sábado, 27 de diciembre de 2014

UN GAUCHO EN VALLEJO

Un gaucho en Vallejo
NOÉ AGUDO

A la memoria de Alicia Poloniato Musumeci

Más hierba que árbol, más blando y esponjoso que tronco duro, más retorcido que derecho, menos madera que bagazo, más sombra que ramaje, menos soto que verdor solitario, su personalidad se funde con la llanura inmensa. Atahualpa Yupanqui lo menciona así en Cantor del sur:

Bajo el ombú solitario
   como un gaucho meditó,
probó su voz en la cifra
 el rasguido se encendió…

    Obviamente, hablo del ombú, esa hierba gigante que algún profesor trajo tal vez de un invernadero, de un viaje por la región mediterránea de España –donde es conocido como Bella Sombra− o de alguna estancia de la pampa, esa inmensa llanura que comparten Argentina, Brasil y Uruguay. Me gustaría saber quién fue y por eso redacto estas notas.
    El más notorio para quienes circulamos por el plantel está detrás del edificio “M”; a ese lo quisieron cortar, pusieron cal viva sobre su tronco mutilado, lo dieron por muerto y al poco tiempo aparecieron sus retoños. Pocos saben esto y hoy pasan indiferentes bajo su sombra, pues piensan que es la de un árbol más, sin saber que es de los hijos enhiestos de un padre que antes de morir supo transmitirles la bravura con que en su región enfrentan la sequía, la soledad y las plagas.
    En el extremo opuesto del mismo edificio pueden ver el otro, éste sí, completo. Su tronco es rugoso, retorcido, y sus raíces afloran sobre la superficie. Tal vez ésta fue la razón por la que quisieron cortar a su hermano. Dámaso, el responsable de la Biblioteca, me informa que hay otro enfrente de ésta, pero aunque sus hojas son parecidas no exhibe las raíces características, como los dos ya mencionados. Y una maestra me dice que hay otro frente al “K”; habrá que revisar y esto aviva mi curiosidad, ¿quién los plantó? ¿Cómo llegaron al plantel Vallejo? Los argentinos, uruguayos y chilenos empezaron a llegar a México ya avanzada la década de los setenta, cuando las dictaduras militares se recrudecieron, después del golpe militar contra Salvador Allende en 1973.
    En el blog Bonsai Web (bonsai-web.blogspot.mx/p/el-ombu.html) se informa que pertenece a la familia de las phytolaccaceas, que comprende 35 especies procedentes de América, Asia y África. Algunos botánicos lo consideran una hierba gigante debido a que su tronco y ramas no adquieren la consistencia leñosa para incorporarlo a la categoría de árbol, otros creen que reúne todo para reconocerlo como tal. Lo cierto es que su madera es esponjosa y suave, no sirve para usar como leña y tampoco para tallar como la madera del encino o la caoba, pues le falta dureza y consistencia. La razón es simple, el tronco contiene grandes cantidades de agua para sobrevivir en la pampa seca.
    Su nombre original es Umbú, un término guaraní que significa sombra o bulto oscuro. Se dice que las hojas tienen propiedades medicinales, pues contienen sustancias antisépticas, lo que permite usarlas en una infusión para lavar las heridas. Esto lo descubrieron los habitantes de las estancias localizadas en la inmensidad de la llanura, tierra adentro, cuando jaurías de perros salvajes los atacaban a ellos y sobre todo a las manadas de ganado; a falta de medicamentos y suficientes antisépticos usaban esta infusión. En tiempos más lejanos sus cenizas fueron usadas para elaborar jabones caseros, pues son ricas en potasa. Son especímenes aislados −como el gaucho, quien le ha cantado y amado−, aunque algunas veces se han encontrado agrupaciones importantes, como la “Isla de Ombúes”, que se extiende por una franja de 20 kilómetros en territorio uruguayo. Además de dichos usos, este ser solitario sirve de guía, señal o mojón para marcar las distancias en la llanura infinita de la pampa que parece no tener fronteras.    
    En 1927 los argentinos lo consagraron como su árbol patrio, pero desde antes había sido motivo de poemas, novelas, cuentos y canciones. Cuando se habla de las estancias (ranchos ganaderos), de los gauchos y sobre todo de los payadores, siempre aparece el ombú; no se puede imaginar a un payador en la soledad de la pampa que no toque su guitarra bajo un frondoso ombú.  Antes de admirarlo en persona, lo conocí a través de un relato al que dio motivo y título: El ombú y otros cuentos rioplatenses, de G. E. Hudson. Y cómo no iba a ser así, si Hudson nació en un predio o estancia llamado Los veinticinco ombús y toda su vida convivió con los gauchos en la inmensa extensión pampeana. Además de escritor, Hudson fue un naturalista dedicado a las investigaciones ornitológicas, a las que aportó notables hallazgos de ejemplares de aves y también de mamíferos. Sus resultados los enviaba al Museo de Ciencias Naturales de Inglaterra, cuyo gobierno le asignó una subvención a la que después renunció, pues consideró que tenía suficientes recursos para vivir.   
    El Ombú es un relato muy a tono con la época en que fue escrito, fines del XIX e inicios del XX, una mezcla de costumbrismo y romanticismo tardío. Está contado por un sobreviviente de la historia, quien, para narrar la tragedia de un amor fiel, que espera paciente en la estancia de El Ombú, reproduce a la perfección el habla de los peones y vaqueros (gauchos) de la pampa. Me gustó. Así que cuando conocí a una gauchita −que primero había sido mi maestra− la sorprendí usando familiarmente términos como retrucar, petizo, pago, tosca, pulpería, bagual, facón, flete, etc.
    Eran los años finales de la década de los setenta y teníamos una legión de chilenos, argentinos, uruguayos e incluso peruanos y bolivianos como nuestros mentores; algunos fueron excelentes profesores, y yo nunca tuve ese sentimiento chovinista contra ellos como sí lo tuvieron varios compañeros. Al contrario, como aún no había viajado al extranjero, la conversación y convivencia con ellos suplía esa carencia. Me descubrieron nuevos autores, otras teorías, diversos géneros musicales e incluso nuevos platillos. Con la gauchita aprendí a comer trufas, las más ricas berenjenas rellenas y a reconocer buenos vinos. Bebíamos mate y fue ella quien me introdujo con detalle en Francia y su literatura, pues había vivido en Aix-en-Provence. Era una excelente lingüista, colega de los dos Prieto, Luis y Daniel, y amiga de Martha y Máximo Simpson. Éste último, por cierto, orientó mi futuro como periodista al ponerme en contacto con Osvaldo Pedroso, un jefe inigualable que me dejó su puesto como editor de Vogue cuando decidió regresar a la Argentina, en 1985. También hice mancuerna con Norberto Sessano, otro argentino, para editar un suplemento político en El Universal. Tengo buenos recuerdos de los argentinos y por eso, cuando al fin pude viajar allá, lo primero que hice fue buscar a los que residían en Buenos Aires para tomar café y beber vino tinto.
    En otro viaje tuve la fortuna de ir a una estancia, al sur de la provincia de Buenos Aires, y mi mayor expectación la generaba el hecho de que por fin iba a conocer el ombú. Efectivamente, allí estaba: grueso, con más de diez metros de circunferencia, de copa frondosa y alrededor de 20 metros de altura. Bajo sus ramas, que crecen a poca distancia del suelo, se preparó el asado que degustamos ese día.
    Si alguien me preguntara cuál es el árbol con el que he vivido los momentos más felices de mi vida, respondería que es el macahuite (madera hambrienta, en nahua), con cuya madera se hacían las macanas de los guerreros aztecas. Corrijo: más que momentos felices (los hay, aunque fugaces, a lo largo de toda nuestra vida), los momentos de inocencia, de absoluta despreocupación por el mundo y sus giros, porque ese árbol acompañó gran parte de mi infancia. Siempre que voy a mi terruño y salgo a pasear por distintos puntos del campo voy contando los macahuites que encuentro. Me alegra saber que existen, que no los han acabado  y espero que nos sobrevivan. Por eso me gusta que los argentinos hayan adoptado el ombú como su árbol nacional. Por eso recordé  a esa gauchita que me acogió y amó en mi agreste juventud. Por eso me alegró tanto encontrar en el plantel Vallejo al ombú, ese lejano amigo de la pampa, de quien el poeta argentino Luis L. Domínguez (1819-1898) escribió:     
Cada comarca en la Tierra
tiene un rasgo prominente:
El Brasil su sol ardiente,
minas de plata el Perú:
Montevideo su cerro;
Buenos Aires, ¡patria hermosa!,
tiene la pampa grandiosa;
la pampa tiene el ombú.


CAZA MAYOR
Abrogar y arrogar. Al igual que primar y privar, son dos palabras que gustan a quienes desean pasar por cultos, pero casi siempre equivocan su empleo. Abrogar significa abolir, derogar. Ejemplo: El Ejecutivo abrogó o abolió una ley. Arrogar, en tanto, quiere decir atribuir, adjudicar. “Apropiarse indebida o exageradamente de cosas inmateriales, como facultades, derechos u honores” define el Diccionario de la Lengua Española de la RAE. Ejemplo: David se arroga la facultad de decidir quiénes son de derecha y quiénes de izquierda.   


