lunes, 28 de noviembre de 2016

NECESITAMOS CIUDADANÍA, ¡CARAJO!

Necesitamos ciudadanía, ¡carajo!
NOÉ AGUDO

Tenemos República, pero nos falta una cosa: ¡pueblo!
Amado Nervo

Cuando una comunidad entera enmudece, y sólo es capaz de murmurar; cuando elude sus derechos y obligaciones a cambio de un mendrugo de pan; cuando desearía que otros hicieran lo que ella no se atreve; cuando sólo es capaz de lamentarse y esperar a que un milagro ocurra; cuando deposita su confianza en impostores que prometen el paraíso, a cambio de llevarlos al poder para luego soportarlos mansamente; cuando sus integrantes no se atreven ni siquiera a firmar una carta, a expresar una opinión ni mucho menos a solidarizarse con el caído o humillado; cuando reniegan de su inteligencia y dignidad…, entonces esa comunidad está doblegada, fracturada y condenada a ser pisoteada y víctima de cualquier arbitrariedad. Basta con que individuos sin escrúpulos y lo suficientemente cínicos y audaces se presenten para que se apoderen de sus voluntades, de sus bienes, derechos e incluso de su honor y de su criterio.
            Esto es lo que demuestra lo ocurrido en las elecciones, plebiscitos, referéndums y demás consultas que se han realizado recientemente alrededor del mundo: los jóvenes que no deseaban que Gran Bretaña saliera de la Unión Europea, pero no acudieron a votar y dejaron la decisión en un grupo de demagogos; la mayoría de los colombianos, que deseaba un acuerdo de paz, pero permitió que una minoría impusiera el NO; los millennials, hispanos y negros en Estados Unidos, que no querían a Trump como presidente, pero dejaron que la población blanca, adulta e ignorante decidiera. Si esto sucede en sociedades con profundas raíces democráticas, con poblaciones conscientes, activas y participativas, qué se puede esperar en países donde la gente ni siquiera conoce su derecho a elegir y el poder de su voto para decidir.
            En México, donde el voto es comprado vergonzantemente con migajas como pueden ser unos cuantos pesos, despensas, botes de pintura o tinacos, esta manipulación para decidir los asuntos vitales del país se hace aún más grotesca; no hay ciudadanía, sus derechos y su existencia misma son escamoteados por una clase política rapaz, envilecida y mendaz; por eso nuestros dirigentes son cada vez más ineptos, corruptos y cínicos; si lo que se requiere para dirigir —desde un municipio hasta la presidencia de la República, desde un plantel del CCH hasta la máxima institución educativa— es saber mentir y simular, ¿por qué yo no?, se pregunta la cofradía de gaznápiros. Saben que sólo se necesita un poco de audacia y mucho de desvergüenza para improvisarse como presidente municipal, director o gobernador.
            Y allí están las consecuencias: gobernadores que dejan sus estados en la indigencia financiera absoluta y con deudas brutales, sin un centavo, con la delincuencia desatada y la inseguridad rampante, aunque ellos abandonan sus puestos con decenas de casas en el extranjero y a lo largo y ancho de la República, con cuentas bancarias en miles de millones de dólares, con empresas para continuar saqueando los recursos públicos, ranchos y vehículos de lujo, incluyendo yates y aviones. Si un presidente municipal o el director de una institución educativa pública no logran lo mismo no es porque no quieran, sino porque no pueden: los recursos no dan para tanto, pero en su escala también lo hacen. Por eso anhelan tanto ocupar esos cargos. No importa que no tengan ni idea de cómo realizar su delicada función y al concluir sus períodos dejen un desastre educativo o ahogadas sus localidades en deudas. ¿Quiénes reclamarán? ¿A quién rendirán cuentas? Unos y otros se tapan y solapan, así que sin una ciudadanía que actúe hay manga ancha para actuar con absoluta impunidad.
