La cuaresma opaca II
NOÉ
AGUDO
Para Alicia Velázquez
Llegar a El
Peñasco fue entrar en otro mundo. De las tierras altas de la sierra a la
calidez envolvente de las riberas. Del campo siempre verde al pardo revolotear
del polvo en la canícula. Del olor de la piña y el café en las alturas al suave
aroma de las ciruelas y la caña dulce en los ribazos. Ni la noche más oscura
lograba borrar el resplandor de la tierra caliza sobre la que los garrobales y
el maricacao se dibujaban como sobre un impecable lienzo blanco.
No recuerdo con precisión si se trató
de la primera cena, pero la tuvimos en casa de un campesino al que sólo conocí
como “el papá de Julio”. Hombre curtido y de anchas espaldas, esa noche
preguntó a mi padre si nos gustaban las macayumas.“Claro que sí”, dijo mi
padre, “tanto el fruto como los tallos”. El fruto es del tamaño de un melón
pero parecido a una teta femenina (cuando las mujeres amamantan y tienen poca
leche se golpean la espalda con este fruto y luego se lo comen, porque tienen
la creencia de que eso aumentará su flujo de leche); es de color verde por
fuera y blanco y fibroso por dentro; se come asado y la pulpa se asemeja a la
pechuga de pavo, aunque tiene un sabor parecido al de los espárragos. Su tallo
crece en forma de gruesas
enredaderas; éstas se cortan en trozos de quince a veinte centímetros, se
cuecen en ollas de barro con una pizca de sal, ramitos de hojas aromáticas,
también silvestres y, si se puede, algunos dientes de ajo. El resultado es un
cocido cuyo delicioso sabor jamás lo imaginaron Brillat de Savarin o Paul
Bocuse.
Después de cenar el papá de Julio
contó que días antes había ido al Puerto, allí le entregaron un papel y quería
que mi padre le explicara su contenido. Se levantó, fue a una esquina de la
habitación y de unos tecomates que colgaban del techo sacó una hojita. La
desdobló con sus manos callosas y se la extendió a mi padre. Mostraba el dibujo
de un hombre que representaba a
México y levantaba un hacha para cortar el tentáculo de un pulpo llamado
“Comunismo”, cuyo cuerpo se asentaba en la isla de Cuba. “Ah, es propaganda
contra el comunismo” dijo mi padre. Platicaron un buen rato acerca de esto y
así fue como en El Peñasco recibí mi primera lección sobre la revolución
cubana, tan temida y admirada por esos días.
Pronto tuve muchos y nuevos amigos.
Con algunos iba a pescar al Río Grande, que marcaba los límites con los
terrenos de San Bartolomé y San Agustín, dos pueblos loxicha como el nuestro. Pescábamos truchas,
camarones y “chacales”, unos langostinos de agua dulce que muchos años después
volví a comer en Nueva Orleans, de los criaderos del Mississippi, y casi me
hicieron llorar al evocar ese sabor conocido en mi infancia. Otros amigos me
llevaban a sus casas, rodeadas regularmente por ciruelos, mangos y cocoteros.
Eran pequeños grupos familiares que imagino se fueron asentando en los lugares
de su predilección y ahora tenían en la escuela un punto en común.
Por ejemplo, en el arroyo que pasaba
al pie de la loma donde estaba la escuela vivían los Gómez. La familia de Chico
Gómez era propietaria de un cañaveral que producía las cañas más dulces, suaves
y jugosas que he probado. Más abajo vivían los Sánchez. De Antonino y su
hermano recuerdo sus frondosos y muníficos árboles de guanábana. Bastaba
estirar la mano para arrancar una que al día siguiente maduraba suave y
aromática. Junto a la escuela vivían los Reyes, el papá de Julio y cuatro
hermanos más. Ellos tenían los mejores ciruelos de la región: achaparrados, con
grandes ramajes y como inoculados contra las plagas, en la cuaresma se vestían
pletóricos de colores rojo, verde y dorado; eran las ciruelas maduras que
bandadas de pericos nos ayudaban a comer, pues resultaban demasiadas para
nosotros. Y ni pensar en pizcarlas para llevarlas a vender a la ciudad más
cercana, pues ésta se hallaba a dos días y medio de camino. Lo que hacían los
campesinos era cortarlas y ponerlas a secar, para así conservar su dulzura y
aroma, y luego las vendían como ciruelas secas en las poblaciones cercanas.
