. Para alguien que, como yo, ha trabajado durante más tiempo en la iniciativa privada, donde lo que cuenta son los resultados, esto me parecía ‒y me sigue pareciendo‒ algo totalmente anormal. Lo natural sería que los profesores, preocupados por el aprendizaje de sus alumnos, realizaran actividades culturales y extracurriculares como complemento de su trabajo docente. Lo otro es como pedir constancias cada vez que se lee un libro. (Al inicio del presente periodo escolar, por ejemplo, un grupo de profesores organizamos tal vez la jornada cultural más importante en el plantel Vallejo y nadie se preocupó ni se ha preocupado porque nos extiendan una constancia.)
Comprendí también las triquiñuelas que algunos “vivillos” realizan para lograr más puntos: inscribirse a dos o tres cursos que se impartirán simultáneamente, aunque no asistan a ninguno; “apalabrarse” con quien lo imparte para quedar incluido en la lista de quienes recibirán el comprobante; inscribirse, asistir uno o dos días y luego reportarse enfermos para ya no asistir, etc.
Hay trucos todavía más pretenciosos. Digamos organizar un diplomado: se piensa en un tema; se busca la instancia que lo validará; se invita como instructores a otros amigos, de preferencia doctorandos y doctores que obtuvieron sus títulos para lo mismo ‒es decir, para obtener más puntos, pero no para saber más o para prepararse mejor‒; los organizadores se inscriben, luego anotan a los amigos y familiares; hacen como que asisten a sesiones de uno y otro módulo; al final todos reciben constancia por el diplomado completo, aunque no lo hayan cursado íntegro sino solo asistido parcialmente. Desde luego, un profesor ajeno al grupo debe cumplir con su asistencia rigurosa al diplomado completo y aun se le califica. Si al menos fueran temas útiles en la formación disciplinaria, uno toleraría este trato porque algo aprendería, pero ni siquiera.  
Después están quienes hacen maestrías y doctorados: algunos deciden estudiar algo que les gusta, lo cual está bien, pues eso demuestra verdadero interés por aprender; sin embargo, la mayoría lo hace para trepar en la famosa lista jerarquizada, para acrecentar el currículum o para aspirar a cargos administrativos, y lo único que logran es desvalorar los títulos académicos; los impulsa el afán de conseguir más puntos, no el deseo de aprender y contar con una mejor preparación; por eso se gradúan en universidades o escuelas patito, obtienen doctorados en piedras filosofales o revelan una pobreza cultural similar a la de políticos y diputados que tanto critican. Algo vergonzoso para una institución universitaria y por demás humillante para el profesor que se dedica con esfuerzo, eficiencia y constancia a su trabajo. Éste es rápidamente rebasado en la lista por los que traen credenciales de “maestro” o “doctor” no importa cuán ignorantes o ineptos sean. Si esos grados fueran indicio de una auténtica preparación, ¿por qué no hacer investigación, desarrollar proyectos necesarios o al menos impartir cursos de sus amplios saberes? Digo.
Cuando Gabriel Zaid escribió un acertado y punzante ensayo para criticar este hecho, Sobre los títulos profesionales como capital curricular (1981), lo hizo también para advertir ese despropósito en el que estaban cayendo varias universidades al extender, mediante dichos títulos, patentes de corzo a verdaderos analfabetas funcionales para cometer los peores desastres académicos (y también políticos, médicos, económicos, etc.); lo hizo además para ironizar en torno al riesgo de encontrar licenciados en danza folclórica o doctores en relaciones internacionales. Pues bien, esto es hoy una realidad, el destino ya nos alcanzó, aunque Zaid nunca pensó que los títulos también sirvieran para trepar en la lista jerarquizada. (El ensayo es plenamente actual y disfrutable, pese a sus treinta y cinco años de vida, y viene en De los libros al poder, Grijalbo, 1988, pp. 43-55.)
Pero, si esta forma de fingir la preparación aún conserva un adarme de recato, porque al menos se intenta simularla, hay quienes, siguiendo el ejemplo de aquel tristemente célebre secretario de Educación Pública, recordado como Falzati, se ostentan como licenciados, maestros o doctores sin el correspondiente título o cédula profesionales. Ignoran que hoy basta con solicitar al IFAI o a la Dirección General de Profesiones los datos para que cualquier fraude con los grados académicos se descubra. Por otra parte, ¿cuántos universitarios han sido pillados con tesis plagiadas en todo o en parte para graduarse como maestros o doctores?
Otro es el caso de quienes, con pleno conocimiento por parte de sus jefes, se ostentan como licenciados sin serlo. En este caso ambos, jefes y subordinados, infringen la legislación universitaria y revelan que la exigencia del perfil profesional para desempeñar un cargo es pura conveniencia. Sólo lo exigen cuando tratan de impedir el nombramiento de alguien que no les conviene; cuando desean imponer a un(a) impostor(a) lo hacen de cualquier modo, pues lo que buscan es colocar incondicionales para lograr propósitos más aviesos.
¿Cómo esperar que el CCH se sacuda los lastres que arrastra con este tipo de comportamientos? ¿Cómo renovarlo e impulsar realmente un bachillerato de calidad, para que esté a la altura de lo que sus creadores se propusieron, es decir, preparar bien a los jóvenes en sus estudios para la vida, para el trabajo y para participar activamente en la solución de los problemas de la sociedad? ¿Cómo restablecer la solidaridad, la colaboración y la concordia entre un gremio como el de los profesores, que comparte tantos propósitos y necesidades? ¿Cómo motivarlos para que desarrollen una verdadera preparación? ¿Cómo estimular su apetito intelectual?
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Un hecho que nos puede orientar para explicar cómo se llegó a esta situación y por qué el Colegio y los profesores perdieron no sólo la brújula por ir en pos de un capital curricular vacío, sino también el ejercicio crítico, la exigencia profesional, la dignidad de su labor como docentes, el valor civil e incluso la convivencia armónica ‒pues esta situación genera división, envidias, resentimiento, etc.‒ es algo que todos vemos y conocemos, pero no advertimos su poder corruptor ni mucho menos lo identificamos como la causa principal del desastre académico en las universidades públicas.  
Un hecho que llamó mi atención y que ingenuamente consideré indicio de la libertad y participación que deben existir en un espacio universitario ‒sobre todo en el CCH, consecuencia del movimiento estudiantil de 1968‒ es la enconada pugna por los puestos directivos. Pero, a diferencia de una lucha abierta con ideas, propuestas y proyectos, lo que ocurre es una pelea sorda, con chismes, anónimos, murmuraciones, traiciones, vendettas y mucha hipocresía. Por otra parte, quienes aspiran a dirigir una escuela no siempre son los mejores profesores, los más no poseen vocación de servicio ni mucho menos preocupación por la institución o por resolver los problemas de la comunidad. Como las cigarras para procrearse, sólo aparecen y dan signos de vida cuando vienen los cambios administrativos, pues su propósito es pescar alguno. En otros tiempos ni se aparecen ni hacen nada por la escuela, por los alumnos ni por la vida académica. Por eso sus propuestas son casi las mismas y esgrimen recetas similares: preparación y actualización docente, empleo de las TIC, actualización de los programas y planes de estudio, elevar la eficiencia terminal, etc. Es decir, lugares comunes para no mencionar ni reconocer los verdaderos problemas que obstaculizan el desarrollo académico (“te van a creer loco”), menos proyectos viables para intentar solucionarlos realmente (“se trata de llegar y entonces decir que todo está bien”), porque el propósito principal es mantener el orden (“lo que del presidente de la República al rector desean es mantener el control”) y no solucionar. Esto es lo que saben e intuyen y actúan muy bien para lograrlo. ¿Y los problemas? Pues ni hablar de ellos, no existen, “es la imaginación de los que solo desean desestabilizar”.