            “Necesitamos actuar para cambiar a esta persona, pues está haciendo mucho daño” me dice un ex funcionario del CCH. “De nada servirá, le respondo, pondrán a una parecida o a alguien peor. Lo que necesitamos cambiar es esta discrecionalidad, esta arbitrariedad y carencia de vigilancia y control con que actúan los directivos”. Sabemos que en el Colegio, y en la Universidad en general, las diversas instancias de representación de la comunidad son solo simulación: consejos técnicos e internos, congresos, comisiones, defensorías y demás, responden y obedecen a la autoridad jerárquicamente establecida. No hay un funcionamiento realmente autónomo ni se les permite actuar como contrapeso, así que poco podemos esperar de los mismos si no los recuperamos como auténticos órganos de representación de la comunidad universitaria.
Es verdad que una persona honesta, con conocimientos y visión de las tareas ayuda mucho cuando asume un puesto. El mundo sería otro si no hubieran existido un Lincoln, un Juárez, Vasconcelos o Mandela. Pero para los tiempos actuales es vital la participación de la ciudadanía y los mecanismos de equilibrio y control; ya no es suficiente contar con buenos líderes o con verdaderos académicos en los puestos de dirección, por honestos que sean. Se requiere la participación de la gente común y corriente, como nosotros los profesores, si queremos que nuestras instituciones y sociedad cambien y funcionen eficazmente.
            México no vive aún una democracia plena ni mucho menos un estado de derecho efectivo, por eso es urgente la actuación de los ciudadanos. Porque aún no hay una verdadera división y funcionamiento de poderes que permitan su equilibrio, vigilancia y acotamiento entre unos y otros; tampoco existen instancias que permitan llamar a cuentas a los servidores públicos; los órganos de vigilancia están sólo para aparentar, para simular (PGR, INAI, ASF, SFP, TJA, que integran el Sistema Nacional Anticorrupción), no actúan ni funcionan si no hay una orden o permiso del más alto nivel. ¿Es posible que alcaldes, diputados y poder judicial de Veracruz (por no mencionar los organismos de vigilancia y control que dependían directamente del gobernador) no se hayan dado cuenta del descomunal saqueo que Duarte realizaba? ¡Claro que lo sabían! Incluso algunos colaboraron gustosamente en el saqueo. Pero sólo realizaron su plantón, protestaron y hablaron cuando el ladrón los dejó sin un centavo y huyó. Lo mismo hicieron los organismos federales como la Procuraduría General de la República o la Auditoría Superior de la Federación: intervinieron cuando el insaciable ladrón cayó en desgracia por decisión del presidente. Y lo mismo sucedió con Guillermo Padrés, el de Sonora. Y es lo que falta para que esa larga cauda de bribones en lista de espera (Humberto Moreira, Roberto Borge, Fausto Vallejo, Rodrigo Medina, Ángel H. Aguirre, et al.) sea llamada a cuentas y devuelva lo que a ojos de todo mundo robaron. Si los órganos fiscalizadores e impartidores de justicia funcionaran, harían su labor sin esperar la orden del presidente y bastaría tan solo con la denuncia de los ciudadanos.
            Pero esto no sucede así. La clase política cuidó muy bien de que entre las reformas realizadas no estuviera una reforma política que modernizara, restringiera y transparentara su actuación y privilegios para poner fin a esta orgía de corrupción e impunidad que desangra al país. Las consecuencias están a la vista: el individuo más despreciable, el que toda la sociedad repudia pues sabemos es el causante principal de que México no avance y continúe siendo un país desigual, dependiente y ahogado en la corrupción y el crimen, es el político, del partido y signo ideológico que sea. Ante esta situación el ciudadano desengañado y frustrado desea ser como ellos, gozar de esa impunidad, no sujetarse a las leyes o transformarse en algo peor: un delincuente. Por eso millares de jóvenes se suman día a día a las legiones de criminales que asuelan la República. Por eso se dice que la corrupción es un asunto cultural o innato de los mexicanos.
