lunes, 16 de noviembre de 2020

 

Jamás adoctrinar

Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas

de una doctrina,

inculcarle determinadas ideas o creencias.

Diccionario de la Lengua Española

Considero que el profesor es un trabajador intelectual, y como tal debe ejercer una absoluta independencia de criterio. Un intelectual no puede realizar su trabajo crítico si se afilia a un partido, es seguidor de una doctrina o de una ideología. El buen profesor debe enseñar a pensar, a dudar, a ser escéptico, a analizar y mirar desde todos los ángulos posibles un hecho. Así podrá alentar y enseñar a sus alumnos a que también formen su propio criterio y opinión.

Puede simpatizar con una causa, un partido o ideología, luchar e incluso ser militante de alguna organización si lo hace puertas afuera de la escuela; nunca hacer de ésta una posición de su lucha partidaria. Hacia adentro debe dejar de lado toda militancia para inculcar con su actitud la auténtica crítica, que es la de valorar con independencia de criterio cualquier asunto. Si la ejerce tratando de ganar simpatías hacia un personaje, partido o causa, distorsionará su visión de la realidad y cancelará su independencia intelectual, pues la atará a aquello con lo que simpatiza.

Menos aún lo puede hacer en espacios universitarios, cuya característica fundamental es la tolerancia, el respeto a todas las ideas, la pluralidad y la libertad de expresión.

            Los marxistas salvaban estos límites aduciendo que ellos tenían la versión científica de la realidad, así que no admitían ninguna crítica a su doctrina, y donde obtuvieron el poder se volvieron los más feroces censores y perseguidores de quienes disentían de sus ideas. Desde luego, ya no eran las ideas de Marx sino la versión que sus intérpretes habían hecho de ellas. Pero hoy, vistos los fracasos prácticos y los errores teóricos de aquella supuesta ciencia, advertimos que se trata tan sólo de una ideología más, mejor construida y más sofisticada tal vez. Pero quienes siguen creyendo en la validez científica del marxismo, a pesar de sus fracasos teóricos y prácticos, o bien no saben lo que es la ciencia o creen en el marxismo como en una religión, es decir, basados solamente en su fe.

            Muchos piensan que sostener estas opiniones lo hace a uno ser de derecha. El funcionamiento de gobiernos, la actuación de los militantes y partidos de izquierda ha demostrado que esas etiquetas carecen de validez. Los mismos vicios, ambiciones, errores y obsesión por el poder que tiene la derecha los tiene la izquierda. Las decisiones perjudiciales o benéficas para la sociedad no tienen signo ideológico, lo mismo pueden provenir de la derecha que de la izquierda. Así que las etiquetas son huecas, no dicen nada y sirven tan sólo para estigmatizar a quien se atreve a pensar diferente y para señalarlo como adversario o enemigo, cuando es tal vez el que con mayor fidelidad recupera lo más valioso de las ideas de Marx: el ejercicio del pensamiento crítico.

El poder es el poder y  requiere cooptar o anular a todo aquel que lo critica o disputa, y esto lo saben y practican partidos, líderes e ideólogos de cualquier tendencia; incluso la persecución es más encarnizada entre compañeros del mismo partido. La URSS, China y más cerca Cuba nos dieron muestras escalofriantes de este hecho: millones de muertos y casi todos antiguos compañeros y aliados, acusados después de disidentes y herejes.

Por eso los más acertados teóricos de la política saben que lo realmente revolucionario es crear normas, instituciones y mecanismos para contener el poder, así como alentar la crítica y la participación ciudadana. Los sistemas políticos que mejor permiten esta serie de contrapesos, balances y equilibrios son los democráticos, pues allí el poder no se concentra en una sola persona o partido y existe la libertad de información, de expresión y asociación, y también existe la posibilidad de cambiar a los gobernantes mediante el voto y no por la violencia, que perjudica a generaciones enteras. En México aún hace falta hacer más eficaces estos mecanismos.