Hacia las tierras altas vivían los
Martínez. Nunca fui a la casa de ninguno de ellos porque eran las más alejadas
de la escuela, pero los acompañé muchas veces a la loma para buscar hongos de
carnizuelo. (Cuando leí El
guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, me enteré por primera vez del
cornezuelo, el hongo parásito de este cereal; sin embargo, nada tiene que ver
con el árbol esbelto y cubierto de espinas de las tierras templadas, que yo
considero sin duda mágico por las múltiples propiedades que posee. Una de ellas
es que, varios años después de muerto, alrededor de donde se erigió su tronco
aparecen en la época de lluvias unos hongos que crecen cual si fueran dedos y
manos de alguien que se esforzara por salir de entre la tierra. Su consistencia
es realmente la de jugosos trozos de carne, pero de un color blancuzco y con un
aroma y sabor tan sublimes que cualquier comparación resulta inadecuada. Pero
tiene muchas otras virtudes el carnizuelo, de las cuales hablaré después.)
También buscábamos huevos de codorniz y, de ser posible, las atrapábamos.
Leyendo a Jacques Soustelle descubrí que unas aves encopetadas, que la gente de
por aquí llaman cocoxtles, son en realidad un tipo de delicioso faisán cuando
se le come asado. Parecen tan fáciles de cazar porque prefieren huir corriendo
antes que volar, así que eran un blanco fácil para nuestras hondas.
Hacia el oriente vivían más familias.
De allí venía un par de hermosas muchachas a las que nunca me atreví a molestar
y sólo recuerdo el nombre de una de ellas: Sirenia. Hace pocos años acudí a un
baile público porque dos de mis ahijados concluían su ciclo escolar. Quien
animaba la fiesta formaba las parejas; primero elegía a las ancianas para
bailar con hombres de cualquier edad, porque de otra forma nadie las sacaba,
todos preferimos a las jóvenes. Así que cuando me presentó con una apacible
matrona como de sesenta años, bailé gustoso y complacido con ella. Sólo un rato
después, alguien, enterado de que yo había estudiado en El Peñasco, se acercó a
preguntarme con el aire de quien revela un misterio: “¿Sabe con quién acaba de
bailar?” No, le respondí. “Con Sirenia, su antigua compañera de escuela”, me
dijo con voz queda. “¡Ah, el desamparo que provocan los años!”, pensé mientras
la miraba y recordaba a esa hermosa niña de doce o trece años que conocí.
Hacia la juntura del río (así se
denomina donde se unen dos o tres corrientes), en los límites de los terrenos
de San Bartolomé y San Agustín, vivía la familia de Otilio, un muchacho muy
inteligente que llegó a ser presidente municipal (varios alumnos de mi padre lo
fueron; además de Otilio recuerdo a Constantino, Crispín y Julio). Con él aprendí
a nadar en una enorme y transparente poza que se formaba cerca de su casa.
Después Otilio estudió para profesor, trabajó como tal y participó en los
movimientos magisteriales; finalmente lo arrasó el alcohol; tal vez mucho tuvo
que ver en ello la presencia de los militares en la región, cuando persiguieron
al Ejército Revolucionario del Pueblo, una organización guerrillera que se hizo
eco del levantamiento Zapatista en 1995.
