Vivir la
huelga
NOÉ AGUDO
A la memoria de Belem Claro, camarada fallecida
recientemente.
Quisimos ir a la guerrilla y por suerte
no lo logramos. Esto le permitió
a ella vivir varios años más, y a mí contarlo
hoy día.
Eran ya casi las cuatro de la madrugada y no podía dormir.
Pensaba en esa línea leída. Más que gustarle, lo había inquietado. ¿Cómo sería
escuchar volar pájaros toda la noche? ¿El ruido provocaría miedo, zozobra o tal
vez alegría? Llevaban ya más de dos meses de navegación y el almirante había
tenido que enfrentar tres amotinamientos. En el más reciente, el del 10 de
octubre, participaron también los hermanos Pinzón, y ellos lo habían apoyado
para sofocar los dos primeros. Las galletas rancias, el tocino podrido y la
alarmante disminución de agua para beber lo obligaron a comprometerse ante la
tripulación a navegar sólo tres días más. Al término de este plazo darían
vuelta de regreso a las naves.
La línea decía así: “Toda la noche oímos pasar pájaros”. Era la noche del martes 9 de
octubre y la anotación había sido hecha por el propio almirante. ¡Qué
coincidencia!, se dijo, ahora también es 9 de octubre, pero de 1975, y yo no
voy en un barco, sino que estoy tirado en el piso de este cubículo del CCH,
tratando de dormir, mientras escucho el ronquido de mis compañeros.
Recordó cómo había encontrado el
libro cuya lectura disfrutaba por estos días y pensó que no fue casualidad sino
el cumplimiento de una misteriosa cita. Había acompañado al Buitre a su casa y
allí, en la calle de ese barrio marginado, la Nueva Atzacoalco, un viejo sucio
y harapiento acomodaba libros usados en la banqueta. Se acercaron a mirarlos y
el volumen pareció guiñarle desde el piso. Tenía roto el forro pero el dibujo
que lo ilustraba aún se apreciaba bien: una solitaria carabela enmarcada por
palmeras y las exuberantes copas de varios árboles. Pesaba, tenía pasta dura de
tela azul, y un hermoso mapamundi aparecía cuando se daba vuelta a la tapa. La
cubierta decía en letra negra: German Arciniegas / Biografía del Caribe.
‒¿Cuánto? ‒preguntó al viejo.
‒Cien pesos ‒respondió.
‒Déjemelo en cincuenta y no digo a
quién se lo compré ‒arguyó sonriente, intentando ser gracioso. Serio, casi
molesto, el viejo siguió ordenando los libros, sin mirarlo. Pasaron dos o tres
minutos y ya se disponía a ponerlo nuevamente en su lugar, cuando el hombre se
enderezó, lo observó con detenimiento y dijo:
‒Llévatelo.
Recordó
que así de extraño había sido el encuentro con otros libros importantes para
él. Taras Bulba, por ejemplo, esa
novela de Nikolái Gógol que narra una historia de cosacos y está ambientada en
las estepas asiáticas. Un día que le ordenaron ir a tirar la basura vagó un
rato por entre los desperdicios y en un montón de papeles descubrió el librito.
Estaba completo, limpio, así que lo sacudió y se lo llevó. A los pocos días
ingresó a la secundaria, y cuando la maestra de español solicitó a los
integrantes del grupo escribir algo que recordaran sobre un libro leído recientemente,
él resumió sin problemas la novela. La maestra era joven, muy amable, más dulce
que bonita, y ponía mucho empeño en su clase. Dio un rápido vistazo a los
trabajos y cuando encontró su hoja se detuvo y la leyó completa. Lo llamó en
voz alta y se le quedó mirando cuando él se puso de pie. La había conquistado.
Con ese texto se volvió su alumno favorito.
Lo mismo le había ocurrido con el
libro de Felipe López Rosado Introducción
a la sociología. Ese día jugaba frontón con sus compañeros de la
secundaria. El grueso volumen estaba allí, injertado entre los barrotes de la
ventana cerrada, y nadie parecía verlo. Se acercó, lo hojeó y lo volvió a poner
donde estaba. Alguien lo olvidó o lo abandonó allí, seguramente el hermano mayor
o el padre de algún compañero, porque en ningún año de la secundaria se llevaba
esa lectura. Continuaron jugando y cuando se retiraban sintió por el libro lo
mismo que ante un perrito o gatito abandonado; por eso decidió llevárselo. Se
impuso leerlo por las noches, sin levantarse de la silla; primero veinte
minutos, después media hora, luego una hora y finalmente dos. Así logró la
disciplina y la concentración en la lectura. Descubrió que cada libro le
aportaba algo más que la historia o los conocimientos del tema; por eso atendía
esos silenciosos llamados: Mírame, cómprame, llévame.
