jueves, 23 de febrero de 2017

TRES VIEJOS TIGRES

Tres viejos tigres
NOÉ AGUDO

¿Qué tienen en común el capitán MacWhirr, quien enfrenta un tifón en alta mar y debe salvar su embarcación y la carga humana que lleva, un viejo coronel que espera eternamente la carta con el aviso de su pensión, y Santiago, el anciano pescador a quien los tiburones arrebatan el pez más grande atrapado en su vida, aparte de ser los personajes centrales de tres entrañables novelas cortas? Respuesta: son los exponentes de una voluntad vertical e inquebrantable y portadores de un valor casi desconocido hoy día: la dignidad.
MacWhirr –personaje principal de la novela Tifón, de Joseph Conrad− es capitán del vapor“Nan-Shan”, que navega por los mares de China y lleva de regreso a doscientos trabajadores de esa nacionalidad con sus ahorros logrados tras años de duro trabajo; hombre simple, hosco e imperturbable, MacWhirr tiene una firme creencia en la capacidad humana para sobreponerse a cualquier evento; de pocas palabras, nunca lo abandona un aire de tristeza y soledad, aunque tiene mujer e hijos en Inglaterra y les escribe puntualmente cada mes; cree en el orden y la disciplina, pero no deja de ser ecuánime, y sabe mantener la serenidad en cualquier situación.
Desde el inicio de la novela Conrad crea la expectativa de que algo terrible sucederá y que en ese desastre sólo un hombre como MacWhirr sobrevivirá y logrará salvar a la tripulación. El descenso del barómetro adquiere un carácter ominoso y el aire espeso e inmóvil es señal de que un enorme peligro acecha al “Nan-Shan”. Pronto el capitán, su tripulación y los pasajeros caerán en las garras de un monstruo de la naturaleza: poderosos vientos, torrenciales lluvias y enormes olas azotan, envuelven y hunden el barco entre montañas gigantescas de agua. El pavor y la inminencia de la zozobra se mezclan con la desesperación y avaricia de los braceros que, rotos los cofres donde llevan sus ahorros, inician una pelea a muerte por recuperarlos mientras la tormenta agita y destruye todo. Ante la indiferencia de la tripulación que lucha frenética por salvarse, el capitán ordena a Jukes, su primer oficial, intervenir y poner orden en aquel aquelarre de codicia, muerte y rapiña que ocurre donde viajan los chinos. Ayudado por Rout, el primer maquinista, y algunos marineros, el primer oficial cumple la orden y con cadenas y cuerdas logran inmovilizar a los enloquecidos trabajadores. El tifón, que ha durado toda la noche, parece cesar en el momento en que se apaciguan también las pasiones humanas.
Astutamente narrada, Conrad cambia el punto de vista y es a través de las cartas de MacWhirr y su primer oficial, leídas con desdén por sus esposas en Inglaterra (tiempo después) como nos enteramos del desenlace de la historia: el “Nam-Shan” logra salvarse y lleva los pasajeros a su destino, y completa así el perfil humano del capitán, ese hombre imperturbable a quien lo único que la tormenta pudo sacar de las profundidades de su alma fue esta sobria expresión: “No me gustaría perder mi barco”. Sabedor de que es imposible regresar a cada bracero el dinero exacto que le corresponde, pues cada uno exigirá más, y que si lo pone a disposición de las autoridades chinas éstas se lo embolsarán, MacWhirr prefiere repartir a partes iguales lo que sus hombres han rescatado. Sobra decir que los braceros aceptan con alegría esta decisión, pues casi todos han trabajado el mismo lapso de tiempo, y reconocen que sin la intervención de ese viejo silencioso y sereno no tendrían nada, tal vez ni siquiera conservarían la vida.
Cuando ese otro viejo empobrecido raspa el fondo del tarro para desprender las últimas briznas de polvo de café, y lo prepara para llevarlo a su esposa enferma, y le miente diciendo que él ya bebió, el lector no sabe si llorar o reír, pero la compasión y la ternura han rasgado ya sus fibras más sensibles. Es el coronel, que no ha hecho otra cosa que esperar durante cincuenta y seis años –desde cuando terminó la última guerra civil− la carta donde le anunciarán que por fin le concederán una pensión; el que ha perdido a su único hijo, asesinado por sus enemigos en las eternas riñas entre liberales y conservadores; el que ha luchado bajo las órdenes del coronel Aureliano Buendía, y aún continúa pasando de contrabando ejemplares de las hojas con que se comunican sus partidarios, y que causaron la muerte de su hijo Agustín; el personaje de la mejor novela escrita por Gabriel García Márquez, según yo: el de El coronel no tiene quien le escriba.
