martes, 3 de junio de 2014

EL SUEÑO DE LA RAZÓN

HORAS AHORCADAS
NOÉ AGUDO (2/junio/2014)

El sueño de la razón…

¿Cómo pasamos de la utopía renacentista (Moro, Campanella, Bacon), al socialismo utópico (Owen, Fourier, Saint Simon), y de allí al socialismo científico (Marx, Engels, Lenin) que devino en pesadilla totalitaria? Guiados sin duda por la razón: las utopías humanistas sólo serán posibles si se erigen sobre las bases de la ciencia y la industria, razonaron los socialistas utópicos. No, si no cuentan además con el poder político y una clase social que los guíe en su construcción, o mejor, un partido político de esta clase que sea su vanguardia, pensaron los fundadores del socialismo científico. Y así fue como delegaron en un grupo especial de hombres (el partido, y éste en un comité central, y éste en un dirigente) la construcción de esa nueva sociedad. Otras teorías no menos absurdas confiarán esa tarea a una raza (la raza aria del nazismo), o a los iluminados por el único dios verdadero (los musulmanes o mahometanos); o a una secta o estamento (Platón con sus hombres de oro, plata y bronce, o gobernantes, guerreros y agricultores), por eso afirmo que su raíz última es una idea platónica.
    “El sueño de la razón produce monstruos” dice un famoso grabado de Goya publicado en 1799, y sin duda esta aseveración puede aplicarse certeramente cada vez que el hombre intenta controlar la imaginación y dictar normas a las aspiraciones e ideales de cada individuo, pues significa pretender gobernar y conducir lo que más esencialmente nos caracteriza como humanos: la posibilidad de ser diferentes. ¿Quién puede decidir que yo nací para ser un obrero y no un profesionista? ¿Quién me puede condenar a mí y a mis hijos a ser campesinos o comerciantes, si alguno de ellos quiere ser músico, pintor o químico? Es precisamente lo que busca el socialismo, se puede argumentar: que en la mañana el hombre pueda ser agricultor, por la tarde artesano y por la noche músico (Marx). Pero hay mucha distancia entre el Marx de los Manuscritos económico-filosóficos y el que creyó descubrir las leyes de la historia y equiparó las ciencias sociales con las de la naturaleza. Por eso cuando Lenin, guiado por las ideas “científicas” de Marx, delega en un solo partido la tarea de conducir la sociedad a un nuevo estadio de desarrollo, lo único que logró fue permitir que su sucesor creara los campos de concentración, el gulag y que la revolución terminara devorando a sus propios hijos. Los métodos de exterminio, la pureza racial, la reeducación política o cualquier otra frase que indique la sumisión absoluta a una ideología, un partido o un dirigente son la negación radical de una sociedad compuesta por individuos para dar paso a otra formada por autómatas. La aparición de la distopía o la pesadilla de la razón. 
        El problema de las sociedades totalitarias es el poder absoluto, el control vertical y la ausencia de cualquier otro poder que se le pueda oponer. Sin un sistema de vigilancia, contención y control cualquier manía, capricho o idea equivocada se transforma en una monstruosidad, y ésta es más grave cuanto mayor es el poder. Otra consecuencia es el culto a la personalidad, es decir, la creencia de que el dirigente máximo es alguien infalible, visionario, gran estadista, casi un semidiós: Stalin escribiendo su tratado de lingüística que todos los estudiantes deberán seguir; el descomunal vigor del “Gran Timonel”, que era capaz de atravesar a nado el Río Amarillo; Castro dirigiendo la guerra en Angola desde su oficina en La Habana, o su denodado cuanto torpe propósito por duplicar o triplicar la zafra cada año. Y así tantos hechos que la historia registra (Hitler y su Mein Kampf, Mao con su Libro rojo y la revolución cultural, Kadafi y su Libro verde, etc.) Tantos actos que Orwell profetizó en su novela 1984 (se publicó por primera vez en 1950), y que se han cumplido fatalmente.
