Mariposa de obsidiana
NOÉ AGUDO
En tres lugares de la ciudad de México he vivido si
exceptuamos un breve periodo de tiempo, un año quizás, que pasé en la Roma.
Llegué al poniente siendo un niño y una audaz mujer me sacó de allí para
llevarme al sur cuando me había transformado en un joven; con ella emigré unos
años después al norte, y después de convivir ambos un tiempo se hartó y se fue,
dejándome solo en ese rumbo donde traté de acomodar mi vida.
Nunca he sido
supersticioso a pesar de que provengo de una comunidad donde todos los sucesos,
así los físicos como los de la naturaleza, son vistos como presagios: el
crepitar del fuego, el canto de varias aves, el cruce de ciertos animales por
los caminos, el susurro del viento. Todo es signo de un evento cercano y me da
gusto conocer su significado y considerar a mis paisanos como eminentes
semiólogos de la naturaleza. Es aterrador para ellos escuchar cómo vomitan los
costoches (zorras) por las noches, por ejemplo. Muchos entran en un estado de
profunda melancolía pues creen que alguien de la familia morirá si las raposas
regurgitan en un cerro cercano a sus ranchitos.
Pero, de los tres
puntos cardinales donde he habitado en esta antigua urbe, sólo el norte me ha
deparado el encuentro funesto con un bicho asaz espantoso. Me refiero a esa
enorme mariposa negra que suele aparecer cuando el alba despunta, pues es la
hora que busca afanosamente un sitio obscuro donde guarecerse. La primera vez
entró en mi comedor y debí sacarla con mucho cuidado, pues no quería que soltara
su polvillo –supuse que tendría, pues tan negra era– en mi taza de café. A los pocos días me avisaron que una tía
lejana había muerto, y apenas si alcancé a llegar a su inhumación. Otra vez
entró por la ventana de la cocina, agitando sus enormes alas –puede medir hasta 16 centímetros con las alas extendidas– y nuevamente la saqué con mucha paciencia
ante el horror de la supersticiosa mujer que me preparaba el desayuno. En esta
ocasión murió otra tía, ésta sí hermana de mi padre, que vivía en Puebla, pero
decidí no ir a su entierro. La tercera ocasión vi cómo entraba en mi recámara
cuando yo aún no me levantaba. ¡Vaya con esta insistencia!, me dije, a este
paso me voy a quedar solo, y la deposité casi con respeto en el dintel de la
ventana: Ve a buscar otro lugar, le recomendé, aún puedes encontrar un sitio
más oscuro. ¿Ves cómo no es conveniente que la recámara esté en penumbras como
a ti te gusta?, me dijo triunfante mi esposa, quien siempre quiere mantener las
cortinas corridas y la ventana abierta. A los pocos días me avisaron que había
muerto Carmen, la mayor de mis primas. Sólo me enteré por una casual llamada
telefónica, porque el deceso había ocurrido días atrás, no sé si antes o
después de que esa dama nocturna se atreviera a entrar en mi mismo dormitorio. La
cuarta ocasión ya había un poco más de claridad, así que alargué con descuido
mi brazo para alcanzar un CD y poner música mientras desayunaba. Mis dedos
palparon algo suave, palpitante, pero que se dejó coger inerme cuando lo atraje
hacia mí. ¡Diablos! En lugar de la cajita del disco tenía una enorme mariposa
negra entre mis dedos. ¡Con diez mil coños!, pensé, ¿y ahora quién sigue? Fue
de verdad otra pérdida, alguien que formó parte de mi vida secreta, por lo cual no
lo puedo revelar ahora (García Márquez dice que todos tenemos una vida pública,
una privada y una secreta), y sólo me quedo reflexionando en que tal
vez entonces el golpe fue tan cercano porque la cogí con mis dedos.
Si ustedes quieren pensar que fueron sólo
casualidades, como las consideraba yo hasta ese momento, lean lo que sigue: Me
levanto a las cuatro de la mañana; me baño porque sólo así mi cabello se deja
peinar, pero esta vez me senté unos minutos sobre la taza, y mientras repasaba
mentalmente la que sería mi agenda de ese día, oí un ruido a mi izquierda,
hacia la ventana, así que cuando volteé en esa dirección una majestuosa
mariposa negra entraba volando. ¡No, no, ahora qué!, dije, ¡y no me lo van a
creer!: la mariposa dio exactamente tres vueltas a esta triste humanidad que se
hallaba sentada sobre la taza; después se elevó y salió displicente por
donde entró. De lo primero que me enteré es que un compañero a quien dábamos
por muerto (sufrió un coma diabético en la FES Acatlán) en realidad no había
muerto sino que seguía en el hospital. Bueno, pues después de las tres vueltas
murió al fin. Dos o tres días después fui a la escuela y por el pasillo me
encontré a una profesora que me dio la infausta noticia de la muerte de una
colega, con quien habíamos desayunado un día del pasado junio en el Sanborns de
Los Azulejos. La vi bien, sabía que estaba bien –escribiría el prólogo para un
libro que hicimos los tres profesores que desayunamos con ella–, así que
consideré su muerte como la infamia que cometió un tipo muy majadero. Pero
faltaba una vuelta, y su significado no se hizo esperar: un viernes por la noche
atendí una llamada en casa. Serena, la voz de mi querida y vieja maestra de la
primaria me dijo: “Te hablo sólo para avisarte que hoy murió tu compadre. Por la
mañana salió a tomar el sol al jardín, después desayunó y luego pidió que lo
lleváramos a acostar. Murió en su sueño. Nosotros nos dimos cuenta de esto a
las seis de la tarde. Mañana es su entierro, por si nos quieres acompañar”. Al
marido de mi maestra, “mi compadre”, le faltaban apenas algunos meses para
cumplir noventa y dos años.
