sábado, 22 de junio de 2013

Cuento: Un relato de sangre y sombras

Un relato de sangre y sombras

NOÉ AGUDO

1

¿Cuánto tiempo se necesita para conocer a una persona? ¿Qué se requiere para lograr hacerse conocido, aceptado y aun volverse entrañable? ¿Cuánto se debe vivir para decir: “he tenido una vida”? Hace algunos días recibí una carta de mi hermana, donde me comunicaba la muerte de un hombre que conocí durante mi infancia. A pesar del poco tiempo que conviví con él, tal vez dos años, o menos, para mí representó una época completa. Fue un buen amigo, me protegió, me regaló varias enseñanzas, empezó a prepararme para un tipo de vida que suponía yo llevaría y, a pesar de todo, nunca lo conocí realmente. Creía saber algo de él, pero cuando intentaba situarlo se desvanecía como las sombras del amanecer. Quise algunas veces hacer su retrato para presentarlo a mis amigos, y su historia se difuminaba, parecía carecer de todo referente preciso. Su persona, al igual que su presencia en aquel entonces, quedaba siempre en la penumbra; pero si el recuerdo de su persona se perdía entre las brumas y sus orígenes resultaban inciertos, la imagen que me dejó siempre fue nítida, precisa, como plantada con hondas raíces en mis recuerdos.
    Cuando trabajaba como periodista, muchos años después, se me encomendó entrevistar a una antropóloga francesa que había escrito sobre el culto a una virgen católica en las estribaciones de la sierra. Como otros varios casos, el fervor y la devoción que despertaba se debían sobre todo a la identificación inconsciente que la gente hacía de ella con una deidad prehispánica adorada en aquel mismo lugar. La antropóloga había presenciado y recogido los rituales de esta singular advocación de la virgen María, logrando un relato que describe cómo misticismo, paganismo y fanatismo se entrelazan en las imploraciones y en su adoración. El libro revela un mundo alucinante, rayano en la locura, digno de ser conocido por sí solo. Así que antes de entrevistarla debí acudir al lugar para constatar los hechos descritos. Llegué al poblado, renté una habitación en un hotelito y al otro día, temprano, caminé hacia el cerro donde la antropóloga hizo sus observaciones.
    Fue un espectáculo que en nada desmereció a lo descrito por la estudiosa: hombres llorando arrodillados frente a una mazorca de maíz; mujeres que arrullaban un pedazo de tronco envuelto en sábanas y lo mecían en sus brazos; jóvenes besando una bruñida piedra de río a la que dirigían dulces y apasionadas frases; negros que hablaban a una iguana verde a la que previamente habían liberado de sus ataduras, y reprendían y conducían por un camino dibujado en el suelo para que por allí avanzara, como si fuera un animal doméstico; mujeres hincadas y orando compungidas ante un sombrero sostenido por un tronco clavado en la tierra; hombres con los ojos cerrados que abrían sus brazos en cruz para dirigir reproches a un oyente imaginario en el horizonte; niños llorando a gritos porque sus padres los azotaban con ásperas ramas mientras pedían a invisibles espíritus que los perdonaran... Me senté fatigado bajo un árbol, aturdido por tantas visiones extravagantes y lastimeras que veía en ese cerro conocido como “Del Pedimento”. Para mejor olvidarlas regresé a la población donde se halla el templo al que después acuden todos los peregrinos. 
    Entré a beber cerveza en uno de los múltiples tendajones del lugar, y al poco rato llegaron un cantante ciego y una muchacha. El hombre sería como de sesenta años, cantaba las canciones como si las declamara, pero no por eso desmerecían en ritmo y alegría las melodías arrancadas a su vieja guitarra. La muchacha, como de doce o trece años, miraba en silencio hacia ningún punto y sólo al finalizar la canción parecía reaccionar y pasaba un viejo sombrero por entre quienes bebíamos, para recoger algunas monedas. El hombre tocó y cantó el “Alingo Lingo”, “El Toro Rabón”, “El Negro de la Costa”, el “Paso de la Canoa” y varias otras canciones que yo disfrutaba realmente. De pronto, la muchacha lo guió hacia el rincón donde estaba y el ciego empezó a cantar el corrido de un asesino apodado “La Onza”, en el que reconocí de inmediato algunos hechos de los que aquel viejo amigo de la infancia había sido autor. Puse en el sombrero todas las monedas que traía y pedí que lo cantara otra vez. El corrido describía el sigilo con el que el asesino se movía, la velocidad y el filo de su machete, su carácter taciturno, el hecho de que nadie lo viera nunca dormido, y celebraba la impasibilidad de su cara cuando mataba o cuando algunas veces estuvo a punto de morir. Tenía como estribillo las siguientes palabras:
Había en su mirada
El destello de la onza
Dicen que si te miraba
Tu cuerpo se agarrotaba.

    “¡Vaya!”, pensé, “éste es el regalo que nunca se me hubiera ocurrido pedir en el cerro. ¡En dónde vengo a escuchar y a enterarme de quién era Avendaño!”. Pregunté al cantante si conoció al hombre del que hablaba el corrido y quién lo había compuesto, pero nada sabía.