 Aspiran a los puestos directivos para mantener el statu quo, no para solucionar problemas. Que se pudran los profesores de asignatura y su petición de estabilidad laboral y mejores salarios. Que se desgañiten pidiendo más concursos para lograr su estabilidad o promoción, con una o dos convocatorias los callamos (¿por cierto, a quién vamos a favorecer en esta ocasión?). Ya saben que no hay dinero, que se den por bien servidos con sus treinta horas semanales y agradezcan que no se recorten más grupos. Que otros se preocupen por la eficiencia terminal, o porque los alumnos vayan con una buena preparación a la licenciatura, ya habrá tutorías en línea. Al fin que allí será igual. Nuestra tarea es mantener la estabilidad. Más aún este año, que es de elecciones. ¿Qué andan organizando los revoltosos de Vallejo?
Esta manera de pensar y proceder es lo que permite prolongar una situación injusta, que impide una verdadera actualización de los profesores y los mantiene en una precaria condición laboral, que hace posible cesar a algunos, sobre todo si están solos, pero no a un conjunto de delincuentes que realizan actividades antiacadémicas y antiuniversitarias (los okupas del Justo Sierra, los de Regeneración Radio en Vallejo, los anarcos de Naucalpan, etc.), porque ellos son capaces de generar conflictos y esto es lo que no se debe permitir. Pero pareciera que el desastre académico sí, pues no merece atención ni solución. ¿Por qué?
Jamás me ha interesado ningún puesto directivo y cuando me han invitado a colaborar en algún equipo ha sido por mi experiencia como periodista y editor. Y con esto he contribuido, además de la docencia. Sin embargo, mi participación como jefe de información del plantel Vallejo en la anterior administración, y la experiencia que allí viví muy de cerca, me revelaron con nitidez algunas claves de estos afanes contra natura del verdadero profesor. Varias veces he dicho que en las universidades más prestigiadas del mundo ‒Oxford, Cambridge, Harvard, Lovaina, La Sorbona‒ lo que menos desean los profesores es desempeñar cargos administrativos. ¿Por qué aquí son tan anhelados? ¿Por qué pacíficos docentes se metamorfosean en policías, espías, delatores, censores y verdugos para llegar y cuando ocupan algún puesto?
La espesa nata de simulación, corrupción e ineptitud que hoy cubre al CCH tiene en la desigualdad su causa principal ‒independientemente de que siempre habrá individuos ineptos, o dispuestos a la transa y la corrupción porque es lo único que conocen: como el profesor que nunca enseña, pues sólo es un “facilitador”, el que jamás prepara la clase, el que firma y se va, el que siempre falta, etc.‒. Pero la mayoría no es responsable directa de esta situación, como veremos más adelante. Puedo comprender a esa maestra que no sabe nada de poesía y ocupa el primer lugar de la lista jerarquizada. Entiendo a esos profesores que se desviven por los puntos para subir en la famosa lista jerarquizada, pues sólo así alcanzan grupos. Comprendo a quienes actúan con mansedumbre e incluso con servilismo para conservar una comisión; entiendo ese afán por sumar cursos, diplomados, maestrías y doctorados al currículum. A todos los mueve el instinto de sobrevivencia, pues actúan en un contexto donde deben adaptarse para sobrevivir, aunque no lo hayan creado.
Desear los puestos directivos es evidencia de esta desigualdad. Y es que, ¡cómo no querer ser director de un plantel, si el modesto sueldo promedio de 12 mil pesos mensuales se multiplicaría por diez! ¿Cómo? Sí, un director de plantel gana alrededor de 90 mil pesos mensuales. No es cierto, dirán, puedo comprobar que mi sueldo, libre de impuestos, es de 36 mil pesos mensuales; lo que no dicen es que esta cantidad es la que figura en la nómina, el sueldo que aparece si uno pide conocerlo a través de instancias de transparencia como el IFAI; lo que no dicen es que hay una nómina secreta, que el IFAI desconoce, donde les depositan alrededor de 45 mil pesos más. Sumadas ambas cantidades dan 81 mil pesos, libres de polvo y paja; a ello hay que añadir otras cantidades como gastos de representación, seguro de separación (el director puede pedir que para este seguro le descuenten el diez por ciento de su sueldo y la UNAM le deposita dos veces más, es decir, dos pesos por cada uno que él pone); a esto agreguen vehículo, gasolina y servicios médicos mayores. Ah, y dos bonos semestrales (mayo y diciembre) de alrededor de 100 mil pesos cada uno. Con uno solo de estos bonos obtienen el ingreso de varios profesores de asignatura por ¡todo un año de trabajo!
Estos son los ingresos económicos, aparte están las atribuciones formales y discrecionales, como decidir los cargos menores (recuérdese que a partir de esta administración es el director general quien designa a los secretarios, si acaso al del plantel le permite nombrar uno), otorgar comisiones, canonjías y otras prebendas, además de disponer de la caja chica del plantel, las asignaciones, etc. Así que, ¿quién no quiere ser director? ¿Y es difícil, muy arduo desempeñar dicho cargo? ¡Qué va! Sólo hay que saber entenderse con el de arriba, ser político. Subrayo el término porque su verdadero significado es ser sumiso, obsecuente, carente de iniciativa e ideas propias, casi servil, para asumir con mansedumbre e incluso con gusto las ocurrencias del jefe.
¿Y los secretarios? Igual, los secretarios de plantel ganan alrededor de 70 mil pesos mensuales, pero tan sólo sus dos bonos suman una cantidad por la que antes debían trabajar un año como profesores, sobre todo cuando casi todos son de asignatura. ¿Y el director general? Ése se cuece aparte, ése es un verdadero pasha: digamos sueldo de 150 mil pesos mensuales, bonos de 250 mil, gastos a discreción, más vacaciones y aguinaldo, vehículos, atribuciones ordinarias y extraordinarias, facultades para obsequiar plazas de carrera, comisiones, nombrar asesores, secretarios, disponer de becas para estudios de maestría y doctorado, enviar a familiares al extranjero, etc. Un verdadero feudo, con muchos más recursos que la dirección de la más prestigiada facultad de la UNAM no tiene. Y todo dentro de una cómoda opacidad, sin rendición de cuentas. ¿Quién no desearía ser director general del CCH?
Otra vez: ¿se entrega esta responsabilidad a profesores con auténticos méritos profesionales y académicos? ¿Son los más capaces quienes ocupan estos puestos? ¿Son aceptados y reconocidos por la comunidad del Colegio? ¿Realizan un trabajo que amerite emolumentos tan escandalosos en un Colegio donde la mayoría sobrevive con sueldos miserables? ¿Por qué cuarenta y cinco años después de fundado el CCH no tenemos memoria de un coordinador o director general como José Vasconcelos, Antonio Caso, Ignacio Chávez o Javier Barros Sierra en la rectoría de la UNAM? ¿Por qué nadie, a excepción tal vez de Fernando Pérez Correa, ha trascendido en sus respectivas áreas profesionales? Dos razones explican esta cuestión:
En primer lugar, para designar al director general del CCH la Junta de Gobierno (dando por sentado que funcione) no aplica el mismo rigor que en la designación del rector. Sus integrantes no tienen un conocimiento más o menos preciso de los aspirantes, y por eso la decisión queda casi siempre en manos del rector o del secretario general de la UNAM, y estos se guían casi siempre por la intuición de alguien que mantenga el orden. Y así les va, pero mientras tanto perjudican la vida académica del Colegio.
 En segundo, la presencia de otros factores de poder (opiniones de los profesores y de la comunidad del Colegio, de académicos, intelectuales, medios de comunicación, sindicatos, ex-rectores, articulistas y diputados y senadores) casi no existe; el CCH es el patito feo donde los porros, los “activistas”, el cierre de escuelas y avenidas, los petardos, las tomas de oficinas, el acoso sexual, etc., son los únicos hechos que generan noticia. De ahí que los funcionarios actúen desde una cómoda opacidad y se den el lujo de nombrar a quien quieran en sus equipos, no a verdaderos profesionales. Véanse las publicaciones que editan; si éstas son la carta de presentación de toda institución, las del CCH son para causar horror o lástima. (Guardo como recuerdo la gaceta especial editada con motivo del Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo, que ya comentaremos, pero cualquier otra es igual.) Pero es urgente pensar en mecanismos inteligentes de participación de la comunidad en la designación de directores y director general.
