domingo, 30 de agosto de 2015

DOSCIENTOS PROFESORES EN UN VOCHO

Doscientos profesores en un vocho, o mi diagnóstico del CCH
NOÉ AGUDO
(28 de marzo de 2016)

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Descubrir que algo está muy mal dentro del CCH lo propició un hecho aparentemente sin importancia, pero ‒más adelante lo comprobé‒ bastante significativo de la crisis profunda por la que atraviesa. En uno de esos cursos que se siguen para lograr la constancia y mantener un lugar decoroso en la lista jerarquizada, me sorprendió escuchar a una colega confesar que no le gustaba la poesía y además no la entendía. ¿Cómo le hará?, me pregunté, ¿si los programas de la asignatura que impartimos la plantean como obligatoria? La Cuarta Unidad de TLRIID I: Lectura de Relatos y Poemas: Ampliación de la Experiencia, y otra vez la Cuarta Unidad de TLRIID II: Lectura de Novelas y Poemas: Conflictos Humanos. Lo que más estupor me causó fue enterarme que esa profesora ocupa los primeros lugares en la lista jerarquizada del Área de Talleres.
Esto me hizo descubrir que no siempre son los profesores mejor preparados los que ocupan los primeros sitios, sino los que aprovechan amistades, tutelaje y pertenencia a ciertos grupos, cuyo instinto les hace perseguir cargos directivos para, desde allí, otorgarse puntos a discreción y repartirlos también entre familiares y amistades en su momento. Sólo así se explica esta incongruencia.
También comprendí el porqué de la extraña costumbre de exigir constancias por todo: impartir una charla, aplicar un examen extraordinario, diseñar un proyecto, actuar como jurado en un concurso, participar en una actividad cultural, y no se diga organizarla, porque entonces se piden dos constancias o más. Para alguien que, como yo, ha trabajado durante más tiempo en la iniciativa privada, donde lo que cuenta son los resultados, esto me parecía ‒y me sigue pareciendo‒ algo totalmente anormal. Lo natural sería que los profesores, preocupados por el aprendizaje de sus alumnos, realizaran actividades culturales y extracurriculares como complemento de su trabajo docente. Lo otro es como pedir constancias cada vez que se lee un libro. (Al inicio del presente periodo escolar, por ejemplo, un grupo de profesores organizamos tal vez la jornada cultural más importante en el plantel Vallejo y nadie se preocupó ni se ha preocupado porque nos extiendan una constancia.)
Comprendí también las triquiñuelas que algunos “vivillos” realizan para lograr más puntos: inscribirse a dos o tres cursos que se impartirán simultáneamente, aunque no asistan a ninguno; “apalabrarse” con quien lo imparte para quedar incluido en la lista de quienes recibirán el comprobante; inscribirse, asistir uno o dos días y luego reportarse enfermos para ya no asistir, etc.
Hay trucos todavía más pretenciosos. Digamos organizar un diplomado: se piensa en un tema; se busca la instancia que lo validará; se invita como instructores a otros amigos, de preferencia doctorandos y doctores que obtuvieron sus títulos para lo mismo ‒es decir, para obtener más puntos, pero no para saber más o para prepararse mejor‒; los organizadores se inscriben, luego anotan a los amigos y familiares; hacen como que asisten a sesiones de uno y otro módulo; al final todos reciben constancia por el diplomado completo, aunque no lo hayan cursado íntegro sino solo asistido parcialmente. Desde luego, un profesor ajeno al grupo debe cumplir con su asistencia rigurosa al diplomado completo y aun se le califica. Si al menos fueran temas útiles en la formación disciplinaria, uno toleraría este trato porque algo aprendería, pero ni siquiera.  
