domingo, 31 de agosto de 2014

EL PLACER DEL CAFÉ

Originario de una región serrana donde la vida transcurre entre el olor de la piña y el café, y conocedor también de que mucho del verdor de las montañas se debe a que los campesinos protegen los árboles para que den sombra a las plantas, agradezco en silencio esta benéfica conjugación de vida, al igual que lo deben hacer los venados, tejones, ardillas y múltiples aves cuya única carencia es no poder disfrutar, como nosotros, de un delicioso café de altura.

Negro como la noche
NOÉ AGUDO

Honoré de Balzac presumía haber consumido 50 mil tazas en su vida, y murió a los 51 años; Voltaire bebía entre 50 y 72 tazas diarias, y vivió 84; Johann Sebastian Bach le compuso en 1734 una célebre cantata (la BWV 211); Beethoven sólo lo ingería bien cargado; Edgar Allan Poe decía despertar plenamente después de consumir la segunda taza; Jean Jacques Rousseau reconocía que sin la bebida no podría haber escrito sus Confesiones ni El contrato social ni el Emilio; Matías Romero predijo que cuando México lo exportara comenzaría su verdadero desarrollo, y una pléyade más de escritores, pintores, músicos, hombres de acción y pensadores como Kant, George Simenon, Goya, Hemingway y Bolívar reconocen su deuda y adicción con y por la aromática infusión.
    Obviamente, hablo del café, ese maravilloso fruto descubierto por un pastor abisinio cuando notó cómo sus cabras saltaban eufóricas después de comerlo. La leyenda cuenta que Kaldi, así se llamaba, recogió un puñado y lo llevó a un monasterio, donde los derviches lo observaron y analizaron hasta que a uno de ellos se le ocurrió tostarlo, macerarlo y mezclarlo con agua, creando así la hoy popular bebida. Su referencia más remota es un libro escrito por Abu Bek a inicios del siglo XV, El éxito del café, que fue traducido al francés por Antoine Galland, el mismo que tradujo y recopiló los cuentos de Las mil y una noches. Por cierto la palabra café viene del árabe qahwa, que significa vigorizante, y no del color de la bebida como muchos creen.
    Paradojas del destino, hoy sus mayores consumidores son las sociedades desarrolladas y no el pobre país que lo donó al mundo, la actual Etiopía. El café fue introducido a Europa durante el siglo XVII: primero a Italia en 1645, después a Inglaterra en 1650 y luego a Francia en 1660; posteriormente conquistó toda Europa y en 1689 fue traído al nuevo mundo. Actualmente los mayores bebedores de café son los noruegos, que consumen un promedio de 12 kilogramos por persona al año; le siguen Islandia, con nueve kilos; Suecia, con 8.4; Holanda, con 8.2; Alemania, con 6.4, e Italia, con 5.9. Brasil, el mayor productor mundial, es el único que figura en la lista de los grandes consumidores, pues sus habitantes alcanzan un promedio de 5.6 kilos anuales. México, en cambio, y a pesar de ser el mayor productor de café orgánico, consume apenas un promedio de 1.2 kilogramos por persona, es decir, carece de una cultura del café. Es irónico saber que de esos 1.2 kilogramos por persona más del 60% sea café soluble.
    Los numerosos mitos surgidos en torno a la bebida (cuando recientemente fue introducida a Italia se la consideró diabólica, por ejemplo) la han hecho sufrir altibajos tanto en su producción como en su consumo y precio. Afortunadamente la ciencia ha situado hoy día en su justa dimensión muchas de esas creencias, y ha descubierto que son mayores sus beneficios que sus perjuicios. Desde luego, aplicando la regla áurea de todo con moderación.
    Especialistas médicos y expertos en nutrición coinciden en señalar que no hay motivos para eliminar el café como parte de una dieta equilibrada, siempre y cuando su consumo sea moderado, es decir, de tres a cuatro tazas diarias. El café no es sólo cafeína, contiene también vitaminas, minerales y antioxidantes, por lo que podría resultar incluso un alimento funcional. Investigaciones centradas en su capacidad antioxidante, han descubierto los efectos benéficos que sus polifenoles tienen en el organismo; principalmente su potencial para disminuir el riesgo de enfermedades cardiovasculares y cáncer.