Pudo oír el canto de algunas aves
nocturnas y por eso siguió pensando en cómo sería esa noche en que Colón
escuchó pasar los pájaros. ¿Qué aves vuelan durante la noche? Seguramente como
éstas que graznan aquí en el Colegio, se dijo, a pesar de la oscuridad y que
aún es de madrugada. Por la tarde del día anterior habían formado brigadas, se
repartieron los edificios y pasaron a casi todos los salones, incluidos los
laboratorios, para solicitar el apoyo de profesores y alumnos. Por supuesto,
toda la comunidad (la “base”, se decía) había expresado su apoyo a lo que se
proponían hacer: Adelante, dijeron, cuentan con nuestro apoyo.
Habían decidido apoyar a los choferes
de la línea de autobuses foráneos Apizaco-Huamantla-Tlaxcala, a quienes no les
querían reconocer su huelga. Los choferes llegaron con algunos estudiantes de
Economía, del Politécnico, y querían tomar varios camiones. Un chaparrito, a
quien sus compañeros le decían “Vallejito”, por su parecido físico con el líder
ferrocarrilero Demetrio Vallejo, se expresó con mucha enjundia y dijo que
necesitaban tomar cuando menos sesenta camiones, y meterlos al CCH.
—¿Al CCH? ¿Y por qué no al Poli?
—No tenemos espacio —respondió un muchacho
pelirrojo, del Poli, que usaba una chamarra tipo militar—. No es que le saquemos,
no hay espacio. Pero estamos de acuerdo con los compañeros operadores que es la
forma de presión más efectiva.
—Aquí es mucha bronca —dijo él—, un
boleto como ése no lo podemos comprar solos. Necesitamos el apoyo de los otros
grupos. Tenemos que hablar con los demás e informar a la base.
Aunque en el plantel Vallejo existían
por esos días más de cinco grupos de activistas, sólo se comprometieron los del
Comité de Lucha (en cuyo cubículo dormían, en el edificio V), además del suyo, y
Camilo (que era de los Cletos) y algunos estudiantes que espontáneamente
decidieron acompañarlos. En una rápida asamblea realizada por la noche,
decidieron dividirse en dos grupos: uno acompañaría a los choferes para ir por
los camiones, y el otro aguardaría en el plantel para impedir que las
autoridades pusieran obstáculos en la puerta donde entrarían.
A esa hora de la madrugada, mientras
recordaba las peripecias de Colón en su Biografía
del Caribe, escuchó vagamente un ruido y despertó a los demás.
—¡Despierten, párense, creo que ya
llegaron!
Los muchachos se levantaron prestos y
corrieron hacia la puerta del estacionamiento. Una larga fila de autobuses estaba
detenida sobre la avenida, esperando entrar; ambos grupos presionaron para que
los vigilantes les permitieran pasar.
—Fue un acuerdo de la base —argüían—.
No se requiere el permiso de las autoridades.
—Son trabajadores, como ustedes
—decía otro—, vamos a apoyarlos.
Con un gesto resignado los tres
vigilantes se miraron entre sí y abrieron la puerta. Para no invadir los
lugares de profesores y alumnos, los autobuses fueron estacionados detrás del
edificio V, que era el último. Aún no estaban el Y ni el Z, mucho menos el W o
el Siladin ni las cafeterías ni el teatro, el departamento de Impresiones o el
almacén. Tampoco estaban los edificios de inglés, la mediateca ni el edificio
de cómputo. Todo eso era un llano cubierto de hierbas donde varias veces los
choferes fueron a cortar quintoniles que cocían y comían con ellos. Alinearon los
camiones en dos hileras perfectas. Eran cincuenta y cuatro, y los choferes
dijeron que llegarían más. Causaron gran curiosidad entre los alumnos del
primero y segundo turnos. Muchos iban a preguntar de qué se trataba, y choferes
y activistas aprovechaban para informarles. Casi todos expresaban su
satisfacción porque el CCH apoyara a los trabajadores.
* * *
Eran otros tiempos. De verdad se respiraba un ambiente de
unidad, de camaradería, de solidaridad e incluso de simpatía hacia las
actividades políticas de los estudiantes. Las propias autoridades del plantel,
seguramente después de consultar con el coordinador general del CCH, y con
rectoría, simplemente se hicieron desentendidas. Varios profesores, que
conocían a los activistas porque eran sus alumnos o lo habían sido, cooperaban
“para las tortas”, y numerosos estudiantes se anotaban para las guardias
nocturnas, pues se temía que golpeadores o esquiroles llegaran por la noche a intentaran
llevarse por la fuerza los autobuses; por eso era tan valiosa su participación;
otros llegaban a depositar sus monedas en los botes rojinegros para sostener la
huelga.
Pocos
soportaron completos los casi dos meses que duró. La lucha no era un juego:
durante el día se visitaban otras escuelas y sindicatos para pedir ayuda, o se
asistía a las largas pláticas en la Junta Local de Conciliación y Arbitraje, pues
los choferes habían exigido que los estudiantes estuvieran siempre presentes en
las negociaciones. Por las tardes se asistía a clases; él, siempre acompañado entonces
por su Biografía del Caribe, tenía
clases de cinco a nueve, pues era del cuarto turno. Por la noche las guardias.
