domingo, 23 de junio de 2013

QUÉ HACER CON LA INTERNET

¿Qué hacer con la Internet?

NOÉ AGUDO

Despierta suspicacias una recomendación cuanto más insistente se haga. Uno empieza a sospechar qué es lo que en verdad desean que uno se trague cuanto más atosigante y fastidiosa se vuelve, y cuando deja de ser una recomendación para volverse una exigencia. Esto es lo que ocurre con el empleo de las tecnologías de la información y comunicación (TIC) aplicadas a la enseñanza. De un tiempo a estos días se insiste tanto en su empleo como si fuesen el medio para transformarnos en los más eficientes profesores y la panacea para resolver graves problemas educativos, como son los altos índices de reprobación, el escaso aprovechamiento e incluso el creciente número de jóvenes que abandonan sus estudios.
    Tal vez el hecho de mirarlos ensimismados en sus teléfonos móviles, entretenidos con sus tabletas o adictos al empleo de las computadoras en casa, genere la expectativa de que allí está por fin el medio por el cual los podremos enganchar al estudio. Como varios profesores, yo acepté inscribirme incluso a un diplomado “sobre el empleo de las TICs” (sic), pero me bastó asistir a la primera sesión para darme cuenta de que había otras formas más divertidas de perder el tiempo. Porque en lugar de abordar cuestiones de urgente respuesta, como analizar en qué partes de la enseñanza son pertinentes las TIC, qué tipo de aprendizajes contribuyen a adquirir y qué tipo de problemas podrían ayudar a resolver es decir, cuestiones que sólo un experto en la enseñanza y el uso de las TIC puede abordar─ lo que el diplomado proponía era aprender a crear más distractores para los alumnos, es decir, aprender a hacer podcasts, formar grupos de trabajo en Facebook, crear una plataforma, etc. Estos recursos, se ha visto, sólo fomentan el entretenimiento y la superficialidad, y dispersan la poca atención que uno puede lograr en el salón de clases. Huelga decir que el diplomado lo conducía no un experto sino un egresado de las carreras de computación hoy tan de moda, si bien hacía su mejor esfuerzo para hacerse entender.
    Ante esta situación decidí investigar por mi cuenta cómo aprovechar las potencialidades de esta herramienta, descubrir en qué momento y para qué propósitos resultaba funcional, y sobre todo cómo evitar los estragos que está causando en el aprendizaje, particularmente en la anulación de actividades intelectuales básicas como saber buscar, seleccionar, comprender y sobre todo usar la información.
    Cualquiera que imparta clases en el bachillerato observará que los alumnos son cada vez más reacios a hacer lecturas que impliquen cierto grado de atención o que sean más o menos extensas. Lo común es la búsqueda distraída de información en Internet, la selección de textos vagamente relacionados con el asunto que investigan, los cuales imprimen y entregan sin haberlos leído ni mucho menos comprendido. Además del nulo aprendizaje que pueden lograr con este procedimiento, lo más seguro es que en verdad sólo se están adiestrando en cómo tomar cualquier trabajo y hacerlo pasar como propio.
    Se replicará que allí es donde debe intervenir el profesor para enseñarles a buscar, clasificar y citar o resumir la información. Esto es lo que hacía y hago, anteponiéndoles requisitos como son las notas a pie de página para obligarlos a identificar y señalar sus fuentes, para que elaboren su aparato crítico, etcétera, procedimientos que adiestran en los pasos básicos de toda investigación y plantean la exigencia de reconocer el trabajo de los demás. Sin embargo, me doy cuenta que mientras más insisto en estos requisitos, más problemas tienen en la elaboración de sus trabajos y más hábiles se vuelven para simular que los textos que entregan son realmente suyos; al final esto se vuelve un juego absurdo, donde el profesor está a la caza de los signos que evidencian el plagio y ellos por borrar las evidencias, y el único hecho cierto es que la lectura, la actividad fundamental para el aprendizaje, queda relegada o francamente en el olvido. Esto me hace plantearme las siguientes preguntas:
    ¿De verdad contribuyen las TIC a obtener un mejor aprendizaje? ¿Son herramientas útiles para la enseñanza? ¿Contribuyen a mejorar y fortalecer las habilidades intelectuales? ¿Los altos flujos de información que ponen a nuestro alcance nos permiten tomar decisiones más acertadas? ¿Más información significa más conocimiento? ¿Hacen las TIC más eficientes nuestras capacidades cognitivas? Estas preguntas tienen respuestas realmente preocupantes en Superficiales: ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, de Nicholas Carr (México, 2011, Taurus), un libro que deberían leer obligadamente profesores y alumnos, pero sobre todo las autoridades educativas y los entusiastas en el empleo educativo de las TIC.