    

DIVULGADORES... 2

Divulgadores… 2
NOÉ AGUDO

En este 2014 Carl Sagan cumpliría 80 años. Tengo en un lugar especial al astrofísico norteamericano, conductor de la serie televisiva Cosmos y autor del libro del mismo título, pues sin sus obras y ejemplo no me hubiera sido posible dirigir una revista como Geografía Universal. Leer La conexión cósmica (1973), Los dragones del edén (1975), El cerebro de Broca (1977), Cosmos (1980) y su novela Contacto (1985), renovaba mi interés por la divulgación científica y me inspiraba para abordar nuevos temas.
    Cosmos, la serie que le dio fama mundial, permanece vigente y hoy es posible adquirirla completa en DVD por unos cuantos pesos. En ella uno admira cómo los más complejos problemas de astrofísica, genética, biología, geología, evolución y química son explicados con tal claridad y naturalidad que el espectador se siente sabio y quisiera saber más. Cuando apareció el libro, bellamente ilustrado, el reconocimiento por el científico se acrecentó. Los trece capítulos, dos apéndices, las Lecturas Complementarias, más los Agradecimientos y el Índice Onomástico y Analítico que lo componen son una muestra ejemplar de lo que debe ser la divulgación científica: amenidad, habilidad expositiva, riguroso conocimiento del tema, erudición y sencillez al mismo tiempo. Todo esto hizo de Cosmos mi manual de cabecera para editar la revista. De paso, nadie como Sagan en el uso del epígrafe. Cada uno de los capítulos de este y sus demás libros inician con uno o más pensamientos perfectamente elegidos, que son como semillitas de curiosidad sembradas en la memoria del lector para renacer en otras lecturas.
    En 1986, la última vez que visitó la Tierra el cometa Halley, mi amiga Connie Scheller me invitó a un crucero por la Antártida (a pesar de su nombre era regiomontana y representaba en México a los cruceros de origen noruego Royal Viking Line). La invitación no era tan generosa ni gratuita. Para entonces yo era editor de una revista cuyo público natural interesaba a Connie, pues es el que realiza este tipo cruceros: “Para que puedas ver mejor al cometa Halley” me dijo, y agregó como sin querer: “Carl Sagan será uno de los pasajeros”. Ambos compartíamos la admiración por el científico, y, ¿qué creen que sucedió?
    Sagan no sólo era un magistral divulgador de la ciencia, especialmente de aquellas disciplinas que estudian el universo, sino un activo científico que participaba en diversos proyectos e investigaciones para saber si existían vida e inteligencia extraterrestres. Comunicación con inteligencias extraterrestres, libro coordinado por él (Planeta, 1980) es una valoración científica de las posibilidades reales de hallar vida en algún confín del cosmos, y su novela Contacto una propuesta de cómo sería nuestro encuentro con inteligencias ajenas a la Tierra. Pero no he mencionado aún el que considero su mayor mérito: su oposición tenaz a que la ciencia fuese omisa o indiferente ante la proliferación de charlatanerías y embustes. Cuando vemos cómo los textos científicos demuestran, y no les interesa persuadir o convencer de algo, leo con mis alumnos algunos capítulos de El cerebro de Broca, para entender la manera como la ciencia desnuda las creencias irracionales y demuestra su falsedad. Está por demás señalar que los jóvenes no sólo aprenden que la ciencia es más interesante y maravillosa, sino que se cuestionan por primera vez sus creencias absurdas: horóscopos, signos zodiacales, fantasmas, extraterrestres y demás supercherías que Sagan desmistificó pacientemente.
    El astrónomo murió en 1996 pero su legado aún sigue vivo. Antes de partir escribió El mundo y sus demonios (1995), un llamado de alerta ante el retorno de charlatanerías y pensamientos irracionales que se creían ya superados, pero que hoy −¡oh, paradoja!− vuelven con mayor fuerza gracias a la tecnología creada por la misma ciencia, como el internet.
    Sagan me llevó a la obra de varios estudiosos del cosmos. En primer término a Fred Hoyle, distinguido físico teórico y autor de audaces propuestas en torno al origen de la vida y el universo. De sus varias obras son indispensables leer El Universo inteligente (Edit. Grijalbo) y La nube de la vida (Edit. Crítica). Actualmente frases como teoría del Big Bang y conceptos como panespermia son de uso común en la ciencia, pero pocos saben que fue Hoyle con sus heterodoxas teorías quien las creó.
    Esta relación quedaría incompleta sin citar a Stephen W. Hawking, el célebre matemático y físico teórico de quien Sagan escribió la introducción a su primer y más conocido libro: Historia del tiempo. Del big bang a los agujeros negros (Editorial Crítica). De manera accesible, Hawking propone aquí la posibilidad de contar con una teoría unificada y completa del universo. A esta teoría se la conoce como la “unificación de la física”, y los estudiantes de bachillerato podrían comprender con su lectura por qué debemos conformarnos por ahora con teorías parciales sobre el universo, y qué significan hallazgos recientes como la antipartícula o el bosón de Higgs. Otro libro indispensable de Hawking es A hombros de gigantes (Edit. Crítica), pues reúne textos fundamentales de autores como Copérnico, Galileo, Kepler, Newton y Einstein, con una breve introducción suya.
    Recopilación de textos esenciales de la ciencia es también Como al león por sus garras (Editorial Debate), de José Manuel Sánchez Ron, profesor titular de Historia de la Ciencia y Física Teórica en la Universidad Autónoma de Madrid. Se trata de una esmerada antología de textos científicos explicados por sus propios autores, y van desde Hipócrates (c. 460-370 a.C.) con su célebre Juramento hipocrático hasta ¿Estamos solos en el universo?, de Carl Sagan, pasando por Euclides, Vesalio, Copérnico, Leibniz, Euler, Laplace, Maxwell, Planck, Heisenberg y varios otros.
    Todo libro de ciencia, incluidos los de texto, funcionan cuando el lector ya se halla encaminado. Los que aquí se mencionan tienen la cualidad del libro rizoma, es decir, aquellos textos que aparte de divulgar el conocimiento son capaces de llevarnos a otras lecturas. Sin David Attenborough no hubiera conocido a Wendt, sin Wendt no hubiera conocido a Konrad Lorenz y sin éste no habría llegado a Darwin, y sin Darwin no me hubiera conocido la Historia natural de Plinio el Viejo o De la naturaleza de las cosas, de Lucrecio.
    Por eso no es posible cerrar este apartado sin citar al paleontólogo, biólogo evolucionista e historiador de la ciencia Stephen Jay Gould (1941-2002), quien además de su extraordinario trabajo científico hizo divulgación de la ciencia con libros como La vida maravillosa (casi todos están en la Editorial Crítica), El pulgar del panda, La sonrisa del flamenco, “Brontosaurus” y la nalga del ministro y Ocho cerditos. Su temática va de la historia desconocida de los seres vivos, los episodios cruciales de la historia de la ciencia, los rasgos de la conciencia humana, animales insólitos, ensayos sobre aspectos canónicos en la historia científica (como la “revisión y ampliación de Darwin”), la importancia del azar y la impredecibilidad de la vida, hasta razonadas respuestas a las teorías creacionistas que resurgen periódicamente.
    ¿Y en México, qué, no hay divulgadores de la ciencia? ¡Claro que los hay! Quizá el mejor en nuestros días sea el médico patólogo Francisco González Crussí, quien vive y trabaja en los Estados Unidos y por eso primero debe escribir sus libros en inglés y después son traducidos al español. El FCE ha traducido casi todos, notables ejemplos de erudición, claridad y amenidad: Notas de un anatomista, 1986; Mors repentina, 1986; Sobre la naturaleza de las cosas eróticas, 1988; Los cinco sentidos, 1989; Nacer y otras dificultades, 2006; Horas chinas, 2007; Remedios de antaño, 2012; Tripas llevan corazón, 2012, y El rostro y el alma, 2014. Está también la meritoria labor de  Marcelino Cereijido y Antonio Lazcano Araujo; en diarios, revistas y TV Shahen Hacyan, Martín Bonfil, José Gordon, Luis González de Alba y Carlos Tello Díaz, entre otros.
    Urge reforzar esta actividad y corresponde a escuelas y universidades hacerlo. Alguna vez propuse al doctor Miguel Monroy Farías, de la FES Iztacala, editar una revista de divulgación científica centrada especialmente en temas psicológicos. Para un pueblo con una trayectoria tan dramática, cuyo nacimiento se produjo en medio de un trauma histórico, cuán indispensable es estudiar sus diversos complejos, su fascinación por la muerte, su carencia de autoestima, su improvisación, etc. Recordemos que nuestro Colegio es de ciencias y humanidades y, parafraseando a Terencio, podemos decir entonces que nada del universo nos es ajeno.



