¿Qué hacer con la Internet?
NOÉ AGUDO
Despierta suspicacias una recomendación cuanto más insistente
se haga. Uno empieza a sospechar qué es lo que en verdad desean que uno se
trague cuanto más atosigante y fastidiosa se vuelve, y cuando deja de ser una
recomendación para volverse una exigencia. Esto es lo que ocurre con el empleo
de las tecnologías de la información y comunicación (TIC) aplicadas a la
enseñanza. De un tiempo a estos días se insiste tanto en su empleo como si
fuesen el medio para transformarnos en los más eficientes profesores y la
panacea para resolver graves problemas educativos, como son los altos índices
de reprobación, el escaso aprovechamiento e incluso el creciente número de
jóvenes que abandonan sus estudios.
Tal vez el hecho de mirarlos ensimismados en
sus teléfonos móviles, entretenidos con sus tabletas o adictos al empleo de las
computadoras en casa, genere la expectativa de que allí está por fin el medio
por el cual los podremos enganchar al estudio. Como varios profesores, yo
acepté inscribirme incluso a un diplomado “sobre el empleo de las TICs” (sic),
pero me bastó asistir a la primera sesión para darme cuenta de que había otras
formas más divertidas de perder el tiempo. Porque en lugar de abordar
cuestiones de urgente respuesta, como analizar en qué partes de la enseñanza
son pertinentes las TIC, qué tipo de aprendizajes contribuyen a adquirir y qué
tipo de problemas podrían ayudar a resolver ─es decir, cuestiones que sólo un
experto en la enseñanza y el uso de las TIC puede abordar─ lo que el diplomado proponía era aprender a
crear más distractores para los alumnos, es decir, aprender a hacer podcasts,
formar grupos de trabajo en Facebook, crear una plataforma, etc. Estos
recursos, se ha visto, sólo fomentan el entretenimiento y la superficialidad, y
dispersan la poca atención que uno puede lograr en el salón de clases. Huelga
decir que el diplomado lo conducía no un experto sino un egresado de las
carreras de computación hoy tan de moda, si bien hacía su mejor esfuerzo para
hacerse entender.
Ante esta situación decidí investigar por
mi cuenta cómo aprovechar las potencialidades de esta herramienta, descubrir en
qué momento y para qué propósitos resultaba funcional, y sobre todo cómo evitar
los estragos que está causando en el aprendizaje, particularmente en la anulación
de actividades intelectuales básicas como saber buscar, seleccionar, comprender
y sobre todo usar la información.
Cualquiera que imparta clases en el
bachillerato observará que los alumnos son cada vez más reacios a hacer
lecturas que impliquen cierto grado de atención o que sean más o menos
extensas. Lo común es la búsqueda distraída de información en Internet, la
selección de textos vagamente relacionados con el asunto que investigan, los
cuales imprimen y entregan sin haberlos leído ni mucho menos comprendido. Además
del nulo aprendizaje que pueden lograr con este procedimiento, lo más seguro es
que en verdad sólo se están adiestrando en cómo tomar cualquier trabajo y
hacerlo pasar como propio.
Se replicará que allí es donde debe
intervenir el profesor para enseñarles a buscar, clasificar y citar o resumir
la información. Esto es lo que hacía y hago, anteponiéndoles requisitos como
son las notas a pie de página para obligarlos a identificar y señalar sus
fuentes, para que elaboren su aparato crítico, etcétera, procedimientos que
adiestran en los pasos básicos de toda investigación y plantean la exigencia de
reconocer el trabajo de los demás. Sin embargo, me doy cuenta que mientras más
insisto en estos requisitos, más problemas tienen en la elaboración de sus
trabajos y más hábiles se vuelven para simular que los textos que entregan son
realmente suyos; al final esto se vuelve un juego absurdo, donde el profesor está
a la caza de los signos que evidencian el plagio y ellos por borrar las
evidencias, y el único hecho cierto es que la lectura, la actividad fundamental
para el aprendizaje, queda relegada o francamente en el olvido. Esto me hace
plantearme las siguientes preguntas:
¿De verdad contribuyen las TIC a obtener un
mejor aprendizaje? ¿Son herramientas útiles para la enseñanza? ¿Contribuyen a
mejorar y fortalecer las habilidades intelectuales? ¿Los altos flujos de
información que ponen a nuestro alcance nos permiten tomar decisiones más
acertadas? ¿Más información significa más conocimiento? ¿Hacen las TIC más
eficientes nuestras capacidades cognitivas? Estas preguntas tienen respuestas
realmente preocupantes en Superficiales:
¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, de Nicholas Carr (México,
2011, Taurus), un libro que deberían leer obligadamente profesores y alumnos, pero
sobre todo las autoridades educativas y los entusiastas en el empleo educativo
de las TIC.
