sábado, 11 de junio de 2016

ELENA PONIATOWSKA, CUARENTA AÑOS DESPUÉS

Cuarenta años después
NOÉ AGUDO

Hace cuarenta años que Elena Poniatowska no volvía al plantel Vallejo. Cuando la llevamos por primera vez, allá por 1976, fue cuando murió el gran escritor José Revueltas. Elena era ya toda una celebridad: La noche de Tlatelolco y Hasta no verte Jesús mío eran sus libros más conocidos, y para los estudiantes que no habíamos participado directamente en el movimiento del 68, porque éramos más jóvenes, la lectura de esos libros era casi una obligación. Recuerdo que un grupo nos propusimos rendirle un homenaje a Revueltas (teníamos una revista llamada El Nieto del Ahuizote) y acudimos al Departamento de Difusión Cultural del CCH; al frente de éste estaba una mujer que a mí me pareció hermosa, y más por el trato que nos dio: nos escuchó atenta, le sorprendió que un grupo de jovenzuelos quisiera hacerle un homenaje a este escritor heterodoxo, expulsado del Partido Comunista donde militó y de casi todos los grupos que fundó. Nos preguntó por qué a Revueltas y qué se nos ocurría. Le respondimos que era un escritor al que admirábamos porque nunca se había plegado ciegamente a los dogmas, sino que siempre tuvo una visión crítica de  las creencias de la izquierda, y lo que se nos ocurría era al menos una serie de pláticas en torno a su obra porque debía ser conocida por más estudiantes. Está bien, dijo, la organizaremos entre ustedes y Difusión Cultural. Era Elva Macías, una poeta que después me dedicó su libro de poemas más reciente, cuando yo ya era periodista y ella la directora del Museo del Chopo.
            Y así fue como se elaboró un hermoso cartel de color azul profundo con el retrato de Revueltas y sus conocidas barbas de chivo que contrastaban con el fondo blanco donde destacaba la siguiente leyenda: “EL NIETO DEL AHUIZOTE Y EL DEPARTAMENTO DE DIFUSIÓN CULTURAL DEL CCH ORGANIZAN: HOMENAJE A JOSÉ REVUELTAS” y debajo venían los nombres, hora y día en los que los participantes se presentarían: Óscar Oliva, Eugenia Revueltas, Carlos Monsiváis, Jaime Labastida, Eraclio Zepeda y Elena Poniatowska; además de su conferencia, la escritora develaría una placa para bautizar una sala que llamábamos de “usos múltiples” (las actuales José Revueltas y Emiliano Zapata que entonces eran una sola). En una mudanza perdí este cartel que, al igual que el que elaboramos para Elena en esta semana, varias personas lo despegaron con mucho cuidado para conservarlo como un preciado regalo.
            El día en que Elena se presentaba nosotros nos citamos muy temprano para ir a vender El Nieto del Ahuizote en el Colegio de Bachilleres, que está sobre Cien Metros. Nos fue bien, vendimos casi todos los ejemplares que llevamos, así que al terminar compramos pan, jamón, chiles en vinagre, naranjada y vodka, y sobre el camellón de Fortuna (aún no estaba ese horrible puente vehicular que nos separó de la colonia) nos sentamos a almorzar. Ya degustábamos nuestro vodka y habíamos comido cuando un compañero, recuerdo que era “el Merlín”, llegó agitado hasta allí para decirme: “¡Noé, ya llegó, ya llegaron esas personas!”. Ve y échate un rollo mientras termino, le dije. Y allá fue el Merlín, a “echarse un rollo”. Elva Macías, esposa del gran escritor chiapaneco Eraclio Zepeda, quien falleció el año pasado, fue totalmente profesional. No sé cómo le hacía, pero siempre llegaba puntual con los invitados. La sala estaba repleta, no con los tumultos que causó la presencia de Elena hoy día, pero estaba llena sobre todo de estudiantes. Jorge González Teyssier, entonces secretario académico del plantel, me había dicho que en ese acto debía estar el director, el físico Rafael Velázquez Campos. Con mucha arrogancia y mala educación (de las cuales hoy me avergüenzo y pido una disculpa) le dije que no, que ese acto era de los estudiantes. Tolerante, Jorge se retiró y nos dejó hacer sin crearnos ningún problema. Ese año era el último que yo estaba en el plantel y cuando volví en 2006, treinta años después, vi que la placa seguía allí. Lo único que hicieron fue colocarla en un lugar más visible, a la entrada. La frase: “LA VERDAD ES REVOLUCIONARIA, PROVENGA DE DONDE PROVENGA”, yo mismo la elegí de alguna entrevista que Revueltas concedió, porque esas palabras lo exhiben entero: el revolucionario de mente abierta, dispuesto a aceptar la verdad, por contraria que fuera a su ideología, y que no la confundía con los dogmas que hoy persisten y a los que muchos se aferran considerando que ésas son la verdad.
