Sobre el miedo de escribir
NOÉ AGUDO
Debo confesarles
que casi siempre tengo miedo de escribir. No el horror a la página en blanco de
la mayoría; mi temor se debe más bien a los efectos que los textos pudieran
tener. Siempre los concibo como frágiles barquitos lanzados a una corriente
tempestuosa por donde a veces avanzan a velocidades vertiginosas, otras con
pasos de pingüino, algunos se estrellan fatalmente contra los muros de la
indiferencia y otros arriban al soleado puerto de una mirada bienhechora. Y
allí se desatan entonces reacciones imprevisibles. Muchas veces he pensado si
cada uno escribe un guión para la vida. Por eso, cuando amigos
bienintencionados me animan a terminar esa novela de la cual tengo ya el magma,
por lo regular me quedo callado; como casi todas, narra las vidas de varios
personajes pero entrelazadas con la mía.
¿Y cuál es el temor?, se preguntarán.
Simple: temo volverme un personaje más de mis historias, un elemento de esa
misteriosa trama urdida con palabras, un iniciador o actor de las acciones para
algún desenlace trágico o feliz, como ya me ha ocurrido en varias ocasiones.
¿Por qué no has concluido tu novela?, me preguntan. Porque la estoy viviendo,
es mi respuesta. Y estoy satisfecho de ser el personaje incidental, secundario
o principal de la compleja trama de la vida, la cual vamos tejiendo a diario,
porque nada atenta contra la imprevisibilidad de su desenlace. ¿Pero cifrarla
en un texto? Eso expone su misterio y atenta contra el destino que en algún
lugar las parcas tejen en silencio.
Encontré esta misma situación para un
personaje balzaciano en una novelita a todas luces recomendable: La duquesa de Langeais. Él no
escribe por temor, ciertamente, pero tampoco tiene tiempo de hacerlo porque
vive la literatura. Estas son las líneas esenciales: “…pero un hombre cuya vida
no había sido, por decirlo así, más que una serie de poesías en acción y que
siempre había vivido novelas en lugar de escribirlas, un hombre de ejecución
sobre todo, no podía menos que sentirse tentado por una cosa en apariencia
imposible.” Esa cosa es el rescate de una doncella y hasta aquí dejo a Balzac.
Vuelvo ahora a mi caso.
Era un viernes y por un azar me había
quedado solo en la escuela. Cuando iba saliendo llamó mi atención un hermoso
cartel con tres colores principales sobre el fondo blanco del papel pegado en
el muro: era un ramo de flores rojas sostenidas por un manojo de tallos verdes
y las letras negras; invitaba a participar en un concurso de cuento. Lo leí con
atención y advertí que el lunes siguiente se agotaba el plazo para la entrega
de los trabajos. El buen diseño y la sencillez del cartel hicieron no olvidarme
del concurso y por el camino fui rumiando la historia a desarrollar. Cuando
llegué a mi casa me senté a escribirlo y lo terminé sin pudor. Eran años de
desconfianza hacia el correo, así que lo puse en un sobre y yo mismo decidí
llevarlo a Ciudad Universitaria el siguiente lunes, y así lo hice.
Pasaron los días, tal vez dos meses,
yo había olvidado el cuento pero pude conseguir uno de los carteles y lo tenía
pegado en una pared de mi cuarto. Por eso me conmovió cuando un compañero,
agitando un ejemplar de la Gaceta, me avisaba que estaba propuesto para
primer lugar en ese concurso ya olvidado. Sí, efectivamente, el cuentito ocupó
un primer lugar entre cerca de 200 trabajos enviados y fue publicado en la Gaceta y después recogido en un libro. Leerlo
a la distancia de casi cuarenta años no puede provocar sino un sentimiento de
ternura y piedad. Pero eran mis inicios y el comienzo de este temor de convocar
fantasmas fraguados en los laberintos de la imaginación. Y aquí es donde ligo
esa preocupación.