Es urgente transformar esta situación. Es necesario devolver a la política su propósito principal, que es el de establecer reglas claras, sencillas e igualitarias de convivencia social; recuperar su capacidad de fomentar el liderazgo y lograr la unidad del país para hacer frente a cualquier riesgo que se presente; saber conducir a la sociedad a otros estadios y niveles de desarrollo, y sobre todo lograr el cumplimiento estricto de un estado de derecho para poder vivir seguros. En suma, recuperar lo que de ciencia y arte la política tiene. Por eso es tan importante crear ciudadanía. ¿Qué significa esto? Que debemos actuar y formar un nuevo tipo de persona: individuos críticos, participativos, informados, tolerantes, respetuosos de otros puntos de vista, capaces de expresar y sostener públicamente sus puntos de vista. Capaces de actuar y contribuir en la solución de sus problemas.
Porque hoy día, aunque la población ve, conoce y padece la corrupción, no actúa. ¿Por qué? Por lo que dice el título y el párrafo inicial de este artículo: no hay ciudadanía. “Tenemos república pero nos falta pueblo” decía el poeta. No ejercemos nuestros derechos y mucho menos cumplimos con  nuestras obligaciones. Tenemos miedo de opinar, actuar y deseamos que otros lo hagan por nosotros. Carecemos de valor civil. Nos solazamos en la murmuración, en los chismes, en los comentarios a espaldas de quienes criticamos, pero jamás los encaramos y parece no importarnos la gravedad de sus acciones ni sus consecuencias. Los dejamos hacer.
En una escuela esto debería ser motivo de reprobación y vergüenza, porque no está cumpliendo con una de sus responsabilidades primordiales. La escuela no sólo transmite conocimientos y desarrolla habilidades intelectuales, sino también forja comportamientos. ¿Cuál es el perfil del egresado que nuestro modelo educativo propone? ¿Lo logramos? ¿Lo conocemos siquiera? Hemos fallado: no formamos ciudadanos, no enseñamos a nuestros alumnos a actuar como tales (ojo, no se trata de adoctrinarlos, como algunos malos profesores entienden, sino enseñarlos a que formen su propio criterio y decidan por sí mismos). Y no lo hacemos porque no hemos comprendido su importancia ni sabemos cómo hacerlo. Nos falta actualizarnos en este punto. Seguimos hablando de lucha de clases, de neoliberalismo, de explotados y explotadores, etc., pero nada hacemos para que los estudiantes sepan actuar en el tiempo y contexto que les tocó vivir.
Como señala un autor, “el modelo educativo mexicano es autoritario y no fue concebido para formar ciudadanos libres; sus profesores fueron entrenados para desarrollar su práctica docente sobre la base de la obediencia en el aula y no del pensamiento crítico”. En el caso de crear ciudadanía, nada hay mejor como el ejemplo, y tampoco lo ponemos. Tenemos miedo de firmar una carta donde se exige al director que cumpla con sus funciones y deje de aparentar que aquí no sucede nada, aunque nosotros y nuestros alumnos vemos cómo el plantel se vuelve zona de tolerancia para el consumo de drogas.
 “De existir un índice de participación ciudadana —dice Eduardo Caccia (‘Lecciones de primaria’, Reforma, 20/XI/2016)— seguramente la sociedad mexicana también saldría mal calificada. Uno de los rasgos de nuestro código cultural es que somos muy pacientes, muy aguantadores. Generalmente nos cuesta involucrarnos en asuntos públicos porque no nos gusta el enfrentamiento”. Cada país tiene un verbo clave, uno que contiene la esencia de su cultura y explica el comportamiento de sus habitantes, dice por otra parte Clotaire Rapaille en su libro El verbo de las culturas (Taurus, 2015). Así, mientras el verbo de los franceses es pensar, el de los alemanes obedecer, el de los estadunidense ser o hacer, el de los mexicanos es sufrir, sobrevivir o aguantar.