            ¿De qué habló Elena ese día? Si hoy nos recordó que con el que sería su esposo, Guillermo Haro, Revueltas y él terminaban en las cantinas, ese día también nos platicó de las canciones que le gustaban: “Me trajeron a vender un santo/Y era el santo más chingón de la galera”, de cómo era su vida en Lecumberri (Revueltas pasó gran parte de su vida preso), de la escritura de El apando, que después se hizo película, de cómo escapó a la agresión de los presos comunes que fueron azuzados contra los presos políticos, de las tribulaciones para escribir “Hegel y yo”, un cuento del cual no recuerdo en qué libro quedó recopilado, de lo que conversaban cuando lo visitaba en Lecumberri y de tantos otros temas que ya no  recuerdo bien, porque no ponía la suficiente atención, preocupado como estaba por que no percibieran el olor a vodka que seguramente traía.
            ¡Cuarenta años es una barbaridad de tiempo! Sentado a su lado este viernes 15 de enero de 2016, y ante el tumulto que provocó su presencia, comprobé que Elena es un río que ha ido sumando afluentes de afectos y lectores; jovencitas de quince o dieciséis años, con la voz entrecortada y lágrimas desbordadas; profesoras sollozando y también muchos machos a quienes vi cómo se les humedecían los ojos; el plantel casi paralizado por su presencia, la Biblioteca insuficiente para recibir a todos, por más que Dámaso y su equipo trataron de abrir el mayor espacio posible y los técnicos colocaron bocinas en el exterior, y tantas manos que se quedaron sin poder estrechar las suyas, tantos libros que se quedaron sin la dedicatoria o al menos su firma, tantas palabras que se quedaron sin expresar, pero también tantos corazones rebosantes de felicidad por llevarse un libro con su dedicatoria, tantos ojos satisfechos por haberla visto, por tomarse una valiosísima fotografía con ella, por saber que no sólo es una leyenda sino una presencia viva, entrañable, amada, que entró por la puerta principal de la Biblioteca del plantel Vallejo mientras sonaban los acordes de la Oda a la Alegría de Beethoven y tuvo que retirarse por una puerta trasera pues el agotamiento, las gotas que reclamaban sus ojos y las emociones que también la conmovieron profundamente, la ponían al borde de un colapso que por suerte no sucedió… Todo esto, digo, procuraremos registrar en una Gaceta digital que el mismo grupo de profesores que hizo posible su visita está realizando y que presentaremos próximamente.
            Por ahora sólo me resta agradecer a mis compañeros de NUEVA SENDA ─Asociación de Profesores del CCH que hemos creado para recuperar los principios primordiales del Colegio y acotar a la burocracia inepta que sólo lo ve como botín o propiedad particular suya─ que contribuyeron para hacer posible la visita de Elena; a los alumnos que ayudaron en las diversas tareas, desde cuidar el orden, realizar las fotografías y videos hasta ir por las flores; a la diseñadora Lizbeth Morales López, quien hizo un cartel tan bonito que la misma Elena pidió llevarse uno; a los profesores que colaboraron en las distintas actividades: maratón de lectura, mesa redonda, participar con sus alumnos en la exhibición de los documentales sobre la vida y obra de la escritora; al profesor Héctor Manuel por traer y llevar a las dos importantes invitadas que tuvimos ─Guadalupe Loaeza y la propia Elena─ y a quienes aportaron económicamente para los muchos gastos que la organización de una semana de actividades así supone, también al director del plantel y su equipo, que no escatimaron su apoyo, y a todos los que asistieron a las diversas actividades. A quienes no pudieron acudir, les adjunto la carta-invitación donde se explican los propósitos generales de esta asociación para que los conozcan y se sumen a ella si así lo consideran.
            Si contamos con su paciencia y apoyo, la próxima semana nos leeremos ya en la gaceta digital. ¡Hasta entonces!
             







