domingo, 25 de septiembre de 2016

VIVIR LA HUELGA

Vivir la huelga
NOÉ AGUDO

A la memoria de Belem Claro, camarada fallecida recientemente.
Quisimos ir a la guerrilla y por suerte no lo logramos. Esto le permitió
  a ella vivir varios años más, y a mí contarlo hoy día.

Eran ya casi las cuatro de la madrugada y no podía dormir. Pensaba en esa línea leída. Más que gustarle, lo había inquietado. ¿Cómo sería escuchar volar pájaros toda la noche? ¿El ruido provocaría miedo, zozobra o tal vez alegría? Llevaban ya más de dos meses de navegación y el almirante había tenido que enfrentar tres amotinamientos. En el más reciente, el del 10 de octubre, participaron también los hermanos Pinzón, y ellos lo habían apoyado para sofocar los dos primeros. Las galletas rancias, el tocino podrido y la alarmante disminución de agua para beber lo obligaron a comprometerse ante la tripulación a navegar sólo tres días más. Al término de este plazo darían vuelta de regreso a las naves.
 La línea decía así: “Toda la noche oímos  pasar pájaros”. Era la noche del martes 9 de octubre y la anotación había sido hecha por el propio almirante. ¡Qué coincidencia!, se dijo, ahora también es 9 de octubre, pero de 1975, y yo no voy en un barco, sino que estoy tirado en el piso de este cubículo del CCH, tratando de dormir, mientras escucho el ronquido de mis compañeros.
Recordó cómo había encontrado el libro cuya lectura disfrutaba por estos días y pensó que no fue casualidad sino el cumplimiento de una misteriosa cita. Había acompañado al Buitre a su casa y allí, en la calle de ese barrio marginado, la Nueva Atzacoalco, un viejo sucio y harapiento acomodaba libros usados en la banqueta. Se acercaron a mirarlos y el volumen pareció guiñarle desde el piso. Tenía roto el forro pero el dibujo que lo ilustraba aún se apreciaba bien: una solitaria carabela enmarcada por palmeras y las exuberantes copas de varios árboles. Pesaba, tenía pasta dura de tela azul, y un hermoso mapamundi aparecía cuando se daba vuelta a la tapa. La cubierta decía en letra negra: German Arciniegas / Biografía del Caribe.
‒¿Cuánto? ‒preguntó al viejo.
‒Cien pesos ‒respondió.
‒Déjemelo en cincuenta y no digo a quién se lo compré ‒arguyó sonriente, intentando ser gracioso. Serio, casi molesto, el viejo siguió ordenando los libros, sin mirarlo. Pasaron dos o tres minutos y ya se disponía a ponerlo nuevamente en su lugar, cuando el hombre se enderezó,  lo observó con detenimiento y dijo:
‒Llévatelo.
  Recordó que así de extraño había sido el encuentro con otros libros importantes para él. Taras Bulba, por ejemplo, esa novela de Nikolái Gógol que narra una historia de cosacos y está ambientada en las estepas asiáticas. Un día que le ordenaron ir a tirar la basura vagó un rato por entre los desperdicios y en un montón de papeles descubrió el librito. Estaba completo, limpio, así que lo sacudió y se lo llevó. A los pocos días ingresó a la secundaria, y cuando la maestra de español solicitó a los integrantes del grupo escribir algo que recordaran sobre un libro leído recientemente, él resumió sin problemas la novela. La maestra era joven, muy amable, más dulce que bonita, y ponía mucho empeño en su clase. Dio un rápido vistazo a los trabajos y cuando encontró su hoja se detuvo y la leyó completa. Lo llamó en voz alta y se le quedó mirando cuando él se puso de pie. La había conquistado. Con ese texto se volvió su alumno favorito.
Lo mismo le había ocurrido con el libro de Felipe López Rosado Introducción a la sociología. Ese día jugaba frontón con sus compañeros de la secundaria. El grueso volumen estaba allí, injertado entre los barrotes de la ventana cerrada, y nadie parecía verlo. Se acercó, lo hojeó y lo volvió a poner donde estaba. Alguien lo olvidó o lo abandonó allí, seguramente el hermano mayor o el padre de algún compañero, porque en ningún año de la secundaria se llevaba esa lectura. Continuaron jugando y cuando se retiraban sintió por el libro lo mismo que ante un perrito o gatito abandonado; por eso decidió llevárselo. Se impuso leerlo por las noches, sin levantarse de la silla; primero veinte minutos, después media hora, luego una hora y finalmente dos. Así logró la disciplina y la concentración en la lectura. Descubrió que cada libro le aportaba algo más que la historia o los conocimientos del tema; por eso atendía esos silenciosos llamados: Mírame, cómprame, llévame.
Pudo oír el canto de algunas aves nocturnas y por eso siguió pensando en cómo sería esa noche en que Colón escuchó pasar los pájaros. ¿Qué aves vuelan durante la noche? Seguramente como éstas que graznan aquí en el Colegio, se dijo, a pesar de la oscuridad y que aún es de madrugada. Por la tarde del día anterior habían formado brigadas, se repartieron los edificios y pasaron a casi todos los salones, incluidos los laboratorios, para solicitar el apoyo de profesores y alumnos. Por supuesto, toda la comunidad (la “base”, se decía) había expresado su apoyo a lo que se proponían hacer: Adelante, dijeron, cuentan con nuestro apoyo.
Habían decidido apoyar a los choferes de la línea de autobuses foráneos Apizaco-Huamantla-Tlaxcala, a quienes no les querían reconocer su huelga. Los choferes llegaron con algunos estudiantes de Economía, del Politécnico, y querían tomar varios camiones. Un chaparrito, a quien sus compañeros le decían “Vallejito”, por su parecido físico con el líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo, se expresó con mucha enjundia y dijo que necesitaban tomar cuando menos sesenta camiones, y meterlos al CCH.
—¿Al CCH? ¿Y por qué no al Poli?
—No tenemos espacio —respondió un muchacho pelirrojo, del Poli, que usaba una chamarra tipo militar—. No es que le saquemos, no hay espacio. Pero estamos de acuerdo con los compañeros operadores que es la forma de presión más efectiva.
—Aquí es mucha bronca —dijo él—, un boleto como ése no lo podemos comprar solos. Necesitamos el apoyo de los otros grupos. Tenemos que hablar con los demás e informar a la base.
Aunque en el plantel Vallejo existían por esos días más de cinco grupos de activistas, sólo se comprometieron los del Comité de Lucha (en cuyo cubículo dormían, en el edificio V), además del suyo, y Camilo (que era de los Cletos) y algunos estudiantes que espontáneamente decidieron acompañarlos. En una rápida asamblea realizada por la noche, decidieron dividirse en dos grupos: uno acompañaría a los choferes para ir por los camiones, y el otro aguardaría en el plantel para impedir que las autoridades pusieran obstáculos en la puerta donde entrarían.
A esa hora de la madrugada, mientras recordaba las peripecias de Colón en su Biografía del Caribe, escuchó vagamente un ruido y despertó a los demás.  
—¡Despierten, párense, creo que ya llegaron!
Los muchachos se levantaron prestos y corrieron hacia la puerta del estacionamiento. Una larga fila de autobuses estaba detenida sobre la avenida, esperando entrar; ambos grupos presionaron para que los vigilantes les permitieran pasar.
—Fue un acuerdo de la base —argüían—. No se requiere el permiso de las autoridades.
—Son trabajadores, como ustedes —decía otro—, vamos a apoyarlos.
Con un gesto resignado los tres vigilantes se miraron entre sí y abrieron la puerta. Para no invadir los lugares de profesores y alumnos, los autobuses fueron estacionados detrás del edificio V, que era el último. Aún no estaban el Y ni el Z, mucho menos el W o el Siladin ni las cafeterías ni el teatro, el departamento de Impresiones o el almacén. Tampoco estaban los edificios de inglés, la mediateca ni el edificio de cómputo. Todo eso era un llano cubierto de hierbas donde varias veces los choferes fueron a cortar quintoniles que cocían y comían con ellos. Alinearon los camiones en dos hileras perfectas. Eran cincuenta y cuatro, y los choferes dijeron que llegarían más. Causaron gran curiosidad entre los alumnos del primero y segundo turnos. Muchos iban a preguntar de qué se trataba, y choferes y activistas aprovechaban para informarles. Casi todos expresaban su satisfacción porque el CCH apoyara a los trabajadores.
* * *
Eran otros tiempos. De verdad se respiraba un ambiente de unidad, de camaradería, de solidaridad e incluso de simpatía hacia las actividades políticas de los estudiantes. Las propias autoridades del plantel, seguramente después de consultar con el coordinador general del CCH, y con rectoría, simplemente se hicieron desentendidas. Varios profesores, que conocían a los activistas porque eran sus alumnos o lo habían sido, cooperaban “para las tortas”, y numerosos estudiantes se anotaban para las guardias nocturnas, pues se temía que golpeadores o esquiroles llegaran por la noche a intentaran llevarse por la fuerza los autobuses; por eso era tan valiosa su participación; otros llegaban a depositar sus monedas en los botes rojinegros para sostener la huelga.
            Pocos soportaron completos los casi dos meses que duró. La lucha no era un juego: durante el día se visitaban otras escuelas y sindicatos para pedir ayuda, o se asistía a las largas pláticas en la Junta Local de Conciliación y Arbitraje, pues los choferes habían exigido que los estudiantes estuvieran siempre presentes en las negociaciones. Por las tardes se asistía a clases; él, siempre acompañado entonces por su Biografía del Caribe, tenía clases de cinco a nueve, pues era del cuarto turno. Por la noche las guardias. Se dormitaba dentro de los autobuses, que eran menos fríos que el cubículo del Comité de Lucha; se bebía mucho café soluble; se armaban de palos y varillas, se preparaban bombas molotov, se las probaba y se enseñaba a lanzarlas a quienes no sabían.  
            Sus camaradas más constantes en esta etapa fueron Troskelio, integrante del Comité de Lucha, maoísta y estalinista hasta el último poro, pero dueño de un magnífico humor y simpatía que lo redimían de dicha tara. Otro fue Camilo Torres, no el cura colombiano, sino Torres Mejía, un integrante del grupo Cleta de rostro aniñado y cabello largo que le daba una apariencia casi infantil, pero certero y directo en sus intervenciones; uno más era José Luis Flores, el Pinocho, con quien en otra ocasión y ya terminada la huelga corrieron una singular aventura en Aguascalientes; a partir de entonces se hizo también más amigo de Jesús García, quien lo llevaría por primera vez al Olímpico; de Fernando Franco, Rubén Carlos Heredia, Conrado López, el Jalisco, y otros más que lo acompañaban aunque no eran activistas.
            De los estudiantes de Economía, del Poli, con quien mejor simpatizó fue con un estudiante rechoncho, alto, que nunca faltó a ninguna plática y tampoco a una sola noche de guardia; era de los más animosos y creía honestamente que apoyar al sindicalismo independiente era luchar por la revolución que en cualquier momento sucedería; otro con el que conversaba largas horas era un tal Rueda, que no asistía constantemente pero le parecía el más inteligente; sus compañeros politécnicos lo respetaban y apreciaban, y tal vez era el que sí sabía realmente el verdadero alcance de la huelga.
            Del exterior la solidaridad se expresaba con mantas de apoyo que otros sindicatos enviaban y ellos colocaban sobre los cercados de alambre; también llegaba ayuda en especie. Francisco de la Cruz, el legendario dirigente urbano y fundador del Campamento Dos de Octubre, enviaba sacos de naranjas, manzanas, zanahorias y otros comestibles. El abogado de los trabajadores era Jesús Campos Linas, quien sugirió a los choferes buscar el apoyo estudiantil; Campos Linas era un viejo lobo del sindicalismo independiente; como abogado había acompañado la lucha de varios sindicatos y organizaciones de trabajadores, así que sabía muy bien cómo cambiaría la actitud de los patrones cuando los choferes se aliaran con los estudiantes. En su casa comieron una o dos veces decentemente, después de semanas enteras de sostenerse sólo con tortas y quelites.
* * *
Un día llegó Belem Claro, una activista del grupo con el que empezó a participar cuando recién ingresó al CCH. Era de las radicales, dura y ruda, cuyo compañero, Filemón Cruz, estaba preso en una cárcel de Nayarit
           —¡Vaya, qué bueno que viniste! ¿Por qué no lo habías hecho? Aquí se necesita mucha gente.
           —No vine a apoyar —dijo Belem—. Sabes bien que yo no apoyo movimientos reformistas o economicistas, hijos de Rafael Galván. Sólo vine a dejarte un recado.
           —¿Un recado? ¿De quién?
           —De una amiga. Tal vez ella sí te apoye.
Hay chicas a quienes les atraen los activistas y de eso le quería hablar Belem. “Te quiere conocer Isabel, mi amiga” dijo. “No sé si quiera participar en tu grupo o sólo desea conocerte, pero me pidió que te presentara con ella. Tú sabes”.
La conocía. Era una chica delgada, de ojos vivaces, más alta que él, siempre seria y nunca había sabido si le simpatizaba o le caía mal, porque sólo lo veía y guardaba silencio. Tímido y torpe como era para relacionarse con las chicas, le resultó sorprendente que Belem, alguien que sólo vivía para la revolución, se tomara la molestia de llevarle ese mensaje. ¡Y qué mensaje! Debía apreciar mucho a su amiga. 
—Dile que el viernes hay una fiesta en Ciudad Azteca —le confió—; ya me organicé para faltar aquí. Iremos con Leonel, el grandote que trabajaba en la Compañía de Luz y Fuerza, trae un coche de la empresa. De aquí nos iremos al terminar la última clase y Leonel nos regresará a la Glorieta de Potrero.
Ese día, Isabel lo esperaba ya en la puerta del salón cuando él salió de la clase. Sonrió, traía un vestido rojo, entallado, zapatillas que la hacían ver más alta y lucía bonita de verdad. Ni siquiera pasaron a despedirse de sus compañeros, lo embromarían, así que le dijo a Leonel que fueran directo a su coche. Isabel se pasó al asiento de atrás e iba callada, como siempre.
Cuando llegaron comieron sándwiches, los muchachos bebían brandy Cardenal o Gobernador con Coca Cola; las chicas conversaban aparte y tomaban sólo refresco. De tanto en tanto iba con Isabel para decirle salud y eso era todo. Ni siquiera le preguntaba si estaba bien o si se aburría. Pero le empezó a gustar. No le importaba que se viera más alta que él. La piel de su cuello y sus brazos se notaba suavecita, tersa, y sus mejillas eran naturalmente chapeadas. Reía con discreción, apenas si se inclinaba un poco para decirle ¡salud!, y seguramente esperaba bailar con él, pues no había aceptado hacerlo con nadie.
Se dio cuenta cuán torpe era, tenía un miedo horroroso a bailar. En el tocadiscos ponían cumbias que movían al más tieso, pero exigían ciertos pasos que él ni siquiera se atrevía a intentar. Isabel lo miraba paciente, sin ningún gesto de aburrimiento o fastidio. A las tres de la mañana todos comenzaron a retirarse y entonces Leonel preguntó si también se iban. “Claro”, le dijo. Una chica preguntó si la podían llevar y Leonel aceptó. Así que subió adelante con él. Por fin iba a solas con Isabel, pero se sentía incómodo, no sabía qué decirle. Se creía pesado, tonto, y Leonel sólo hablaba con la chica que iba a su lado. “¿Está bien que nos deje en la Glorieta de Potrero?”, preguntó por fin. “Sí”, dijo Isabel.
—¿Aquí está bien? —preguntó Leonel cuando llegaron.
— Sí —le respondió. Bajaron, dio la vuelta para despedirse de Leonel. Él aún tuvo una consideración.
