Un relato de sangre y sombras
NOÉ AGUDO
1
¿Cuánto tiempo se necesita para
conocer a una persona? ¿Qué se requiere para lograr hacerse conocido, aceptado
y aun volverse entrañable? ¿Cuánto se debe vivir para decir: “he tenido una
vida”? Hace algunos días recibí una carta de mi hermana, donde me comunicaba la
muerte de un hombre que conocí durante mi infancia. A pesar del poco tiempo que
conviví con él, tal vez dos años, o menos, para mí representó una época
completa. Fue un buen amigo, me protegió, me regaló varias enseñanzas, empezó a
prepararme para un tipo de vida que suponía yo llevaría y, a pesar de todo, nunca
lo conocí realmente. Creía saber algo de él, pero cuando intentaba situarlo se
desvanecía como las sombras del amanecer. Quise algunas veces hacer su retrato
para presentarlo a mis amigos, y su historia se difuminaba, parecía carecer de
todo referente preciso. Su persona, al igual que su presencia en aquel
entonces, quedaba siempre en la penumbra; pero si el recuerdo de su persona se
perdía entre las brumas y sus orígenes resultaban inciertos, la imagen que me
dejó siempre fue nítida, precisa, como plantada con hondas raíces en mis
recuerdos.
Cuando trabajaba como periodista,
muchos años después, se me encomendó entrevistar a una antropóloga francesa que
había escrito sobre el culto a una virgen católica en las estribaciones de la
sierra. Como otros varios casos, el fervor y la devoción que despertaba se
debían sobre todo a la identificación inconsciente que la gente hacía de ella
con una deidad prehispánica adorada en aquel mismo lugar. La antropóloga había
presenciado y recogido los rituales de esta singular advocación de la virgen
María, logrando un relato que describe cómo misticismo, paganismo y fanatismo
se entrelazan en las imploraciones y en su adoración. El libro revela un mundo
alucinante, rayano en la locura, digno de ser conocido por sí solo. Así que
antes de entrevistarla debí acudir al lugar para constatar los hechos
descritos. Llegué al poblado, renté una habitación en un hotelito y al otro
día, temprano, caminé hacia el cerro donde la antropóloga hizo sus
observaciones.
Fue un espectáculo que en nada
desmereció a lo descrito por la estudiosa: hombres llorando arrodillados frente
a una mazorca de maíz; mujeres que arrullaban un pedazo de tronco envuelto en
sábanas y lo mecían en sus brazos; jóvenes besando una bruñida piedra de río a la
que dirigían dulces y apasionadas frases; negros que hablaban a una iguana
verde a la que previamente habían liberado de sus ataduras, y reprendían y
conducían por un camino dibujado en el suelo para que por allí avanzara, como
si fuera un animal doméstico; mujeres hincadas y orando compungidas ante un
sombrero sostenido por un tronco clavado en la tierra; hombres con los ojos
cerrados que abrían sus brazos en cruz para dirigir reproches a un oyente
imaginario en el horizonte; niños llorando a gritos porque sus padres los
azotaban con ásperas ramas mientras pedían a invisibles espíritus que los
perdonaran... Me senté fatigado bajo un árbol, aturdido por tantas visiones
extravagantes y lastimeras que veía en ese cerro conocido como “Del Pedimento”.
Para mejor olvidarlas regresé a la población donde se halla el templo al que
después acuden todos los peregrinos.
Entré a beber
cerveza en uno de los múltiples tendajones del lugar, y al poco rato llegaron
un cantante ciego y una muchacha. El hombre sería como de sesenta años, cantaba
las canciones como si las declamara, pero no por eso desmerecían en ritmo y
alegría las melodías arrancadas a su vieja guitarra. La muchacha, como de doce
o trece años, miraba en silencio hacia ningún punto y sólo al finalizar la
canción parecía reaccionar y pasaba un viejo sombrero por entre quienes
bebíamos, para recoger algunas monedas. El hombre tocó y cantó el “Alingo
Lingo”, “El Toro Rabón”, “El Negro de la Costa”, el “Paso de la Canoa” y varias
otras canciones que yo disfrutaba realmente. De pronto, la muchacha lo guió
hacia el rincón donde estaba y el ciego empezó a cantar el corrido de un
asesino apodado “La Onza”, en el que reconocí de inmediato algunos hechos de
los que aquel viejo amigo de la infancia había sido autor. Puse en el sombrero
todas las monedas que traía y pedí que lo cantara otra vez. El corrido
describía el sigilo con el que el asesino se movía, la velocidad y el filo de
su machete, su carácter taciturno, el hecho de que nadie lo viera nunca
dormido, y celebraba la impasibilidad de su cara cuando mataba o cuando algunas
veces estuvo a punto de morir. Tenía como estribillo las siguientes palabras:
Había en su mirada
El destello de la onza
Dicen que si te miraba
Tu cuerpo se agarrotaba.
“¡Vaya!”, pensé, “éste es el regalo
que nunca se me hubiera ocurrido pedir en el cerro. ¡En dónde vengo a escuchar
y a enterarme de quién era Avendaño!”. Pregunté al cantante si conoció al
hombre del que hablaba el corrido y quién lo había compuesto, pero nada sabía.