Se dormitaba dentro de los autobuses, que eran menos fríos que el cubículo del
Comité de Lucha; se bebía mucho café soluble; se armaban de palos y varillas,
se preparaban bombas molotov, se las probaba y se enseñaba a lanzarlas a
quienes no sabían.
Sus
camaradas más constantes en esta etapa fueron Troskelio, integrante del Comité
de Lucha, maoísta y estalinista hasta el último poro, pero dueño de un
magnífico humor y simpatía que lo redimían de dicha tara. Otro fue Camilo
Torres, no el cura colombiano, sino Torres Mejía, un integrante del grupo Cleta
de rostro aniñado y cabello largo que le daba una apariencia casi infantil,
pero certero y directo en sus intervenciones; uno más era José Luis Flores, el
Pinocho, con quien en otra ocasión y ya terminada la huelga corrieron una singular
aventura en Aguascalientes; a partir de entonces se hizo también más amigo de
Jesús García, quien lo llevaría por primera vez al Olímpico; de Fernando
Franco, Rubén Carlos Heredia, Conrado López, el Jalisco, y otros más que lo
acompañaban aunque no eran activistas.
De los
estudiantes de Economía, del Poli, con quien mejor simpatizó fue con un
estudiante rechoncho, alto, que nunca faltó a ninguna plática y tampoco a una
sola noche de guardia; era de los más animosos y creía honestamente que apoyar
al sindicalismo independiente era luchar por la revolución que en cualquier
momento sucedería; otro con el que conversaba largas horas era un tal Rueda,
que no asistía constantemente pero le parecía el más inteligente; sus compañeros
politécnicos lo respetaban y apreciaban, y tal vez era el que sí sabía realmente el verdadero
alcance de la huelga.
Del exterior
la solidaridad se expresaba con mantas de apoyo que otros sindicatos enviaban y
ellos colocaban sobre los cercados de alambre; también llegaba ayuda en
especie. Francisco de la Cruz, el legendario dirigente urbano y fundador del
Campamento Dos de Octubre, enviaba sacos de naranjas, manzanas, zanahorias y
otros comestibles. El abogado de los trabajadores era Jesús Campos Linas, quien
sugirió a los choferes buscar el apoyo estudiantil; Campos Linas era un viejo
lobo del sindicalismo independiente; como abogado había acompañado la lucha de
varios sindicatos y organizaciones de trabajadores, así que sabía muy bien cómo
cambiaría la actitud de los patrones cuando los choferes se aliaran con los
estudiantes. En su casa comieron una o dos veces decentemente, después de
semanas enteras de sostenerse sólo con tortas y quelites.
* * *
Un día llegó Belem Claro, una
activista del grupo con el que empezó a participar cuando recién ingresó al
CCH. Era de las radicales, dura y ruda, cuyo compañero, Filemón Cruz, estaba
preso en una cárcel de Nayarit
—¡Vaya,
qué bueno que viniste! ¿Por qué no lo habías hecho? Aquí se necesita mucha
gente.
—No
vine a apoyar —dijo Belem—. Sabes bien que yo no apoyo movimientos reformistas
o economicistas, hijos de Rafael Galván. Sólo vine a dejarte un recado.
—¿Un
recado? ¿De quién?
—De
una amiga. Tal vez ella sí te apoye.
Hay chicas a quienes les atraen los
activistas y de eso le quería hablar Belem. “Te quiere conocer Isabel, mi
amiga” dijo. “No sé si quiera participar en tu grupo o sólo desea conocerte,
pero me pidió que te presentara con ella. Tú sabes”.
La conocía. Era una chica delgada, de
ojos vivaces, más alta que él, siempre seria y nunca había sabido si le
simpatizaba o le caía mal, porque sólo lo veía y guardaba silencio. Tímido y
torpe como era para relacionarse con las chicas, le resultó sorprendente que
Belem, alguien que sólo vivía para la revolución, se tomara la molestia de
llevarle ese mensaje. ¡Y qué mensaje! Debía apreciar mucho a su amiga.
—Dile que el viernes hay una fiesta
en Ciudad Azteca —le confió—; ya me organicé para faltar aquí. Iremos con
Leonel, el grandote que trabajaba en la Compañía de Luz y Fuerza, trae un coche
de la empresa. De aquí nos iremos al terminar la última clase y Leonel nos
regresará a la Glorieta de Potrero.
Ese día, Isabel lo esperaba ya en la
puerta del salón cuando él salió de la clase. Sonrió, traía un vestido rojo,
entallado, zapatillas que la hacían ver más alta y lucía bonita de verdad. Ni
siquiera pasaron a despedirse de sus compañeros, lo embromarían, así que le
dijo a Leonel que fueran directo a su coche. Isabel se pasó al asiento de atrás
e iba callada, como siempre.
Cuando llegaron comieron sándwiches,
los muchachos bebían brandy Cardenal o Gobernador con Coca Cola; las chicas
conversaban aparte y tomaban sólo refresco. De tanto en tanto iba con Isabel
para decirle salud y eso era todo. Ni siquiera le preguntaba si estaba bien o
si se aburría. Pero le empezó a gustar. No le importaba que se viera más alta
que él. La piel de su cuello y sus brazos se notaba suavecita, tersa, y sus
mejillas eran naturalmente chapeadas. Reía con discreción, apenas si se inclinaba
un poco para decirle ¡salud!, y seguramente esperaba bailar con él, pues no
había aceptado hacerlo con nadie.