    Por otra parte, estudios científicos han descubierto menor presencia de enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson y el Alzheimer entre los bebedores habituales. "Los efectos beneficiosos del café en la prevención de la neurodegeneración parecen claros", señala Rafael Franco Fernández, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad de Navarra. Pilar Riobó Serván, especialista en endocrinología y nutrición, y autora del libro La dieta inteligente, sostiene que su consumo reduce el riesgo de desarrollar diabetes mellitus y mejora el control metabólico de la glucosa, incluso en pacientes diabéticos. Afirma además que el café genera efectos beneficiosos sobre el aparato digestivo, especialmente para prevenir algunas enfermedades frecuentes del hígado y de la vesícula biliar.
    De manera sintética, podemos citar los siguientes aspectos benéficos del café ya sea en el organismo, en lo social y aun en lo ecológico:
Disminuye el dolor de cabeza. La cafeína produce un efecto vasoconstrictor (reducción del diámetro de los vasos sanguíneos dilatados). En muchos casos el efecto contrario de la vasoconstricción, la vasodilatación, puede generar dolor de cabeza.
Estimula el sistema nervioso central. Esto inhibe la somnolencia, retarda la sensación de fatiga, aumenta la sensación de bienestar y euforia, y facilita el trabajo mental.
Mejora el rendimiento atlético.
 En deportistas de alto rendimiento podría ser recomendable en dosis adecuadas, ya que la cafeína aumenta la contractibilidad muscular.
¿En realidad quita el sueño? La mayoría se queja de que el café no le permite dormir. Si reanima y se conoce su efecto para mantener alerta la atención, esto puede provocar que tardemos más en dormirnos, pero los estudios efectuados demuestran que la fase de ensoñación del sueño no se ve afectada.
Desarrolla el espíritu crítico y de convivencia. No olvidar que fue en las cafeterías de Inglaterra y Francia donde nacieron las ideas liberales. Actualmente, cuando alguien invita un café, lo que en realidad está proponiendo es reunirse para conversar y, si se trata de una pareja, para conocerse y así iniciar una relación.
Genera biodiversidad. Las plantaciones de sombra, que por lo regular son siempre las mejores porque se cultivan en las montañas, es decir en las alturas, inducen a una mayor biodiversidad del entorno.
Los riesgos. También existen riesgos si el consumo es excesivo y en esto nada mejor que conocer el propio organismo: Como todo estimulante, genera adicción, y cuando uno desea abandonarlo repentinamente pueden presentarse dolores de cabeza, ansiedad, fatiga, falta de sueño y dificultad para concentrarse. El café es diurético, estimula la producción de orina, lo cual provoca que evacuemos con mayor frecuencia, y con ello el riesgo de deshidratación debido al agua y sodio que se eliminan. Consecuentemente, tampoco es recomendable durante una resaca. Por su acidez tampoco es recomendable para quienes padecen gastritis, colitis u otras enfermedades similares.
    Pese a todo, no hay nada más grato y tonificante que el café y su aroma. Cuando los profesores acudimos a firmar nuestra asistencia, llenamos nuestro vaso, platicamos brevemente dando pequeños sorbos a la bebida, y así nos preparamos para el trabajo mental en el salón. En algún tiempo viví en Copilco, sobre avenida Universidad, así que muchas tardes acudía a la cafetería de la librería Gandhi para escribir, leer o conversar. Me gusta y me sigue gustando su café. Recuerdo una ingeniosa manteleta donde Mauricio Achar, su fundador, había puesto: “El café ha de ser negro como la noche, caliente como el infierno, y suave como la caricia de un ángel”.