    Por otra parte, confiar en la honradez, la infalibilidad y las buenas intenciones de cualquier dirigente, sin anteponerle ningún control, es sólo incubar la arbitrariedad, las malas decisiones y los crímenes que se cometerán en su nombre. Esto, si confiamos en que no acabe también transformado y trastornado por el poder. ¿Cuántos de los que lo rodean serán bien intencionados y honrados? ¿Quién nos pone a salvo de los oportunistas que cortejan a quien detenta el poder? Lo vemos aquí: una simple profesora es nombrada directora general y los integrantes de su equipo y seguidores la ven como la autoridad suprema, brillante, inteligente, justa, y cualquier familiar o favorito es también elevado y reconocido con cualidades especiales tan sólo por su cercanía. Sin ningún esfuerzo ni mérito, otros pasan de ser profesores de asignatura a profesores de carrera, otros de simples profesores a secretarios o responsables de áreas para las cuales carecen de toda  preparación. Naturalmente, todas estas virtudes se esfuman en cuanto se acaba el poder. Bueno, si esto sucede en un espacio tan pequeño, ¿qué ocurre cuando se trata de un país? Lo vivimos durante las décadas de poder absoluto del PRI: ¿Qué horas son? ¡Las que usted diga, señor presidente! La hermana del Jolopo, Margarita, se sintió y la hicieron creer la reencarnación de Sor Juana, y él mismo se creyó Quetzalcóatl. Al menos debe agradecerse al PRI porque nunca nos sometió a un control ideológico, algo que lo diferencia de las dictaduras totalitarias.
    Por eso Winston Churchill tal vez tiene razón cuando dice que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos. No sólo él, sino también Tocqueville, Isaiah Berlin, Octavio Paz, Friedrich Hayek o Karl Popper, pensadores liberales que han explicado las cualidades y promovido las virtudes de la democracia. La principal: la posibilidad que brinda a los gobiernos de autorregularse al igual que a la sociedad en su conjunto. Y esto a través de las elecciones, la separación de poderes, la búsqueda del equilibrio y la contención de esos poderes mediante un sistema de balances y contrapesos, la lucha partidaria y la alternancia en el poder, la existencia de una sociedad civil capaz de participar a través de distintas formas de organización, la existencia de medios de información y una influyente opinión pública, la presencia de diversas instituciones libres y autónomas como son las escuelas y universidades, los sindicatos, la iglesia, las asociaciones feministas, de lesbianas y homosexuales, etc. Una sociedad que permite la expresión y participación de todas estas fuerzas es una sociedad capaz de corregir sus extravíos, pero también de acotar al poder y buscar que sus decisiones no la perjudiquen o lo hagan en menor grado.
    En esta democracia inacabada e imperfecta en la cual transcurren nuestros días, compruebo una y otra vez que podemos aspirar a una mejor sociedad sin renunciar a nuestras libertades y aspiraciones individuales, e incluso corregir aquellos rasgos que se han hecho realidad de las distopías.
    En unos cuantos días hemos presenciado cómo los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación han debido recular en su desmesurada pretensión de contar con una pensión vitalicia, además de sus fabulosos sueldos; hemos visto también la casi segura destitución del dirigente del PRI capitalino por querer tener su harén y sostenerlo con recursos de su partido, que son nuestros impuestos; hemos visto además cómo un Secretario de Energía debió explicar su participación en gasolineras y otros negocios relacionados con la venta de combustibles, cuando fue acusado de crear conflicto de interés con dichas actividades y su función como secretario; hemos conocido el desastre con que la SEP maneja la nómina de los maestros, gracias a la revelación que una organización civil (el IMCO) hizo con los datos que la misma secretaría proporcionó; y lo mismo para un dirigente de izquierda, quien fue ridiculizado en los medios por haber ido a los Estados Unidos a prevenir a los inversionistas de no invertir en México ante los conflictos que, según él, generará la reforma energética (la izquierda alertando a los grandes capitales), y así tantos y tantos casos más de ineptitud, prepotencia, negligencia, corrupción y otros vicios del poder. Pues bien, todo esto no sería posible en una sociedad en la cual los medios de información no existieran o estuvieran sujetos a control, donde no existiera la lucha interpartidista, donde no se permitiera la existencia de organizaciones no gubernamentales y sobre todo donde no hubiera una sistemática división de poderes.