***
¿Quién es Nicholas Carr? Un doctor en literatura por la
Universidad de Harvard y un profesional experto en las nuevas tecnologías,
acerca de las cuales escribe constantemente en prestigiosas publicaciones de
los Estados Unidos y Europa, y alguien que ha publicado los siguientes libros: Las tecnologías de la información. ¿Son realmente una ventaja competitiva?
(2004); El gran interruptor (2008), y
Superficiales. ¿Qué está haciendo
Internet con nuestras mentes? (2011), mismo que aquí parafraseo y cito.
Al igual que la mayoría
de las personas dedicadas a la investigación y la comunicación, Nicholas Carr
se volvió un entusiasta del Internet. “La Web ha sido un regalo del cielo para
mí como escritor”, afirmó. Investigaciones que antes requerían días por entre
las estanterías de hemerotecas o bibliotecas, ahora pueden darse en cuestión de
minutos, descubrió. “Unas pocas búsquedas en Google, algunos clics rápidos en
hipervínculos y ya tengo el dato o la cita provechosa.”, afirma.
Para un
investigador y escritor activo como él, la última tecnología resultaba esencial:
chips cada vez más veloces, módems cada vez más rápidos, discos duros con
capacidades de gigabytes, banda ancha, Napster y Google, Blackberrys y iPods,
redes Wi-Fi, smartphones, pendrives, netbooks y tablets, etc. Se volvió un activo
participante de las redes sociales y un generador de contenido. Registró un
dominio y abrió un blog. Nuevos correos aparecían en su bandeja de entrada cada
minuto; registró cuentas en MySpace, Facebook, Digg y Twitter; canceló sus
suscripciones a periódicos y revistas. “¿Quién las necesitaba?”, dice. “Cuando
llegaban las ediciones impresas, húmedas o no, sentía que ya había visto todas
las historias”. Navegaba, buscaba y añadía contenido a las grandes bases de
datos de Internet.
No sólo sus tareas
intelectuales. Por la Red resolvía la mayoría de sus compras y trámites
bancarios, pagaba facturas, reservaba boletos de avión y habitaciones de hotel,
renovaba su licencia de conducir, enviaba invitaciones y tarjetas de
felicitación, descargaba música, veía películas en Neftlifx y videos en
Streaming. En suma, la Web se convirtió en parte esencial de su trabajo,
estudios y vida social; el conducto
universal para la mayoría de la información que fluía por ojos y oídos hacia su
mente, al igual que para muchos hoy día.
Luego de casi dos
décadas de estar online, un día
percibió que algo raro sucedía en su cerebro. Lo narra así: “Durante los
últimos años he tenido la sensación incómoda de que alguien, o algo, ha estado
revolviendo mi cerebro, rediseñando el circuito neuronal, reprogramando la
memoria.” Más aún, descubrió que ya no podía leer, mejor dicho, ya no lograba
atender la lectura. Después de dos o tres páginas perdía la concentración, y
más todavía cuando el texto exigía un poco de mayor atención y reflexión. En
sus propias palabras: “Pierdo el sosiego y el hilo, empiezo a pensar qué otra
cosa hacer. Me siento como si estuviese siempre arrastrando mi cerebro de
vuelta al texto. La profunda lectura que solía venir naturalmente se ha convertido
en un esfuerzo.”
Aparte de la
pérdida de concentración, Carr advirtió que su conducta misma se había
modificado, al experimentar una ansiedad permanente. Lo explica así: “Pero mi
cerebro, comprendí, no estaba sólo disperso. Estaba hambriento. Exigía ser
alimentado de la manera en que lo alimenta la Red, y cuanto más comía, más
hambre tenía. Incluso cuando estaba alejado de mi computadora, sentía ansias de
mirar mi correo, hacer clic en vínculos, googlear.