Un grupo de profesores estamos tratando de modificar esta situación. ¿Cómo? En primer lugar, creando nuestros propios medios de información y análisis; segundo, llevando a personalidades del mundo de la cultura, del periodismo, de la política, de la ciencia y de las artes, para poner al CCH bajo la atención y monitoreo de otros factores que contribuyen a una mayor transparencia y vigilancia; en tercero, creando una corriente que se proponga demostrar que hay otro modo de hacer las cosas en el Colegio, que no todos estamos por la rebatinga de puestos ni por la obtención de canonjías (y éste es el propósito del presente ensayo).
Pero esto es sólo el inicio. Para que la Junta de Gobierno proceda con mayor rigor en la designación del director general, por ejemplo, hace falta crear una junta especial para el CCH; la decisión no puede quedar en manos de un solo hombre, trátese del rector o del secretario general de la UNAM. En lo que respecta al nombramiento de los directores de plantel, la comunidad debe buscar mecanismos de participación para no aceptar individuos cuyo único mérito es saber plegarse a las decisiones del director general o permitir que él realmente administre los recursos; en lo que respecta a los demás organismos colegiados (Consejo Técnico, Consejo Interno, Comisiones Dictaminadoras, etc.) hace falta darles verdadera autonomía, que dejen de ser apéndices de la dirección general y que sus voces no sólo se expresen sino que propongan y puedan ejecutar acciones.
El CCH dispone de numerosos recursos económicos, materiales y humanos, y por eso despierta la voracidad de personas sin escrúpulos (como lo demuestra el manejo de los sueldos) a quienes lo que menos interesa es la educación o resolver los problemas del Colegio; por eso es necesario que la comunidad participe activamente, para mantenerlos acotados y vigilados, y para exigirles transparencia y rendición de cuentas. Así como los graves daños que produjo la CNTE en la educación en Oaxaca, debido a que se permitió a una camarilla el manejo de los recursos económicos, así la opacidad y discrecionalidad con que operan los directivos en el CCH está llevando al fracaso una opción vanguardista e innovadora de educación media superior.
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Pero la pugna sorda por los puestos directivos (un hecho que fractura a la comunidad), la puntitis, la simulación de los estudios y la preparación, la acumulación de capital curricular hueco, la abismal desigualdad salarial, el arribo de individuos sólo aptos para la represión, la delación y el espionaje, la carencia de cohesión y colaboración en la comunidad, la ausencia de interdisciplina, la precariedad laboral y, en resumen, la inexistencia de una vida académica sana y pujante, tienen su razón de ser en un hecho que la UNAM conoce, es decir, que los más recientes rectores han sabido pero han sido omisos en su solución: ninguna medida será suficiente si no se corrige lo esencial, es decir, lo que provoca esta corrupción y oclusión de la vida académica: la desigualdad y precariedad laboral de los profesores.
Como se sabe, los profesores de asignatura representan alrededor del 80 por ciento de la planta docente del CCH, y son los que pasan todas sus horas frente a grupo, es decir, son los que forman realmente a los jóvenes. Irónicamente, son a quienes peor les va. Los profesores de asignatura no sólo padecen la abismal desigualdad salarial con respecto a directores, secretarios y profesores de carrera. No sólo viven una inestable situación  laboral, sino que tienen los peores horarios, con intervalos de dos, cuatro y hasta seis horas entre una clase y otra; son quienes además se encargan de las comisiones, en las que la paga es por determinado número de horas aunque deban trabajar tiempo completo y a veces mucho más horas que las  legalmente establecidas; son también quienes padecen un trato mezquino en el reconocimiento de sus méritos, debido tan solo a un estrecho criterio burocrático: los interinos no pueden proponer proyectos INFOCAB, por ejemplo; no pueden impartir cursos, porque sólo reciben constancias para la famosa lista jerarquizada si participan como asistentes, es decir, no se les reconocen méritos por actividades cien por ciento académicas; un hecho grotesco, por ejemplo, es que las autoridades entregan lap tops a profesores de carrera y definitivos, cuando deberían proporcionarlas a los de menos ingresos y a quienes más grupos atienden.
Con esto se comprueba la tesis del economista galo Thomas Pinketty, quien en su libro El capital en el siglo XXI, demuestra cómo la desigualdad genera mayor desigualdad. Pero esto no lo saben o no quieren verlo en la UNAM, y en el país en general, aunque cualquier economista sensato sabe que un mecanismo que fortalece la cohesión política y social es la disminución de la desigualdad. Además, la desigualdad en la UNAM es puramente burocrática, es decir, no reconoce méritos, conocimientos, preparación, capacidad y disposición para la enseñanza. La existencia de profesores de carrera y de asignatura es artificial, aunque se refleje inicuamente en los salarios.
Un profesor de asignatura, interino o definitivo, tiene esa categoría no porque le guste o carezca de deseos por superarse. La UNAM sabe que las plazas de carrera jamás serán suficientes. Cuando se crearon para el CCH fue porque sí había el propósito de ofrecerlas a quien las mereciera, lo cual estaba muy bien, pues eso permitió a algunos mejorar su situación laboral. Pero eso ya no existe. Hoy se han vuelto una manzana envenenada, un engaño para simular que se puede hacer una carrera académica. Cuando aparece una convocatoria, cada cuatro o más años, se ofrece una o dos plazas para 200 o 300 profesores. Y ahí da inicio una disputa feroz. Por eso las enconadas peleas por los puestos directivos. Quien piensa con la barriga sabe que es la única forma de prosperar, de obtener mejores ingresos. De allí que se produzcan actos insólitos como el que presencié al llegar al plantel Vallejo: vi paquetes completos de gacetas, perfectamente atados, y decidí romper las ataduras y sacarlas para que se las llevara quien quisiera. No, me dijo el responsable del Departamento, se escondieron para que no las leyeran, traen convocatorias. Quedé atónito.
De allí también que se produzcan hechos que sólo exhiben una prepotencia ofensiva por parte del director general y otros que causan irritación dentro de la comunidad: la atribución para obsequiar plazas de carrera a contrato; la sospecha, fundada o imaginada, de actos de corrupción en organismos colegiados como las comisiones dictaminadoras; el coraje e impotencia legítimos de un profesor que concursa y no tiene derecho a enterarse por qué perdió. ¿Para qué este juego inútil y perverso si se sabe que jamás habrá suficientes plazas? ¿Por qué no aplicar las soluciones que estudios realizados muestran como factibles y posibles para corregir esta situación? (En el próximo número de GacetaNet, daremos a conocer uno de estos.) De que hay recursos, los hay, como lo demostró el colega Héctor Mora Zebadúa en un artículo publicado aquí el pasado 29 de febrero (“¿Puede la UNAM otorgar un aumento salarial decente?”). Al menos ahora ya sabemos dónde van los recursos cuando nos dicen que no los hay. Pero debemos terminar con la simulación si de verdad queremos impulsar el bachillerato de la UNAM. Por eso le hemos tomado la palabra al rector.
Concluyo explicando el título de este ensayo. El chiste completo dice así: ¿Sabes cómo meter en un vocho a doscientos profesores del CCH? ¡Lanzándoles una convocatoria!