domingo, 24 de agosto de 2014

EL JOVEN RIUS


El joven Rius
NOÉ AGUDO

En el gremio de moneros mexicanos cada uno tiene su rasgo especial: el humor negro de Helioflores, los limpios y demoledores trazos de Naranjo, el sarcasmo inmisericorde de Helguera, la concisión y precisión de Calderón, las incisivas historias de Patricio, el socarrón humor de Magú, las hilarantes situaciones que sólo Hernández sabe crear, la filosa visión de El Fisgón, y los jocosos pero irreverentes monos de Rocha. Sin embargo, nadie como Eduardo del Río, Rius, para abordar un tema que sus monos proponen, exponen e ilustran. Vale decir, nadie como él para la historieta didáctica.
    Cuando era niño me gustaba pasar horas en un puesto de revistas donde por veinte centavos alquilaba una historieta, así que con uno o dos pesos leía Fantomas, Chanoc, Kalimán y varias más. Pronto me volví lector de Los Supermachos, la historieta que Rius creó en los años 60, e incluso continué leyéndola cuando él dejó de hacerla (un niño no se da cuenta si el autor no es el mismo), aunque percibí que ya no era igual. Años después me enteré que la editorial le quitó la historieta e incluso los monos que él había creado por las incisivas críticas al monolítico régimen priista de aquellos años. Por eso me volqué a comprar Los agachados, su nueva historieta, cuando apareció.
    Me gustaba que Rius pusiera al final de cada número la bibliografía consultada y su dirección en Cuernavaca para que sus lectores le escribieran. Para entonces ya asistía a la secundaria, comenzaba a tener mis propias ideas, así que un día decidí escribirle. Le pedí que dedicara un número de Los agachados al Ché Guevara (en 1970, excepto El diario del Ché en Bolivia, poco se sabía de él). Nunca me contestó, pero dos meses después (la revista aparecía “un lunes sí y otro no”) me causó una enorme alegría ver en la portada de Los agachados el icónico retrato del doctor Guevara. Y a partir de entonces empecé a recibir cada diciembre una tarjeta navideña hecha por el propio Rius. Era un guiño amistoso para decirme: “Está usted servido, lector”.
    Eventualmente Rius colaboraba en algunas revistas como La Garrapata, “El azote de los bueyes” y lo seguía leyendo, así como en El Chamuco, años después. Cuando concluí mi carrera y llegué a ser director de una publicación, un día me encontraba en un cocktail en la embajada soviética. Conversaba con diplomáticos de países del Este (polacos, húngaros, checos) y por algún motivo Rius fue mencionado en la charla. Todos lo conocían. Lo habían leído, alababan su habilidad didáctica, su humor y la variedad de temas que abordaba; en Polonia, el marxismo se enseñaba con uno de sus libros, Marx para principiantes. Etc. Mi amiga húngara Edith Muharay propuso entrevistarlo. ¿Por qué no?, le respondí. Así que días después le llamamos, concertamos la cita, nos pidió que la entrevista se realizara en su casa, en Cuernavaca, y allá fue Edith. Como además ella es una excelente fotógrafa, le pedí que lo retratara sentado, en un espacio abierto, porque mi intención era rodearlo de todas sus creaturas para que pareciera estar contemplándolas, como el auténtico demiurgo que es. Edith le hizo una fotografía magnífica: Rius está sentado en un equipal en su jardín, su madre (¡aún vivía en el 92!) está detrás suyo y él mira escéptico la cámara.
    La entrevista apareció publicada en Vogue, una revista del conservador Grupo Novedades, y a muchos les pareció incongruente. ¿Rius en Vogue? ¿Por qué no? El Vogue británico o el alemán se dan el lujo de tener a los principales exponentes de la cultura de esos países en sus páginas, y Rius lo es de México. Tenía todo el mérito para estar allí al igual que Carlos Fuentes, Octavio Paz o Rufino Tamayo. Lo sorprendente era la tolerancia del grupo empresarial, que en otra época simplemente lo hubieran prohibido y a mí me hubieran echado. Pero eran nuevos tiempos.
    Un día Alicia Velázquez, mi amiga y responsable de la atención a la prensa en la Editorial Grijalbo, me invitó a la presentación de un libro en el Museo de la Caricatura en el Centro Histórico. “Va a estar Rius”, me dijo. No dudé en asistir y por fin pude estrechar la mano del genial maestro que empecé a leer desde niño y que en tantas lecturas y temas me había guiado. Nada le dije de la carta, de ese viejo número de Los Agachados que evolucionó a libro, el AbeChé, ni de la entrevista que le habíamos realizado recientemente. En realidad éramos dos viejos conocidos.
    Hoy, entre la barahúnda mediática desatada por el centenario del nacimiento de varios grandes (Paz, Revueltas, Efraín Huerta, Cortázar et al.), no debemos olvidar a Rius que cumple 80 años. Es de bien nacidos ser agradecidos, nos recuerda la profesora Guillermina Saavedra, y mucho debemos a Eduardo del Río (Zamora, Michoacán, 1934). De sus 130 libros publicados, en la biblioteca de nuestro plantel Vallejo existen 92 títulos, y los más leídos son La trukulenta historia del kapitalismo, Filosofía para principiantes, Marihuana y otras debilidades y La panza es primero. Hay que leerlos todos.
    Si de niño me desternillaban de risa situaciones como ver en una esquina de San Garabato de la Tunas Cuc., el pueblo de Los Supermachos, una escuela con el nombre de “El Niño Artillero”, y en la otra una cantina llamada “El Niño Perdido”, hoy me alegra ver en Rius al monero crítico y congruente que siempre ha sido. Ha sabido actualizar y rectificar sus ideas (de Cuba para principiantes a Lástima de Cuba, por ejemplo), ha sabido formar una cauda de nuevos caricaturistas que sin duda continuarán su obra, sigue enseñando en sus libros y en El Chamuco, y ha sabido mantenerse vigente y creíble. Por eso es el joven Rius.
    


