La
revista británica Prospect lo incluyó
en la lista de los pensadores más importantes del mundo. Sus análisis de temas
internacionales en El País, y a veces
en el Reforma de México, siempre
iluminadores. Después de leer El fin del
poder se comprende por qué a este doctor venezolano lo leen y consultan
también los hombres más poderosos e inteligentes del planeta.
Adiós
al poder
NOÉ
AGUDO
Este libro es para quienes desafían al
poder pero también para quienes lo ejercen. En un arranque de entusiasmo, dije
que era El príncipe actualizado para
el nuevo milenio. No es para tanto, aunque resulta una delicia para sociólogos,
politólogos y simples observadores que, como yo, estamos seguros que Maquiavelo
lo leería con fruición.
Y
no lo es, no tanto porque la obra clásica del florentino sea superior, sino
porque este libro se concreta a diseccionar el poder en nuestros días: qué es, cómo
se adquiere, cómo se ejerce y cómo se pierde. El príncipe, en cambio, realiza el análisis de los distintos
modelos de estado; da cuenta del perfil psicológico y las virtudes que debe tener
el príncipe en su tarea de gobierno, e incluye recomendaciones de cómo fingir,
disimular y aun subordinar todos los valores morales a la razón de Estado.
Moisés
Naím, autor de El fin del poder
(Debate, 2014), centra su atención en el poder como atributo principal de gobiernos,
grandes empresas, iglesias, instituciones de beneficencia, ejércitos y sindicatos,
entre otros.
Como
todo buen libro, inicia por definir su tema principal: “El poder es la
capacidad de dirigir o impedir las acciones actuales o futuras de otros grupos
e individuos”. Distingue el poder “blando” −que se obtiene con la cultura, el
prestigio, las ideas y el ejemplo− del poder “duro” −que se logra con la
coacción, las leyes, las sanciones y todo tipo de fuerza−. Este poder es el que
se está degradando y fluye cada vez más hacia quienes poseen conocimientos y
son capaces de derribar las barreras que lo protegen.
La
tesis central de Naím es que el poder se vuelve cada vez más débil, más
transitorio y limitado. Naciones otrora poderosas, dictadores con poder absoluto,
dirigentes partidarios incuestionados, empresarios acostumbrados a imponer su
voluntad, jerarcas religiosos vistos casi como dioses, se han vuelto hoy
frágiles, limitados, inestables y efímeros, como los campeones de ajedrez que
cada vez duran menos en la cima de los primeros lugares.
El poder está sufriendo una transformación
radical y en el siglo XXI será cada vez “más fácil de adquirir, más difícil de
utilizar y más fácil de perder”. ¿A qué se debe esta degradación? ¿A quiénes
sirve, qué consecuencias puede tener y cuáles son los riesgos? A responder
estas y otras cuestiones dedica Moisés Naím los once capítulos de su libro.
Todo poder se afianza gracias
a las barreras que lo protegen de rivales y nuevos aspirantes, y estas barreras
son muchas, variadas y cambian de acuerdo con el sector; van desde las reglas
que norman las elecciones hasta los arsenales de los ejércitos y las fuerzas
policíacas, pasan por los grandes capitales, el acceso exclusivo a ciertos recursos
naturales, mayores gastos para publicidad, preparación para producir grandes
volúmenes de mercancías, mejores tecnologías o contar con las marcas más
conocidas, y así hasta llegar al carisma personal de algunos políticos.
Pues bien, dichas barreras,
con todo y lo poderosas que puedan parecer, son cada vez más fáciles de
derrumbar. El activismo ciudadano, los mercados financieros mundiales, el
escrutinio de los medios de comunicación y la proliferación de rivales han
propiciado que todas se vuelvan cada vez más porosas y débiles, y basta un
descuido o una estrategia mal empleada para rodearlas, socavarlas o hacerlas
caer.
¿Cómo fue posible llegar a
esta situación? ¿Qué la hizo posible? Con un arsenal de datos, estudios y
análisis de distintas formas del poder, Naím propone que el debilitamiento de
estas barreras es consecuencia de tres revoluciones silenciosas pero profundas
de nuestro tiempo: la revolución del más,
la revolución de la movilidad y la
revolución de la mentalidad.
La revolución del más incluye los cambios que han
propiciado el aumento de todo: más habitantes, más países, más información, más
crecimiento en los indicadores de la condición humana: esperanza de vida,
nutrición, educación, ingresos, etc.
Al expandirse este aumento
se genera la revolución de la movilidad:
la gente emigra a las ciudades, viaja a otros países en busca de mejores
oportunidades, se va y vuelve a sus lugares de origen, conoce nuevas maneras de
trabajo y organización y con ello se vuelve correas de transmisión entre su
país de adopción y su país de origen. Cada vez los emigrantes que vuelven a sus
lugares de origen, o quienes regresan de la ciudad al campo, trastocan allí la
situación en la educación, el trabajo, los medios de comunicación y la
política.