TRES AVISOS:        
El número de cuenta para depositar la cooperación para continuar editando GacetaNet es el siguiente: 0431 1459 92 de Banorte. La cuenta está a nombre de la profesora Delia Zavaleta.
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La exigencia por poner fin a los procesos antidemocráticos en la designación de las autoridades no sólo se presenta en el CCH, sino en la UNAM en general y es la voluntad de una numerosa corriente de universitarios. Entre ellos están quienes convocan al Primer Foro Deliberativo: LA UNIVERSIDAD QUE QUEREMOS  (http://democraciaunam.blogspot.mx/2016/02/convocatoria-primer-foro-deliberativo.html) a efectuarse el 18 de mayo. En la convocatoria a este foro participan destacados universitarios como Tatiana Sule Fernández, Ambrosio Velasco Gómez, Axel Didrikson, Laura Favela y Hugo Casanova, entre otros. Participemos, preparemos ponencias y asistamos. México debe cambiar, la UNAM con mucha mayor razón.
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Tres semanas sin marcadores en el plantel Vallejo, donde casi todos los pizarrones son blancos. Dos semanas buscando inútilmente una cita con el director del plantel, para otro asunto, sin hallar dos minutos libres en su agenda, según la secretaria. Al final me envían con la secretaria docente, que a su vez me envió con el secretario académico de la dirección general, que a su vez… Ni gobernadores, ni secretarios de estado, ni otros directores generales con quienes he tratado tienen una agenda tan apretadísima como la del director de Vallejo. Las catorce hectáreas del plantel deben ser el espacio mejor cuidado, milimétricamente, de México. Por eso los trabajadores tuvieron que amotinarse el martes 15 de marzo, por la tarde, para exigir la remoción del encargado de la Secretaría Administrativa, y el del almacén, porque no les proporcionan materiales para su trabajo o los proveen pero de pésima calidad. ¿Debemos hacer lo mismo los profesores? Ya algunos colegas han preparado una carta, que publicaremos en el siguiente número de GacetaNet, y que se entregará al rector próximamente.