Nunca sabemos cómo se llaman él ni su esposa, sólo que son dos viejos que se “pudren vivos” en su soledad. Ella padece asma y él un estómago donde se revuelve una fauna furiosa de bichos. Han ido vendiendo todo para sobrevivir, viven recordando al hijo muerto, y por eso el coronel se empeña en conservar el gallo de pelea que Agustín les dejó, no obstante que su compadre Sabas, el comerciante del pueblo, le ofrece una sustanciosa cantidad por él. Cada viernes el coronel acude al correo para saber si por fin ha llegado la carta de su pensión, pero contesta altivo que “no espera nada” cuando el administrador le informa, apenado, que no ha llegado nada para él. Los muchachos lo animan y le ofrecen cuidar y alimentar al gallo, porque saben que ganará la próxima pelea. El animal se vuelve un símbolo para el pueblo. Por eso, cuando decide venderlo acicateado por el sentido práctico de su mujer, que le reprocha gastar las últimas monedas en alimentarlo, él se arrepiente, devuelve el dinero y lo recupera. Cuando regresa con el gallo y la mujer enferma le pregunta qué comerán, García Márquez escribe uno de los finales más bellos e intensos de una novela y que sólo la palabra es capaz de expresar. Transcribo:
“La mujer se desesperó.
“’Y mientras tanto qué comemos’, preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía.
“−Dime, qué comemos.
“El coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto− para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:
“−Mierda.”
Otro viejo solitario enfrentado a su destino es Santiago, personaje de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, un pescador cuya mala suerte ha provocado que lleve semanas sin pescar nada y que hace que los padres de Manolín –el único ser humano que confía en él y lo aprecia, un niño− le prohíban acompañarlo. Inquebrantable, Santiago se hace solo a la mar (“Un hombre puede ser destruido, pero nunca derrotado” dice) y el niño le ayuda a conseguir el cebo y lo invita a tomar una taza de café antes de partir. Cuando el viejo se aleja mira el horizonte y se da cuenta de cuán solo está; “tal vez yo no debiera ser pescador, pero para eso he nacido” se reconforta, y lanza el anzuelo esperando atrapar algo.
Sumido en sus pensamientos, mira el mar con sus grandes ojos sin inteligencia, extraña a Manolín, se pregunta quién ganará el béisbol de las grandes ligas y recuerda las hazañas del gran DiMaggio; es entonces cuando percibe apenas el movimiento del sedal, cuando con movimientos bruscos le avisa que algo ha atrapado. Pronto descubre que es un pez enorme y se deja arrastrar por él toda la noche y el día siguiente, pues intuye que su vida cambiará con esta pesca. Durante las siguientes horas viajará con el pez, le hablará, se encariñará con él, le dirá que nadie es digno de comérselo por la gran dignidad con que lucha por su vida, pero sabe que debe matarlo.
Cuando lo hace, la sangre atrae a los tiburones. Lucha contra ellos pero aunque hiere y mata a uno, consiguen arrebatarle la mitad de la presa y la sangre atrae a los demás. Hambriento, cansado y casi extraviado, logra orientar la pequeña embarcación hacia tierra firme seguido por los tiburones que para entonces han devorado casi todo el pez. Lo defiende con cuchillos y remos, come a ratos pescado crudo para saciar su sed y hambre y pasa cuatro noches antes de divisar el resplandor de La Habana, adonde llega exhausto.
Cuando despierta, Manolín está a su lado y le ha traído comida; le comunica la admiración que todos sienten por él al descubrir el enorme esqueleto atado a su  embarcación y le promete que a partir de ahora siempre lo acompañará, pues aún tiene mucho que enseñarle.
Hay de viejos a viejos, por supuesto. La lucha encarnizada del pescador contra los tiburones (nada le hubiera costado soltar el pez y salvar el pellejo) y su decisión indeclinable de llegar con él a tierra firme; la irreductible voluntad del coronel por conservar su gallo y la paciente fe con que espera la carta con el aviso de su pensión; la inquebrantable voluntad de mantener a flote el barco y la irrenunciable vocación de justicia del capitán MacWhirr, me hacen recordar cuando casi solitario, yo escribía y repartía mis artículos. Entonces un viejo profesor me advirtió: “Nada vas a lograr, la directora general tiene al noventa por ciento de profesores de carrera en el bolsillo (se refería a quien encabezaba en ese momento la administración del Colegio donde yo trabajaba), así son las cosas en este sistema”, me dijo a modo de consuelo. Me quedé callado. Aún sigo viendo a ese profesor, pero él aún no sabe que después de leer textos como el siguiente (palabras del capitán MacWhirr) ya nadie puede ser el mismo:
“No permita que nada lo amedrente. Mantenga siempre el barco de cara al huracán. Hacerle frente, hacerle frente siempre, es la única manera de salir a flote en un caso como éste. Usted es un marino joven. Hágale frente. Nadie puede hacer más en estos casos. Y, sobre todo, no pierda la seguridad en ningún momento.”
Son las lecciones de estos tres viejos tigres.