¿Por qué somos agachones? ¿Por qué preferimos callar y nos cuesta tanto involucrarnos, reaccionar y participar? Responderé por lo que he observado particularmente en el CCH y en la Universidad. Por tres razones principales. Primera, por la ideología: mucho de la incapacidad para actuar unidos es porque nuestras ideas para transformar la sociedad o cierta situación siguen siendo fundamentalistas: “sólo un gobierno de auténtica izquierda corregirá la situación” decimos; si alguien promueve un proyecto o una propuesta, antes que conocerlos y analizar si son acertados, se juzga al promotor y, si no es de nuestro grupo o afín ideológicamente, no lo apoyamos, no nos involucramos con su propuesta, aún más: lo descalificamos, no importa lo acertada, necesaria o justa que sea su propuesta. La ideología es la pócima envenenada que ha dividido la participación social y unificada en México, y podrán pasar años, décadas, siglos y jamás conoceremos cuál es ese partido o grupo de auténtica izquierda, pues éste simplemente no existe ni existirá. Cada ser humano es distinto y piensa diferente, así que lo mejor sería ponernos de acuerdo en aquello que coincidimos y actuar en consecuencia. (He anotado en primer lugar este obstáculo porque es el que divide sobre todo a quienes aún tienen el coraje y el valor de participar.)
Segundo, por la desconfianza: los casi noventa años de régimen patrimonialista y corporativo (sumados los años de gobiernos priistas y los doce panistas) nos han hecho suspicaces, desconfiados. Y estaría bien, si esta desconfianza no nos llevara a la inmovilidad. Pero esos largos años nos han condicionado para creer que todo aquel que encabeza el descontento o pretende corregir una situación injusta es alguien que busca su propio beneficio. Tal vez sea así, porque una de las habilidades del sistema es saber cooptar el descontento comprando o atrayendo a los líderes. Pero quienes manipulan y pretenden usar a los otros para su beneficio son fácilmente identificables: esas personas no dan la cara, no saben actuar en democracia; fingen, simulan, azuzan, son incapaces de actuar abiertamente, de expresar con claridad y públicamente lo que proponen y piensan. ¿Cuántos de quienes se postulan para directores, consejeros o miembros de ciertas comisiones en el CCH han intentado resolver los problemas? ¿Les conocemos proyectos e ideas para mejorar o hacer funcionar con eficacia las escuelas y la educación? Excepcionalmente habrá uno, pero la mayoría (cada vez peores) buscan su propio beneficio. De allí que durante casi medio siglo de existencia el CCH, en lugar de afirmar su carácter excepcional de bachillerato de vanguardia, como lo planearon sus fundadores, lo ha perdido, y hoy la situación laboral de sus profesores es peor y ni siquiera se pueden comparar sus resultados con los que logra el tradicional sistema de las escuelas preparatorias.
Un tercer factor que nos impide actuar es la conveniencia: Dante Alighieri señala en el Canto II de El Infierno que uno de los círculos más profundos de éste está reservado para los que jamás se pronunciaron ante un problema. Nada hay más despreciable que la apatía y la indiferencia, y peor todavía si estas actitudes derivan de la conveniencia: porque así se logran comisiones y chambas para nuestras hijas o familiares; porque así se consigue un mejor horario; porque así se continúa impartiendo clases sin el título o el examen filtro; porque así se logran las promociones o aceptan cualquier informe para mantener la categoría y los estímulos; porque se está en un proceso de promoción y por ahora no conviene decir nada, etcétera. Los que no actúan por conveniencia no lo harán nunca, pues siempre tendrán una excusa para no hacerlo. Son los que buscan mantener a salvo el pellejo, esos viejos cuerpos adiposos, enfermos de hipertensión, colesterol o diabetes, pero desean retirarse con las mejores sueldos posibles. ¿Qué ejemplo pueden ser para los alumnos?
Finalmente, por miedo, que es una mezcla de todos los anteriores. Los profesores no sólo tienen miedo a actuar, sino ni siquiera desean que los vean hablar con quienes se atreven a manifestar una crítica. “Quítame por favor del directorio, yo te apoyo pero por ahora no me conviene” pidieron una profesora y un profesor cuando hicimos una gaceta para denunciar las arbitrariedades de las autoridades. Después me enteré que a la esposa del profesor le otorgaron una plaza de carrera. Escribe Curzio Malaparte en esa extraordinaria novela titulada precisamente La piel: “Es más triste luchar para vivir. Es una cosa humillante, horrible, es una necesidad vergonzosa. Sólo para vivir. Sólo para salvar el pellejo. No es ya la lucha contra la esclavitud, la lucha contra el hambre. Es la lucha por un mendrugo de pan, por un poco de fuego, por un harapo con el cual cubrir a los hijos, por un poco de paja sobre la cual tenderse. Hoy no cuenta el alma, la conciencia, el honor, sino la piel, salvar la piel”. 