    ─Lo cantan los del conjunto “Brillo de Sol” ─intervino la muchacha─, de ellos lo aprendió mi abuelo. Pero no sabemos quién lo compuso.
    Los demás parroquianos empezaban a verme molestos por tantas veces como pedía el corrido, así que memoricé los detalles esenciales y me retiré del lugar. Con ellos, con algunas noticias de la carta de mi hermana y los recuerdos que conservo de aquel hombre, pude armar esta historia.

2 
Llegó por la tarde, a esa hora en que las sombras tenues de la noche aún no logran borrar del todo el resplandor del ocaso. El mortecino palpitar de la luz agonizante aún iluminaba las partes altas del poblado, y su reflejo me permitió vislumbrar a un hombre delgado, de estatura regular, como de cuarenta años, que se acercaba adonde separábamos el café; su equipaje lo componían una abultada red de ixtle colgada de su hombro derecho, un gran machete guardado en su funda bajo el brazo del mismo lado, una bolsa de manta sujeta a su espalda, y una varita que llevaba distraídamente en su mano izquierda. Se notaba que era zurdo.
    Saludó de manera comedida y alargó la mano para decir:
    ─Aquí le traigo unos cangrejos. Me envía Filadelfo, él me dijo que lo podía buscar en este pueblo.
    ─Trae una silla para el señor ─dijo mi padre, y yo corrí por ella.
    ─Así que vienes del Puerto ─afirmó preguntando mi padre─, ¿cómo está el tiempo por allá?
    ─Por ahora llueve mucho ─respondió el hombre. Contó que en dos pasos del río tuvo que cruzar ayudado por unas cuerdas, y en el tercero, el más amplio, debió esperar una tarde y parte de la noche para que la creciente bajara un poco.
    ─Los cangrejos los atrapé en Paso Ancho ─dijo─; salieron tantos después de la lluvia, que el camino parecía un tapete movedizo.─Deslizó de la red una olla de barro y me la entregó. Era pesada; adentro los cangrejos se movían con un sonido sordo.
    ─¿Y qué te trae por aquí?
    ─¿Sabe? Busco trabajo. Filadelfo me dijo que usted me podría ayudar, piensa que soy la persona que usted necesita.
    Mi padre se quedó inmóvil, sosteniendo unos granos de café en sus manos; los miraba fijamente, sin preocuparse por vaciarlos en el canasto, indicio de que se concentraba en sus pensamientos. Filadelfo había sido su secretario cuando él fue presidente, y era además su ahijado. Nunca he conocido hombre más fiel, atento y respetuoso. Cuando mi padre propuso acabar con el aislamiento de la región y romper la montaña, construyendo una carretera, Filadelfo siempre estuvo a su lado. Durante los enfrentamientos con quienes se oponían a este proyecto, al que consideraban descabellado e inútil, Filadelfo lo apoyó para contrarrestar esa influencia inmovilizadora y la resignación de quienes cedían ante la fatalidad; encabezó los trabajos para abrir la brecha, asistiendo él primero con sus numerosos hermanos. Fueron años difíciles y agotadores, en los que afloraron las pasiones más diversas que trae consigo una empresa de este calado: resentimientos, envidias, suspicacias, aunque también firmeza, solidaridad y lealtad. A pesar de mis pocos años de aquel entonces, yo adivinaba que Filadelfo encarnaba las últimas. Cuando mi padre terminó con su responsabilidad y la carretera era un hecho ─habían entrado los primeros camiones a estos pueblos olvidados de la montaña─Filadelfo emigró a la costa. Allí vivía ahora, pero nunca perdió el contacto con su padrino.
    ─Pasa a tomar algo y descansa. Mañana hablaremos ─dijo mi padre al hombre, y me hizo el ademán de que lo condujera a la cocina. Me daba cuenta de que no quería conversar más, estando yo allí presente, pero intuí que él se quedaría.
    Al otro día, muy temprano, me dio la primera sorpresa. Como aún no teníamos agua entubada, había que ir por ella a la pila. Cada uno traía la que podía, dependiendo de sus fuerzas: una cubeta, dos, un cántaro grande. Era un trabajo difícil porque había que subir con los recipientes llenos y pesados. Por eso aprovechábamos también para lavarnos y peinarnos junto al estanque. Pues bien, esa mañana ni uno solo de los objetos con que acarreábamos el agua quedaba vacío. Todos estaban repletos, incluso la pileta junto al lavadero, como si la hubiera llenado para que hiciéramos ahí nuestras abluciones. ¿A qué hora lo hizo? ¿Cómo terminó la conversación y qué acordaron con mi padre después de que me fui a dormir?
    ─Llámale a Avendaño para que venga a desayunar ─me ordenó mi padre. Supe así cómo se llamaba, mejor dicho, cómo decirle, porque Avendaño nunca me pareció su verdadero nombre, pues nunca lo conocí completo. Fui por él al bramadero, donde recogía diligentemente el estiércol de los animales, que utilizábamos como fertilizante para los cafetos.