miércoles, 15 de febrero de 2017

México 1847-México 2017

MÉXICO 1847-MÉXICO 2017
NOÉ AGUDO (10/II/2017)

Hace exactamente 170 años Antonio López de Santa Anna se preparaba para enfrentar al invasor norteamericano Zachary Taylor en la Batalla de la Angostura, la cual ocurriría durante los días 22 y 23 de febrero de 1847. Fiel a su estilo y a su ineptitud como militar y estratega, Santa Anna abandona el campo de batalla no obstante tenerla ya casi ganada. Mientras, en la ciudad de México Valentín Gómez Farías enfrenta la rebelión de los Polkos que, azuzados por el clero, se oponen a un decreto que autoriza al gobierno federal apropiarse de los bienes de la Iglesia para repeler la invasión. (Los Polkos, debe recordarse, son batallones comandados por oficiales provenientes de las clases acomodadas y se les llama así por su gusto en bailar polkas, aunque también porque fueron partidarios de James K. Polk, el undécimo presidente norteamericano bajo cuyo mandato ocurrió la invasión a México.)
            Conocedor de la división entre los mexicanos y de los escasos recursos con que cuentan, Polk abre un segundo frente bajo el mando de Winfield Scott, quien en marzo de 1847 invade Veracruz. El ministro de Defensa de México, Valentín Canalizo, tiene diferencias con Santa Anna y esto impide rechazar con éxito al invasor. Winfield Scott toma el puerto de Veracruz y avanza hacia la ciudad de México apoyado por la Mexican Spy Company (Compañía de Espías Mexicanos), que le sirve de guía y lo ayuda para ganar la batalla de Cerro Gordo. En junio de este mismo año Matthew C. Perry invade y se apropia de Tabasco, poniendo al general Vant Brunt como gobernador. Scott avanza incontenible y se encuentra ya en las goteras de la ciudad. En agosto cae el Convento de Churubusco, donde el general mexicano Pedro María Anaya contesta al invasor general Twiggs, cuando pregunta dónde está el parque, aquella famosa frase de: “Si hubiera parque no estaría usted aquí”. En septiembre caen Molino del Rey y Chapultepec. Los norteamericanos toman la ciudad de México y Santa Anna renuncia.
            Nunca un pueblo fue tan pobre, débil e inerme, e incluso dispuesto en parte a entregarse al invasor. Sin duda la más grande de nuestras vergüenzas nacionales. Reflejo de las mezquindades y egoísmos personales, como en los días de hoy, existió una enorme división, desorganización, improvisación, carencia de recursos y ausencia de un mando unificado que el enemigo aprovechó. James Polk recomendaba a sus jefes militares alentar sublevaciones militares e indígenas (a los Polkos entregaron cincuenta mil dólares y lograron que la población indígena de Xichú se rebelara), promover el alejamiento de la población de su gobierno e incitar a la gente a mantener una actitud neutral ante la invasión. Sólo siete de los diecinueve estados de la República mexicana contribuyeron con hombres, armas y dinero para la defensa nacional.
            No es extraño así que en plena invasión el cónsul norteamericano Black John escribiera a su gobierno: “¿Qué pueden pensar las naciones extranjeras de esta gente, que bajo ninguna circunstancia deja de entregarse a luchas civiles para aniquilarse recíprocamente, no obstante que más de la mitad de su país se encuentra ocupado por fuerzas extranjeras y la otra en peligro de correr la misma suerte? Su conducta los exhibe como incapaces, tanto para gobernarse por sí mismos, como para ser gobernados por los demás, aunque su proceder los arrastra a este último destino, hasta el grado de que, si persisten un poco, no dejarán otra alternativa a nuestro país que someterlos a su protección paternal”.