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¿Quién es Nicholas Carr? Un doctor en literatura por la Universidad de Harvard y un profesional experto en las nuevas tecnologías, acerca de las cuales escribe constantemente en prestigiosas publicaciones de los Estados Unidos y Europa, y alguien que ha publicado los siguientes libros: Las tecnologías de la información. ¿Son realmente una ventaja competitiva? (2004); El gran interruptor (2008), y Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (2011), mismo que aquí parafraseo y cito.
    Al igual que la mayoría de las personas dedicadas a la investigación y la comunicación, Nicholas Carr se volvió un entusiasta del Internet. “La Web ha sido un regalo del cielo para mí como escritor”, afirmó. Investigaciones que antes requerían días por entre las estanterías de hemerotecas o bibliotecas, ahora pueden darse en cuestión de minutos, descubrió. “Unas pocas búsquedas en Google, algunos clics rápidos en hipervínculos y ya tengo el dato o la cita provechosa.”, afirma.
    Para un investigador y escritor activo como él, la última tecnología resultaba esencial: chips cada vez más veloces, módems cada vez más rápidos, discos duros con capacidades de gigabytes, banda ancha, Napster y Google, Blackberrys y iPods, redes Wi-Fi, smartphones, pendrives, netbooks y tablets, etc. Se volvió un activo participante de las redes sociales y un generador de contenido. Registró un dominio y abrió un blog. Nuevos correos aparecían en su bandeja de entrada cada minuto; registró cuentas en MySpace, Facebook, Digg y Twitter; canceló sus suscripciones a periódicos y revistas. “¿Quién las necesitaba?”, dice. “Cuando llegaban las ediciones impresas, húmedas o no, sentía que ya había visto todas las historias”. Navegaba, buscaba y añadía contenido a las grandes bases de datos de Internet.
    No sólo sus tareas intelectuales. Por la Red resolvía la mayoría de sus compras y trámites bancarios, pagaba facturas, reservaba boletos de avión y habitaciones de hotel, renovaba su licencia de conducir, enviaba invitaciones y tarjetas de felicitación, descargaba música, veía películas en Neftlifx y videos en Streaming. En suma, la Web se convirtió en parte esencial de su trabajo, estudios y vida social; el  conducto universal para la mayoría de la información que fluía por ojos y oídos hacia su mente, al igual que para muchos hoy día.
    Luego de casi dos décadas de estar online, un día percibió que algo raro sucedía en su cerebro. Lo narra así: “Durante los últimos años he tenido la sensación incómoda de que alguien, o algo, ha estado revolviendo mi cerebro, rediseñando el circuito neuronal, reprogramando la memoria.” Más aún, descubrió que ya no podía leer, mejor dicho, ya no lograba atender la lectura. Después de dos o tres páginas perdía la concentración, y más todavía cuando el texto exigía un poco de mayor atención y reflexión. En sus propias palabras: “Pierdo el sosiego y el hilo, empiezo a pensar qué otra cosa hacer. Me siento como si estuviese siempre arrastrando mi cerebro de vuelta al texto. La profunda lectura que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo.”
    Aparte de la pérdida de concentración, Carr advirtió que su conducta misma se había modificado, al experimentar una ansiedad permanente. Lo explica así: “Pero mi cerebro, comprendí, no estaba sólo disperso. Estaba hambriento. Exigía ser alimentado de la manera en que lo alimenta la Red, y cuanto más comía, más hambre tenía. Incluso cuando estaba alejado de mi computadora, sentía ansias de mirar mi correo, hacer clic en vínculos, googlear. Quería estar conectado. Al igual que Microsoft, Word me había convertido en un procesador de textos de carne y hueso. Internet, me daba cuenta, estaba convirtiéndome en algo parecido a una máquina de procesamiento de datos de alta velocidad, un Hal humano.”
