Macuarro es un término despectivo que lo mismo sirve para
señalar a una persona dedicada a la albañilería que a alguien ignorante, torpe,
sucio y peor aún si posee rasgos indígenas. Es una palabra que debería figurar
en un inexistente diccionario de la estupidez humana, pero como nadie lo hará,
es mejor reivindicarla dándole una connotación distinta. Es el propósito de
este texto.
Macuarrito
NOÉ
AGUDO
Cuando concluyó sus estudios de
secundaria se decidió que si deseaba continuar estudiando debía trabajar. Sus
padres lo habían olvidado, ocupados como estaban en luchar contra la miseria en
una lejana población de provincia. Así que se cumplió la disposición de los
señores con los que vivía, a quienes sólo por aparentar un vago vínculo
familiar llamaba “tíos”.
Trabajar en una fábrica lo
liberó de las obligaciones que como mocito debía desempeñar en aquella casa adonde
lo habían traído antes de cumplir los diez años de edad: ir por el carbón y el
petróleo para los anafres y la estufa, llevar el maíz cocido al molino, recoger
la masa muy temprano al día siguiente, comprar la alfalfa para los cerdos,
limpiarles su corral y darles de comer mañana y tarde, barrer la calle y luego
los pasillos interiores de la casa. Muchas veces hacía todo esto sin desayunar
o comer porque lo “olvidaban”, así que debía pellizcar algún medio kilo al
carbón. Bastaba ir a una carbonería donde despacharan trozos más grandes para
que la falta del medio kilo o un kilo no se notara, y entonces tenía para
desayunar o comer.
Pudo ingresar a trabajar
en la Pepsi Cola, en la planta de la colonia Clavería, con un acta de
nacimiento adulterada (era menor de edad). Ingresó como obrero eventual. Así se llama al trabajador que debe llegar más
temprano que los demás para suplir la ausencia de alguno que enfermó, de otro
que se retrasó o de alguien que faltó por cualquier otra razón. Esta situación
le hizo conocer y hacer amigos en casi todas las áreas de la fábrica, que le
serviría más adelante para la lucha sindical, pero también asumir trabajos
duros y difíciles. Como subir los bultos de azúcar a los grandes depósitos
donde se mezclaba con el agua y el jarabe, o hacer las tarimas con cajas llenas
de refresco embotellado.
Colocar cincuenta cajas de
refresco sobre una plataforma de madera, que después un montacargas levantaba e
iba a depositarla en los camiones y tráilers alineados para llevarlas a su
destino, para él resultaba aterrador. Hacer la primera y segunda cama era
fácil. A partir de la tercera, y para alguien bajito y esmirriado como él, la
cosa se complicaba: pesadas, las rejas eran de madera y estaban reforzadas con lámina,
las botellas eran de vidrio y la altura donde había que subirlas la hacían una
tarea durísima. Y los guantes de carnaza sólo estorbaban. Para atender una
cadena ponían a dos obreros. Si ambos eran inexpertos o débiles, elegían hacer
una tarima cada uno. Pero si el otro era un grandulón ya experimentado, decía:
“Una hora y una hora”. Es decir, cada uno debía formar varias tarimas durante
una hora y sólo entonces descansaba. Para él esto significaba la muerte.
Terminaba molido, adolorido, casi con fiebre. Pero agradecía tener trabajo a
diario y, siendo obrero eventual, sabía que lo probaban para determinar dónde
funcionaría mejor.
Su
buena estrella se apiadó de él. Un día le dijeron que debía remplazar al que
arreglaba las llantas en el taller mecánico, se llamaba Beto y había enfermado,
y gracias a este hecho cayó en el mejor lugar. Su trabajo consistía en reparar
las llantas ponchadas y ayudar a los mecánicos. Si había una llamada de auxilio,
entonces salía veloz en una camioneta con la pieza de repuesto, el gato
hidráulico, una palanca y las llaves para quitar tuercas y birlos. Los mecánicos
eran creativos, bromistas, rebeldes y no se consideraban cualquier trabajador.
“A mí me pagan por lo que sé, no por lo que haga” solían decir. Serían sus más
aguerridos compañeros de lucha. Había uno especialmente, el Morita, capaz de
sustituir cualquier pieza inexistente con un poco de imaginación y creatividad;
ningún camión, tractor o montacargas se quedaba parado. Con alambres, pedazos
de metal o a veces con una simple tapa de las botellas del refresco Morita
echaba a andar cualquier vehículo.
Fueron
sus mejores días. Morita, Zubias, Enrique, Cleto y el Chacharitas (Simón) lo
adoptaron como su mascota. Los sábados lo llevaban a beber cerveza en una vieja
camioneta que parecía de gángsters, pero nunca fallaba; le enseñaban su oficio,
unos el sistema eléctrico; otros a desmontar un motor, cambiarle las piezas y
calibrarlo; le consiguieron un overol azul que él usaba con una gorra vasca.