—Si se van a quedar en la escuela, los llevo —dijo—, al fin que a ella la llevaré hasta su casa, no tenemos prisa.
—No, aquí está bien. De verdad, gracias.
No sabía qué hacer con Isabel. Cuando al fin quedaron solos en la avenida, le preguntó: “Y tú, ¿qué harás?”. “Me voy contigo”, dijo Isabel, y colgó con decisión el bolso a su hombro, como para enfatizar su respuesta.
Las calles estaban vacías y a unas cuadras brillaba el letrero de un hotel. “Vamos allá”, le dijo. Ella lo siguió en silencio. Él fue repasando cuánto dinero traía y por suerte pudo completar para el pago de la habitación. Nada dijo ella al entrar, actuaba como si todo estuviera ya dicho o planeado; lavaron sus manos e hicieron buches de agua. Se quedó unos momentos en el baño y él aprovechó para quitarse la ropa, acomodarla sobre una silla y meterse bajo las sábanas. Cuando salió, por pena propia preguntó si le gustaría que apagara la luz y ella respondió que sí. Luego se metió junto a él. Se buscaron en la oscuridad, se besaron, sintió su boca dulce y notó que sus labios eran firmes como su cuerpo. El sabor le hizo recordar una fruta silvestre que comía de niño, el gondoy. Es del tamaño de una uva y crece en racimos durante los meses de enero y febrero, en un árbol que da sombra a los cafetos; en realidad no se come sino simplemente se sorbe el delicioso néctar que contiene. Así sabía la boca de Isabel. Retenía su aliento, temía manchar el olor fresco y limpio de su cuerpo. Bajó su mano con ansiedad para destrabar el sostén, pero no encontró el broche. Ella sonrió y dijo quedamente, “es por aquí”, y con un movimiento leve abrió el sostén que se separó en dos partes, como dos bracitos amorosos, pensó. Sintió los senos duros contra su pecho y esto lo excitó aún más. Con otro movimiento bajó su trusa, dejando que las piernas hicieron el resto. Ella llevó una mano hasta la cintura y dejó que él deslizara la prenda con ansiedad. Sus bocas se buscaban, las manos y piernas entrelazadas unían sus cuerpos y generaban un calor que parecía consumirlos, incinerarlos y fundirlos en uno solo; buscaba el lugar, el capullo, el centro vital al cual dirigir esa lanza ígnea que atizaban sus años adolescentes, su soledad y sus dudas, su timidez y torpeza, que ahora se complacía en la entrega absoluta e incondicional de Isabel, en la madrugada insomne y el anuncio de un inminente amanecer. Era virgen. Tan virgen como ese silencio con el que se rodeaba siempre, pensó, como su desconcierto al descubrir que las cosas suceden de otro modo y no como uno las piensa ni como las planea o las desea. Cuando terminaron sólo entrelazaron sus dedos y se quedaron mirando el techo.
—¿Te gusta lo que haces? —preguntó al fin ella.
—¿Haberte hecho el amor?
—No, eso lo hicimos los dos. Quiero decir, lo que haces como activista.
—Por supuesto que sí, no estaría allí si no me gustara. Pero, ¿sabes?, lo veo como una obligación. Quisiera hacer mucho más. Haré mucho más.
—A mi padre lo mataron —dijo Isabel, súbitamente—. No me preguntes nada, no me gusta hablar de eso.
Ya no dijo nada, sólo apretaron un poco más sus manos y en unos segundos se quedaron dormidos.
Cuando despertaron, cuatro horas después, le preguntó dónde tomaba su autobús y ella dijo que sobre la avenida Vallejo. Caminaron por Cuitláhuac hacia la esquina con Vallejo. Le hubiera gustado invitarla a desayunar, conversar con ella, preguntarle tantas cosas; por ejemplo, por qué decidió entregarse sin pedir nada, sin conocerlo casi, sin preguntar nada. Pero apenas si rozó sus labios al despedirse y le dijo que la buscaría en la escuela. Isabel tampoco preguntó si tenían una relación, si eran novios, parecía que continuaban un romance iniciado hacía mucho tiempo, en el que ya se conocían, en el que sabían qué esperar uno del otro y  estaban dispuestos  tan solo a vivirlo a partir de donde lo dejaron. Era la relación más libre que había conocido. Pensó que tenía tiempo para ir a su casa a cambiarse la ropa, para buscar un poco de dinero y regresar al mediodía. Por el camino se fue recriminando lo estúpido que fue al no ser más cariñoso y tierno con ella, por no preguntarle si tendría algún problema en su casa, por siquiera decirle: Estoy contigo para lo que necesites. Aunque sabía que estaba con ella.
* * *
—¿Dónde andas? ¡Anoche te necesitamos aquí! —le gritó Camilo apenas lo vio llegar. Por primera vez vio en su cara de niño un gesto de preocupación y desaprobación, y supo que algo malo había ocurrido.
—Avisé, ya lo sabían todos, necesitaba tomarme el viernes. ¿Qué pasó?
—Vinieron a querer llevarse los camiones. No un grupo de golpeadores, como pensábamos, sino unos cuantos que lo hicieron a escondidas y aprovechando la oscuridad. Parece que alguien les indicó desde dentro cuáles eran los autobuses más aislados y los que se quedaban sin gente. Faltan cuatro choferes, si no vuelven hoy, o falta alguno, significa que ese ayudó.
—¿Cuántos se llevaron?
 —Sólo se pudieron llevar uno, parece que el propósito fue sondear cómo están las cosas por aquí. Ahora necesitamos llamar a todos los que podamos por teléfono, para reforzar las guardias y tener más gente. Seguro regresarán hoy por la noche o mañana domingo.
—Bueno, pues a hacerlo —dijo él—, yo llamaré a todos los de mi grupo que tengan teléfono. Y hay que hacer también un periódico mural, para denunciar el robo, advertir que incendiaremos los autobuses si pretenden llevarse otro más.
—Pues, manos a la obra —dijo Camilo—. Que te den monedas para llamar. Vas a la Central Camionera y desde allí haces tus llamadas. Por allí andan Troskelio, Ana Lilia y el Pinocho. ¿Es muy larga tu lista?
—Apenas unos diez o doce.
—No tarden, los choferes están discutiendo si esto acelera o impide el arreglo, la verdad los veo muy temerosos. Campos Linas dijo que ya venía para acá.
En esos años era un lujo tener teléfono en casa; sólo lo tenían quienes vivían en colonias céntricas, y las llamadas a éstos desde la calle se hacían en cabinitas casi siempre descompuestas. La mayoría de los estudiantes, si bien no provenía del estado de México, vivía en colonias marginadas como la Bondojo, Morelos, Martín Carrera, Prohogar, Vallejo o Aragón, San Simón. La comunicación era difícil. Así que sólo encontró a Faustino, a Lemus, que no aseguró su asistencia, a Rubén Carlos y el Tepocato. Regresó rápido para estar en la plática.
El punto central del debate era aceptar la liquidación, con indemnización incluida, o empeñarse en la reinstalación y el pago de salarios caídos. Casi todos argumentaban que lograr la liquidación era ya un triunfo, cuando antes ni siquiera esto les ofrecían; más todavía si habría indemnización. Un pequeño grupo se empeñaba en recordar que el propósito de la huelga fue el reconocimiento del sindicato, que si les reconocieron la huelga y ofrecieron liquidarlos e indemnizarlos es porque la patronal sabía que podía perder, lo importante era crear su instrumento de lucha; había que presionar un poco más, sobre todo si lograban que más choferes vinieran con sus vehículos.
—Allí está el problema —intervino el Cóndor, un chofer con nariz de gancho—. Varios nos han dicho que se suman, pero nadie viene. A todos los que van a Huamantla les han puesto ayudante, para vigilarlos y reportar a la patronal. Ya nadie le quiere entrar.
—Miren —intervino el abogado Campos Linas—: yo les recomiendo esperar a la plática que tendremos el próximo martes. Allí veremos qué tan engallados están los patrones. Ellos apuestan a que lograrán convencer a otros choferes para que nos traicionen, y nosotros sabemos que podemos atraer algunos más para que se sumen a la huelga. Pero no olviden que la escuela se cierra al finalizar la primera quincena de diciembre; ya no habrá estudiantes. Yo sé que los compañeros aquí presentes resistirán hasta el final, pero necesitamos que la escuela esté funcionando. El martes, después de la plática en la Junta de Conciliación, y si la oferta sigue igual, la  someteremos a votación.
—Ya sé dónde fuiste, cabrón —le dijo Troskelio, cuando lo encontró pergeñando lo que sería el periódico mural—, te fuiste a una fiesta. ¡Y no invitas, cabrón!
—Fui a algo mejor que eso, tú sabes que a mí no me gustan las fiestas.
—¿Una chava? ¿A poco? ¿La conozco, quién es?
—No la conoces, mejor dicho, no fui con  una chava, fui a otro asunto —quiso rectificar, cuando la alegría y el entusiasmo lo habían delatado—. Oye, exhortar va con hache o sin hache.
—¡Cómo se hache! —intervino Camilo, dándole una palmada.
—Ah, lo olvidaba. Escuchen esto —dijo para desviar un poco la conversación—: “Los héroes son como pedacitos de madera que el oleaje de los pueblos saca de los abismos, encumbra hasta las nubes y torna a hundir con rapideces que dan vértigo”.
—¿Quién lo dice? —preguntó desafiante Troskelio—. Los únicos héroes son las masas.
—Suena bonito —dijo Camilo—, ¿quién lo escribió?
—Germán Arciniegas —respondió él—, en este libro —y mostró su Biografía del Caribe, que a cada página que leía le gustaba más.
—Ya, ya, ya. Te vas a volver un pinche intelectual pequeño burgués por tanto leer —arremetió Troskelio.
—“Napoleón ha enseñado que la guerra se hace, en primer término, con literatura” —le respondió—. Serías menos dogmático si leyeras.
—¡Pues claro que leo, sólo que no mamadas pequeño burguesas! Creo que ese güey hasta presidente de Colombia fue.
—¿Y por eso no se le debe leer?
—¡El SITUAM mandó un chingo de tortas bien chingonas! —irrumpió el Pinocho—, vengan a comer.
Un paso indispensable para la revolución, se pensaba en los años sesenta y setenta, era liberar a los sindicatos del control oficial, que tenía en el charrismo —así se decía a los dirigentes sindicales al servicio del estado o la empresa— su mejor expresión. Se creía que los partidos de izquierda casi no existían, o no se fortalecían, por el control que el gobierno ejercía sobre los sindicatos. Las masas obreras fueron cooptadas desde el cardenismo y su control se hacía más férreo conforme los gobiernos posrevolucionarios se apartaban de los principios surgidos de la Revolución de 1910. Así que la lucha por la independencia sindical o por formar sindicatos independientes era una de las tareas principales de la izquierda, si se deseaba transformar el país. Y en esta tarea se involucraban con mucho candor y buena fe los estudiantes. Quienquiera que luchara sólo por un aumento salarial, mayores prestaciones y mejores condiciones de trabajo, simplemente era acusado de reformista o de desviar la lucha revolucionaria. 
            En un estado autoritario la independencia sindical representaba sólo un cambio de personas. Sin instituciones, mecanismos democráticos y cumplimiento de las leyes, quien llegara a remplazar a los dirigentes charros utilizaba los mismos sistemas de control y más rápido que tarde se transformaba en otro dirigente charro. Jesús Campos Linas (el abogado de este relato) aceptó ser el asesor sindical del naciente sindicato de telefonistas en 1976, cuando un joven Francisco Hernández Juárez, hoy un viejo líder fosilizado en la dirección del sindicato, logró echar al charro Salustio Salgado Guzmán y llegó con la promesa de democratizar al sindicato de telefonistas. En menos de dos años Campos Linas renunció a su papel, al constatar el carácter antidemocrático que asumían los supuestos nuevos dirigentes.
            Como primer punto en la plática de ese martes en la Junta Local de Conciliación y Arbitraje, un permisionario se levantó y expresó:
            —Queremos comentar un periódico mural que se colocó ayer, en la entrada de la escuela, en donde se afirma que nosotros enviamos a sacar los camiones del CCH. Esto es falso: fue el propio chofer que ya no aguantó seguir en la huelga quien se llevó el camión, y ayer mismo se presentó a trabajar. Quisiera ahora que escucharan a nuestros representantes legales, quienes les harán una nueva propuesta. Después tendrán tiempo para analizarla y comentarla y, si están de acuerdo, hoy mismo, a las 17:00 horas, nos entregan su respuesta.
            Las reacciones a esta propuesta se pueden resumir en dos palabras, dependiendo del grupo en que se situara cada trabajador: triunfo o traición. Quienes veían como un logro que les pagaran los sueldos caídos, con un aumento salarial que agregaron a la oferta, y que además los indemnizaran, esto era un triunfo y había que aceptarlo; quienes exigían pago de salarios caídos, reconocimiento a su sindicato y la reinstalación plena, lo consideraban una traición. La mayoría optó por aceptar la propuesta. “Vallejito” y diez o doce trabajadores más debieron acatar la decisión con amargura, pues consideraban que la lucha tan solo se vendía a un mejor precio. Desde luego, los estudiantes estaban con ellos, pues los consideraban los más politizados, los que tenían mayor visión y claridad de su lucha.
            Campos Linas los citó al siguiente día en el CCH, y pidió a los estudiantes no faltar: los choferes y él querían agradecer a todos su apoyo.
            Estuvieron puntuales a las once de la mañana y sin grandes rodeos el abogado, además de agradecer en representación de los trabajadores toda la ayuda para ganar la huelga, con sinceridad y emoción expresó que ese había sido un buen ejemplo de la unión del pueblo trabajador en lucha con los estudiantes conscientes y revolucionarios.
            —Bueno —continuó—, ellos me dicen que, además de agradecerles, quieren saber lo que ustedes necesitan para continuar su lucha y con gusto se lo proporcionarán. Es una forma de corresponderles para que sigan apoyando otras causas. Así que piensen, ¿qué necesitan como grupo? ¿Con qué podrían apoyarlos para que sigan brindando su generosa ayuda?
            —¿Podría ser un mimeógrafo? —dijo Rueda, el del Poli, sin inhibición.
            —¡Claro que puede ser! —respondió seguro Campos Linas—. Los compañeros del Politécnico tendrán su mimeógrafo. Sólo pregunten cuánto cuesta y aquí los compañeros choferes les darán la cantidad. ¿Y ustedes? ¿Qué necesitan, que requiere el CCH?
            Troskelio lo miró para consultar con la mirada quién hablaría. Él hizo el ademán de cederle la palabra, pero Troskelio no quiso y explícitamente dijo: “Que nuestro intelectual diga qué necesitamos”.
            —Nosotros apoyamos esta lucha sin pensar en ningún beneficio más que el de cumplir con nuestro deber. Al contrario, queremos agradecer a ustedes que nos han dado la oportunidad de vivir una huelga aquí en nuestro plantel, y experimentar lo que el movimiento estudiantil puede hacer si se une a la clase obrera. Así pues, nada queremos. Sólo hemos cumplido nuestro deber.
            Un aplauso acalló sus últimas palabras y los choferes fueron a estrechar sus manos. Muchos experimentaban por primera vez vivir una historia con un desenlace que parecía ser un triunfo, y sentir el agradecimiento y la simpatía de personas que podrían ser sus padres, sus tíos o amigos. El pueblo. 
            —¿Y a ti qué te pareció? —le preguntó Troskelio, cuando se dirigían a los salones para informar a la base del fin de la huelga.
            —Creo que sólo me siento un poco triste porque ya no conviviremos aquí. Pero veo a casi todos contentos, incluso los que se creen perdedores. Nunca había vivido esto, y ahora me doy cuenta que eso era lo que me anunciaba mi libro. Por eso hizo la cita conmigo.