    ¿Alguno se reconoce en esta travesía? Por suerte Nicholas Carr no sólo se reconoció, sino que tomó una decisión radical. A fines de 2007 él y su esposa abandonaron sus modernas y equipadas instalaciones en Boston, para ir a vivir a una cabaña en las montañas de Colorado, donde no había alcance para telefonía móvil y el Internet llegaba mal; canceló su cuenta de Twitter, puso su Facebook entre paréntesis, suspendió su blog, apagó su lector de RSS y redujo sus comunicaciones por mensajería instantánea y Skype, y, lo más importante, canceló su correo electrónico.
    Cuenta que fue un desmantelamiento doloroso. Durante meses sus sinapsis cerebrales “aullaban en demanda de sus dosis online”; de vez en cuando recayó y la Web lo atrapaba durante todo el día, pero con el tiempo disminuyó su ansiedad y fue capaz de escribir en su teclado durante horas, así como realizar una lectura densa sin que su mente vagara. Para fortuna de sus lectores, lo más importante es que le permitió escribir este libro revelador, que sustentado en numerosos estudios e investigaciones, es el mejor testimonio de cómo Internet nos está cambiando.
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¿Qué dice este libro, saludado por muchos como la más sustentada investigación acerca de cómo nos está transformando la Web, y una oportuna advertencia ante los estragos que está provocando entre las actividades intelectuales que nos han permitido evolucionar como especie; qué informa, si otros lo consideran sólo como la puesta al día de antiguos prejuicios, como los que Sócrates tuvo ante la escritura, los monjes medievales ante los libros publicados en grandes números, el Círculo de Frankfurt contra la cultura de masas y Marshall McLuhan ante los medios de comunicación masiva?
    Como todo buen libro, no intenta dar una conclusión definitiva acerca de usar o no las tecnologías de información y comunicación; basado en numerosos estudios, informa acerca de las modificaciones más evidentes que están causando en nuestras capacidades de atención, contemplación y reflexión, en nuestros procesos cognitivos y en la facultad de la memoria, pero reconoce que han llegado para quedarse y sería tonto desecharlas o concluir que ya está dicha la última palabra acerca de sus efectos.
    La hipótesis central que lo guía es una hipótesis formulada ya por Marshall McLuhan en 1964: los medios no sólo son canales de información, sino que también modelan el proceso de pensamiento. Al modificar la Web la lectura lineal a la que estábamos acostumbrados, por otra que atiende muchos fragmentos de texto interconectados en un ambiente repleto de distractores, debilita nuestra capacidad de concentración y de reflexión.
    Numerosos estudios biológicos, neurológicos y psicológicos revelan que nuestro cerebro es sumamente plástico, es decir, se adapta con facilidad al empleo de ciertas herramientas y órganos. Los componentes celulares del cerebro no forman estructuras permanentes ni desempeñan papeles rígidos determinados de una vez y para siempre. Son flexibles y cambian con la experiencia, las circunstancias y la necesidad. Las acciones físicas y mentales que realizamos son capaces de reorganizarlo.
    Desafortunadamente, debido a esta misma plasticidad podemos también encerrarnos en comportamientos rígidos; los malos hábitos arraigan tanto como los buenos. Si dejamos de ejercer nuestras principales capacidades mentales (atención, abstracción, concentración, reflexión, memorización, etc.) el cerebro no se limita a olvidarlas, sino que adopta las que se practican en su lugar: la lectura superficial en lugar de la lectura concentrada, por ejemplo.