domingo, 12 de abril de 2015

¿POR QUÉ ME GUSTA ESTE POEMA?

¿Por qué me gusta este poema?
NOÉ AGUDO

Dicen que al arte se le debe disfrutar y no explicar, y me parece correcto. Sin embargo, cada vez que alguien pregunta por qué me gusta esta pintura, por qué disfruto tanto esa pieza musical o por qué me encanta repetir este poema, que casi lo he memorizado, se está planteando una cuestión harto compleja que distintas disciplinas han tratado de responder: el misterio del arte.
    Y como soy profesor, y como no quiero parecerme a quien pide que le toquen mil veces la que… le gusta, y como sé que en la medida en que uno entiende cómo funciona una estructura la disfruta mejor, dedicaré unos minutos para intentar explicar por qué me gusta tanto uno de los poemas de Jorge Luis Borges, que en general me son gratos. Se titula “Los Justos” y viene en La cifra, recopilación que abarca de 1978 hasta 1981, uno de sus últimos libros. Dice así (numeraré los versos para explicarme mejor):
Los justos
1.        Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
2.        El que agradece que en la tierra haya música.
3.        El que descubre con placer una etimología.
4.        Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
5.        El ceramista que premedita un color y una forma.
6.        El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
7.        Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
8.        El que acaricia a un animal dormido.
9.        El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
10.     El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
11.     El que prefiere que los otros tengan razón.
12.     Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

    Desde que lo leí por primera vez, allá por 1982, los versos hicieron eco en mi memoria y los recordaba cada vez que veía a un hombre concentrado en su trabajo, a una muchacha detenerse sonriente para hablarle a un perro o a dos personas que, abrazadas, leen un libro. Nunca traté de explicarme por qué se habían impregnado con tanta fuerza en mi cerebro, sólo lo volvía a leer y cada vez me parecía mejor.
   Fue hasta un día cuando, siendo ya profesor y al tratar de explicar cómo el verso libre, a pesar de no poseer métrica ni rima, tiene armonía, ritmo y musicalidad, lo observé con detenimiento. Entonces descubrí parte de su magia. En primer lugar hay una astuta disposición de los versos que hacen al poema sobrio, contenido, sin soltar de buenas a primeras la moraleja, lo cual lo haría un sermón o la sentencia moral de alguien deseoso de regir las conciencias, lo que para Borges sería un horror, para el lector borgeano algo desagradable y para un joven rebelde simplemente algo rechazable. Júntense los versos 8, 9, 11 y 12 en los que se concentra toda la fuerza del llamado:
8. El que acaricia a un animal dormido.
9. El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
11. El que prefiere que los otros tengan razón.
12. Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

    Sonarían huecos, como recomendaciones de un texto de superación personal o una página de Paulo Coelho. Borges se dio cuenta de este riesgo de concluir así el poema, no obstante las poderosas imágenes generadas por los versos que van del 1 al 7, y por eso decidió acertadamente introducir una coda, que recupera el equilibrio, el verso 10 que dice: El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

    Otra sabia característica de los versos es su carácter inconcluso. Cada uno dice algo, pero el sentido queda incompleto y, de no ser por el último, el poema no se entendería. Esto, además de sólo anunciar una idea, va cargando de intensidad los versos cuyo significado sólo se resuelve en el último: Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo. Tal vez debieron escribirse con puntos suspensivos al final de cada uno, pero eso delataría una intención, además del carácter antiestético de los puntos después de cada verso:
Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire…
El que agradece que en la tierra haya música…
El que descubre con placer una etimología…
Etc.
    Por eso prefiere terminarlos poniendo un punto final, a pesar de que su sentido pleno queda inconcluso. ¿Esas personas, qué?