Se dio cuenta cuán torpe era, tenía
un miedo horroroso a bailar. En el tocadiscos ponían cumbias que movían al más
tieso, pero exigían ciertos pasos que él ni siquiera se atrevía a intentar. Isabel
lo miraba paciente, sin ningún gesto de aburrimiento o fastidio. A las tres de
la mañana todos comenzaron a retirarse y entonces Leonel preguntó si también se
iban. “Claro”, le dijo. Una chica preguntó si la podían llevar y Leonel aceptó.
Así que subió adelante con él. Por fin iba a solas con Isabel, pero se sentía
incómodo, no sabía qué decirle. Se creía pesado, tonto, y Leonel sólo hablaba
con la chica que iba a su lado. “¿Está bien que nos deje en la Glorieta de
Potrero?”, preguntó por fin. “Sí”, dijo Isabel.
—¿Aquí está bien? —preguntó Leonel
cuando llegaron.
— Sí —le respondió. Bajaron, dio la
vuelta para despedirse de Leonel. Él aún tuvo una consideración.
—Si se van a quedar en la escuela,
los llevo —dijo—, al fin que a ella la llevaré hasta su casa, no tenemos prisa.
—No, aquí está bien. De verdad,
gracias.
No sabía qué hacer con Isabel. Cuando
al fin quedaron solos en la avenida, le preguntó: “Y tú, ¿qué harás?”. “Me voy
contigo”, dijo Isabel, y colgó con decisión el bolso a su hombro, como para
enfatizar su respuesta.
Las calles estaban vacías y a unas
cuadras brillaba el letrero de un hotel. “Vamos allá”, le dijo. Ella lo siguió en
silencio. Él fue repasando cuánto dinero traía y por suerte pudo completar para
el pago de la habitación. Nada dijo ella al entrar, actuaba como si todo estuviera
ya dicho o planeado; lavaron sus manos e hicieron buches de agua. Se quedó unos
momentos en el baño y él aprovechó para quitarse la ropa, acomodarla sobre una
silla y meterse bajo las sábanas. Cuando salió, por pena propia preguntó si le
gustaría que apagara la luz y ella respondió que sí. Luego se metió junto a él.
Se buscaron en la oscuridad, se besaron, sintió su boca dulce y notó que sus
labios eran firmes como su cuerpo. El sabor le hizo recordar una fruta
silvestre que comía de niño, el gondoy.
Es del tamaño de una uva y crece en racimos durante los meses de enero y
febrero, en un árbol que da sombra a los cafetos; en realidad no se come sino
simplemente se sorbe el delicioso néctar que contiene. Así sabía la boca de
Isabel. Retenía su aliento, temía manchar el olor fresco y limpio de su cuerpo.
Bajó su mano con ansiedad para destrabar el sostén, pero no encontró el broche.
Ella sonrió y dijo quedamente, “es por aquí”, y con un movimiento leve abrió el
sostén que se separó en dos partes, como dos bracitos amorosos, pensó. Sintió
los senos duros contra su pecho y esto lo excitó aún más. Con otro movimiento
bajó su trusa, dejando que las piernas hicieron el resto. Ella llevó una mano
hasta la cintura y dejó que él deslizara la prenda con ansiedad. Sus bocas se
buscaban, las manos y piernas entrelazadas unían sus cuerpos y generaban un
calor que parecía consumirlos, incinerarlos y fundirlos en uno solo; buscaba el
lugar, el capullo, el centro vital al cual dirigir esa lanza ígnea que atizaban
sus años adolescentes, su soledad y sus dudas, su timidez y torpeza, que ahora
se complacía en la entrega absoluta e incondicional de Isabel, en la madrugada
insomne y el anuncio de un inminente amanecer. Era virgen. Tan virgen como ese
silencio con el que se rodeaba siempre, pensó, como su desconcierto al
descubrir que las cosas suceden de otro modo y no como uno las piensa ni como
las planea o las desea. Cuando terminaron sólo entrelazaron sus dedos y se
quedaron mirando el techo.
—¿Te gusta lo que haces? —preguntó al
fin ella.
—¿Haberte hecho el amor?
—No, eso lo hicimos los dos. Quiero
decir, lo que haces como activista.
—Por supuesto que sí, no estaría allí
si no me gustara. Pero, ¿sabes?, lo veo como una obligación. Quisiera hacer
mucho más. Haré mucho más.
—A mi padre lo mataron —dijo Isabel,
súbitamente—. No me preguntes nada, no me gusta hablar de eso.
Ya no dijo nada, sólo apretaron un
poco más sus manos y en unos segundos se quedaron dormidos.
