Espíritus de la montaña
NOÉ AGUDO
Para el "Pollo" Gallareta
Me pregunta Alicia por qué era tan travieso cuando
niño y no sé qué decirle, excepto, quizá, que hasta la fecha me gusta seguir
siéndolo. Así como asocio el humor con la inteligencia, y la discreción con el
buen gusto, pienso que un niño travieso es un ser lleno de creatividad e
imaginación, y por lo regular simpatizo con él. De un escritor con tantas
alturas y profundidades filosóficas como Dostoyevski, con sus personajes
atormentados, complejos, poseídos por ideas obsesivas y desbordados por
pasiones y visiones, he extraído uno de los personajes más sublimes y nobles
cuyo actuar lo dictan el juego y las travesuras, y quiero confesarles que
siempre quise ser como él. Pero no hablaré de Kolya en esta ocasión, pronto les
entregaré su retrato para que se animen a conocerlo directamente. Por ahora
quiero referirme a unos personajes míticos que, sin saberlo, inspiraron o tal
vez guiaron mi comportamiento infantil.
Dentro de la
mitología indígena de la Sierra Sur destacan los chaneques (aluxes, en
voz maya), una especie de duendes que seguramente tienen su origen en la sobrevivencia del
mito prehispánico de los tlaloques, pequeñas deidades que ayudaban a Tláloc,
dios de la lluvia, a regar la tierra repartiendo el agua con sus vasijas. Casi todos
los testimonios coinciden en describirlos como seres pequeños, de no más de
cincuenta centímetros, juguetones, traviesos y capaces de ayudar pero también
de castigar a quienes no los respetan.
La primera vez que oí hablar de los
chaneques fue cuando le dije a mi madre que tenía pereza de iniciar una
caminata. Había comido y la pesadez del estómago lleno me hacía considerar
enorme la distancia que debía recorrer para llegar a mi destino. Jamás vi a mi
madre tan enojada como en esa ocasión.
─¡Nunca digas que tienes flojera ─me gritó─, y menos tan cerca de un
arroyo! ¿No ves que te pueden oír los chaneques? ¡Ay de ti si alguno te
escuchó!
─¿Qué me puede pasar? ─pregunté.
─Te castigarán, reprenden a los niños haraganes arrojándoles
piedrecillas y espinas dentro de sus piernas.
La escuché tan preocupada y sincera
que ya no dije nada y simplemente me fui. No había caminado ni diez minutos
cuando sentí el cuerpo ligero, lleno de energía, y había olvidado por completo
la somnolencia y pereza provocadas por el buen comer. Me quedó claro que nunca
debía expresar mi flojera, y menos aún si me encontraba cerca de un arroyo o un
manantial, pues se cree que es allí donde habitan esos seres.
Algunos días después llegó al rancho
Isaac, un ahijado de mi madre, cuyo motivo de visita, coincidentemente, se
relacionaba con aquel episodio. El muchacho, un indígena macizo que portaba un
sombrero negro y calzones de manta blancos, se quejaba dolorosamente en el
corredor:
─¡Ay, madrina, vengo a ver si usted me
puede ayudar! Vea cómo están mis piernas, supurando. Ya fui al doctor, me he
puesto todas las pomadas que me recetó, he tomado las pastillas, les he echado
agua desinfectante y matagusanos… Pero nada, madrina, ay, ay…
Veía al hombre que se quejaba y me
condolí de su padecimiento. Unas enormes llagas sangrantes, que además
chorreaban un líquido amarillento, cubrían sus piernas; se había quitado el
sombrero y de su cabello tieso y apelmazado resbalaba sudor como si alguien le
hubiera arrojado una cubeta de agua. Mi madre lo miraba en silencio y le dijo
sin más:
─Eso que tienes es chaneque, Isaac.
Seguramente tuviste flojera a la hora de emprender un trabajo y lo dijiste; los
espíritus del monte te escucharon y te han castigado. Ve a conseguir unas ramas
de Malamujer. Yo te curaré.
La Malamujer es un arbusto frondoso y
verde, por lo cual no se aprecian
a primera vista las espinas de sus ramas y unos ahuates muy finos que cubren
sus hojas. Es signo de mala suerte encontrarse con uno de estos arbustos. Si
aparece en el terreno donde se va a sembrar, hay que ser valiente y llevar el
machete muy bien afilado para cortarlo rápidamente, aunque casi nadie escapa de
ser tocado por alguna de sus hojas; éstas provocan entonces un sarpullido y una
comezón terribles; la piel adquiere un color violáceo y luego aparecen ampollas
y granos repletos de un líquido transparente y la comezón aumenta. Ni el baño
ni lavarse constantemente con jabón logran quitar esa molestia atroz que lleva
a algunos, desesperados, a rasgarse la piel por rascarse con vehemencia. Sólo
después de dos semanas la comezón desaparece y ronchas y granos empiezan a
desvanecerse. Ahora, si alguien pasa por descuido bajo uno de estos arbustos,
durante la luna llena, entonces las llagas se extienden por todo el cuerpo. No
hay nada tan doloroso y dañino como la sombra de la Malamujer. Unas ramas de
este arbusto pedía mi madre a Isaac.