LOS DIVULGADORES... 1

Los divulgadores…1

NOÉ AGUDO

¿Qué habría estudiado de no haber sido periodismo y comunicación, y ser un amante fiel de la literatura? El condiscípulo y amigo que eligió mi carrera en el CCH seguramente nunca advirtió que yo era un enamorado secreto de la ciencia, y que esa pasión inició cuando descubrí una bonita y muy bien planeada revista que se llamaba Mire los MUNDOS de ayer, hoy y mañana. Profusamente ilustrada, su logotipo era una escultura conocida como “El hombrecito de Tlatilco”; sus temas eran inteligentes, eficaces para despertar la curiosidad de los niños e irlos encauzando hacia la actividad científica; la empecé a coleccionar y me entretenía haciendo los experimentos que proponía en sus páginas finales.
    Las vicisitudes de la vida me llevaron por otros senderos y en el bachillerato compañeros y profesores pensaban que eran las letras, el periodismo, la ciencia política o la abogacía mi terreno natural. Así que cuando dejé a un amigo la responsabilidad de elegir y me fui de vacaciones, él pensó que sería el periodismo mi profesión y acertó: el periodismo me ha permitido viajar, conocer personas interesantes, como los escritores que leía y admiraba en el bachillerato: Fuentes, Rulfo, Benedetti, Cortázar, Vargas Llosa y Paz, a quienes incluso pude entrevistar, y me ha relacionado con actividades que nunca pensé realizar, como la de profesor.
    Pero como periodista también descubrí que mi enamoramiento por la ciencia persistía. Tuve la fortuna de dirigir la Revista de Geografía Universal durante algunos años y realmente disfrutaba planear su contenido, buscar a los colaboradores que mejor lo desarrollaran, revisar y corregir los textos, elegir las fotografías, ver su diseño y diagramación, enviar la revista a los  talleres, recibirla ya impresa y proponerme siempre que el siguiente número fuera mejor. Ha sido la única revista mexicana con ediciones en Argentina, Venezuela y España. (Hoy Letras Libres tiene su edición española.) La empresa que la hacía (3ª Editores) tenía una biblioteca bien nutrida de libros y revistas de divulgación científica y era un placer permanecer ahí.
    Así fue como conocí a un puñado de excelentes textos y autores especializados en la divulgación de la ciencia. Por ejemplo, y aunque a estas alturas del nuevo milenio pudiera parecer anticuado, no dejo de recomendar El ascenso del hombre de Jacob Bronowski (Fondo Educativo Interamericano) a quien desee tener un panorama completo del desarrollo de la ciencia. Astronomía, física, química, biología, matemáticas, etología y demás disciplinas que estudian la naturaleza son revisadas en este ameno libro –que primero fue una serie de televisión para la BBC− como un verdadero ascenso del hombre, pues el fin último de la ciencia es comprender mejor la naturaleza humana.
    Para abordar cuestiones como la pretendida “objetividad” y “racionalidad” de la ciencia, me sigue pareciendo fundamental De Arquímedes a Einstein (Alianza Editorial), libro del filósofo francés Pierre Thuillier, quien también fue director hasta cuatro años antes de su muerte (1998) de La Recherche, una magnífica revista de divulgación científica. Con Thuillier descubrí una característica de los buenos divulgadores de la ciencia: su notable erudición. Este libro inicia con la célebre leyenda de que Arquímedes incendió las galeras romanas mediante espejos ardientes durante el asedio de Siracusa.
    Un libro que plantea un panorama de la evolución científica a través de sus hallazgos es Los descubridores (Editorial Crítica), del profesor, historiador y abogado estadunidense Daniel J. Boorstin (1914-2004). Un deleite conocer cómo los grandes descubridores tuvieron que enfrentar a la superstición y al dogma para ampliar el conocimiento del universo, de la geografía, de la naturaleza y sus criaturas, de la sociedad y aun del cuerpo y la mente humanos.
    Para conocer y mejor comprender a la infinita variedad de seres vivos nada mejor que los libros de David Attenborough; todos los que se preocupan por ellos deberían empezar por leer La vida en la tierra (Fondo Educativo Interamericano), una historia de la naturaleza a través de la vida de animales y plantas durante 3500 millones de años. A mí me conmueve leer La vida a prueba (RBA Editores), pues muestra que la vida de los animales no es sino una apasionante lucha por sobrevivir y perpetuar su especie desde el nacimiento hasta la muerte. Al igual que Bronowski y Cousteau, Attenborough es también un pionero en el uso de la televisión para la divulgación científica.
    Condimentado con las ilustraciones reunidas por un antiguo libro para describir los animales que los navegantes europeos del siglo XVI encontraron e imaginaron en sus viajes (Gesners Allgemeines Tierbuch, de 1669), el historiador alemán Herbert Wendt presenta en El descubrimiento de los animales. De la leyenda del unicornio hasta la etología (Editorial Planeta) una fascinante historia de la zoología, la ciencia que reveló a la humanidad la riqueza de vida en el planeta. No dejo de lamentar la pérdida de La vida amorosa del mundo animal, un libro de Wendt que extravié y nunca he podido recuperar.
    Una introducción que funciona como la perfecta red de conocimientos que atrapa al lector y lo deja interesado por siempre en el universo de los microorganismos unicelulares es Las bacterias (Biblioteca Joven del FCE), de Jean-Claude Burdin y Emile de Lavergne. Sorprendente descubrir cómo muchas de las acciones que consideramos propias y resultado de nuestro libre albedrío son en realidad dictadas por esos organismos invisibles pero poderosos, sin los cuales la vida sobre la tierra no sería posible. Ahora que el catálogo del microbioma humano ha sido completado, nada más oportuno que este librito para su comprensión.
    Cuando la aridez de las matemáticas espanta a personas poco dadas a procesos de abstracción y racionalización, recomiendo sin dudarlo que lean El hombre que calculaba (Noriega Editores) de Malba Tahan, ya que es un librito que enseña las matemáticas de forma divertida y une lo deleitable con lo útil. Muchos problemas que plantea y resuelve parecen cosa de magia, pero en realidad son resultado de una deducción lógica y éste es el paso que se nos dificulta dar. Es evidente que Malba Tahan es un seudónimo, pero su conocimiento del mundo árabe es profundo a la vez que amplio, como lo demuestran las aventuras de Beremiz Samir, el “hombre que calculaba” y los excelentes apéndices con que cierra el libro: Calculadores famosos, Los árabes y las matemáticas, Algunos pensamientos elogiosos sobre la Matemática, Consideraciones sobre los problemas planteados, Lexicón, Voces árabes, Interjecciones árabes y una relación completa de naciones, ciudades, accidentes geográficos, nombres de autores, personajes históricos y matemáticos mencionados, así como una breve información de los mismos.
    Otro libro que muestra el poder y la belleza de las matemáticas es Cinco ecuaciones que cambiaron el mundo (Debate) de Michael Guillen, editor científico de la cadena ABC, quien con un lenguaje sencillo revela el mundo secreto de las matemáticas, las personas y descubrimientos que aportaron conocimientos fundamentales para la ciencia. Un libro que además de mostrar la precisión de esta disciplina devela los celos, fama, guerra, dramas, ambiciones personales y tragedias familiares de los autores de las cinco ecuaciones.

    El espacio se agota. Aún hace falta mencionar las revistas de divulgación científica, los divulgadores mexicanos, qué cualidades se requieren para realizar esta tarea, la relación arte-ciencia, etc., así que dejaremos dichos temas para la siguiente entrega.  

domingo, 5 de octubre de 2014

EL SIGLO DE PERICLES. Un recorrido por los periodos más sobresalientes en la creación artística, la invención y los descubrimientos científicos.