            El CCH, y la UNAM en general, no puede seguir siendo una comunidad de agachones, medrosos, convenencieros y serviles que desean salvar la piel. Máxime cuando sabemos que lo que aquí priman son la simulación, el autoritarismo, el uso perverso de la justicia, la arbitrariedad, la discrecionalidad y la inexistencia de un estado de derecho por parte de quienes deberían vigilar su eficaz cumplimiento. Por irónico que parezca, en la Máxima Casa de Estudios del país, en “el Cerebro de la Nación” (como hiperbólicamente alguien ha dicho) existen cotos dominados por caciquillos primitivos, por analfabetas funcionales perversos, cuya voracidad por los recursos, prebendas y canonjías sólo son comparables con el tamaño de su cinismo e ineptitud: usan la normatividad universitaria a su antojo y conveniencia; un expediente puede durar años en resolverse porque así lo deciden; a un profesor de carrera con el nivel más alto lo pueden degradar al nivel cero ocultando sus documentos; los resultados de una elección para consejeros técnicos se escamotean y se dan a conocer después de dos semanas; cometen impunemente arbitrariedades que van desde el acoso sexual hasta el despido o negar horas a los profesores de asignatura si no se pliegan a su voluntad; sólo aquí se usa la justicia para perseguir y despedir a quienes difieren con sus puntos de vista o se atreven a denunciar sus ilícitos. Todo esto, aparte del uso de los recursos universitarios cual si fuera botín.
            Por eso es tiempo de actuar como ciudadanos y crear ciudadanía.

ZACATITO PA’L CONEJO
La ingestión de alcohol, la venta y consumo de drogas, el regreso del porrismo, sucede a la vista de todo mundo; vendedores y consumidores actúan cada vez con mayor descaro; el olor envuelve casi todas las zonas del plantel, mientras salones, baños, pasillos y patios rebosan de basura y zozobran en la incuria y el abandono. Esta situación del plantel Vallejo revela no sólo ineptitud sino ausencia de autoridad. Es lo que ocurre cuando quienes deberían velar por mantener la institucionalidad del Colegio la rompen irresponsablemente. (Jesús Salinas, director general del CCH, despidió a Jesús Ceja, director del plantel Vallejo, sin que hasta la fecha haya explicado las razones de su despido.) Es lo que sucede cuando un director y su equipo son designados no por su eficiencia o porque realmente tengan interés en servir a la comunidad, sino por su obsecuencia servil y su docilidad ante el superior jerárquico. El profesor Cupertino Rubio sirve al director general, mas no al plantel Vallejo. ¿Puede, el director general (ni hablar del Consejo Técnico porque no actúa) rectificar y cambiar a quien impuso, vistas su ineptitud y su desdén por asumir sus responsabilidades? No, no puede. Rectoría le reprocharía cambiar de director de plantel como de calcetines (bueno, eso espero), así que a soportar los problemas sin muchos aspavientos; el otro sabe esta situación y aprovecha su margen de impunidad: “Tú me pusiste, ahora te aguantas”. Así que a continuar gozando en la burbuja del amor. Pero quienes padecen las consecuencias son los alumnos, profesores y trabajadores. No asusta el consumo de drogas, especialmente del alcohol y la marihuana (un ex rector de la UNAM ha demostrado que lo mejor sería reglamentar su empleo), pero ¿puede un alumno estudiar bajo sus efectos? ¿Ignoran las autoridades que el consumo de marihuana es la puerta de entrada a drogas más peligrosas y dañinas? ¿Acaso ignoran que su distribución, consumo y venta traen consigo delitos mayores, como son las peleas por el mercado, motivo del mayor número de crímenes que ocurren en el país? Tal vez esperan a que empiecen las disputas y haya delitos más graves cuando otras pandillas pretendan ingresar al plantel, cuando comiencen los secuestros, levantamientos y extorsiones.