domingo, 17 de agosto de 2014

LOS DOS "K"

Esta columnita aparecerá cada lunes en Comunidad, órgano de comunicación interna del plantel Vallejo, de donde soy profesor.
Los dos "K"
NOÉ AGUDO

Ambos son checos, el primero nace en Praga en 1883, y el segundo en Brno en 1929; el apellido de ambos se escribe con la letra K: Kafka, el primero y Kundera, el segundo; no se conocieron, cuando el primero muere en 1924, el segundo tardará aún cinco años en nacer, pero ambos, misteriosamente, desarrollan una obra literaria que se podría leer como una sola, porque si el primero describe como alegoría lo que será un mundo alienante, absurdo, movido por fuerzas desconocidas e implacables, el segundo pondrá nombres, narrará las circunstancias y mostrará las causas por las cuales surge ese universo asfixiante; ambos son escritores universales que han diseccionado en sus novelas la pesadilla totalitaria vivida por varios países europeos durante el siglo XX, y que alertan al resto del mundo de lo que puede ocurrir si no somos capaces de defender y preservar lo que mejor nos define como humanos: la libertad.
    Cuando Franz Kafka nace, Praga aún es una ciudad del imperio austro-húngaro. La proclamación de Checoslovaquia como república independiente (1918), al igual que Hungría, Polonia y Serbia, entre otras, es consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Kafka muere en Kierling, Austria, pero antes solicita a su amigo Max Brod quemar sus escritos. Brod lo desobedece y gracias a esa infracción podemos conocer ese mundo opresivo e irracional descrito en novelas como El proceso, El castillo, América y La metamorfosis, además de los numerosos relatos cortos, aforismos, parte de sus Diarios y otros documentos estremecedores como la Carta al padre y las Cartas a Felisa. La pregunta que los primeros lectores de Kafka se hacían era: ¿Dónde está ese mundo? ¿De qué nos habla?
    Como si profetizara lo que sería el siglo XX, las novelas de Kafka revelan pesadillas incomprensibles donde un hombre es detenido, sometido a proceso y fusilado, sin que nunca pueda saber quién lo acusó ni por qué (El proceso); otro llega a trabajar a un castillo donde enfrenta a una burocracia infinita que lo mantiene siempre a la espera, sin permitirle hablar con nadie que pueda definir o resolver su situación (El castillo), y lo mismo sucede en su más conocida novela corta (La metamorfosis), donde el personaje principal amanece convertido en cucaracha, es repudiado por su propia familia que sólo lamenta ya no contar con sus ingresos y, cuando los huéspedes que rentan su habitación se van, deciden matarlo. Kafka no conoció la pesadilla totalitaria nazi, pero la intuye en ese documento demoledor que es la Carta al padre, donde prefigura un Hitler doméstico, amante del poder y de la fuerza, que impone sus reglas aunque él mismo nunca las respeta, y se complace en ejercer su autoridad indiscutible sobre los débiles.
    Si Kafka es el profeta de ese mundo donde el individuo es anulado por el autoritarismo y el poder sin contrapesos, Kundera será su más meticuloso cronista, sobre todo en las obras de su primera etapa, que escribe en Checoslovaquia, donde entonces rige lozano, feroz y férreo el control comunista.