Cuando despertaron, cuatro horas
después, le preguntó dónde tomaba su autobús y ella dijo que sobre la avenida
Vallejo. Caminaron por Cuitláhuac hacia la esquina con Vallejo. Le hubiera
gustado invitarla a desayunar, conversar con ella, preguntarle tantas cosas;
por ejemplo, por qué decidió entregarse sin pedir nada, sin conocerlo casi, sin
preguntar nada. Pero apenas si rozó sus labios al despedirse y le dijo que la
buscaría en la escuela. Isabel tampoco preguntó si tenían una relación, si eran
novios, parecía que continuaban un romance iniciado hacía mucho tiempo, en el
que ya se conocían, en el que sabían qué esperar uno del otro y estaban dispuestos tan solo a vivirlo a partir de donde lo
dejaron. Era la relación más libre que había conocido. Pensó que tenía tiempo
para ir a su casa a cambiarse la ropa, para buscar un poco de dinero y regresar
al mediodía. Por el camino se fue recriminando lo estúpido que fue al no ser
más cariñoso y tierno con ella, por no preguntarle si tendría algún problema en
su casa, por siquiera decirle: Estoy contigo
para lo que necesites. Aunque sabía que estaba con ella.
* * *
—¿Dónde andas? ¡Anoche te necesitamos aquí! —le gritó Camilo
apenas lo vio llegar. Por primera vez vio en su cara de niño un gesto de
preocupación y desaprobación, y supo que algo malo había ocurrido.
—Avisé, ya lo sabían todos,
necesitaba tomarme el viernes. ¿Qué pasó?
—Vinieron a querer llevarse los
camiones. No un grupo de golpeadores, como pensábamos, sino unos cuantos que lo
hicieron a escondidas y aprovechando la oscuridad. Parece que alguien les
indicó desde dentro cuáles eran los autobuses más aislados y los que se
quedaban sin gente. Faltan cuatro choferes, si no vuelven hoy, o falta alguno,
significa que ese ayudó.
—¿Cuántos se llevaron?
—Sólo se pudieron llevar uno, parece que el
propósito fue sondear cómo están las cosas por aquí. Ahora necesitamos llamar a
todos los que podamos por teléfono, para reforzar las guardias y tener más
gente. Seguro regresarán hoy por la noche o mañana domingo.
—Bueno, pues a hacerlo —dijo él—, yo
llamaré a todos los de mi grupo que tengan teléfono. Y hay que hacer también un
periódico mural, para denunciar el robo, advertir que incendiaremos los autobuses
si pretenden llevarse otro más.
—Pues, manos a la obra —dijo Camilo—.
Que te den monedas para llamar. Vas a la Central Camionera y desde allí haces
tus llamadas. Por allí andan Troskelio, Ana Lilia y el Pinocho. ¿Es muy larga
tu lista?
—Apenas unos diez o doce.
—No tarden, los choferes están
discutiendo si esto acelera o impide el arreglo, la verdad los veo muy
temerosos. Campos Linas dijo que ya venía para acá.
En esos años era un lujo tener
teléfono en casa; sólo lo tenían quienes vivían en colonias céntricas, y las
llamadas a éstos desde la calle se hacían en cabinitas casi siempre
descompuestas. La mayoría de los estudiantes, si bien no provenía del estado de
México, vivía en colonias marginadas como la Bondojo, Morelos, Martín Carrera,
Prohogar, Vallejo o Aragón, San Simón. La comunicación era difícil. Así que
sólo encontró a Faustino, a Lemus, que no aseguró su asistencia, a Rubén Carlos
y el Tepocato. Regresó rápido para estar en la plática.
El punto central del debate era
aceptar la liquidación, con indemnización incluida, o empeñarse en la
reinstalación y el pago de salarios caídos. Casi todos argumentaban que lograr
la liquidación era ya un triunfo, cuando antes ni siquiera esto les ofrecían;
más todavía si habría indemnización. Un pequeño grupo se empeñaba en recordar
que el propósito de la huelga fue el reconocimiento del sindicato, que si les
reconocieron la huelga y ofrecieron liquidarlos e indemnizarlos es porque la
patronal sabía que podía perder, lo importante era crear su instrumento de
lucha; había que presionar un poco más, sobre todo si lograban que más choferes
vinieran con sus vehículos.
—Allí está el problema —intervino el
Cóndor, un chofer con nariz de gancho—. Varios nos han dicho que se suman, pero
nadie viene. A todos los que van a Huamantla les han puesto ayudante, para
vigilarlos y reportar a la patronal. Ya nadie le quiere entrar.
—Miren —intervino el abogado Campos
Linas—: yo les recomiendo esperar a la plática que tendremos el próximo martes.
Allí veremos qué tan engallados están los patrones. Ellos apuestan a que
lograrán convencer a otros choferes para que nos traicionen, y nosotros sabemos
que podemos atraer algunos más para que se sumen a la huelga. Pero no olviden que
la escuela se cierra al finalizar la primera quincena de diciembre; ya no habrá
estudiantes. Yo sé que los compañeros aquí presentes resistirán hasta el final,
pero necesitamos que la escuela esté funcionando. El martes, después de la
plática en la Junta de Conciliación, y si la oferta sigue igual, la someteremos a votación.