DE ACADÉMICOS A CACIQUILLOS
Reproduzco una carta que ilustra cómo dos aparentemente sencillos profesores se transforman en jefes prepotentes, atrabiliarios y arbitrarios cuando se saben cobijados por el poder:

Buenas noches:
No tengo el gusto de conocerlo, sin embargo sé que es un colega del Colegio. Me llegan sus correos y los he leído todos, y es por esta razón que le escribo para denunciar otra arbitrariedad más por parte de una autoridad de la actual dirección de Vallejo.
Soy profesora definitiva B desde hace algunos años y estuve trabajando en el Siladin durante nueve en proyectos extra curriculares, con el propósito de estimular a los alumnos para que abracen una carrera científica (o al menos eso pretendí). En 2014 concursé para ocupar una plaza de carrera y, estando inmersa en ese proceso, tardé un poco en entregar el anteproyecto que sirve como requisito para ocupar un cubículo en la instalación. El jefe en turno del Siladin (Javier Pereyra), me urgió el anteproyecto a través de su subalterno Eleno Hernández. Al no poder entregarlo en el plazo que me marcó, de manera descortés y francamente grosera me comunicó que o lo entregaba o tenía que desocupar el espacio. Posteriormente me solicitó realizar el inventario de lo que había allí, a lo que yo me negué argumentando que esa función le correspondía al auditor, o en su caso a los responsables del Siladin. Esta respuesta molestó de tal forma al señor Eleno que con gritos e insultos me corrió.
Para no tener confrontaciones con decidí abandonar el espacio, no sin antes dirigir una queja por escrito al director en turno, que dicho sea de paso me trajo más complicaciones que soluciones. A dos años de esos hechos me vuelvo a encontrar a esta persona, pero ahora como Jefe de Laboratorios y, de nueva cuenta, actuando de manera prepotente, dispuso del material didáctico que yo tenía resguardado en el Anexo del Laboratorio 22B; esto sucedió durante las vacaciones interanuales y nunca me ha dado ninguna notificación verbal o escrita.
Al preguntarle qué había pasado con mi material, contestó que él lo había sacado porque Higiene y Seguridad le urgió desocupar los anexos y mis cosas estorbaban. Esto sucedió desde el principio del semestre y a la fecha aún sigue el archivero donde guardaba mis cosas en el mismo sitio. Entonces, ¿había urgencia o no por parte de Higiene y Seguridad? A mí me parece que no.
Por cuestiones médicas yo tenía permiso desde algunos años atrás a resguardar mi material didáctico en ese lugar; sin embargo, haciendo caso omiso a este hecho, el individuo en cuestión inició una persecución de índole personal en mi contra, derivada de la queja que interpuse cuando salí del Siladin. Ahora debo cargar mi material a diario, a pesar de las recomendaciones médicas de no llevar cosas pesadas ni subir escaleras. Asimismo, yo atendía a mis grupos en este laboratorio para facilitarme el acceso a los materiales didácticos, pero como ahora esta persona asigna los salones (aunque no sea su función), me desperdigó todos mis grupos, enviando uno de ellos hasta el tercer piso.
Como respuesta a todas estas acciones levanté un acta de hechos ante la Oficina Jurídica del plantel, solicitando me devolvieran mis materiales. Después de mes y medio de insistencia se me devolvió la mayoría, pero hubo faltantes que hasta ahora no me han regresado porque el "jefe" Eleno dice que solo estoy molestando por un capricho mío.
Quiero enfatizar que ya agoté todas las instancias dentro del plantel y no he recibido solución, y al parecer no la tendré. Por cansancio dejaré de insistir, prefiero comprar nuevamente mi material antes que seguir reclamando inútilmente. Lo que me queda claro es que si a varios compañeros los han rescindido por causas no tan claras, qué me espera a mí, que sólo pido "bolitas de unicel y resinas".
Por otro lado, tengo entendido que los anexos se diseñaron para actividades académicas o para facilitar éstas, pero ahora esos espacios se han convertido en bodegas o para asuntos administrativos. Esos espacios deben volver a la función para la cual fueron diseñados y para beneficio de los alumnos, que son nuestra prioridad.
