El arte de la elisión
NOÉ AGUDO
Bajo el riesgo
de ser corregido por los profesores de etimologías grecolatinas, aclaro que
empleo aquí el término elisión como sinónimo de elipsis, es decir, de
esa figura retórica de dicción que consiste en suprimir uno o varios elementos
del enunciado. La uso por su eufonía y porque expresa cabalmente la pretensión
que un escritor del Siglo de Oro de la Literatura española tuvo con respecto al
lenguaje, y también porque cultivó la prosa didáctica y filosófica con la
elisión como divisa.
Me refiero a Baltasar Gracián
(1601-1658), quien forjó un estilo a base de sentencias breves, logrando textos
densos y concisos, portadores de un lenguaje lacónico, repleto de aforismos y
capaces de lograr una multiplicidad de significados. Leer El criticón, su obra maestra,
es enfrentar un reto de erudición y paciencia en el que, como aquel ratoncito
que roe incansable la nuez, el lector capaz de concluir esta novela filosófica ─alegoría de todo destino humano─ disfrutará de algo así como de la
almendra de la literatura barroca.
Gracián fue un escritor, un moralista
y un preceptor. Aunque en realidad todo escritor es un moralista y educador,
aun sin proponérselo, Gracián sí lo fue de manera explícita. Tal vez debido a
su formación jesuítica, el autor del Oráculo
manual y arte de prudencia, tuvo como principal objetivo proporcionar al
lector habilidades y recursos para desenvolverse en un mundo hostil y engañoso,
donde predominan las apariencias frente a la virtud y la verdad.
Su visión pesimista de la vida es
resultado de la etapa histórica que le tocó vivir: los reinados de Felipe III y
IV, durante los cuales el imperio decae, suceden múltiples cambios y la
inseguridad se acrecienta. Esa visión comparte también mucho de su propia
experiencia, pues la envidia y el resentimiento de algunos integrantes de su
propia orden lo llevaron a la reprensión pública, al encierro y a sobrevivir a
base de un ayuno de pan y agua, a la prohibición de disponer de tinta y papel
para escribir, a la privación de su cátedra (¿por qué pienso en los profesores
que luchan contra la mediocridad y la corrupción en el CCH cuando escribo
esto?) e incluso al destierro.
Para Gracián el hombre es un ser
débil, interesado y malicioso. Por ello debe aprender a hacerse valer, ser
prudente y aprovechar la sabiduría basada en la experiencia. Si es necesario,
debe saber disimular y comportarse según la ocasión. No por nada el Oráculo manual y arte de prudencia puede leerse como un conjunto de
normas y orientaciones escritas para guiarse en una sociedad compleja y en
crisis. Este libro, publicado en 1647, supone la síntesis de los tratados
didáctico-morales escritos con anterioridad (El héroe, El político, El discreto y otros que no pudieron ver la luz
como El atento y El
galante), y reúne trescientos aforismos comentados; su propósito: enseñar
el modo de conducirse en el mundo.
Al margen de su empeño didáctico, una
gran parte de sus esfuerzos estuvo encaminada a elaborar un tratado de estética
literaria barroca. La Agudeza
y arte de ingenio (1648) es
un tratado de retórica en el que se analizan las figuras literarias predominantes
en su época; en él teoriza también acerca del “concepto” (“un acto del
entendimiento que expresa la correspondencia que se halla entre los objetos”) y
propone una nueva retórica basada en la praxis barroca, que se distancia de la
tradición aristotélica.
Como bien lo señala Emilio Hidalgo
Serna ─quien escribe el estudio
introductorio de El criticón en la edición de Austral que yo poseo─
“el lenguaje racional y la definición ocultan las significaciones y relaciones
entre las cosas singulares. En los libros de Gracián la representación poética,
la elocución retórica y la lógica inventiva fueron los instrumentos más propios
de comunicación, conocimiento y reflexión.” No por nada Schopenhauer y
Nietzsche fueron atentos lectores de Gracián. En el empleo del lenguaje
metafórico usado por el preceptor se hallan las bases de lo que Nietzsche
denominó “la gaya ciencia” y de la cual fue su más dilecto cultivador. Y esto
es así porque, si el empleo de la definición y los conceptos aristotélicos
implican una fijación y abstracción del saber, Gracián renuncia a la definición
y utiliza imágenes y metáforas más acordes con su visión múltiple y no absoluta
del mundo.
Al igual que Quintiliano en la
antigüedad, Heidegger y George Steiner en nuestra época, Gracián esbozó una
teoría del conocimiento a partir del lenguaje. Esto no es casual. Continuador
de los dramaturgos y poetas del Siglo de Oro, e identificado especialmente con
el conceptismo representado por Francisco de Quevedo, Gracián halla en la magia
de las figuras retóricas como la elipsis, el hipérbaton, el zeugma, la
hipérbole y la paradoja los recursos para desatar la imaginación y cultivar la
fértil “creatividad del ingenio”.
Sin embargo, es El criticón su obra maestra y la que reúne en
forma de ficción su trayectoria y saber literarios. Digamos que el libro es un
recorrido por la vida de un hombre que debió luchar contra las circunstancias
de un mundo decadente, donde primaban el desengaño vital y el pesimismo. Es una
alegoría de la vida representada por el impulsivo e inexperto Adrenio, y el
prudente y experimentado Critilo. Ambos recorren el mundo en busca de la
felicidad y, pese al engaño que comúnmente enfrentan, aprenden la virtud que
los lleva a la inmortalidad en el final de la novela.
En la búsqueda de la concisión a la
que nos impele el periodismo, he seguido como divisa dos aforismos. La primera
del arquitecto de origen alemán Mies van der Rohe, que dice: “Menos es más”, y
la segunda de Baltasar Gracián que afirma: “Lo bueno, si breve, dos veces
bueno. Y aun lo malo, si poco, no tan malo”. Ejemplo de pensamiento concentrado
y arte de elisión. En este caso, del verbo.
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