    Entre las diversas tecnologías que el hombre ha creado para aumentar sus capacidades, las tecnologías intelectuales ejercen el poder más grande y duradero sobre qué y cómo pensamos; las tecnologías intelectuales son todas las herramientas que utilizamos para ampliar o apoyar nuestra capacidad mental. Entre éstas, el lenguaje es para los humanos el medio principal del pensamiento consciente. Por tanto, las tecnologías que inciden en el lenguaje ejercen la mayor influencia sobre nuestra vida intelectual. Por eso el ser humano ha entendido que lectura y escritura requieren educación y práctica. En una cultura puramente oral el conocimiento se rige tan solo por la capacidad de la memoria; en una basada en la escritura y la lectura el conocimiento se hace lógico, riguroso, autosuficiente. Leer y escribir eleva la conciencia.
    Sin embargo, lectura y escritura no fueron operaciones automáticas ni simultáneas a la invención de la escritura. De la tableta de arcilla a la tablet digital hay un largo trecho que implicó el paso al papiro, a la tablilla encerada, al pergamino, a la encuadernación de varias hojas y con ello a la posibilidad de escribir por ambos lados; lo que permitió la invención del libro y su impresión en mayor número con la creación de la imprenta; al invento de la puntuación, que facilitó la lectura en silencio y ésta a la lectura en privado, la que posibilitó la concentración y la síntesis personal de las ideas.
    Con la lectura en silencio apareció también el lector anónimo, pero atento y crítico, que proporcionó estímulo al trabajo del escritor. Éste sabe que alguien lo leerá y entenderá, y se preocupará entonces por darle nuevas ideas, imágenes, palabras especiales que le permitirán asociaciones y percepciones novedosas. Se dice que el vocabulario inglés, antiguamente limitado a unos pocos miles de palabras, se amplió hasta un millón con la proliferación de libros. Y así en los demás idiomas con escritura; a medida que el lenguaje se amplía el hombre profundiza en su conciencia.
    Pero este desarrollo y evolución, después de 550 años de inventada la imprenta, parecen estar en riesgo: los textos impresos están siendo desplazados de nuestra vida intelectual. Si los medios electrónicos como la radio, el cine y la televisión fueron siempre limitados para la transmisión de la palabra escrita, pudieron desplazar pero no reemplazar al libro, hoy, con la computadora, y aunque el mundo siga siendo alfabetizado, nuevas formas de lectura nos sitúan de un modo diferente ante la página.
    El paso del papel a la pantalla modifica nuestro grado de atención al texto y a la profundización de la lectura. Los múltiples distractores de la pantalla: hipervínculos, enlaces, la interactividad, los multimedia, algunas palabras o frases que los buscadores destacan, etc., hacen que nuestro apego a cualquier texto se vuelva más tenue, más superficial y provisional. La cacofonía de estímulos visuales y auditivos genera un verdadero ecosistema de distractores e interrupción. Cuando el escritor Steve Johnson empezó a leer libros electrónicos se dio cuenta de que “la migración del libro al mundo digital no iba a limitarse a cambiar tinta por pixeles, sino que probablemente cambiaría de manera profunda el modo en que leemos, escribimos y vendemos libros.
   “Temo que uno de los goces de la lectura –la inmersión absoluta en otro mundo, creado por el autor− pueda verse comprometido. Acabaremos leyendo libros como leemos revistas y periódicos: picoteando un poquito aquí y allá.” El proceso de la lectura se ha roto.
    Daniel Bell, eminente sociólogo norteamericano, lo explica así: “Me costaba mucho concentrarme. Navegaba arriba y abajo, buscaba palabras clave y hacía más pausas de las normales para tomarme un café, mirar el correo, leer las noticias y ordenar mi escritorio. Al final conseguí acabar con el libro. Pero una semana más tarde noté que me costaba mucho recordar lo leído.”
    Por otra parte, la migración de la página impresa a la página digital –dejando de lado la discusión sobre las ventajas del libro como dispositivo de lectura, y los beneficios económicos de la producción y distribución digitales− es seguro que someta al libro a un desmembramiento y a la lectura a todas las distracciones que ofrece una computadora conectada a Internet. La linealidad del texto se rompe ante ese ecosistema de distractores. Consecuentemente, la escritura también. Seguramente tenderá a ser como esos mensajes escritos en el estilo breve de los mensajes enviados por el celular.