El muchacho se levantó, desenvainó su
machete y se fue caminando hacia el arroyo, sabía donde encontrar a la
Malamujer. Como a la hora regresó con unas ramas en sus manos. Mi madre tendió
un petate en el corredor, le pidió a Isaac que se acostara allí y que recogiera
lo más que pudiera la manta de sus piernas. Cogió con cuidado el puñado de
ramas y empezó a azotar con ellas las pantorrillas del muchacho. Él aulló de
dolor por los piquetes de los ahuates; mi madre movía las ramas cual si sacudiera un mueble con el plumero.
Las hojas se fueron transformando y en un instante quedaron totalmente
marchitas.
─Es chaneque lo que tenías ─dijo mi madre─, descansa un rato, que
ya quedaste bien. Y tú ─dirigiéndose
a mí─, entierra esas ramas.
Las cogí con cuidado y las llevé a
enterrar en un pequeño hoyo que cavé donde arrojábamos la basura. Maravillado,
no podía comprender cómo Isaac quedó de pronto agotado, aletargado y respirando
pausadamente, como si se hubiera vaciado en su totalidad. Se quedó dormido,
exhausto, y al poco rato se levantó. Miró azorado a su alrededor, como si no
entendiera qué hubiera sucedido; palpó sus piernas que ya no sangraban y
entonces pareció recuperar la memoria.
─¡Madrina, estoy curado! ¡Ya no tengo
nada, ya no me duele nada!
***
Ir al valle, es
decir a la ciudad, durante esa época era atravesar a pie la sierra. Esto
representaba subir y bajar cerros, seguir por alguna cañada, caminar durante
horas entre la niebla espesa o bajo la sombra de enormes pinos, donde sólo se
escuchaban los extraños cantos de algunas aves multicolores. (Alguna vez le
propuse al compositor y músico Jorge Reyes ir a grabar esos sonidos, antes que
la voracidad de los taladores acabara con los bosques.) Han sido los paisajes
más extraordinarios que he visto y que marcaron mi memoria. Desde alguna de
esas montañas se divisaba el mar, en la lejanía, y contemplar el crepúsculo
desde su cima era presenciar un auténtico cataclismo. Todos los lugares tenían
nombre: los arroyos, los llanos, las cimas, las faldas y, por supuesto, los
cerros, que parecen encimarse unos sobre otros para competir quién se asoma
primero al valle, como si un grupo de muchachos se empujaran para ser los
primeros en mirar lo que hay detrás de un cercado.
En los terrenos de San Miguel, tal vez
la parte más solitaria y umbría de la sierra, vivía una viejita a quien todos
llamaban “María Chiva”. A su ranchito (una choza con paredes de barro y techo
de paja, y un patio con horcones para atar las bestias de carga) llegábamos los
viajeros buscando fuego para calentar las tortillas, para tomar café caliente y
sobre todo para comprar pastura para los animales. Aunque pienso que lo que
realmente buscábamos era el calor del hogar, pues allí era la parte más fría de
la sierra, y tal vez por eso el cerro donde se situaba el ranchito de
"María Chiva" se denominaba “Cerro Lumbre”.
Pues bien, esta montaña completa
pertenecía a los chaneques. Solitaria, densa, siempre cubierta de sombras, a
nadie se le ocurriría ir a vivir aquí, en este paraje mágico, excepto a esta
viejita excéntrica, de la que ninguno se preocupaba por saber cómo podía
soportar tan enorme soledad, cómo sobrevivía con sus menguadas fuerzas y qué
hacía en este aislamiento. Siempre que veo las representaciones en piedra o
barro del dios viejo, Huehuetéotl, dios del fuego, parece que miro el rostro
arrugado y apergaminado de "María Chiva".
Su choza estaba en la parte alta del cerro, así que mucho antes de llegar, me
gustaba bajarme de la montura para seguir a pie. Me encantaba seguir con la
mirada unos caminitos perfectamente trazados sobre los paredones de ambos lados
del camino. Cierto día que nos acompañaba Homobono, un tío que sabía conversar
con mucha gracia y todo lo hacía interesante, me platicó que quienes trazaban
esos caminitos eran los duendes. Estaban realizados con tal perfección y
detalle que nadie se podía explicar con qué instrumentos los hacían.