ADIÓS AL PODER

La revista británica Prospect lo incluyó en la lista de los pensadores más importantes del mundo. Sus análisis de temas internacionales en El País, y a veces en el Reforma de México, siempre iluminadores. Después de leer El fin del poder se comprende por qué a este doctor venezolano lo leen y consultan también los hombres más poderosos e inteligentes del planeta.

Adiós al poder
NOÉ AGUDO

Este libro es para quienes desafían al poder pero también para quienes lo ejercen. En un arranque de entusiasmo, dije que era El príncipe actualizado para el nuevo milenio. No es para tanto, aunque resulta una delicia para sociólogos, politólogos y simples observadores que, como yo, estamos seguros que Maquiavelo lo leería con fruición.
            Y no lo es, no tanto porque la obra clásica del florentino sea superior, sino porque este libro se concreta a diseccionar el poder en nuestros días: qué es, cómo se adquiere, cómo se ejerce y cómo se pierde. El príncipe, en cambio, realiza el análisis de los distintos modelos de estado; da cuenta del perfil psicológico y las virtudes que debe tener el príncipe en su tarea de gobierno, e incluye recomendaciones de cómo fingir, disimular y aun subordinar todos los valores morales a la razón de Estado. 
            Moisés Naím, autor de El fin del poder (Debate, 2014), centra su atención en el poder como atributo principal de gobiernos, grandes empresas, iglesias, instituciones de beneficencia, ejércitos y sindicatos, entre otros.
            Como todo buen libro, inicia por definir su tema principal: “El poder es la capacidad de dirigir o impedir las acciones actuales o futuras de otros grupos e individuos”. Distingue el poder “blando” −que se obtiene con la cultura, el prestigio, las ideas y el ejemplo− del poder “duro” −que se logra con la coacción, las leyes, las sanciones y todo tipo de fuerza−. Este poder es el que se está degradando y fluye cada vez más hacia quienes poseen conocimientos y son capaces de derribar las barreras que lo protegen.
            La tesis central de Naím es que el poder se vuelve cada vez más débil, más transitorio y limitado. Naciones otrora poderosas, dictadores con poder absoluto, dirigentes partidarios incuestionados, empresarios acostumbrados a imponer su voluntad, jerarcas religiosos vistos casi como dioses, se han vuelto hoy frágiles, limitados, inestables y efímeros, como los campeones de ajedrez que cada vez duran menos en la cima de los primeros lugares.
 El poder está sufriendo una transformación radical y en el siglo XXI será cada vez “más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder”. ¿A qué se debe esta degradación? ¿A quiénes sirve, qué consecuencias puede tener y cuáles son los riesgos? A responder estas y otras cuestiones dedica Moisés Naím los once capítulos de su libro.
Todo poder se afianza gracias a las barreras que lo protegen de rivales y nuevos aspirantes, y estas barreras son muchas, variadas y cambian de acuerdo con el sector; van desde las reglas que norman las elecciones hasta los arsenales de los ejércitos y las fuerzas policíacas, pasan por los grandes capitales, el acceso exclusivo a ciertos recursos naturales, mayores gastos para publicidad, preparación para producir grandes volúmenes de mercancías, mejores tecnologías o contar con las marcas más conocidas, y así hasta llegar al carisma personal de algunos políticos.
Pues bien, dichas barreras, con todo y lo poderosas que puedan parecer, son cada vez más fáciles de derrumbar. El activismo ciudadano, los mercados financieros mundiales, el escrutinio de los medios de comunicación y la proliferación de rivales han propiciado que todas se vuelvan cada vez más porosas y débiles, y basta un descuido o una estrategia mal empleada para rodearlas, socavarlas o hacerlas caer.
¿Cómo fue posible llegar a esta situación? ¿Qué la hizo posible? Con un arsenal de datos, estudios y análisis de distintas formas del poder, Naím propone que el debilitamiento de estas barreras es consecuencia de tres revoluciones silenciosas pero profundas de nuestro tiempo: la revolución del más, la revolución de la movilidad y la revolución de la mentalidad.
La revolución del más incluye los cambios que han propiciado el aumento de todo: más habitantes, más países, más información, más crecimiento en los indicadores de la condición humana: esperanza de vida, nutrición, educación, ingresos, etc.
Al expandirse este aumento se genera la revolución de la movilidad: la gente emigra a las ciudades, viaja a otros países en busca de mejores oportunidades, se va y vuelve a sus lugares de origen, conoce nuevas maneras de trabajo y organización y con ello se vuelve correas de transmisión entre su país de adopción y su país de origen. Cada vez los emigrantes que vuelven a sus lugares de origen, o quienes regresan de la ciudad al campo, trastocan allí la situación en la educación, el trabajo, los medios de comunicación y la política.