─Lo cantan los del conjunto “Brillo de
Sol” ─intervino la muchacha─, de
ellos lo aprendió mi abuelo. Pero no sabemos quién lo compuso.
Los demás parroquianos empezaban a
verme molestos por tantas veces como pedía el corrido, así que memoricé los
detalles esenciales y me retiré del lugar. Con ellos, con algunas noticias de
la carta de mi hermana y los recuerdos que conservo de aquel hombre, pude armar
esta historia.
2
Llegó por la tarde, a esa hora en que
las sombras tenues de la noche aún no logran borrar del todo el resplandor del
ocaso. El mortecino palpitar de la luz agonizante aún iluminaba las partes
altas del poblado, y su reflejo me permitió vislumbrar a un hombre delgado, de
estatura regular, como de cuarenta años, que se acercaba adonde separábamos el
café; su equipaje lo componían una abultada red de ixtle colgada de su hombro
derecho, un gran machete guardado en su funda bajo el brazo del mismo lado, una
bolsa de manta sujeta a su espalda, y una varita que llevaba distraídamente en
su mano izquierda. Se notaba que era zurdo.
Saludó de manera comedida y alargó la
mano para decir:
─Aquí le traigo unos cangrejos. Me
envía Filadelfo, él me dijo que lo podía buscar en este pueblo.
─Trae una silla para el señor ─dijo mi padre, y yo corrí por ella.
─Así que vienes del Puerto ─afirmó preguntando mi padre─, ¿cómo está el
tiempo por allá?
─Por ahora llueve mucho ─respondió el hombre. Contó que en dos
pasos del río tuvo que cruzar ayudado por unas cuerdas, y en el tercero, el más
amplio, debió esperar una tarde y parte de la noche para que la creciente
bajara un poco.
─Los cangrejos los atrapé en Paso
Ancho ─dijo─; salieron tantos
después de la lluvia, que el camino parecía un tapete movedizo.─Deslizó de la
red una olla de barro y me la entregó. Era pesada; adentro los cangrejos se
movían con un sonido sordo.
─¿Y qué te trae por aquí?
─¿Sabe? Busco trabajo. Filadelfo me
dijo que usted me podría ayudar, piensa que soy la persona que usted necesita.
Mi padre se quedó inmóvil,
sosteniendo unos granos de café en sus manos; los miraba fijamente, sin
preocuparse por vaciarlos en el canasto, indicio de que se concentraba en sus
pensamientos. Filadelfo había sido su secretario cuando él fue presidente, y
era además su ahijado. Nunca he conocido hombre más fiel, atento y respetuoso.
Cuando mi padre propuso acabar con el aislamiento de la región y romper la
montaña, construyendo una carretera, Filadelfo siempre estuvo a su lado.
Durante los enfrentamientos con quienes se oponían a este proyecto, al que
consideraban descabellado e inútil, Filadelfo lo apoyó para contrarrestar esa
influencia inmovilizadora y la resignación de quienes cedían ante la fatalidad;
encabezó los trabajos para abrir la brecha, asistiendo él primero con sus
numerosos hermanos. Fueron años difíciles y agotadores, en los que afloraron
las pasiones más diversas que trae consigo una empresa de este calado:
resentimientos, envidias, suspicacias, aunque también firmeza, solidaridad y
lealtad. A pesar de mis pocos años de aquel entonces, yo adivinaba que
Filadelfo encarnaba las últimas. Cuando mi padre terminó con su responsabilidad
y la carretera era un hecho ─habían
entrado los primeros camiones a estos pueblos olvidados de la montaña─Filadelfo
emigró a la costa. Allí vivía ahora, pero nunca perdió el contacto con su
padrino.
─Pasa a tomar algo y descansa. Mañana
hablaremos ─dijo mi padre al
hombre, y me hizo el ademán de que lo condujera a la cocina. Me daba cuenta de
que no quería conversar más, estando yo allí presente, pero intuí que él se
quedaría.
Al otro día, muy temprano, me dio la
primera sorpresa. Como aún no teníamos agua entubada, había que ir por ella a
la pila. Cada uno traía la que podía, dependiendo de sus fuerzas: una cubeta,
dos, un cántaro grande. Era un trabajo difícil porque había que subir con los
recipientes llenos y pesados. Por eso aprovechábamos también para lavarnos y
peinarnos junto al estanque. Pues bien, esa mañana ni uno solo de los objetos
con que acarreábamos el agua quedaba vacío. Todos estaban repletos, incluso la
pileta junto al lavadero, como si la hubiera llenado para que hiciéramos ahí
nuestras abluciones. ¿A qué hora lo hizo? ¿Cómo terminó la conversación y qué
acordaron con mi padre después de que me fui a dormir?
─Llámale a Avendaño para que venga a
desayunar ─me ordenó mi padre.
Supe así cómo se llamaba, mejor dicho, cómo decirle, porque Avendaño nunca me
pareció su verdadero nombre, pues nunca lo conocí completo. Fui por él al
bramadero, donde recogía diligentemente el estiércol de los animales, que
utilizábamos como fertilizante para los cafetos.
Cuando entró en la casa y se sentó a
la mesa pude observar que se había aseado, poniéndose una camisa limpia. Comía
sin hacer ningún ruido, sin que se notara el movimiento de sus manos ni los de
su boca. Cuando mi madre quiso servirle otra porción, él dijo que así estaba
bien y dio las gracias. Ante la insistencia sólo aceptó un poco más de café,
pero sólo eso. Mucho antes de que termináramos él ya se ponía de pie, daba las
gracias y le decía a mi padre que iba a afilar los machetes.