En una choza cercana a la escuela
vivía un hombre solitario que despertaba las más variadas historias en mi
imaginación. Era un anciano como de setenta años, vestido siempre con calzón de
manta y camisa blanquísimos. Lo veía deambular de su casa al patio y algunas
veces bajar al pozo de agua; nadie le hablaba ni él conversaba con nadie. Sólo
sabía su nombre: Eulogio, e imaginaba que era un matón retirado, o alguien que
se había escondido en esa región remota para olvidarse del mundo. Solía
encerrarse en su cabaña cuando los alumnos salían al recreo y aparecía muy
temprano o cuando ya todos se habían ido a sus casas por la tarde. Un día se
acercó tembloroso hasta donde desayunábamos, llevaba un jarro y dos pocillos de
peltre blancos. Mi padre se levantó de inmediato para encontrarlo porque
avanzaba con dificultad. Vi que su intención era invitarnos una taza de lo que
llevaba en el jarrito, pero mi papá se lo agradeció y le mostró que justo en
ese momento desayunábamos. Eulogio insistía y mi papá se negaba hasta que pudo
convencerlo y lo acompañó de regreso a su vivienda.
Uno de los árboles más frondosos que
rodeaba el amplio patio de la escuela era un jícaro. Por las noches llegaban a
cantar y vigilar entre sus ramas unas enormes lechuzas de plumas gris perla,
“pedreadas” les decía la gente. Las conocía muy bien porque en los primeros
días, cuando llegamos, apareció una muerta bajo el árbol y la pude observar con
toda calma. Era casi tan grande como un pavo, su pico durísimo y curvo, y unos
ojos enormes y redondos que se negaba a abrir aun muerta. Bajo este jícaro
también llegó a trabajar un carpintero. Puso su banco de madera, trajo su
garlopa, su cincel y serruchos y se puso a desbastar gruesos troncos de maderas
preciosas. Nunca he escuchado conversar a nadie con tal sabrosura y gracia como
lo hacía este hombre que labraba yugos, escaleras, sillas y unas toscas mesas
que seguramente las armaba para durar siglos. Desde entonces adquirí también el
gusto por acariciar la madera pulida y sobre todo por aspirar el aroma de la
caoba, del cuachipil y el copalar.
Si en el día el bullicio de los
alumnos mantenía el patio libre, por las tardes y noches pertenecía por entero
a los animales. Aún me sigue admirando que el ganado busque siempre un terreno
plano donde echarse a rumiar por la noche; allí arribaban hermosas vacas con
sus vivaces becerros, acompañadas por unos impresionantes toros de enormes
cuernos que caminaban con gran majestuosidad. También llegaban asnos, mulos y
algunos caballos. Los campesinos estaban tan bien organizados que a primera
hora pasaban a barrer y recoger el estiércol dejado por los animales. Lo hacían
con gusto pues además de que se alternaban semanalmente para esta y otras
tareas, el estiércol del ganado que juntaban era el mejor abono para los
huertos. Y mi papá lo agradecía, pues el patio estaba limpio para la clase de
gimnasia que ningún día dejó de impartir a sus alumnos por las mañanas. Algunos
padres se acercaban sonrientes a mirar, y tal vez no entendían esos movimientos
de brazos, piernas y tórax, si bastaba subir el primer cerro para hacer el
mejor ejercicio.
Uno de mis pasatiempos favoritos
cuando me quedaba solo era elegir un toro y colgarme de su cola. Aprovechaba
que estos animales patean lateralmente, no hacia atrás como los mulos, para
colgarme de sus colas y obligarlos a arrastrarme por el patio. Como si
entendieran que se trataba de un juego, me obedecía mansamente.
No obstante las aventuras, la belleza
de la región y los nuevos amigos con los que convivía, extrañaba a mi madre.
Tendría unos seis o siete años. Algunas noches claras de luna me sentaba junto
a un árbol y miraba el silencioso astro, imaginando que tal vez mi madre lo
estaría contemplando en esos momentos y algo me consolaba. Quería mucho a mi
padre, vivía contento con él, pero necesitaba a mi madre; más aún cuando al
atardecer el melancólico piar de algunas aves que buscaban las umbrías frondas
para dormir detonaban mi tristeza.