Con esto se produce la
revolución de la mentalidad, es
decir, un profundo cambio de expectativas y criterios, incluso en las
sociedades más rígidas. La gente ve de forma diferente el mundo a como lo vieron
sus padres, considera de manera distinta a sus vecinos, sus jefes, el clero,
los políticos y los gobiernos. La revolución de la mentalidad implica profundos cambios de valores, criterios y
normas. La gente sabe que hay otras formas y niveles de vida y que es posible
alcanzarlos, sabe que hay maneras más eficaces de organización, que se pueden
crear mejores ambientes de convivencia y que es posible vivir con dignidad y
que su opinión debe ser no sólo respetada sino considerada.
A la anacrónica idea de
que una población explotada, miserable e ignorante es la detonadora de las
grandes transformaciones, Moisés Naím reitera –como la historia lo demuestra
una y otra vez− que son los sectores medios los verdaderos motores del cambio:
“La clave es ésta: cuando las personas son más numerosas y viven vidas más
plenas, se vuelven más difíciles de regular, dominar y controlar. ¿Cómo
coaccionar con eficacia cuando el uso de la fuerza es más costoso y arriesgado
políticamente?; ¿cómo reafirmar la autoridad cuando las vidas de las personas
son más completas y se sienten menos dependientes y vulnerables?; ¿cómo influir
en la gente y premiar su lealtad en un universo en el que tienen más opciones?”.
Estimulante
intelectualmente resulta el capítulo donde Naím explica cómo el poder se hizo grande. Esta tendencia deriva del análisis
sociológico que Max Weber hizo de los Estados Unidos a inicios del siglo XX, al
observar el funcionamiento de sus gobiernos e industria. Como se sabe, Weber
plantea tres formas de autoridad: la tradicional,
la carismática y la burocrática, y propone que la más
apropiada y racional para los tiempos modernos era la burocrática, pues se sostenía sobre “la fe en la validez de las
reglas aplicables a todos por igual y la competencia basada en unas normas
racionales”.
Con puestos de trabajos específicos,
derechos, obligaciones, responsabilidades y límites a su autoridad, así como un
claro sistema de supervisión, subordinación y unidad de mando, la organización
burocrática era la que mejor permitía acrecentar el poder. Así fue como se
propició el desarrollo de las grandes empresas, con subsidiarias en todo el
mundo, la aparición de las transnacionales y un enorme ejército burocrático. En
el siglo XX se creyó que el poder era menos vulnerable cuanto más grandes
fueran gobiernos y empresas, y cuanto
mayor fuera su control y autosuficiencia.
Hoy esos gigantes
representan un lastre. Son pesados elefantes que reaccionan con lentitud ante
empresas con apenas unas decenas de empleados, pero que valen decenas de miles
de millones de dólares, como Facebook o Google. De igual forma, indignados,
ocupas, candidatos independientes, nuevos partidos políticos, pequeñas empresas
innovadoras, hackers, activistas sociales, medios de comunicación más ágiles,
masas de gente sin líderes aparentes toman plazas, cierran avenidas y logran
entusiasmar a millones de seguidores. Son los micropoderes, los nuevos actores
que están haciendo temblar el viejo orden.
Y este es el riesgo que
Naím advierte en la degradación del poder: los micropoderes son capaces de
perturbar, interferir y paralizar a los grandes poderes, pero son incapaces de
establecer un nuevo orden. Como bien lo sintetiza, un mundo donde todos “tienen
el poder suficiente para impedir las iniciativas de los demás, pero en el que
nadie tiene el poder para imponer una línea de actuación, es un mundo donde las
decisiones no se toman, se toman demasiado tarde o se diluyen hasta resultar
ineficaces”. Y aún peor: abre la puerta a la desestabilización: “extremistas,
fanáticos, separatistas y personas o grupos cuyo objetivo no es el bien común
sino el suyo propio”.
Por suerte, de su mismo
análisis se vislumbra una alternativa. El poder se expresa en cuatro formas: la fuerza, que es el instrumento
principal a través del cual se ejerce; el
código, que son las normas morales, legales, tradiciones, valores,
costumbres culturales y expectativas sociales que dirigen nuestro
comportamiento; la recompensa, que
son los estímulos y premios a cambio de hacer cosas que en otro caso no se
harían, y el mensaje, es decir, la
capacidad de persuadir a otros y hacerles ver la necesidad de promover los
objetivos e intereses del emisor.
Estas cuatro
manifestaciones del poder actúan de manera combinada, pero en ciertos momentos
prevalece una y se impone o excluye a las demás: cuando se usa la fuerza se excluye el código, se dificulta el mensaje y la recompensa sólo alcanza para unos cuantos. Esto es lo que deben
entender quienes enfrentan a los grandes poderes. Hoy día ninguna batalla se
puede ganar sin antes ganar la opinión pública y la justificación del código,
es decir, sin lograr la coherencia
ética, legal y cultural.
Dije al principio que este
libro es para quienes desafían el poder, pero también para quienes lo ejercen;
sobre todo si se trata de personas que se obnubilan con un poco de poder y
consideran a todos los demás como débiles e incapaces. A ellos les haría mucho
bien leer este libro, y no estaría de más que conocieran las Máximas de Marco Aurelio antes que El príncipe. Lecturas indispensables
para estos tiempos cambiantes.
SE BUSCAN
La unidad y la cohesión son
dos hermanas desterradas del plantel Vallejo. La torpeza, el afán de dominio y
la necedad las han expulsado. Todo se disuelve y se desvanece con su ausencia.
Mientras, los buitres acechan.
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