Después están quienes hacen maestrías y doctorados: algunos deciden estudiar algo que les gusta, lo cual está bien, pues eso demuestra verdadero interés por aprender; sin embargo, la mayoría lo hace para trepar en la famosa lista jerarquizada, para acrecentar el currículum o para aspirar a cargos administrativos, y lo único que logran es desvalorar los títulos académicos; los impulsa el afán de conseguir más puntos, no el deseo de aprender y contar con una mejor preparación; por eso se gradúan en universidades o escuelas patito, obtienen doctorados en piedras filosofales o revelan una pobreza cultural similar a la de políticos y diputados que tanto critican. Algo vergonzoso para una institución universitaria y por demás humillante para el profesor que se dedica con esfuerzo, eficiencia y constancia a su trabajo. Éste es rápidamente rebasado en la lista por los que traen credenciales de “maestro” o “doctor” no importa cuán ignorantes o ineptos sean. Si esos grados fueran indicio de una auténtica preparación, ¿por qué no hacer investigación, desarrollar proyectos necesarios o al menos impartir cursos de sus amplios saberes? Digo.
Cuando Gabriel Zaid escribió un acertado y punzante ensayo para criticar este hecho, Sobre los títulos profesionales como capital curricular (1981), lo hizo también para advertir ese despropósito en el que estaban cayendo varias universidades al extender, mediante dichos títulos, patentes de corzo a verdaderos analfabetas funcionales para cometer los peores desastres académicos (y también políticos, médicos, económicos, etc.); lo hizo además para ironizar en torno al riesgo de encontrar licenciados en danza folclórica o doctores en relaciones internacionales. Pues bien, esto es hoy una realidad, el destino ya nos alcanzó, aunque Zaid nunca pensó que los títulos también sirvieran para trepar en la lista jerarquizada. (El ensayo es plenamente actual y disfrutable, pese a sus treinta y cinco años de vida, y viene en De los libros al poder, Grijalbo, 1988, pp. 43-55.)
Pero, si esta forma de fingir la preparación aún conserva un adarme de recato, porque al menos se intenta simularla, hay quienes, siguiendo el ejemplo de aquel tristemente célebre secretario de Educación Pública, recordado como Falzati, se ostentan como licenciados, maestros o doctores sin el correspondiente título o cédula profesionales. Ignoran que hoy basta con solicitar al IFAI o a la Dirección General de Profesiones los datos para que cualquier fraude con los grados académicos se descubra. Por otra parte, ¿cuántos universitarios han sido pillados con tesis plagiadas en todo o en parte para graduarse como maestros o doctores?
Otro es el caso de quienes, con pleno conocimiento por parte de sus jefes, se ostentan como licenciados sin serlo. En este caso ambos, jefes y subordinados, infringen la legislación universitaria y revelan que la exigencia del perfil profesional para desempeñar un cargo es pura conveniencia. Sólo lo exigen cuando tratan de impedir el nombramiento de alguien que no les conviene; cuando desean imponer a un(a) impostor(a) lo hacen de cualquier modo, pues lo que buscan es colocar incondicionales para lograr propósitos más aviesos.
¿Cómo esperar que el CCH se sacuda los lastres que arrastra con este tipo de comportamientos? ¿Cómo renovarlo e impulsar realmente un bachillerato de calidad, para que esté a la altura de lo que sus creadores se propusieron, es decir, preparar bien a los jóvenes en sus estudios para la vida, para el trabajo y para participar activamente en la solución de los problemas de la sociedad? ¿Cómo restablecer la solidaridad, la colaboración y la concordia entre un gremio como el de los profesores, que comparte tantos propósitos y necesidades? ¿Cómo motivarlos para que desarrollen una verdadera preparación? ¿Cómo estimular su apetito intelectual?
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Un hecho que nos puede orientar para explicar cómo se llegó a esta situación y por qué el Colegio y los profesores perdieron no sólo la brújula por ir en pos de un capital curricular vacío, sino también el ejercicio crítico, la exigencia profesional, la dignidad de su labor como docentes, el valor civil e incluso la convivencia armónica ‒pues esta situación genera división, envidias, resentimiento, etc.‒ es algo que todos vemos y conocemos, pero no advertimos su poder corruptor ni mucho menos lo identificamos como la causa principal del desastre académico en las universidades públicas.  
