La retórica del Mesías
NOÉ AGUDO
Para el otro Jesús, Jesús García, el que cuida las puertas del laicismo.
¿Cómo
logró Jesús transmitir sus enseñanzas si nunca empleó ningún tipo de escritura?
¿Cómo ejercía esa atracción y aceptación plena sobre las multitudes? ¿Por qué
sus apóstoles recordaron sus enseñanzas cuando se propusieron escribirlas,
mucho tiempo después?
Como
se sabe, Jesús nunca escribió ningún texto. Fueron sus discípulos los que se
encargaron de poner por escrito y divulgar sus enseñanzas. Pero recordar lo que
había dicho y pasarlo tiempo después al texto escrito indica cuán profundas,
claras y detalladas debieron haber sido. No puedo imaginar a Mateo, a Pedro o a
Marcos apuntar cada noche las enseñanzas del maestro para ir constituyendo una
bitácora de su doctrina.
¿Qué
hizo posible que las enseñanzas del nazareno se impregnaran en la memoria y el
alma de sus seguidores con tal fuerza? ¿Cómo lograba conmover y ganar la
aquiescencia de sus seguidores? Sin duda con la cualidad retórica de sus
discursos. Signo de esta cualidad es el empleo constante de la parábola, las
sentencias y las máximas para dirigirse a la gente. No cualquiera formula un
pensamiento tan preciso como éste: “Dad al césar lo que es del césar, y a Dios
lo que es de Dios”. O “Todo aquel que se ensalza será humillado, y el que se
humilla será ensalzado”. En el caso de la parábola (definida por el Diccionario
de filosofía de Nicola Abbagnano como el “argumento que consiste en
aducir una comparación o un paralelo, como cuando Sócrates afirma que no se
deben elegir al azar los gobernantes, así como no se eligen al azar los atletas
para una competencia.”), se sabe que es uno de los más antiguos géneros literarios
proveniente de la India, que luego se extendió a China y Japón, y después llegó
a Grecia y Roma. Jesús conocía el empleo y eficacia de la parábola, como bien
lo narran sus discípulos. La parábola de los talentos, la del sembrador, la del
hijo pródigo o la del buen samaritano, que se le atribuyen, son algunos
ejemplos que dan cuenta de su habilidad retórica.
Recordemos
esta última: Un sabio, tratando más que nada de mostrar su “erudición” que de
atender las enseñanzas del nazareno, le interrumpe para pedirle que defina lo
que es un prójimo. Jesús, sin inmutarse, le responde: “Cierto día, bajaba un
hombre de Jerusalén a Jericó cuando fue asaltado por los ladrones. Lo
desnudaron, lo golpearon, le quitaron todo cuanto llevaba y lo dejaron malherido
a la orilla del camino”.
El
suspenso que logra en su auditorio con este arranque deja a todos boquiabiertos
y silenciosos; siembra en sus cerebros una profunda expectación para saber cómo
se relacionará esta historia con la pregunta impertinente del sabio.
“Después ─continúa
el maestro─, pasa por allí un sacerdote. Ve al hombre sangrante, desnudo y
quejándose, pero apresura el paso y no hace nada por socorrerlo. Teme que algo
malo le pueda suceder, así que se aleja con rapidez. Luego viene un levita
(descendiente de la tribu de Leví, la más santa de todas las tribus de Israel, pues fue la encomendada para el cuidado del Templo)
y actúa igual que el sacerdote: prefiere alejarse presuroso del lugar y no
meterse en ningún problema. El hombre asaltado se sigue desangrando y pronto
morirá si no es socorrido. Han pasado dos individuos virtuosos, casi santos, y
han actuado conforme a su buen sentido: no meterse en problemas. Así pues,
¿quién se atreverá a socorrer al desdichado?
“He
aquí ─agrega Jesús─ que aparece por el lugar un samaritano (un
individuo perteneciente a un grupo despreciado, considerado de inferior
categoría) y la visión del herido lo mueve a compasión: se acerca, lo limpia,
le venda las heridas y lo lleva a la posada más cercana. Allí entrega unos
denarios al posadero y pide que cuide y alimente al herido hasta que se
recupere o hasta que él regrese. ¿Quién de estos tres actuó como prójimo del
que fue asaltado por los ladrones?”, pregunta Jesús al sabio. “El que actuó con
misericordia” responde éste. “Pues ve y haz tú lo mismo”, le indica el maestro.
El
público se queda sin habla, impresionado, admirado y convencido de la
enseñanza. Seguramente nadie que presenció la descripción de esta parábola
olvidó nunca lo que es un prójimo, y debido a que quedó fundida a la memoria de
sus discípulos es que la conocemos hoy día. En esto consistía la habilidad
retórica de Jesús.
La
doctora Maria Teresa Serafini reseña en su libro Cómo redactar un tema (Paidós,
1989) un estudio del antropólogo norteamericano Robert Kaplan, que muestra
gráficamente cómo las lenguas románicas ─como el español─ se
caracterizan por el uso de paréntesis y digresiones en la exposición de un
tema*; la idea principal a veces se deja de lado para desarrollar otros asuntos
que ayudarán a explicarla mejor, por eso se representa con una línea quebrada.
En el inglés o el alemán, en cambio, la idea principal se tiene siempre
presente. Por eso a las lenguas anglosajonas se las representa con una línea
recta. Las lenguas orientales, a su vez, se representan por una espiral que se
va aproximando al tema central a través de círculos; el asunto principal nunca
se relega y ningún argumento es ajeno a él, pero sólo emerge cuanto se avance
en la narración. Los pensamientos de Confucio o los aforismos de Lao Tsé operan
así, son ejemplos de este desarrollo circular. (Abajo: la línea vertical representa
el pensamiento en lenguas anglosajonas; la quebrada, las
lenguas romances, y la circular las orientales.)
Son múltiples los estudios que afirman que los “años perdidos” de Jesús no fueron
en realidad nada perdidos, sino que los aprovechó para ir a aprender filosofía
al lejano Oriente, o a la India. De los doce o trece años, a los 33 cuando
regresa a vivir su pasión, Jesús habría estado en el Oriente. Yo coincido con
ellos. Por sus enseñanzas y el uso de las parábolas el nazareno hablaba realmente
como un yogui. Era un yogui.
*Esto no significa que sean mejores o
peores, simplemente son sus formas de comunicar. Vean como inician nuestras dos
máximas novelas en lengua española. Don Quijote:
"En algún lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía
una vez...", etc. Cien años de soledad: "Muchos años
después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano
Buendía...", etc. En su primer enunciado ambas dan paso de inmediato
a una digresión.
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