─Está bien ─dijo éste─, ¿sabes dónde está la
piedra?
─Sí, ya la vi ─respondió el hombre─. Dio las gracias
nuevamente y salió al patio. Era temporada de lluvias y los hombres mayores se
dedicaban a cortar el monte que crecía entre los cafetales, el cual parecía
desarrollarse varios centímetros durante el día, y por eso afilaban muy bien
los machetes.
Desde entonces Avendaño fue un miembro
más de la familia. Discreto, educado, siempre atento y callado, muy pronto fue
alguien indispensable en la casa. Por las tardes, cuando regresaban del
trabajo, lo veía descargar rápidamente a los animales; les aflojaba las correas
de las sillas y los llevaba al bramadero, donde los ataba; les daba pastura y
después de una media hora les quitaba los avíos de carga, tal como a mi padre
le gustaba que se hiciera. Todo lo hacía eficientemente. Algunas veces yo salía
por la madrugada para ir al baño y a esa hora lo encontraba ya levantado.
Silencioso, parado en un extremo del corredor, alzaba su mano para saludarme.
Entendía entonces por qué los recipientes amanecían llenos y a qué hora
iniciaba su trabajo. Yo regresaba a tratar de dormir un rato más y a veces no
lo lograba, pensando qué hacía este hombre para estar siempre despierto. Porque
por la noche era el último en irse a dormir a uno de los cuartos recién
construidos en la entrada. Silencioso, lo veía fumar a la orilla del patio,
donde los árboles formaban una densa sombra, y no sabía hasta qué hora
permanecía allí. Daba la impresión de ser una persona cuya misión era vigilar,
siempre vigilar.
3
En ese entonces a mis dos hermanas y
a mí nos correspondía pastorear un rebaño de cabras, que bajo nuestro cuidado
había crecido con rapidez. Mi padre las tenía “a medias”1 con Onofre, pero durante el tiempo que
las tuvo sólo aumentaron dieciocho o veinte. Onofre decía que se morían, que
los perros atacaban el rebaño o simplemente que las cabras se negaban a parir.
Por eso se decidió que nosotros las cuidáramos.
Salíamos a las siete de la mañana,
pasábamos por ellas a su corral y las llevábamos a los parajes donde había la
mejor pastura. Por lo regular eran las márgenes de los ríos serranos, donde
abundaba una variedad de enredaderas que las cabras buscaban con especial
gusto; también les doblábamos cuachipil, un árbol sumamente flexible y cubierto
por una frondosa copa cuando es tierno, y de madera tan dura y resistente como
el acero cuando viejo. Estos árboles doblábamos para ponerlos al alcance de las
cabras para que comieran sus hojas, y luego los soltábamos para que se enderezaran
y volvieran a reverdecer. En el otoño el cuachipil se viste de abundantes
racimos de flores amarillas, parecidas a minúsculos gallos, que nosotros
cortábamos para comer; mi madre las cocía con lejía y eso daba al caldo una
textura deliciosa. Quienes asistían a la escuela conocían otro secreto del
cuachipil: del tronco de los árboles viejos se desprende una goma oscura y
aromática que, mezclada con unas gotas de agua, se transformaba en el más
eficaz pegamento para realizar los trabajos escolares. Todo eso, y la seguridad
que daba tener una casa sostenida por horcones de este árbol, me hace
recordarlo con agradecimiento y cariño.
Cuando regresábamos al corral, por las
tardes, los rumiantes llevaban sus panzas tan repletas que apenas podían caminar; en
menos de un año convertimos el rebaño de ochenta cabras en casi doscientas.
Siempre estaban gordas, teníamos varias para vender cuando se necesitara y
algunas parían hasta tres veces al año. Ningún perro las atacó mientras las
cuidamos, porque nosotros nos prevenimos llevando y adiestrando a los propios.
Siempre las contábamos al llegar al corral, para saber si estaban completas. Un
día faltaron dos. Había llovido, ya era noche y ni siquiera podíamos distinguir
cuáles faltaban, así que no tenía sentido regresar al campo. Se lo dijimos a mi
papá y él se enojó mucho. Dijo que a ver cómo le hacíamos para encontrarlas al
día siguiente y que ojalá las halláramos todavía con vida. Siempre discreto y
tranquilo, Avendaño dijo que, aprovechando que el día siguiente sería domingo,
y él debía ir por leña, podía ir conmigo a buscarlas muy temprano; más tarde
mis hermanas nos alcanzarían con el rebaño.
─Buena idea ─dijo mi padre─, así escucharán sus
balidos sin que se mezclen con los del rebaño.
─Puede ser que fueran a parir ─dijo Avendaño─. Lo más seguro es que
estén escondidas en alguna cueva.
Al otro día salimos al alba, me
preguntó dónde habían pastado y hacia allí nos dirigimos rápido. Antes de
entrar en esa parte me pidió que subiéramos a la parte alta del monte y desde
allí estuvo oteando con su mirada.