            Como se ve, a 170 años de aquellos tristes sucesos seguimos siendo los mismos. Aunque los convocantes de “Vibra México” son personalidades, instituciones y asociaciones diversas, a una buena señora se le ocurrió convocar el mismo día y a la misma hora otra marcha. ¿Con qué fin? Con el obvio propósito de dividir, de causar confusión y de acaparar los reflectores, como siempre. Fue tan ridícula su propuesta que al fin aceptaron confluir simultáneamente las dos marchas en el Ángel de la Independencia a las dos de la tarde.
            Pero aún resta convencer a los otros, que envueltos en una pretendida pureza ideológica, se revuelven afanosos en las redes sociales y miran con desprecio ambas marchas porque son “para apoyar la unidad a la que llamó Peña Nieto”. Y la unidad, “¿para qué es?, ¿en torno a qué?”, se preguntan cogitabundos. Y difunden que la marcha está patrocinada por Televisa, por los ricos, etc. Estos marcharían felices pero al lado de la CNTE, de los vividores del crimen de Ayotzinapa, de los integrantes del pretendido “sindicalismo independiente” y de vaya a saber qué líderes que sus fantasías oníricas y onanistas engendran.
            “¡Raza maldita, amante de los sacrificios, adoradora de Huichilobos” escribió José Vasconcelos con amargura en El desastre.

NOTA

Redacto este texto luego de asomarme a las llamadas redes sociales y leer tal cantidad de sandeces, que van desde afirmar que una marcha del domingo 12 es para apoyar a Peña Nieto y la otra para increparle, o que una la organiza Televisa y la otra los que “no son televisos”. No puedo creer que dichas expresiones provengan de periodistas supuestamente informados, de académicos, de estudiantes y de gente que se la pasa en las redes y se espera que con alguna información cuenten. Yo simpaticé de inmediato con la primera propuesta (“Vibra México”) y ver allí nombres como los de la doctora María Amparo Casar, Sergio López Ayllón, e instituciones como la UNAM, el CIDE, El Colegio de México, la Universidad Iberoamericana y organizaciones civiles como Mexicanos Primero, Causa en Común y hasta publicaciones como Letras Libres y Nexos, me convencieron que es un llamado de una amplia porción de la diversa sociedad civil, y por eso allí estaré. Aunque este mensaje no guste a esos mexicanos que, como hace 170 años, contribuyeron con su cobardía y estupidez disfrazada de “diferencias” al naufragio del país. Domingo 12 a las 12:00, en el Auditorio Nacional.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Los avatares del Nican mopohua

Me gusta tomar café en un local ubicado sobre la Calzada de Guadalupe y mirar, durante los meses de noviembre y diciembre especialmente, a los millares de personas que asisten a la Basílica. Por otra parte, un amigo me dice que hay una diferencia abismal entre lo que escribía hace tiempo y lo que escribo ahora. Por eso retoco este artículo que ni siquiera estaba en mi blog y necesitaba alguna corrección.