—Ya sé dónde fuiste, cabrón —le dijo
Troskelio, cuando lo encontró pergeñando lo que sería el periódico mural—, te
fuiste a una fiesta. ¡Y no invitas, cabrón!
—Fui a algo mejor que eso, tú sabes
que a mí no me gustan las fiestas.
—¿Una chava? ¿A poco? ¿La conozco,
quién es?
—No la conoces, mejor dicho, no fui
con una chava, fui a otro asunto —quiso
rectificar, cuando la alegría y el entusiasmo lo habían delatado—. Oye,
exhortar va con hache o sin hache.
—¡Cómo se hache! —intervino Camilo,
dándole una palmada.
—Ah, lo olvidaba. Escuchen esto —dijo
para desviar un poco la conversación—: “Los héroes son como pedacitos de madera
que el oleaje de los pueblos saca de los abismos, encumbra hasta las nubes y
torna a hundir con rapideces que dan vértigo”.
—¿Quién lo dice? —preguntó desafiante
Troskelio—. Los únicos héroes son las masas.
—Suena bonito —dijo Camilo—, ¿quién
lo escribió?
—Germán Arciniegas —respondió él—, en
este libro —y mostró su Biografía del
Caribe, que a cada página que leía le
gustaba más.
—Ya, ya, ya. Te vas a volver un
pinche intelectual pequeño burgués por tanto leer —arremetió Troskelio.
—“Napoleón ha enseñado que la guerra
se hace, en primer término, con literatura” —le respondió—. Serías menos
dogmático si leyeras.
—¡Pues claro que leo, sólo que no
mamadas pequeño burguesas! Creo que ese güey hasta presidente de Colombia fue.
—¿Y por eso no se le debe leer?
—¡El SITUAM mandó un chingo de tortas
bien chingonas! —irrumpió el Pinocho—, vengan a comer.
Un paso indispensable para la
revolución, se pensaba en los años sesenta y setenta, era liberar a los
sindicatos del control oficial, que tenía en el charrismo —así se decía a los dirigentes
sindicales al servicio del estado o la empresa— su mejor expresión. Se creía
que los partidos de izquierda casi no existían, o no se fortalecían, por el
control que el gobierno ejercía sobre los sindicatos. Las masas obreras fueron
cooptadas desde el cardenismo y su control se hacía más férreo conforme los
gobiernos posrevolucionarios se apartaban de los principios surgidos de la
Revolución de 1910. Así que la lucha por la independencia sindical o por formar
sindicatos independientes era una de las tareas principales de la izquierda, si
se deseaba transformar el país. Y en esta tarea se involucraban con mucho
candor y buena fe los estudiantes. Quienquiera que luchara sólo por un aumento
salarial, mayores prestaciones y mejores condiciones de trabajo, simplemente
era acusado de reformista o de desviar la lucha revolucionaria.
En un estado autoritario la
independencia sindical representaba sólo un cambio de personas. Sin
instituciones, mecanismos democráticos y cumplimiento de las leyes, quien
llegara a remplazar a los dirigentes charros utilizaba los mismos sistemas de
control y más rápido que tarde se transformaba en otro dirigente charro. Jesús
Campos Linas (el abogado de este relato) aceptó ser el asesor sindical del
naciente sindicato de telefonistas en 1976, cuando un joven Francisco Hernández
Juárez, hoy un viejo líder fosilizado en la dirección del sindicato, logró
echar al charro Salustio Salgado Guzmán y llegó con la promesa de democratizar
al sindicato de telefonistas. En menos de dos años Campos Linas renunció a su
papel, al constatar el carácter antidemocrático que asumían los supuestos
nuevos dirigentes.
Como primer
punto en la plática de ese martes en la Junta Local de Conciliación y
Arbitraje, un permisionario se levantó y expresó:
—Queremos
comentar un periódico mural que se colocó ayer, en la entrada de la escuela, en
donde se afirma que nosotros enviamos a sacar los camiones del CCH. Esto es
falso: fue el propio chofer que ya no aguantó seguir en la huelga quien se
llevó el camión, y ayer mismo se presentó a trabajar. Quisiera ahora que
escucharan a nuestros representantes legales, quienes les harán una nueva
propuesta. Después tendrán tiempo para analizarla y comentarla y, si están de
acuerdo, hoy mismo, a las 17:00 horas, nos entregan su respuesta.
Las
reacciones a esta propuesta se pueden resumir en dos palabras, dependiendo del
grupo en que se situara cada trabajador: triunfo
o traición. Quienes veían como un logro
que les pagaran los sueldos caídos, con un aumento salarial que agregaron a la
oferta, y que además los indemnizaran, esto era un triunfo y había que
aceptarlo; quienes exigían pago de salarios caídos, reconocimiento a su
sindicato y la reinstalación plena, lo consideraban una traición. La mayoría
optó por aceptar la propuesta. “Vallejito” y diez o doce trabajadores más
debieron acatar la decisión con amargura, pues consideraban que la lucha tan
solo se vendía a un mejor precio. Desde luego, los estudiantes estaban con
ellos, pues los consideraban los más politizados, los que tenían mayor visión y
claridad de su lucha.