Otra situación inquietante para mí es que después de varios años con la categoría que poseo, aún sigo sin grupos completos. Otros profesores con menos méritos académicos y menor antigüedad ya están en mejores condiciones laborales que yo. Lo que usted dice profesor, respecto a la transparencia de los concursos es cierto, y yo también espero que los próximos consejeros dignifiquen nuestra labor académica y laboral.

MI SITUACIÓN

No he renunciado y estoy perfectamente bien. Gracias a todos mis colegas y amigos que con sus palabras y acciones mantienen en alto mi ánimo, mi lucidez y mi propósito; especialmente a esas tres valientes maestras (Delia, Rosario, Juana) quienes confirman mi creencia de que, cuando ya no hay remedio, una mujer puede ser la salvación. Agradezco también a varios más, que ni siquiera puedo mencionar, pero cuyos desayunos me proporcionan un saludable ejercicio mental, como el físico que realizo con Ares, mi perrito westie, cuando salimos a correr los fines de semana. Padezco, eso sí, las simas y laberintos de la justicia universitaria (¿sería mejor decir “injusticia”?) que me hacen conocer de primera mano el infierno de la burocracia. No por algo he releído la Comedia de Dante. Transcribo ahora un suceso ocurrido en días recientes:

Jueves 24. Me entrevistan estudiantes de periodismo de la FES Aragón. Una pregunta detona este recuerdo: ¿Quién es la persona más interesante que ha entrevistado? Excluyo a los famosos, los admirados o los más queridos, y recuerdo que un día, invitado por un gobernador a su informe de gobierno, me puso chofer y vehículo para que me llevaran donde quisiera. Le pregunto al chofer si sabe dónde vive Pablo Juvenal, un médico, chamán y sabio de la región y me dice que sí. Me lleva a un poblado cercano a esa capital, famoso por la gran cantidad de flores y hortalizas que produce para la ciudad. Todo mundo sabe de Pablo Juvenal, así que resulta fácil llegar a su casa. El conductor se queda en el vehículo y la fotógrafa, Elizabeth Garci Nieto, y yo pasamos a la casa. Tocamos, nos hacen avanzar por un largo pasillo que atraviesa la inmensa propiedad y nos pone nuevamente en otra calle. "Es la casa de enfrente" nos dicen. Allí encontramos en el patio a un hombre ligeramente obeso, el torso desnudo, que está sentado al sol. "Me estoy curando" nos dice, "pesqué una gripe en un viaje que hice a Nuevo León y esta franja de sol me alivia. Vinieron con alguien más, ¿verdad? Vayan por esa persona, porque está teniendo malos pensamientos". Elizabeth va por el chofer y le pregunta: ¿de verdad estaba enojado, tenía malos pensamientos? (Esto me lo platicó después.) "Algo así", dijo el chofer. "Había decidido hacer una carta a mi hija y la inicié diciendo: 'Te escribo mientras espero a unas personas...', etc." Platico con Pablo Juvenal y en cierto momento le pregunto: ¿Para qué la brujería, por qué la enseña, para qué sirve? "Nosotros somos como nuestros pies", me responde. "Nacemos y de inmediato los cubrimos con calcetines y calzado. Así crecemos, así vivimos y con nuestra protección los vamos cegando. En cierto momento nuestros pies ya no reconocen las piedras, las espinas, todo lo que los lastima y daña, y de pronto nos damos cuenta que ya no podemos caminar sin calzado. Así somos nosotros: nos educan con reglas, costumbres, explicaciones de las cosas y el mundo, nos enseñan a leer, a escribir y nos educan con una interpretación de las cosas y nos hacen creer que es la única válida y la que sirve para vivir seguros. De pronto ya no entendemos qué nos dice el viento, el pajarillo que ahora canta en aquella rama, el susurro de las hojas al caer… Nos hemos quedado ciegos. Para eso sirve la brujería, para abrirnos los ojos otra vez, para despertarnos y ensanchar nuestra percepción del mundo”.
             Personaje extraordinario sin duda Pablo Juvenal, que Marcos y sus compañeros me hicieron recordar en esta entrevista para su práctica de TV el jueves.


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