CUARENTA AÑOS DESPUÉS
Como este relato está basado en hechos reales y tan sólo algunos diálogos fueron inventados para precisar mejor la situación donde se produjeron, conviene hacer un recuento de qué ha sido y dónde están algunos de sus principales protagonistas.
Francisco de la Cruz: Murió el 4 de enero de 2016, a unos días de cumplir 90 años. El Campamento Dos de Octubre se volvió refugio y semillero de luchadores sociales, pues  siempre hallaban allí sustento para continuar la batalla. Un hijo de Francisco de la Cruz, del mismo nombre, es actualmente diputado por Morena.
Jesús Campos Linas: Abogado del sindicalismo independiente, Campos Linas siguió asesorando a varios sindicatos, entre ellos al Sindicato de Telefonistas de la República Mexicana a partir de abril de 1976, cargo al que renunció dos años después. Durante su gestión como Jefe de Gobierno del D. F., López Obrador lo nombró  presidente de la Junta Local de Conciliación y Arbitraje. Fue fundador de la Asociación Nacional de Abogados Democráticos y falleció el 16 de septiembre de 2015.
Belem Claro Álvarez: No quiso continuar estudiando pese a ser una mujer talentosa, con gran facilidad para comunicarse oralmente y con una natural capacidad de persuasión. Era radical, intransigente. Buscó vincularse a la guerrilla, sin éxito, precisamente durante los años que los gobiernos de Echeverría y López Portillo buscaron exterminarla. Murió hace apenas tres meses.
Rogelio Sánchez Arrastio (Troskelio): Estudió economía y fue profesor de esa disciplina en la FES Acatlán, de donde ya se jubiló. Ahora vive pacíficamente atendiendo un restaurante que abrió, y apoya a su compañera, que es escritora. Sigue siendo un estalinista inveterado aunque viva como un pequeño pequeño burgués.
José Luis Flores Sánchez (Pinocho): Hasta hace dos años trabajaba en el Centro de la Imagen, del Conaculta. Vivió situaciones familiares muy dolorosas pero, no obstante, halló en la fotografía su gran pasión. Realiza exposiciones y publica regularmente en revistas especializadas.
Camilo Torres Mejía: Es actualmente diputado por el Partido del Trabajo en Baja California. Es de verdad un representante popular, la gente modesta y pobre lo adora, lo sigue fielmente; sin duda es uno de los mejores cuadros de ese partido que, obviamente, no lo merece. Pero, ¿en cuál otro podría actuar? El poder es el mismo bajo cualesquiera siglas.
Isabel: Con algunos datos que ella nunca quiso aportar, se supo que su padre fue seguidor de Rubén Jaramillo, en Morelos. Cuando ese líder campesino fue asesinado, en 1962, su familia emigró al Distrito Federal; Isabel contaba entonces tres años. ¿Existió realmente? ¿Cómo y dónde terminó una chica tan hermosa, original y valiente? Ella merece su propia historia.
Activistas de Economía, del Poli: Nunca más se supo nada de ninguno de ellos en el CCH, a pesar de que varios profesores del Colegio son egresados de esa escuela.