Campos Linas
los citó al siguiente día en el CCH, y pidió a los estudiantes no faltar: los
choferes y él querían agradecer a todos su apoyo.
Estuvieron
puntuales a las once de la mañana y sin grandes rodeos el abogado, además de
agradecer en representación de los trabajadores toda la ayuda para ganar la
huelga, con sinceridad y emoción expresó que ese había sido un buen ejemplo de
la unión del pueblo trabajador en lucha con los estudiantes conscientes y
revolucionarios.
—Bueno —continuó—,
ellos me dicen que, además de agradecerles, quieren saber lo que ustedes
necesitan para continuar su lucha y con gusto se lo proporcionarán. Es una
forma de corresponderles para que sigan apoyando otras causas. Así que piensen,
¿qué necesitan como grupo? ¿Con qué podrían apoyarlos para que sigan brindando
su generosa ayuda?
—¿Podría ser
un mimeógrafo? —dijo Rueda, el del Poli, sin inhibición.
—¡Claro que
puede ser! —respondió seguro Campos Linas—. Los compañeros del Politécnico
tendrán su mimeógrafo. Sólo pregunten cuánto cuesta y aquí los compañeros
choferes les darán la cantidad. ¿Y ustedes? ¿Qué necesitan, que requiere el
CCH?
Troskelio lo
miró para consultar con la mirada quién hablaría. Él hizo el ademán de cederle
la palabra, pero Troskelio no quiso y explícitamente dijo: “Que nuestro
intelectual diga qué necesitamos”.
—Nosotros
apoyamos esta lucha sin pensar en ningún beneficio más que el de cumplir con nuestro
deber. Al contrario, queremos agradecer a ustedes que nos han dado la
oportunidad de vivir una huelga aquí en nuestro plantel, y experimentar lo que
el movimiento estudiantil puede hacer si se une a la clase obrera. Así pues,
nada queremos. Sólo hemos cumplido nuestro deber.
Un aplauso
acalló sus últimas palabras y los choferes fueron a estrechar sus manos. Muchos
experimentaban por primera vez vivir una historia con un desenlace que parecía
ser un triunfo, y sentir el agradecimiento y la simpatía de personas que
podrían ser sus padres, sus tíos o amigos. El pueblo.
—¿Y a ti qué
te pareció? —le preguntó Troskelio, cuando se dirigían a los salones para
informar a la base del fin de la huelga.
—Creo que
sólo me siento un poco triste porque ya no conviviremos aquí. Pero veo a casi
todos contentos, incluso los que se creen perdedores. Nunca había vivido esto,
y ahora me doy cuenta que eso era lo que me anunciaba mi libro. Por eso hizo la
cita conmigo.
CUARENTA AÑOS DESPUÉS
Como este relato está basado en hechos reales y tan sólo
algunos diálogos fueron inventados para precisar mejor la situación donde se
produjeron, conviene hacer un recuento de qué ha sido y dónde están algunos de
sus principales protagonistas.
Francisco de la Cruz: Murió el 4 de enero de 2016, a unos
días de cumplir 90 años. El Campamento Dos de Octubre se volvió refugio y
semillero de luchadores sociales, pues
siempre hallaban allí sustento para continuar la batalla. Un hijo de
Francisco de la Cruz, del mismo nombre, es actualmente diputado por Morena.
Jesús Campos Linas: Abogado del sindicalismo
independiente, Campos Linas siguió asesorando a varios sindicatos, entre ellos
al Sindicato de Telefonistas de la República Mexicana a partir de abril de
1976, cargo al que renunció dos años después. Durante su gestión como Jefe de
Gobierno del D. F., López Obrador lo nombró presidente de la Junta Local de Conciliación y
Arbitraje. Fue fundador de la Asociación Nacional de Abogados Democráticos y
falleció el 16 de septiembre de 2015.
Belem Claro Álvarez: No quiso continuar estudiando pese
a ser una mujer talentosa, con gran facilidad para comunicarse oralmente y con
una natural capacidad de persuasión. Era radical, intransigente. Buscó
vincularse a la guerrilla, sin éxito, precisamente durante los años que los
gobiernos de Echeverría y López Portillo buscaron exterminarla. Murió hace
apenas tres meses.
Rogelio Sánchez
Arrastio
(Troskelio): Estudió economía y fue profesor de esa disciplina en la FES
Acatlán, de donde ya se jubiló. Ahora vive pacíficamente atendiendo un restaurante
que abrió, y apoya a su compañera, que es escritora. Sigue siendo un
estalinista inveterado aunque viva como un pequeño pequeño burgués.
José Luis Flores
Sánchez (Pinocho):
Hasta hace dos años trabajaba en el Centro de la Imagen, del Conaculta. Vivió
situaciones familiares muy dolorosas pero, no obstante, halló en la fotografía
su gran pasión. Realiza exposiciones y publica regularmente en revistas
especializadas.