No tengo nada contra el marxismo. Admiro mucho a Karl Marx y de él aprendí ese estilo panfletario de escritura que de tanto en tanto trato de imitar; por él supe también lo indispensable que es leer poesía (él leía a Shakespeare y a Heine, entre otros poetas) y obras clásicas. Su cultura era impresionante. Su disciplina de trabajo y la de Lenin son admirables; cualquier profesor debería conocerlas para saber que siempre hay tiempo para leer, escribir y aprender algo más.

Con los que no simpatizo es con quienes vulgarizan y reducen las ideas de Marx. Y afirmo con absoluta certeza y convicción que cuando uno abraza una ideología no solo anula su capacidad crítica, sino la posibilidad de participar en la resolución de sus problemas porque antes debe respetar la doctrina. Uno se transforma en un catecúmeno, en un sectario que primero debe velar por la pureza ideológica y sólo después decide si puede participar, sobre todo si cuenta con la anuencia de los líderes. Esto impide trabajar por cualquier cambio que beneficie a una sociedad o comunidad, pues el individuo se vuelve tan solo una pieza en la organización que obedece las indicaciones del líder.

Lo que caracteriza al ser humano es la diferencia, la capacidad de apreciar y valorar cada uno de forma distinta los problemas. ¡Esto es admirable! Las batallas por la pureza ideológica son las más encarnizadas e inútiles. Todos se creen poseedores de la versión única de la realidad y esto lleva a riñas como las que existieron y existen entre las sectas religiosas por un la pureza de un dogma o doctrina.

Mucho de las peleas y división de la izquierda proviene de esas ideas. Recuerdo mis años de estudiante en el CCH. Había grupúsculos troskistas, comunistas, maoístas, guevaristas, castristas, estalinistas, etcétera, y su denominador común era el desprecio por los demás, a quienes consideraban "los enemigos". No había solidaridad, compañerismo ni posibilidad de actuar conjuntamente. Algunas veces nos atrevimos a desechar la pureza ideológica y así logramos actuar por fin juntos, pero fue en muy pocas ocasiones. Nos unían la ingenuidad, la amistad y el deseo de aventura, pero nos separaban las doctrinas e ideologías.

Por mi profesión de profesor y periodista, ahora, me doy cuenta que no puedo afiliarme a ningún partido. Si reclamo libertad para criticar vicios y errores, así como para reconocer aciertos, debo ser ajeno a todo interés político o ideología. Hoy nada me impide aplaudir la eficacia y honestidad de ciertos políticos, así como de criticar sus errores; sólo el valor civil y las limitaciones que yo mismo me imponga son los límites.

Por otro lado, cuando me hice profesor (treinta años después ser estudiante de bachillerato) me sorprendió la apatía, el temor y el nulo valor civil de profesores y alumnos, al mismo tiempo que habían proliferado vicios como la prepotencia, la simulación y la corrupción. La crítica, la libre expresión y la tolerancia habían desaparecido. Justamente, cuando el país empezaba a cambiar en estos aspectos.

Estoy convencido que las grandes transformaciones se inician con los pequeños cambios que somos capaces de realizar en nuestro entorno cotidianamente. La democracia no existe si la ciudadanía es incapaz de practicarla, ejerciendo sus derechos y libertades día a día. Por eso ejerzo la que tengo más a mi alcance: la libertad de expresión. Por eso y porque soy profesor mantengo mi independencia intelectual. Pienso que un buen propósito del profesor es enseñar a pensar, procurar que sus alumnos formen su propio criterio y aprendan a tomar sus propias decisiones. Jamás adoctrinarlos. En esto creo.

 

sábado, 14 de noviembre de 2020

     EL DÍA DE SU BODA

Llegó de su mano al CCH. Se sentía seguro y orgulloso de entrar a clases acompañado de esa chica hermosa de pelo rizado, esponjado y rojizo; todos los miraban. Él mismo no sabía si era su novia o sólo su amiga, pero daba igual, se daba cuenta que lo quería. La había conocido en los largos meses de espera al concluir la secundaria e ingresar al bachillerato.