Un hecho que llamó mi atención y que ingenuamente consideré indicio de la libertad y participación que deben existir en un espacio universitario ‒sobre todo en el CCH, consecuencia del movimiento estudiantil de 1968‒ es la enconada pugna por los puestos directivos. Pero, a diferencia de una lucha abierta con ideas, propuestas y proyectos, lo que ocurre es una pelea sorda, con chismes, anónimos, murmuraciones, traiciones, vendettas y mucha hipocresía. Por otra parte, quienes aspiran a dirigir una escuela no siempre son los mejores profesores, los más no poseen vocación de servicio ni mucho menos preocupación por la institución o por resolver los problemas de la comunidad. Como las cigarras para procrearse, sólo aparecen y dan signos de vida cuando vienen los cambios administrativos, pues su propósito es pescar alguno. En otros tiempos ni se aparecen ni hacen nada por la escuela, por los alumnos ni por la vida académica. Por eso sus propuestas son casi las mismas y esgrimen recetas similares: preparación y actualización docente, empleo de las TIC, actualización de los programas y planes de estudio, elevar la eficiencia terminal, etc. Es decir, lugares comunes para no mencionar ni reconocer los verdaderos problemas que obstaculizan el desarrollo académico (“te van a creer loco”), menos proyectos viables para intentar solucionarlos realmente (“se trata de llegar y entonces decir que todo está bien”), porque el propósito principal es mantener el orden (“lo que del presidente de la República al rector desean es mantener el control”) y no solucionar. Esto es lo que saben e intuyen y actúan muy bien para lograrlo. ¿Y los problemas? Pues ni hablar de ellos, no existen, “es la imaginación de los que solo desean desestabilizar”.
 Aspiran a los puestos directivos para mantener el statu quo, no para solucionar problemas. Que se pudran los profesores de asignatura y su petición de estabilidad laboral y mejores salarios. Que se desgañiten pidiendo más concursos para lograr su estabilidad o promoción, con una o dos convocatorias los callamos (¿por cierto, a quién vamos a favorecer en esta ocasión?). Ya saben que no hay dinero, que se den por bien servidos con sus treinta horas semanales y agradezcan que no se recorten más grupos. Que otros se preocupen por la eficiencia terminal, o porque los alumnos vayan con una buena preparación a la licenciatura, ya habrá tutorías en línea. Al fin que allí será igual. Nuestra tarea es mantener la estabilidad. Más aún este año, que es de elecciones. ¿Qué andan organizando los revoltosos de Vallejo?
Esta manera de pensar y proceder es lo que permite prolongar una situación injusta, que impide una verdadera actualización de los profesores y los mantiene en una precaria condición laboral, que hace posible cesar a algunos, sobre todo si están solos, pero no a un conjunto de delincuentes que realizan actividades antiacadémicas y antiuniversitarias (los okupas del Justo Sierra, los de Regeneración Radio en Vallejo, los anarcos de Naucalpan, etc.), porque ellos son capaces de generar conflictos y esto es lo que no se debe permitir. Pero pareciera que el desastre académico sí, pues no merece atención ni solución. ¿Por qué?
Jamás me ha interesado ningún puesto directivo y cuando me han invitado a colaborar en algún equipo ha sido por mi experiencia como periodista y editor. Y con esto he contribuido, además de la docencia. Sin embargo, mi participación como jefe de información del plantel Vallejo en la anterior administración, y la experiencia que allí viví muy de cerca, me revelaron con nitidez algunas claves de estos afanes contra natura del verdadero profesor. Varias veces he dicho que en las universidades más prestigiadas del mundo ‒Oxford, Cambridge, Harvard, Lovaina, La Sorbona‒ lo que menos desean los profesores es desempeñar cargos administrativos. ¿Por qué aquí son tan anhelados? ¿Por qué pacíficos docentes se metamorfosean en policías, espías, delatores, censores y verdugos para llegar y cuando ocupan algún puesto?