Recibí un premio de cinco mil pesos
por él. Nada más entregarme el cheque el doctor Fernando Pérez Correa (nótese
el nivel de funcionarios que entonces tenía el Colegio de Ciencias y
Humanidades, no los sicofantes de hoy) y corrí a comprar un ejemplar de Terra Nostra, la más reciente
novela de Carlos Fuentes por esos días y que ansiaba leer. Y hasta allí
aproveché el premio, porque ya contaré más adelante cómo lo perdí todo. Con
este relato experimenté también cómo mi vida cambiaba bruscamente de dirección
bajo los efectos de su lectura.
Aquí está ese cuentito y pido
disculpas por las erratas y gazapos del adolescente que lo escribió. Más
adelante relataré la historia que suscitó.
Por eso regreso solo
Apenas si
alcanzo a oírle:
─Bájale la retranca a ese burro.
─Nomás que encumbremos bien, porque si
no, se le vuelve a subir.
Hace cuatro horas que salimos del
rancho. Cuando salimos estaba fresca la subida, pero ahorita ya mi papá se pasa
la mano por su frente y se talla el sudor. A los dos burros que traemos también
se les empiezan a mojar las costillas. Es que esas dos redes de plátano verde
que trae cada uno en el lomo pesan mucho. Yo apenas si aguanto ponerles una
cuando los cargamos.
Ya encumbramos. Me apresuro a bajarles
la retranca. Mi papá cuida mucho de cómo van los animalitos con su carga. El,
desde que era un muchacho como yo, ha andado por estos caminos tan llenos de
piedras. Siempre ha llevado plátanos a Miahuatlán. Este pueblo está muy lejos y
por eso debemos quedarnos por el camino, para que descansen los burritos.
Calculo que llegaremos mañana como a las tres. Y a mí que me entre la flojera
de divisar esos cerros tan grandotes que tenemos que subir.
No sé qué pensamientos lleva mi papá
en su cabeza, siempre va callado. Y hace como que no ve lo que hay por delante,
creo que así no se cansa.
Vuelvo la vista hacia atrás y quiero
mirar hasta el pie del cerro donde quedó el rancho. Pero sólo se ven las faldas
pelonas de los cerros con unos puntitos blancos pegados a ellos. Son nuestros
paisanos que limpian la milpita marchita. Lo peor es que no ha llovido y el sol
está muy fuerte. Las únicas partes verdes son los arroyos que están donde se
levantan los cerros. Es que ahí hay platanares, siempre hay agua, casi nunca se
secan los arroyitos. Ni en la mera cuaresma.
Por eso mismo todos los de Santa
Catarina ─de donde somos─, los de
San Baltazar y los de San Miguel siembran platanares en los arroyos. Y son los
platanitos los que nos ayudan a conseguir todo lo que no hay por aquí. Y es que
ni el maíz se da bien. Ora que la cría de chivos y de vacas tampoco da
resultado. Viene muy seguido la montera, que es una enfermedad que mata a todos
los animales. Y cuando viene brava hasta a algunos cristianos se lleva. Por eso
sólo podemos llevar plátanos a Miahuatlán.
Ya llevamos más de siete horas de
camino. Miro a mi papá para que sepa que allí voy y que tengo mucha hambre. Pero él
camina mustio. Arrea a los burros cuando se detienen a tomar aire, hasta el
mucho rato voltea a verme.
─Llegando a Cerro Hacha nos echamos un
taco. Yo creo que ya has de traer mucha hambre.
─Pero, ¿qué no allí es terreno de los
migueleños?
─Por eso mismo nos detendremos en ese
lugar. Si nos ven de este lado de la mojonera lueguito se darán cuenta que
somos catarineros. Y como andamos por aquí tan solos, no les faltarán ganas de
tronarnos.
Sabe sabrosa la tortilla y los
blanquillos embarrados con chile que mi mamá nos echó. No sé cómo le hace mi
papá para estar tan tranquilo y aquí, en la mera tierra de sus enemigos.
Recuerdo que cuando él fue el comisario de los bienes comunales se los echó de
enemigos. Entonces supe que el viejo no tenía miedo. Recuerdo que ningún
comisario quería pelear con los migueleños por las tierras que nos quitaban.
