sábado, 22 de junio de 2013

Remembranza: La cuaresma opaca II

La cuaresma opaca II

NOÉ AGUDO
Para Alicia Velázquez

Llegar a El Peñasco fue entrar en otro mundo. De las tierras altas de la sierra a la calidez envolvente de las riberas. Del campo siempre verde al pardo revolotear del polvo en la canícula. Del olor de la piña y el café en las alturas al suave aroma de las ciruelas y la caña dulce en los ribazos. Ni la noche más oscura lograba borrar el resplandor de la tierra caliza sobre la que los garrobales y el maricacao se dibujaban como sobre un impecable lienzo blanco.
    No recuerdo con precisión si se trató de la primera cena, pero la tuvimos en casa de un campesino al que sólo conocí como “el papá de Julio”. Hombre curtido y de anchas espaldas, esa noche preguntó a mi padre si nos gustaban las macayumas.“Claro que sí”, dijo mi padre, “tanto el fruto como los tallos”. El fruto es del tamaño de un melón pero parecido a una teta femenina (cuando las mujeres amamantan y tienen poca leche se golpean la espalda con este fruto y luego se lo comen, porque tienen la creencia de que eso aumentará su flujo de leche); es de color verde por fuera y blanco y fibroso por dentro; se come asado y la pulpa se asemeja a la pechuga de pavo, aunque tiene un sabor parecido al de los espárragos. Su tallo crece en  forma de gruesas enredaderas; éstas se cortan en trozos de quince a veinte centímetros, se cuecen en ollas de barro con una pizca de sal, ramitos de hojas aromáticas, también silvestres y, si se puede, algunos dientes de ajo. El resultado es un cocido cuyo delicioso sabor jamás lo imaginaron Brillat de Savarin o Paul Bocuse.
    Después de cenar el papá de Julio contó que días antes había ido al Puerto, allí le entregaron un papel y quería que mi padre le explicara su contenido. Se levantó, fue a una esquina de la habitación y de unos tecomates que colgaban del techo sacó una hojita. La desdobló con sus manos callosas y se la extendió a mi padre. Mostraba el dibujo de un hombre que representaba  a México y levantaba un hacha para cortar el tentáculo de un pulpo llamado “Comunismo”, cuyo cuerpo se asentaba en la isla de Cuba. “Ah, es propaganda contra el comunismo” dijo mi padre. Platicaron un buen rato acerca de esto y así fue como en El Peñasco recibí mi primera lección sobre la revolución cubana, tan temida y admirada por esos días.
    Pronto tuve muchos y nuevos amigos. Con algunos iba a pescar al Río Grande, que marcaba los límites con los terrenos de San Bartolomé y San Agustín, dos pueblos loxicha como el nuestro. Pescábamos truchas, camarones y “chacales”, unos langostinos de agua dulce que muchos años después volví a comer en Nueva Orleans, de los criaderos del Mississippi, y casi me hicieron llorar al evocar ese sabor conocido en mi infancia. Otros amigos me llevaban a sus casas, rodeadas regularmente por ciruelos, mangos y cocoteros. Eran pequeños grupos familiares que imagino se fueron asentando en los lugares de su predilección y ahora tenían en la escuela un punto en común.
    Por ejemplo, en el arroyo que pasaba al pie de la loma donde estaba la escuela vivían los Gómez. La familia de Chico Gómez era propietaria de un cañaveral que producía las cañas más dulces, suaves y jugosas que he probado. Más abajo vivían los Sánchez. De Antonino y su hermano recuerdo sus frondosos y muníficos árboles de guanábana. Bastaba estirar la mano para arrancar una que al día siguiente maduraba suave y aromática. Junto a la escuela vivían los Reyes, el papá de Julio y cuatro hermanos más. Ellos tenían los mejores ciruelos de la región: achaparrados, con grandes ramajes y como inoculados contra las plagas, en la cuaresma se vestían pletóricos de colores rojo, verde y dorado; eran las ciruelas maduras que bandadas de pericos nos ayudaban a comer, pues resultaban demasiadas para nosotros. Y ni pensar en pizcarlas para llevarlas a vender a la ciudad más cercana, pues ésta se hallaba a dos días y medio de camino. Lo que hacían los campesinos era cortarlas y ponerlas a secar, para así conservar su dulzura y aroma, y luego las vendían como ciruelas secas en las poblaciones cercanas.