La espesa nata de simulación, corrupción e ineptitud que hoy cubre al CCH tiene en la desigualdad su causa principal ‒independientemente de que siempre habrá individuos ineptos, o dispuestos a la transa y la corrupción porque es lo único que conocen: como el profesor que nunca enseña, pues sólo es un “facilitador”, el que jamás prepara la clase, el que firma y se va, el que siempre falta, etc.‒. Pero la mayoría no es responsable directa de esta situación, como veremos más adelante. Puedo comprender a esa maestra que no sabe nada de poesía y ocupa el primer lugar de la lista jerarquizada. Entiendo a esos profesores que se desviven por los puntos para subir en la famosa lista jerarquizada, pues sólo así alcanzan grupos. Comprendo a quienes actúan con mansedumbre e incluso con servilismo para conservar una comisión; entiendo ese afán por sumar cursos, diplomados, maestrías y doctorados al currículum. A todos los mueve el instinto de sobrevivencia, pues actúan en un contexto donde deben adaptarse para sobrevivir, aunque no lo hayan creado.
Desear los puestos directivos es evidencia de esta desigualdad. Y es que, ¡cómo no querer ser director de un plantel, si el modesto sueldo promedio de 12 mil pesos mensuales se multiplicaría por diez! ¿Cómo? Sí, un director de plantel gana alrededor de 90 mil pesos mensuales. No es cierto, dirán, puedo comprobar que mi sueldo, libre de impuestos, es de 36 mil pesos mensuales; lo que no dicen es que esta cantidad es la que figura en la nómina, el sueldo que aparece si uno pide conocerlo a través de instancias de transparencia como el IFAI; lo que no dicen es que hay una nómina secreta, que el IFAI desconoce, donde les depositan alrededor de 45 mil pesos más. Sumadas ambas cantidades dan 81 mil pesos, libres de polvo y paja; a ello hay que añadir otras cantidades como gastos de representación, seguro de separación (el director puede pedir que para este seguro le descuenten el diez por ciento de su sueldo y la UNAM le deposita dos veces más, es decir, dos pesos por cada uno que él pone); a esto agreguen vehículo, gasolina y servicios médicos mayores. Ah, y dos bonos semestrales (mayo y diciembre) de alrededor de 100 mil pesos cada uno. Con uno solo de estos bonos obtienen el ingreso de varios profesores de asignatura por ¡todo un año de trabajo!
Estos son los ingresos económicos, aparte están las atribuciones formales y discrecionales, como decidir los cargos menores (recuérdese que a partir de esta administración es el director general quien designa a los secretarios, si acaso al del plantel le permite nombrar uno), otorgar comisiones, canonjías y otras prebendas, además de disponer de la caja chica del plantel, las asignaciones, etc. Así que, ¿quién no quiere ser director? ¿Y es difícil, muy arduo desempeñar dicho cargo? ¡Qué va! Sólo hay que saber entenderse con el de arriba, ser político. Subrayo el término porque su verdadero significado es ser sumiso, obsecuente, carente de iniciativa e ideas propias, casi servil, para asumir con mansedumbre e incluso con gusto las ocurrencias del jefe.
¿Y los secretarios? Igual, los secretarios de plantel ganan alrededor de 70 mil pesos mensuales, pero tan sólo sus dos bonos suman una cantidad por la que antes debían trabajar un año como profesores, sobre todo cuando casi todos son de asignatura. ¿Y el director general? Ése se cuece aparte, ése es un verdadero pasha: digamos sueldo de 150 mil pesos mensuales, bonos de 250 mil, gastos a discreción, más vacaciones y aguinaldo, vehículos, atribuciones ordinarias y extraordinarias, facultades para obsequiar plazas de carrera, comisiones, nombrar asesores, secretarios, disponer de becas para estudios de maestría y doctorado, enviar a familiares al extranjero, etc. Un verdadero feudo, con muchos más recursos que la dirección de la más prestigiada facultad de la UNAM no tiene. Y todo dentro de una cómoda opacidad, sin rendición de cuentas. ¿Quién no desearía ser director general del CCH?