─Primero iremos a esos dos lugares ─dijo, señalando dos enormes peñas que
se distinguían enfrente. No hubo necesidad de ir a los dos, pues las
encontramos en la primera y, efectivamente, ambas habían parido; una de ellas
había tenido incluso “cuachos”, es decir, dos cabritos. A partir de ese día
Avendaño me acompañó varias veces.
Ser pastor bajo su guía me permitió
conocer el monte como nadie: me enseñó a reconocer los caminitos de los venados
entre el huamil2; a encontrar suaves y variadas setas; a distinguir
las distintas yerbas comestibles, ya fuera junto a un arroyo o en las partes
altas de los cerros; me enseñó a pescar los chapulines más sabrosos y que no
fueran amargos, pues esto depende de las yerbas que comen; me mostró cómo
ordeñar las cabras para beber leche fresca y no agotarla y dejar sin comida a
los cabritos; a distinguir las nubes repletas de agua y las que sólo pasan
veloces, empujadas por el viento. Pero sobre todo me enseñó a percibir y
entender los sonidos de la naturaleza: el murmullo del viento, el piar de un
ave perdida, el monótono chirriar de los insectos; el desprestigiado chillar de
las cigarras, que en realidad son un canto de vida, porque con él llaman los
machos a las hembras; me advirtió de los matorrales donde observan silenciosas
las serpientes, a las que debía rodear siempre, porque ninguna víbora ataca si
no se la molesta; a saber dónde cavar un pocito para beber agua fresca y pura.
Del armadillo me mostró cómo imitarlo haciéndome un ovillo para ir rodando por
entre el monte y atajar los chivos que encabezan el rebaño y volverlos así
fácilmente al camino que debíamos seguir. Conocía las plantas cuya raíz era
comestible o las que poseían un tubérculo jugoso y dulce; también las frutillas
silvestres comestibles, según la temporada. Con el zumbido de las abejas podía
distinguir si eran de panal o de colmena. De estas últimas me mostró que había
unas inofensivas, porque carecían de aguijón, y construían su colmena entre la
tierra; sólo había que localizar el minúsculo agujero por donde entraban y
luego seguirlas un metro o metro y medio para hallar la colmena labrada en
grandes capas de cera negra rebosantes de miel; muchas veces nos dimos un
atracón de este néctar y llevamos el resto a casa, para hacer charamuscas.
Incluso me enseñó cómo evitar las garrapatas, los pinolillos y aradores3.
Después de sus indicaciones caminé y corrí a diario por entre el monte y estos
ácaros nunca me molestaron.
Durante los primeros días
que aquel hombre extraordinario estuvo en casa nos dábamos tiempo para
quedarnos un rato a solas con mi madre, y preguntarle si sabía algo más: quién era, de
dónde procedía y a qué había venido realmente.
─Sólo sé que es un peón que trabajará
con su padre ─nos decía─. Pero no
sé de dónde viene y qué es lo que hará en especial.
─Lo envió Filadelfo ─intervine.
─¿Ven? Su hermano sabe más que yo.
Váyanse ya, los chivos deben de estar hambrientos.
Cada uno cogía su red con los
alimentos que le tocaba llevar, ataba una cuerda a su respectivo perrito y
salíamos.
El motivo que me permitió conocer un
poco más acerca de Avendaño se presentó el día en que mi padre decidió que
había que sacrificar a la “Cata” y al “Cochón”. La “Cata” era una cabra
horrible: los cuernos le habían crecido hacia abajo, como si fueran sus orejas,
nunca se preñaba y balaba dando alaridos; además, siempre quería andar sola,
lejos del rebaño. El “Cochón” era un chivato viejo, había dado lo mejor de sí
preñando a infinidad de cabras, pero sus cuernos le pesaban cada día más y eran
tan grandes que a veces se le enredaban en las ramas y esto lo retrasaba del
rebaño.
─Hoy los llevan a pastar cerca del
corral ─ordenó mi padre─, para
que su hermano pueda traer los dos chivos.
Como era domingo, Avendaño se quedaba
en casa para hacer otras tareas. Temprano había salido con dos mulas para traer
leña de encino; a la hora en que regresé ya tenía listos los cuchillos y una
mesa en el patio donde destazaría a los animales. Vi con qué facilidad
introdujo el cuchillo en el pescuezo de ambos chivos, sin darles tiempo de
gritar. Observé cómo la sangre brotaba en torrente, señal de que había tocado
directo el corazón. Luego los colgó de sus patas traseras, hizo un orificio en
una de ellas y sopló por allí con gran fuerza. Trazó con pulso firme las
líneas para arrancar la piel y luego la jaló; parecía que les quitaba la camisa
o una chamarra por la facilidad con que la piel se desprendía. Palpó con sus
dedos las coyunturas donde se unían las distintas partes del cuerpo y luego las
cortó con suavidad; en unos minutos los chivos quedaron desmembrados en varias
piezas que depositó sobre unas amplias hojas de platanar, mientras otro peón
preparaba las piedras candentes en el enorme agujero donde se cocerían.
─Pregunta a tu papá si podemos bañar
la carne con cerveza y jugo de naranja ─me pidió─, dile que así quedará más
suave y sabrosa. Luego la cubriremos con la salsa y las hojas de aguacate.