Camilo Torres Mejía: Es actualmente diputado por el
Partido del Trabajo en Baja California. Es de verdad un representante popular,
la gente modesta y pobre lo adora, lo sigue fielmente; sin duda es uno de los
mejores cuadros de ese partido que, obviamente, no lo merece. Pero, ¿en cuál
otro podría actuar? El poder es el mismo bajo cualesquiera siglas.
Isabel: Con algunos datos que ella nunca
quiso aportar, se supo que su padre fue seguidor de Rubén Jaramillo, en
Morelos. Cuando ese líder campesino fue asesinado, en 1962, su familia emigró
al Distrito Federal; Isabel contaba entonces tres años. ¿Existió realmente? ¿Cómo
y dónde terminó una chica tan hermosa, original y valiente? Ella merece su
propia historia.
Activistas de Economía,
del Poli: Nunca más
se supo nada de ninguno de ellos en el CCH, a pesar de que varios profesores
del Colegio son egresados de esa escuela.
TENSANDO EL ARCO
PARA PERIODISTAS:
En sus lecciones para
la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano el gran reportero polaco Ryszard
Kapuscinski (Los cinco sentidos del periodista)
escribe lo siguiente: “Nadie que quiera ser un buen reportero lo logrará si
antes no lee Kaputt y La piel, de Curzio Malaparte”. Lo que
parece ser una opinión de sobrada admiración hacia este escritor italiano, hoy
leído sólo por especialistas, es una recomendación que es una lección que es
una enseñanza que es el mejor regalo y que es la clave para renovar nuestro
oficio si queremos adecuarlo a los nuevos tiempos. Ambos títulos son ejemplos
insuperables de la llamada novela-reportaje con las que Malaparte narra el
drama que significó para Europa la Segunda Guerra Mundial. Perspicacia,
agudeza, sensibilidad, ironía y mucho olfato para elegir los hechos que mejor
reflejan el horror de un conflicto donde emergen los extremos morales de la
condición humana, ambas novelas son también ejemplo de belleza, originalidad y
precisión periodísticas capaces de conmover y sacudir conciencias aletargadas y
domesticadas, acostumbradas sólo a repetir mansamente lo aprendido, sin
percibir lo nuevo y diferente que hay en cada suceso; la legión de idiotas de
la que nos alertó otro italiano, el profesor Umberto Eco. Una prosa
deslumbrante, un estilo que es expresión de una personalidad y una astuta
construcción narrativa (“Pues sabemos que el placer de los lectores depende del
arte con que se dispone el relato y se cuentan los hechos” Macabeos II, 15),
hacen de estas dos novelas un verdadero curso de actualización para quienes nos
dedicamos al periodismo, y es de agradecer a Kapuscinski que nos lo haya
recordado en ese magnífico taller que impartió para la Fundación Nuevo
Periodismo Iberoamericano.
ADIÓS, HILDA
Me entero que el fin de
semana falleció Hilda O’Farrill de Compeán y lamento de verdad su muerte. No
fue mi amiga, si acaso existió algo entre ambos fue una sutil simpatía, pero la
relación que mantuvimos como empleado-patrona fue una de las mejores: trabajé
quince años directamente con ella y casi veinte en la empresa de su familia, y
allí me permitieron crecer y desarrollarme hasta donde pude y quise.
Millonaria, verdadera rica que era, le gustaban los lujos, nunca la frivolidad.
Se daba tiempo para estudiar antropología, en la Ibero. Sin saber esto, un día
pedí entrevistar a Jacques Soustelle, me había deslumbrado su libro La vida cotidiana de los aztecas antes de la
conquista. Fue un gusto para ella ver en las páginas de su revista
consentida, Vogue-México, a tan importante estudioso de las culturas
prehispánicas. A mí me gustan mucho el Deutsch
Vogue y el British Vogue por los
temas de alta cultura que siempre lucen sus páginas. Por eso, cuando Franςoise
Bouffault me dijo que ella podía entrevistar a quien yo quisiera en París, le
pedí que buscara al gran antropólogo francés Claude Lévi-Strauss (él y
Ferdinand de Saussure son los fundadores del estructuralismo). Lo hizo y logró
la entrevista. ¡Qué hazaña la de Franςoise!
Fue un acierto, y tal vez un desconcierto para el grueso de lectoras y
lectores mexicanos, que se preguntarían quién era ese viejito cuyo nombre sólo
les recordaba una marca de jeans. Pero a Hilda le volvió a agradar mucho. Me
preguntó por qué se me había ocurrido la entrevista, y yo sólo me encogí de
hombros y le dije: Pues es Lévi-Strauss. Soltero, joven, loco como era, me daba
cuenta que frecuentemente le llegaban chismes de mi comportamiento (a veces pasaban
meses enteros sin que nos viéramos) y ella los enviaba al bote de la basura.
Nuestra relación, como debe ser en la empresa privada, se normaba siempre por
la eficiencia y los resultados. Tuve aciertos y también muchas fallas, pero
prevalecieron más aquellos. Por eso fue un gusto colaborar con ella durante
tantos años. Por eso siento mucho su muerte.