            Ambos trabajaban por las mañanas. Ella en Telesistema Mexicano y él en la Pepsi-Cola; ella era una eficiente publirrelacionista y él quien reparaba las llantas en el taller mecánico de la refresquera. Se conocieron en ese instituto donde se refugiaban quienes deseaban continuar estudiando pero no hallaban lugar en las preparatorias. Iban a aprender un oficio, nociones de algún arte, manualidades, sucedáneos de una auténtica carrera.

            Un día ella lo rescató de una segura golpiza, cuando quiso dar una plática sobre el rock y la política y los porros lo interrumpieron para advertirle que el lugar no “era para grillar”, era un instituto del gobierno. Sin embargo su nombre quedó impreso en un hermoso cartel que conservó mucho tiempo, y a partir de entonces ella se fijó en él. Le regaló un libro y puso: “Para el niño gigante que tanto admiro”, y comenzaron a salir. Acudía por él a la fábrica, iban a comer, al cine, a tomar café y a escuchar canciones. Lo acompañó a realizar su examen y lo abrazó jubilosa cuando supo que estudiaría en el CCH, en aquel lejano 1973.

            Conocer el ambiente del colegio lo transformó: ingresó en una etapa de activismo frenético; conoció a troskistas, guevaristas, militantes del Partido Comunista, seguidores de Lucio Cabañas. Se juntó con un grupo de maoístas, leyó El libro rojo y después las obras completas de Mao. Con un grupo de obreros jóvenes organizó una célula para transformar el sindicato de la empresa; soñaba con independizarlo de la CTM, confederación controlada por el gobierno; invitó a sus compañeros activistas de la escuela, realizaban círculos de estudio y redactaban volantes. Ella se reía de sus escritos, eran virulentos pero los aplaudía. Pronto descubrieron sus intentos de independencia sindical  y lo echaron a la calle.

             Pensativa, un día ella le dijo que había discutido con su novio, quería que la acompañara a sus tocadas de rock, pues era guitarrista de un grupo. ¿Vas a ir?, preguntó. “No sé”, respondió, “me gusta mucho estar contigo”. Entonces surgió la huelga en la Universidad de San Luis Potosí de donde les pidieron apoyo. Se enroló con un grupo de diez muchachos y allá fueron. Los enviaron a  Matehuala, a trabajar con los cortadores de lechuguilla y a hacer teatro para los campesinos. Estuvo allá más de un mes. Cuando regresó su tía le dijo:

            Te ha venido a buscar varias veces esa muchacha.

            Fue a buscarla a su casa, que estaba rumbo al Ajusco. Su madre lo recibió sonriente y le dijo “¡Qué bueno que vino! Hace mucho tiempo que no lo veía!”. Sí, respondió, no estaba en la ciudad, y preguntó de inmediato por ella.

            No está dijo la madre, se fue a vestir. ¿No lo sabe? Hoy se casa.

            Sintió un aire helado en su vientre, se despidió con entereza y dijo que después la buscaría. La señora lo miraba con simpatía, tal vez con lástima, pero no dijo más. Él contempló la ciudad hirviente allá abajo; el humo empañaba su mirada y anegó de lágrimas sus ojos. Con inseguros pasos logró marcharse en silencio.

 

 

martes, 23 de junio de 2020

CRÍTICA DE LA RAZÓN CRUDA (1)

Crítica de la razón cruda (1)