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

    En lo que hace a sus referentes, todos son muy culturales, librescos, al estilo de Borges, y aquí descubro otro recurso genial: podría decirse que el eje sobre el cual gira todo el poema es el primer verso: Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
    ¿Quién es Voltaire? ¿Por qué quiere que los hombres cultiven su jardín? Como se sabe, la novela más conocida de Voltaire* es Cándido, que narra las andanzas y viajes de este personaje desbordante de optimismo, que considera al nuestro como “el mejor de todos los mundos posibles”, no obstante que la realidad lo contradice a cada momento. Al final, desengañado de todos, se retira con sus compañeros para descubrir que la verdadera felicidad consiste “en cultivar nuestro huerto”.
    Un hombre que llega a esta conclusión no es cualquier hombre, se necesita una vida rica en experiencias y mucha sabiduría para aceptarla: Epicuro, Séneca, Marco Aurelio, Pascal y Voltaire son algunos que lo han logrado. Por eso digo que este verso rige todo el poema: agradecer lo bello que existe sobre la tierra (la música, la literatura de Stevenson), hallar placer en un descubrimiento (así sea la raíz de una palabra), concentrarse en un juego (el silencioso ajedrez), hacer bien nuestro trabajo (una pieza de cerámica, la tipografía de una página), leer la Divina Comedia, acariciar a un animal dormido, quedarnos callados y decir está bien, tú tienes la razón, se asemejan mucho a la acción de Cándido: retirarse a cultivar su jardín.
    El oído era el recurso principal de este hombre que escribía al final de su vida casi completamente ciego; de allí que emplee la anáfora, esa figura retórica que consiste en repetir una palabra o frase (El que, presente en la mitad de los versos) al inicio de los versos, para darles ritmo y armonía; eso, y la consonancia lograda con los que, de los que un escritor menos hábil huiría presuroso, Borges los emplea audazmente para darle musicalidad al poema.
   Tal vez no sabía lo que era un verso libre cuando leí por primera vez el poema; tal vez no había leído el Cándido ni la Divina Comedia ni a Stevenson; quizá no había reparado en el placer que representa hallar la etimología de una palabra, ni había reflexionado en el trabajo del artesano o el tipógrafo, mucho menos sabía lo que era una anáfora, la consonancia, etc., pero el poema me agradó. Las imágenes que provoca cada verso son poderosas y sirven para construir ese pequeño universo apacible, redondo y ordenado, donde lo bello y lo bueno se conjugan para generar esa sensación de paz, reconciliación y bienestar que queda al final.

    En otra ocasión trataré de responder por qué también El Inquisidor, del mismo autor,  es otro de mis favoritos, si trata de alguien que condenó a la hoguera a sus semejantes durante gran parte de su vida. Como ven, no es lo que dice lo que atrae, sino el cómo se dice.

LAS SEMILLAS DE LA IRA

                Las semillas de la ira
NOÉ AGUDO

Es poco evidente la relación que existe entre ciertos comportamientos y las ideas que los impulsan. Uno se limita a pensar que algunos grupos o individuos actúan de cierta manera  porque así son, casi naturalmente. Por eso, aunque condenable, se comprende que un grupo de fanáticos islámicos destruya con mazos antiguas estatuas que son patrimonio cultural de la humanidad; así son de terribles, pensamos, son fanáticos y nunca nos cuestionamos el porqué de ese fanatismo y afán destructor.
    De ahí que cuando otro grupo de fanáticos pintarrajea el Ángel de la Independencia, el Hemiciclo a Juárez, incendia una de las puertas de Palacio Nacional o destruye los jarrones que adornan el Paseo de la Reforma en la ciudad de México, pocos se atreven a decir algo e incluso hay quienes intentan justificarlos. No he leído nada más falaz ni demagógico como lo siguiente: “Una puerta no es nada ante la desaparición de 43 jóvenes”. Es cierto, mil puertas pagaríamos con gusto si eso los trajera de regreso, pero incendiar la puerta de un edificio patrimonio de todos los mexicanos es tan imbécil como inútil para hacer que vuelvan.
    Pero el afán destructor exhibe la motivación de quien destruye: resentimiento, odio, fanatismo, incapacidad de comprender y considerar a los demás, afán de destruir lo existente pues nada vale sino lo que vendrá, cuando algún día la “justicia revolucionaria”, o divina, borre de raíz todo para empezar a partir de cero. Es decir, se sacrifica el presente en aras de un futuro inexistente. Y destruir todo no significa acabar sólo con los monumentos o vestigios arqueológicos y artísticos, sino con los “enemigos”, los que detentan el poder, los que “representan al Estado”, los que no piensan como ellos. Para este pensamiento no hay reformas o caminos intermedios, es el todo o nada.
    Se dirá que en realidad los destructores no tienen ideas, sino creencias, y es cierto. Pero esas creencias están basadas en teorías que gozan de cabal salud en escuelas, círculos académicos, políticos e intelectuales. Se ha comprobado que algunos líderes terroristas e integrantes del Estado islámico no sólo viven sino que han estudiado en prestigiosas universidades de Inglaterra, Alemania y Francia. Y los que pintarrajean y destruyen los monumentos en México no son ignorantes analfabetas, sino estudiantes y profesores que se supone estudian o han estudiado.
    ¿Cómo explicar este hecho absurdo y contradictorio? Un término ayuda a explicarlo, fundamentalismo, el cual se define como “la actitud contraria a cualquier cambio o desviación en las doctrinas y las prácticas que se consideran esenciales e inamovibles en un sistema ideológico, especialmente religioso o político”. Si los yihadistas y extremistas del Estado islámico responden a un fundamentalismo religioso, los comportamientos que hemos visto en Oaxaca, Guerrero y el Distrito Federal corresponden a un fundamentalismo político (que mucho tiene de religioso, principalmente en su ceguera intelectual y en su condena mortal a quienes piensan diferente).
    Toda ideología o creencia es una visión falsa de la realidad, pero ambas nos permiten actuar y afirmarnos en la realidad. Nadie guía todos sus actos por medio del conocimiento científico (un conocimiento sujeto a prueba), de allí que algunos más, algunos menos, recurran a versiones provisionales de la realidad, que por lo regular son reducciones y esquemas, es decir, ideologías o creencias de teorías escasamente comprendidas. Y este es el suelo fértil del fundamentalismo.
    Karl Popper, filósofo de la ciencia, denomina historicistas a las teorías que derivan en ideologías fundamentalistas. Una teoría historicista es aquella que concibe la historia como determinada por Dios, por el desarrollo de la razón, la lucha de clases o las relaciones de producción; aquella que considera la vida económica y política como algo que los individuos tienen escaso o nulo poder de alterar; la que cree en el desarrollo de la humanidad como algo racional, coherente y por tanto predecible, y que atribuye a la historia un  sentido secreto, una coordinación lógica y un orden, a pesar de la infinita variedad de sucesos, episodios e individuos que la conforman.
    Pero la historia no tiene orden, lógica, sentido ni mucho menos una dirección; son los historiadores los que la hacen coherente e inteligible a partir de un particular punto de vista, de una determinada perspectiva, lo cual la hace ser siempre una interpretación. Por eso no se puede decir que disciplinas como la economía o la sociología logren detectar por anticipado, “científicamente”, lo que ocurrirá. A lo sumo pueden identificar una tendencia histórica, la cual estará condicionada por factores imposibles de reproducir en otras épocas y lugares.
    Según Popper, las teorías historicistas se equivocan cuando tratan de equiparar unas inexistentes leyes sociales con las naturales, pues eso es pretender que los acontecimientos humanos se comporten como los objetos con la ley de la gravedad, o las mareas en relación a los movimientos de la luna. En la naturaleza, si bien es posible predecir un eclipse, esto es factible ya que el sistema solar es estacionario y repetitivo, y se halla aislado de otros sistemas mecánicos; no sucede así con el hombre, cuya conducta futura es impredecible porque es capaz de transformarla conscientemente, y menos aun cuando se encuentra en interrelación múltiple con otras conductas individuales.
    Quienes creen que se puede profetizar el futuro realizan construcciones irreales, imaginan sociedades “adonde la marcha consciente” de la humanidad puede conducirnos. Incluso consideran posible identificar los agentes que pueden realizar esa marcha: un pueblo elegido, el gobierno de un tipo especial de hombres (Platón), una clase social determinada (el proletariado), una raza especial (la raza aria) o un hombre providencial (los caudillos e iluminados de las sociedades subdesarrolladas).
    De estas teorías surgen las creencias fundamentalistas: ningún cambio es posible ni verdadero si no gobierna el pueblo elegido, o los filósofos, o los militares, o el pueblo, o la raza aria o el hombre incorruptible. Las ocasiones en que ha sido posible hacerlas realidad (cercanos en el tiempo tenemos los casos del fascismo y el socialismo) los resultados han sido totalmente contrarios de los de una sociedad ideal. Han engendrado totalitarismos, dictaduras y una desastrosa situación económica. Las utopías devienen en distopías.
   Lo que propone Popper contra esa concepción de la historia es una reforma gradual  o la “ingeniería fragmentaria”. Explica: “Una vez que nos damos cuenta, sin embargo, de que no podemos traer el cielo a la tierra, sino sólo mejorar las cosas un poco, también vemos que sólo podemos mejorarlas poco a poco”. Es decir, si no es posible cambiarlo todo en función de un designio global, lo que hay que hacer es ir ajustando gradualmente lo que con certeza ha permitido a la humanidad avanzar. En esta tarea cumplen un papel importante las instituciones, capaces de contener, equilibrar y vigilar el poder, y que se relacionan con su teoría del conocimiento, la cual plantea que toda verdad es siempre una hipótesis o una teoría que pretenden resolver un problema, y dura y funciona mientras no aparece otra mejor que la supere (la “falsee”).
    Alguna vez pregunté a un profesor con estudios de maestría y doctorado por qué no se estudiaba en el CCH a Karl Popper, un filósofo de la ciencia imprescindible en este tipo de cuestiones. No me respondió, tal vez porque se le considera difícil de entender o porque se piensa que es sólo para niveles avanzados de estudio, cuando es precisamente lo contrario. Mi pregunta se debía a que aún observo el predominio de corrientes “historicistas” en la enseñanza de las ciencias sociales, tal como en los años sesenta y setenta del siglo pasado, cuando, intoxicados por una vulgata marxista, los jóvenes con preocupaciones sociales y políticas pensábamos que la única opción erala guerrilla para “transformar de raíz las estructuras sociales”.
    Desmentida por la realidad, fracasados los sistemas que contribuyó a erigir, incumplidas cualesquiera de sus profecías, urge atender otras teorías que, sin proponerse el advenimiento de la utopía, logren formar ciudadanos capaces de actuar en su entorno con acciones que modifiquen realmente una sociedad a todas luces injusta y desigual. Tal vez con ello logremos transformar el conformismo generalizado, el embotamiento de la conciencia, la indiferencia ante una clase política inepta, corrupta e impune, y alejemos por siempre esos comportamientos irracionales mencionados al principio de este artículo.
    Esta es también la invitación a un curso que organizaré sobre Karl Popper para el próximo periodo interanual.