Quería estar conectado. Al igual que Microsoft, Word me había convertido en un
procesador de textos de carne y hueso. Internet, me daba cuenta, estaba
convirtiéndome en algo parecido a una máquina de procesamiento de datos de alta
velocidad, un Hal humano.”
¿Alguno se reconoce
en esta travesía? Por suerte Nicholas Carr no sólo se reconoció, sino que tomó
una decisión radical. A fines de 2007 él y su esposa abandonaron sus modernas y
equipadas instalaciones en Boston, para ir a vivir a una cabaña en las montañas
de Colorado, donde no había alcance para telefonía móvil y el Internet llegaba
mal; canceló su cuenta de Twitter, puso su Facebook entre paréntesis, suspendió
su blog, apagó su lector de RSS y redujo sus comunicaciones por mensajería
instantánea y Skype, y, lo más importante, canceló su correo electrónico.
Cuenta que fue un
desmantelamiento doloroso. Durante meses sus sinapsis cerebrales “aullaban en
demanda de sus dosis online”; de vez
en cuando recayó y la Web lo atrapaba durante todo el día, pero con el tiempo
disminuyó su ansiedad y fue capaz de escribir en su teclado durante horas, así
como realizar una lectura densa sin que su mente vagara. Para fortuna de sus
lectores, lo más importante es que le permitió escribir este libro revelador,
que sustentado en numerosos estudios e investigaciones, es el mejor testimonio
de cómo Internet nos está cambiando.
***
¿Qué dice este libro, saludado por muchos como la más
sustentada investigación acerca de cómo nos está transformando la Web, y una
oportuna advertencia ante los estragos que está provocando entre las
actividades intelectuales que nos han permitido evolucionar como especie; qué
informa, si otros lo consideran sólo como la puesta al día de antiguos
prejuicios, como los que Sócrates tuvo ante la escritura, los monjes medievales
ante los libros publicados en grandes números, el Círculo de Frankfurt contra
la cultura de masas y Marshall McLuhan ante los medios de comunicación masiva?
Como todo buen
libro, no intenta dar una conclusión definitiva acerca de usar o no las
tecnologías de información y comunicación; basado en numerosos estudios,
informa acerca de las modificaciones más evidentes que están causando en
nuestras capacidades de atención, contemplación y reflexión, en nuestros
procesos cognitivos y en la facultad de la memoria, pero reconoce que han
llegado para quedarse y sería tonto desecharlas o concluir que ya está dicha la
última palabra acerca de sus efectos.
La hipótesis
central que lo guía es una hipótesis formulada ya por Marshall McLuhan en 1964:
los medios no sólo son canales de información, sino que también modelan el
proceso de pensamiento. Al modificar la Web la lectura lineal a la que
estábamos acostumbrados, por otra que atiende muchos fragmentos de texto
interconectados en un ambiente repleto de distractores, debilita nuestra
capacidad de concentración y de reflexión.
Numerosos estudios
biológicos, neurológicos y psicológicos revelan que nuestro cerebro es
sumamente plástico, es decir, se adapta con facilidad al empleo de ciertas
herramientas y órganos. Los componentes celulares del cerebro no forman
estructuras permanentes ni desempeñan papeles rígidos determinados de una vez y
para siempre. Son flexibles y cambian con la experiencia, las circunstancias y
la necesidad. Las acciones físicas y mentales que realizamos son capaces de
reorganizarlo.
Desafortunadamente,
debido a esta misma plasticidad podemos también encerrarnos en comportamientos
rígidos; los malos hábitos arraigan tanto como los buenos. Si dejamos de
ejercer nuestras principales capacidades mentales (atención, abstracción,
concentración, reflexión, memorización, etc.) el cerebro no se limita a
olvidarlas, sino que adopta las que se practican en su lugar: la lectura
superficial en lugar de la lectura concentrada, por ejemplo.