Con esto se produce la revolución de la mentalidad, es decir, un profundo cambio de expectativas y criterios, incluso en las sociedades más rígidas. La gente ve de forma diferente el mundo a como lo vieron sus padres, considera de manera distinta a sus vecinos, sus jefes, el clero, los políticos y los gobiernos. La revolución de la mentalidad implica profundos cambios de valores, criterios y normas. La gente sabe que hay otras formas y niveles de vida y que es posible alcanzarlos, sabe que hay maneras más eficaces de organización, que se pueden crear mejores ambientes de convivencia y que es posible vivir con dignidad y que su opinión debe ser no sólo respetada sino considerada.
A la anacrónica idea de que una población explotada, miserable e ignorante es la detonadora de las grandes transformaciones, Moisés Naím reitera –como la historia lo demuestra una y otra vez− que son los sectores medios los verdaderos motores del cambio: “La clave es ésta: cuando las personas son más numerosas y viven vidas más plenas, se vuelven más difíciles de regular, dominar y controlar. ¿Cómo coaccionar con eficacia cuando el uso de la fuerza es más costoso y arriesgado políticamente?; ¿cómo reafirmar la autoridad cuando las vidas de las personas son más completas y se sienten menos dependientes y vulnerables?; ¿cómo influir en la gente y premiar su lealtad en un universo en el que tienen más opciones?”.  
Estimulante intelectualmente resulta el capítulo donde Naím explica cómo el poder se hizo grande. Esta tendencia deriva del análisis sociológico que Max Weber hizo de los Estados Unidos a inicios del siglo XX, al observar el funcionamiento de sus gobiernos e industria. Como se sabe, Weber plantea tres formas de autoridad: la tradicional, la carismática y la burocrática, y propone que la más apropiada y racional para los tiempos modernos era la burocrática, pues se sostenía sobre “la fe en la validez de las reglas aplicables a todos por igual y la competencia basada en unas normas racionales”.
  Con puestos de trabajos específicos, derechos, obligaciones, responsabilidades y límites a su autoridad, así como un claro sistema de supervisión, subordinación y unidad de mando, la organización burocrática era la que mejor permitía acrecentar el poder. Así fue como se propició el desarrollo de las grandes empresas, con subsidiarias en todo el mundo, la aparición de las transnacionales y un enorme ejército burocrático. En el siglo XX se creyó que el poder era menos vulnerable cuanto más grandes fueran  gobiernos y empresas, y cuanto mayor fuera su control y autosuficiencia.
Hoy esos gigantes representan un lastre. Son pesados elefantes que reaccionan con lentitud ante empresas con apenas unas decenas de empleados, pero que valen decenas de miles de millones de dólares, como Facebook o Google. De igual forma, indignados, ocupas, candidatos independientes, nuevos partidos políticos, pequeñas empresas innovadoras, hackers, activistas sociales, medios de comunicación más ágiles, masas de gente sin líderes aparentes toman plazas, cierran avenidas y logran entusiasmar a millones de seguidores. Son los micropoderes, los nuevos actores que están haciendo temblar el viejo orden.
Y este es el riesgo que Naím advierte en la degradación del poder: los micropoderes son capaces de perturbar, interferir y paralizar a los grandes poderes, pero son incapaces de establecer un nuevo orden. Como bien lo sintetiza, un mundo donde todos “tienen el poder suficiente para impedir las iniciativas de los demás, pero en el que nadie tiene el poder para imponer una línea de actuación, es un mundo donde las decisiones no se toman, se toman demasiado tarde o se diluyen hasta resultar ineficaces”. Y aún peor: abre la puerta a la desestabilización: “extremistas, fanáticos, separatistas y personas o grupos cuyo objetivo no es el bien común sino el suyo propio”.
Por suerte, de su mismo análisis se vislumbra una alternativa. El poder se expresa en cuatro formas: la fuerza, que es el instrumento principal a través del cual se ejerce; el código, que son las normas morales, legales, tradiciones, valores, costumbres culturales y expectativas sociales que dirigen nuestro comportamiento; la recompensa, que son los estímulos y premios a cambio de hacer cosas que en otro caso no se harían, y el mensaje, es decir, la capacidad de persuadir a otros y hacerles ver la necesidad de promover los objetivos e intereses del emisor.
Estas cuatro manifestaciones del poder actúan de manera combinada, pero en ciertos momentos prevalece una y se impone o excluye a las demás: cuando se usa la fuerza se excluye el código, se dificulta el mensaje y la recompensa sólo alcanza para unos cuantos. Esto es lo que deben entender quienes enfrentan a los grandes poderes. Hoy día ninguna batalla se puede ganar sin antes ganar la opinión pública y la justificación del código, es decir, sin lograr la  coherencia ética, legal y cultural.
Dije al principio que este libro es para quienes desafían el poder, pero también para quienes lo ejercen; sobre todo si se trata de personas que se obnubilan con un poco de poder y consideran a todos los demás como débiles e incapaces. A ellos les haría mucho bien leer este libro, y no estaría de más que conocieran las Máximas de Marco Aurelio antes que El príncipe. Lecturas indispensables para estos tiempos cambiantes.