Cuando regresé para decirle que sí,
lavaba meticulosamente las piezas. En una bandeja había separado las vísceras,
pues no sabía si se aprovecharían. A mí me gustaban las tripas secas de cabra,
especialmente si se secaban durante cuatro o cinco días al sol. Me encantaba
comerlas doraditas y crujientes después de asarlas sobre el comal; eran lo que
más me gustaba de la carne del chivo. Sonrió cuando se lo comenté y dijo que
entonces iríamos a lavarlas. El problema de preparar las vísceras es que
requieren mucha agua para limpiarlas bien y hay que sufrir para acarrear el líquido.
Por eso me pareció muy práctica su propuesta: sólo haríamos un viaje para
llevarlas al arroyo y así podíamos disponer de toda el agua que necesitáramos.
Muchos trucos aprendí ese día, pero
sobre todo pude saber algo más de Avendaño: vi la habilidad con que usaba una
varita para volver el envés de las tripas y luego lavarlas perfectamente; noté
cómo buscó un hueco para vaciar los restos de comida de los otros órganos y
nunca permitió que fueran directamente al arroyo (“para que no la coman los camarones
de allá abajo”, dijo, señalando hacia la costa); cortó la hiel con gran
facilidad y separó muy bien cada pieza; ni siquiera las moscas, que se
arracimaban en auténticas nubes cuando lavábamos estas vísceras en casa,
tuvieron la oportunidad de acercarse. Cuando las primeras llegaron todo había
quedado limpio y nosotros ya nos retirábamos.
─¿Ha sido carnicero? ─me
atreví a preguntar.
─Algo así ─respondió Avendaño,
pensativo, y luego volvió a su mutismo.
4
No sólo para nosotros, sino para el
pueblo en general, él se volvió parte de la familia. Iba a trabajar con mi
padre, lo acompañaba en sus viajes, solían ir a campear y dar sal al ganado que
por entonces aún teníamos en las tierras templadas. Si se realizaba algún
trabajo poco común, él parecía saber de todo: albañilería, carpintería,
despulpar el café, preparar el fertilizante, cavar cajetes, hacer la almáciga
y, por supuesto, sembrar los cafetos. Lo que me inquietaba era su silencio, su
afán por estar solo, siempre aislado y en las sombras.
Un día vinieron las autoridades
municipales a hablar con mi padre. Le preguntaron si el hombre se quedaría a
vivir en el pueblo, porque si era así debía cumplir con todas las obligaciones
de un comunero, es decir, los de un habitante asentado plenamente en Sierra
Sur. Haber construido la carretera nos puso en contacto con la ciudad, pero
también abrió las puertas para que los jóvenes se fueran. Aún quedaba mucha
tierra virgen y fértil, sobre todo en la parte alta de la sierra, pero todos
querían ir la ciudad, a trabajar o al menos a conocerla, y por eso siempre
faltaban hombres para realizar las tareas del municipio. Además, trabajar allí
representaba una gran pérdida: no había ningún pago y se desperdiciaban días
preciosos que se requerían para la siembra, la cosecha o la limpia de los
cultivos.
Por eso mi padre prometió hablar con
Avendaño, y los del municipio señalaron incluso el lugar donde podría construir
su casa y el terreno que se le otorgaría para cultivar su parcela. Nadie se
preocupó por saber de dónde venía ni quién era, sólo esperaban que fuera un
buen contribuyente, es decir, un nuevo habitante.
La primera responsabilidad cívica para
adquirir la total ciudadanía en Sierra Sur era fungir como topil o policía, si
se era alguien que no sabía leer ni escribir, como era el caso de Avendaño. Los
otros trabajaban como empleados o escribientes. A aquellos les correspondían
los trabajos más duros: ir a recoger algún muerto en un paraje lejano. A veces
el cuerpo llevaba varios días en el lugar y lo hallaban descompuesto y con un
hedor espantoso; otras, si había fallecido recientemente, el cadáver pesaba
como si fuera de piedra y había que subir con él a cuestas por varios cerros.
Siempre llevaban una botella de mezcal para beber de tanto en tanto y olvidar
así el “olor a muerto” que se les impregnaba en las ropas. A los policías les
correspondía también aprehender a los delincuentes, pero no era lo mismo
detener a un borrachín que a un asesino sanguinario armado con rifle y machete.
Su equipo parecía una broma, pues se componía de un chicote trenzado con el
miembro viril seco del buey, y un garrote pulido de caoba. Con estas “armas”
cumplían su labor. Pero pronto Avendaño iba a demostrar para qué servía él.
Una tragedia había ocurrido en el
poblado por aquellos días: Otilia, una joven cuya mayor desgracia, aparte de
ser hija única entre hermanos varones, era ser la más hermosa, había sido
entregada por su padre al más inesperado de los múltiples pretendientes que
tenía. Inexplicablemente, el padre había rechazado al más rico, al más
valiente, al de mejor reputación, a los hijos de sus amigos queridos, y la
entregó a Cándido, el menos agraciado. Tal vez por ser como era: apocado,
pacato, de orígenes oscuros y tímido hasta la irrisión. Las muchachas se
burlaban de él cuando vestía sus albos calzones de manta y dejaba escapar de la
bolsa una puntita del paliacate rojo para anunciar su soltería. Bueno, pues a
este gris individuo le fue entregada la joven de todos tan deseada, tal vez
sólo para que cumpliera su destino.
