La búsqueda del
equilibrio
NOÉ AGUDO
Difícil hallar el equilibrio, la
estabilidad emocional y la serenidad en nuestra vida. Alcanzar la seguridad y
la tranquilidad es y ha sido el propósito de todas las acciones, nobles y
deleznables, que el hombre realiza y ha realizado y en ellas consume su
energía, su inteligencia y su vida, quedando casi siempre atrapado en la red de
medios que emplea sin conseguir nunca el objetivo principal.
Religiones milenarias como el
hinduismo o doctrinas como el budismo han intentado encontrar el camino para
superar el dilema. En la religión hinduista, el término nirvana procede de un verbo cuyo significado
es enfriarse o apagarse, y su connotación sugiere que sólo extinguiendo las
llamas de la lujuria, del odio, la codicia o la ignorancia se logrará la
liberación espiritual. Para el budismo el nirvana es el encuentro con la naturaleza más
profunda de uno mismo, y sólo necesita ser reconocida.
Más cercanos, los griegos denominaron ataraxia a la disposición de ánimo gracias al
cual es posible alcanzar la quietud y el equilibrio. Ataraxia es tranquilidad,
serenidad e imperturbabilidad en el alma, razón y sentimientos, y es posible
alcanzarla a través de la filosofía, como lo propone Epicuro (“la tranquilidad
espiritual propia del sabio que distingue los deseos naturales de los que no lo
son y es capaz de alejarse de aquello que es vano”); por medio de la virtud,
según los estoicos, y descartando los juicios a priori o las verdades
absolutas, es decir, la ignorancia, como lo plantean los escépticos.
Millones de personas viven deseosas de
controlar sus emociones, o al menos de dejar de experimentar aquellas
consideradas negativas (el odio, la envidia, los resentimientos, la tristeza),
y muchas más se afanan por aminorar aunque sea un poco el influjo de aquellas
que se consideran positivas (la puntualidad, la eficacia, el éxito) y que son
las que dictan el ritmo de la vida actual.
Este interés se acrecienta cuanto más
difíciles son las condiciones de sobrevivencia y cuanto más duro es tratar de
modificarlas como individuos, es decir, personalmente. Así lo demuestra el
hecho de que los hospitales están repletos de pacientes cuyos padecimientos
tienen un origen mental o emocional. Franklin Ebaugh, director de la Escuela de
Medicina de la Universidad de Colorado, lo advirtió pocos años antes de que el
estrés se volviera un padecimiento general. Ebaugh señalaba que una tercera
parte de todos los casos de enfermedades, sus causas son claramente orgánicas,
en naturaleza y en principio; otra tercera tiene sus orígenes en una
combinación de lo orgánico y lo emocional. Y otra tercera sus causas son
claramente emocionales. Dicho así, más de la mitad de las enfermedades tienen
un origen emocional. ¿Cómo no aspirar entonces a lograr el equilibrio?
De allí el éxito de los libros de
“superación personal” o de los de “confortamiento espiritual”, que tienen el
desafortunado efecto de quedar en el olvido en cuanto se concluye su lectura.
Autores como Carlos C. Sánchez, Robin Sharma o Deepak Chopra suplantan hoy día
a los verdaderos filósofos y reformadores culturales como Séneca, Erasmo de
Rotterdam, Ralph W. Emerson y Rabindranath Tagore, entre otros, y medran con
las necesidades espirituales de la gente.
Alguien, cuya solvencia intelectual,
moral y científica están fuera de duda, que mejor percibió esta necesidad de
lograr el equilibrio es Blaise Pascal (1623-1662). Matemático, físico y
filósofo francés, contemporáneo de Corneille, Descartes y Fermat, a Pascal
debemos la invención de la jeringa, la prensa hidráulica, la primera
calculadora que pudo sumar y restar, y cuyos principios son aún utilizados hoy
día, y el descubrimiento de la ley de presión. Con el matemático Pierre Fermat
fundó la teoría de la probabilidad, produjo además importantes teoremas en la
geometría descriptiva y elaboró el estudio de la cicloide, con lo que aportó un
enorme desarrollo al cálculo diferencial.
Pero tal vez Pascal sea más recordado
por sus dos libros de corte religioso y filosófico: las Cartas provinciales y los Pensamientos. En este
último formuló la célebre apuesta en torno a la existencia de Dios (en una
apuesta, dice, si Dios no existe, nada pierde en creer uno en él, mientras que
si existe, lo perderá todo por no creer). Libro inconcluso en el que se
proponía hacer una apología del cristianismo, los Pensamientos es también un modelo de sabiduría
aforística que influirá en pensadores como Schopenhauer, Nietzsche, Kierkegaard
y Unamuno.
En el apartado VIII. Divertimento (cito la traducción al español que se hizo
del texto preparado por Louis Lafuma para la edición de las Obras completas de Pascal publicadas por Editions du
Seuil en 1963) Pascal afirma: “Cuando algunas veces me he puesto a considerar
las diversas agitaciones de los hombres, y los peligros y las penas a las que
se exponen en la corte, en la guerra, de donde nacen tantas querellas,
pasiones, empresas audaces y a menudo malas, etc., he dicho frecuentemente que
toda la desgracia de los hombres procede de una sola cosa, que es no saber
permanecer en reposo en una habitación”.
Este no
saber permanecer en reposo en una habitación es la condición permanente del hombre
pues, aun con poder y riquezas, requiere del divertimento,
es decir, de todo aquello que lo aparte de la necesidad de pensar en su condición
real: ser propenso a las enfermedades y a los azares de la fortuna, contar con
una razón limitada para poderse explicar la infinitud del universo, ser mortal,
etc. Extraviado el verdadero propósito de la vida, que es lograr la serenidad y
el equilibrio para poder enfrentar la condición ineludible de todo ser humano
(como querían Epicuro y los estoicos), el hombre busca la multitud y el ruido
(el divertimento) para
darse tranquilidad. Quiere ser visto, admirado, aclamado y reverenciado, como
casi todos los políticos, periodistas, intelectuales, deportistas, actores,
profesores y toda la gente común que aspira a la fama.
El placer de la soledad resulta
incomprensible e inadmisible. En la búsqueda de la tranquilidad, el hombre
confunde los medios con los fines; cree que la fama, el poder, la gloria y la
riqueza lo salvarán, aunque el verdadero sentido de la vida lo ha perdido y no
puede vivirla realmente. Ni mucho menos disfrutarla.
Bueno
sería releer los célebres Pensamientos de Pascal.
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