Otra vez: ¿se entrega esta responsabilidad a profesores con auténticos méritos profesionales y académicos? ¿Son los más capaces quienes ocupan estos puestos? ¿Son aceptados y reconocidos por la comunidad del Colegio? ¿Realizan un trabajo que amerite emolumentos tan escandalosos en un Colegio donde la mayoría sobrevive con sueldos miserables? ¿Por qué cuarenta y cinco años después de fundado el CCH no tenemos memoria de un coordinador o director general como José Vasconcelos, Antonio Caso, Ignacio Chávez o Javier Barros Sierra en la rectoría de la UNAM? ¿Por qué nadie, a excepción tal vez de Fernando Pérez Correa, ha trascendido en sus respectivas áreas profesionales? Dos razones explican esta cuestión:
En primer lugar, para designar al director general del CCH la Junta de Gobierno (dando por sentado que funcione) no aplica el mismo rigor que en la designación del rector. Sus integrantes no tienen un conocimiento más o menos preciso de los aspirantes, y por eso la decisión queda casi siempre en manos del rector o del secretario general de la UNAM, y estos se guían casi siempre por la intuición de alguien que mantenga el orden. Y así les va, pero mientras tanto perjudican la vida académica del Colegio.
 En segundo, la presencia de otros factores de poder (opiniones de los profesores y de la comunidad del Colegio, de académicos, intelectuales, medios de comunicación, sindicatos, ex-rectores, articulistas y diputados y senadores) casi no existe; el CCH es el patito feo donde los porros, los “activistas”, el cierre de escuelas y avenidas, los petardos, las tomas de oficinas, el acoso sexual, etc., son los únicos hechos que generan noticia. De ahí que los funcionarios actúen desde una cómoda opacidad y se den el lujo de nombrar a quien quieran en sus equipos, no a verdaderos profesionales. Véanse las publicaciones que editan; si éstas son la carta de presentación de toda institución, las del CCH son para causar horror o lástima. (Guardo como recuerdo la gaceta especial editada con motivo del Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo, que ya comentaremos, pero cualquier otra es igual.) Pero es urgente pensar en mecanismos inteligentes de participación de la comunidad en la designación de directores y director general.
Un grupo de profesores estamos tratando de modificar esta situación. ¿Cómo? En primer lugar, creando nuestros propios medios de información y análisis; segundo, llevando a personalidades del mundo de la cultura, del periodismo, de la política, de la ciencia y de las artes, para poner al CCH bajo la atención y monitoreo de otros factores que contribuyen a una mayor transparencia y vigilancia; en tercero, creando una corriente que se proponga demostrar que hay otro modo de hacer las cosas en el Colegio, que no todos estamos por la rebatinga de puestos ni por la obtención de canonjías (y éste es el propósito del presente ensayo).
Pero esto es sólo el inicio. Para que la Junta de Gobierno proceda con mayor rigor en la designación del director general, por ejemplo, hace falta crear una junta especial para el CCH; la decisión no puede quedar en manos de un solo hombre, trátese del rector o del secretario general de la UNAM. En lo que respecta al nombramiento de los directores de plantel, la comunidad debe buscar mecanismos de participación para no aceptar individuos cuyo único mérito es saber plegarse a las decisiones del director general o permitir que él realmente administre los recursos; en lo que respecta a los demás organismos colegiados (Consejo Técnico, Consejo Interno, Comisiones Dictaminadoras, etc.) hace falta darles verdadera autonomía, que dejen de ser apéndices de la dirección general y que sus voces no sólo se expresen sino que propongan y puedan ejecutar acciones.