Los libros que recomiendo para el conocimiento de la filosofía política de Karl Popper, especialmente, ya que filosofía de la ciencia y filosofía política forman parte de un mismo todo estrechamente imbricado en su obra:
·         La sociedad abierta y sus enemigos (en México lo edita Paidós).
·         La miseria del historicismo (Alianza Editorial).
·         La responsabilidad de vivir. Escritos sobre política, historia y conocimiento (también de Paidós).


XITECOS

Xitecos
NOÉ AGUDO

Esta voz debe pronunciarse shitecos, pues así la dicen sus dueños, un grupo indígena de la sierra sur de quienes hoy quiero desgranar algunos recuerdos porque su sobrevivencia misma es toda una epopeya. Si digo cuál es la población de donde son originarios nadie podrá ubicarlos: dominicos y franciscanos bautizaron con los mismos nombres los poblados indígenas atomizados en la sierra: San José, Santa María, Santa Catalina, San Francisco y todos los santos que se les ocurrían.
    En cambio, si digo Santa Cruz Xitla y agrego que pertenece al distrito de Miahuatlán muchos podrán trazar sus coordenadas porque esta población es conocida al menos por tres hechos: allí fue donde Porfirio Díaz y su Ejército de Oriente derrotaron a los franceses el tres de octubre de 1866; allí fue el epicentro para apreciar el eclipse total de sol ocurrido el siete de marzo de 1970, y allí fue la puerta de entrada a la sierra adonde los hippies más golosos iban en busca de hongos alucinógenos.
    Xitla (“Lugar de estrellas”) es una aldea situada catorce kilómetros al poniente de Miahuatlán. De terrenos áridos y pedregosos, algunos la consideran una de las primeras poblaciones de la sierra, y otros la tienen como una de las últimas del valle. Si consideramos la orografía y consistencia de su terreno, tiene más de valle que de sierra, y este hecho es el que definió el carácter de los xitecos que conocí. Con tierras magras para la agricultura, sin abundantes periodos de lluvia y un terreno casi yermo, los xitecos debieron inventar otras formas de sobrevivencia. Una de ellas fue el comercio.
    Pequeños, enjutos, pero duros como un resistente cuero viejo, se internaban en la sierra acompañados de uno o dos borricos. Eran capaces de caminar día y noche sin que el cansancio pudiera vencerlos; bajo el sol o la lluvia, contra el viento y las sombras, avanzaban tenaces y sólo se detenían cuando habían llegado a un ranchito donde el cacarear de las gallinas, el verdor de los platanares o los campos cuadriculados de aromáticas piñas les indicaban que podían trocar esos productos por el jabón y la panela que llevaban consigo. Algunas veces llevaban también agujas, hilos y tal vez unos metros de percal que, sabían, los serranos requerían con urgencia. Entonces no sólo intercambiaban los productos que llevaban del valle, sino que hacían algunas ventas extras con la que podían comprar un cerdo o chivos que representaban más ganancias.
     Siempre eran justos, nunca se sobrepasaban. Cuando las piñas o el plátano maduraban en los huertos, o se habían reunido suficientes “blanquillos”, todos deseaban que llegara “el xiteco”. A mí me asombraba que llevaran también unas piedras cuadrangulares o romboidales en el lomo de sus asnos, como para equilibrar la carga; esto era porque los campesinos las compraban para afilar sus machetes y cuchillos. La prueba para un pretendiente era afilar un gran machete, sacarle un agudísimo filo y luego pasar por encima el pulgar, como si se tocara una cuerda; si producía un sonido melodioso y vibraba en el aire, se trataba de un buen filo y el pretendiente pasaba la prueba ante padre y hermanos de la muchacha. Para eso eran las piedras volcánicas que sólo se conseguían en la pedregosa zona de los xitecos. También llevaban unos grandes cestos tejidos de carrizo, la única planta que crecía en sus arroyuelos resecos.
    Yo me entretenía mirando cómo empacaban los huevos para que no se rompieran. Los envolvían con hojas secas de maíz, los ataban y luego los acomodaban uno a uno, casi con ternura, en unos canastos. Para los plátanos usaban unas amplias redes llamadas barcinas. Primero las llenaban de hojas secas con las que creaban una especie de forro y sobre éste iban colocando las pencas. Cada red debía pesar cuarenta o cincuenta kilos, dependiendo de la resistencia del asno que las llevaría. Era increíble cómo podían soportar fardos tan pesados, ochenta o cien kilos en total. Los burritos se parecían a sus amos: pequeños, mansos, resistentes. Alguna vez, bajo una lluvia intensa, me tocó presenciar cómo sus pezuñas resbalaban sobre las duras piedras cubiertas de lodo, los borricos caían y luego se volvían a  levantar resoplando por sus amplias fosas nasales. Nada los detenía, ya fuera que chapotearan entre el lodo, avanzaran sobre la roca dura o se hundieran en la candente arena.  
    Cuando empecé a viajar con mi papá, para mí era una alegría encontrar a un xiteco en los parajes solitarios de la sierra. Me oprimía tanta soledad y el mutismo de mi padre. Además, los xitecos sabían todo sobre el camino. Miraban el cielo para decidir si las nubes se volverían lluvia o simplemente se alejarían. Por el verdor de la fronda adivinaban dónde había un aguaje o estaba el mejor pasto. No acostumbraban acompañar a extraños y entre ellos mismos sólo se juntaban dos o tres, no hacían grandes grupos. Esto era porque debían economizar al máximo; no podían parar en un rancho y comprar comida para ellos y pastura para sus borricos, por ejemplo. Todo lo tomaban del campo, así que era mejor echar a pastar dos o tres asnos que diez o doce.
      Un recuerdo intenso grabado en mi memoria es el de una noche en que llegamos a una posada, una choza que servía de cocina y un galerón cubierto y cercado con tejamanil, donde los viajeros podíamos dormir y proteger la carga. Había llovido toda la tarde y noche y por eso nadie quería quedarse al descampado. Como llegamos atrasados, la mayor parte estaba ya ocupada. Así que tuvimos que pasar por sobre varios cuerpos despatarrados sobre el suelo y entre una singular sinfonía de ronquidos. Con la lámpara de pilas mi padre iluminaba nuestro avance y fácilmente pude reconocer a los xitecos: eran los que dormían teniendo una piedra como almohada. 
    Sin embargo, cuando pude comprobar su rudeza y fortaleza fue cuando ya era un poco mayor. Me habían enviado a estudiar a la ciudad y al final del ciclo yo iba a pasar las vacaciones con mis padres. Aún no había carretera, así que si mi padre no iba con un caballo por mí, debía llegar caminando. Como en esa ocasión, en la que para darles una sorpresa no avisé. El problema fue que cuando arribé a Miahuatlán todos mis paisanos se habían ido; no quedaba nadie para llevarse mi mochila en alguna de sus mulas. Hallé a tres xitecos y por suerte iban para allá. Les pregunté si uno de sus borricos podría llevar mi mochila y contestaron que sí. Saldremos a las tres de la mañana, dijeron.
    Allí estuve puntual, pusieron mi mochila en medio de la carga y comenzamos a avanzar. En Cuixtla se detendrán para desayunar, pensé; pero no, siguieron como si ya lo hubieran hecho. Bueno, en algún momento se detendrán para hacerlo, me consolé. Pero ellos continuaron. Pasamos La Charca, un pequeño lago en el cráter de un volcán apagado; Santa María, una población que vive de un poderoso afluente surgido de una montaña; subimos el enorme cerro frente a ella, y en la cima (ya era mediodía) me acerqué al ranchito donde en otras ocasiones había comido con mi padre; compré dos tortillas y corrí a alcanzarlos; ni el sol ni el viento ni los paisajes más excelsos los detenían. Cruzamos Cerro Águila, pasamos los terrenos de San Miguel y sólo hasta llegar a una densa ocotera, cercanos ya los terrenos de mi población, se detuvieron un poco. El motivo era que habían visto tres cacalotes negrísimos (cuervos, supongo) que graznaban en las alturas. Las aves pasaron raudas y ellos las siguieron con la mirada. Rieron y sólo entonces uno me dijo.
    −¿Sabes para qué sirven?
    −No –le respondí.
    −Quien baña sus cabellos en la sangre del cacalote jamás tendrá canas. Mira a Joaquín –y levantó ágilmente el sombrero del más viejo−. No tiene ni una cana. ¡Ah, si pudiéramos agarrar uno!
    No sabía si bromeaban o decían la verdad, pero agradecí que por primera vez me hablaran. Entonces uno de ellos se acercó a un pollino, descolgó una red y extrajo tortillas duras de su interior. Repartió una a cada uno y siguieron caminando. ¡Dios, eso era su desayuno y comida que tomarían ya cerca de las cuatro de la tarde! Otro sacó una botella de un bolsillo de su calzón de manta, le dio un trago y la pasó a los demás. El aire limpio de las montañas esparció el aroma y supe que era mezcal. El más viejo me ofreció la botella con cierta picardía y yo aproveché el gesto de confianza para ir a mi mochila y sacar un jugo enlatado. Rieron, continuaron caminando y comiendo, y de tanto en tanto daban sorbos a la botella.
    Yo tenía las piernas adoloridas, la boca reseca y sentía fuego en las plantas de los pies cuando hicieron un alto donde el camino se bifurcaba en dos: uno iba hacia los ranchos de tierra caliente, por donde ellos seguirían, y el otro continuaba hacia el pueblo, a corta distancia ya.
    −Aquí nos separamos –dijo el que bajaba mi mochila−, nosotros continuamos para abajo.
    −Muchas gracias por su ayuda –les respondí, al tiempo que me dejaba caer con mi mochila a un lado del camino. Ya no me pude levantar. Tuve que esperar a que pasara un paisano para pedirle que avisara a mi casa que vinieran por mí. Habíamos recorrido lo que normalmente se hacía en dos días en apenas dieciséis horas. Esa era la fortaleza de los xitecos.
Su suerte cambió. Alguien descubrió que esa tierra aparentemente estéril era ideal para producir un tipo especial de tomate: rugoso, dulce, un verdadero pomme de terre con el cual se prepara la más deliciosa salsa que alguien pueda probar, y también muchas otras hortalizas y flores. Hoy día Xitla es el vergel de Miahuatlán. Sus habitantes han mejorado su nivel de vida, traen camionetas, sus hijos estudian y ya no van a la sierra.
    Lo más reciente que supe de ellos fue el enfrentamiento que tuvieron con los pseudo profesores de la sección 22. Hartos de los abusos, del abandono en que tienen a sus hijos y de que jamás han visto un ciclo completo de estudios, exigieron que ya no regresaran y los echaron cuando éstos quisieron hacerlo. Es la misma reacción que otras poblaciones de la región han tenido hacia esos parásitos. Y desde luego, mi solidaridad y mi corazón están con ellos, con los xitecos, esos héroes anónimos de la montaña.
   