Pronto se reveló que la humildad de
Cándido escondía una inseguridad fatal. En cuanto se casó con Otilia la llevó a
su casa para no dejarla salir nunca más. Resultó un hombre celosísimo,
desconfiado de las mismas aves que, imaginaba, podían haber sido entrenadas
para llevarle secretos mensajes en sus cantos a su mujer. Ella, además de ser
la hija mimada de un comerciante bien instalado, había sido la reina de
múltiples celebraciones, la primera en ser invitada a bailar en todas las
fiestas, y amiga de varias muchachas con quienes conversaba en el corredor
mientras el padre o los hermanos atendían la tienda. Así que pasar de esta vida
al encierro, y casada contra su voluntad, como ocurría con la mayoría de las
mujeres de la región, se transformó en una ordalía sin fin.
Un día nos enteramos que fueron los
propios celos de Cándido los que le dieron al fin su libertad. Tal vez porque
no podía concebir tener una mujer hermosa siempre encerrada, porque sabía que
no la merecía, o irritado por su silencio contumaz, el individuo simplemente la
mató. Fue aprehendido sin oponer ninguna resistencia, se dejó conducir
mansamente a la cárcel, y de allí salió atado hacia el penal de la ciudad más
próxima, donde el juez le impondría la pena. A Avendaño y dos policías más les
correspondió llevarlo por un camino que tomaba diez horas: bajar hasta el Río
Grande, atravesar después dos ríos de menor caudal, subir la siguiente
cordillera para continuar por sus cumbres y entonces volver a descender hasta
llegar a las tierras calientes de la costa.
Contaron los policías que Cándido iba
llorando. Al llegar al primer río se compadecieron de él, y le ofrecieron
desatarlo para que fuera mejor, sólo mantendrían atadas las cuerdas de la
cintura. Entonces él dijo:
─Miren, paisanos: lo que he hecho no
tiene perdón y si lo tuviera yo no me lo podría perdonar nunca. Viviré
encerrado, sufriendo cada segundo de mi vida al recordar lo que hice. Por eso
les pido un favor, sólo un gran favor: mátenme aquí mismo, no tiene caso que me
lleven. ¡Háganme ese favor! ¡Mátenme por favor!
Asombrados, los hombres nada
respondieron y se miraron entre sí. Cuentan que Avendaño entrecerró sus ojos
mientras lo observaba fijamente. “¡Vámonos!”, dijeron, y empezaron a cruzar el
río. Entonces Avendaño se adelantó un poco, hizo el ademán de que se
detuvieran, sacó su machete y de un tajo limpio voló la cabeza de Cándido.
─Saquémoslo del río ─dijo─, no quiero
que se lo coman los camarones allá abajo.
Y señaló hacia la costa.
5
Nunca fue bravucón sino todo lo
contrario: siempre sencillo, amable, comedido, paciente y respetuoso.
Cuando me enteré de su acto pude comprender algunos de sus extraños hábitos: su
mutismo, su afición por las sombras, su aislamiento y la manera siempre
silenciosa con la que se movía; eran los rasgos de un asesino, sólo que él no
mataba por odio ni venganza, sino porque eso es lo que mejor sabía hacer y lo
consideraba algo natural. Nadie reclamó la muerte de Cándido ni lo requirieron
las autoridades de la ciudad. En ese aislamiento vivíamos.
Avendaño continuó prestando sus
servicios y durante la semana que no lo hacía iba a trabajar con mi padre.
Nunca le tuve miedo, pues la gente que conocía el suceso sabía que lo había
hecho más como un rasgo de compasión que de crueldad. Así que continuó
entrenándome: me enseñó a reconocer las huellas, aun sobre terrenos pedregosos,
donde parecía que nada quedaba grabado. Me dijo cómo evitar el escándalo de las
urracas, si quería llegar por sorpresa a algún lugar y cómo debía caminar por
los arroyos donde abundaban esas aves; me mostró cuáles recodos de los
caminos eran los más peligrosos, y me enseñó cómo cruzarlos si representaban
algún riesgo; cuándo debía arrojar la luz de la lámpara, por la noche, si
quería sorprender a alguien que acechara. Me habló del miedo y cómo
aprovecharlo, tanto del propio como del que uno podía causar. Mi padre parecía
no darse cuenta, pero creo que sabía todo, porque cuando me empezó a enseñar a
tirar, él mismo le dio la caja de cartuchos y la retrocarga.
Así como llegó, un día decidió irse.
El terreno que el municipio le había entregado quedaba en la parte más alta de
la sierra. Cuando alguien subía a la cima veía al pie del despeñadero un
puntito rojo desde el cual se elevaba un delgado hilo de humo blanco. Era la
choza cubierta de tejas de Avendaño. Hasta allí se había remontado para
vivir en paz. En cuanto logró la
residencia pidió permiso a mi padre para tratar de hacer su “propia vida”. Dijo
que estaba en deuda con él y que lo consideraría siempre su amigo. Mi padre lo
alertó sobre ciertas personas que ya sabían quién era; tendría que ser muy
cuidadoso, le dijo, y procurar no hablar con nadie. Él respondió que ya lo
sabía y por eso precisamente se quería apartar. “No quiero comprometerlo”,
dijo.