***
Todas
las mujeres embarazadas que morían antes de dar a luz, o que fallecían durante
el parto, se transformaban en una cihuateteo en la mitología azteca. Las
cihuateteo eran los espíritus de estas mujeres. Se consideraba que eran
enviadas desde el Mictlán, el inframundo, para insuflar valor a los guerreros
durante las batallas. El día dedicado a ellas, dentro del panteón azteca, se
evitaban los parajes solitarios y las encrucijadas, pues se creía que
descendían a la tierra con el fin de dañar a los adultos y enfermar a los niños
para llevárselos. Se creía que lloraban por sus hijos perdidos en los cruces de
los caminos, y de ahí deriva seguramente la leyenda de La Llorona. La jefa de estos espíritus
femeninos era Cihuacóatl.
Itzpapalotl es originalmente una cihuateteo,
es decir, un espíritu que posteriormente alcanzó el nivel de deidad. Itzpapalotl
es la primera mujer sacrificada por el caudillo chichimeca Mixcóatl, de ahí que
entre los aztecas se la considerara una diosa. Se la relacionaba con la magia,
con la hechicería, y era representada por una anciana sabia.
El Códice
Borgia la describe con detalle: porta una peluca de papel y una banda ancha
de piel roja sobre su cabeza, las cuales la relacionan con los sacrificios. En
la frente lleva un rosetón hecho de plumas, con una piedra preciosa en el
centro. Su pelo es negro y peinado como el de los guerreros, es decir,
seccionado a la altura del cuello hacia abajo. Un mechón en la frente se trenza
con una delgada tira de piel. En la cabeza ostenta un colgajo de plumas de
águila, el cuauhpilolli, también
insignia guerrera. En los laterales del rostro, a la altura de los ojos y de la
mandíbula, bandas negras y horizontales van trazadas. En la punta de la nariz
lleva un pedernal o cuchillo de sacrificio, y su boca está abierta, como la de
los muertos. Su orejera es redonda, de turquesa, con un adorno rojo del que
cuelgan plumas muy finas y piedras preciosas. Del cuello cuelgan collares de
oro y de turquesa con cascabeles.
Su cuerpo lo envuelven alas de mariposa
nocturna con pedernales. El ser en el que se transforma, su nahual, indica que
el poder o fuerza que representa está en la magia. Aunque las alas le cubren casi
todo el torso, permiten mostrar su doble falda de cihuateteotl. Sus manos y
pies son garras de jaguar; eso la define como una tzitzimitl, es decir, un ser terrible, mítico, descarnado y de
carácter volátil que se supone está en el cielo pero desciende por la noche.
***
Desde
la época prehispánica la asociación que los aztecas hacían entre la mariposa
negra y esa deidad terrible conocida como Itzpapalotl marcó a la Ascalapha odoratha como un ser funesto. Ya
considerada como nahual de dicha deidad, o sólo relacionada con la muerte,
desde entonces su presencia era indeseable, como lo revelan los distintos
nombres con los que la conocían. La llamaban Mictlanpapalotl (Mariposa del país de los muertos), Miquipapalotl (Mariposa de la mala
suerte), Micpapalotl (Mariposa de la
muerte) o Tetzahupapalotl (Mariposa
del espanto). A mí me sigue pareciendo hermoso Itzpapalotl, Mariposa de
obsidiana, por su negrura.
En nuestros días se la sigue considerando
un presagio de muerte, como inicia esta nota (espero que hayan captado la
ironía) y tal vez por ello se ha transformado en una verdadera mariposa de la muerte,
pero de la suya, ya que el temor de la gente ha provocado su exterminio.
Lo
cierto es que se trata de un bicho inofensivo y su cuerpo tiene mucho de belleza,
si se la contempla con atención. En principio no es totalmente negra, en sus
alas tiene un dibujo amarillo parecido al número nueve; las partes más oscuras
son en realidad franjas de color azul resplandeciente, y las hembras poseen
manchas de color blanco y rosa. Les atrae el azúcar y las flores con mucho
néctar, así como los plátanos y mezquites, pero sobre todo los jugos de frutas
fermentadas. Pertenecen a la familia de las Noctuidae,
género Ascalapha, y su especie es la Ascalapha Odurata. Hasta en su nombre
científico tuvo mala suerte, pues proviene de Ascálafo, el horticultor de
Hades, señor del infierno entre los antiguos griegos.
Así pues, no debemos temerles ni
considerarlas presagio de nada, sino indicio de su voluntad de vida cada vez
que las veamos buscar un rincón oscuro. Como dice Karl Popper, basta un solo
ejemplo que se salga de la regla para considerar inválida cualquier teoría o
creencia. Si de verdad son mensajeras de la muerte, ¿por qué no se me apareció
ninguna mariposa negra cuando murió mi madre, mi padrino Héctor García y tantas
otras personas queridas que han ido desapareciendo? El sustento
falso de la superstición se basa en aquellos casos que se cumplen, pero olvida
todos en los que no ocurre.
En todo caso, si a creencias populares
vamos, en las Bahamas se las conoce como “polillas de dinero”, ya que existe la
creencia de que si se posan sobre el cuerpo atraerán una gran riqueza, y en
Texas se cree que si se paran sobre la casa, el dueño de ésta ganará en breve
la lotería. Así pues, chicas, prepárense, porque dentro de poco tendré mucho
dinero.
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