Mi vida con
los transgénicos
PRIMERA ESCENA
Mi hermana mayor, Eva, se ha
casado. Su marido tiene la obligación de trabajar durante un año en la casa de
los suegros. Por eso al lado de mi padre, mi hermano, mi nuevo cuñado y dos
peones siempre leales, Rufino y Jacquelino, la casa se llena de hombres que
arrasan los cerros completos detrás del rancho, el lado de sol y el lado de
sombra, para después quemar el monte y luego sembrar la tierra. Nunca hubo
paisaje más hermoso. Antes de recoger la cosecha mi padre lleva un sahumerio y
realiza un ritual al pie de los cerros. Presencio el primer acto chamánico de
mi vida. Después elige las mazorcas mejor desarrolladas, de maíz amarillo,
pinto y blanco, les baja algunas hojas, como desnudándolas, pero no las arranca
sino que las entrelaza para hacer un racimo que colgará de un alambre del
techo. Ha elegido los mejores granos que serán la simiente de la siguiente
cosecha.
SEGUNDA ESCENA
Estoy en Epcot Center, en
Orlando, Florida. Soy un muchacho que mira extasiado girar una rueda como de
dos metros de diámetro. Parece la rueda de un batán o de un viejo molino
hidráulico. En cada giro las semillas se irrigan y a las primeras vueltas
aparecen unos pequeños brotes. En los siguientes giros esos brotes se
transforman en verdes capullos compactos y en los siguientes comienzan a abrir como
los pétalos de unas enormes rosas verdes hasta formar unas exuberantes lechugas
que, de tan frescas y tiernas, invitan a devorarlas. Aquí está la solución
contra las hambrunas, pienso, en unos minutos se han producido decenas de
lechugas que las sonrientes empleadas comen y reparten entre quienes
presenciamos el milagroso acto. Todo es completamente natural, nos
tranquilizan: la pequeña base de tierra donde se ponen las semillas y el agua
que las irriga tienen los nutrientes del suelo donde normalmente se producen
las hortalizas; lo único que modulamos es el clima, hasta hacerlo ideal para su
desarrollo.
TERCERA ESCENA
No hay privilegio mayor
después de ir a correr que sentarme frente a mi plato de frutas y aspirar el
aroma del café. Ares y yo hemos liberado suficientes endorfinas, serotonina y
dopamina que nos sentimos fuertes, plenos y casi eufóricos. Saco de mi plato
una gran manzana verde porque necesito espacio para partirla, así que primero
como la fruta en rebanadas y dejo la manzana para el final. Sé que es un
producto transgénico (ésta o la Red Delicious, o la Manzana Gala o la Pera de
Anjou) pero me da igual: es deliciosa, suave, jugosa y dulce. Y sobre todo
enorme, cuatro de ellas hacen un kilo, así que estoy comiendo 250 gramos de
transgénico. ¿Moriré de cáncer? ¿Me saldrán retoños en las orejas? ¿Tocará el
alzheimer mi coco un día? ¡Pamplinas!, me digo. Y sigo comiendo porque ya viene
el café caliente, que es el broche de lujo para esta mañana de fin de semana.
La obra se podría llamar “Mi Vida con los
Transgénicos”, pues siempre he convivido, consumido y aprovechado las modificaciones
genéticas que de manera empírica y rústica, o deliberadamente planificada y con
un conocimiento científico preciso, el ser humano ha hecho para mejorar los
productos que cultiva y consume. Esta práctica hoy es condenada y muchos
desearían que no se realizara, para prevenirnos de supuestos peligros a la
salud y al ambiente que nadie ha podido demostrar. Hasta hoy, cuando podemos
leer en un libro testimonios que más bien apuntan lo contrario.