Los avatares del Nican mopohua
NOÉ AGUDO (05/II/2017)

Si bien es fácil constatar el poder avasallador de los símbolos, no lo es explicar por qué adquieren tal influencia. Vivo cerca de la Basílica de Guadalupe y a diario observo el influjo que esta advocación mariana ejerce sobre millares de personas, a tal grado que este santuario se ha vuelto el más visitado del mundo católico (26 millones de visitantes anuales, informa la Arquidiócesis), por encima de la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, y los santuarios de Lourdes en Francia y de la Virgen de Fátima en Portugal. Además, no debemos ignorar la importancia que la Virgen de Guadalupe ha tenido en sucesos históricos nacionales como la conformación de nuestra identidad, la guerra de Independencia y la Revolución de 1910.
              ¿Cómo llegó la guadalupana a ser parte sustantiva de nuestra nación y por qué continúa ejerciendo tal influencia? ¿Por qué provoca tanta devoción en la gente, más allá de la fe y los milagros, inexplicables dentro de una respuesta racional? Gracias a un documentado libro del doctor Miguel León Portilla (Tonantzin Guadalupe. Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el “Nican mopohua”), y algunos otros que sustentan la versión, hoy podemos tener el hilo conductor de una respuesta.
            Una vez caída la gran Tenochtitlán en 1521, algún español colocó una representación de la guadalupana en el Cerro del Tepeyac, tratando de remplazar la adoración de una deidad prehispánica que se hacía en el mismo sitio desde mucho tiempo atrás. Tal vez un soldado de Cortés, para congraciarse con su capitán, colocó en el lugar una estatuilla de la Virgen de Guadalupe y mandó construirle una ermita, pues era conocida la gran devoción que Cortés tenía hacia ella, al ser patrona de su comunidad de origen, Extremadura.
            La ambigüedad deliberada del adoratorio generó una amplia concurrencia. Indios y españoles acudían con verdadera unción al cerrito, y esto hizo que el provincial de los franciscanos, fray Francisco de Bustamante, pronunciara el 8 de septiembre de 1556 un sermón que causó escándalo: criticaba al arzobispo de México, Alonso de Montúfar, por permitir el culto a la Virgen María (Juan de Zumárraga, el primer obispo bajo cuyo arzobispado habían ocurrido las supuestas apariciones, que él negó, ya no estaba), “la cual era adorada allí como si fuera Dios”. No lo dijo explícitamente, pero en realidad acusaba al arzobispo de haber permitido y alentado esta confusión entre la deidad prehispánica y la madre de Cristo, lo que significaba abrir las puertas para “adorar al demonio”.
            La reacción de Alonso de Montúfar fue convocar al día siguiente a un proceso de información, en el cual indígenas, pero sobre todo españoles, declararon que la devoción a la Virgen había acrecentado su fe y contribuido a disminuir costumbres disolutas, y que eran muy conscientes de que “a quien veneraban era a la Madre de Dios”.
            No se sabe si a petición del arzobispo, o por iniciativa propia, un descendiente de la nobleza indígena de Azcapotzalco, egresado del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, escribió un texto en lengua náhuatl para relatar las apariciones milagrosas de la Virgen. Esto daba credibilidad a la afirmación del arzobispo, de que en verdad se trataba de la Virgen María, y tal vez sin proponérselo dejaba a salvo a los indígenas para que subrepticiamente pudieran continuar adorando a Tonantzin (“Nuestra madre”), que hacían en el “cerro de Tepeaquilla desde antiguo”.