Allí estaba otra vez, intentando recordar cómo había llegado, si lo hice solo o alguien me llevó, a qué hora, dónde había quedado la cartera y cómo fue que me pude zafar de ese lugar. Sólo recuerdo que estaba en Plaza Garibaldi, piradísimo, un teporocho se me pegó y empezó a beber conmigo; se servía de la botella que yo tenía en el piso, con refrescos y vasos de plástico. El Dito, Lucrecio y el Buitre habían desaparecido desde hacía rato. No se miraban y yo no hacía más que beber en tanto la botella durara. En esa época teníamos la costumbre de robarlas a los grupos de valedores más borrachos que nosotros. Ponían las botellas al centro, sobre el piso, hacían una ruedita que se iba abriendo conforme se embriagaban o se descuidaban al atender la música que pedían. Entonces alguien pasaba, levantaba la botella y se evaporaba entre el gentío. Después nos reuníamos en los sitios acordados y volvíamos como si nada al centro de la plaza, a continuar bebiendo, escuchando mariachis sumergidos entre el bullicio. Esa noche llevábamos tres, solo que de diferente contenido: ron Bacardí, brandy don Pedro y ahora otra una más de brandy, pero ésta de brandy Cheverny. ¡Puro matarratas! Aparte de las dos de Gobernador que habíamos bebido en la Central Camionera. ¡Cómo aguantamos tanta bebida y refresco! Lo malo era el cruce: pasar del brandy al ron o al tequila, o incluso otro brandy pero de distinta marca, a mí me pegaba muy feo. Como el Vergel, que nunca me gustó. Siempre anunciaba el golpe, traía el golpe, atraía el golpe. El teporocho preguntó: “¿Me regalas un trago?”, sírvete le respondí. Y allí estábamos. Él callado, nomás viéndome, yo de tanto en tanto lanzaba un grito, cuando tocaban “La Culebra”, “El Son de la Negra” o “El Carretero” y luego me quedaba en silencio, preguntándome qué haría, hasta qué hora los esperaría. Eran ya como las dos de la mañana. El teporocho dijo vamos a mi casa, te invito a mi casa. Estaba tan borracho que lo seguí. Vivía bajo un montón de láminas de cartón en un terreno baldío, creo que era sobre la calle de Violeta. ¡Son chingaderas, qué pendejadas hago! Recuerdo vagamente el reducido espacio, había bultos, varios bultos, montones de ropa sucia arrojados sobre el suelo. Me dijo siéntate, yo obedecí y me senté sobre uno de esos bultos. Busqué un espacio vacío donde poner la botella y los refrescos que aún quedaban, y acomodar mis pies, que a esa hora ya estaban muy cansados. El teporocho gruñía, resoplaba; yo trataba de verle la cara, pero estaba recubierta por una espesa capa de grasa negra, como crema para el calzado, así que sólo veía brillar sus ojos, dos rendijas que apenas se abrían, mientras decía: Ahh, ahh, ahh, y buscaba algo en el espacio miserable. El sonido de las trompetas a lo lejos. Se acabó la botella de Cheverny y él vació un poco de líquido blanco en mi vaso al cual agregué Coca-Cola de manera maquinal. Seguí bebiendo esa porquería, sin saber lo que era. Pon música, le dije. Él se quedó mirando, dudando, desconcertado, sin saber qué hacer. No haaayyy, dijo, y yo sentí que me dormiría en cualquier momento; tenía un sueño profundo, pero no podía recargarme en nada, así que me acomodé sobre mis rodillas. De pronto el bulto donde estaba sentado se movió. ¡Horror!, era otro teporocho que dormía. No me dijo nada, sólo se acomodó y recogió sus piernas para ocupar menos espacio. Mi piloto automático no respondía, estaba aún dormido, no sabía qué hacer. Serví sólo Cocacola en mi vaso y eso me cayó mejor. Esperaba el golpe, no tardaba en llegar, debía venir el golpe, él me dictaba qué hacer, para dónde moverme. Siempre era así, a veces me decía, ¡Desaparécete, vete ya! Otras me aconsejaba coger la botella y llenar los vasos de los demás hasta  verlos derrumbarse por el alcohol o fatigados por el sueño, sobre las mesas, en los sillones o simplemente sobre el piso; algunas veces el golpe era violento, inesperado, me ordenaba atacar, y yo me lanzaba como un perro furioso contra quienes tenía enfrente, golpeaba y arañaba sus caras hasta hacerlas sangrar. Cuando la sangre les escurría me veían asustados, sorprendidos, y antes de que decidieran el desquite yo desaparecía. Días después, ya recuperado el juicio, me los encontraba y decían: “Estás bien pinche loco”. Pero esto sucedía sólo cuando me sentía inseguro o realmente estaba en peligro. El piloto vigilaba. Normalmente mis borracheras son tranquilas. Digo, las veces que descuido mi vaso y alguien lo llena de alcohol puro, pero estoy en un ambiente seguro, no paso de quedarme dormido sobre la mesa o repantingado sobre la silla, nunca he caído al piso, ni dentro de una casa o fuera de ella. Y cero agresiones.  Me paré preocupado y casi caí al suelo, tiré el vaso y derramé el contenido sobre otro bulto, que resultó ser una mujer. Ella murmuró algo y entonces miré con atención al resto. ¡Eran personas! Yo estaba en una guarida de indigentes, locos, pirados y teporochos; dormían entre sus bultos llenos de trebejos, hilachos sucios, botellas vacías, papel y demás desperdicios que arrastran en sus costales por las calles. Algunos los utilizaban como gruesas almohadas o los abrazaban entre sus piernas, reviviendo en parte el remoto recuerdo de “dormir enpiernados”. Yo pensé qué hago, ni modo que me quede a dormir con estos cabrones. El teporocho con quien llegué había echado su cabeza hacia atrás y dormía o fingía hacerlo. Entonces llegó el golpe: mi piloto automático saltó, lanzó un aullido y me levantó de los cabellos; cogí una botella de Cocacola, vacié todo el contenido en mi vaso y lo bebí de un trago. Recuerdo una piel sebosa entre mis manos, las barbas y cabellos que arrancaba y un olor a metal frío. Veía mis manos limpias pero las sentía grasientas, como si las hubiera embarrado con grasa que ponen a los vehículos. Mi piloto reaccionó cuando todos los bultos se empezaron a mover, algunos se sentaban para mirar mejor y otros intentaron ponerse de pie. A estos me ordenó patearlos, no permitir que se levantaran y amenazarlos con rasgarles el cuello con la botella rota que apareció en mis manos. Me levantó derecho, golpeó mis omóplatos, me puso sobre la calle y entonces corrí, corrí, corrí; atravesé un parque; vi una avenida iluminada por donde circulaban numerosos vehículos, caminé hacia allá y palpé mis bolsillos. Traté de mantenerme lo más derecho posible cuando se acercó un taxi, pero quien abrió la puerta era el mismo teporocho que había dejado en la covacha. “Ven, ven, sube”, me dijo, “te llevamos a tu cantón”. Volví a correr y sentí pasos cercanos detrás de mí que me perseguían; otra vez crucé un parque donde otro grupo de indigentes se calentaba alrededor de un fuego. Me reuniré con ellos, pensé, llegué y me senté a su lado. Uno o dos me miraron con indiferencia y ya no supe nada más.

