La lección del
maestro*
NOÉ AGUDO
Aprovecho la lectura del más reciente
libro de Julio Scherer (Calderón de cuerpo entero) y el clima adverso
hacia su persona que desean crear algunos mojigatos, para decir algo en torno a
los maestros que, desde la distancia, contribuyen con sus obras y ejemplo a
nuestra formación no importa que nunca hayamos convivido con ellos.
1976 fue un año
que me tocó vivir con mucha intensidad: mi activismo estudiantil y la feroz
represión desatada durante los meses finales del sexenio de Luis Echeverría
hicieron que visitara dos veces la cárcel, la primera al penal de Lecumberri
junto con varios otros estudiantes, y la segunda al Campo Militar número uno,
en la que viví una pesadilla en la sola compañía de un trabajador que ya he
contado en este mismo blog (“24 horas en la vida de un activista”); había
pasado también por una huelga de casi tres meses acompañando a un grupo de
choferes, en la que mal comíamos tortas, quelites, que ellos mismos preparaban
y cortaban en los llanos donde hoy están las canchas de fútbol, y alguna fruta
que los colonos del Campamento 2 de Octubre de Iztacalco nos hacían llegar de
tanto en tanto. Aparte mis aventuras personales en busca de un primer amor que
se me perdió en los bifurcados caminos del norte.
Como casi todos
los estudiantes de bachillerato, no era aún un lector de periódicos, así que
poco supe del acoso vivido por Julio Scherer y un puñado de leales ese año, en
la defensa del diario Excélsior que dirigía. De este hecho la
mayoría de mi generación se enteró gracias a la excepcional novela-reportaje
escrita por Vicente Leñero tiempo después: Los periodistas. Sin
embargo, de alguna forma atisbábamos el conflicto, pues en las manifestaciones
que pasaban frente al viejo diario en Reforma era casi una obligación detenerse
para saltar y gritar: “¡Prensa vendida, prensa vendida!”. Personalmente percibí
el problema de otra forma: ya no encontraba la misma calidad en la revista Plural cuando
la dirigía Octavio Paz, de la cual me había hecho lector, que en la editada por
el grupo que lo intentó remplazar después de que Scherer salió de Excélsior, pero
simplemente no me cuestionaba por qué.
Ya como estudiante en
la carrera de periodismo, y tal vez informado y alentado por mis profesores,
vivía expectante al igual que todos por saber qué harían Scherer y sus
seguidores: retomar la dirección de Excélsior, como se los
había prometido el presidente electo José López Portillo, fundar un nuevo
diario o qué… Este qué se dilucidó en noviembre de 1976,
cuando casi todos los alumnos de periodismo llegábamos a nuestros salones de
clase con el flamante primer número de Proceso, la revista que
desde entonces fue un modelo de lo que debe ser un ejercicio periodístico
independiente, crítico y siempre capaz de provocar indignadas, concentradas o
amenas lecturas. Recuerdo especialmente este primer número por el reportaje de
Gabriel García Márquez sobre la guerra de los cubanos en Angola, en apoyo a las
fuerzas rebeldes de aquel país: se titulaba “Operación Carlota”. Él no era aún
el gran Premio Nobel de Literatura y Castro aún seducía como el líder de la
primera revolución socialista en América Latina. Por eso leíamos embelesados la
descripción de cómo dirigía desde la isla, casi como un superhombre, las
operaciones guerrilleras en ese remoto país del África austral. ¡Ah, las
vueltas del tiempo!