    Hacia las tierras altas vivían los Martínez. Nunca fui a la casa de ninguno de ellos porque eran las más alejadas de la escuela, pero los acompañé muchas veces a la loma para buscar hongos de carnizuelo. (Cuando leí El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, me enteré por primera vez del cornezuelo, el hongo parásito de este cereal; sin embargo, nada tiene que ver con el árbol esbelto y cubierto de espinas de las tierras templadas, que yo considero sin duda mágico por las múltiples propiedades que posee. Una de ellas es que, varios años después de muerto, alrededor de donde se erigió su tronco aparecen en la época de lluvias unos hongos que crecen cual si fueran dedos y manos de alguien que se esforzara por salir de entre la tierra. Su consistencia es realmente la de jugosos trozos de carne, pero de un color blancuzco y con un aroma y sabor tan sublimes que cualquier comparación resulta inadecuada. Pero tiene muchas otras virtudes el carnizuelo, de las cuales hablaré después.) También buscábamos huevos de codorniz y, de ser posible, las atrapábamos. Leyendo a Jacques Soustelle descubrí que unas aves encopetadas, que la gente de por aquí llaman cocoxtles, son en realidad un tipo de delicioso faisán cuando se le come asado. Parecen tan fáciles de cazar porque prefieren huir corriendo antes que volar, así que eran un blanco fácil para nuestras hondas.
    Hacia el oriente vivían más familias. De allí venía un par de hermosas muchachas a las que nunca me atreví a molestar y sólo recuerdo el nombre de una de ellas: Sirenia. Hace pocos años acudí a un baile público porque dos de mis ahijados concluían su ciclo escolar. Quien animaba la fiesta formaba las parejas; primero elegía a las ancianas para bailar con hombres de cualquier edad, porque de otra forma nadie las sacaba, todos preferimos a las jóvenes. Así que cuando me presentó con una apacible matrona como de sesenta años, bailé gustoso y complacido con ella. Sólo un rato después, alguien, enterado de que yo había estudiado en El Peñasco, se acercó a preguntarme con el aire de quien revela un misterio: “¿Sabe con quién acaba de bailar?” No, le respondí. “Con Sirenia, su antigua compañera de escuela”, me dijo con voz queda. “¡Ah, el desamparo que provocan los años!”, pensé mientras la miraba y recordaba a esa hermosa niña de doce o trece años que conocí.
    Hacia la juntura del río (así se denomina donde se unen dos o tres corrientes), en los límites de los terrenos de San Bartolomé y San Agustín, vivía la familia de Otilio, un muchacho muy inteligente que llegó a ser presidente municipal (varios alumnos de mi padre lo fueron; además de Otilio recuerdo a Constantino, Crispín y Julio). Con él aprendí a nadar en una enorme y transparente poza que se formaba cerca de su casa. Después Otilio estudió para profesor, trabajó como tal y participó en los movimientos magisteriales; finalmente lo arrasó el alcohol; tal vez mucho tuvo que ver en ello la presencia de los militares en la región, cuando persiguieron al Ejército Revolucionario del Pueblo, una organización guerrillera que se hizo eco del levantamiento Zapatista en 1995.