SE BUSCAN

La unidad y la cohesión son dos hermanas desterradas del plantel Vallejo. La torpeza, el afán de dominio y la necedad las han expulsado. Todo se disuelve y se desvanece con su ausencia. Mientras, los buitres acechan.

EL RADICALISMO, ENFERMEDAD TERMINAL DEL ACTIVISMO

El radicalismo, enfermedad terminal del activismo
NOÉ AGUDO

¿Cuándo y cómo se jodió la izquierda? ¿Qué la llevó a ser otra expresión política más, tan corrupta, mendaz y oportunista como la derecha y el centro, si aún es posible hablar de esta geometría política? ¿Por qué dejó de lado las causas sociales, las más nobles y justas, para enrolarse en la disputa del poder por el poder y la búsqueda de cargos y canonjías? ¿Cuándo y cómo dejó de ser la vanguardia que transformaría la sociedad y se volvió un grupo más que chantajea, extorsiona y presiona en busca de prebendas?
            Mi modesta hipótesis es que, al igual que otras fuerzas políticas, la izquierda no estaba preparada ni ha logrado actualizarse aún para vivir y participar en democracia. Me refiero no tanto a su organización sino a sus objetivos, ideología y proyectos programáticos. Así como el poder hegemónico y autoritario le impidió durante mucho tiempo participar libremente para crecer y unificarse, la falta de identidad hoy día la condena a actuar como un conjunto de tribus, impidiéndole ser una opción eficaz y atractiva de gobierno. Terrible paradoja, pues fue la izquierda la que más contribuyó con acciones y vidas para construir esta democracia inacabada en la que hoy se ha extraviado.
            Dejo para otro momento profundizar en esta cuestión y paso ahora a comentar una sus excrecencias. Me refiero a esos movimientos supuestamente radicales que incluso reniegan de ella, sin saber que son sus principales beneficiarios, y de los cuales  tenemos ejemplos bastante representativos en el medio estudiantil.
            Uno de ellos, en el plantel Vallejo y otros de la UNAM, que se caracteriza por su fobia furibunda a los porros, sigue este patrón: va, exhibe y denuncia como porros a quien ellos deciden, los provocan, de ser posible los golpean cuando aquellos están en desventaja, y luego exigen a las autoridades del plantel que tomen acciones, pero “acciones verdaderas en su contra”. Las autoridades hacen lo que pueden y les permiten: realizan rondines, en colaboración con los gobiernos locales participan en programas de vigilancia, como el “Sendero Seguro”, disuaden la presencia cercana de estos grupos y expulsan a quienes participan o desean participar en ellos.
            Jamás he visto mayor pérdida de tiempo y energía por parte de un personal que debería trabajar para ofrecer mejores servicios educativos a profesores y alumnos. ¿Cuánto costará a la UNAM esas horas que el mismo director o directora, secretarios, jefes de departamento y demás comisionados pasan rodeando la dirección, en la Central Camionera, en los puentes peatonales y en los patios de la escuela? ¿Cuánto tiempo desaprovechado o usado para un fin del que las actividades sustantivas del Colegio son ajenas y que, de proponérselo, ya se hubiera solucionado? ¿Y todo para qué? Para sostener una farsa, como podremos ver.  
Durante alrededor de diez años que he visto las acciones de este grupo de supuestos activistas, me doy cuenta que son ellos quienes numerosas veces han pretendido (y lo han logrado) tomar la dirección, cerrar la escuela y la avenida, crear zozobra, entorpecer e interrumpir las actividades académicas, exponer la integridad física de profesores y alumnos, y dañar el patrimonio universitario con ese mismo pretexto. ¡Diez años! Pero, ¿son realmente activistas, de verdad realizan una labor política que los exponga a la furia de los porros y del gobierno, como afirman? ¿Son estudiantes del plantel?
Si exceptuamos ese ruido intermitente que realizan con la supuesta radio comunitaria, a dichos individuos (casi todos ellos ex-alumnos) no se les ve mayor actividad que no sea la ya mencionada, pretender tomar la justicia por su propia mano contra los porros, vender comida chatarra, cigarrillos y realizar pintas de tono polpotiano en las paredes: “Llenar de plomo a esos bastardos” es una de ellas.