TENSANDO EL ARCO

PARA PERIODISTAS:

En sus lecciones para la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano el gran reportero polaco Ryszard Kapuscinski  (Los cinco sentidos del periodista) escribe lo siguiente: “Nadie que quiera ser un buen reportero lo logrará si antes no lee Kaputt y La piel, de Curzio Malaparte”. Lo que parece ser una opinión de sobrada admiración hacia este escritor italiano, hoy leído sólo por especialistas, es una recomendación que es una lección que es una enseñanza que es el mejor regalo y que es la clave para renovar nuestro oficio si queremos adecuarlo a los nuevos tiempos. Ambos títulos son ejemplos insuperables de la llamada novela-reportaje con las que Malaparte narra el drama que significó para Europa la Segunda Guerra Mundial. Perspicacia, agudeza, sensibilidad, ironía y mucho olfato para elegir los hechos que mejor reflejan el horror de un conflicto donde emergen los extremos morales de la condición humana, ambas novelas son también ejemplo de belleza, originalidad y precisión periodísticas capaces de conmover y sacudir conciencias aletargadas y domesticadas, acostumbradas sólo a repetir mansamente lo aprendido, sin percibir lo nuevo y diferente que hay en cada suceso; la legión de idiotas de la que nos alertó otro italiano, el profesor Umberto Eco. Una prosa deslumbrante, un estilo que es expresión de una personalidad y una astuta construcción narrativa (“Pues sabemos que el placer de los lectores depende del arte con que se dispone el relato y se cuentan los hechos” Macabeos II, 15), hacen de estas dos novelas un verdadero curso de actualización para quienes nos dedicamos al periodismo, y es de agradecer a Kapuscinski que nos lo haya recordado en ese magnífico taller que impartió para la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.