    Así, en su primera novela, La broma (1967) narra cómo la vida de un hombre puede trastocarse y ser destruida por un hecho aparentemente sin importancia. Ludvik, el protagonista, envía una postal a su novia donde escribe: “El optimismo es el opio del pueblo. El espíritu sano hiede a idiotez. ¡Viva Troski!”. Por estas líneas, en una sociedad donde pensar, decir lo que se quiera y escribirlo son delitos de lesa ideología, Ludvik es expulsado del partido y la universidad, y condenado a trabajar en las minas de una ciudad siempre sucia y cubierta por un humo negro. El espionaje, la delación anónima y la crítica más inocente a los dogmas del partido son factores suficientes para condenar y destruir la vida de alguien.
    Su siguiente obra, El libro de los amores ridículos (1968), es un conjunto de siete relatos que se desenvuelven en un ambiente inquisitorial. El primero de ellos (“Nadie se va a reír”) es ejemplar: por negarse a emitir un fallo en contra de un pésimo estudio y no herir la susceptibilidad del autor, un profesor universitario es acosado y perseguido por aquél, que no lo deja de acosar hasta destruir su carrera. Nuevamente, la implacable maquinaria partidaria y burocrática contra alguien capaz de tener consideraciones hacia los demás.
     Una sociedad centralizada, controlada por un poder vertical, sin nada ni nadie que se le oponga o sea capaz de elevar la más leve critica, abre el reinado de los delatores, mediocres y oportunistas. En su siguiente novela, La vida está en otra parte (1972), Kundera narra los avatares de Jaromil, un joven poeta que, al tiempo que descubre que su arrogancia y supuesta genialidad son sólo humo comparados con el auténtico genio (Rimbaud), delata para sobrevivir y así continuar su eterna huida.
    Cualidad excepcional del arte narrativo de Kundera es su capacidad para interesar al lector no sólo en la historia que cuenta sino en las ideas que impulsan los actos de esa historia. Así, en La despedida (1973), lo que subyace tras las vidas entrelazadas de los ocho personajes reunidos en el balneario, es la omnipresencia del poder absoluto. “El alma de la masa, que en otros tiempos se había sentido identificada con los míseros perseguidos, se identifica hoy con la miseria de los perseguidores”, dice uno de ellos.
    En 1975 Milan Kundera logra salir de Checoslovaquia y a partir de entonces vive en Francia, país del que adquiere la nacionalidad en 1985. Aquí escribirá la novela autobiográfica El libro de la risa y del olvido (1979) en la que continúa la crítica de la sociedad totalitaria y perfecciona su peculiar técnica de novela-ensayo (que no novela de tesis), de la cual su exponente insuperable es La insoportable levedad del ser. Durante los años 1990-1991 me desviví por entrevistarlo, pero siempre se rehusó aunque con mucha amabilidad. Sólo me envió alguna vez unos excelentes retratos suyos (¡entonces se parecía mucho a Karol Wotyla!) realizados por el fotógrafo alemán Aaron Manheimer. Tal vez sólo me decía sin decirlo: “Escriba usted sobre mi obra, si de verdad le interesa”. Así que aún estoy en deuda con él, el otro K, que junto con Kafka nos siguen alertando en torno a los riesgos totalitarios que nos acechan en todo lugar donde permitimos el ejercicio del poder sin ningún control.

  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...