HORAS AHORCADAS
NOÉ AGUDO
(2/junio/2014)
El sueño de la razón…
¿Cómo pasamos de la utopía renacentista (Moro, Campanella,
Bacon), al socialismo utópico (Owen, Fourier, Saint Simon), y de allí al
socialismo científico (Marx, Engels, Lenin) que devino en pesadilla
totalitaria? Guiados sin duda por la razón: las utopías humanistas sólo serán
posibles si se erigen sobre las bases de la ciencia y la industria, razonaron
los socialistas utópicos. No, si no cuentan además con el poder político y una
clase social que los guíe en su construcción, o mejor, un partido político de
esta clase que sea su vanguardia, pensaron los fundadores del socialismo
científico. Y así fue como delegaron en un grupo especial de hombres (el
partido, y éste en un comité central, y éste en un dirigente) la construcción
de esa nueva sociedad. Otras teorías no menos absurdas confiarán esa tarea a
una raza (la raza aria del nazismo), o a los iluminados por el único dios
verdadero (los musulmanes o mahometanos); o a una secta o estamento (Platón con
sus hombres de oro, plata y bronce, o gobernantes, guerreros y agricultores),
por eso afirmo que su raíz última es una idea platónica.
“El sueño de la
razón produce monstruos” dice un famoso grabado de Goya publicado en 1799, y
sin duda esta aseveración puede aplicarse certeramente cada vez que el hombre
intenta controlar la imaginación y dictar normas a las aspiraciones e ideales
de cada individuo, pues significa pretender gobernar y conducir lo que más
esencialmente nos caracteriza como humanos: la posibilidad de ser diferentes.
¿Quién puede decidir que yo nací para ser un obrero y no un profesionista?
¿Quién me puede condenar a mí y a mis hijos a ser campesinos o comerciantes, si
alguno de ellos quiere ser músico, pintor o químico? Es precisamente lo que
busca el socialismo, se puede argumentar: que en la mañana el hombre pueda ser
agricultor, por la tarde artesano y por la noche músico (Marx). Pero hay mucha
distancia entre el Marx de los Manuscritos
económico-filosóficos y el que creyó descubrir las leyes de la historia y
equiparó las ciencias sociales con las de la naturaleza. Por eso cuando Lenin,
guiado por las ideas “científicas” de Marx, delega en un solo partido la tarea
de conducir la sociedad a un nuevo estadio de desarrollo, lo único que logró
fue permitir que su sucesor creara los campos de concentración, el gulag y que
la revolución terminara devorando a sus propios hijos. Los métodos de
exterminio, la pureza racial, la reeducación política o cualquier otra frase
que indique la sumisión absoluta a una ideología, un partido o un dirigente son
la negación radical de una sociedad compuesta por individuos para dar paso a
otra formada por autómatas. La aparición de la distopía o la pesadilla de la
razón.
El problema de
las sociedades totalitarias es el poder absoluto, el control vertical y la
ausencia de cualquier otro poder que se le pueda oponer. Sin un sistema de
vigilancia, contención y control cualquier manía, capricho o idea equivocada se
transforma en una monstruosidad, y ésta es más grave cuanto mayor es el poder.
Otra consecuencia es el culto a la personalidad, es decir, la creencia de que
el dirigente máximo es alguien infalible, visionario, gran estadista, casi un
semidiós: Stalin escribiendo su tratado de lingüística que todos los
estudiantes deberán seguir; el descomunal vigor del “Gran Timonel”, que era
capaz de atravesar a nado el Río Amarillo; Castro dirigiendo la guerra en
Angola desde su oficina en La Habana, o su denodado cuanto torpe propósito por
duplicar o triplicar la zafra cada año. Y así tantos hechos que la historia
registra (Hitler y su Mein Kampf, Mao
con su Libro rojo y la revolución
cultural, Kadafi y su Libro verde,
etc.) Tantos actos que Orwell profetizó en su novela 1984 (se publicó por primera vez en 1950), y que se han cumplido
fatalmente.