Por eso no había alegría mayor que los
viernes por la tarde, cuando partíamos de este rincón feraz al concluir las
clases. Montaba en mi desgarbado caballo y comenzábamos el ascenso; mi padre
nos seguía detrás con un mulo que cargaba nuestras cosas. En cuanto
encumbrábamos un cerro y seguíamos por el espinazo de la montaña, me gustaba
mirar el horizonte: los violentos tonos rojizos y anaranjados que se producen
cuando el sol parece hundirse generan en verdad una sensación de muerte; las
nubes parecen estallar en mil fragmentos, como si una enorme explosión las
hubiera partido en trozos minúsculos para dispersarlas sobre las montañas.
¡Cómo no iban a imaginar nuestros antepasados que el sol moría atravesado por
las saetas del flechador del cielo! Más adelante, cuando las sombras se hacían
más oscuras, el lamento de la potzoaca me confirmaba esta sensación. La
potzoaca es un ave nocturna que gusta revolotear por el camino, delante de los
caminantes, lanzando un graznido lastimero que parece decir: “¡Caballero,
caballero!”
Cuando por alguna razón mi padre se
debía quedar yo me iba solo, pero entonces partía los sábados por la mañana y
me iba caminando, no se me permitía ir montado. Nunca faltaba encontrar a un
condiscípulo por el camino. Íbamos jugando y platicando, pues ellos también
iban al pueblo a comprar jabón, panela o cualquier otra mercancía. Mi broma
favorita era preguntarles si querían aprender a escribir bien (aún usábamos el
tintero y las plumillas de metal y todos intentábamos tener bonita letra). Si
mi compañero respondía afirmativamente, lo convencía de lo fácil que era lograr
una letra perfecta realizando un pequeño truco; él se quedaba incrédulo de lo
que le platicaba y, mientras, yo buscaba por el camino el lugar para completar
la broma. Esto sucedía cuando descubría unos pequeños montículos de tierra
suelta. Le pedía disimuladamente que mirara hacia otro lado mientras lo
acercaba al montículo y le preguntaba si estaba listo para aprender a escribir
bien. “Estoy listo”, me respondía ansioso. Entonces le pedía que cerrara sus
ojos y que me dejara guiar sus manos. Yo agitaba rápidamente el montón de
tierra y millares de pequeñas hormigas negras se revolvían furiosas. Le pedía a
mi compañero que, sin abrir sus ojos, posara suavemente sus manos sobre ese
tapete viviente; las hormigas son tan pequeñas que al principio ni se sienten y
mientras no se las sacuda no hacen nada, pero en cuanto trepaban por sus brazos
el aprendiz de escribano sabía que algo estaba mal. Abría los ojos y, asustado,
se las quería quitar a manotazos, y entonces las hormiguitas picaban furiosas.
Era el precio a pagar para tener una bonita letra.
Cuando iba solo y encontraba mujeres
simulaba que tenía ataques. Ponía los ojos en blanco, me sacudía, me tiraba al
suelo, me convulsionaba y revolcaba hasta que alguna empezaba a gritar y llorar
preocupada. Sólo entonces detenía mi actuación, me ponía de pie, me sacudía el
polvo y echaba a correr porque más de alguna vez me siguieron a pedradas.
Algunos campesinos me miraban como a
un verdadero chaneque. Otros, que ya me conocían, sacaban jícamas, trozos de
caña o naranjas y me invitaban. Los acompañaba un rato e iba contestando
a sus preguntas: “¿Por qué solo, Nueé? ¿Por qué no vino tu papá? ¿Quedó
el viejo solo en el rancho? ¿En qué año estudias?” En cuanto veía un panal, me
quedaba rezagado para poderlo apedrear y provocar a las avispas. Me gustaba que
me persiguieran, furiosas, y era una satisfacción lograrlas evadir, aunque casi
siempre me alcanzaban. Después seguía mi camino. Me gustaba que mi madre me
viera llegar solo, sano y salvo.
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