Todos lo apreciaban y gracias a ellos conoció esa fondita.
Estaba
unas cuadras adelante. Siempre limpia, con sus sillas azules y sus mesas
cubiertas de formaica blanca; su centro de atracción era la rockola que nunca
dejaba de tocar. Eran los primeros años de la década de los setenta. Los
Pulpos, Rigo Tovar, La Tropa Loca, Los Solitarios, Los Fresno y otros grupos de aquellos años se
escuchaban allí. Había una mesera llenita, sin ser gorda, que siempre ponía
“Ayer me dijeron” con Los Solitarios. Llegó a gustarle esa canción. Llegaban,
se lavaban las manos (previamente se habían quitado la grasa, usando estopa y gasolina)
y ordenaban la comida corrida, que incluía una sopa, arroz, guisado y
postre.
Un
día su plato de arroz llegó con un hermoso huevo estrellado. Parecía un sol
suspendido sobre su plato: la clara perfectamente extendida sin romperse ni mostrar
quemaduras en los bordes; la yema redonda, amarilla, enterita. Le dijo a la
mesera que él no lo había pedido; ella le hizo el ademán de que se callara y
sólo le dijo “cómetelo”, y le acercó un platito con salsa verde. Fue el arroz
más delicioso que había comido en su vida. Cleto se dio cuenta de la situación
y sólo sonrió mientras le decía: ¡Pinche
negrito! A partir de entonces se hizo una rutina. Siempre que iban la mesera
se apresuraba a atenderlos, ponía a Los Solitarios y le llevaba su arroz con un
huevo estrellado.
Para
él resultaba normal. Sabía que la mesera lo veía flaco y chiquito y se apiadaba
de él. Jamás pensó que le gustara; además, era varios años mayor, y si alguna
mujer le interesaba por ese entonces era Clemencia, a quien había conocido mientras
intentó aprender a tocar guitarra en el Injuve. De abundante pelo rizado, ojos
verdes, casi roja su piel, Clemencia llamaba la atención. Trabajaba en
Telesistema Mexicano y muchas veces le pedían permiso para hacerle un retrato o
dibujarla. Así que para él era una enorme satisfacción encontrarla en su coche,
a las puertas de la fábrica, mientras lo esperaba para llevarlo a tomar un
café.
Trabajaba de lunes a
sábado. Siempre viajando de mosca porque los autobuses iban repletos. Un día le
robaron la cartera, pero su buena estrella lo volvió a iluminar. El Macuarro,
como le decían al albañil de la fábrica, se había hecho su amigo. Era un tipo
graciosísimo: caminaba un poco jorobado, gordito, los cabellos gruesos y lacios
colocados sobre su cráneo como las hojas de un libro abierto. Mal hablado, era
el retrato vivo de Chon Prieto, el personaje de Los Agachados de Rius que él leía una semana sí y otra no. Ese día
le dijo: “Tú, te pedí para que vengas el domingo. Vamos a limpiar la cisterna y
a hacer una que otra reparación. ¿Qué dices?” Que sí vendré, respondió. El día
lo pagaban doble y hacer algo diferente era igual que descansar.
El
albañil lo buscaba constantemente, quería instruirlo respecto a “las viejas”. Usaba
un lenguaje procaz, no podía hablar sin emplear majaderías, pero en verdad era
un tipo noble. Después de hacer algunas leves reparaciones de albañilería iban
a comprar tortillas, chicharrón y aguacates, y se ponían a comer en cualquier
lugar de la fábrica. Había enfriadores repletos de refrescos en varias zonas,
así que el domingo la fábrica completa les pertenecía. Se sentían los dueños.
Un día le habló de la mesera, de cómo siempre le ponía un huevo en su arroz, le
servía más comida y ponía en la rockola “Ayer me dijeron”.
“Esa
vieja está enc… de ti, có…” le dijo cual gurú iluminado. Él no le creyó y
prefirió seguir pensando que lo hacía como una obra de caridad. Pero cada vez
que el albañil lo encontraba le preguntaba: “¿Y qué, ya lo hiciste? ¿Ya te la…?
¡Hazlo, no seas buey!” Y comenzaba a aleccionarlo. Hacían un curioso dueto,
siempre se les veía juntos y por eso le empezaron a decir “Macuarrito”.
Por esos días le llegó la
carta de aceptación para estudiar el bachillerato y le correspondió el plantel
Vallejo del CCH. Allí conocería a varios activistas, iniciaría la lucha
sindical y con esto vendría su despido y su muerte. Y aquí es conveniente
detener por ahora esta historia.
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