UN REGALO DE LA CIENCIA
Respeto mucho el trabajo que
realizan los activistas de Greenpeace y a veces me he sumado a sus campañas;
creo que la preservación y cuidado del ambiente es una bandera que toda
organización política inteligente debería enarbolar en nuestro país, y no
debemos dejarla en manos de unos burdos mercenarios como los del PVEM. También
respeto la opinión de los buenos amigos que no comen carne (finalmente, cada
organismo debe privilegiar la dieta que mejor le funcione) y a quienes creen
sinceramente que consumir productos transgénicos es dañino. (La última
discusión que tuve de este tipo fue con Marisa Lara y Arturo Guerrero, dos
talentosos pintores.)
Estoy en contra de los fariseos e ignorantes que
dicen no beber las “aguas negras del imperialismo” y el refrigerador lo tienen
repleto de Coca-Colas para combinar con su ron. Dicen no consumir productos
transgénicos y se llenan la boca de amaranto y nopales de Milpa Alta, sin saber
que también son transgénicos. O los que gritan “Sin maíz no hay país”, e
impiden a campesinos pobres y que cultivan las tierras menos favorables usar
granos más resistentes a las sequías, a las plagas y a lo infértil del terreno.
Contra esos farsantes e ignorantes ha aparecido un
libro elaborado por un grupo de científicos mexicanos, miembros del Comité de
Biotecnología de la Academia Mexicana de Ciencias, casi la mitad de ellos
Premios Nacionales de Ciencias, y con un propósito más que bueno y pertinente:
“presentar de manera sencilla y objetiva la amplia información disponible sobre
los organismos genéticamente modificados (OGM)”. Está dirigido a la opinión
pública y a la sociedad en general, pero también a los legisladores,
funcionarios y profesionales de las secretarías de Economía, Salud, Agricultura
y Medio Ambiente, entre otros, “con el fin de que las decisiones y resoluciones
que se tomen en torno al uso de organismos transgénicos y sus productos se
sustenten en la amplia y contundente evidencia científica documentada y
verificable que aquí presentamos”.
El libro se titula Transgénicos. Grandes beneficios, ausencia de daños y mitos, está
coordinado por Francisco Bolívar Zapata y fue editado por la Academia Mexicana
de Ciencias, la UNAM, su Instituto de Biotecnología, y el Colegio Nacional.
Tiene como antecedente otro libro publicado por la Academia Mexicana de
Ciencias en 2011, Por un uso responsable
de los organismos genéticamente modificados.
Con un lenguaje claro, sobrio y cuidadoso como lo es
el de la ciencia, el libro expone, entre otras razones, que “el ser humano ha
utilizado la domesticación y el mejoramiento genético de las plantas durante
los últimos 8,000-10,000 años”; que la evidencia científica sustenta la
ausencia del supuesto daño ocasionado por el uso y consumo de los organismos
genéticamente modificados, y que las plantas transgénicas usadas en el campo
implican una tecnología perfeccionada, también llamada agricultura de
precisión, más avanzada, segura y precisa que las anteriores. Asimismo, afirma
que los productos transgénicos utilizados actualmente, como alimentos o
medicamentos, han sido sujetos a numerosos análisis y evaluaciones que han
demostrado que no generan daño a la salud humana ni animal, así como tampoco a
la biodiversidad del medio ambiente.
Todo lo contrario, el uso de plantas mejoradas
permite contrarrestar el daño al medio ambiente causado por el uso de
plaguicidas y herbicidas que, estos sí, afectan la salud humana. De hecho, la
transgénesis ha traído más beneficios que daños a las especies vivas. Uno como
lector se sorprende al conocer, por ejemplo, que ha sido factor importante en
la evolución de las especies. Y que procesos hoy tan benéficos como la
fotosíntesis fueron resultado de la transgénesis: los genes responsables de
este proceso fueron transmitidos a las plantas verdes por bacterias
fotosintéticas primitivas.
Para mayor agradecimiento a este grupo de científicos
que ha hecho un regalo invaluable a la sociedad, ustedes pueden leer
gratuitamente el libro. Ésta es la liga:
http://www.conacytprensa.mx/index.php/libro/19642-transgenicos-grandes-beneficios-ausencia-de-danos-y-mitos