sábado, 22 de junio de 2013

Estampa: Espíritus de la montaña


Espíritus de la montaña

NOÉ AGUDO

Para el "Pollo" Gallareta


Me pregunta  Alicia por qué era tan travieso cuando niño y no sé qué decirle, excepto, quizá, que hasta la fecha me gusta seguir siéndolo. Así como asocio el humor con la inteligencia, y la discreción con el buen gusto, pienso que un niño travieso es un ser lleno de creatividad e imaginación, y por lo regular simpatizo con él. De un escritor con tantas alturas y profundidades filosóficas como Dostoyevski, con sus personajes atormentados, complejos, poseídos por ideas obsesivas y desbordados por pasiones y visiones, he extraído uno de los personajes más sublimes y nobles cuyo actuar lo dictan el juego y las travesuras, y quiero confesarles que siempre quise ser como él. Pero no hablaré de Kolya en esta ocasión, pronto les entregaré su retrato para que se animen a conocerlo directamente. Por ahora quiero referirme a unos personajes míticos que, sin saberlo, inspiraron o tal vez guiaron mi comportamiento infantil.

Dentro de la mitología indígena de la Sierra Sur destacan los chaneques (aluxes, en voz maya), una especie de duendes que seguramente  tienen su origen en la sobrevivencia del mito prehispánico de los tlaloques, pequeñas deidades que ayudaban a Tláloc, dios de la lluvia, a regar la tierra repartiendo el  agua con sus vasijas. Casi todos los testimonios coinciden en describirlos como seres pequeños, de no más de cincuenta centímetros, juguetones, traviesos y capaces de ayudar pero también de castigar a quienes no los respetan.
    La primera vez que oí hablar de los chaneques fue cuando le dije a mi madre que tenía pereza de iniciar una caminata. Había comido y la pesadez del estómago lleno me hacía considerar enorme la distancia que debía recorrer para llegar a mi destino. Jamás vi a mi madre tan enojada como en esa ocasión.
    ─¡Nunca digas que tienes flojera ─me gritó─, y menos tan cerca de un arroyo! ¿No ves que te pueden oír los chaneques? ¡Ay de ti si alguno te escuchó!
    ─¿Qué me puede pasar? ─pregunté.
    ─Te castigarán, reprenden a  los niños haraganes arrojándoles piedrecillas y espinas dentro de sus piernas.
    La escuché tan preocupada y sincera que ya no dije nada y simplemente me fui. No había caminado ni diez minutos cuando sentí el cuerpo ligero, lleno de energía, y había olvidado por completo la somnolencia y pereza provocadas por el buen comer. Me quedó claro que nunca debía expresar mi flojera, y menos aún si me encontraba cerca de un arroyo o un manantial, pues se cree que es allí donde habitan esos seres.
    Algunos días después llegó al rancho Isaac, un ahijado de mi madre, cuyo motivo de visita, coincidentemente, se relacionaba con aquel episodio. El muchacho, un indígena macizo que portaba un sombrero negro y calzones de manta blancos, se quejaba dolorosamente en el corredor:
    ─¡Ay, madrina, vengo a ver si usted me puede ayudar! Vea cómo están mis piernas, supurando. Ya fui al doctor, me he puesto todas las pomadas que me recetó, he tomado las pastillas, les he echado agua desinfectante y matagusanos… Pero nada, madrina, ay, ay…
    Veía al hombre que se quejaba y me condolí de su padecimiento. Unas enormes llagas sangrantes, que además chorreaban un líquido amarillento, cubrían sus piernas; se había quitado el sombrero y de su cabello tieso y apelmazado resbalaba sudor como si alguien le hubiera arrojado una cubeta de agua. Mi madre lo miraba en silencio y le dijo sin más:
    ─Eso que tienes es chaneque, Isaac. Seguramente tuviste flojera a la hora de emprender un trabajo y lo dijiste; los espíritus del monte te escucharon y te han castigado. Ve a conseguir unas ramas de Malamujer. Yo te curaré.
    La Malamujer es un arbusto frondoso y verde, por lo cual no se aprecian a primera vista las espinas de sus ramas y unos ahuates muy finos que cubren sus hojas. Es signo de mala suerte encontrarse con uno de estos arbustos. Si aparece en el terreno donde se va a sembrar, hay que ser valiente y llevar el machete muy bien afilado para cortarlo rápidamente, aunque casi nadie escapa de ser tocado por alguna de sus hojas; éstas provocan entonces un sarpullido y una comezón terribles; la piel adquiere un color violáceo y luego aparecen ampollas y granos repletos de un líquido transparente y la comezón aumenta. Ni el baño ni lavarse constantemente con jabón logran quitar esa molestia atroz que lleva a algunos, desesperados, a rasgarse la piel por rascarse con vehemencia. Sólo después de dos semanas la comezón desaparece y ronchas y granos empiezan a desvanecerse. Ahora, si alguien pasa por descuido bajo uno de estos arbustos, durante la luna llena, entonces las llagas se extienden por todo el cuerpo. No hay nada tan doloroso y dañino como la sombra de la Malamujer. Unas ramas de este arbusto pedía mi madre a Isaac.
