La cuaresma opaca I
NOÉ AGUDO
Nada como las montañas para percibir el ritmo de las
estaciones y el fluir del tiempo. Aquí se adivina si el verano se ha ido, si ha
llegado el otoño o si la primavera estallará cuando esas nubes negras se
derramen sobre la tierra. Desde las alturas se puede divisar la marcha
acompasada de las nubes, más arriba, y el golpetear incesante del viento en los
arroyos, abajo. Algunas corrientes se elevan un poco y entonces embisten la
fronda de los cerros. La falda parda, amarillenta y seca se torna blancuzca
cuando el viento dobla los tallos y muestra el envés de las hojas de encinos,
pinos y algarrobos. Hay un olor de pastizales secos, de tierra polvosa y de
brasas consumidas. Pero también de muerte.
Cuando
voy a Huatulco pido siempre un asiento junto a la ventanilla, del lado derecho
del avión, porque sé que en cierto momento aparecerán las cordilleras
majestuosas de la Sierra Sur y en una de ellas reconoceré a la montaña más
alta, desde cuya cima me gustaba contemplar el horizonte, cuando niño: montañas
azules y un gran misterio hacia el oriente; la lineal perfección del Pacífico y
los colores crepusculares de la muerte del sol, hacia el poniente.
Los
gallardos carnizuelos sostienen en sus ramas más alejadas los panales de unas
avispas que la gente de por aquí denomina “de castilla”. En esta época no están
llenos de miel sino de larvas que son una delicia asadas en el comal; sin
embargo, intentar bajar uno es exponerse a los piquetes inmisericordes de las
guardianas. Además de deformar el rostro por la hinchazón, su aguijón es capaz
de producir fiebres, calambres, y aun después de dos días uno no se repone aún
de las picaduras. Hay quien dice que estas avispas han sido capaces de matar un
asno.
Me
sorprende recordar que cuando era un niño de siete u ocho años ya me gustaba
provocarlas. En cuanto descubría un panal a mi alcance comenzaba a apedrearlo,
tan sólo para que las guerreras furiosas me persiguieran; por muy rápido que
corriera algunas veces me alcanzaban y por más que protegiera mi cara allí era
donde con más gusto clavaban su aguijón. Enfrentaba el dilema, entonces, de
entrar con mi rostro hinchado al pueblo y soportar la risa burlona de quienes
me veían, o esperar a que anocheciera para que nadie pudiera notarlo. Pero si
esperaba la noche debía enfrentar un horror aún mayor: el camino atravesaba el
cementerio y si algo me asustaba era cruzarlo en la oscuridad. Tantas historias
de muerte y muertos conocía.
Desde
esta altura miro el camino que algunas veces avanza por las cumbres de los
cerros, otras serpentea por sus costados o sus faldas y unas pocas aparece y se
oculta entre sus pies. En los arroyos que se hallan en sus bases no deja de
fluir al menos un hilo de agua en la temporada de secas, como la de estos días
de cuaresma. Yo recorría ese camino. Por eso sé que antes hay que limpiar de
hojas y ramas donde uno se inclinará a beber, a riesgo de que varias
sanguijuelas se adhieran a los labios, maxilares y nariz, si uno se empina a
beber sin ninguna precaución. Muchas reses mueren de hambre y sed por estos
días.
En
aquella época mi padre quería irse del pueblo donde vivíamos. Había concluido
su gestión como presidente municipal y estaba harto de que lo consultaran para
cualquier asunto. Desayunábamos y ya había tres o cuatro personas esperándolo
en el corredor. Por la noche, igual, siempre tenía visitas. A mí me gustaba
escucharlos. Por mucho que me mandara a dormir yo siempre me quedaba hasta el
final. Sacudía las brasas del ocote, avivaba la lámpara de gasolina (no
teníamos aún electricidad) o prendía las velas, pero me gustaba estar allí.
Sobre todo cuando hablaban de muerte y muertos.
Un
día llegaron esos campesinos de El Peñasco. Mire maestro, le dijeron, “queremos
que usted se haga cargo de nuestra escuela. Somos cuarenta comuneros, y si
usted acepta se sumarán cinco más. Entre todos nos cooperaremos para pagarle,
una familia lo atenderá cada semana. Hemos construido una casita para que usted
viva allí de lunes a viernes, y, si quiere, viene a su casa sábados y domingos.Pero
si no, puede quedarse allá. Lo atenderemos todos los días”.
De
su mísero bolsillo los campesinos se proponían costear la educación primaria de
sus hijos. Por propia iniciativa habían levantado un fresco galerón con techo
de tejas y paredes de tablas. Con sus propias manos habían construido las mesas
y las sillas para los alumnos. Habían elegido un lugar espléndido, un pequeño
terreno plano en la loma de un cerro, que por las noches se transformaba en el
dormitorio de novillos, vacas y becerros que mansamente llegaban a rumiar.
Habían emparejado el terreno y construido una cancha de basquetbol. Con gruesos
troncos hicieron sube y bajas que nos elevaban a alturas insospechadas, y a las
orillas dejaron árboles añosos donde instalar columpios y otros juegos.
“Acepto
con una única condición”, dijo mi padre: “mi hijo deberá acompañarme porque
también tiene que estudiar”. No hay ningún problema, dijo uno de ellos, también
lo cuidaremos.
Así
fue como él y yo nos fuimos a El Peñasco, una ranchería situada casi al nivel
del mar, desde donde empiezan a elevarse los cerros, colocados unos sobre otros
como por la mano de un gigante invisible, para constituir esta cordillera
inmensa desde cuya cima más alta enhebro estos recuerdos. De allí partía cada
sábado por la mañana, para ir a ver a mi madre, pero por el camino me ocurría
la mar de sucesos. Especialmente en cuaresma, cuando el campo se vuelve pardo,
opaco y seco. (Continuará)
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