Cuando pretenden explicar las golpizas que también los porros les propinan, casi siempre en venganza por otra que ellos previamente les han dado, acusan a las “fuerzas represivas del gobierno”, a “los órganos represores del Estado”. Y las autoridades, los profesores y hasta algunos alumnos hemos sido señalados como agentes del gobierno por no hacer nada contra los porros. Uno se pregunta: ¿tanto miedo les tiene el gobierno que eventualmente los manda golpear? ¿Tan peligrosos son unos vendedores de chicharrones de plástico? ¿Sus pintas de inspiración polpotiana son un riesgo para el Estado? ¿Una radio comunitaria que nadie escucha? ¡Valiente Estado, que agrede a vendedores de frituras tan solo para que partidos políticos, especialmente los diputados de Morena, y organizaciones como la CNDH, la CIDH, la prensa nacional e internacional y múltiples organizaciones civiles lo tundan y sumerjan en el descrédito!
 Cuando existía, el verdadero activismo estudiantil apoyaba huelgas, luchaba por la libertad de líderes obreros como Demetrio Vallejo y Valentín Campa, realizaba marchas contra el asesinato de líderes campesinos como Rubén Jaramillo, protestaba por sus compañeros encarcelados, era capaz de organizar una marcha silenciosa de casi medio millón de personas para protestar contra el autoritarismo y la represión del gobierno, o se solidarizaba con la guerrilla urbana que llegó a existir en los años setenta. Esto sí le preocupaba al gobierno y por eso los reprimía, y contra ellos utilizaba a los porros que entonces tenían una misión política.
Hoy los porros son sólo un grupo organizado de delincuentes comunes, que lo mismo sirven a políticos, líderes, candidatos, jefes delegacionales del signo que sean (depende de quién les pague mejor) y que en sus muchos ratos de desempleo se dedican a robar camiones de cerveza, asaltar tienditas y atracar para sus celebraciones, casi todas deportivas. Por atracar se trata de evitar su presencia en lugares aledaños a las escuelas, pues muchas veces lo hacen contra alumnas y alumnos del plantel, o tratan de cooptarlos para engrosar sus grupos. Lo demás corresponde a la policía vigilar.
Bien, pues de los dos grupos descritos no se sabe cuál es el más pernicioso, pero ambos justifican uno al otro su existencia, se deben uno al otro cual siameses. Uno ─especialmente el obsesionado por perseguirlos─ es el que más problemas genera en la escuela. Con su actividad persecutoria y su pretensión de tomarse la justicia por mano propia han traído la violencia hacia el interior mismo del Colegio, como ocurrió el pasado 21 de septiembre, cuando estuvieron encerrados en la dirección rodeados por los porros mientras esperaban sus refuerzos (los del 3 de Marzo llegaron a decir que no agredirían a la comunidad, sino que sólo querían a ellos). Por cierto, ¿por qué si las autoridades les permitieron permanecer ahí dentro, después se apoderaron de las instalaciones y no las entregaron sino hasta el miércoles 23, y se dice que mediante una jugosa cantidad monetaria? ¿Por qué destruyeron, saquearon y robaron cuanto quisieron? ¿Por qué se empeñan ahora en exigir a las autoridades, es decir a la UNAM, resarcir los daños a su cabina? ¿Ellos pagarán los destrozos que hicieron? Bastaría con exhibir las fotografías de los daños a las instalaciones, saqueo brutal y destrozos a las oficinas y equipos que cometieron el lunes 21 y martes 22 de septiembre en la Dirección, en el Área Jurídica, en el Departamento de Vigilancia y en la Unidad de Planeación, y la comunidad entera del plantel Vallejo estaría de acuerdo en que no permanecieran más dentro de la escuela.
Por otra parte, sus extrañas formas de solidaridad, que para apoyar cualquier conflicto pretenden tomar la Dirección, cerrar la escuela, realizar paros (recuérdese el año pasado con la cuestión de Ayotzinapa) o bloquear avenidas, permiten suponer que, más que buscar apoyo y solidaridad, lo que pretenden en realidad es fomentar el caos, el desconcierto, la inmovilización por el terror. Tienen, además, el mérito de “colgarse” de los movimientos; es decir, no apoyan ni luchan a favor de nada, sino que aprovechan el escándalo mediático, la organización de una marcha o mitin, para intentar treparse al tren. Lo quisieron hacer con el movimiento de los estudiantes del Politécnico y ellos los mandaron por un tubo. Las protestas por los desaparecidos de Ayotzinapa las organizaron ─y las organizan─ profesores, estudiantes e incluso autoridades. No ellos.
Así, pues, ¿cómo explicar el proceder de este grupo que ha reducido, tergiversado y aun diría que denigrado el verdadero activismo estudiantil? Porque con su proceder no sólo impiden realizar las actividades fundamentales de autoridades, profesores y empleados, sino que también trastocan la vida académica, en ocasiones la cancelan (como cuando la escuela ha debido desalojarse para evitar mayores riesgos) y aun amenazan, ofenden y maltratan a profesores. Al profesor Rogelio Rueda, del Área de Talleres, lo tienen amenazado y lo agreden verbalmente cada vez que lo ven; al profesor Héctor Mora Zebadúa, del Área de Experimentales, igual; he presenciado cómo amenazan y ofenden a alumnas y profesoras, y cómo una alumna valiente tuvo que encararlos e interponer su cuerpo para impedir que golpearan a una maestra. ¿Quiénes son, por qué actúan así y quién los protege como para evitar, mínimamente, su consignación ante el Tribunal Universitario, o someterlos ante el fuero común si sus faltas lo ameritan?
