miércoles, 14 de septiembre de 2016

MACUARRITO

Macuarro es un término despectivo que lo mismo sirve para señalar a una persona dedicada a la albañilería que a alguien ignorante, torpe, sucio y peor aún si posee rasgos indígenas. Es una palabra que debería figurar en un inexistente diccionario de la estupidez humana, pero como nadie lo hará, es mejor reivindicarla dándole una connotación distinta. Es el propósito de este texto.
Macuarrito
NOÉ AGUDO

Cuando concluyó sus estudios de secundaria se decidió que si deseaba continuar estudiando debía trabajar. Sus padres lo habían olvidado, ocupados como estaban en luchar contra la miseria en una lejana población de provincia. Así que se cumplió la disposición de los señores con los que vivía, a quienes sólo por aparentar un vago vínculo familiar llamaba “tíos”.
Trabajar en una fábrica lo liberó de las obligaciones que como mocito debía desempeñar en aquella casa adonde lo habían traído antes de cumplir los diez años de edad: ir por el carbón y el petróleo para los anafres y la estufa, llevar el maíz cocido al molino, recoger la masa muy temprano al día siguiente, comprar la alfalfa para los cerdos, limpiarles su corral y darles de comer mañana y tarde, barrer la calle y luego los pasillos interiores de la casa. Muchas veces hacía todo esto sin desayunar o comer porque lo “olvidaban”, así que debía pellizcar algún medio kilo al carbón. Bastaba ir a una carbonería donde despacharan trozos más grandes para que la falta del medio kilo o un kilo no se notara, y entonces tenía para desayunar o comer.
Pudo ingresar a trabajar en la Pepsi Cola, en la planta de la colonia Clavería, con un acta de nacimiento adulterada (era menor de edad). Ingresó como obrero eventual. Así  se llama al trabajador que debe llegar más temprano que los demás para suplir la ausencia de alguno que enfermó, de otro que se retrasó o de alguien que faltó por cualquier otra razón. Esta situación le hizo conocer y hacer amigos en casi todas las áreas de la fábrica, que le serviría más adelante para la lucha sindical, pero también asumir trabajos duros y difíciles. Como subir los bultos de azúcar a los grandes depósitos donde se mezclaba con el agua y el jarabe, o hacer las tarimas con cajas llenas de refresco embotellado.
Colocar cincuenta cajas de refresco sobre una plataforma de madera, que después un montacargas levantaba e iba a depositarla en los camiones y tráilers alineados para llevarlas a su destino, para él resultaba aterrador. Hacer la primera y segunda cama era fácil. A partir de la tercera, y para alguien bajito y esmirriado como él, la cosa se complicaba: pesadas, las rejas eran de madera y estaban reforzadas con lámina, las botellas eran de vidrio y la altura donde había que subirlas la hacían una tarea durísima. Y los guantes de carnaza sólo estorbaban. Para atender una cadena ponían a dos obreros. Si ambos eran inexpertos o débiles, elegían hacer una tarima cada uno. Pero si el otro era un grandulón ya experimentado, decía: “Una hora y una hora”. Es decir, cada uno debía formar varias tarimas durante una hora y sólo entonces descansaba. Para él esto significaba la muerte. Terminaba molido, adolorido, casi con fiebre. Pero agradecía tener trabajo a diario y, siendo obrero eventual, sabía que lo probaban para determinar dónde funcionaría mejor.
            Su buena estrella se apiadó de él. Un día le dijeron que debía remplazar al que arreglaba las llantas en el taller mecánico, se llamaba Beto y había enfermado, y gracias a este hecho cayó en el mejor lugar. Su trabajo consistía en reparar las llantas ponchadas y ayudar a los mecánicos. Si había una llamada de auxilio, entonces salía veloz en una camioneta con la pieza de repuesto, el gato hidráulico, una palanca y las llaves para quitar tuercas y birlos. Los mecánicos eran creativos, bromistas, rebeldes y no se consideraban cualquier trabajador. “A mí me pagan por lo que sé, no por lo que haga” solían decir. Serían sus más aguerridos compañeros de lucha. Había uno especialmente, el Morita, capaz de sustituir cualquier pieza inexistente con un poco de imaginación y creatividad; ningún camión, tractor o montacargas se quedaba parado. Con alambres, pedazos de metal o a veces con una simple tapa de las botellas del refresco Morita echaba a andar cualquier vehículo.