             Nadie previó las consecuencias que tendría este texto escrito por el indígena descendiente de la nobleza de Azcapotzalco. Su nombre era Antonio Valeriano y se trataba de un hombre de dos mundos, pues si gracias a su ascendencia indígena dominaba el náhuatl culto, sus estudios le habían permitido aprender latín, español, teología y religión. Con su escrito no sólo legitima la adoración de la primera imagen religiosa resultado de un sincretismo, sino de paso urge a construirle un templo a la Virgen. El texto, conocido como Nican mopohua (cuya traducción es “Aquí se narra” y son las primeras palabras con que inicia el relato), se volverá un documento seminal para la conformación de la identidad nacional y fundamentará la búsqueda de la independencia de la nueva nación. Las vicisitudes del documento, que el doctor Miguel León Portilla ha realizado con un empeño detectivesco, son las que narra en su libro Tonantzin Guadalupe.
            Antonio Valeriano funde en su escrito varias tradiciones: la de la madre de dios prehispánica (Teotl inantzin) que era adorada en el lugar; la de las apariciones milagrosas de la Virgen de Guadalupe a personas sencillas del pueblo (como el macehual Juan Diego), pues estaba informado que lo mismo había ocurrido en algunas regiones de España (en Cáceres y La Gomera, por ejemplo), y funde también símbolos y términos provenientes del antiguo pensamiento náhuatl contenidos en los huehuehtlahtolli (la “antigua palabra”) que reúnen cantos y tradiciones del mundo indígena, para componer su escrito.
            No se sabe cuántas copias se hicieron del manuscrito, pues a pesar de que la imprenta se había instalado desde 1539, al principio sólo se hicieron copias a mano del Nican mopohua. Sin embargo, con esto fue suficiente para plantar la semilla.
            Casi un siglo después, en 1648, el bachiller Miguel Sánchez lo utiliza para escribir Imagen de la Virgen María Madre de Dios Guadalupe, y con esto realiza la primera traducción al español del manuscrito. Un año después otro bachiller, Luis Lasso de la Vega, lo publica completo en náhuatl con algunos agregados (sus propios comentarios, algunos milagros referidos por el historiador indígena Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, cierto datos biográficos de Juan Diego y una oración a la Virgen). A partir de estas traducciones e impresiones el culto se extiende, se hacen otras traducciones, como la de Luis Becerra Tanco en 1675, y los propios españoles y criollos se encargan de darle verosimilitud a la historia, a celebrarla y acrecentarla para forjar la identidad particular de la Nueva España.
            En 1689 el sabio Carlos de Sigüenza y Góngora jura poseer el manuscrito original, pues se lo legó don Juan de Alva Ixtlilxóchitl, amigo suyo e hijo de don Fernando. A la muerte de Sigüenza todos sus libros y papeles pasan a la biblioteca del Colegio de San Pedro y San Pablo, y seguramente con ellos iba el Nican mopohua. No se vuelve a tener noticias del texto sino hasta 1742, cuando las autoridades virreinales le requisan a Lorenzo Boturini Benaduci, sabio italiano y estudioso de las antigüedades mexicanas, una serie de documentos entre los cuales iba el relato de Valeriano. Los documentos son depositados en la biblioteca de la Pontificia Universidad de México, donde a fines de siglo XVIII aún se encuentra el Nican mopohua.
            Es posible que alguien lo sustrajera y se lo ofreciera en venta al historiador José Fernando Ramírez, rescatista de las antigüedades mexicanas, del cual Enrique Krauze ha hecho una magnífica semblanza en su libro Retratos personales (México, 2007, Tusquets). Cuando don José Fernando muere, en 1871, se realizan varias subastas de sus libros y documentos y entre ellos aparece el Nican mopohua. Este texto y su colección completa de antigüedades son comprados por la Universidad Pública de Nueva York, donde —según Miguel León Portilla— el antiguo manuscrito permanece hasta la fecha con otros documentos bajo el título general de Monumentos Guadalupanos.
            Estos son a grandes rasgos los avatares del texto que dictó la devoción y misteriosa intención de un indio noble asimilado a la cultura española, con el cual se forjó el más poderoso símbolo de identidad nacional, pues fundió en una sola imagen las creencias profundas de los dos pueblos para constituir la nueva nación.