Por otra parte,
confiar en la honradez, la infalibilidad y las buenas intenciones de cualquier
dirigente, sin anteponerle ningún control, es sólo incubar la arbitrariedad,
las malas decisiones y los crímenes que se cometerán en su nombre. Esto, si
confiamos en que no acabe también transformado y trastornado por el poder.
¿Cuántos de los que lo rodean serán bien intencionados y honrados? ¿Quién nos
pone a salvo de los oportunistas que cortejan a quien detenta el poder? Lo
vemos aquí: una simple profesora es nombrada directora general y los
integrantes de su equipo y seguidores la ven como la autoridad suprema,
brillante, inteligente, justa, y cualquier familiar o favorito es también
elevado y reconocido con cualidades especiales tan sólo por su cercanía. Sin
ningún esfuerzo ni mérito, otros pasan de ser profesores de asignatura a
profesores de carrera, otros de simples profesores a secretarios o responsables
de áreas para las cuales carecen de toda
preparación. Naturalmente, todas estas virtudes se esfuman en cuanto se
acaba el poder. Bueno, si esto sucede en un espacio tan pequeño, ¿qué ocurre
cuando se trata de un país? Lo vivimos durante las décadas de poder absoluto
del PRI: ¿Qué horas son? ¡Las que usted diga, señor presidente! La hermana del
Jolopo, Margarita, se sintió y la hicieron creer la reencarnación de Sor Juana,
y él mismo se creyó Quetzalcóatl. Al menos debe agradecerse al PRI porque nunca
nos sometió a un control ideológico, algo que lo diferencia de las dictaduras
totalitarias.
Por eso Winston
Churchill tal vez tiene razón cuando dice que la democracia es el menos malo de
los sistemas políticos. No sólo él, sino también Tocqueville, Isaiah Berlin,
Octavio Paz, Friedrich Hayek o Karl Popper, pensadores liberales que han
explicado las cualidades y promovido las virtudes de la democracia. La
principal: la posibilidad que brinda a los gobiernos de autorregularse al igual
que a la sociedad en su conjunto. Y esto a través de las elecciones, la separación
de poderes, la búsqueda del equilibrio y la contención de esos poderes mediante
un sistema de balances y contrapesos, la lucha partidaria y la alternancia en
el poder, la existencia de una sociedad civil capaz de participar a través de
distintas formas de organización, la existencia de medios de información y una
influyente opinión pública, la presencia de diversas instituciones libres y
autónomas como son las escuelas y universidades, los sindicatos, la iglesia,
las asociaciones feministas, de lesbianas y homosexuales, etc. Una sociedad que
permite la expresión y participación de todas estas fuerzas es una sociedad
capaz de corregir sus extravíos, pero también de acotar al poder y buscar que
sus decisiones no la perjudiquen o lo hagan en menor grado.
En esta democracia
inacabada e imperfecta en la cual transcurren nuestros días, compruebo una y
otra vez que podemos aspirar a una mejor sociedad sin renunciar a nuestras
libertades y aspiraciones individuales, e incluso corregir aquellos rasgos que
se han hecho realidad de las distopías.
En unos cuantos
días hemos presenciado cómo los magistrados del Tribunal Electoral del Poder
Judicial de la Federación han debido recular en su desmesurada pretensión de
contar con una pensión vitalicia, además de sus fabulosos sueldos; hemos visto
también la casi segura destitución del dirigente del PRI capitalino por querer
tener su harén y sostenerlo con recursos de su partido, que son nuestros
impuestos; hemos visto además cómo un Secretario de Energía debió explicar su
participación en gasolineras y otros negocios relacionados con la venta de
combustibles, cuando fue acusado de crear conflicto de interés con dichas
actividades y su función como secretario; hemos conocido el desastre con que la
SEP maneja la nómina de los maestros, gracias a la revelación que una
organización civil (el IMCO) hizo con los datos que la misma secretaría
proporcionó; y lo mismo para un dirigente de izquierda, quien fue ridiculizado
en los medios por haber ido a los Estados Unidos a prevenir a los
inversionistas de no invertir en México ante los conflictos que, según él,
generará la reforma energética (la izquierda alertando a los grandes
capitales), y así tantos y tantos casos más de ineptitud, prepotencia,
negligencia, corrupción y otros vicios del poder. Pues bien, todo esto no sería
posible en una sociedad en la cual los medios de información no existieran o
estuvieran sujetos a control, donde no existiera la lucha interpartidista,
donde no se permitiera la existencia de organizaciones no gubernamentales y
sobre todo donde no hubiera una sistemática división de poderes.