Seguido le prendían lumbre a los ocotales y allá iba el fuego. Lo tenían que
venir a apagar todos los topiles y los catarineros que vivían por este rumbo.
Esas y otras maldades hacían. Por eso, cuando mi papá fue a presentar la queja
lueguito le dieron la razón. Y el agente del ministerio público, que era muy
legal, logró que los migueleños dejaran de hacer sus maldades. Pero yo creo que
les fue mejor. Los ocotales no dicen nada cuando los queman y un hombre sí. Y
ese hombre le tocó ser mi padre. Desde entonces yo ando con mucho miedo por
aquí y mi papá, cuando viaja solo, lo hace sólo por la noche.
Ya no sé ni cuántas horas llevamos
caminando por estos cerros de Dios. El sol ya se ocultó y los grillos han
empezado a cantar. Si yo estoy cansado cómo estarán los pobres burritos. Sólo
mi papá parece que no siente el cansancio. Va callado, como siempre. Puedo
adivinar que va hace y hace cuentas para saber qué hará para que nos alcance el
dinero que nos dejarán los platanitos. Tenemos que comprar jabón, panela, unas
medicinas para mi mamá que a veces se pone mala y una manta para hacerle un
vestido a mi hermanita. Lo peor de todo es que don Joel paga los plátanos muy
barato. Pero qué le vamos a hacer, si es el único que los compra.
─Vamos a dormir en Agua Fría, hijo. Yo
creo que allí deben tener rastrojo para los animales.
─¿Y por qué no mejor nos quedamos en
el cerro?, así nos ahorramos lo de la pastura.
─No, hijo, por aquí no podemos
quedarnos al aire. Al fin que el dueño de la posada de Agua Fría me conoce
desde hace mucho, y nos trata siempre bien.
Me quedo callado.Yo tampoco quiero
quedarme en el cerro. Nomás de pensar en el frío que hace y en lo solo que se
anda por aquí. Y esta oscuridad que me hace ir agarrado de la cola del burro
para no tropezar con las piedras. Los burritos parece que ven en la oscuridad y
caminan por donde no hay piedras. Agua Fría ya es terreno de Santa María.
Aquí está el rancho de don
José y es una posada muy buena para todos los que venimos de atrás. Aquí
descansan los que salieron muy temprano de la sierra, como nosotros. Y de aquí
saldremos muy temprano también. Es una persona muy buena don José. A la
sea, si un caminante llega, él se levanta a calentar o a preparar café, o
levanta a su mujer para que lo haga. Eso dice, y es cierto. Siempre tiene un
lugarcito en su casa de tejamanil para todos los que aquí se queden. Ya mi papá
desensilló a los burritos y vamos a descansar porque mañana tenemos que salir
muy temprano.
─Pon tus huaraches bajo tu cabeza, no
sea que algún perro entre y se los lleve. Acuérdate que las correas traen sebo
y eso los llama.
─Me servirán de cabecera, entonces.
Cuando despierto y muevo la mano para tantear a mi papá no lo encuentro. No sé
desde qué hora se levantó. Quiero salir y tropiezo con una piedra que un
paisano tiene como cabecera. Casi caigo sobre él pero no despierta. Todo está
en silencio. Las pocas estrellas que se alcanzan a ver dan a entender que ya es
de madrugada. Regreso y me acuesto otra vez, pensando que sólo salió a echarle
más rastrojo a los burritos.
Pero ya tardó mucho.
Me da porpreguntarle a don José. No.
Yo creo que mejor trataré de dormir. Cuando vuelvo a despertar solamente veo a
don Hilario, otro paisano, cargando su mula. Casi ha aclarado.
─¿Se le desataron los burritos a tu
papá? ─me pregunta. Hasta ahora
me doy cuenta de lo que ha sucedido y corro a ver donde los amarramos. No
están.
─Espera a tu papá aquí ─me dice don José─, no tarda en
regresar. Me dijo que sólo buscaría los rastros de los animales. Aunque…, yo
estoy seguro que no se desataron solos. Me da la corazonada que a esos burritos
se los robaron.
─¿A qué hora se fue mi papá?