    Cuando entró en la casa y se sentó a la mesa pude observar que se había aseado, poniéndose una camisa limpia. Comía sin hacer ningún ruido, sin que se notara el movimiento de sus manos ni los de su boca. Cuando mi madre quiso servirle otra porción, él dijo que así estaba bien y dio las gracias. Ante la insistencia sólo aceptó un poco más de café, pero sólo eso. Mucho antes de que termináramos él ya se ponía de pie, daba las gracias y le decía a mi padre que iba a afilar los machetes.
    ─Está bien ─dijo éste─, ¿sabes dónde está la piedra?
    ─Sí, ya la vi ─respondió el hombre─. Dio las gracias nuevamente y salió al patio. Era temporada de lluvias y los hombres mayores se dedicaban a cortar el monte que crecía entre los cafetales, el cual parecía desarrollarse varios centímetros durante el día, y por eso afilaban muy bien los machetes.
    Desde entonces Avendaño fue un miembro más de la familia. Discreto, educado, siempre atento y callado, muy pronto fue alguien indispensable en la casa. Por las tardes, cuando regresaban del trabajo, lo veía descargar rápidamente a los animales; les aflojaba las correas de las sillas y los llevaba al bramadero, donde los ataba; les daba pastura y después de una media hora les quitaba los avíos de carga, tal como a mi padre le gustaba que se hiciera. Todo lo hacía eficientemente. Algunas veces yo salía por la madrugada para ir al baño y a esa hora lo encontraba ya levantado. Silencioso, parado en un extremo del corredor, alzaba su mano para saludarme. Entendía entonces por qué los recipientes amanecían llenos y a qué hora iniciaba su trabajo. Yo regresaba a tratar de dormir un rato más y a veces no lo lograba, pensando qué hacía este hombre para estar siempre despierto. Porque por la noche era el último en irse a dormir a uno de los cuartos recién construidos en la entrada. Silencioso, lo veía fumar a la orilla del patio, donde los árboles formaban una densa sombra, y no sabía hasta qué hora permanecía allí. Daba la impresión de ser una persona cuya misión era vigilar, siempre vigilar.

3
En ese entonces a mis dos hermanas y a mí nos correspondía pastorear un rebaño de cabras, que bajo nuestro cuidado había crecido con rapidez. Mi padre las tenía “a medias”1 con Onofre, pero durante el tiempo que las tuvo sólo aumentaron dieciocho o veinte. Onofre decía que se morían, que los perros atacaban el rebaño o simplemente que las cabras se negaban a parir. Por eso se decidió que nosotros las cuidáramos.
    Salíamos a las siete de la mañana, pasábamos por ellas a su corral y las llevábamos a los parajes donde había la mejor pastura. Por lo regular eran las márgenes de los ríos serranos, donde abundaba una variedad de enredaderas que las cabras buscaban con especial gusto; también les doblábamos cuachipil, un árbol sumamente flexible y cubierto por una frondosa copa cuando es tierno, y de madera tan dura y resistente como el acero cuando viejo. Estos árboles doblábamos para ponerlos al alcance de las cabras para que comieran sus hojas, y luego los soltábamos para que se enderezaran y volvieran a reverdecer. En el otoño el cuachipil se viste de abundantes racimos de flores amarillas, parecidas a minúsculos gallos, que nosotros cortábamos para comer; mi madre las cocía con lejía y eso daba al caldo una textura deliciosa. Quienes asistían a la escuela conocían otro secreto del cuachipil: del tronco de los árboles viejos se desprende una goma oscura y aromática que, mezclada con unas gotas de agua, se transformaba en el más eficaz pegamento para realizar los trabajos escolares. Todo eso, y la seguridad que daba tener una casa sostenida por horcones de este árbol, me hace recordarlo con agradecimiento y cariño.
    Cuando regresábamos al corral, por las tardes, los rumiantes llevaban sus panzas tan repletas  que apenas podían caminar; en menos de un año convertimos el rebaño de ochenta cabras en casi doscientas. Siempre estaban gordas, teníamos varias para vender cuando se necesitara y algunas parían hasta tres veces al año. Ningún perro las atacó mientras las cuidamos, porque nosotros nos prevenimos llevando y adiestrando a los propios. Siempre las contábamos al llegar al corral, para saber si estaban completas. Un día faltaron dos. Había llovido, ya era noche y ni siquiera podíamos distinguir cuáles faltaban, así que no tenía sentido regresar al campo. Se lo dijimos a mi papá y él se enojó mucho. Dijo que a ver cómo le hacíamos para encontrarlas al día siguiente y que ojalá las halláramos todavía con vida. Siempre discreto y tranquilo, Avendaño dijo que, aprovechando que el día siguiente sería domingo, y él debía ir por leña, podía ir conmigo a buscarlas muy temprano; más tarde mis hermanas nos alcanzarían con el rebaño.
    ─Buena idea ─dijo mi padre─, así escucharán sus balidos sin que se mezclen con los del rebaño.
    ─Puede ser que fueran a parir ─dijo Avendaño─. Lo más seguro es que estén escondidas en alguna cueva.
    Al otro día salimos al alba, me preguntó dónde habían pastado y hacia allí nos dirigimos rápido. Antes de entrar en esa parte me pidió que subiéramos a la parte alta del monte y desde allí estuvo oteando con su mirada.