    Tal vez peque de optimista o de ingenuo, pues son tantos los aspectos que hacen falta corregir y mejorar para integrarnos plenamente a un régimen democrático, pero es importante destacar que lo alcanzado hoy día se ha hecho sin depositar toda nuestra confianza en un individuo o un grupo, ni ceder un ápice de nuestras libertades, al contrario, hemos abierto la participación a nuevas fuerzas. Tal vez nunca alcancemos la sociedad ideal, pero podemos aspirar a ella si somos capaces de crear los mecanismos para mejorarla paulatinamente y sabemos atender todas las propuestas. Esa es la esencia de una sociedad democrática: el ensayo, la prueba, el error y la rectificación; una paciente labor de ingeniería social que nada tiene de heroico ni épico y sí mucho de laboriosidad, tolerancia y persistencia. Lo comprobamos en nuestro Colegio: la denuncia abierta de los vicios y corrupción de la anterior administración, permitieron actuar a una Junta de Gobierno que tal vez hubiera permanecido indiferente u omisa al desastre que prevalecía.
    Me estimulaba la coincidencia con muchos profesores en la crítica que hacía, pero me decepcionaba el temor con que actuaban, o mejor dicho la callada resignación con que asumían tal estado de cosas. “Así es esto”, “Debo conservar mi empleo”, “Nada lograrás pues así funciona el sistema”, “Tienen al noventa por ciento de profesores de carrera en el bolsillo”, etc. Éstas y otras expresiones peores (hay quien ni siquiera se atrevía a firmar una carta donde se solicitaba asignar grupos con transparencia y justicia) me hacían preguntarme cómo podía suceder esto en un espacio donde supuestamente el conocimiento, la crítica y la razón debieran prevalecer; un lugar de donde han surgido tantas iniciativas libertarias, de civilidad y para la convivencia armónica de su comunidad; un espacio sobresaliente desde el cual se ha hecho la crítica al poder autoritario.
    Pues tal estado de cosas o aún peores aparecen cada vez que olvidamos lo que significa vivir en la democracia: participación, valor cívico, expresión abierta de nuestras ideas, ejercicio de la crítica y honestidad para autocriticarnos cuando sea necesario. La UNAM y el CCH en particular tienen un horizonte amplísimo para optimizarse y ser las mejores instituciones educativas del mundo. Pero requieren no sólo actualizar sus programas y planes de estudio, sino también modernizar sus formas de gobierno, corregir la injusta desigualdad que existe actualmente entre sus profesores, donde la inmensa mayoría –la que atiende al grueso del estudiantado− sobrevive con salarios raquíticos y en una precaria condición laboral, y buscar nuevos mecanismos de participación para toda su comunidad. Así es como una sociedad, en este caso una comunidad, es capaz de corregir sus fallas y autorregularse para poder avanzar. Esto es lo valioso del sistema democrático y lo que debemos aprender y enseñar a nuestros alumnos: a vivir en la democracia.
    Concluyo reconociendo que debo estas reflexiones a la relectura de Orwell: Rebelión en la granja y 1984, así como a la lectura de El león y el unicornio y otros ensayos. No salí indemne, como pueden ver (“De la utopía a la distopía”). Felizmente, me entero que por primera vez han sido reunidos todos sus ensayos y la editorial Debate los ha publicado en español. Corro a adquirir el libro de casi mil páginas y prometo continuar escribiendo nuevos artículos.        
   


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