Entre las diversas
tecnologías que el hombre ha creado para aumentar sus capacidades, las
tecnologías intelectuales ejercen el poder más grande y duradero sobre qué y
cómo pensamos; las tecnologías intelectuales son todas las herramientas que
utilizamos para ampliar o apoyar nuestra capacidad mental. Entre éstas, el
lenguaje es para los humanos el medio principal del pensamiento consciente. Por
tanto, las tecnologías que inciden en el lenguaje ejercen la mayor influencia
sobre nuestra vida intelectual. Por eso el ser humano ha entendido que lectura
y escritura requieren educación y práctica. En una cultura puramente oral el
conocimiento se rige tan solo por la capacidad de la memoria; en una basada en
la escritura y la lectura el conocimiento se hace lógico, riguroso,
autosuficiente. Leer y escribir eleva la conciencia.
Sin embargo,
lectura y escritura no fueron operaciones automáticas ni simultáneas a la
invención de la escritura. De la tableta de arcilla a la tablet digital hay un largo trecho que implicó el paso al papiro, a
la tablilla encerada, al pergamino, a la encuadernación de varias hojas y con
ello a la posibilidad de escribir por ambos lados; lo que permitió la invención
del libro y su impresión en mayor número con la creación de la imprenta; al
invento de la puntuación, que facilitó la lectura en silencio y ésta a la
lectura en privado, la que posibilitó la concentración y la síntesis personal
de las ideas.
Con la lectura en
silencio apareció también el lector anónimo, pero atento y crítico, que
proporcionó estímulo al trabajo del escritor. Éste sabe que alguien lo leerá y
entenderá, y se preocupará entonces por darle nuevas ideas, imágenes, palabras
especiales que le permitirán asociaciones y percepciones novedosas. Se dice que
el vocabulario inglés, antiguamente limitado a unos pocos miles de palabras, se
amplió hasta un millón con la proliferación de libros. Y así en los demás
idiomas con escritura; a medida que el lenguaje se amplía el hombre profundiza
en su conciencia.
Pero este
desarrollo y evolución, después de 550 años de inventada la imprenta, parecen
estar en riesgo: los textos impresos están siendo desplazados de nuestra vida
intelectual. Si los medios electrónicos como la radio, el cine y la televisión
fueron siempre limitados para la transmisión de la palabra escrita, pudieron
desplazar pero no reemplazar al libro, hoy, con la computadora, y aunque el
mundo siga siendo alfabetizado, nuevas formas de lectura nos sitúan de un modo
diferente ante la página.
El paso del papel a
la pantalla modifica nuestro grado de atención al texto y a la profundización
de la lectura. Los múltiples distractores de la pantalla: hipervínculos,
enlaces, la interactividad, los multimedia, algunas palabras o frases que los
buscadores destacan, etc., hacen que nuestro apego a cualquier texto se vuelva
más tenue, más superficial y provisional. La cacofonía de estímulos visuales y
auditivos genera un verdadero ecosistema de distractores e interrupción. Cuando
el escritor Steve Johnson empezó a leer libros electrónicos se dio cuenta de
que “la migración del libro al mundo digital no iba a limitarse a cambiar tinta
por pixeles, sino que probablemente cambiaría de manera profunda el modo en que
leemos, escribimos y vendemos libros.
“Temo que uno de los
goces de la lectura –la inmersión absoluta en otro mundo, creado por el autor−
pueda verse comprometido. Acabaremos leyendo libros como leemos revistas y
periódicos: picoteando un poquito aquí y allá.” El proceso de la lectura se ha
roto.
Daniel Bell,
eminente sociólogo norteamericano, lo explica así: “Me costaba mucho
concentrarme. Navegaba arriba y abajo, buscaba palabras clave y hacía más
pausas de las normales para tomarme un café, mirar el correo, leer las noticias
y ordenar mi escritorio. Al final conseguí acabar con el libro. Pero una semana
más tarde noté que me costaba mucho recordar lo leído.”
Por otra parte, la
migración de la página impresa a la página digital –dejando de lado la
discusión sobre las ventajas del libro como dispositivo de lectura, y los
beneficios económicos de la producción y distribución digitales− es seguro que
someta al libro a un desmembramiento y a la lectura a todas las distracciones
que ofrece una computadora conectada a Internet. La linealidad del texto se
rompe ante ese ecosistema de distractores. Consecuentemente, la escritura
también. Seguramente tenderá a ser como esos mensajes escritos en el estilo
breve de los mensajes enviados por el celular.