    ─Primero iremos a esos dos lugares ─dijo, señalando dos enormes peñas que se distinguían enfrente. No hubo necesidad de ir a los dos, pues las encontramos en la primera y, efectivamente, ambas habían parido; una de ellas había tenido incluso “cuachos”, es decir, dos cabritos. A partir de ese día Avendaño me acompañó varias veces.
    Ser pastor bajo su guía me permitió conocer el monte como nadie: me enseñó a reconocer los caminitos de los venados entre el huamil2; a encontrar suaves y variadas setas; a distinguir las distintas yerbas comestibles, ya fuera junto a un arroyo o en las partes altas de los cerros; me enseñó a pescar los chapulines más sabrosos y que no fueran amargos, pues esto depende de las yerbas que comen; me mostró cómo ordeñar las cabras para beber leche fresca y no agotarla y dejar sin comida a los cabritos; a distinguir las nubes repletas de agua y las que sólo pasan veloces, empujadas por el viento. Pero sobre todo me enseñó a percibir y entender los sonidos de la naturaleza: el murmullo del viento, el piar de un ave perdida, el monótono chirriar de los insectos; el desprestigiado chillar de las cigarras, que en realidad son un canto de vida, porque con él llaman los machos a las hembras; me advirtió de los matorrales donde observan silenciosas las serpientes, a las que debía rodear siempre, porque ninguna víbora ataca si no se la molesta; a saber dónde cavar un pocito para beber agua fresca y pura. Del armadillo me mostró cómo imitarlo haciéndome un ovillo para ir rodando por entre el monte y atajar los chivos que encabezan el rebaño y volverlos así fácilmente al camino que debíamos seguir. Conocía las plantas cuya raíz era comestible o las que poseían un tubérculo jugoso y dulce; también las frutillas silvestres comestibles, según la temporada. Con el zumbido de las abejas podía distinguir si eran de panal o de colmena. De estas últimas me mostró que había unas inofensivas, porque carecían de aguijón, y construían su colmena entre la tierra; sólo había que localizar el minúsculo agujero por donde entraban y luego seguirlas un metro o metro y medio para hallar la colmena labrada en grandes capas de cera negra rebosantes de miel; muchas veces nos dimos un atracón de este néctar y llevamos el resto a casa, para hacer charamuscas. Incluso me enseñó cómo evitar las garrapatas, los pinolillos y aradores3. Después de sus indicaciones caminé y corrí a diario por entre el monte y estos ácaros nunca me molestaron.
    Durante los primeros días que aquel hombre extraordinario estuvo en casa nos dábamos tiempo para quedarnos un rato a solas con mi madre, y preguntarle si  sabía algo más: quién era, de dónde procedía y a qué había venido realmente.
    ─Sólo sé que es un peón que trabajará con su padre ─nos decía─. Pero no sé de dónde viene y qué es lo que hará en especial.
    ─Lo envió Filadelfo ─intervine.
    ─¿Ven? Su hermano sabe más que yo. Váyanse ya, los chivos deben de estar hambrientos.
    Cada uno cogía su red con los alimentos que le tocaba llevar, ataba una cuerda a su respectivo perrito y salíamos.
    El motivo que me permitió conocer un poco más acerca de Avendaño se presentó el día en que mi padre decidió que había que sacrificar a la “Cata” y al “Cochón”. La “Cata” era una cabra horrible: los cuernos le habían crecido hacia abajo, como si fueran sus orejas, nunca se preñaba y balaba dando alaridos; además, siempre quería andar sola, lejos del rebaño. El “Cochón” era un chivato viejo, había dado lo mejor de sí preñando a infinidad de cabras, pero sus cuernos le pesaban cada día más y eran tan grandes que a veces se le enredaban en las ramas y esto lo retrasaba del rebaño.
    ─Hoy los llevan a pastar cerca del corral ─ordenó mi padre─, para que su hermano pueda traer los dos chivos.
    Como era domingo, Avendaño se quedaba en casa para hacer otras tareas. Temprano había salido con dos mulas para traer leña de encino; a la hora en que regresé ya tenía listos los cuchillos y una mesa en el patio donde destazaría a los animales. Vi con qué facilidad introdujo el cuchillo en el pescuezo de ambos chivos, sin darles tiempo de gritar. Observé cómo la sangre brotaba en torrente, señal de que había tocado directo el corazón. Luego los colgó de sus patas traseras, hizo un orificio en una de ellas y sopló por  allí con gran fuerza. Trazó con pulso firme las líneas para arrancar la piel y luego la jaló; parecía que les quitaba la camisa o una chamarra por la facilidad con que la piel se desprendía. Palpó con sus dedos las coyunturas donde se unían las distintas partes del cuerpo y luego las cortó con suavidad; en unos minutos los chivos quedaron desmembrados en varias piezas que depositó sobre unas amplias hojas de platanar, mientras otro peón preparaba las piedras candentes en el enorme agujero donde se cocerían.
    ─Pregunta a tu papá si podemos bañar la carne con cerveza y jugo de naranja ─me pidió─, dile que así quedará más suave y sabrosa. Luego la cubriremos con la salsa y las hojas de aguacate.