El CCH dispone de numerosos recursos económicos, materiales y humanos, y por eso despierta la voracidad de personas sin escrúpulos (como lo demuestra el manejo de los sueldos) a quienes lo que menos interesa es la educación o resolver los problemas del Colegio; por eso es necesario que la comunidad participe activamente, para mantenerlos acotados y vigilados, y para exigirles transparencia y rendición de cuentas. Así como los graves daños que produjo la CNTE en la educación en Oaxaca, debido a que se permitió a una camarilla el manejo de los recursos económicos, así la opacidad y discrecionalidad con que operan los directivos en el CCH está llevando al fracaso una opción vanguardista e innovadora de educación media superior.
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Pero la pugna sorda por los puestos directivos (un hecho que fractura a la comunidad), la puntitis, la simulación de los estudios y la preparación, la acumulación de capital curricular hueco, la abismal desigualdad salarial, el arribo de individuos sólo aptos para la represión, la delación y el espionaje, la carencia de cohesión y colaboración en la comunidad, la ausencia de interdisciplina, la precariedad laboral y, en resumen, la inexistencia de una vida académica sana y pujante, tienen su razón de ser en un hecho que la UNAM conoce, es decir, que los más recientes rectores han sabido pero han sido omisos en su solución: ninguna medida será suficiente si no se corrige lo esencial, es decir, lo que provoca esta corrupción y oclusión de la vida académica: la desigualdad y precariedad laboral de los profesores.
Como se sabe, los profesores de asignatura representan alrededor del 80 por ciento de la planta docente del CCH, y son los que pasan todas sus horas frente a grupo, es decir, son los que forman realmente a los jóvenes. Irónicamente, son a quienes peor les va. Los profesores de asignatura no sólo padecen la abismal desigualdad salarial con respecto a directores, secretarios y profesores de carrera. No sólo viven una inestable situación  laboral, sino que tienen los peores horarios, con intervalos de dos, cuatro y hasta seis horas entre una clase y otra; son quienes además se encargan de las comisiones, en las que la paga es por determinado número de horas aunque deban trabajar tiempo completo y a veces mucho más horas que las  legalmente establecidas; son también quienes padecen un trato mezquino en el reconocimiento de sus méritos, debido tan solo a un estrecho criterio burocrático: los interinos no pueden proponer proyectos INFOCAB, por ejemplo; no pueden impartir cursos, porque sólo reciben constancias para la famosa lista jerarquizada si participan como asistentes, es decir, no se les reconocen méritos por actividades cien por ciento académicas; un hecho grotesco, por ejemplo, es que las autoridades entregan lap tops a profesores de carrera y definitivos, cuando deberían proporcionarlas a los de menos ingresos y a quienes más grupos atienden.
Con esto se comprueba la tesis del economista galo Thomas Pinketty, quien en su libro El capital en el siglo XXI, demuestra cómo la desigualdad genera mayor desigualdad. Pero esto no lo saben o no quieren verlo en la UNAM, y en el país en general, aunque cualquier economista sensato sabe que un mecanismo que fortalece la cohesión política y social es la disminución de la desigualdad. Además, la desigualdad en la UNAM es puramente burocrática, es decir, no reconoce méritos, conocimientos, preparación, capacidad y disposición para la enseñanza. La existencia de profesores de carrera y de asignatura es artificial, aunque se refleje inicuamente en los salarios.
Un profesor de asignatura, interino o definitivo, tiene esa categoría no porque le guste o carezca de deseos por superarse. La UNAM sabe que las plazas de carrera jamás serán suficientes. Cuando se crearon para el CCH fue porque sí había el propósito de ofrecerlas a quien las mereciera, lo cual estaba muy bien, pues eso permitió a algunos mejorar su situación laboral. Pero eso ya no existe. Hoy se han vuelto una manzana envenenada, un engaño para simular que se puede hacer una carrera académica. Cuando aparece una convocatoria, cada cuatro o más años, se ofrece una o dos plazas para 200 o 300 profesores. Y ahí da inicio una disputa feroz. Por eso las enconadas peleas por los puestos directivos. Quien piensa con la barriga sabe que es la única forma de prosperar, de obtener mejores ingresos. De allí que se produzcan actos insólitos como el que presencié al llegar al plantel Vallejo: vi paquetes completos de gacetas, perfectamente atados, y decidí romper las ataduras y sacarlas para que se las llevara quien quisiera. No, me dijo el responsable del Departamento, se escondieron para que no las leyeran, traen convocatorias. Quedé atónito.
