La gran peste
NOÉ AGUDO
En enero de 1536 fue fundado el
Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, al que tanto debemos por el rescate y
conocimiento de nuestra raíz cultural indígena. Dicho Colegio fue, además, la
piedra miliar de la Real y Pontificia Universidad de México, antecedente de
nuestra Universidad Nacional. Esta estampa pretende ser un homenaje a uno de
sus principales fundadores y animadores.
Aún convaleciente, Bernardino avanza
a tientas por el pasillo sombrío. El silencio se impone con mayor fuerza bajo
las arcadas y el olor concentrado de la humedad lo marea y hace que sus pasos
se tornen trastabillantes e inseguros. Se asoma a un dormitorio pero todo está
vacío. Las esteras se hallan desordenadas y algunas han caído al piso, al igual
que las tablas con las que los alumnos arman sus duras camas. Los baúles donde
guardan su ropa y demás pertenencias han quedado abiertas y semejan enormes
bocas que gritan su desesperación. La soledad y el sentimiento de abandono que
prevalecen entre los muros de piedra hacen que el silencio se acreciente.
Bernardino percibe el roce de sus sandalias sobre las baldosas como los últimos
aleteos de aves moribundas.
Es profesor de este colegio desde su
fundación, el 6 de enero de 1536, y lo ha visto sobreponerse a las carencias
económicas, a los ataques y habladurías de quienes no quisieran que los indios
aprendieran, al abandono imperial y
aun a la muerte de sus principales benefactores: los virreyes Antonio de
Mendoza y Luis de Velasco. Sin embargo, lo que realmente lo puso en riesgo de
desaparecer fue una de esas cíclicas epidemias que se desataron con la entrada
de los españoles a la Gran Tenochtitlán. Una que diezmó a los alumnos fue la de
1545-1548. Se llevó a casi todos los hijos de pipiltzin,
nobles, y obligó a aceptar en el Colegio muchachos que ya no eran descendientes de la
aristocracia indígena. Son los que formaban la mayoría de la población que hoy
también se ha ido o ha muerto.
Bernardino presiente que la llamada huey cocoliztli (la Gran Peste) le asestará el
golpe definitivo a su entrañable Colegio. Todos han huido o están muertos. El cocoliztli es desconocido incluso para ellos,
los españoles que trajeron del viejo mundo la viruela y el sarampión, que tanto
contribuyeron a diezmar la población indígena. Sus primeros síntomas son una
fuerte fiebre, la lengua se torna azul o negra, la orina se oscurece y se
producen fuertes mareos. Después el cuerpo se deshidrata por las altas e
incesantes fiebres y por las diarreas que arrojan mucosidades sanguinolentas.
Entonces aparecen enormes abscesos detrás de las orejas que luego se extienden
por cuello y cara; los labios se gangrenan e inician las hemorragias nasales,
bucales y oculares. Es una enfermedad rápida, virulenta y letal. Sólo permite
sobrevivir al infectado cuatro o cinco días, si mucho.
Tembloroso, débil, sentado sobre un
banco de piedra, Bernardino de Rivera, o de Ribera, recuerda: ha enseñado
intermitentemente en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco durante más de
cuarenta años, y ha sido su rector dos o tres veces. Aquí formó, entre otros, a
Antonio Valeriano ─de
Azcapotzalco─, quien redactó el Nican
Mopohua, documento seminal para lo que en el futuro será esta Nueva España.
Aquí instruyó también a Martin Jacobita y Andrés Leonardo, de Tlatelolco, y
Alonso Bejarano, de Cuauhtitlán, quienes le ayudaron a escribir las tres
versiones de su monumental obra que le ha consumido treinta años de su vida: la Historia general de las cosas de la
Nueva España. Doce
libros donde se recopilan creencias religiosas, cultos, ritos, historia, vida
familiar, fiestas, calendario, educación y costumbres de los antiguos
mexicanos. Un primer y verdadero tratado de etnografía que el franciscano y el
México prehispánico regalarán al mundo. Algo de esto le comentaba el mayordomo
del Colegio cuando se desvaneció tras una serie de repetidos vértigos, hace cinco
días.
Le decía esa mañana:“Padre: no quiero
ofenderlo ni lastimarlo. Es usted tan bueno. Vive tan entregado a su labor que
no se da cuenta. El Real Consejo de Indias nunca publicará su obra; archivan
todos sus cuadernos en cuanto llegan. Algunos principales han acusado a sus
informantes de ser adoradores del demonio y a usted de alentarlos y protegerlos
al recoger y preservar sus creencias”.
El hombre tenía razón. Casi tres
siglos permaneció esta obra fundacional hundida en el desdén y en el olvido.
Debió producirse la independencia de México para que otros individuos sabios,
como Bernardino, se atrevieran a publicar una versión en castellano, en 1829.
Bernardino ya no pudo atender las
palabras del mayordomo. Sólo oyó un repique lejano de campanas, un ruido
ensordecedor mezclado con carreras y gritos, y luego quedó inconsciente. La
peste había llegado. Al principio alguien le ofrecía agua. No podía pasar
ningún trago pues el pecho le dolía y lo sentía tan frágil que al respirar
parecía a punto de estallar. Lo abandonaron, lo creyeron muerto. Escuchó los
pasos de los que huían y de quienes entraban a sacar los cadáveres, pero a él
no lo vieron.
Se mantuvo quieto, recordando sus
pasos como misionero, provincial, escritor, investigador, profesor, rector. Fue
quien mejor comprendió la necesidad de educar a los hijos de la nobleza
indígena, ya fuera para formarlos como sacerdotes que catequizaran a sus
pueblos, o como gobernantes de sus comunidades. Para eso les enseñaron el
Trivium y el Cuadrivium, y agregaron disciplinas como la medicina, pintura,
teología y religión. “¡Cuánta inteligencia y vivacidad en los indios! ¡Aprenden
mejor y más rápido que los mismos españoles!”, observó. Tuvo alumnos trilingües
que hablaban con facilidad el castellano, el náhuatl y el latín. Motolinia, Andrés de Olmos y
Toribio de Benavente fueron algunos de sus colegas solidarios y afines.
Ahora todos se han ido. Por la noche
llovió y eso produce un olor de desamparo en esta soledad. Es la humedad
mezclada con el hedor de los esputos, la sangre y los pedazos de piel adherida
a las esteras. Unas enormes moscas verdes pasan zumbando o se posan golosas
sobre las manchas de las celdas. Son los únicos rastros que quedan de los
alumnos del Imperial Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco en este 17 de
agosto de 1577. A sus 78 años, a fray Bernardino de Sahagún la muerte lo
respetará por esta ocasión. Aún le quedan 13 años de vida al franciscano.
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