El Gene
Auge y caída de un halcón
Auge y caída de un halcón
NOÉ AGUDO
Casi todos
los temas que publico aquí son inéditos. Esta pequeña crónica no, fue escrita
a instancias de mi hijo: leíamos El Universal, en el que cada domingo encartaban por
ese entonces La Revista;
en su portada traía la fotografía más conocida de los halcones, ese grupo
paramilitar que asesinó y golpeó estudiantes el 10 de junio de 1971. Le
platiqué a mi hijo que yo conocía a ese individuo y le conté a grandes rasgos
su historia. ¿Por qué no la escribes?, me dijo. Así lo hice, envié el escrito
como una carta a La revista y dos días después recibí
una llamada telefónica. Me pedían autorización para publicarla como una
colaboración más; les dije que sí y apareció en la edición del 2 de agosto de
2004. Gustó mucho, varios amigos y conocidos me llamaron; alguien me pidió
ampliar la historia para que sirviera como guión para una película, pero luego
ese alguien fue nombrada directora de un museo, así que se quedó en puro
proyecto. Pero aquí está, porque también, quiera que no, es parte de mi vida.
(Dejo el título que le pusieron cuando fue publicada.)
Para mi amigo Víctor Castillo
Por los caminos de la vida que el azar o el destino van trazando uno se enreda y arrastra jirones de rencor, temor y desprecio. El Gene es uno de estos jirones.
Cuando tenía alrededor de once años aún iba a la escuela primaria. Vivía en El Molinito, una colonia habitada por tropa e inmigrantes pegada al Campo Militar Número Uno. Allí, en la avenida 18 de Marzo, una calle sin pavimentar, la necesidad había levantado con tablas y láminas de cartón un conjunto de tendajones que nosotros llamábamos "el mercadito". Casi nunca faltaban en una esquina El Gene, su hermano y sus amigos; altos, bravucones y violentos, se entretenían molestando a las mujeres, buscando pelea o simplemente emborrachándose. Al niño que yo era le atemorizaba e inquietaba encontrarse con El Gene y sus amigos.
* * *
Pasa el tiempo y en 1971 voy a la secundaria. Estudio en la número 4, la Moisés Sáenz, en Ribera de San Cosme. La cercanía del Casco de Santo Tomás, la Escuela Nacional de Maestros, la Normal Superior y un conjunto de secundarias hacen de esta área una bulliciosa zona estudiantil en la que los carteles y volantes, los recitales de José de Molina y los mítines relámpago avivan la imaginación y despiertan el interés por participar en "el movimiento" (más aún cuando el '68 lo había vivido en una primaria dentro del Campo Militar, por lo cual los estudiantes eran una noción fascinante relacionada con la rebeldía y el peligro). Así que el 10 de junio mi amigo Felipe y yo decidimos irnos "de pinta" para poder asistir a la manifestación de esa tarde. Como no vamos con ninguna escuela, recorremos el río humano de la punta a la cola y de regreso, y nos metemos cerca de la vanguardia, pero no al frente, cuando la manifestación comienza a avanzar. Por eso, cuando la turbamulta aterrorizada retorna corriendo sobre sus pasos, nosotros franqueamos de inmediato las puertas de la Normal de Maestros. Detrás de los gruesos pilares nos protegemos de los balazos, oímos los gritos de los que tratan de escalar las rejas (el miedo ha cerrado las puertas) y vemos llegar a heridos y muertos acompañados de gritos histéricos.
Dos horas más tarde, un estudiante mayor que nosotros nos propone salir y nos alecciona para decir que somos sus sobrinos y que él ha venido a recogernos, por si alguien pregunta. Salimos por una puerta que queda casi enfrente del cine Tlacopan y descubrimos en la avenida México-Tacuba un tiradero de mantas, carteles, papeles, trozos de madera y algunos charcos de sangre. A partir del día siguiente comenzaré a ver en periódicos y revistas la fotografía de El Gene con su vara de kendo, su grito de odio y su disposición asesina.
* * *
Cuando concluyo la secundaria se ha decidido que, si quiero seguir estudiando, debo trabajar; así que mi primer empleo es como obrero eventual en la Pepsicola, en la planta Clavería. Allí el sindicato es regenteado por Armando Neyra Chávez (actual diputado del PRI) y por una caterva de gángsters entre los cuales sobresale El Gallo, un individuo siniestro que es trasladado al taller mecánico, donde yo estoy, cuando sospechan que soy uno de los "agitadores" que pretenden democratizar la vida sindical. El Galloes silencioso, sólo observa, es un "perro de oreja", dicen mis compañeros mecánicos, y sólo parpadea y se me queda mirando con más atención cuando descubrimos que somos vecinos, que él también vive en El Molinito y que, para rematar, es el papá de El Gene. Pequeño es el mundo.
No llevo ni dos años trabajando cuando el sindicato decide deshacerse de un grupo de obreros, entre los cuales me incluyen. Como sin querer, El Gallo me ha mostrado una pavorosa pistola que guarda en su casillero, por eso acepto el finiquito que me ofrecen cuando la compañía nos anuncia que estamos despedidos.
* * *
En 1973 he ingresado al CCH, continúo viviendo en El Molinito y sigo viendo a El Gene, cada vez más drogado y siempre borracho. Ya no es halcón. Un día lo encuentro de frente, se me queda viendo, murmura algo y viene sobre mí con el odio chisporroteando en sus ojos enrojecidos. Unas manos amigas lo detienen. Entonces me doy cuenta que él también sabe quién soy, seguramente su padre le platicó o me ha visto como activista en alguna manifestación.
* * *
Días actuales. Soy un cincuentón que sobrevive dando clases. Leo con mi hijo el periódico y veo la sempiterna foto de El Gene, destacada ahora en la portada de la revista (número 22, del 26 de julio al 1 de agosto). Le comento cómo algunas partes de nuestras vidas quedan entrelazadas con las de otros y le platico a grandes trazos esta historia. "¿Por qué no la escribes?", me dice. "Sí", le contesto, "pero antes déjame ver si aún vive o cómo terminó".
"Su padre murió", me dice un amigo de El Molinito. "El Ojos le bajó a la mujer porque El Gene se volvió alcohólico y drogadicto, ya no se recuperó, se perdió todo, desapareció del barrio. De vez en cuando veo a sus hijos, que también son raterillos y drogos, pero de él ya no he vuelto a saber nada. Alguien me dijo que andaba todo pirado, greñudo y negro, junto al Río Hondo. Se volvió loco".
Ese es El Gene, el de la foto.
* * *
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