            Fueron sus mejores días. Morita, Zubias, Enrique, Cleto y el Chacharitas (Simón) lo adoptaron como su mascota. Los sábados lo llevaban a beber cerveza en una vieja camioneta que parecía de gángsters, pero nunca fallaba; le enseñaban su oficio, unos el sistema eléctrico; otros a desmontar un motor, cambiarle las piezas y calibrarlo; le consiguieron un overol azul que él usaba con una gorra vasca. Todos lo apreciaban y gracias a ellos conoció esa fondita.
            Estaba unas cuadras adelante. Siempre limpia, con sus sillas azules y sus mesas cubiertas de formaica blanca; su centro de atracción era la rockola que nunca dejaba de tocar. Eran los primeros años de la década de los setenta. Los Pulpos, Rigo Tovar, La Tropa Loca, Los Solitarios,  Los Fresno y otros grupos de aquellos años se escuchaban allí. Había una mesera llenita, sin ser gorda, que siempre ponía “Ayer me dijeron” con Los Solitarios. Llegó a gustarle esa canción. Llegaban, se lavaban las manos (previamente se habían quitado la grasa, usando estopa y gasolina) y ordenaban la comida corrida, que incluía una sopa, arroz, guisado y postre. 
            Un día su plato de arroz llegó con un hermoso huevo estrellado. Parecía un sol suspendido sobre su plato: la clara perfectamente extendida sin romperse ni mostrar quemaduras en los bordes; la yema redonda, amarilla, enterita. Le dijo a la mesera que él no lo había pedido; ella le hizo el ademán de que se callara y sólo le dijo “cómetelo”, y le acercó un platito con salsa verde. Fue el arroz más delicioso que había comido en su vida. Cleto se dio cuenta de la situación y sólo sonrió mientras le decía: ¡Pinche negrito! A partir de entonces se hizo una rutina. Siempre que iban la mesera se apresuraba a atenderlos, ponía a Los Solitarios y le llevaba su arroz con un huevo estrellado.
            Para él resultaba normal. Sabía que la mesera lo veía flaco y chiquito y se apiadaba de él. Jamás pensó que le gustara; además, era varios años mayor, y si alguna mujer le interesaba por ese entonces era Clemencia, a quien había conocido mientras intentó aprender a tocar guitarra en el Injuve. De abundante pelo rizado, ojos verdes, casi roja su piel, Clemencia llamaba la atención. Trabajaba en Telesistema Mexicano y muchas veces le pedían permiso para hacerle un retrato o dibujarla. Así que para él era una enorme satisfacción encontrarla en su coche, a las puertas de la fábrica, mientras lo esperaba para llevarlo a tomar un café.
Trabajaba de lunes a sábado. Siempre viajando de mosca porque los autobuses iban repletos. Un día le robaron la cartera, pero su buena estrella lo volvió a iluminar. El Macuarro, como le decían al albañil de la fábrica, se había hecho su amigo. Era un tipo graciosísimo: caminaba un poco jorobado, gordito, los cabellos gruesos y lacios colocados sobre su cráneo como las hojas de un libro abierto. Mal hablado, era el retrato vivo de Chon Prieto, el personaje de Los Agachados de Rius que él leía una semana sí y otra no. Ese día le dijo: “Tú, te pedí para que vengas el domingo. Vamos a limpiar la cisterna y a hacer una que otra reparación. ¿Qué dices?” Que sí vendré, respondió. El día lo pagaban doble y hacer algo diferente era igual que descansar.
            El albañil lo buscaba constantemente, quería instruirlo respecto a “las viejas”. Usaba un lenguaje procaz, no podía hablar sin emplear majaderías, pero en verdad era un tipo noble. Después de hacer algunas leves reparaciones de albañilería iban a comprar tortillas, chicharrón y aguacates, y se ponían a comer en cualquier lugar de la fábrica. Había enfriadores repletos de refrescos en varias zonas, así que el domingo la fábrica completa les pertenecía. Se sentían los dueños. Un día le habló de la mesera, de cómo siempre le ponía un huevo en su arroz, le servía más comida y ponía en la rockola “Ayer me dijeron”.
            “Esa vieja está enc… de ti, có…” le dijo cual gurú iluminado. Él no le creyó y prefirió seguir pensando que lo hacía como una obra de caridad. Pero cada vez que el albañil lo encontraba le preguntaba: “¿Y qué, ya lo hiciste? ¿Ya te la…? ¡Hazlo, no seas buey!” Y comenzaba a aleccionarlo. Hacían un curioso dueto, siempre se les veía juntos y por eso le empezaron a decir “Macuarrito”.

Por esos días le llegó la carta de aceptación para estudiar el bachillerato y le correspondió el plantel Vallejo del CCH. Allí conocería a varios activistas, iniciaría la lucha sindical y con esto vendría su despido y su muerte. Y aquí es conveniente detener por ahora esta historia.

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