    Cuando regresé para decirle que sí, lavaba meticulosamente las piezas. En una bandeja había separado las vísceras, pues no sabía si se aprovecharían. A mí me gustaban las tripas secas de cabra, especialmente si se secaban durante cuatro o cinco días al sol. Me encantaba comerlas doraditas y crujientes después de asarlas sobre el comal; eran lo que más me gustaba de la carne del chivo. Sonrió cuando se lo comenté y dijo que entonces iríamos a lavarlas. El problema de preparar las vísceras es que requieren mucha agua para limpiarlas bien y hay que sufrir para acarrear el líquido. Por eso me pareció muy práctica su propuesta: sólo haríamos un viaje para llevarlas al arroyo y así podíamos disponer de toda el agua que necesitáramos.
    Muchos trucos aprendí ese día, pero sobre todo pude saber algo más de Avendaño: vi la habilidad con que usaba una varita para volver el envés de las tripas y luego lavarlas perfectamente; noté cómo buscó un hueco para vaciar los restos de comida de los otros órganos y nunca permitió que fueran directamente al arroyo (“para que no la coman los camarones de allá abajo”, dijo, señalando hacia la costa); cortó la hiel con gran facilidad y separó muy bien cada pieza; ni siquiera las moscas, que se arracimaban en auténticas nubes cuando lavábamos estas vísceras en casa, tuvieron la oportunidad de acercarse. Cuando las primeras llegaron todo había quedado limpio y nosotros ya nos retirábamos.
     ─¿Ha sido carnicero? ─me atreví a preguntar.
    ─Algo así ─respondió Avendaño, pensativo, y luego volvió a su mutismo.

4

No sólo para nosotros, sino para el pueblo en general, él se volvió parte de la familia. Iba a trabajar con mi padre, lo acompañaba en sus viajes, solían ir a campear y dar sal al ganado que por entonces aún teníamos en las tierras templadas. Si se realizaba algún trabajo poco común, él parecía saber de todo: albañilería, carpintería, despulpar el café, preparar el fertilizante, cavar cajetes, hacer la almáciga y, por supuesto, sembrar los cafetos. Lo que me inquietaba era su silencio, su afán por estar solo, siempre aislado y en las sombras.
    Un día vinieron las autoridades municipales a hablar con mi padre. Le preguntaron si el hombre se quedaría a vivir en el pueblo, porque si era así debía cumplir con todas las obligaciones de un comunero, es decir, los de un habitante asentado plenamente en Sierra Sur. Haber construido la carretera nos puso en contacto con la ciudad, pero también abrió las puertas para que los jóvenes se fueran. Aún quedaba mucha tierra virgen y fértil, sobre todo en la parte alta de la sierra, pero todos querían ir la ciudad, a trabajar o al menos a conocerla, y por eso siempre faltaban hombres para realizar las tareas del municipio. Además, trabajar allí representaba una gran pérdida: no había ningún pago y se desperdiciaban días preciosos que se requerían para la siembra, la cosecha o la limpia de los cultivos.
    Por eso mi padre prometió hablar con Avendaño, y los del municipio señalaron incluso el lugar donde podría construir su casa y el terreno que se le otorgaría para cultivar su parcela. Nadie se preocupó por saber de dónde venía ni quién era, sólo esperaban que fuera un buen contribuyente, es decir, un nuevo habitante.
    La primera responsabilidad cívica para adquirir la total ciudadanía en Sierra Sur era fungir como topil o policía, si se era alguien que no sabía leer ni escribir, como era el caso de Avendaño. Los otros trabajaban como empleados o escribientes. A aquellos les correspondían los trabajos más duros: ir a recoger algún muerto en un paraje lejano. A veces el cuerpo llevaba varios días en el lugar y lo hallaban descompuesto y con un hedor espantoso; otras, si había fallecido recientemente, el cadáver pesaba como si fuera de piedra y había que subir con él a cuestas por varios cerros. Siempre llevaban una botella de mezcal para beber de tanto en tanto y olvidar así el “olor a muerto” que se les impregnaba en las ropas. A los policías les correspondía también aprehender a los delincuentes, pero no era lo mismo detener a un borrachín que a un asesino sanguinario armado con rifle y machete. Su equipo parecía una broma, pues se componía de un chicote trenzado con el miembro viril seco del buey, y un garrote pulido de caoba. Con estas “armas” cumplían su labor. Pero pronto Avendaño iba a demostrar para qué servía él.
    Una tragedia había ocurrido en el poblado por aquellos días: Otilia, una joven cuya mayor desgracia, aparte de ser hija única entre hermanos varones, era ser la más hermosa, había sido entregada por su padre al más inesperado de los múltiples pretendientes que tenía. Inexplicablemente, el padre había rechazado al más rico, al más valiente, al de mejor reputación, a los hijos de sus amigos queridos, y la entregó a Cándido, el menos agraciado. Tal vez por ser como era: apocado, pacato, de orígenes oscuros y tímido hasta la irrisión. Las muchachas se burlaban de él cuando vestía sus albos calzones de manta y dejaba escapar de la bolsa una puntita del paliacate rojo para anunciar su soltería. Bueno, pues a este gris individuo le fue entregada la joven de todos tan deseada, tal vez sólo para que cumpliera su destino.