    El muchacho se levantó, desenvainó su machete y se fue caminando hacia el arroyo, sabía donde encontrar a la Malamujer. Como a la hora regresó con unas ramas en sus manos. Mi madre tendió un petate en el corredor, le pidió a Isaac que se acostara allí y que recogiera lo más que pudiera la manta de sus piernas. Cogió con cuidado el puñado de ramas y empezó a azotar con ellas las pantorrillas del muchacho. Él aulló de dolor por los piquetes de los ahuates; mi madre movía las ramas cual si sacudiera un mueble con el plumero. Las hojas se fueron transformando y en un instante quedaron totalmente marchitas.
    ─Es chaneque lo que tenías ─dijo mi madre─, descansa un rato, que ya quedaste bien. Y tú ─dirigiéndose a mí─, entierra esas ramas.
    Las cogí con cuidado y las llevé a enterrar en un pequeño hoyo que cavé donde arrojábamos la basura. Maravillado, no podía comprender cómo Isaac quedó de pronto agotado, aletargado y respirando pausadamente, como si se hubiera vaciado en su totalidad. Se quedó dormido, exhausto, y al poco rato se levantó. Miró azorado a su alrededor, como si no entendiera qué hubiera sucedido; palpó sus piernas que ya no sangraban y entonces pareció recuperar la memoria.
    ─¡Madrina, estoy curado! ¡Ya no tengo nada, ya no me duele nada!
***
Ir al valle, es decir a la ciudad, durante esa época era atravesar a pie la sierra. Esto representaba subir y bajar cerros, seguir por alguna cañada, caminar durante horas entre la niebla espesa o bajo la sombra de enormes pinos, donde sólo se escuchaban los extraños cantos de algunas aves multicolores. (Alguna vez le propuse al compositor y músico Jorge Reyes ir a grabar esos sonidos, antes que la voracidad de los taladores acabara con los bosques.) Han sido los paisajes más extraordinarios que he visto y que marcaron mi memoria. Desde alguna de esas montañas se divisaba el mar, en la lejanía, y contemplar el crepúsculo desde su cima era presenciar un auténtico cataclismo. Todos los lugares tenían nombre: los arroyos, los llanos, las cimas, las faldas y, por supuesto, los cerros, que parecen encimarse unos sobre otros para competir quién se asoma primero al valle, como si un grupo de muchachos se empujaran para ser los primeros en mirar lo que hay detrás de un cercado.
    En los terrenos de San Miguel, tal vez la parte más solitaria y umbría de la sierra, vivía una viejita a quien todos llamaban “María Chiva”. A su ranchito (una choza con paredes de barro y techo de paja, y un patio con horcones para atar las bestias de carga) llegábamos los viajeros buscando fuego para calentar las tortillas, para tomar café caliente y sobre todo para comprar pastura para los animales. Aunque pienso que lo que realmente buscábamos era el calor del hogar, pues allí era la parte más fría de la sierra, y tal vez por eso el cerro donde se situaba el ranchito de "María Chiva" se denominaba “Cerro Lumbre”.   
    Pues bien, esta montaña completa pertenecía a los chaneques. Solitaria, densa, siempre cubierta de sombras, a nadie se le ocurriría ir a vivir aquí, en este paraje mágico, excepto a esta viejita excéntrica, de la que ninguno se preocupaba por saber cómo podía soportar tan enorme soledad, cómo sobrevivía con sus menguadas fuerzas y qué hacía en este aislamiento. Siempre que veo las representaciones en piedra o barro del dios viejo, Huehuetéotl, dios del fuego, parece que miro el rostro arrugado y apergaminado de "María Chiva". 
    Su choza estaba en la parte alta del cerro, así que mucho antes de llegar, me gustaba bajarme de la montura para seguir a pie. Me encantaba seguir con la mirada unos caminitos perfectamente trazados sobre los paredones de ambos lados del camino. Cierto día que nos acompañaba Homobono, un tío que sabía conversar con mucha gracia y todo lo hacía interesante, me platicó que quienes trazaban esos caminitos eran los duendes. Estaban realizados con tal perfección y detalle que nadie se podía explicar con qué instrumentos los hacían.