Del Siglo de Pericles al Siglo Mediático
NOÉ AGUDO

Cuando se observan los periodos de auge de la ciencia y el desarrollo de las artes, de las técnicas y de la cultura en general, uno se pregunta qué resortes sociales se activaron para provocar tal florecimiento de la creatividad humana, cuyos efectos bienhechores se siguen percibiendo a lo largo de centurias e incluso milenios.
    Para la cultura occidental –de la cual somos parte−, tal vez el ejemplo paradigmático de un periodo así, por ser el inicial y porque a la distancia es posible observar los mecanismos que lo hicieron posible, es sin duda el llamado “siglo de Pericles” (500-400 a. C.). Como se sabe, Pericles (494-429 a. C.) es el estratega bajo cuyo gobierno la cultura griega vivió su edad dorada. Supo rodearse de los hombres más sobresalientes de su tiempo: políticos, filósofos, arquitectos, científicos, escultores, historiadores y escritores; incluso de las hetairas (su esposa fue una de ellas), que entonces eran mujeres libres e independientes, destacadas por su formación cultural y por su influencia en los círculos intelectuales y políticos. (Digo entonces porque posteriormente hetaira fue un término que sirvió para designar a las mujeres públicas.)
    Bajo Pericles la Grecia clásica alcanzó su cenit. Comediógrafos como Aristófanes y trágicos como Sófocles y Esquilo escribieron sus obras inmortales; filósofos como Anaxágoras (adelantó que la Luna tenía valles y montañas como la Tierra) y Demócrito, el de la teoría atómica del universo, elaboraron interpretaciones racionales de la naturaleza; el astrónomo Filolao planteó que la Tierra, el Sol, la Luna y los planetas giraban alrededor de un fuego central; de él abrevará Aristarco más adelante para elaborar la primera teoría heliocéntrica; Sócrates propuso el conocimiento como fin supremo en la vida del hombre; Herodoto, Tucídides y Jenofonte cultivaron la historia y desde entonces, dependiendo del estilo de abordarla, la situaron entre el arte y la ciencia; fue el siglo de los escultores Mirón, Policleto y Fidias, quien esculpió las más perfectas estatuas de la antigüedad y decoró el Partenón, pues Pericles ordenó la reconstrucción de la Acrópolis, al igual que la construcción del templo de Zeus en Olimpia y el de Apolo en Delfos; fue él quien dio esplendor a las grandes fiestas religiosas como las Panateneas y las Dionisiacas que, como su nombre lo dice, se hacían en honor de Atenea y Dionisio respectivamente, impulsando con ellas el género dramático; el ambiente de libertad propició el surgimiento de los sofistas como Protágoras, aunque también el de logócratas como Isócrates y Demóstenes, quienes al redactar sus discursos crearon una forma nueva del lenguaje caracterizada por su claridad y pureza; con ellos la elocuencia fue elevada a la categoría de arte; bajo el reinado de Pericles adquiere categoría la ciencia médica con Hipócrates, cuya teoría de los cuatro fluidos aún subsiste hasta nuestros días. ¿Qué motivó tal esplendor?
    Sin duda la cualidad visionaria de Pericles, un verdadero estadista que supo consolidar las instituciones democráticas y apoyar la cultura para el desarrollo. Recuperó la figura de los estrategas, por ejemplo, creada por su antecesor Efialtes. (Atenas era gobernada en su tiempo por diez estrategas, quienes representaban el mismo número de tribus de los ciudadanos.) Creó la mitosforia, un salario especial para los ciudadanos que asistían a la Asamblea, razón por la cual siempre estaba llena; fomentó la construcción de grandes obras públicas, activó la economía, mejoró la calidad de vida de los atenienses que, no obstante ser modesta y sin grandes lujos, vivían holgadamente gracias al comercio marítimo, la agricultura y la industria artesanal. Con Pericles adquiere forma por primera vez una ciudad-estado de clase media donde la soberanía popular, la libertad y la igualdad son valores cívicos que los ciudadanos disfrutan, el gobierno promueve y la sociedad requiere para su existencia. Por eso pudo gobernar durante más de 30 años. Por eso la ciencia, las artes y la cultura florecieron con tal esplendor. Por eso se habla del siglo de Pericles.
    Normalmente los periodos son generalizaciones que los estudiosos proponen para definir y comprender una serie de hechos y fenómenos en un determinado lapso de tiempo; ni tienen un punto inicial específico ni terminan el último año que se fija para tal periodo: todos los productos culturales que aparecen bajo el Siglo de Pericles tienen sus antecedentes, y, de igual forma, no se agotarán con su muerte: la teoría hipocrática sobre los fluidos pervivirá durante casi dos mil años; las ideas de Filolao las retomará y perfeccionará Aristarco de Samos casi dos siglos después, y Copérnico provocará un cambio de paradigma acerca del universo cuando proponga que la Tierra no es su centro, sino el Sol, casi mil 800 años después. (Me gustan las edades que G. Vico establece para estudiar el arte, por ejemplo: la Edad Teocrática, la Aristocrática, la Democrática y Harold Bloom agrega la Edad Caótica, la de nuestros días.)
    Por eso otros periodos, mientras más cercanos, menos fácil determinar los factores que los hicieron posibles. Tengo una atracción especial por el siglo XVI de nuestra era, el siglo de Copérnico, de Galileo y Kepler; el de la Reforma protestante, el de las crónicas de Indias, el de la exploración de los cuatro puntos de la Tierra; el que vio nacer a casi todos los poetas, dramaturgos y novelistas del Siglo de Oro de la literatura española; el de los Ensayos de Montaigne y Bacon; el del origen de México como Nueva España; el del Nican Mopohua; pero también el del Concilio de Trento, el del Index y el de la Inquisición; el siglo que ha de culminar entregando a Giordano Bruno a la hoguera. La literatura de este siglo no hubiera sido posible sin Dante, Petrarca y Bocacccio (del siglo XIV), ni el redescubrimiento de los clásicos griegos y latinos sin la invención de la imprenta en el siglo XV, ni la reforma luterana sin las ideas humanistas de Tomas Moro y Erasmo. Un entrelazamiento que es continuidad, consecuencia y causa del Siglo de las Luces en el XVIII. Algo que trataremos de discernir en la segunda parte de este trabajo.
    Por ahora, y para agregar otro dato que confirma cómo fue el ambiente “progresista” creado por Pericles el que generó el cenit inigualable de la cultura clásica griega, dejo a ustedes parte de “Un decálogo para el desarrollo”, artículo con el que Héctor Tajonar sintetiza admirablemente lo esencial de La cultura importa. De la forma como los valores conforman el progreso humano, libro editado por Lawrence E. Harrison y Samuel Huttington:

1. Las culturas ‘progresistas’ enfatizan el futuro; las ‘estáticas’ dan mayor importancia al presente o el pasado. La orientación hacia el futuro implica una visión progresiva del mundo, capacidad de influir sobre nuestro propio destino; se recompensa a la virtud en esta vida y, en consecuencia, ofrece resultados económicos positivos.

2. En las culturas ‘progresistas’, el trabajo es considerado fundamental para lograr el bienestar y constituye la estructura de la vida cotidiana; la diligencia, creatividad y logros se recompensan no sólo financieramente sino también son motivo de satisfacción y respeto personal. En contraste, las culturas ‘estáticas’ consideran el trabajo como una carga.

3. La sobriedad es la base de la inversión y de la seguridad financiera en las culturas ‘progresistas’; en tanto que en las ‘estáticas’ representan un reto frente al ‘statu quo igualitario’ basado en una visión suma-cero del mundo.

4. La educación es la llave del progreso en las culturas ‘progresistas’; en las ‘estáticas’ tiene una importancia marginal, salvo para las élites.

5. El mérito personal es el factor central para avanzar en las culturas ‘progresistas’, mientras que las relaciones y la familia son lo que más cuenta en las culturas ‘estáticas’.

6. En las culturas ‘progresistas’, la esfera de identificación y confianza se extiende a la sociedad en su conjunto. En cambio, las ‘estáticas’ circunscriben la comunidad al ámbito familiar, además de ser más proclives a la corrupción, la evasión fiscal y el nepotismo, al tiempo que menos proclives a la filantropía.

7. El código ético tiende a ser más riguroso en las culturas ‘progresistas’. Con algunas excepciones como Bélgica, Taiwán, Italia o Corea del Sur, las democracias avanzadas son menos corruptas que los países en vías de desarrollo.

8. La justicia y la equidad son principios universales e impersonales en las culturas ‘progresistas’. En las culturas ‘estáticas’ la justicia, al igual que el progreso personal, suele depender de a quién se conoce o de cuánto se puede pagar.

9. En las culturas ‘progresistas’ la autoridad tiende a la dispersión y la horizontalidad; al contrario de la tendencia a la concentración y la verticalidad prevaleciente en las culturas ‘estáticas’.

10. Las culturas ‘progresistas’ son seculares, la influencia de las instituciones religiosas es limitada; al contrario de las culturas ‘estáticas’ en las que las iglesias tienen gran influencia en la vida cívica. Mientras la heterodoxia y el disenso son estimulados en las culturas ‘progresistas’, la ortodoxia y el conformismo son la norma en las ‘estáticas’.

domingo, 31 de agosto de 2014

EL PLACER DEL CAFÉ

Originario de una región serrana donde la vida transcurre entre el olor de la piña y el café, y conocedor también de que mucho del verdor de las montañas se debe a que los campesinos protegen los árboles para que den sombra a las plantas, agradezco en silencio esta benéfica conjugación de vida, al igual que lo deben hacer los venados, tejones, ardillas y múltiples aves cuya única carencia es no poder disfrutar, como nosotros, de un delicioso café de altura.