ADIÓS, HILDA
 Me entero que el fin de semana falleció Hilda O’Farrill de Compeán y lamento de verdad su muerte. No fue mi amiga, si acaso existió algo entre ambos fue una sutil simpatía, pero la relación que mantuvimos como empleado-patrona fue una de las mejores: trabajé quince años directamente con ella y casi veinte en la empresa de su familia, y allí me permitieron crecer y desarrollarme hasta donde pude y quise. Millonaria, verdadera rica que era, le gustaban los lujos, nunca la frivolidad. Se daba tiempo para estudiar antropología, en la Ibero. Sin saber esto, un día pedí entrevistar a Jacques Soustelle, me había deslumbrado su libro La vida cotidiana de los aztecas antes de la conquista. Fue un gusto para ella ver en las páginas de su revista consentida, Vogue-México, a tan importante estudioso de las culturas prehispánicas. A mí me gustan mucho el Deutsch Vogue y el British Vogue por los temas de alta cultura que siempre lucen sus páginas. Por eso, cuando Franςoise Bouffault me dijo que ella podía entrevistar a quien yo quisiera en París, le pedí que buscara al gran antropólogo francés Claude Lévi-Strauss (él y Ferdinand de Saussure son los fundadores del estructuralismo). Lo hizo y logró la entrevista. ¡Qué hazaña la de Franςoise!  Fue un acierto, y tal vez un desconcierto para el grueso de lectoras y lectores mexicanos, que se preguntarían quién era ese viejito cuyo nombre sólo les recordaba una marca de jeans. Pero a Hilda le volvió a agradar mucho. Me preguntó por qué se me había ocurrido la entrevista, y yo sólo me encogí de hombros y le dije: Pues es Lévi-Strauss. Soltero, joven, loco como era, me daba cuenta que frecuentemente le llegaban chismes de mi comportamiento (a veces pasaban meses enteros sin que nos viéramos) y ella los enviaba al bote de la basura. Nuestra relación, como debe ser en la empresa privada, se normaba siempre por la eficiencia y los resultados. Tuve aciertos y también muchas fallas, pero prevalecieron más aquellos. Por eso fue un gusto colaborar con ella durante tantos años. Por eso siento mucho su muerte.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

¿POLITIZADOS O ADOCTRINADOS?