    En una choza cercana a la escuela vivía un hombre solitario que despertaba las más variadas historias en mi imaginación. Era un anciano como de setenta años, vestido siempre con calzón de manta y camisa blanquísimos. Lo veía deambular de su casa al patio y algunas veces bajar al pozo de agua; nadie le hablaba ni él conversaba con nadie. Sólo sabía su nombre: Eulogio, e imaginaba que era un matón retirado, o alguien que se había escondido en esa región remota para olvidarse del mundo. Solía encerrarse en su cabaña cuando los alumnos salían al recreo y aparecía muy temprano o cuando ya todos se habían ido a sus casas por la tarde. Un día se acercó tembloroso hasta donde desayunábamos, llevaba un jarro y dos pocillos de peltre blancos. Mi padre se levantó de inmediato para encontrarlo porque avanzaba con dificultad. Vi que su intención era invitarnos una taza de lo que llevaba en el jarrito, pero mi papá se lo agradeció y le mostró que justo en ese momento desayunábamos. Eulogio insistía y mi papá se negaba hasta que pudo convencerlo y lo acompañó de regreso a su vivienda.
    Uno de los árboles más frondosos que rodeaba el amplio patio de la escuela era un jícaro. Por las noches llegaban a cantar y vigilar entre sus ramas unas enormes lechuzas de plumas gris perla, “pedreadas” les decía la gente. Las conocía muy bien porque en los primeros días, cuando llegamos, apareció una muerta bajo el árbol y la pude observar con toda calma. Era casi tan grande como un pavo, su pico durísimo y curvo, y unos ojos enormes y redondos que se negaba a abrir aun muerta. Bajo este jícaro también llegó a trabajar un carpintero. Puso su banco de madera, trajo su garlopa, su cincel y serruchos y se puso a desbastar gruesos troncos de maderas preciosas. Nunca he escuchado conversar a nadie con tal sabrosura y gracia como lo hacía este hombre que labraba yugos, escaleras, sillas y unas toscas mesas que seguramente las armaba para durar siglos. Desde entonces adquirí también el gusto por acariciar la madera pulida y sobre todo por aspirar el aroma de la caoba, del cuachipil y el copalar.
    Si en el día el bullicio de los alumnos mantenía el patio libre, por las tardes y noches pertenecía por entero a los animales. Aún me sigue admirando que el ganado busque siempre un terreno plano donde echarse a rumiar por la noche; allí arribaban hermosas vacas con sus vivaces becerros, acompañadas por unos impresionantes toros de enormes cuernos que caminaban con gran majestuosidad. También llegaban asnos, mulos y algunos caballos. Los campesinos estaban tan bien organizados que a primera hora pasaban a barrer y recoger el estiércol dejado por los animales. Lo hacían con gusto pues además de que se alternaban semanalmente para esta y otras tareas, el estiércol del ganado que juntaban era el mejor abono para los huertos. Y mi papá lo agradecía, pues el patio estaba limpio para la clase de gimnasia que ningún día dejó de impartir a sus alumnos por las mañanas. Algunos padres se acercaban sonrientes a mirar, y tal vez no entendían esos movimientos de brazos, piernas y tórax, si bastaba subir el primer cerro para hacer el mejor ejercicio.
    Uno de mis pasatiempos favoritos cuando me quedaba solo era elegir un toro y colgarme de su cola. Aprovechaba que estos animales patean lateralmente, no hacia atrás como los mulos, para colgarme de sus colas y obligarlos a arrastrarme por el patio. Como si entendieran que se trataba de un juego, me obedecía mansamente.
    No obstante las aventuras, la belleza de la región y los nuevos amigos con los que convivía, extrañaba a mi madre. Tendría unos seis o siete años. Algunas noches claras de luna me sentaba junto a un árbol y miraba el silencioso astro, imaginando que tal vez mi madre lo estaría contemplando en esos momentos y algo me consolaba. Quería mucho a mi padre, vivía contento con él, pero necesitaba a mi madre; más aún cuando al atardecer el melancólico piar de algunas aves que buscaban las umbrías frondas para dormir detonaban mi tristeza.