Negro como la noche
NOÉ AGUDO

Honoré de Balzac presumía haber consumido 50 mil tazas en su vida, y murió a los 51 años; Voltaire bebía entre 50 y 72 tazas diarias, y vivió 84; Johann Sebastian Bach le compuso en 1734 una célebre cantata (la BWV 211); Beethoven sólo lo ingería bien cargado; Edgar Allan Poe decía despertar plenamente después de consumir la segunda taza; Jean Jacques Rousseau reconocía que sin la bebida no podría haber escrito sus Confesiones ni El contrato social ni el Emilio; Matías Romero predijo que cuando México lo exportara comenzaría su verdadero desarrollo, y una pléyade más de escritores, pintores, músicos, hombres de acción y pensadores como Kant, George Simenon, Goya, Hemingway y Bolívar reconocen su deuda y adicción con y por la aromática infusión.
    Obviamente, hablo del café, ese maravilloso fruto descubierto por un pastor abisinio cuando notó cómo sus cabras saltaban eufóricas después de comerlo. La leyenda cuenta que Kaldi, así se llamaba, recogió un puñado y lo llevó a un monasterio, donde los derviches lo observaron y analizaron hasta que a uno de ellos se le ocurrió tostarlo, macerarlo y mezclarlo con agua, creando así la hoy popular bebida. Su referencia más remota es un libro escrito por Abu Bek a inicios del siglo XV, El éxito del café, que fue traducido al francés por Antoine Galland, el mismo que tradujo y recopiló los cuentos de Las mil y una noches. Por cierto la palabra café viene del árabe qahwa, que significa vigorizante, y no del color de la bebida como muchos creen.
    Paradojas del destino, hoy sus mayores consumidores son las sociedades desarrolladas y no el pobre país que lo donó al mundo, la actual Etiopía. El café fue introducido a Europa durante el siglo XVII: primero a Italia en 1645, después a Inglaterra en 1650 y luego a Francia en 1660; posteriormente conquistó toda Europa y en 1689 fue traído al nuevo mundo. Actualmente los mayores bebedores de café son los noruegos, que consumen un promedio de 12 kilogramos por persona al año; le siguen Islandia, con nueve kilos; Suecia, con 8.4; Holanda, con 8.2; Alemania, con 6.4, e Italia, con 5.9. Brasil, el mayor productor mundial, es el único que figura en la lista de los grandes consumidores, pues sus habitantes alcanzan un promedio de 5.6 kilos anuales. México, en cambio, y a pesar de ser el mayor productor de café orgánico, consume apenas un promedio de 1.2 kilogramos por persona, es decir, carece de una cultura del café. Es irónico saber que de esos 1.2 kilogramos por persona más del 60% sea café soluble.
    Los numerosos mitos surgidos en torno a la bebida (cuando recientemente fue introducida a Italia se la consideró diabólica, por ejemplo) la han hecho sufrir altibajos tanto en su producción como en su consumo y precio. Afortunadamente la ciencia ha situado hoy día en su justa dimensión muchas de esas creencias, y ha descubierto que son mayores sus beneficios que sus perjuicios. Desde luego, aplicando la regla áurea de todo con moderación.
    Especialistas médicos y expertos en nutrición coinciden en señalar que no hay motivos para eliminar el café como parte de una dieta equilibrada, siempre y cuando su consumo sea moderado, es decir, de tres a cuatro tazas diarias. El café no es sólo cafeína, contiene también vitaminas, minerales y antioxidantes, por lo que podría resultar incluso un alimento funcional. Investigaciones centradas en su capacidad antioxidante, han descubierto los efectos benéficos que sus polifenoles tienen en el organismo; principalmente su potencial para disminuir el riesgo de enfermedades cardiovasculares y cáncer.
    Por otra parte, estudios científicos han descubierto menor presencia de enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson y el Alzheimer entre los bebedores habituales. "Los efectos beneficiosos del café en la prevención de la neurodegeneración parecen claros", señala Rafael Franco Fernández, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad de Navarra. Pilar Riobó Serván, especialista en endocrinología y nutrición, y autora del libro La dieta inteligente, sostiene que su consumo reduce el riesgo de desarrollar diabetes mellitus y mejora el control metabólico de la glucosa, incluso en pacientes diabéticos. Afirma además que el café genera efectos beneficiosos sobre el aparato digestivo, especialmente para prevenir algunas enfermedades frecuentes del hígado y de la vesícula biliar.
    De manera sintética, podemos citar los siguientes aspectos benéficos del café ya sea en el organismo, en lo social y aun en lo ecológico:
Disminuye el dolor de cabeza. La cafeína produce un efecto vasoconstrictor (reducción del diámetro de los vasos sanguíneos dilatados). En muchos casos el efecto contrario de la vasoconstricción, la vasodilatación, puede generar dolor de cabeza.
Estimula el sistema nervioso central. Esto inhibe la somnolencia, retarda la sensación de fatiga, aumenta la sensación de bienestar y euforia, y facilita el trabajo mental.
Mejora el rendimiento atlético.
 En deportistas de alto rendimiento podría ser recomendable en dosis adecuadas, ya que la cafeína aumenta la contractibilidad muscular.
¿En realidad quita el sueño? La mayoría se queja de que el café no le permite dormir. Si reanima y se conoce su efecto para mantener alerta la atención, esto puede provocar que tardemos más en dormirnos, pero los estudios efectuados demuestran que la fase de ensoñación del sueño no se ve afectada.
Desarrolla el espíritu crítico y de convivencia. No olvidar que fue en las cafeterías de Inglaterra y Francia donde nacieron las ideas liberales. Actualmente, cuando alguien invita un café, lo que en realidad está proponiendo es reunirse para conversar y, si se trata de una pareja, para conocerse y así iniciar una relación.
Genera biodiversidad. Las plantaciones de sombra, que por lo regular son siempre las mejores porque se cultivan en las montañas, es decir en las alturas, inducen a una mayor biodiversidad del entorno.
Los riesgos. También existen riesgos si el consumo es excesivo y en esto nada mejor que conocer el propio organismo: Como todo estimulante, genera adicción, y cuando uno desea abandonarlo repentinamente pueden presentarse dolores de cabeza, ansiedad, fatiga, falta de sueño y dificultad para concentrarse. El café es diurético, estimula la producción de orina, lo cual provoca que evacuemos con mayor frecuencia, y con ello el riesgo de deshidratación debido al agua y sodio que se eliminan. Consecuentemente, tampoco es recomendable durante una resaca. Por su acidez tampoco es recomendable para quienes padecen gastritis, colitis u otras enfermedades similares.
    Pese a todo, no hay nada más grato y tonificante que el café y su aroma. Cuando los profesores acudimos a firmar nuestra asistencia, llenamos nuestro vaso, platicamos brevemente dando pequeños sorbos a la bebida, y así nos preparamos para el trabajo mental en el salón. En algún tiempo viví en Copilco, sobre avenida Universidad, así que muchas tardes acudía a la cafetería de la librería Gandhi para escribir, leer o conversar. Me gusta y me sigue gustando su café. Recuerdo una ingeniosa manteleta donde Mauricio Achar, su fundador, había puesto: “El café ha de ser negro como la noche, caliente como el infierno, y suave como la caricia de un ángel”.






domingo, 24 de agosto de 2014

EL JOVEN RIUS


El joven Rius
NOÉ AGUDO

En el gremio de moneros mexicanos cada uno tiene su rasgo especial: el humor negro de Helioflores, los limpios y demoledores trazos de Naranjo, el sarcasmo inmisericorde de Helguera, la concisión y precisión de Calderón, las incisivas historias de Patricio, el socarrón humor de Magú, las hilarantes situaciones que sólo Hernández sabe crear, la filosa visión de El Fisgón, y los jocosos pero irreverentes monos de Rocha. Sin embargo, nadie como Eduardo del Río, Rius, para abordar un tema que sus monos proponen, exponen e ilustran. Vale decir, nadie como él para la historieta didáctica.
    Cuando era niño me gustaba pasar horas en un puesto de revistas donde por veinte centavos alquilaba una historieta, así que con uno o dos pesos leía Fantomas, Chanoc, Kalimán y varias más. Pronto me volví lector de Los Supermachos, la historieta que Rius creó en los años 60, e incluso continué leyéndola cuando él dejó de hacerla (un niño no se da cuenta si el autor no es el mismo), aunque percibí que ya no era igual. Años después me enteré que la editorial le quitó la historieta e incluso los monos que él había creado por las incisivas críticas al monolítico régimen priista de aquellos años. Por eso me volqué a comprar Los agachados, su nueva historieta, cuando apareció.
    Me gustaba que Rius pusiera al final de cada número la bibliografía consultada y su dirección en Cuernavaca para que sus lectores le escribieran. Para entonces ya asistía a la secundaria, comenzaba a tener mis propias ideas, así que un día decidí escribirle. Le pedí que dedicara un número de Los agachados al Ché Guevara (en 1970, excepto El diario del Ché en Bolivia, poco se sabía de él). Nunca me contestó, pero dos meses después (la revista aparecía “un lunes sí y otro no”) me causó una enorme alegría ver en la portada de Los agachados el icónico retrato del doctor Guevara. Y a partir de entonces empecé a recibir cada diciembre una tarjeta navideña hecha por el propio Rius. Era un guiño amistoso para decirme: “Está usted servido, lector”.
    Eventualmente Rius colaboraba en algunas revistas como La Garrapata, “El azote de los bueyes” y lo seguía leyendo, así como en El Chamuco, años después. Cuando concluí mi carrera y llegué a ser director de una publicación, un día me encontraba en un cocktail en la embajada soviética. Conversaba con diplomáticos de países del Este (polacos, húngaros, checos) y por algún motivo Rius fue mencionado en la charla. Todos lo conocían. Lo habían leído, alababan su habilidad didáctica, su humor y la variedad de temas que abordaba; en Polonia, el marxismo se enseñaba con uno de sus libros, Marx para principiantes. Etc. Mi amiga húngara Edith Muharay propuso entrevistarlo. ¿Por qué no?, le respondí. Así que días después le llamamos, concertamos la cita, nos pidió que la entrevista se realizara en su casa, en Cuernavaca, y allá fue Edith. Como además ella es una excelente fotógrafa, le pedí que lo retratara sentado, en un espacio abierto, porque mi intención era rodearlo de todas sus creaturas para que pareciera estar contemplándolas, como el auténtico demiurgo que es. Edith le hizo una fotografía magnífica: Rius está sentado en un equipal en su jardín, su madre (¡aún vivía en el 92!) está detrás suyo y él mira escéptico la cámara.
    La entrevista apareció publicada en Vogue, una revista del conservador Grupo Novedades, y a muchos les pareció incongruente. ¿Rius en Vogue? ¿Por qué no? El Vogue británico o el alemán se dan el lujo de tener a los principales exponentes de la cultura de esos países en sus páginas, y Rius lo es de México. Tenía todo el mérito para estar allí al igual que Carlos Fuentes, Octavio Paz o Rufino Tamayo. Lo sorprendente era la tolerancia del grupo empresarial, que en otra época simplemente lo hubieran prohibido y a mí me hubieran echado. Pero eran nuevos tiempos.
    Un día Alicia Velázquez, mi amiga y responsable de la atención a la prensa en la Editorial Grijalbo, me invitó a la presentación de un libro en el Museo de la Caricatura en el Centro Histórico. “Va a estar Rius”, me dijo. No dudé en asistir y por fin pude estrechar la mano del genial maestro que empecé a leer desde niño y que en tantas lecturas y temas me había guiado. Nada le dije de la carta, de ese viejo número de Los Agachados que evolucionó a libro, el AbeChé, ni de la entrevista que le habíamos realizado recientemente. En realidad éramos dos viejos conocidos.
    Hoy, entre la barahúnda mediática desatada por el centenario del nacimiento de varios grandes (Paz, Revueltas, Efraín Huerta, Cortázar et al.), no debemos olvidar a Rius que cumple 80 años. Es de bien nacidos ser agradecidos, nos recuerda la profesora Guillermina Saavedra, y mucho debemos a Eduardo del Río (Zamora, Michoacán, 1934). De sus 130 libros publicados, en la biblioteca de nuestro plantel Vallejo existen 92 títulos, y los más leídos son La trukulenta historia del kapitalismo, Filosofía para principiantes, Marihuana y otras debilidades y La panza es primero. Hay que leerlos todos.
    Si de niño me desternillaban de risa situaciones como ver en una esquina de San Garabato de la Tunas Cuc., el pueblo de Los Supermachos, una escuela con el nombre de “El Niño Artillero”, y en la otra una cantina llamada “El Niño Perdido”, hoy me alegra ver en Rius al monero crítico y congruente que siempre ha sido. Ha sabido actualizar y rectificar sus ideas (de Cuba para principiantes a Lástima de Cuba, por ejemplo), ha sabido formar una cauda de nuevos caricaturistas que sin duda continuarán su obra, sigue enseñando en sus libros y en El Chamuco, y ha sabido mantenerse vigente y creíble. Por eso es el joven Rius.
    