─Es muy simple ─decía Homobono─, los hacen con sus
uñas.
─¿Y para qué? ─volvía a preguntar.
─Esto es paso de viajeros; así que
ellos trazan los caminos de la vida de cada uno, sólo que nadie los puede
interpretar. Por eso míralos simplemente como un regalo de los duendes.
Seguramente ellos te estarán viendo ahora, salúdalos, pasa tus dedos por los
caminitos, pero nunca los destruyas.
Yo me quedaba atónito y quería conocer
cuál era el camino de mi vida. Y, además, tenía la sensación de que unos ojillos
maliciosos me seguían desde la espesura del bosque.
***
En la época de
siembras casi siempre me correspondía cuidar la milpa, sobre todo cuando el
maíz va a nacer, porque es cuando los tordos, zanates y cocoxtles lo persiguen.
Una pequeña aguja verde es indicio de que los granos hinchados del maíz están a
punto de reventar, y sobre ellos se lanzan estas simpáticas aves. Sacan el maíz
para comérselo. Esto ocurre en plena temporada de lluvias, así que hay que ir a
cuidar la milpa prevenido con un amplio hule, que mi madre arreglaba en forma
de capa, porque debía permanecer allí todo el día. Sobre todo debía estar muy
alerta después de la lluvia, pues es cuando más voraces se vuelven esos
pajarracos.
Un día me acompañaban mis dos
hermanas, una mayor que yo y la otra menor. De pronto empezó a llover y
corrimos a protegernos bajo el amplio hule que la mayor había llevado. Nos
cubrimos los tres bajo el mismo pedazo y nos quedamos sentados, quietos,
contemplando la lejanía. Bajo la lluvia ningún ave sale de su escondrijo, así
que podíamos estar tranquilos mirando llover. El sembradío estaba en una parte
alta; en la sierra hay pocos lugares tendidos donde cultivar, así que a falta
de valles se eligen llanos y lomas para meter el arado, quedando así los cultivos
en la parte alta de los cerros.
Desde donde estábamos se alcanzaba a
mirar en la lejanía un conjunto de altas montañas en las que nadie vivía ni
trabajaba. De pronto empezamos a escuchar una especie de tamborileo, como si a
la distancia alguien golpeara una cubeta o tambor, provocando un sonido que se
escuchaba monótono en aquella lejanía. ¿Qué será?, nos preguntábamos. Sabíamos
que nadie vivía en aquella región, así que no podíamos explicarnos su origen.
Cuando dejó de llover retiramos el hule para escuchar mejor, y entonces miramos
una serie de bultos multicolores que se desplazaban por el lomo del cerro
principal de aquella montaña; siempre al ritmo de los tambores, las figuras
parecían danzar, subiendo y bajando por entre el monte.
Nos quedamos atentos, en silencio,
mirando cómo se desplazaban con agilidad. Parecían niños que jugaban durante
una gran fiesta. Pero, por muy distantes que estuviéramos, nos sorprendía la
energía y habilidad que tenían para subir una y otra vez. Parecía que se deslizaban
sobre un tobogán, pues se movían con gran ligereza y velocidad. Además, nos
azoraba el encendido color de sus vestidos; de verdad contrastaban con el fondo
azulado que el monte adquiere a la distancia. Y el tam tam de los tambores
continuaba. ¿Quién puede hacer una fiesta entre ese monte?, nos preguntábamos.
¿Por qué suben y bajan en unos segundos lo que a cualquier humano le llevaría
varios minutos? ¿Qué hacen y de dónde han aparecido tantos? Estas y otras
preguntas nos hacíamos.
Así se cirnió la noche, fui a dar un
último rodeo al sembradío y el tam tam de los tambores languideció. Nos
retiramos a nuestra casa y allí mi madre me envió por un cántaro de agua al
pozo, junto al arroyo. Las preguntas que me hacía ante lo que había presenciado
seguían saltando en mi mente y me mantenían inquieto, extrañado, tal vez con
cierto temor. Por suerte apareció entonces mi tío Homobono, quien también tenía
su rancho cerca y se abastecía del mismo aguaje. Le conté rápidamente lo que
habíamos visto por la tarde. Él identificó el lugar donde divisamos aquellas
figuras como el Cerro Viejo. “Pura montaña”, dijo, antes de acercarse hacia mí
con aire de misterio y soltarme de sopetón:
─Viste a los genios de la montaña,
hijo. Eres afortunado, ¡siempre te protegerán!
Por cierto los aluxes, así llaman a los
chaneques en Yucatán, son considerados los “cuidadores de la milpa”.
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