domingo, 23 de junio de 2013

LA RETÓRICA DEL MESÍAS

La retórica del Mesías

NOÉ AGUDO

                                                                       Para el otro Jesús, Jesús García, el que cuida las puertas del laicismo.

¿Cómo logró Jesús transmitir sus enseñanzas si nunca empleó ningún tipo de escritura? ¿Cómo ejercía esa atracción y aceptación plena sobre las multitudes? ¿Por qué sus apóstoles recordaron sus enseñanzas cuando se propusieron escribirlas, mucho tiempo después?
    Como se sabe, Jesús nunca escribió ningún texto. Fueron sus discípulos los que se encargaron de poner por escrito y divulgar sus enseñanzas. Pero recordar lo que había dicho y pasarlo tiempo después al texto escrito indica cuán profundas, claras y detalladas debieron haber sido. No puedo imaginar a Mateo, a Pedro o a Marcos apuntar cada noche las enseñanzas del maestro para ir constituyendo una bitácora de su doctrina.
    ¿Qué hizo posible que las enseñanzas del nazareno se impregnaran en la memoria y el alma de sus seguidores con tal fuerza? ¿Cómo lograba conmover y ganar la aquiescencia de sus seguidores? Sin duda con la cualidad retórica de sus discursos. Signo de esta cualidad es el empleo constante de la parábola, las sentencias y las máximas para dirigirse a la gente. No cualquiera formula un pensamiento tan preciso como éste: “Dad al césar lo que es del césar, y a Dios lo que es de Dios”. O “Todo aquel que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. En el caso de la parábola (definida por el Diccionario de filosofía de Nicola Abbagnano como el “argumento que consiste en aducir una comparación o un paralelo, como cuando Sócrates afirma que no se deben elegir al azar los gobernantes, así como no se eligen al azar los atletas para una competencia.”), se sabe que es uno de los más antiguos géneros literarios proveniente de la India, que luego se extendió a China y Japón, y después llegó a Grecia y Roma. Jesús conocía el empleo y eficacia de la parábola, como bien lo narran sus discípulos. La parábola de los talentos, la del sembrador, la del hijo pródigo o la del buen samaritano, que se le atribuyen, son algunos ejemplos que dan cuenta de su habilidad retórica.
    Recordemos esta última: Un sabio, tratando más que nada de mostrar su “erudición” que de atender las enseñanzas del nazareno, le interrumpe para pedirle que defina lo que es un prójimo. Jesús, sin inmutarse, le responde: “Cierto día, bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó cuando fue asaltado por los ladrones. Lo desnudaron, lo golpearon, le quitaron todo cuanto llevaba y lo dejaron malherido a la orilla del camino”.
    El suspenso que logra en su auditorio con este arranque deja a todos boquiabiertos y silenciosos; siembra en sus cerebros una profunda expectación para saber cómo se relacionará esta historia con la pregunta impertinente del sabio.
    “Después ─continúa el maestro─, pasa por allí un sacerdote. Ve al hombre sangrante, desnudo y quejándose, pero apresura el paso y no hace nada por socorrerlo. Teme que algo malo le pueda suceder, así que se aleja con rapidez. Luego viene un levita (descendiente de la tribu de Leví, la más santa de todas las tribus de Israel, pues fue la encomendada para el cuidado del Templo) y actúa igual que el sacerdote: prefiere alejarse presuroso del lugar y no meterse en ningún problema. El hombre asaltado se sigue desangrando y pronto morirá si no es socorrido. Han pasado dos individuos virtuosos, casi santos, y han actuado conforme a su buen sentido: no meterse en problemas. Así pues, ¿quién se atreverá a socorrer al desdichado?
    “He aquí ─agrega Jesús─ que aparece por el lugar un samaritano (un individuo perteneciente a un grupo despreciado, considerado de inferior categoría) y la visión del herido lo mueve a compasión: se acerca, lo limpia, le venda las heridas y lo lleva a la posada más cercana. Allí entrega unos denarios al posadero y pide que cuide y alimente al herido hasta que se recupere o hasta que él regrese. ¿Quién de estos tres actuó como prójimo del que fue asaltado por los ladrones?”, pregunta Jesús al sabio. “El que actuó con misericordia” responde éste. “Pues ve y haz tú lo mismo”, le indica el maestro.
    El público se queda sin habla, impresionado, admirado y convencido de la enseñanza. Seguramente nadie que presenció la descripción de esta parábola olvidó nunca lo que es un prójimo, y debido a que quedó fundida a la memoria de sus discípulos es que la conocemos hoy día. En esto consistía la habilidad retórica de Jesús.
    La doctora Maria Teresa Serafini reseña en su libro Cómo redactar un tema (Paidós, 1989) un estudio del antropólogo norteamericano Robert Kaplan, que muestra gráficamente cómo las lenguas románicas ─como el español─ se caracterizan por el uso de paréntesis y digresiones en la exposición de un tema*; la idea principal a veces se deja de lado para desarrollar otros asuntos que ayudarán a explicarla mejor, por eso se representa con una línea quebrada. En el inglés o el alemán, en cambio, la idea principal se tiene siempre presente. Por eso a las lenguas anglosajonas se las representa con una línea recta. Las lenguas orientales, a su vez, se representan por una espiral que se va aproximando al tema central a través de círculos; el asunto principal nunca se relega y ningún argumento es ajeno a él, pero sólo emerge cuanto se avance en la narración. Los pensamientos de Confucio o los aforismos de Lao Tsé operan así, son ejemplos de este desarrollo circular. (Abajo: la línea vertical representa el pensamiento en lenguas anglosajonas; la quebrada, las lenguas romances, y la circular las orientales.)

    Son múltiples los estudios que afirman que los “años perdidos” de Jesús no fueron en realidad nada perdidos, sino que los aprovechó para ir a aprender filosofía al lejano Oriente, o a la India. De los doce o trece años, a los 33 cuando regresa a vivir su pasión, Jesús habría estado en el Oriente. Yo coincido con ellos. Por sus enseñanzas y el uso de las parábolas el nazareno hablaba realmente como un yogui. Era un yogui.  

*Esto no significa que sean mejores o peores, simplemente son sus formas de comunicar. Vean como inician nuestras dos máximas novelas en lengua española. Don Quijote: "En algún lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía una vez...", etc. Cien años de soledad: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía...", etc.  En su primer enunciado ambas dan paso de inmediato a una digresión.
                                                   



No hay comentarios:

Publicar un comentario

  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...