domingo, 17 de agosto de 2014

LOS DOS "K"

Esta columnita aparecerá cada lunes en Comunidad, órgano de comunicación interna del plantel Vallejo, de donde soy profesor.
Los dos "K"
NOÉ AGUDO

Ambos son checos, el primero nace en Praga en 1883, y el segundo en Brno en 1929; el apellido de ambos se escribe con la letra K: Kafka, el primero y Kundera, el segundo; no se conocieron, cuando el primero muere en 1924, el segundo tardará aún cinco años en nacer, pero ambos, misteriosamente, desarrollan una obra literaria que se podría leer como una sola, porque si el primero describe como alegoría lo que será un mundo alienante, absurdo, movido por fuerzas desconocidas e implacables, el segundo pondrá nombres, narrará las circunstancias y mostrará las causas por las cuales surge ese universo asfixiante; ambos son escritores universales que han diseccionado en sus novelas la pesadilla totalitaria vivida por varios países europeos durante el siglo XX, y que alertan al resto del mundo de lo que puede ocurrir si no somos capaces de defender y preservar lo que mejor nos define como humanos: la libertad.
    Cuando Franz Kafka nace, Praga aún es una ciudad del imperio austro-húngaro. La proclamación de Checoslovaquia como república independiente (1918), al igual que Hungría, Polonia y Serbia, entre otras, es consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Kafka muere en Kierling, Austria, pero antes solicita a su amigo Max Brod quemar sus escritos. Brod lo desobedece y gracias a esa infracción podemos conocer ese mundo opresivo e irracional descrito en novelas como El proceso, El castillo, América y La metamorfosis, además de los numerosos relatos cortos, aforismos, parte de sus Diarios y otros documentos estremecedores como la Carta al padre y las Cartas a Felisa. La pregunta que los primeros lectores de Kafka se hacían era: ¿Dónde está ese mundo? ¿De qué nos habla?
    Como si profetizara lo que sería el siglo XX, las novelas de Kafka revelan pesadillas incomprensibles donde un hombre es detenido, sometido a proceso y fusilado, sin que nunca pueda saber quién lo acusó ni por qué (El proceso); otro llega a trabajar a un castillo donde enfrenta a una burocracia infinita que lo mantiene siempre a la espera, sin permitirle hablar con nadie que pueda definir o resolver su situación (El castillo), y lo mismo sucede en su más conocida novela corta (La metamorfosis), donde el personaje principal amanece convertido en cucaracha, es repudiado por su propia familia que sólo lamenta ya no contar con sus ingresos y, cuando los huéspedes que rentan su habitación se van, deciden matarlo. Kafka no conoció la pesadilla totalitaria nazi, pero la intuye en ese documento demoledor que es la Carta al padre, donde prefigura un Hitler doméstico, amante del poder y de la fuerza, que impone sus reglas aunque él mismo nunca las respeta, y se complace en ejercer su autoridad indiscutible sobre los débiles.
    Si Kafka es el profeta de ese mundo donde el individuo es anulado por el autoritarismo y el poder sin contrapesos, Kundera será su más meticuloso cronista, sobre todo en las obras de su primera etapa, que escribe en Checoslovaquia, donde entonces rige lozano, feroz y férreo el control comunista.
    Así, en su primera novela, La broma (1967) narra cómo la vida de un hombre puede trastocarse y ser destruida por un hecho aparentemente sin importancia. Ludvik, el protagonista, envía una postal a su novia donde escribe: “El optimismo es el opio del pueblo. El espíritu sano hiede a idiotez. ¡Viva Troski!”. Por estas líneas, en una sociedad donde pensar, decir lo que se quiera y escribirlo son delitos de lesa ideología, Ludvik es expulsado del partido y la universidad, y condenado a trabajar en las minas de una ciudad siempre sucia y cubierta por un humo negro. El espionaje, la delación anónima y la crítica más inocente a los dogmas del partido son factores suficientes para condenar y destruir la vida de alguien.
    Su siguiente obra, El libro de los amores ridículos (1968), es un conjunto de siete relatos que se desenvuelven en un ambiente inquisitorial. El primero de ellos (“Nadie se va a reír”) es ejemplar: por negarse a emitir un fallo en contra de un pésimo estudio y no herir la susceptibilidad del autor, un profesor universitario es acosado y perseguido por aquél, que no lo deja de acosar hasta destruir su carrera. Nuevamente, la implacable maquinaria partidaria y burocrática contra alguien capaz de tener consideraciones hacia los demás.
     Una sociedad centralizada, controlada por un poder vertical, sin nada ni nadie que se le oponga o sea capaz de elevar la más leve critica, abre el reinado de los delatores, mediocres y oportunistas. En su siguiente novela, La vida está en otra parte (1972), Kundera narra los avatares de Jaromil, un joven poeta que, al tiempo que descubre que su arrogancia y supuesta genialidad son sólo humo comparados con el auténtico genio (Rimbaud), delata para sobrevivir y así continuar su eterna huida.
    Cualidad excepcional del arte narrativo de Kundera es su capacidad para interesar al lector no sólo en la historia que cuenta sino en las ideas que impulsan los actos de esa historia. Así, en La despedida (1973), lo que subyace tras las vidas entrelazadas de los ocho personajes reunidos en el balneario, es la omnipresencia del poder absoluto. “El alma de la masa, que en otros tiempos se había sentido identificada con los míseros perseguidos, se identifica hoy con la miseria de los perseguidores”, dice uno de ellos.
    En 1975 Milan Kundera logra salir de Checoslovaquia y a partir de entonces vive en Francia, país del que adquiere la nacionalidad en 1985. Aquí escribirá la novela autobiográfica El libro de la risa y del olvido (1979) en la que continúa la crítica de la sociedad totalitaria y perfecciona su peculiar técnica de novela-ensayo (que no novela de tesis), de la cual su exponente insuperable es La insoportable levedad del ser. Durante los años 1990-1991 me desviví por entrevistarlo, pero siempre se rehusó aunque con mucha amabilidad. Sólo me envió alguna vez unos excelentes retratos suyos (¡entonces se parecía mucho a Karol Wotyla!) realizados por el fotógrafo alemán Aaron Manheimer. Tal vez sólo me decía sin decirlo: “Escriba usted sobre mi obra, si de verdad le interesa”. Así que aún estoy en deuda con él, el otro K, que junto con Kafka nos siguen alertando en torno a los riesgos totalitarios que nos acechan en todo lugar donde permitimos el ejercicio del poder sin ningún control.

lunes, 23 de junio de 2014

BIEN HAS HOZADO VIEJO TOPO


HORAS AHORCADAS
NOÉ AGUDO (23/JUNIO/2014)