           

domingo, 18 de enero de 2015

PLUTARCO, BESTSELLER DE LA ANTIGÜEDAD

Plutarco, bestseller de la Antigüedad

NOÉ AGUDO

Para mis colegas profesores de grecolatinas

De los mil 210 autores que Michel de Montaigne cita a lo largo de las mil 681 páginas de sus ensayos completos (Acantilado, 2007), sin considerar los 61 pensamientos provenientes también de diversos autores inscritos en la bóveda de su biblioteca y en su gabinete de estudio, el que más llama la atención es Plutarco.
    No es el más citado, quien ocupa este honroso sitio es Platón, al cual hace referencia en 176 ocasiones; le siguen Sócrates, con 98; Aristóteles, con 81, y sólo en cuarto lugar aparece Plutarco con 73 menciones; en quinto está Cicerón, con 59 referencias. Lo singular de Plutarco es la cantidad de obras suyas mencionadas por Montaigne, más de 60, y cuyos títulos se antojaría leer en unas vacaciones. Cualquier persona medianamente culta sabe que Plutarco es el autor de Vidas paralelas, la serie biográfica de emperadores y generales griegos y romanos narrada en forma paralela, pues su propósito fue hacer una comparación entre los dos pueblos, para destacar la compatibilidad rectora de Roma con la educadora de Grecia.
    Junto a Lucrecio, Cicerón y Séneca, Plutarco es uno de los autores favoritos de Montaigne, y esto se aprecia a lo largo de los ensayos. Pero, mientras La naturaleza de las cosas, las Tusculanas y las Cartas a Lucilo son las obras más citadas de los tres primeros autores, en el caso de Plutarco los títulos cambian a cada página. Sin exagerar, se podría afirmar que cada una de las 60 obras citadas acompañó la redacción de las más de mil 600 páginas de Los ensayos.
    ¿Quién fue Plutarco, por qué fue tan prolífico como autor y por qué influyó tanto en la redacción de la obra cumbre de Montaigne?
    La vida de Plutarco transcurre entre la segunda mitad del siglo I de nuestra era y la primera mitad del II (50-125 d. C.). Nació en Queronea, Grecia, en el seno de una familia acomodada. Su padre, Autóbolo, fue un hombre muy culto, y su abuelo Lamprias solía reunir a personajes sobresalientes de la ciudad para conversar sobre temas filosóficos, literarios, políticos, matemáticos y religiosos. Las experiencias atendidas con absoluta curiosidad por el niño Plutarco se reflejarán en sus libros Conversaciones de sobremesa y Cómo se debe escuchar.
    Aunque Roma era en su época la ciudad donde se decidía el rumbo del mundo, había cuatro metrópolis más que le disputaban su grandeza: Alejandría, Pérgamo, Antioquía y Atenas. A esta última, convertida en la universidad natural de griegos y romanos, fue Plutarco a estudiar cuando tenía 18 años. Un destacado maestro, Amonio, lo pondrá en contacto con la filosofía platónica que lo marcará para siempre. Si bien Plutarco realizó otros viajes ─fue a Egipto, Corinto y por supuesto a Roma‒ regresaba siempre a Queronea para conversar con los amigos, dedicarse al estudio, reflexionar y escribir. Su ciudad natal fue el centro donde desarrolló su labor intelectual y mística, pues además ofició como sacerdote del templo de Delfos. Por eso se dice que fue un provinciano que volvió los ojos hacia la universalidad.
    Su vida coincidió con un renacimiento del mundo griego, opacado por la Roma imperial. Dionisio de Halicarnaso, uno de los grandes críticos de la época, analiza el estilo de los principales oradores antiguos y Plutarco realizará la biografía de los diez grandes. Otros autores se encargarán de crear una lengua que sirva especialmente para la expresión literaria, el fenómeno del aticismo, y los grandes espíritus del pasado se convierten así en modelos a seguir. Grecia se da cuenta que Roma no siempre la ha superado, y ésta será una de las razones para que él escriba sus Vidas paralelas, 23 parejas de biografías en las que exhibe cualidades y defectos de dirigentes griegos y romanos.
    Siguiendo el ejemplo de su padre y abuelo, en su ambiente familiar organizó una verdadera universidad a la que acudían familiares y amigos de profesiones tan diversas como médicos, educadores, poetas, filósofos, políticos, matemáticos y sacerdotes. De estas conversaciones surgieron temas para sus numerosos escritos de carácter moral, filosófico, crítico, literario y aun religioso.
    Así, aunque los editores suelen dividir su obra en dos grandes bloques: las biográficas, reunidas en y alrededor de las Vidas paralelas, y las de carácter moral, clasificadas como las Moralia, lo cierto es que Plutarco escribió obras de carácter mucho más variadas e interesantes. Algunos títulos sugestivos son Cómo distinguir al amigo del adulador, Cómo sacar utilidad de nuestros enemigos, Sobre la tranquilidad del alma, etc.; estos forman parte de los tratados éticos. Máximas de reyes y generales, Si los ancianos deben practicar la política, Sobre la gloria de los atenienses y otras, forman parte de las obras históricas. Algunos trabajos de carácter científico son Sobre la inteligencia de los animales, La cara oculta de la luna y Cuestiones naturales. Como médico del alma escribió Consejos sobre la vida pública, Consejos sobre la salud, Consolación a Apolonio y Consejos sobre el matrimonio.  
    Su vocación como educador se revela en Cómo hay que leer a los poetas, Sobre la educación de los hijos, Sobre la malignidad de Heródoto y Comparación entre Menandro y Aristófanes. Sus teorías místicas y religiosas se aprecian en títulos como Sobre Isis y Osiris, Los oráculos de la Pitia y Por qué callan los oráculos. Enemigo declarado del epicureísmo y del estoicismo, escribió también sobre asuntos filosóficos: No se puede vivir gratamente de acuerdo con Epicuro y Si hay razón en aconsejar que se viva ocultamente son dos títulos de esta serie.
   El Catálogo de Lamprias, formado alrededor del siglo III, comprende una lista de 227 obras de Plutarco, muchas de las cuales han desaparecido. Entre ellas las biografías paralelas de Píndaro-Hesíodo, Heracles-Arsistómenes, Aníbal-Mitrídates y Epaminondas-Escipión, entre otras. Actualmente se dice bestseller a un libro o un autor que vende mucho, y sin duda Plutarco fue un bestseller entre sus contemporáneos por la cantidad de obras producidas. Con una diferencia radical: fue muy leído en su época pero también en los siglos posteriores. Lectores suyos han sido Marco Aurelio, el emperador Trajano, Petrarca, Erasmo, Fray Antonio de Guevara, quien recomendaba su lectura a Carlos V; Shakespeare, a quien inspiró muchos de sus héroes y, por supuesto, Michel de Montaigne.
    Los siglos XVII y XVIII fueron su cenit. Se decía que Plutarco fue para la tragedia francesa lo que Homero para la griega, y hay quien lo señaló como uno de los responsables de la Revolución francesa. Schiller, Goethe, Marx, Emerson y Carlyle fueron también sus devotos lectores. Con el advenimiento del espíritu de grupo, partido o clase, las obras que resaltan el papel de las individualidades se opacó, y así la lectura de Plutarco se volvió tarea de eruditos y diletantes. Esta es una invitación para volver a su lectura. La editorial española Gredos ha publicado sus obras completas y existen varias ediciones en español de sus Vidas paralelas. Por ellas podemos comenzar.

BIBLIOGRAFÍA:

Michel de Montaigne, Los ensayos (según la edición de 1595 de Marie Gournay). Barcelona, 2007. Editorial Acantilado. Prólogo de Antoine Compagnon. Edición y traducción de J. Bayod Brau. 1728 pp.

Plutarco, Vidas paralelas. Barcelona, 1990. Edit. Planeta. Clásicos Universales. Edición, introducción y notas de José Alsina. Traducción de Antonio Ranz Romanillos. 738 pp.

Diógenes Laercio, Vida de los más ilustres filósofos. México, 2004. Grupo Editorial Tomo. 410 pp.
Piergiorgio Odifreddi, Las mentiras de Ulises. La lógica y las trampas del pensamiento. Barcelona, 2006. Ediciones Salamandra. Traducción del italiano: Juan Carlos Gentile Vitale. 251 pp.

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