Cuando cumplí los diez años me sacaron
de la sierra y me llevaron a la ciudad. Fue un hecho que nunca he comprendido.
Aún hoy me sigo preguntando por qué tuvo que ser así. De cualquier forma,
hicimos el camino a pie, así que al pasar por la cumbre de la montaña donde
vivía Avendaño divisé por última vez su ranchito. No lo volví a ver, pero
rescatando los fragmentos de alguna conversación que escuchaba cuando
ocasionalmente volvía, siguiendo los múltiples rumores, las referencias vagas
cuando alguien moría asesinado, o entendidos tácitos que apuntaban hacia la
montaña, pude seguir su historia.
Supe, por ejemplo, que era de algún
poblado remoto del nuestro, de una región conocida como la mixteca baja. Habían
asesinado a su familia completa cuando él tenía doce años. Huyó a la ciudad
donde fue peón de albañil, chofer, mesero y estuvo cinco años en la cárcel. De
allí lo rescató una gavilla de criminales que lo adiestró en su mismo oficio.
Anduvo algunos años con ellos pero luego siguió su propio rumbo. Así fue como
llegó a la costa, donde se dedicó a domar mulas y caballos cerreros; también
hacía “trabajos” que, dependiendo de quien fuera y el motivo, a veces ni
siquiera los cobraba. El machete más que el rifle era su instrumento favorito.
Nunca mató a nadie por conveniencia propia, ni siquiera cuando lo provocaban o
lo retaban abiertamente. Prefería apartarse en silencio y por su sigilo le
comenzaron a decir “la onza”, como llaman los paisanos a los pumas de la
región. Se sabía que era un instrumento de venganza y de justicia para quien se
las quisiera tomar por sus propias manos. Allí lo conoció Filadelfo, quien lo
envió con mi padre.
En Sierra Sur siempre hemos tenido
matones, algunos sanguinarios. Nadie de ellos sobrevivía, todos eran asesinados
tarde o temprano, pero siempre aparecían otros. Empezaban por robar ganado, por
pelear límites de tierras, por cobrar venganzas y casi siempre solían arrastrar
a la familia completa en este destino atroz. Fue lo que le sucedió a los Ruiz,
el viejo y sus cuatro hijos: Peralto, Medardo, Vicente y Juan. Vicente y Juan,
por cierto, fueron conmigo a la escuela. Nunca percibí la sombra sangrienta que
los envolvería más tarde y muchas veces fuimos a bajar cuiles4. Juan
era como una ardilla para trepar a los árboles altos y lisos. Sin embargo, muy
pronto seguimos sendas diferentes. Yo me fui con mi padre a El Peñasco y nunca
más volví a ver a ese niño que se transformaría en un delincuente cruel. Siendo
ya adulto, un día lo encontré por el camino. Iba desnudo de la cintura hacia
arriba, con el enorme machete colgado de la silla y montado sobre un brioso
caballo. No me saludó ni yo lo reconocí, sólo se me quedó mirando con
desconfianza y me pareció natural, pues yo era casi un extraño en el poblado
después de tantos años de vivir fuera. En ese entonces era ya un maleante
temido al que nadie se atrevía a enfrentar.
Pero quien primero murió fue su
hermano Peralto; se metió con una mujer casada. El marido se dio cuenta y
soportó en silencio la humillación. Un 24 de noviembre, en las vísperas de la
Gran Fiesta de Sierra Sur, un grupo de jinetes arrancaba las cabezas de gallos
vivos que colgaban de una cuerda en el camino principal. Peralto montaba un
gran tordillo y cuando tocó su turno no alcanzó a coger la cabeza del gallo,
aunque casi iba de pie sobre los estribos; el caballo se asustó, no obedeció el
freno y se lanzó incontenible por el camino. La gente se carcajeaba estruendosa
y Peralto regresó para saber quién había elevado la cuerda. Creyó que el marido
de su amante era el culpable y le echó encima el caballo. El hombre ofendido
logró atrapar su brazo, y en un movimiento inaudito lo arrojó hacia abajo del
paredón. Peralto cayó de cabeza y se estrelló contra la roca. En esta ocasión
el marido sí logró coger la cabeza del gallo.
El segundo hermano, Medardo, descubrió
al igual que muchos que el cultivo de mariguana lo podía volver rico; el problema
era que también la fumaba y combinaba con mezcal, y esto le impedía estar
alerta. Todo mundo sabía que violaba, asesinaba y obligaba a vender su
producto, pero nadie hacía nada. También sabían que un perro con rabia era
mucho más pacífico que Medardo, cuando enloquecido aullaba maldiciones por los
cerros. En ese estado un día lo sorprende un pelotón de soldados. Envalentonado
y desquiciado por una mezcla que él ha inventado con mariguana, mezcal y unas
semillas alucinantes que los curanderos del sur usan para “ver”, y que él
llamaba “yerba maistra”, acude a su arsenal de rifles, pistolas y dos
metralletas. Se siente invencible y enfrenta a mansalva al pelotón, y cae
cocido por no menos de cien tiros.