De allí también que se produzcan hechos que sólo exhiben una prepotencia ofensiva por parte del director general y otros que causan irritación dentro de la comunidad: la atribución para obsequiar plazas de carrera a contrato; la sospecha, fundada o imaginada, de actos de corrupción en organismos colegiados como las comisiones dictaminadoras; el coraje e impotencia legítimos de un profesor que concursa y no tiene derecho a enterarse por qué perdió. ¿Para qué este juego inútil y perverso si se sabe que jamás habrá suficientes plazas? ¿Por qué no aplicar las soluciones que estudios realizados muestran como factibles y posibles para corregir esta situación? (En el próximo número de GacetaNet, daremos a conocer uno de estos.) De que hay recursos, los hay, como lo demostró el colega Héctor Mora Zebadúa en un artículo publicado aquí el pasado 29 de febrero (“¿Puede la UNAM otorgar un aumento salarial decente?”). Al menos ahora ya sabemos dónde van los recursos cuando nos dicen que no los hay. Pero debemos terminar con la simulación si de verdad queremos impulsar el bachillerato de la UNAM. Por eso le hemos tomado la palabra al rector.
Concluyo explicando el título de este ensayo. El chiste completo dice así: ¿Sabes cómo meter en un vocho a doscientos profesores del CCH? ¡Lanzándoles una convocatoria!

TRES AVISOS:        
El número de cuenta para depositar la cooperación para continuar editando GacetaNet es el siguiente: 0431 1459 92 de Banorte. La cuenta está a nombre de la profesora Delia Zavaleta.
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La exigencia por poner fin a los procesos antidemocráticos en la designación de las autoridades no sólo se presenta en el CCH, sino en la UNAM en general y es la voluntad de una numerosa corriente de universitarios. Entre ellos están quienes convocan al Primer Foro Deliberativo: LA UNIVERSIDAD QUE QUEREMOS  (http://democraciaunam.blogspot.mx/2016/02/convocatoria-primer-foro-deliberativo.html) a efectuarse el 18 de mayo. En la convocatoria a este foro participan destacados universitarios como Tatiana Sule Fernández, Ambrosio Velasco Gómez, Axel Didrikson, Laura Favela y Hugo Casanova, entre otros. Participemos, preparemos ponencias y asistamos. México debe cambiar, la UNAM con mucha mayor razón.
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Tres semanas sin marcadores en el plantel Vallejo, donde casi todos los pizarrones son blancos. Dos semanas buscando inútilmente una cita con el director del plantel, para otro asunto, sin hallar dos minutos libres en su agenda, según la secretaria. Al final me envían con la secretaria docente, que a su vez me envió con el secretario académico de la dirección general, que a su vez… Ni gobernadores, ni secretarios de estado, ni otros directores generales con quienes he tratado tienen una agenda tan apretadísima como la del director de Vallejo. Las catorce hectáreas del plantel deben ser el espacio mejor cuidado, milimétricamente, de México. Por eso los trabajadores tuvieron que amotinarse el martes 15 de marzo, por la tarde, para exigir la remoción del encargado de la Secretaría Administrativa, y el del almacén, porque no les proporcionan materiales para su trabajo o los proveen pero de pésima calidad. ¿Debemos hacer lo mismo los profesores? Ya algunos colegas han preparado una carta, que publicaremos en el siguiente número de GacetaNet, y que se entregará al rector próximamente.


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