Su actuar se parece mucho al de supuestos normalistas que exigen la aparición de los estudiantes mediante el cierre de carreteras, toma de casetas, destrozos, incendios y saqueo de oficinas públicas, de empresas y organizaciones políticas; es muy semejante al de quienes roban vehículos con mercancías e incluso exigen dinero a automovilistas; su afán destructor es similar al de ciertos grupos que se presentan embozados en las manifestaciones para destruir escaparates, pintarrajear fachadas, destrozar inmuebles o incendiar y golpear policías. ¿O son los mismos? El miércoles 23 de septiembre, quien pudo observar cómo quedó la Dirección, la cantidad de oficinas y computadoras destrozadas, la destrucción de chapas y puertas, el saqueo que hicieron, etc., habrá observado esta furia ciega y obsesión por destruir.
Aún diría más: no sólo son parecidos sino que comparten un mismo patrón: generan violencia y caos, provocan miedo, siembran el desconcierto y logran inmovilizar a los verdaderos manifestantes, pacíficos todos. ¿A quién benefician? ¿A quién sirven?
Hay suficientes indicios para concluir que son grupos organizados, protegidos y que obedecen consignas de quienes los manipulan. Cuantas veces se les ha intentado sacar, las autoridades del plantel dicen recibir órdenes “de arriba” para dejarlos en paz; pues bien, por allí podemos empezar: ¿quién imparte esas órdenes y por qué? El día 21 de septiembre, cuando los del 3 de Marzo los tuvieron rodeados, ¿de dónde vinieron sus refuerzos, todos mayores, todos ajenos al plantel, todos entrenados para realizar actos vandálicos? ¿Cuánto se les otorgó para que entregaran las instalaciones el martes 22 por la noche? ¿Se les denunció ante las autoridades correspondientes por los destrozos y el saqueo? ¿Se les exigirá el pago del daño o, por el contrario, se les obsequiará una nueva cabina y el pago de “los destrozos” como pretenden los del grupo Revuelta, que para el caso son lo mismo? ¿Por qué una integrante del cuerpo directivo pidió a un estudiante que no se pidiera en la asamblea “la expulsión de los de Regeneración Radio”? ¿Por qué diputados de Morena lograron subir como punto de acuerdo exigir a “las autoridades ir a fondo contra el porrismo” y no dijeron ni pío respecto al otro grupo? ¿Será porque esta corriente de la izquierda es la que los organiza y protege? ¿Qué autoridades universitarias actúan en complicidad con qué partido político?
Es tiempo de saberlo. Esto se puede solucionar si se actúa con transparencia y apego a la ley, y se va directo contra quienes los protegen y manipulan. De otra forma, el chantaje y la farsa continuarán por varios años más, cada vez serán más prepotentes y cínicos, y los únicos perjudicados aquí seremos, como siempre, los profesores y alumnos. Y ya no estamos dispuestos a continuar siéndolo.
Por otra parte, si realmente fueran activistas estudiantiles, si tuvieran un propósito honesto, alguien debería decirles que ninguna lucha se puede ganar actualmente si se tiene en contra la opinión de la comunidad, o de la opinión pública en el exterior. Ningún estudiante ni profesor comparte sus métodos; nadie, excepto ellos, cree que son víctimas del Estado. El título de este artículo parafrasea el de un libro, quizá el más importante, de un revolucionario al que nunca han leído pero que se hacía llamar Lenin: La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo. Él criticó la enfermedad del izquierdismo, es decir, el sectarismo, dentro del partido que encabezó la revolución rusa. Pues bien, como lo pueden comprobar hoy todos los movimientos fracasados, tarde o temprano las acciones violentas y radicales llevan a la derrota, pero más pronto aún si saben poner a la opinión pública en su contra. Por eso digo que el radicalismo es la enfermedad terminal del activismo. Hay muchas causas necesarias y nobles en las cuales los jóvenes pueden participar para que el activismo viva y recupere su nobleza y dignidad. No deben encandilarse por ninguna actividad que lo que tiene de protagónica lo tiene de banal y vana. Como el activismo ciego, reductor y violento de estos días.