¿Politizados o adoctrinados?
NOÉ AGUDO

En el CCH no estamos altamente politizados sino profundamente adoctrinados, y esto no expresa un prejuicio sino que plantea un problema: el de reconocer que no hemos sido capaces de formar a ese ciudadano crítico, reflexivo, sensible a la problemática social y capaz de actuar solidaria y eficazmente en su solución.
Y no lo hemos podido formar porque nosotros mismos no lo somos. Hoy la mayoría de la planta docente es egresada del CCH, al igual que muchos de sus directivos, y su actuación política ‒todos la conocemos‒ va de la indiferencia a la pasividad absoluta; de la murmuración en baños y pasillos, al silencio medroso o la circulación de anónimos; del acatamiento dócil de las peores ocurrencias académicas, a la crítica retobona y soterrada, pero incapaz de expresarse con nombre y apellidos; del empleo de esquemas y conceptos simplistas (como neoliberalismo, narco-estado, derecha, gran capital, etc.) a la admiración de tiranuelos como Fidel Castro o Nicolás Maduro…
Y de los directivos, o los aspirantes a los cargos de dirección, ¿qué se puede esperar? Bastante cuidado tienen de no abrir el pico para no incomodar a sus jefes, así que menos se les escuchará nunca expresar una idea propia, realizar una denuncia o plantear una propuesta en beneficio de la mayoría. Todo lo que se puede esperar de ellos es silencio, simulación, hipocresía o el azuzamiento a otros para que ataquen y exhiban a sus adversarios. O, esto sí, infaltable: cebarse en contra de simples profesores para demostrar su “capacidad y vocación” represora, perdón, quise decir directiva.
El resultado ‒todos lo conocemos‒ es una masa apática, indiferente, de agachones, capaz de soportar las peores condiciones de trabajo y sueldos miserables, e incapaz de rebelarse ante los malos tratos y humillaciones (como mirar con resignación cómo se otorgan a discreción las plazas de carrera a personas sin trayectoria ni mérito académico alguno); soportar todo, con el fin de conservar los grupos y la chamba, la mayoría, o continuar percibiendo sus jugosos estipendios, algunos cuantos. ¿Y la solidaridad? ¿Qué es eso? Primero salva tu pellejo y que se jodan los demás.
Y entre los jóvenes (aunque reconozco que su formación no depende sólo de los profesores ni de la escuela) la situación no es muy diferente: por un lado un individualismo feroz, apatía, distracción casi autista con sus gadgets electrónicos, desconocimiento brutal de la realidad y apenas un balbuceo de conceptos y esquemas mal aprendidos en clase; o, en el otro extremo, individuos fanatizados para quienes la violencia, la intolerancia y la creencia de que el llamado a asesinar a los adversarios es muestra de ser revolucionario (basta ver sus pintas y acciones). A los dos extremos los une la ignorancia, el desconocimiento absoluto de los valores cívicos y la creencia de que ser crítico es hablar mal  del gobierno o gritar dicterios en su contra.
Si fuésemos una comunidad politizada hace mucho que nos hubiéramos organizado para exigir condiciones seguras de trabajo y salarios decorosos; si estuviéramos politizados no permitiríamos que unos individuos ineptos, sólo hábiles para mentir y con suficiente cinismo para engañar y hacer mal su trabajo se trepasen a los cargos de dirección para desde ahí obstaculizar y reprimir la labor de los profesores. Si estuviéramos politizados no viviríamos la zozobra de saber si contaremos o no con grupos al inicio de cada semestre, ni permitiríamos las condiciones precarias de trabajo para el grueso de la planta docente, ni toleraríamos el nepotismo, el amiguismo ni el manejo discrecional de los recursos universitarios, como lo practican hoy las autoridades, tan parecidos a los líderes de la CNTE en esto.
 ¿Qué es una comunidad politizada? Es una donde sus integrantes se informan, participan, tienen valor civil para expresar y defender sus puntos de vista, pero también son capaces de escuchar, llegar a acuerdos y actuar con compromisos; es una comunidad donde funcionan mecanismos de vigilancia y control; donde los órganos de representación de la comunidad actúan con verdadera autonomía, defienden a sus representados y no asumen como suyos los dictados de la autoridad. Esto es lo que no hemos podido lograr en el CCH, esto es lo que nos ha llevado a ser un bachillerato del montón y hace que el Colegio viva hoy una de sus más negras etapas.
¿Cómo hemos llegado a esta situación? Son varias las causas, pero en el Colegio podemos reducirlas a tres: la corrupción a la que invitan los generosos recursos con que se provee al Colegio, y las prebendas y comisiones que controlan los directores, sobre los cuales no existen mecanismos de control y vigilancia, sino la más amplia discrecionalidad y opacidad; una segunda es la política perversa de mantener a la mayoría de los profesores en una situación laboral inestable, con el señuelo de las plazas de carrera que, todo mundo lo sabe, jamás serán suficientes, y en tercero la supervivencia de una ideología que divide e inhibe la participación de la comunidad. En varios artículos me he referido a las dos primeras causas, por eso quiero detenerme hoy en la tercera. 
Si en los años sesenta y setenta eran pertinentes los llamados a la lucha armada, al derrocamiento del Estado represor, hoy estas consignas no son sólo anacrónicas sino francamente delirantes. Necesitamos una verdadera actualización y una puesta al día de conceptos y teorías sociales que nos permitan no solo comprender la realidad, sino formar a los jóvenes para que aprendan a actuar en  democracia, y para invitar y enseñar a la gente a participar en el nuevo contexto. Esas multitudes apáticas e indiferentes no participan porque fatalmente sean así, sino porque no se identifican con discursos anticuados que ya no funcionan en la realidad de nuestros días. Es difícil desprenderse de la costra de costumbres mentales formadas durante décadas, pero interpretar la realidad recurriendo a los mismos esquemas y clichés lleva al pasmo y a la inmovilidad, y esto es lo que ha ocurrido en el CCH. “Hoy ‒me dice el profesor Raúl Muñoz Morales‒ lo revolucionario es exigir que se actúe conforme a derecho, que nuestras autoridades rindan cuentas y que se las obligue a actuar con absoluta transparencia. A las autoridades de cualquier orden y nivel”. Y estoy de acuerdo.
Todo mundo es libre de creer lo que quiera, pero cuando una teoría se asume como artículo de fe, es decir, cuando no se reconocen sus fracasos, se ignoran las perversiones que ha generado en el mundo social y en el de las ideas, pero sobre todo cuando genera división, pasmo e inmovilidad para la acción, es momento de revisarla y, si es necesario, desecharla. Después de todo, así es como funciona la ciencia: formulación, ensayo, error, o empleo mientras no venga otra teoría mejor y la supere.   
Me remito a un ameno ensayo escrito por el doctor Francisco González Crussí (“La sangría”, en Remedios de antaño, Fondo de Cultura Económica, México, 2012) para ejemplificar todo lo dañina que puede resultar una teoría en la que creemos ciegamente y todo el tiempo que puede reinar y ejercer su influencia si nadie se atreve a revisarla y criticarla. Me permitiré parafrasear el ensayo para resumirlo mejor:
Los escitas, pueblo del Medio Oriente dedicado al pastoreo y a la cría de caballos en la antigüedad, ya practicaba las sangrías. Sin embargo, fue Hipócrates, médico griego (460-370 a. de C.) quien la racionalizó al explicar que por montar se producen venas varicosas y lesiones genitales debido a la presión de los órganos contra la montura. Basados en este razonamiento, los escitas practicaron con mayor asiduidad el sangrado: abrían las venas que cursan detrás de la oreja hasta que la hemorragia les producía debilidad y sueño. Cuando despertaban creían estar curados.
Hipócrates registra este hecho en los escritos conocidos como Colección Hipocrática (Aforismos, Sección V, aforismo 68), que Galeno (129-199 d. de C.) conocerá. Aunque la teoría de los “humores” corporales venía ya en los escritos hipocráticos, es Galeno quien le da estructura y consistencia teórica. Su gran autoridad reforzó la idea de que la sangría era un acertado remedio contra el verdadero origen de las enfermedades, puesto que la causa y principio de todos los estados patológicos eran resultado de la alteración de los “humores” (sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla). En consecuencia, la salud era el perfecto balance y la adecuada mezcla de esos cuatro humores.
Bien, pues la aparente consistencia de esta teoría hizo que las sangrías se usaran durante alrededor de dos mil años, lo cual no estaría mal si de verdad hubieran curado y no se las hubiese empleado al absurdo, como utilizarlas contra las mismas hemorragias. La sangría llegó a adquirir tal popularidad que no sólo se la usaba de forma terapéutica sino también preventiva, es decir, para evitar otras enfermedades. La creencia de que la sangría era un recurso eficaz  perduró durante todo el siglo XVIII y los primeros años del XIX. Cuando en 1793 estalló una epidemia de fiebre amarilla en Filadelfia ‒cuenta González Crussí‒, Benjamin Rush, uno de los “padres fundadores” de los Estados Unidos, pretendía curar la enfermedad mediante sangrados masivos: recomendaba quitar el 75% del volumen sanguíneo del enfermo. ¡Menuda anemia que les provocaría! George Washington fue un candidato a morir por la pérdida de sangre ordenada por sus médicos. Así de poderosa puede ser una teoría lo suficientemente sofisticada para darle apariencia científica, y así de graves las consecuencias que puede provocar.
Y no ha desaparecido del todo, hay que advertirlo, subsiste hoy día con algunas variantes. Mi vecino y amigo, Erasno Trejo Arteaga, me invita al sauna cada vez que amanece crudo y todavía más cuando tiene un poco de gripe. “Sudaré un poco para sacarme todo el alcohol y así me compondré” dice. No sabe que sólo será alguien doblemente deshidratado, por el alcohol, por una parte, y por el calor del sauna por la otra.
Así estamos con respecto a las versiones fundamentalistas de la historia, de las cuales Karl R. Popper, entre otros, ha explicado su inconsistencia teórica y la realidad ha demostrado su fracaso. Para interpretar la realidad seguimos usando esquemas ya superados y recurrimos a clichés que hoy nada dicen; achacamos a un gobierno todopoderoso y represor los crímenes que delincuentes bien identificados y el narcotráfico han realizado, porque así pretendemos debilitar a ese Estado burgués y esperar el día en que un salvador llegue al poder, lo derrumbe, imponga por decreto la honestidad y ponga el poder al servicio del pueblo. No nos damos cuenta que ese salvador, por muy bueno y honesto que sea, puede cambiar de humor y mandar al diablo sus promesas y perdonar (como ya lo adelantó) a la mafia en el poder. Combatir la corrupción no es cuestión de honestidad sino de crear órganos de vigilancia y control. No advertimos que el poder tiende a concentrarse en una sola persona, o en unos cuantos, y que para no volverse absoluto requiere contrapesos y balances que solo la democracia ha sido capaz de brindar; no nos damos cuenta que de lo que se trata hoy día es de acotar el poder dividiéndolo, como sólo un sistema democrático es capaz de lograr, al establecer la división de poderes en sus sistemas de gobierno; no advertimos que sólo mediante una prensa libre y organizaciones de la sociedad civil seremos capaces de acotar, vigilar y llamar a cuentas a las autoridades, de cualquier orden y nivel. Lo otro es creer todavía en bribones que, con la apariencia de pacíficos académicos u honestos ciudadanos, se olvidan de sus promesas en cuanto llegan al poder y se transforman en rapaces tiranuelos.

Por supuesto que ningún sistema político es perfecto. Un régimen democrático posee múltiples carencias y defectos, pero es el único capaz de proporcionar los recursos y medios para su propio perfeccionamiento, sin la destrucción violenta de todo lo logrado, sin derramamiento de sangre, sin la pérdida y sacrificio de varias generaciones. “La democracia no es un sistema político, sino una forma de vida” decía acertadamente Octavio Paz. Formar ciudadanos para esta forma de vida es lo que nos hace falta, es lo que se propuso el CCH en sus inicios y es uno de los aspectos en que fracasó. Tal vez porque en lugar de politizar lo que hizo fue adoctrinar. Tal vez.    

NUESTRA LUNA

NUESTRA LUNA
Para Rosalba Crotte

No la luna de Lorca ni de Lugones / No la de los bandoleros que galopan /Cual furioso simur en la llanura / No la luna de octubre de mi tierra / Ni la que imaginó Sabines tomar a cucharadas / Menos la de banderas sucias / Empapadas de sangre y de rencores. / No la deidad lunar de mis ancestros / No la de los cazadores / Ni la de los que acechan en la sombra. / No la de la cimitarra y los alfanjes / Que blandieron khanes, jeques y califas / Quiero la que ilumina las montañas / La de la luz incierta de los valles / La del sereno mar y sus entrañas / La del fulgor dorado de las ninfas / La silenciosa luna de Pacheco (JEP). / La que tiñe de oro tus cabellos / La del marmóreo tono de tu piel / La sabia y hechicera luna / Que guía y empapa de bálsamo tus manos / Para ordenar mis cabellos y acariciar mi frente / Cuando cansado duermo en tu regazo. 

MACUARRITO

Macuarro es un término despectivo que lo mismo sirve para señalar a una persona dedicada a la albañilería que a alguien ignorante, torpe, sucio y peor aún si posee rasgos indígenas. Es una palabra que debería figurar en un inexistente diccionario de la estupidez humana, pero como nadie lo hará, es mejor reivindicarla dándole una connotación distinta. Es el propósito de este texto.
Macuarrito
NOÉ AGUDO