    ─Es muy simple ─decía Homobono─, los hacen con sus uñas.
    ─¿Y para qué? ─volvía a preguntar.
    ─Esto es paso de viajeros; así que ellos trazan los caminos de la vida de cada uno, sólo que nadie los puede interpretar. Por eso míralos simplemente como un regalo de los duendes. Seguramente ellos te estarán viendo ahora, salúdalos, pasa tus dedos por los caminitos, pero nunca los destruyas.
    Yo me quedaba atónito y quería conocer cuál era el camino de mi vida. Y, además, tenía la sensación de que unos ojillos maliciosos me seguían desde la espesura del bosque.
***
En la época de siembras casi siempre me correspondía cuidar la milpa, sobre todo cuando el maíz va a nacer, porque es cuando los tordos, zanates y cocoxtles lo persiguen. Una pequeña aguja verde es indicio de que los granos hinchados del maíz están a punto de reventar, y sobre ellos se lanzan estas simpáticas aves. Sacan el maíz para comérselo. Esto ocurre en plena temporada de lluvias, así que hay que ir a cuidar la milpa prevenido con un amplio hule, que mi madre arreglaba en forma de capa, porque debía permanecer allí todo el día. Sobre todo debía estar muy alerta después de la lluvia, pues es cuando más voraces se vuelven esos pajarracos.
    Un día me acompañaban mis dos hermanas, una mayor que yo y la otra menor. De pronto empezó a llover y corrimos a protegernos bajo el amplio hule que la mayor había llevado. Nos cubrimos los tres bajo el mismo pedazo y nos quedamos sentados, quietos, contemplando la lejanía. Bajo la lluvia ningún ave sale de su escondrijo, así que podíamos estar tranquilos mirando llover. El sembradío estaba en una parte alta; en la sierra hay pocos lugares tendidos donde cultivar, así que a falta de valles se eligen llanos y lomas para meter el arado, quedando así los cultivos en la parte alta de los cerros.
    Desde donde estábamos se alcanzaba a mirar en la lejanía un conjunto de altas montañas en las que nadie vivía ni trabajaba. De pronto empezamos a escuchar una especie de tamborileo, como si a la distancia alguien golpeara una cubeta o tambor, provocando un sonido que se escuchaba monótono en aquella lejanía. ¿Qué será?, nos preguntábamos. Sabíamos que nadie vivía en aquella región, así que no podíamos explicarnos su origen. Cuando dejó de llover retiramos el hule para escuchar mejor, y entonces miramos una serie de bultos multicolores que se desplazaban por el lomo del cerro principal de aquella montaña; siempre al ritmo de los tambores, las figuras parecían danzar, subiendo y bajando por entre el monte.
    Nos quedamos atentos, en silencio, mirando cómo se desplazaban con agilidad. Parecían niños que jugaban durante una gran fiesta. Pero, por muy distantes que estuviéramos, nos sorprendía la energía y habilidad que tenían para subir una y otra vez. Parecía que se deslizaban sobre un tobogán, pues se movían con gran ligereza y velocidad. Además, nos azoraba el encendido color de sus vestidos; de verdad contrastaban con el fondo azulado que el monte adquiere a la distancia. Y el tam tam de los tambores continuaba. ¿Quién puede hacer una fiesta entre ese monte?, nos preguntábamos. ¿Por qué suben y bajan en unos segundos lo que a cualquier humano le llevaría varios minutos? ¿Qué hacen y de dónde han aparecido tantos? Estas y otras preguntas nos hacíamos.
    Así se cirnió la noche, fui a dar un último rodeo al sembradío y el tam tam de los tambores languideció. Nos retiramos a nuestra casa y allí mi madre me envió por un cántaro de agua al pozo, junto al arroyo. Las preguntas que me hacía ante lo que había presenciado seguían saltando en mi mente y me mantenían inquieto, extrañado, tal vez con cierto temor. Por suerte apareció entonces mi tío Homobono, quien también tenía su rancho cerca y se abastecía del mismo aguaje. Le conté rápidamente lo que habíamos visto por la tarde. Él identificó el lugar donde divisamos aquellas figuras como el Cerro Viejo. “Pura montaña”, dijo, antes de acercarse hacia mí con aire de misterio y soltarme de sopetón:
    ─Viste a los genios de la montaña, hijo. Eres afortunado, ¡siempre te protegerán!
    Por cierto los aluxes, así llaman a los chaneques en Yucatán, son considerados los “cuidadores de la milpa”.    


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