LA RIFA
A menos que el doctor Bárzana pretenda entrevistar a los 20 candidatos a director del plantel Vallejo, esta semana deberemos conocer en quién recaerá tal responsabilidad. Profesores y alumnos somos conscientes de que sin nuestro apoyo poco podrá hacer quien quede, si es alguien ajeno al círculo de la Dirección General, y funcionará mejor, si lo es, si evitamos arbitrariedad y discrecionalidad en las decisiones y acciones que afecten a profesores, estudiantes y trabajadores.     

PARA LEVANTAR EL OPTIMISMO
El miércoles me visita Daniel Matus, ex-alumno que estudia ingeniería y ha echado a andar una ONG para estudiar cómo han contribuido los grupos indígenas a la cultura urbana. Una forma de activismo necesaria en estos días, en donde los jóvenes tienen tanto qué hacer si de verdad quieren participar políticamente. Allí están la búsqueda de la equidad, la lucha por el respeto a las minorías étnicas, culturales y sexuales; el respeto a los derechos humanos, la aplicación del estado de derecho; el cuidado del ambiente; mayor y mejor educación, la transparencia en las decisiones que afectan a los conglomerados humanos; la libertad de expresión; mayor o verdadera representatividad de las comunidades, etc. Lo dice mejor Mario Benedetti en el siguiente poema que copio para los que aún no se cansan de leer:

QUÉ LES QUEDA A LOS JÓVENES
¿Qué les queda por probar a los jóvenes en este mundo de paciencia y asco?
¿sólo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?
también les queda no decir amén
no dejar que les maten el amor
recuperar el habla y la utopía
ser jóvenes sin prisa y con memoria
situarse en una historia que es la suya
no convertirse en viejos prematuros
¿qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de rutina y ruina
¿cocaína? ¿cerveza? ¿barras bravas?
les queda respirar/abrir los ojos
descubrir las raíces del horror
inventar paz así sea a ponchazos
entenderse con la naturaleza
y con la lluvia y los relámpagos
y con el sentimiento y con la muerte
esa loca de atar y desatar
¿qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de consumo y humo?
¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas?
también les queda discutir con dios
tanto si existe como si no existe
tender manos que ayudan/abrir puertas
entre el corazón propio y el ajeno
sobre todo les queda hacer futuro
a pesar de los ruines del pasado
y los sabios granujas del presente.
                                        MARIO BENEDETTI






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