NOTA 1: Debo a los siguientes libros la información sustancial para este escrito: Tonantzin Guadalupe. Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el “Nican mopohua” de Miguel León Portilla (El Colegio Nacional-Fondo de Cultura Económica, México, 2000); Quetzalcóatl y Guadalupe, de Jacques Lafaye (México, FCE, 1977); Documentos guadalupanos. Un estudio sobre las fuentes de información tempranas en torno a las mariofanías del Tepeyac, de Xavier Noguez (México, FCE, 1993), y Testimonios guadalupanos, de Ernesto de la Torre Villar y Ramiro Navarro de Anda (México, FCE, 1982).

NOTA 2: A partir de la película Avatar de James Cameron, estrenada en 2009, el filme nos escamoteó el significado de un hermoso término, sinónimo de “incidentes, vicisitudes, fases, cambios”, y en su lugar nos legó un significado confuso. Si hoy preguntan a sus alumnos qué significa avatar responderán que son los personajes azulados de la película; hay quienes dirán que es la representación de nuestra persona a través de una imagen virtual. Lo cierto es que se trata de un término proveniente del sánscrito e indica el hecho de que una divinidad desciende a la Tierra. De este significado la película lo relaciona para señalar que la tecnología, en el futuro, será capaz  de “inyectar inteligencia humana en un cuerpo ubicado remotamente”. Yo lo uso en el sentido principal que le da el Diccionario de la Lengua Española: fase, cambio, vicisitud.

LEÓN PORTILLA, LA VISITA QUE NO FUE

Obtusos, ignaros, indiferentes y ajenos a la auténtica vida cultural que debe promover y realizar un centro educativo (en el CCH entienden la cultura como los caciquillos de pueblo, es decir, como el conjunto de bailes folklóricos, clases de bordado y recetas para hacer tamales), las “autoridades” impidieron que los alumnos pudieran conocer y conversar con don Miguel León Portilla, historiador extraordinario y estudioso sin par del mundo náhuatl. León Portilla es autor de uno de los libros más vendidos y leídos del fondo editorial de la UNAM: La visión de los vencidos. (El otro es la Introducción a la filosofía, de don Ramón Xirau.) La idea que un grupo de profesores nos propusimos realizar, llevar a grandes personajes de la cultura contemporánea a los estudiantes, incluía la visita de don Miguel León Portilla. El proyecto tuvo que cancelarse ante la persecución que el director general y su marioneta en el plantel Vallejo iniciaron contra mi persona. Se debe recordar, por otra parte, que cuando llevamos a la escritora Elena Poniatowska, después de cuarenta años que no visitaba el plantel, causó tal conmoción que los diligentes amanuenses de su triste y no leída Gaceta CCH, así como de la gacetilla local, se dedicaron diligentemente a minimizar el hecho, a atribuírselo a los directivos y a cuidar puntillosamente que no hubiera ninguna mención al grupo de profesores que hicimos posible la visita. Así entienden el hecho de “ser incluyentes”.
Y es que, ¿cómo serlo si viven entregados a aprovechar los recursos del Colegio para su beneficio propio, para atender las necesidades de sus familiares, cómplices e incondicionales y los de sus amiguitas? Lo que menos les interesa es la educación de los jóvenes y la cultura. Sólo para documentar el olvido y la negligencia en que deriva el plantel Vallejo, informo los siguientes hechos: durante la semana pasada, en el edificio G, en el salón situado al término del ascenso de la escalera desaparecieron cinco cristales. Al día siguiente ocurrió lo mismo en otro de los salones de la planta baja. En el salón D1, primero quitaron parte de la chapa de arriba y luego fueron a retirar lo que restaba. En ese mismo salón desapareció uno de los pizarrones, el de la parte delantera. Ya no existen las mesas para los profesores y las sillas con soporte para los brazos.  El salón de clases original del  CCH tenía dos pizarrones para motivar la participación de los alumnos, y una mesa y silla para los profesores siempre son necesarias. ¿Por qué desaparece el mobiliario? ¿Alguien amuebla su escuelita? ¿Hasta ese nivel llega el saqueo a una institución de educación pública? Mientras, los demás salones rebosan de suciedad y basura, así como los espacios externos son usados para el consumo de alcohol, drogas y otras yerbas.


  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...