ECCE HOMO
(He aquí
el hombre)
NOÉ
AGUDO
A veces uno queda marcado por
personas, textos, piezas musicales o hechos que pasaron fugazmente, y el resto
de la vida los trata de reencontrar sin hallarlos jamás. Pero en otras el
reencuentro ocurre y con ello esa parte de la vida se complementa y uno se
enriquece pues obtiene un cuadro más definido de lo que fue o es. La vida se ve
entonces como un rompecabezas que, dependiendo de la intensidad con que cada
uno la viva, hallará más o menos piezas para armarlo.
Pienso esto mientras
recapacito en que ya no busco novedades, sino que prefiero confirmar un puñado
de verdades e intuiciones que se me han dado. Tal vez fue en la secundaria
cuando leí el fragmento de una semblanza que Stefan Zweig escribió
sobre Friedrich Nietzsche. Seguramente fue en el artículo de alguna revista, no
recuerdo cuál era, pero citaba parte de ese retrato que me impresionó
profundamente. Por años traté de encontrarlo, sin suerte, pues no sabía dónde. Fue un encuentro fugaz que me marcó por siempre.
Me permitió saber
por primera vez acerca de Nietzsche. Luego, al conocer títulos tan poéticos
como El viajero y su sombra, El crepúsculo de los ídolos, Más allá del bien y del mal, La genealogía de la moral, Así hablaba Zaratustra, etc.,
mi interés por él se acrecentó. Pero mi encuentro tuvo que aplazarse hasta
vivir una profunda crisis juvenil y entonces, como el lobo que se refugia en su
cubil, me fui con casi todos los libros de Nietzsche a mi vieja sierra para
devorarlos uno a uno. Regresé fortalecido. Había conocido al filósofo de la
moral y de la voluntad de poder y sus ideas me dieron impulso para vivir mi
juventud de manera desenfrenada, impetuosa, sin temores, sintiéndome con
derecho a todo, pues entendía que era un león dispuesto a recuperar la
inocencia del niño.
Conforme fui conociendo
autores me di cuenta que muchos otros vivieron este deslumbramiento que es
también un renacimiento. De José Vasconcelos a Milan Kundera, de Jorge Cuesta a
Octavio Paz, de Ortega y Gasset a Fernando Savater, muchos son los jóvenes que
han caído bajo el influjo de Dionisios. ¿Y aquel retrato?
Tuvieron que pasar casi
cuarenta años. Debí esperar la invención del Internet, y luego la instalación
del buscador de Google, para que un día reciente pusiera "Stefan Zweig
dice de Nietzsche” y diera el click. El buscador me llevó a las páginas de un
libro titulado La lucha
contra el demonio, subido en PDF. Moví con ansias el cursor, pasé páginas y páginas a gran
velocidad y por fin, allí estaban, tal como las leí durante la secundaria, las
conmovedoras palabras de Zweig:
“La mesa está colmada de
papeles, notas, escritos, pruebas; pero ni una flor, ni un adorno, algún libro
apenas y, muy raras veces, alguna carta. Allá en un rincón, un pesado cofre de
madera, toda su fortuna: dos camisas, un traje, libros y manuscritos. Sobre un
estante, muchas botellitas, frascos y medicinas con que combatir unos dolores
que le tienen loco durante horas y más horas, para luchar con los espasmos
gástricos y los vómitos, para vencer su pereza intestinal y para combatir,
sobre todo, su terrible insomnio con cloral y veronal. Un horrible arsenal de
venenos y de drogas que es la única ayuda que puede encontrar en el vacío de un
cuarto extranjero, donde no le es posible encontrar otro reposo que el obtenido
por un sueño corto, artificial, forzado. Envuelto en una capa y una bufanda de
lana (pues la chimenea hace humo, pero no da calor), con sus dedos ateridos,
sus gruesos lentes tocando casi el papel, escribe rápidamente, durante hora
enteras, palabras que sus mismos ojos no pueden luego apenas descifrar. Durante
horas está allá sentado escribiendo, hasta que los ojos le arden y lagrimean;
una de las pocas felicidades de su vida es que alguien, apiadado de él, se le
ofrezca para escribir un rato. Si hace buen día, el eterno solitario sale a dar
un paseo, siempre solo con sus pensamientos. Nadie lo saluda jamás, nadie lo acompaña
jamás, nadie lo para jamás.”
Ése es el Nietzsche que
conocí, siendo todavía un niño que pasaba a la adolescencia. Y el fragmento
viene en un libro donde Stefan Zweig reúne la semblanza de tres practicantes de
la gaya ciencia: Friedrich Hölderlin, Heinrich Von Kleist y Friedrich Nietzsche
(La lucha contra el demonio, editorial El Acantilado). Después de muchos
años, encontré por fin el texto completo del cual me impactó tanto el fragmento
citado. Ahora, cuando veo a un joven o a una chica con un libro de Nietzsche en
sus manos, confirmo que los sigue seduciendo y quisiera decirles, sólo
decirles: lean la traducción de Andrés Sánchez Pascual, la de Alianza
Editorial. Es la mejor.
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