─Pues, serían como las tres de la
mañana. Cuando se paró a echarles el resto de la pastura se dio cuenta que ya
no estaban. Luego luego me pidió ocote para ir a rastrear por dónde se habían
ido o para dónde se los llevaron. Le dije que no iba a encontrar nada con esa oscuridad.
Y, si se los robaron, mejor ni buscarle.
Pensé seguirlo, pero ¿dónde? No. Lo
mejor es esperarlo un rato más.
─Anda, ven a tomar tantito café. Está
muy duro el frío ahorita que amanece.
Ahorita que amanece. Los bultos de
plátano están ahí, esperando. Mudos. Se han quedado sin pies.
─Lo mejor es que vaya a quejarse con
las autoridades del pueblo, de otro modo nada ganará.
─No, don José. Usted sabe que somos
muy pobres y esto no lo puedo aceptar. Me robaron a mis burritos sólo para
matarlos. Y usted sabe lo mucho que representan para nosotros esos animales.
─Son nuestras manos y pies por estas
tierra, yo lo sé, pero…¿siquiera sabe quiénes fueron?
─Sí, los hijos de Enedino, el de San
Miguel. Los alcancé a divisar cuando iban volteando el cerro. Y allí atrás, en
el barranco, rodaron a los pobres animales.
Don José se queda mirando el suelo,
callado.
─Tú, hijo, aquí me esperas. Regresaré
por la tarde. Ayúdale a la señora de don José a acarrear agua.
No le contesto. Mi papá es muy
callado. Yo sé que ahorita está enojado porque las palabras le salen como si
fuera a llorar. Como con mucha tristeza, porque él se pone muy triste cuando se
enoja. Nomás se queda calladito.
─Ahorita vuelvo ─me dice, mientras agarra su machete.
Me agacho, él se da cuenta y quiere decirme algo. Pero sólo se me queda viendo.
Luego, se va muy rápido. Don José se me queda ve y ve.
─Ven ─me
dice─, no estés triste, al rato regresa.
Pero él ya no regresó.
Por eso ahora voy solo. De regreso,
sin mi papá. Aunque don José no me lo hubiera dicho, yo ya sabía lo que había
pasado cuando llegó la noche sola, sin mi papá. Y me dio mucha tristeza. Pero
pensé que lo mejor era regresarme, aunque fuera solo. Los migueleños son malos.
Seguro que nomás mataron a los burritos para que mi papá los fuera a buscar. Lo
malo es que también a él lo mataron. Por allí mismo lo venadearon.
Ahora las piedras del camino como que
también están tristes. Ya casi no se atraviesan entre mis pies. Pero yo llevo
la tristeza, nomás que se las voy pegando, sólo de pensar lo que va a decir mi
mamá cuando sepa lo que pasó. ¡Cómo se irá a poner de triste! Y mi hermanita
que espera la manta para su vestido. Cuando pasan estas cosas se acostumbra
llorar, pero yo no puedo hacerlo. Y es que apenas hace dos días que íbamos tan
juntos. No puedo llorar. Mejor voy a pensar cómo le voy a hacer para trabajar
muy duro, porque mis brazos están todavía muy delgados. Y ahora yo tendré que
trabajar mucho porque soy el único varón que queda en la casa. Eso me decía mi
papá. Que cuando él se fuera yo tendría que trabajar para darle de comer a mi
mamá y a mi hermanita. Creo que así está mejor. Así ya no podré estudiar y no
me nombrarán nunca para servir en el municipio. Por eso fue que eligieron a mi
papá, porque él era algo entendido y con eso comenzó su mala vida. Ya no tenía
tiempo para nada. El municipio lo tuvo amarrado tres años. Se endrogó, se echó
de enemigos a los migueleños que son tan malos. No. Por aquí no conviene ser un
buen ciudadano, como dicen los del gobierno. Por eso mejor me voy a poner a
rascarle muy duro al cerro. A ver si pronto junto unos centavitos para comprar
aunque sea un solo burrito. Porque mi papá ya no regresó. Por eso voy solo.
Septiembre
de 1975.
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