    Pronto se reveló que la humildad de Cándido escondía una inseguridad fatal. En cuanto se casó con Otilia la llevó a su casa para no dejarla salir nunca más. Resultó un hombre celosísimo, desconfiado de las mismas aves que, imaginaba, podían haber sido entrenadas para llevarle secretos mensajes en sus cantos a su mujer. Ella, además de ser la hija mimada de un comerciante bien instalado, había sido la reina de múltiples celebraciones, la primera en ser invitada a bailar en todas las fiestas, y amiga de varias muchachas con quienes conversaba en el corredor mientras el padre o los hermanos atendían la tienda. Así que pasar de esta vida al encierro, y casada contra su voluntad, como ocurría con la mayoría de las mujeres de la región, se transformó en una ordalía sin fin.
    Un día nos enteramos que fueron los propios celos de Cándido los que le dieron al fin su libertad. Tal vez porque no podía concebir tener una mujer hermosa siempre encerrada, porque sabía que no la merecía, o irritado por su silencio contumaz, el individuo simplemente la mató. Fue aprehendido sin oponer ninguna resistencia, se dejó conducir mansamente a la cárcel, y de allí salió atado hacia el penal de la ciudad más próxima, donde el juez le impondría la pena. A Avendaño y dos policías más les correspondió llevarlo por un camino que tomaba diez horas: bajar hasta el Río Grande, atravesar después dos ríos de menor caudal, subir la siguiente cordillera para continuar por sus cumbres y entonces volver a descender hasta llegar a las tierras calientes de la costa.
    Contaron los policías que Cándido iba llorando. Al llegar al primer río se compadecieron de él, y le ofrecieron desatarlo para que fuera mejor, sólo mantendrían atadas las cuerdas de la cintura. Entonces él dijo:
    ─Miren, paisanos: lo que he hecho no tiene perdón y si lo tuviera yo no me lo podría perdonar nunca. Viviré encerrado, sufriendo cada segundo de mi vida al recordar lo que hice. Por eso les pido un favor, sólo un gran favor: mátenme aquí mismo, no tiene caso que me lleven. ¡Háganme ese favor! ¡Mátenme por favor!
    Asombrados, los hombres nada respondieron y se miraron entre sí. Cuentan que Avendaño entrecerró sus ojos mientras lo observaba fijamente. “¡Vámonos!”, dijeron, y empezaron a cruzar el río. Entonces Avendaño se adelantó un poco, hizo el ademán de que se detuvieran, sacó su machete y de un tajo limpio voló la cabeza de Cándido.
    ─Saquémoslo del río ─dijo─, no quiero que se lo coman los camarones allá abajo.
    Y señaló hacia la costa.

5
Nunca fue bravucón sino todo lo contrario: siempre sencillo,  amable, comedido, paciente y respetuoso. Cuando me enteré de su acto pude comprender algunos de sus extraños hábitos: su mutismo, su afición por las sombras, su aislamiento y la manera siempre silenciosa con la que se movía; eran los rasgos de un asesino, sólo que él no mataba por odio ni venganza, sino porque eso es lo que mejor sabía hacer y lo consideraba algo natural. Nadie reclamó la muerte de Cándido ni lo requirieron las autoridades de la ciudad. En ese aislamiento vivíamos.
    Avendaño continuó prestando sus servicios y durante la semana que no lo hacía iba a trabajar con mi padre. Nunca le tuve miedo, pues la gente que conocía el suceso sabía que lo había hecho más como un rasgo de compasión que de crueldad. Así que continuó entrenándome: me enseñó a reconocer las huellas, aun sobre terrenos pedregosos, donde parecía que nada quedaba grabado. Me dijo cómo evitar el escándalo de las urracas, si quería llegar por sorpresa a algún lugar y cómo debía caminar por los arroyos donde abundaban esas aves; me mostró  cuáles recodos de los caminos eran los más peligrosos, y me enseñó cómo cruzarlos si representaban algún riesgo; cuándo debía arrojar la luz de la lámpara, por la noche, si quería sorprender a alguien que acechara. Me habló del miedo y cómo aprovecharlo, tanto del propio como del que uno podía causar. Mi padre parecía no darse cuenta, pero creo que sabía todo, porque cuando me empezó a enseñar a tirar, él mismo le dio la caja de cartuchos y la retrocarga.
    Así como llegó, un día decidió irse. El terreno que el municipio le había entregado quedaba en la parte más alta de la sierra. Cuando alguien subía a la cima veía al pie del despeñadero un puntito rojo desde el cual se elevaba un delgado hilo de humo blanco. Era la choza cubierta de tejas de Avendaño. Hasta allí se había remontado para  vivir en paz. En cuanto logró la residencia pidió permiso a mi padre para tratar de hacer su “propia vida”. Dijo que estaba en deuda con él y que lo consideraría siempre su amigo. Mi padre lo alertó sobre ciertas personas que ya sabían quién era; tendría que ser muy cuidadoso, le dijo, y procurar no hablar con nadie. Él respondió que ya lo sabía y por eso precisamente se quería apartar. “No quiero comprometerlo”, dijo.