Tal vez peque de
optimista o de ingenuo, pues son tantos los aspectos que hacen falta corregir y
mejorar para integrarnos plenamente a un régimen democrático, pero es
importante destacar que lo alcanzado hoy día se ha hecho sin depositar toda
nuestra confianza en un individuo o un grupo, ni ceder un ápice de nuestras
libertades, al contrario, hemos abierto la participación a nuevas fuerzas. Tal
vez nunca alcancemos la sociedad ideal, pero podemos aspirar a ella si somos
capaces de crear los mecanismos para mejorarla paulatinamente y sabemos atender
todas las propuestas. Esa es la esencia de una sociedad democrática: el ensayo,
la prueba, el error y la rectificación; una paciente labor de ingeniería social
que nada tiene de heroico ni épico y sí mucho de laboriosidad, tolerancia y
persistencia. Lo comprobamos en nuestro Colegio: la denuncia abierta de los
vicios y corrupción de la anterior administración, permitieron actuar a una
Junta de Gobierno que tal vez hubiera permanecido indiferente u omisa al
desastre que prevalecía.
Me estimulaba la
coincidencia con muchos profesores en la crítica que hacía, pero me
decepcionaba el temor con que actuaban, o mejor dicho la callada resignación
con que asumían tal estado de cosas. “Así es esto”, “Debo conservar mi empleo”,
“Nada lograrás pues así funciona el sistema”, “Tienen al noventa por ciento de
profesores de carrera en el bolsillo”, etc. Éstas y otras expresiones peores
(hay quien ni siquiera se atrevía a firmar una carta donde se solicitaba
asignar grupos con transparencia y justicia) me hacían preguntarme cómo podía
suceder esto en un espacio donde supuestamente el conocimiento, la crítica y la
razón debieran prevalecer; un lugar de donde han surgido tantas iniciativas
libertarias, de civilidad y para la convivencia armónica de su comunidad; un
espacio sobresaliente desde el cual se ha hecho la crítica al poder
autoritario.
Pues tal estado de
cosas o aún peores aparecen cada vez que olvidamos lo que significa vivir en la
democracia: participación, valor cívico, expresión abierta de nuestras ideas,
ejercicio de la crítica y honestidad para autocriticarnos cuando sea necesario.
La UNAM y el CCH en particular tienen un horizonte amplísimo para optimizarse y
ser las mejores instituciones educativas del mundo. Pero requieren no sólo
actualizar sus programas y planes de estudio, sino también modernizar sus
formas de gobierno, corregir la injusta desigualdad que existe actualmente
entre sus profesores, donde la inmensa mayoría –la que atiende al grueso del
estudiantado− sobrevive con salarios raquíticos y en una precaria condición
laboral, y buscar nuevos mecanismos de participación para toda su comunidad.
Así es como una sociedad, en este caso una comunidad, es capaz de corregir sus
fallas y autorregularse para poder avanzar. Esto es lo valioso del sistema
democrático y lo que debemos aprender y enseñar a nuestros alumnos: a vivir en
la democracia.
Concluyo
reconociendo que debo estas reflexiones a la relectura de Orwell: Rebelión en la granja y 1984, así como a la lectura de El león y el unicornio y otros ensayos.
No salí indemne, como pueden ver (“De la utopía a la distopía”). Felizmente, me
entero que por primera vez han sido reunidos todos sus ensayos y la editorial
Debate los ha publicado en español. Corro a adquirir el libro de casi mil
páginas y prometo continuar escribiendo nuevos artículos.
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