Bien has hozado viejo topo

Participo por estos días en un curso para profesores de bachillerato organizado por la embajada de la Unión Europea en México y la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la UNAM, gracias a la generosa invitación de la dirección de mi plantel, y descubro así una excelente oportunidad para obtener un panorama más o menos coherente de la situación mundial actual, además de la pertinencia del curso para las lecturas y artículos que actualmente realizo.
    Entre la explicación del enorme y pronto éxito de Occidente para crear riquezas, desarrollar la ciencia, la medicina y la tecnología, el establecimiento de sus instituciones y estilo de vida en gran parte del mundo, y las preocupaciones acerca del fin de al menos la primacía de esas instituciones, contada por el historiador británico Niall Ferguson (Civilización. Occidente y el resto, Debate, 2010), y la historia específica de cómo llegamos a este mundo multipolar surgido después de la Segunda Guerra con el respectivo paréntesis que significó la bipolaridad y la Guerra Fría, el declive y caída del comunismo, el ascenso del Mercado Común y la Unión Europea, el papel de personalidades como Stalin, Churchill, Franco, Mitterrand y Jaruzelsky, y movimientos como el existencialismo, los estudiantiles de 1968, los Beatles, el punk y aun el grupo Monthy Python, contada por Tony Judt (Posguerra. Una historia de Europa desde 1945, Debate, 2006), y la relectura de Orwell, quien profetizó y previó muchos de los rasgos de la vida contemporánea, el curso −Introducción a la Unión Europea− resulta el espacio ideal para reflexionar hacia dónde podemos orientar y encaminar nuestros esfuerzos en la búsqueda de esa utopía que significa construir una sociedad mejor.
    Impartido por la europeísta Samantha Rullán, una joven doctora con indiscutibles credenciales académicas, a quien apoyó durante dos sesiones otro joven doctor en economía, Edgar J. Saucedo, el curso es una bocanada de oxígeno para ventilar concepciones provisionales y visiones esquemáticas surgidas en los 80 −como fueron el fin del Estado benefactor, la globalización, el neoliberalismo, el fin de la historia y la instauración del Estado minimalista− y pensar en las nuevas formas de organización política, social y económica que gobiernos y sociedades deben buscar ante estos y otros fenómenos, como son el cambio climático y las inesperadas consecuencias que puede traer la manipulación genética en plantas, animales y humanos. Y digo que fueron concepciones provisionales porque si bien la crisis económica europea surgida en 2008 pareció confirmar las predicciones más negras elaboradas con valor y lucidez por ensayistas como Viviane Forrester (El horror económico, FCE, 1995), y confirmadas pocos años después por la bancarrota de países como España y Grecia, demostró también la vitalidad de uno de los principales atributos de las sociedades abiertas: su capacidad de autocorrección. No es que las instituciones democráticas sirvieran para evitar la crisis ni para resarcir de inmediato a los millones de personas que vieron desaparecer o descender sus pensiones, la disminución de servicios tan elementales como los de salud, educación y asistencia social, o para crear de inmediato fuentes de empleo; lo que la democracia permite y obliga es a corregir los factores que originaron dicha situación (generalmente un gasto indebido y  desequilibrios financieros provocados por la voracidad de grandes empresas), rescatar a las sociedades y gobiernos para impedir su deriva hacia formas de organización autoritarias o  menos democráticas, y sobre todo para facilitar su reinserción a los mercados con equilibrios y finanzas sanas.
    Los rasgos que definen la esencia de la Unión Europea (UE), en su aspecto comercial, se fundan en cuatro libertades básicas: libre movilidad de personas, de servicios, de bienes y de capitales. Así que a nadie conviene tener como miembros o socios a sociedades con alta explosividad social, con inestables o atrasadas economías, o con gobiernos que renuncien al ejercicio de los derechos humanos. La UE reconoce que “Las simples fuerzas del mercado o la acción unilateral de los países no bastan para satisfacer las necesidades de los ciudadanos” (Pascal Fontaine, Doce lecciones sobre Europa, 2011), así que era inexcusable su intervención para rescatar a los países en crisis, no obstante su tardanza.
     Otro aspecto a destacar es que los mecanismos de pertenencia y participación no son dictados por alguien en especial, sino que son resultado del consenso de los estados miembros y posteriores a una atenta observación durante periodos determinados de tiempo. Es decir, son el resultado de una paciente labor de ingeniería social que se traduce en la creación de instituciones eficaces, en las que paulatinamente se van depositando funciones específicas de la UE, procurando además la participación de gobiernos y ciudadanos de los estados miembros, y dejando las atribuciones de carácter soberano a la responsabilidad de los gobiernos nacionales. Esto garantiza el cumplimiento de los acuerdos y sobre todo contribuye a lograr la unidad, respetando la particularidad de cada país, con lo cual se previene que la Unión quede sujeta al estilo personal o la ideología de una persona o grupo.
    En este punto confluyen las observaciones de Ferguson respecto al declive de Occidente y la primacía de sus instituciones en el mundo, y la reescritura de la historia europea de 1945 al 2005 que Tony Judt realiza, al considerar que esa historia descansaba “sobre los cimientos de un nefando pasado”. Si el derrumbe de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín pusieron al descubierto ese pasado, un saldo hasta entonces desconocido de las dos conflagraciones mundiales del siglo XX, pienso que la manera como la Unión Europea ha evolucionado a partir de 1950, cuando propuso la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero –primer antecedente de lo que es la Unión Europea actual−, para “poner fin al odio y la rivalidad entre las naciones de Europa y crear las condiciones de una paz duradera” (Fontaine, 2011), también vuelve a poner al día los valores democráticos y la vigencia de sus instituciones. Aún más: las perfecciona y ensancha. Con ello demuestra también que una sociedad puede confiar en sus gobiernos y dirigentes cuando se conducen mediante instituciones y éstas funcionan cabalmente, con transparencia, apegadas al derecho y con la obligación de rendir cuentas. De otra forma dependemos de las élites del poder, que velan por sus intereses, o de las personas que pueden ser arbitrarias, volubles y cambiantes.
    En resumen, el nuevo modelo supranacional que la Unión Europea construye revela la capacidad de actualizar y mejorar las instituciones y valores democráticos para compartirlos con diversos países y lograr nuevas formas de convivencia en un mundo globalizado, interdependiente y diverso, sin sacrificar los rasgos culturales que dan identidad a los pueblos. Es decir, significan su renovación y vigencia. Nos enseña también que la defensa de la libertad y los derechos humanos puede ser el denominador común sobre el cual debe basarse la cooperación de las naciones, y que la existencia de bloques regionales, asociaciones comerciales, mercados comunes u otras formas de organización supranacional, como la propia Unión Europea, no tienen por qué plantearse como propósito la repartición del mundo, como lo imaginó George Orwell en su profética novela 1984 –Oceanía, Eurasia y Estasia−, sino que pueden ser sociedades libres asociadas para pugnar por una mejor educación, el cuidado del ambiente, la solidaridad económica y social, el bienestar de la población y sobre todo el respeto a los derechos humanos.
    Si esta construcción metódica, paulatina, capaz de generar las instituciones que las hicieran posible y les permitieran funcionar sin menoscabar autonomía a los gobiernos nacionales, se aplicara a las diversas formas de organización comercial de las cuales México forma parte (esta semana fue anfitrión de la IX Cumbre de la Alianza por el Pacífico y asumió su presidencia pro tempore), estoy cierto que lograría un mejor desarrollo y hallaría el camino para mejor actuar en el mundo globalizado de hoy. La Introducción a la Unión Europea continuará durante la presente semana y concluirá el viernes 27 del presente. Algunos temas restantes son “Instituciones Europeas”, “La Unión Europea y América Latina”, “La Unión Europea y México”, y finalizará con el diseño de un curso especializado sobre la UE para impartir a los alumnos.   
    Entre los muchos visionarios que se plantearon la unificación de Europa a través de distintos medios, incluso por las armas como Napoleón y Hitler, queda la obra filosófica, económica y sociológica de un estudioso de quien he tomado la frase que da título a este texto, El 18 brumario de Luis Bonaparte, de Karl Marx, en cuyo capítulo VII dice: “Y cuando la revolución haya llevado a cabo esta segunda parte de su labor preliminar, Europa entera se levantará y gritará jubilosa: Bien has hozado, viejo topo”.

NOS VEMOS EL 11 DE AGOSTO
Con esta entrega concluyo las reflexiones de mis Horas Ahorcadas del presente ciclo. Nos leeremos al inicio del próximo, el 2015-1, en el cual espero contar con la colaboración de otros profesores para evitar la monotonía que pueden provocar los escritos de un solo autor. En estos breves pero intensos días he conocido colegas estupendos, con ideas y gran facilidad para la expresión escrita, a los cuales espero sumar en la elaboración de una revista. Será un medio para comunicarnos, para ofrecer una mejor imagen del Colegio, pero sobre todo un catalizador para enriquecer y potenciar la vida cultural del CCH. Todos son bienvenidos.





martes, 3 de junio de 2014

EL SUEÑO DE LA RAZÓN

HORAS AHORCADAS
NOÉ AGUDO (2/junio/2014)