Cuando concluyó sus estudios de secundaria se decidió que si deseaba continuar estudiando debía trabajar. Sus padres lo habían olvidado, ocupados como estaban en luchar contra la miseria en una lejana población de provincia. Así que se cumplió la disposición de los señores con los que vivía, a quienes sólo por aparentar un vago vínculo familiar llamaba “tíos”.
Trabajar en una fábrica lo liberó de las obligaciones que como mocito debía desempeñar en aquella casa adonde lo habían traído antes de cumplir los diez años de edad: ir por el carbón y el petróleo para los anafres y la estufa, llevar el maíz cocido al molino, recoger la masa muy temprano al día siguiente, comprar la alfalfa para los cerdos, limpiarles su corral y darles de comer mañana y tarde, barrer la calle y luego los pasillos interiores de la casa. Muchas veces hacía todo esto sin desayunar o comer porque lo “olvidaban”, así que debía pellizcar algún medio kilo al carbón. Bastaba ir a una carbonería donde despacharan trozos más grandes para que la falta del medio kilo o un kilo no se notara, y entonces tenía para desayunar o comer.
Pudo ingresar a trabajar en la Pepsi Cola, en la planta de la colonia Clavería, con un acta de nacimiento adulterada (era menor de edad). Ingresó como obrero eventual. Así  se llama al trabajador que debe llegar más temprano que los demás para suplir la ausencia de alguno que enfermó, de otro que se retrasó o de alguien que faltó por cualquier otra razón. Esta situación le hizo conocer y hacer amigos en casi todas las áreas de la fábrica, que le serviría más adelante para la lucha sindical, pero también asumir trabajos duros y difíciles. Como subir los bultos de azúcar a los grandes depósitos donde se mezclaba con el agua y el jarabe, o hacer las tarimas con cajas llenas de refresco embotellado.
Colocar cincuenta cajas de refresco sobre una plataforma de madera, que después un montacargas levantaba e iba a depositarla en los camiones y tráilers alineados para llevarlas a su destino, para él resultaba aterrador. Hacer la primera y segunda cama era fácil. A partir de la tercera, y para alguien bajito y esmirriado como él, la cosa se complicaba: pesadas, las rejas eran de madera y estaban reforzadas con lámina, las botellas eran de vidrio y la altura donde había que subirlas la hacían una tarea durísima. Y los guantes de carnaza sólo estorbaban. Para atender una cadena ponían a dos obreros. Si ambos eran inexpertos o débiles, elegían hacer una tarima cada uno. Pero si el otro era un grandulón ya experimentado, decía: “Una hora y una hora”. Es decir, cada uno debía formar varias tarimas durante una hora y sólo entonces descansaba. Para él esto significaba la muerte. Terminaba molido, adolorido, casi con fiebre. Pero agradecía tener trabajo a diario y, siendo obrero eventual, sabía que lo probaban para determinar dónde funcionaría mejor.
            Su buena estrella se apiadó de él. Un día le dijeron que debía remplazar al que arreglaba las llantas en el taller mecánico, se llamaba Beto y había enfermado, y gracias a este hecho cayó en el mejor lugar. Su trabajo consistía en reparar las llantas ponchadas y ayudar a los mecánicos. Si había una llamada de auxilio, entonces salía veloz en una camioneta con la pieza de repuesto, el gato hidráulico, una palanca y las llaves para quitar tuercas y birlos. Los mecánicos eran creativos, bromistas, rebeldes y no se consideraban cualquier trabajador. “A mí me pagan por lo que sé, no por lo que haga” solían decir. Serían sus más aguerridos compañeros de lucha. Había uno especialmente, el Morita, capaz de sustituir cualquier pieza inexistente con un poco de imaginación y creatividad; ningún camión, tractor o montacargas se quedaba parado. Con alambres, pedazos de metal o a veces con una simple tapa de las botellas del refresco Morita echaba a andar cualquier vehículo.
            Fueron sus mejores días. Morita, Zubias, Enrique, Cleto y el Chacharitas (Simón) lo adoptaron como su mascota. Los sábados lo llevaban a beber cerveza en una vieja camioneta que parecía de gángsters, pero nunca fallaba; le enseñaban su oficio, unos el sistema eléctrico; otros a desmontar un motor, cambiarle las piezas y calibrarlo; le consiguieron un overol azul que él usaba con una gorra vasca. Todos lo apreciaban y gracias a ellos conoció esa fondita.
            Estaba unas cuadras adelante. Siempre limpia, con sus sillas azules y sus mesas cubiertas de formaica blanca; su centro de atracción era la rockola que nunca dejaba de tocar. Eran los primeros años de la década de los setenta. Los Pulpos, Rigo Tovar, La Tropa Loca, Los Solitarios,  Los Fresno y otros grupos de aquellos años se escuchaban allí. Había una mesera llenita, sin ser gorda, que siempre ponía “Ayer me dijeron” con Los Solitarios. Llegó a gustarle esa canción. Llegaban, se lavaban las manos (previamente se habían quitado la grasa, usando estopa y gasolina) y ordenaban la comida corrida, que incluía una sopa, arroz, guisado y postre. 
            Un día su plato de arroz llegó con un hermoso huevo estrellado. Parecía un sol suspendido sobre su plato: la clara perfectamente extendida sin romperse ni mostrar quemaduras en los bordes; la yema redonda, amarilla, enterita. Le dijo a la mesera que él no lo había pedido; ella le hizo el ademán de que se callara y sólo le dijo “cómetelo”, y le acercó un platito con salsa verde. Fue el arroz más delicioso que había comido en su vida. Cleto se dio cuenta de la situación y sólo sonrió mientras le decía: ¡Pinche negrito! A partir de entonces se hizo una rutina. Siempre que iban la mesera se apresuraba a atenderlos, ponía a Los Solitarios y le llevaba su arroz con un huevo estrellado.
            Para él resultaba normal. Sabía que la mesera lo veía flaco y chiquito y se apiadaba de él. Jamás pensó que le gustara; además, era varios años mayor, y si alguna mujer le interesaba por ese entonces era Clemencia, a quien había conocido mientras intentó aprender a tocar guitarra en el Injuve. De abundante pelo rizado, ojos verdes, casi roja su piel, Clemencia llamaba la atención. Trabajaba en Telesistema Mexicano y muchas veces le pedían permiso para hacerle un retrato o dibujarla. Así que para él era una enorme satisfacción encontrarla en su coche, a las puertas de la fábrica, mientras lo esperaba para llevarlo a tomar un café.
Trabajaba de lunes a sábado. Siempre viajando de mosca porque los autobuses iban repletos. Un día le robaron la cartera, pero su buena estrella lo volvió a iluminar. El Macuarro, como le decían al albañil de la fábrica, se había hecho su amigo. Era un tipo graciosísimo: caminaba un poco jorobado, gordito, los cabellos gruesos y lacios colocados sobre su cráneo como las hojas de un libro abierto. Mal hablado, era el retrato vivo de Chon Prieto, el personaje de Los Agachados de Rius que él leía una semana sí y otra no. Ese día le dijo: “Tú, te pedí para que vengas el domingo. Vamos a limpiar la cisterna y a hacer una que otra reparación. ¿Qué dices?” Que sí vendré, respondió. El día lo pagaban doble y hacer algo diferente era igual que descansar.
            El albañil lo buscaba constantemente, quería instruirlo respecto a “las viejas”. Usaba un lenguaje procaz, no podía hablar sin emplear majaderías, pero en verdad era un tipo noble. Después de hacer algunas leves reparaciones de albañilería iban a comprar tortillas, chicharrón y aguacates, y se ponían a comer en cualquier lugar de la fábrica. Había enfriadores repletos de refrescos en varias zonas, así que el domingo la fábrica completa les pertenecía. Se sentían los dueños. Un día le habló de la mesera, de cómo siempre le ponía un huevo en su arroz, le servía más comida y ponía en la rockola “Ayer me dijeron”.
            “Esa vieja está enc… de ti, có…” le dijo cual gurú iluminado. Él no le creyó y prefirió seguir pensando que lo hacía como una obra de caridad. Pero cada vez que el albañil lo encontraba le preguntaba: “¿Y qué, ya lo hiciste? ¿Ya te la…? ¡Hazlo, no seas buey!” Y comenzaba a aleccionarlo. Hacían un curioso dueto, siempre se les veía juntos y por eso le empezaron a decir “Macuarrito”.

Por esos días le llegó la carta de aceptación para estudiar el bachillerato y le correspondió el plantel Vallejo del CCH. Allí conocería a varios activistas, iniciaría la lucha sindical y con esto vendría su despido y su muerte. Y aquí es conveniente detener por ahora esta historia.