Fui un lector
asiduo de Proceso en mis años de estudiante, una vez concluida
mi carrera pagué siempre que pude mi suscripción en los diversos domicilios por
los que rodé, y desde mi lejanía como lector admiraba y envidiaba el trabajo de
don Julio: excelentes reporteros y columnistas; noticias y reportajes que por
su temeridad contra el poder político omnímodo de aquellos años se hacían
inverosímiles; revelaciones y filtraciones que sólo le eran concedidas a
periodistas y un director de la talla de don Julio Scherer, y una sección
cultural que nos enseñaba y hacía empezar la lectura de la revista por el final:
por “Boogie, el aceitoso”, de Fontanarrosa, por la columna “Inventario” de José
Emilio Pacheco, y los avatares, vida y obra de escritores, pintores, cineastas,
dramaturgos y todo eso que se denomina cultura. Pasaba después al análisis
político y luego a los reportajes sensacionales que develaban la corrupción,
prepotencia, arbitrariedad, actos criminales e ineptitud del régimen priista.
“¿Cómo le hace para
tener ese tipo de colaboradores?”, pregunté a don Julio alguna ocasión que
conversamos. “Ellos deben sentirse muy a gusto con lo que hacen, por eso lo
hacen bien”, respondió como si se tratara de la cosa más simple del mundo.
Nunca intenté trabajar en Proceso. Los caminos de la vida me
llevaron a una revista que, por su naturaleza, era la antítesis de ese semanario:
la moda, la belleza, la elegancia, el estilo de vida del beau
monde criollo. Sin embargo, gracias a esta revista, y a que mi
patroncito, quien también era propietario de un antiguo diario, andaba
cortejando a don Julio para que lo dirigiera, lo pude conocer al fin:
“Entrevístelo”, me ordenó.
“Don Julio es
inentrevistable, me advirtieron, te va a responder que las entrevistas las hace
él”. Y así fue. Sin embargo, al darse cuenta de mi persistencia ─empezamos
por entrevistar a sus colaboradores, a sus amigos más queridos y aun a sus
enemigos─aceptó recibirnos en sus oficinas de Proceso. Iluminada,
limpia y solitaria la sala para los tres (él, una reportera que me acompañaba y
yo) conversamos largamente. Ninguna decepción. Siempre amable, fue algo mejor
que una entrevista: nos habló de su amistad con los famosos, su habilidad para
evadir los encantos del poder, sobre la contundencia de una opinión, el valor
de una verdadera noticia, la percepción para husmearla, las vidas públicas,
privadas, y aun secretas e íntimas que todo buen personaje debe tener, según
revelación que le hizo García Márquez, etc. Al concluir la charla él mismo
quedó de enviarnos la fotografía para ilustrar “eso que están preparando”.
Cumplió. El reportaje completo se publicó en Varón México (la
versión para varones de Vogue) de enero de 1993, e
incluyó testimonios de Granados Chapa, Naranjo, Heberto Castillo, Aguilar Camín
y varios otros. La reportera que me acompañó a la plática le llevó algunos
ejemplares de la revista cuando la tuvimos impresa, y cuenta que don Julio la
vio, leyó la presentación, hojeó las páginas donde se desplegaba el reportaje y
sólo dijo muy bajito:
“Me gustó”.
Si me preguntaran
cuál periodista ha influido más en mi formación, contestaría que han sido dos:
Fernando Benítez y Julio Scherer. Elegante, bromista, culto y desbordado el
primero; valiente, culto, seductor, también elegante y de una enorme facundia
el segundo. Ambos soberanos de ese reino de imprecisas fronteras que es el
territorio donde se funden el periodismo y la literatura. Ambos maestros que
han, siguen y seguirán enseñando a pesar de que el primero ya ha desaparecido,
y de que se ha retirado el segundo. Ambos sin cuya obra México simplemente no
sería.
*Tomo prestado este título perteneciente
a una novela corta de Henry James por la perfección con que se amolda a la
intención de mi escrito. Julio Scherer es un verdadero maestro, aunque jamás
haya impartido cátedra en ninguna universidad. Leo rigurosamente cada uno de
sus libros cuando tenemos la fortuna de que los publique, y de este último
remito a los envidiosos a las páginas 19 y 19, donde en ocho breves párrafos
hace un resumen del fracaso de los últimos ocho presidentes que ha padecido
México.
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