A Vicente y Juan les corresponde un
final menos apresurado. A Vicente lo recuerdo burlón, mechudo, con unos pocos
dientes pero grandes como los de un caballo. Juan es delgado, nervudo y
despiadado. Son los más chicos y por eso sobreviven a sus hermanos, pero ya se
han labrado el mismo fin. Una sola escena da cuenta de ello: Juan se ha
enterado de que un humilde muchacho vendió su única yunta. Va a su rancho, lo
espera por el camino, lo encuentra. “Dame todo el dinero”, le exige. El
muchacho va mansamente por el dinero y se lo entrega. “Ahora híncate”, le
ordena. El otro lo hace y entonces Juan le descerraja un tiro en la cabeza.
Todo esto es contemplado por la mujer del difunto.
La gente, harta de robos, asesinatos y
otros estropicios, le recuerda a los del municipio que allí está Avendaño,
remontado en la montaña. No se sabe cómo lo convencen, pero el solitario matón
baja. Serían las tres de la tarde de un sábado cuando alguien avisa que los
hermanos han llegado a su casa. Le dan como apoyo tres policías, ahora sí,
armados con rifles, y van sobre los delincuentes. Estos huyen, pero Avendaño
sigue sus huellas. En un recodo los topa de frente. Los hermanos levantan sus
rifles y disparan. Avendaño los mira imperturbable y entonces alza su vieja
carabina y destroza uno a uno los cráneos de ambos.
Los cuatro hermanos muertos han
engendrado una numerosa prole, que se propone vengar en Avendaño la muerte de
padres y tíos. Sin preocuparse, el hombre vuelve a su ranchito y los espera
pacientemente. Allí lo van a buscar los del municipio cada vez que lo necesitan,
y no pocos particulares. Su fama se extiende y por el sigilo con que se mueve,
por vivir en la montaña y por el mito que corre de que inmoviliza con su
mirada, todos lo conocen como "la onza".
Un día se cansa de
esperar y decide regresar a su pueblo, en el que cree que ya nadie lo recuerda
y podrá vivir en paz. Ninguno supo cuándo se marchó y sólo se percataron de que
la casita estaba deshabitada cuando la hierba cubría sus alrededores. Y hasta
allí supe de él.
Lo que sigue lo
infiero de la carta que me envió mi hermana y de algunas partes del corrido que
escuché en aquella población, donde aún adoran a la virgen cuyo culto estudió
la antropóloga francesa.
Los Ruiz incluían una mujer,
nacida entre Vicente y Juan, y que milagrosamente parecía haber escapado de la
suerte de los hermanos. Por el temor que ellos provocaban, o por decisión
propia, permanecía soltera y casi nunca se mostraba. Se dedicó a cuidar al
viejo Ruiz, quien vio morir uno a uno a sus hijos sin que la muerte lo recordara
a él. Al final fue esta solterona quien tuvo que convocar a los sobrinos para
decidir lo que debían hacer.
Unos dicen que los dirigió
personalmente; otros que sólo los azuzó, pero lo que sí se sabe con certeza es
que fue ella quien anduvo averiguando por la región de la costa y varios
pueblos de la sierra hasta localizar a Avendaño. Aun viejo, él había vuelto a
su oficio, así que no le fue difícil acercársele, pretextando vengar a su
marido. Después de hallarlo se reunió con los sobrinos y los llevó hasta él,
que por suerte vivía otra vez solo. Dicen que lo cazaron en el recodo del
camino que llevaba a un potrero. El viejo matón olvidó las precauciones y ese
día iba montado. Allí nomás lo tiraron bajo una lluvia de plomo. Cargaron con
su cuerpo durante tres días a través de la sierra y lo arrojaron en pedazos a
la puerta del municipio.
Esto último no lo mencionaba el
corrido sino la carta. Y yo sólo espero que Avendaño no haya tenido hijos. En
cuanto a Filadelfo, me enteré hace poco que también había muerto, así que nunca
podré saber por qué lo recomendó con mi padre. Yo igual, soy un viejo ahora,
pero aún trato de hallar los fragmentos perdidos de esa infancia interrumpida.
1 "A medias". Así se dice cuando alguien cuida un
rebaño y la mitad de los animales que nacen son para él y la otra parte para el
propietario. El rebaño, por supuesto, sigue siendo del dueño.
2 Se denomina "huamil" o "coamil" al monte
tupido pero bajo que crece donde antes había árboles gruesos y altos que han
sido cortados para sembrar maíz. Son los espacios donde se ha
"rozado" y después de uno o dos años se cubren completamente de monte
bajo.
3 Pinolillos y aradores son ácaros parásitos. Se pegan a la
piel y chupan la sangre hasta que mueren. Los pinolillos son negros, se aprecian
a simple vista sin problema y se hallan comúnmente en los montes de tierras
templadas. Los aradores son minúsculos, casi imperceptibles a la mirada, a no
ser por su color: rojos. Aparecen como pequeñísimos puntos rojos sobre la piel.
Causan una comezón terrible y a veces uno los debe sufrir durante dos o tres
días, hasta que se hartan y solos mueren.
4 Macuil o cuil: se conoce así al fruto de un hermoso árbol que
crece alto y liso; sus ramas comienzan sólo a quince o veinte metros. Pareciera
que saben esconder muy bien sus frutos, unas enormes vainas como de grandes
ejotes que en su interior guardan granos cubiertos por una sustancia blanca y
algodonosa, de un sabor delicioso y dulce, muy rica como fruta. Los árboles
proporcionan también excelente sombra a los cafetales.
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