domingo, 23 de junio de 2013

ENTRE MONTAIGNE Y UNA PRINCESA AZTECA

La primavera
(Entre Montaigne y una princesa azteca)

NOÉ AGUDO

La primavera se acerca con el crepitar de un fuego antiguo. Se acerca con el rumor de viejas hojas encuadernadas bajo forros de piel. Con el aroma de una tinta que sólo la vida, la sabiduría y la experiencia pueden destilar. Llega acompañada de un silencio protegido por gruesos muros de piedras; por una biblioteca donde aún es posible encontrar pergaminos y algunos rollos de papiro bien conservados. Muebles firmes, piso recubierto de gruesas duelas y un aire de quietud y sosiego, colgadas las guedejas melancólicas de sólidas vigas de madera, donde se han grabado esas líneas concentradas de sabiduría que inspirarán nuevos pensamientos: fuentes de luz para mirar la vida. La primavera se aproxima con el paisaje de una campiña apacible, siempre verde, alterada apenas por los graznidos de bandadas de cornejas y urracas que vuelan por entre los viñedos. Un paisaje que mi viejo amigo se levantará a mirar por la ventana durante los veranos, pero que olvidará para el invierno, cuando ordenará recorrer las gruesas cortinas para concentrarse con mayor atención en la soledad de su biblioteca. Gruesos folios escritos en griego, en latín y árabe, y algunos pocos en diversas lenguas romances recorren sus ojos miopes. Suspira, abre sus brazos cual recios maderos de una cruz sangrienta, hasta lograr ese suave chasquido de su esternón, resultado de una hernia o tal vez de alguna contracción muscular provocada al caer del caballo durante sus años jóvenes. Y entonces aspira profundamente, expande su amplio tórax para llenarlo del fresco aire nocturno. Le gusta escribir en octavos, un tamaño ideal para ser recorrido por la mano que empuña el punzón, y que sus ojos dominan ayudados por la suave iluminación de las velas. Disfruta ver afirmados los pensamientos sobre el tosco papel; comprobar la infalible capacidad de la escritura para desarrollar ideas, para enlazar anécdotas y sonríe condescendiente cuando alguien alaba su memoria admirable y su sabiduría. Sólo él sabe la mágica cualidad de estos diminutos signos que se van ordenando para enlazar recuerdos, pensamientos, hechos. Pueden recorrer decenas, centenas, millares de años, y él descubre entonces su papel de puente entre la antigüedad que ama, donde ya todo fue dicho, piensa, y los años por venir. Un aullido lejano, tal vez de un lobo hambriento, lo despabila y se levanta para ir a servirse una copa de ese rojo y espeso borgoña. Un alimento líquido, revitalizador, que cae como una suave caricia en su estómago agradecido. Aspira el aroma, mira el grueso cristal; es la savia del mundo, piensa. Ese mundo absurdo, fanático y equívoco donde le ha tocado vivir. ¿Por qué es tan elusiva la felicidad si la tenemos a nuestro alcance? ¿Por qué equivocamos el camino y nos perdemos en una selva de ilusiones? Pareciera que ella lo hiciera a propósito, que jugara con nosotros, para que nunca la pudiéramos ni siquiera cortejar. Es casquivana, veleidosa, sutil, y por eso los hombres la confunden con la fortuna. Van en pos de ésta sin saber que es el camino más seguro para despeñarse en un pozo de enredos, poder y compromisos. Él renunció sin ningún sentimiento de fracaso o de culpa a la fortuna, y sólo entonces la felicidad lo acompañó de tanto en tanto, como esta noche en que espera. Es verdad, piensa, algunos mueren sin jamás conocerla, como mi padre. Son quienes desearían vivir más años, muchos años, sin saber que sólo prolongarán ese páramo desolado donde han extraviado sus días. Él se siente preparado. La muerte debe ser como esta torre donde hoy vivo encerrado, piensa. Pero también es el lamento de ese lobo, los graznidos de las lechuzas, la luz de las velas a punto de extinguirse, los millares de manuscritos, pergaminos y libros que me rodean, y esto es lo que habremos de dejar. Pero la muerte es fiel y nos consiente cuando con tan denodada paciencia nos acecha. Pronto amanecerá, recapacita, y aún no logra colocar el punto final. ¿Y si quedara así? ¿Si lo dejara para algún lector lejano en el tiempo, capaz de imaginar lo que he pensado en esta noche de espera? Sería una demostración de la magia completa de las palabras: comprobar que el pensamiento es el verdadero demiurgo del mundo. Aun cuando el cuerpo se ha ido, las palabras seguirán ordenando el mundo, éste que hoy dejo… / Ella apareció un día luminoso de  primavera: el altivo talle, la negra cabellera, el rostro juvenil y la mirada pletórica de promesas; la belleza escondida de una raza ya extinta que afloró ante mis ojos como una revelación. Tenía una especial manera de pronunciar las eses. ¿Sobrevivencia tal vez de su lengua ancestral donde las z, las x y las tz las suplían? La imaginé con su túnica blanca, su colorido tocado, y aunque sus pies iban protegidos por zapatos tenis, pude ver la exquisita curva de su arco bien pronunciado sobre las sandalias de cuero de venado. Como todo lo que el azar pone en nuestro camino, percibí la magia que envolvía su sonrisa, la manera de pronunciar las palabras. Conversamos un buen rato y cuando le dije que parecía una princesa azteca, sonrió y me miró con mayor curiosidad. Tal vez sólo se interrogaba por mi profesión, si era un historiador o un antropólogo. Tal vez advirtió que alguien había descubierto su oscuro linaje. Yo me di cuenta que había tocado la cuerda correcta, porque percibí de inmediato la vibración del misterio. Recordé un sueño recurrente: soy un viajero y a mi paso por un valle cercano a la gran ciudad veo a una joven que corre ligera sobre arbustos y rocas. Sin pensarlo la sigo hasta que ella se detiene sorprendida. Me dice que no puedo correr con ella, que ni siquiera puedo estar a su lado y me pide que me aleje. Entiendo perfectamente su lengua y me asombra su respiración pausada, que no revela su febril carrera. Prometo ayudarla en cualquier tarea pero ella sólo me pide que me aleje. Entonces llegan cuatro guerreros y uno de ellos me sujeta por el cuello con su poderoso brazo. Siento que me ahogo y casi me levanta del suelo. Los demás ríen y hablan entre sí. Señalan burlones hacia donde la joven se ha ido y me dan a entender si la quiero. Yo afirmo. Uno de ellos saca de una red un hermoso conejo rojizo y con la cara me indica la loma; abre la mano para indicarme que debo reunir cinco de ellos. Los demás muestran los filosos pedernales y los colocan sobre mi pecho. Amm, amm, amm, rugen mientras con la cabeza me indican que cuando el sol esté sobre el horizonte debo regresar. Veo mis piernas arañadas, mis sandalias desgastadas de cuero y sé que debo atrapar los conejos con mis solas manos, así que dejo colgada la pequeña red de viajero y echo a correr. Un eco de carcajadas me acompaña mientras corro entre el monte… Vuelvo a este día de primavera en el que ella ha llegado. Miro a mi alrededor: los árboles, el patio y siento un aire tibio, miro la nube que ha cubierto el sol al tiempo que ella baja sus pestañas, y me doy cuenta que una hoja más del libro ha pasado. Otra página se abre.


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