El sueño de la razón…

¿Cómo pasamos de la utopía renacentista (Moro, Campanella, Bacon), al socialismo utópico (Owen, Fourier, Saint Simon), y de allí al socialismo científico (Marx, Engels, Lenin) que devino en pesadilla totalitaria? Guiados sin duda por la razón: las utopías humanistas sólo serán posibles si se erigen sobre las bases de la ciencia y la industria, razonaron los socialistas utópicos. No, si no cuentan además con el poder político y una clase social que los guíe en su construcción, o mejor, un partido político de esta clase que sea su vanguardia, pensaron los fundadores del socialismo científico. Y así fue como delegaron en un grupo especial de hombres (el partido, y éste en un comité central, y éste en un dirigente) la construcción de esa nueva sociedad. Otras teorías no menos absurdas confiarán esa tarea a una raza (la raza aria del nazismo), o a los iluminados por el único dios verdadero (los musulmanes o mahometanos); o a una secta o estamento (Platón con sus hombres de oro, plata y bronce, o gobernantes, guerreros y agricultores), por eso afirmo que su raíz última es una idea platónica.
    “El sueño de la razón produce monstruos” dice un famoso grabado de Goya publicado en 1799, y sin duda esta aseveración puede aplicarse certeramente cada vez que el hombre intenta controlar la imaginación y dictar normas a las aspiraciones e ideales de cada individuo, pues significa pretender gobernar y conducir lo que más esencialmente nos caracteriza como humanos: la posibilidad de ser diferentes. ¿Quién puede decidir que yo nací para ser un obrero y no un profesionista? ¿Quién me puede condenar a mí y a mis hijos a ser campesinos o comerciantes, si alguno de ellos quiere ser músico, pintor o químico? Es precisamente lo que busca el socialismo, se puede argumentar: que en la mañana el hombre pueda ser agricultor, por la tarde artesano y por la noche músico (Marx). Pero hay mucha distancia entre el Marx de los Manuscritos económico-filosóficos y el que creyó descubrir las leyes de la historia y equiparó las ciencias sociales con las de la naturaleza. Por eso cuando Lenin, guiado por las ideas “científicas” de Marx, delega en un solo partido la tarea de conducir la sociedad a un nuevo estadio de desarrollo, lo único que logró fue permitir que su sucesor creara los campos de concentración, el gulag y que la revolución terminara devorando a sus propios hijos. Los métodos de exterminio, la pureza racial, la reeducación política o cualquier otra frase que indique la sumisión absoluta a una ideología, un partido o un dirigente son la negación radical de una sociedad compuesta por individuos para dar paso a otra formada por autómatas. La aparición de la distopía o la pesadilla de la razón. 
        El problema de las sociedades totalitarias es el poder absoluto, el control vertical y la ausencia de cualquier otro poder que se le pueda oponer. Sin un sistema de vigilancia, contención y control cualquier manía, capricho o idea equivocada se transforma en una monstruosidad, y ésta es más grave cuanto mayor es el poder. Otra consecuencia es el culto a la personalidad, es decir, la creencia de que el dirigente máximo es alguien infalible, visionario, gran estadista, casi un semidiós: Stalin escribiendo su tratado de lingüística que todos los estudiantes deberán seguir; el descomunal vigor del “Gran Timonel”, que era capaz de atravesar a nado el Río Amarillo; Castro dirigiendo la guerra en Angola desde su oficina en La Habana, o su denodado cuanto torpe propósito por duplicar o triplicar la zafra cada año. Y así tantos hechos que la historia registra (Hitler y su Mein Kampf, Mao con su Libro rojo y la revolución cultural, Kadafi y su Libro verde, etc.) Tantos actos que Orwell profetizó en su novela 1984 (se publicó por primera vez en 1950), y que se han cumplido fatalmente.
    Por otra parte, confiar en la honradez, la infalibilidad y las buenas intenciones de cualquier dirigente, sin anteponerle ningún control, es sólo incubar la arbitrariedad, las malas decisiones y los crímenes que se cometerán en su nombre. Esto, si confiamos en que no acabe también transformado y trastornado por el poder. ¿Cuántos de los que lo rodean serán bien intencionados y honrados? ¿Quién nos pone a salvo de los oportunistas que cortejan a quien detenta el poder? Lo vemos aquí: una simple profesora es nombrada directora general y los integrantes de su equipo y seguidores la ven como la autoridad suprema, brillante, inteligente, justa, y cualquier familiar o favorito es también elevado y reconocido con cualidades especiales tan sólo por su cercanía. Sin ningún esfuerzo ni mérito, otros pasan de ser profesores de asignatura a profesores de carrera, otros de simples profesores a secretarios o responsables de áreas para las cuales carecen de toda  preparación. Naturalmente, todas estas virtudes se esfuman en cuanto se acaba el poder. Bueno, si esto sucede en un espacio tan pequeño, ¿qué ocurre cuando se trata de un país? Lo vivimos durante las décadas de poder absoluto del PRI: ¿Qué horas son? ¡Las que usted diga, señor presidente! La hermana del Jolopo, Margarita, se sintió y la hicieron creer la reencarnación de Sor Juana, y él mismo se creyó Quetzalcóatl. Al menos debe agradecerse al PRI porque nunca nos sometió a un control ideológico, algo que lo diferencia de las dictaduras totalitarias.
    Por eso Winston Churchill tal vez tiene razón cuando dice que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos. No sólo él, sino también Tocqueville, Isaiah Berlin, Octavio Paz, Friedrich Hayek o Karl Popper, pensadores liberales que han explicado las cualidades y promovido las virtudes de la democracia. La principal: la posibilidad que brinda a los gobiernos de autorregularse al igual que a la sociedad en su conjunto. Y esto a través de las elecciones, la separación de poderes, la búsqueda del equilibrio y la contención de esos poderes mediante un sistema de balances y contrapesos, la lucha partidaria y la alternancia en el poder, la existencia de una sociedad civil capaz de participar a través de distintas formas de organización, la existencia de medios de información y una influyente opinión pública, la presencia de diversas instituciones libres y autónomas como son las escuelas y universidades, los sindicatos, la iglesia, las asociaciones feministas, de lesbianas y homosexuales, etc. Una sociedad que permite la expresión y participación de todas estas fuerzas es una sociedad capaz de corregir sus extravíos, pero también de acotar al poder y buscar que sus decisiones no la perjudiquen o lo hagan en menor grado.
    En esta democracia inacabada e imperfecta en la cual transcurren nuestros días, compruebo una y otra vez que podemos aspirar a una mejor sociedad sin renunciar a nuestras libertades y aspiraciones individuales, e incluso corregir aquellos rasgos que se han hecho realidad de las distopías.
    En unos cuantos días hemos presenciado cómo los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación han debido recular en su desmesurada pretensión de contar con una pensión vitalicia, además de sus fabulosos sueldos; hemos visto también la casi segura destitución del dirigente del PRI capitalino por querer tener su harén y sostenerlo con recursos de su partido, que son nuestros impuestos; hemos visto además cómo un Secretario de Energía debió explicar su participación en gasolineras y otros negocios relacionados con la venta de combustibles, cuando fue acusado de crear conflicto de interés con dichas actividades y su función como secretario; hemos conocido el desastre con que la SEP maneja la nómina de los maestros, gracias a la revelación que una organización civil (el IMCO) hizo con los datos que la misma secretaría proporcionó; y lo mismo para un dirigente de izquierda, quien fue ridiculizado en los medios por haber ido a los Estados Unidos a prevenir a los inversionistas de no invertir en México ante los conflictos que, según él, generará la reforma energética (la izquierda alertando a los grandes capitales), y así tantos y tantos casos más de ineptitud, prepotencia, negligencia, corrupción y otros vicios del poder. Pues bien, todo esto no sería posible en una sociedad en la cual los medios de información no existieran o estuvieran sujetos a control, donde no existiera la lucha interpartidista, donde no se permitiera la existencia de organizaciones no gubernamentales y sobre todo donde no hubiera una sistemática división de poderes.
    Tal vez peque de optimista o de ingenuo, pues son tantos los aspectos que hacen falta corregir y mejorar para integrarnos plenamente a un régimen democrático, pero es importante destacar que lo alcanzado hoy día se ha hecho sin depositar toda nuestra confianza en un individuo o un grupo, ni ceder un ápice de nuestras libertades, al contrario, hemos abierto la participación a nuevas fuerzas. Tal vez nunca alcancemos la sociedad ideal, pero podemos aspirar a ella si somos capaces de crear los mecanismos para mejorarla paulatinamente y sabemos atender todas las propuestas. Esa es la esencia de una sociedad democrática: el ensayo, la prueba, el error y la rectificación; una paciente labor de ingeniería social que nada tiene de heroico ni épico y sí mucho de laboriosidad, tolerancia y persistencia. Lo comprobamos en nuestro Colegio: la denuncia abierta de los vicios y corrupción de la anterior administración, permitieron actuar a una Junta de Gobierno que tal vez hubiera permanecido indiferente u omisa al desastre que prevalecía.
    Me estimulaba la coincidencia con muchos profesores en la crítica que hacía, pero me decepcionaba el temor con que actuaban, o mejor dicho la callada resignación con que asumían tal estado de cosas. “Así es esto”, “Debo conservar mi empleo”, “Nada lograrás pues así funciona el sistema”, “Tienen al noventa por ciento de profesores de carrera en el bolsillo”, etc. Éstas y otras expresiones peores (hay quien ni siquiera se atrevía a firmar una carta donde se solicitaba asignar grupos con transparencia y justicia) me hacían preguntarme cómo podía suceder esto en un espacio donde supuestamente el conocimiento, la crítica y la razón debieran prevalecer; un lugar de donde han surgido tantas iniciativas libertarias, de civilidad y para la convivencia armónica de su comunidad; un espacio sobresaliente desde el cual se ha hecho la crítica al poder autoritario.
    Pues tal estado de cosas o aún peores aparecen cada vez que olvidamos lo que significa vivir en la democracia: participación, valor cívico, expresión abierta de nuestras ideas, ejercicio de la crítica y honestidad para autocriticarnos cuando sea necesario. La UNAM y el CCH en particular tienen un horizonte amplísimo para optimizarse y ser las mejores instituciones educativas del mundo. Pero requieren no sólo actualizar sus programas y planes de estudio, sino también modernizar sus formas de gobierno, corregir la injusta desigualdad que existe actualmente entre sus profesores, donde la inmensa mayoría –la que atiende al grueso del estudiantado− sobrevive con salarios raquíticos y en una precaria condición laboral, y buscar nuevos mecanismos de participación para toda su comunidad. Así es como una sociedad, en este caso una comunidad, es capaz de corregir sus fallas y autorregularse para poder avanzar. Esto es lo valioso del sistema democrático y lo que debemos aprender y enseñar a nuestros alumnos: a vivir en la democracia.
    Concluyo reconociendo que debo estas reflexiones a la relectura de Orwell: Rebelión en la granja y 1984, así como a la lectura de El león y el unicornio y otros ensayos. No salí indemne, como pueden ver (“De la utopía a la distopía”). Felizmente, me entero que por primera vez han sido reunidos todos sus ensayos y la editorial Debate los ha publicado en español. Corro a adquirir el libro de casi mil páginas y prometo continuar escribiendo nuevos artículos.        
   


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