    Por eso no había alegría mayor que los viernes por la tarde, cuando partíamos de este rincón feraz al concluir las clases. Montaba en mi desgarbado caballo y comenzábamos el ascenso; mi padre nos seguía detrás con un mulo que cargaba nuestras cosas. En cuanto encumbrábamos un cerro y seguíamos por el espinazo de la montaña, me gustaba mirar el horizonte: los violentos tonos rojizos y anaranjados que se producen cuando el sol parece hundirse generan en verdad una sensación de muerte; las nubes parecen estallar en mil fragmentos, como si una enorme explosión las hubiera partido en trozos minúsculos para dispersarlas sobre las montañas. ¡Cómo no iban a imaginar nuestros antepasados que el sol moría atravesado por las saetas del flechador del cielo! Más adelante, cuando las sombras se hacían más oscuras, el lamento de la potzoaca me confirmaba esta sensación. La potzoaca es un ave nocturna que gusta revolotear por el camino, delante de los caminantes, lanzando un graznido lastimero que parece decir: “¡Caballero, caballero!”
    Cuando por alguna razón mi padre se debía quedar yo me iba solo, pero entonces partía los sábados por la mañana y me iba caminando, no se me permitía ir montado. Nunca faltaba encontrar a un condiscípulo por el camino. Íbamos jugando y platicando, pues ellos también iban al pueblo a comprar jabón, panela o cualquier otra mercancía. Mi broma favorita era preguntarles si querían aprender a escribir bien (aún usábamos el tintero y las plumillas de metal y todos intentábamos tener bonita letra). Si mi compañero respondía afirmativamente, lo convencía de lo fácil que era lograr una letra perfecta realizando un pequeño truco; él se quedaba incrédulo de lo que le platicaba y, mientras, yo buscaba por el camino el lugar para completar la broma. Esto sucedía cuando descubría unos pequeños montículos de tierra suelta. Le pedía disimuladamente que mirara hacia otro lado mientras lo acercaba al montículo y le preguntaba si estaba listo para aprender a escribir bien. “Estoy listo”, me respondía ansioso. Entonces le pedía que cerrara sus ojos y que me dejara guiar sus manos. Yo agitaba rápidamente el montón de tierra y millares de pequeñas hormigas negras se revolvían furiosas. Le pedía a mi compañero que, sin abrir sus ojos, posara suavemente sus manos sobre ese tapete viviente; las hormigas son tan pequeñas que al principio ni se sienten y mientras no se las sacuda no hacen nada, pero en cuanto trepaban por sus brazos el aprendiz de escribano sabía que algo estaba mal. Abría los ojos y, asustado, se las quería quitar a manotazos, y entonces las hormiguitas picaban furiosas. Era el precio a pagar para tener una bonita letra.
    Cuando iba solo y encontraba mujeres simulaba que tenía ataques. Ponía los ojos en blanco, me sacudía, me tiraba al suelo, me convulsionaba y revolcaba hasta que alguna empezaba a gritar y llorar preocupada. Sólo entonces detenía mi actuación, me ponía de pie, me sacudía el polvo y echaba a correr porque más de alguna vez me siguieron a pedradas.  
     Algunos campesinos me miraban como a un verdadero chaneque. Otros, que ya me conocían, sacaban jícamas, trozos de caña o naranjas y me invitaban. Los acompañaba un rato e iba contestando a  sus preguntas: “¿Por qué solo, Nueé? ¿Por qué no vino tu papá? ¿Quedó el viejo solo en el rancho? ¿En qué año estudias?” En cuanto veía un panal, me quedaba rezagado para poderlo apedrear y provocar a las avispas. Me gustaba que me persiguieran, furiosas, y era una satisfacción lograrlas evadir, aunque casi siempre me alcanzaban. Después seguía mi camino. Me gustaba que mi madre me viera llegar solo, sano y salvo.      

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