    Con excepción del olfato y el gusto, la Red apela a todos nuestros sentidos, exige nuestra atención de forma mucho más insistente que otros medios; el mundo real retrocede mientras procesamos el flujo de símbolos y estímulos. Sin embargo, la atención que reclama la quiere tan sólo para dispersarla. Exige que nos concentremos intensamente en la pantalla tan solo para que el fuego graneado de estímulos y mensajes compitan para dividir esa atención. La memoria a largo plazo, la de los conocimientos significativos, es sacrificada por la memoria a corto plazo, la de trabajo, que tan solo sigue las instrucciones para la transferencia de información.
    Las investigaciones de psicólogos, neurobiólogos, educadores y diseñadores Web apuntan a una misma conclusión: la gente que lee texto lineal, el libro, entiende más, recuerda más y aprende más que aquellos que leen textos salpimentados de vínculos dinámicos. La atención del lector de páginas Web se dirige a la maquinaria del hipertexto y sus funciones, más que al contenido y a las experiencias del texto. “Cuando leemos en Internet no vemos el bosque”, dice el autor. “Ni siquiera vemos los árboles. Vemos ramitas, hojas…”
    Y para quienes piensan que la lectura de un libro es tan sólo para “informarse”, deben saber que las tecnologías multimedia parecen limitar, más que ampliar, la adquisición de información. El formato multimensaje sobrepasa la capacidad de atención de los espectadores, así que suministrar información en más de un formato disminuye el entendimiento. Alternar dos actividades o más puede sobrecargar nuestra capacidad mental, perjudicando el pensamiento. El aprendizaje de hechos y conceptos es deficiente cuando existen diversos distractores. Esto es lo que sucede con la lectura en línea. Por eso los usuarios han desarrollado otra forma de lectura: buscan el titular, el resumen, la palabra clara, rastrean el texto pero no lo leen. “Casi parece como si se conectaran a Internet para no tener que leer”, dice Carr.
    Por eso, si bien se dice que con Internet la gente pasa más tiempo leyendo, lo que realizan es un tipo de lectura muy diferente: una lectura aleatoria, ni lineal ni fija. La lectura concentrada, en profundidad, no la realizan. Empleando una acertada analogía, dice el autor: “Estamos evolucionando de ser cultivadores de conocimiento personal, a cazadores recolectores en un bosque de datos electrónicos”.
    Otros asuntos desmitificados en este libro son los del supuesto crecimiento de nuestro IQ (coeficiente intelectual) y la creación de la inteligencia artificial, asuntos ambos que se explican por el cambio de percepción de lo que significa inteligencia últimamente, en el caso del primero, y las limitaciones para desarrollar la sabiduría, en el segundo. Asimismo, resalta el papel de la lectura profunda (lectura analítica) en el mejoramiento de la memoria (“La desafían y mejoran, no la narcotizan”, dice Umberto Eco, refiriéndose a los libros), y la explicación de cómo y por qué escribió este libro.
    Como conclusión podemos citar la siguiente advertencia: “A medida que la Red dibuja nuestro camino vital y disminuye nuestra capacidad para la contemplación, está alterando la profundidad de nuestras emociones y nuestros pensamientos.” Son palabras que pueden sonar proféticas y apocalípticas: “El tumultuoso avance de la tecnología podría ahogar los refinados pensamientos, percepciones y emociones que surgen sólo  través de la contemplación y la reflexión. Puede ser que estemos dando la bienvenida a este frenesí en nuestras almas.”
   Sin embargo, también hay un epílogo para la esperanza: “Las computadoras se limitan a aplicar reglas, no a hacer juicios. Incapaces de subjetividad, se atienen a una fórmula”.
    El ser humano no. De ahí nuestro interés por seguir siendo diferentes, originales, únicos.

    Mi conclusión personal es que resulta prioritario y urgente investigar para qué aprendizajes y en qué operaciones intelectuales ayuda el Internet, porque querer reemplazar la enseñanza en el salón de clases por los tutoriales en línea, o por el empleo sin sentido de Internet, es sólo contribuir al desconcierto y tal vez a la pérdida de facultades difíciles de recuperar.

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