Con excepción del olfato
y el gusto, la Red apela a todos nuestros sentidos, exige nuestra atención de
forma mucho más insistente que otros medios; el mundo real retrocede mientras
procesamos el flujo de símbolos y estímulos. Sin embargo, la atención que
reclama la quiere tan sólo para dispersarla. Exige que nos concentremos
intensamente en la pantalla tan solo para que el fuego graneado de estímulos y
mensajes compitan para dividir esa atención. La memoria a largo plazo, la de
los conocimientos significativos, es sacrificada por la memoria a corto plazo,
la de trabajo, que tan solo sigue las instrucciones para la transferencia de
información.
Las investigaciones
de psicólogos, neurobiólogos, educadores y diseñadores Web apuntan a una misma
conclusión: la gente que lee texto lineal, el libro, entiende más, recuerda más
y aprende más que aquellos que leen textos salpimentados de vínculos dinámicos.
La atención del lector de páginas Web se dirige a la maquinaria del hipertexto
y sus funciones, más que al contenido y a las experiencias del texto. “Cuando
leemos en Internet no vemos el bosque”, dice el autor. “Ni siquiera vemos los
árboles. Vemos ramitas, hojas…”
Y para quienes
piensan que la lectura de un libro es tan sólo para “informarse”, deben saber
que las tecnologías multimedia parecen limitar, más que ampliar, la adquisición
de información. El formato multimensaje sobrepasa la capacidad de atención de
los espectadores, así que suministrar información en más de un formato
disminuye el entendimiento. Alternar dos actividades o más puede sobrecargar
nuestra capacidad mental, perjudicando el pensamiento. El aprendizaje de hechos
y conceptos es deficiente cuando existen diversos distractores. Esto es lo que
sucede con la lectura en línea. Por eso los usuarios han desarrollado otra
forma de lectura: buscan el titular, el resumen, la palabra clara, rastrean el
texto pero no lo leen. “Casi parece como si se conectaran a Internet para no
tener que leer”, dice Carr.
Por eso, si bien se
dice que con Internet la gente pasa más tiempo leyendo, lo que realizan es un
tipo de lectura muy diferente: una lectura aleatoria, ni lineal ni fija. La
lectura concentrada, en profundidad, no la realizan. Empleando una acertada
analogía, dice el autor: “Estamos evolucionando de ser cultivadores de
conocimiento personal, a cazadores recolectores en un bosque de datos
electrónicos”.
Otros asuntos
desmitificados en este libro son los del supuesto crecimiento de nuestro IQ
(coeficiente intelectual) y la creación de la inteligencia artificial, asuntos
ambos que se explican por el cambio de percepción de lo que significa
inteligencia últimamente, en el caso del primero, y las limitaciones para
desarrollar la sabiduría, en el segundo. Asimismo, resalta el papel de la
lectura profunda (lectura analítica) en el mejoramiento de la memoria (“La
desafían y mejoran, no la narcotizan”, dice Umberto Eco, refiriéndose a los
libros), y la explicación de cómo y por qué escribió este libro.
Como conclusión
podemos citar la siguiente advertencia: “A medida que la Red dibuja nuestro
camino vital y disminuye nuestra capacidad para la contemplación, está
alterando la profundidad de nuestras emociones y nuestros pensamientos.” Son
palabras que pueden sonar proféticas y apocalípticas: “El tumultuoso avance de
la tecnología podría ahogar los refinados pensamientos, percepciones y
emociones que surgen sólo través de la
contemplación y la reflexión. Puede ser que estemos dando la bienvenida a este
frenesí en nuestras almas.”
Sin embargo, también
hay un epílogo para la esperanza: “Las computadoras se limitan a aplicar
reglas, no a hacer juicios. Incapaces de subjetividad, se atienen a una
fórmula”.
El ser humano no.
De ahí nuestro interés por seguir siendo diferentes, originales, únicos.
Mi conclusión personal
es que resulta prioritario y urgente investigar para qué aprendizajes y en qué
operaciones intelectuales ayuda el Internet, porque querer reemplazar la
enseñanza en el salón de clases por los tutoriales en línea, o por el empleo
sin sentido de Internet, es sólo contribuir al desconcierto y tal vez a la
pérdida de facultades difíciles de recuperar.