    Cuando cumplí los diez años me sacaron de la sierra y me llevaron a la ciudad. Fue un hecho que nunca he comprendido. Aún hoy me sigo preguntando por qué tuvo que ser así. De cualquier forma, hicimos el camino a pie, así que al pasar por la cumbre de la montaña donde vivía Avendaño divisé por última vez su ranchito. No lo volví a ver, pero rescatando los fragmentos de alguna conversación que escuchaba cuando ocasionalmente volvía, siguiendo los múltiples rumores, las referencias vagas cuando alguien moría asesinado, o entendidos tácitos que apuntaban hacia la montaña, pude seguir su historia.
    Supe, por ejemplo, que era de algún poblado remoto del nuestro, de una región conocida como la mixteca baja. Habían asesinado a su familia completa cuando él tenía doce años. Huyó a la ciudad donde fue peón de albañil, chofer, mesero y estuvo cinco años en la cárcel. De allí lo rescató una gavilla de criminales que lo adiestró en su mismo oficio. Anduvo algunos años con ellos pero luego siguió su propio rumbo. Así fue como llegó a la costa, donde se dedicó a domar mulas y caballos cerreros; también hacía “trabajos” que, dependiendo de quien fuera y el motivo, a veces ni siquiera los cobraba. El machete más que el rifle era su instrumento favorito. Nunca mató a nadie por conveniencia propia, ni siquiera cuando lo provocaban o lo retaban abiertamente. Prefería apartarse en silencio y por su sigilo le comenzaron a decir “la onza”, como llaman los paisanos a los pumas de la región. Se sabía que era un instrumento de venganza y de justicia para quien se las quisiera tomar por sus propias manos. Allí lo conoció Filadelfo, quien lo envió con mi padre.
    En Sierra Sur siempre hemos tenido matones, algunos sanguinarios. Nadie de ellos sobrevivía, todos eran asesinados tarde o temprano, pero siempre aparecían otros. Empezaban por robar ganado, por pelear límites de tierras, por cobrar venganzas y casi siempre solían arrastrar a la familia completa en este destino atroz. Fue lo que le sucedió a los Ruiz, el viejo y sus cuatro hijos: Peralto, Medardo, Vicente y Juan. Vicente y Juan, por cierto, fueron conmigo a la escuela. Nunca percibí la sombra sangrienta que los envolvería más tarde y muchas veces fuimos a bajar cuiles4. Juan era como una ardilla para trepar a los árboles altos y lisos. Sin embargo, muy pronto seguimos sendas diferentes. Yo me fui con mi padre a El Peñasco y nunca más volví a ver a ese niño que se transformaría en un delincuente cruel. Siendo ya adulto, un día lo encontré por el camino. Iba desnudo de la cintura hacia arriba, con el enorme machete colgado de la silla y montado sobre un brioso caballo. No me saludó ni yo lo reconocí, sólo se me quedó mirando con desconfianza y me pareció natural, pues yo era casi un extraño en el poblado después de tantos años de vivir fuera. En ese entonces era ya un maleante temido al que nadie se atrevía a enfrentar.
    Pero quien primero murió fue su hermano Peralto; se metió con una mujer casada. El marido se dio cuenta y soportó en silencio la humillación. Un 24 de noviembre, en las vísperas de la Gran Fiesta de Sierra Sur, un grupo de jinetes arrancaba las cabezas de gallos vivos que colgaban de una cuerda en el camino principal. Peralto montaba un gran tordillo y cuando tocó su turno no alcanzó a coger la cabeza del gallo, aunque casi iba de pie sobre los estribos; el caballo se asustó, no obedeció el freno y se lanzó incontenible por el camino. La gente se carcajeaba estruendosa y Peralto regresó para saber quién había elevado la cuerda. Creyó que el marido de su amante era el culpable y le echó encima el caballo. El hombre ofendido logró atrapar su brazo, y en un movimiento inaudito lo arrojó hacia abajo del paredón. Peralto cayó de cabeza y se estrelló contra la roca. En esta ocasión el marido sí logró coger la cabeza del gallo.
    El segundo hermano, Medardo, descubrió al igual que muchos que el cultivo de mariguana lo podía volver rico; el problema era que también la fumaba y combinaba con mezcal, y esto le impedía estar alerta. Todo mundo sabía que violaba, asesinaba y obligaba a vender su producto, pero nadie hacía nada. También sabían que un perro con rabia era mucho más pacífico que Medardo, cuando enloquecido aullaba maldiciones por los cerros. En ese estado un día lo sorprende un pelotón de soldados. Envalentonado y desquiciado por una mezcla que él ha inventado con mariguana, mezcal y unas semillas alucinantes que los curanderos del sur usan para “ver”, y que él llamaba “yerba maistra”, acude a su arsenal de rifles, pistolas y dos metralletas. Se siente invencible y enfrenta a mansalva al pelotón, y cae cocido por no menos de cien tiros.