LO QUE HEMOS PERDIDO

Lo que hemos perdido
NOÉ AGUDO

Ahora que por fin la SEP difunde el modelo educativo propuesto por la reforma respectiva, tal vez se pueda concretar por fin el modelo educativo del CCH (creado por sus fundadores hace más de cuarenta y cinco años), pues una de las excusas que se tenían para aplicarlo y entregar buenos resultados era que el modelo resultaba difícil para estudiantes que venían de realizar sus estudios básicos siguiendo el modelo pedagógico tradicional.
            Como es sabido, el modelo pedagógico propuesto por la reforma educativa tiene muchas afinidades con el original del CCH. Ni siquiera es una síntesis la que haré, sólo comentaré los aspectos más coincidentes. Entre ellos está el propósito de lograr aprendizajes claros, muy similares a la existencia de las cuatro áreas del Colegio:
·        Lenguaje y comunicación
·        Pensamiento lógico y matemático
·        Comprensión del mundo natural
·        Comprensión del mundo social
·        Desarrollo personal (actividades artísticas, deportivas y culturales, así como habilidades socioemocionales)
·        Autonomía curricular (para adaptar saberes y experiencias de las regiones).
El modelo pedagógico busca formar un nuevo tipo de ciudadano (con capacidad analítica y crítica); con habilidades cognitivas y no cognitivas que le permitan aprender a aprender (esencial en la sociedad del conocimiento); con valores para la convivencia y la colaboración; con desarrollo físico y emocional; que conozca México y el mundo, el arte y la cultura, y que sea capaz de cuidar el medio ambiente. (La propuesta curricular completa se puede conocer en www.gob.mx/modeloeducativo2016/)
            Como comentaba en la entrega anterior, hoy el CCH vive uno de sus peores momentos, no sólo por el ambiente que prima en los planteles y contra sus profesores, ni por la ineptitud y ausencia de visión de sus directivos, sino porque ha fallado en su función primordial: formar estudiantes para continuar sin rezagos académicos sus estudios profesionales. Olvidemos por un momento si estamos formando (aunque fuera una minoría) a ese ciudadano crítico y reflexivo, con aprendizajes pertinentes y significativos, capaz de resolver problemas prácticos, solidario y propositivo en la resolución de los problemas sociales, como proponía el modelo original. Olvidemos si estamos formando alumnos capaces de hacer frente a las demandas de la sociedad del conocimiento. Olvidemos por un momento la calidad y centrémonos en la cantidad. ¿Es congruente con su modelo original? ¿Han servido de algo los cambios? ¿Podemos decir que se trata de un bachillerato diferente, consolidado, con buenos resultados 45 años después de su fundación? Pues bien, el desplome del índice de egreso, los altos números de reprobación y deserción y los déficits en la formación de los alumnos dicen que no. Hoy el CCH es uno más de los muchos; ha perdido su filosofía y su modelo pedagógico que lo caracterizaron como uno vanguardista.
            Comento esto en la charla con un funcionario educativo quien  me pregunta por qué no fue posible concretar un modelo pedagógico tan innovador, cómo se perdió este espíritu de cambio para hoy ser uno más del montón. Mi respuesta es que tal vez las primeras generaciones sí fueron capaces de distinguirse y egresar con ese espíritu de cambio, pero que esto se debió más bien a las primeras camadas de profesores: jóvenes provenientes del movimiento estudiantil de 1968, con propuestas y actitudes transformadoras que se identificaron con el CCH.
Hoy eso se ha perdido, lo que predomina es la simulación, los títulos como capital curricular, una reforma (la de 1996) que derivó en la pérdida del modelo educativo, la pelea feroz por los puestos directivos (que es el camino más corto para recibir sueldos fabulosos comparados con los de la mayoría de los profesores), el control por cualquier medio de éstos, que es lo que interesa a la alta burocracia; la discrecionalidad y opacidad en el manejo de los recursos, que crecieron exponencialmente sobre el mito de ser uno de los dos mejores bachilleratos (todos sabemos por qué lo solicitan, al igual que la ENP), así como en el otorgamiento de comisiones, plazas de carrera y otros premios (como los estudios en el extranjero, otorgamiento de becas e incluso la posibilidad de hacer una maestría) a quienes se pliegan dócilmente a las decisiones de los directivos; los llamados cursos de actualización, que sólo sirven para obtener puntos en ese instrumento de chantaje y control conocido como lista jerarquizada, etcétera. ¿Es decir, con este hándicap cómo podría un profesor aplicar un modelo pedagógico para formar ese nuevo ciudadano?
            Huyy, dice mi amigo, y nosotros que estábamos pensando pedirles algunos cursos para hacer efectivo el nuevo modelo pedagógico que propone la reforma. “Deben ser cuidadosos de no poner la Iglesia en manos de Lutero” le respondo.
Para darnos cuenta de lo lejanos que estamos del pensamiento crítico y reflexivo, referiré dos casos vividos personalmente: Me correspondió participar en una mesa redonda con un profesor a quien respeto y estimo realmente. Su tesis era que desde la matanza estudiantil de 1968 la sangre no ha cesado de correr en México, allí metía a Tatlaya, Ayotzinapa, etc. Aún no ocurría lo de Nochixtlán, pero estoy seguro que también lo hubiera incluido. Decía que era mi amigo, pero más amigo de la verdad (una frase de Aristóteles, por cierto). Mi amigo enarbolaba el diario La Jornada y sostenía que era el único periódico que decía la verdad. Me sorprendió, ya que siempre lo veo con libros bajo el brazo, es un gran lector. Decir que cierto periódico es el único que dice la verdad es algo más que ingenuidad, es una creencia basada en la fe. También recuerdo haber asistido a un curso coordinado todavía por el profesor y amigo Horacio Cruz Cervantes (q.e.p.d.). En algún momento critiqué a los hermanos Castro (los de Cuba) y casi me linchan. Un profesor bigotón, olvido su nombre, del plantel Oriente, me acusó de ser un representante de “la reacción” y se felicitaba porque “al fin la derecha se atrevía a dar la cara”.  
Nos falta actualizarnos, ponernos al día realmente, evitar reducir la  realidad a esquemas simplistas y dejar de creer que el mundo y sus fenómenos sólo se pueden ver en blanco o negro. Lograr esto, limpiar la casa, sólo será posible cuando exista un verdadero compromiso de las autoridades por impartir una educación de calidad, cuando haya una actualización y superación reales, y no una simple simulación, cuando se ofrezcan condiciones auténticas de superación para hacer efectivo un modelo escamoteado entre la palabrería. Pero como dice uno de los caudillos: “La caha he debe barrer de arriba hagia abajo”.
PARA ENTENDER NUESTROS DÍAS
Después de leer Postguerra. Una historia de Europa desde 1945, del historiador británico Tony Judt, ningún lector mirará con los mismos ojos el mundo. Los sucesos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX en Europa ‒con amplia repercusión en casi todo el mundo‒ desfilan como las imágenes de un impresionante filme que va poniendo las piezas del rompecabezas donde el lector está situado, o incluso vivió, pero nunca pudo darse cuenta cabal de lo que sucedía.
La división de Europa después de la Segunda Guerra Mundial, el Plan Marshall, los acuerdos de Bretton Woods, el surgimiento de organismos internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional; la Guerra Fría, la división de Alemania y el Muro de Berlín, la OTAN, el Pacto de Varsovia, los primeros pasos de lo que será la Unión Europea; el cine, el rock, la sociedad de masas y de consumo; el XX Congreso del PCUS; las rebeliones estudiantiles en el campo socialista (especialmente Hungría, Checoslovaquia y Polonia); el desdén hacia estas rebeliones por parte de las burocracias comunistas de Italia, Francia y Gran Bretaña, y la estampida de los militantes más jóvenes para salir de esos partidos ante la pasividad; el fin de la teoría de las revoluciones socialistas en los países capitalistas desarrollados y el traslado de este acto de fe (ya no teoría científica) al Tercer Mundo; el impacto de la televisión; el fin del Estado de Bienestar; la transformación de los mercados internacionales y el auge de las comunicaciones electrónicas; las revoluciones en la moda, la música y la ideología en los sesenta; los malabarismo retóricos como simulación del quehacer filosófico; la aparición del terrorismo en los setenta (ERI, ETA, Brigadas Rojas, Fracción del Ejército Rojo); la banalidad de los ochenta; Lech Walesa y Solidaridad en Polonia y la contribución de la Iglesia católica a la caída del socialismo y el Muro de Berlín en 1989; el difícil regreso al capitalismo en los países satélites de la Unión Soviética; la socialdemocracia y el liberalismo; el surgimiento de la Unión Europea y las reticencias para el ingreso de nuevos miembros; la aparición del ultra nacionalismo y la xenofobia, la irrupción del fundamentalismo islámico, etc.
Son sólo algunos temas que desarrolla esta obra monumental para entender nuestro tiempo. Monumental no sólo por su extensión (alrededor de 1200 páginas) sino por tratarse de una obra maestra que no deja resquicio o detalle alguno indispensable en el análisis de los temas que siguen marcando los acontecimientos mundiales, como son el Brexit y el auge de los movimientos xenófobos y neofascistas en Europa. Una historia que se disfruta como una excelente novela y que aporta detalles chuscos, pero terriblemente reales, como el que en la Unión Soviética (donde la economía centralizada y planificada, custodiada por las burocracias comunistas imponía las metas de producción), se llegaba al extremo salir a comprar mantequilla en las tienditas de las poblaciones para cumplir con las cotas establecidas por la jerarquía del partido. O la ironía de que “en todas las universidades de Europa se enseñaba cómo sería el paso del capitalismo al socialismo, pero en ninguna se explicaba cómo sería el regreso del socialismo al capitalismo”. Cerca de quince años le llevó al historiador británico (fallecido en 2010) escribir esta obra fundamental, pero sin duda nos ha dejado un documento único para entender la barahúnda de hechos que los latinoamericanos sólo conocimos como noticias.

Recomiendo su lectura acompañada de las novelas El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, y Kaputt, de Curzio Malaparte. 

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