    A Vicente y Juan les corresponde un final menos apresurado. A Vicente lo recuerdo burlón, mechudo, con unos pocos dientes pero grandes como los de un caballo. Juan es delgado, nervudo y despiadado. Son los más chicos y por eso sobreviven a sus hermanos, pero ya se han labrado el mismo fin. Una sola escena da cuenta de ello: Juan se ha enterado de que un humilde muchacho vendió su única yunta. Va a su rancho, lo espera por el camino, lo encuentra. “Dame todo el dinero”, le exige. El muchacho va mansamente por el dinero y se lo entrega. “Ahora híncate”, le ordena. El otro lo hace y entonces Juan le descerraja un tiro en la cabeza. Todo esto es contemplado por la mujer del difunto.
    La gente, harta de robos, asesinatos y otros estropicios, le recuerda a los del municipio que allí está Avendaño, remontado en la montaña. No se sabe cómo lo convencen, pero el solitario matón baja. Serían las tres de la tarde de un sábado cuando alguien avisa que los hermanos han llegado a su casa. Le dan como apoyo tres policías, ahora sí, armados con rifles, y van sobre los delincuentes. Estos huyen, pero Avendaño sigue sus huellas. En un recodo los topa de frente. Los hermanos levantan sus rifles y disparan. Avendaño los mira imperturbable y entonces alza su vieja carabina y destroza uno a uno los cráneos de ambos.
    Los cuatro hermanos muertos han engendrado una numerosa prole, que se propone vengar en Avendaño la muerte de padres y tíos. Sin preocuparse, el hombre vuelve a su ranchito y los espera pacientemente. Allí lo van a buscar los del municipio cada vez que lo necesitan, y no pocos particulares. Su fama se extiende y por el sigilo con que se mueve, por vivir en la montaña y por el mito que corre de que inmoviliza con su mirada, todos lo conocen como "la onza". 
    Un día se cansa de esperar y decide regresar a su pueblo, en el que cree que ya nadie lo recuerda y podrá vivir en paz. Ninguno supo cuándo se marchó y sólo se percataron de que la casita estaba deshabitada cuando la hierba cubría sus alrededores. Y hasta allí supe de él.
    Lo que sigue lo infiero de la carta que me envió mi hermana y de algunas partes del corrido que escuché en aquella población, donde aún adoran a la virgen cuyo culto estudió la antropóloga francesa.
    Los Ruiz incluían una mujer, nacida entre Vicente y Juan, y que milagrosamente parecía haber escapado de la suerte de los hermanos. Por el temor que ellos provocaban, o por decisión propia, permanecía soltera y casi nunca se mostraba. Se dedicó a cuidar al viejo Ruiz, quien vio morir uno a uno a sus hijos sin que la muerte lo recordara a él. Al final fue esta solterona quien tuvo que convocar a los sobrinos para decidir lo que debían hacer.
    Unos dicen que los dirigió personalmente; otros que sólo los azuzó, pero lo que sí se sabe con certeza es que fue ella quien anduvo averiguando por la región de la costa y varios pueblos de la sierra hasta localizar a Avendaño. Aun viejo, él había vuelto a su oficio, así que no le fue difícil acercársele, pretextando vengar a su marido. Después de hallarlo se reunió con los sobrinos y los llevó hasta él, que por suerte vivía otra vez solo. Dicen que lo cazaron en el recodo del camino que llevaba a un potrero. El viejo matón olvidó las precauciones y ese día iba montado. Allí nomás lo tiraron bajo una lluvia de plomo. Cargaron con su cuerpo durante tres días a través de la sierra y lo arrojaron en pedazos a la puerta del municipio.
    Esto último no lo mencionaba el corrido sino la carta. Y yo sólo espero que Avendaño no haya tenido hijos. En cuanto a Filadelfo, me enteré hace poco que también había muerto, así que nunca podré saber por qué lo recomendó con mi padre. Yo igual, soy un viejo ahora, pero aún trato de hallar los fragmentos perdidos de esa infancia interrumpida 

1 "A medias". Así se dice cuando alguien cuida un rebaño y la mitad de los animales que nacen son para él y la otra parte para el propietario. El rebaño, por supuesto, sigue siendo del dueño.
2 Se denomina "huamil" o "coamil" al monte tupido pero bajo que crece donde antes había árboles gruesos y altos que han sido cortados para sembrar maíz. Son los espacios donde se ha "rozado" y después de uno o dos años se cubren completamente de monte bajo.
3 Pinolillos y aradores son ácaros parásitos. Se pegan a la piel y chupan la sangre hasta que mueren. Los pinolillos son negros, se aprecian a simple vista sin problema y se hallan comúnmente en los montes de tierras templadas. Los aradores son minúsculos, casi imperceptibles a la mirada, a no ser por su color: rojos. Aparecen como pequeñísimos puntos rojos sobre la piel. Causan una comezón terrible y a veces uno los debe sufrir durante dos o tres días, hasta que se hartan y solos mueren.
4 Macuil o cuil: se conoce así al fruto de un hermoso árbol que crece alto y liso; sus ramas comienzan sólo a quince o veinte metros. Pareciera que saben esconder muy bien sus frutos, unas enormes vainas como de grandes ejotes que en su interior guardan granos cubiertos por una sustancia blanca y algodonosa, de un sabor delicioso y dulce, muy rica como fruta. Los árboles proporcionan también excelente sombra a los cafetales.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...