Vio que tenía los calcetines puestos. Hizo un esfuerzo por levantarse y quitárselos. Pensó también deshacerse  del pantalón sucio y sintió repugnancia por su propio cuerpo. Los huesos le tronaron. Llevaba cinco días bebiendo y sabía que en un rato se presentaría los escalofríos, el temblor, la desesperación y empezó a sentir la necesidad vehemente de un trago. Le costó un esfuerzo enorme levantarse; fue hacia el pantalón, palpó nuevamente los bolsillos para ver si la cartera no estaba atorada por ahí. Seguro que llegó con ella, ¿de qué otra manera pagó el taxi? Dio algunos pasos, empezó a buscar monedas. Entre los trastes de la cocina, en una tablita donde su mujer llegaba y ponía el monedero, debajo de sus camisas, tal vez había olvidado allí un billete. Halló dos monedas de diez, dos más y tendría para una caguama, pensó. Con la cerveza fijaría la mirada, podría articular las palabras y recordaría mejor. Todo estaba en silencio, los muebles y las paredes crujían, como si se aprestaran a comprimirlo. Ella se había marchado, ¿para siempre? Le urgía un trago; recordó algunas tarjetas de crédito y de débito en las que le depositaban su sueldo en el último trabajo. Las extrajo del cajón, tal vez tuvieran algunos pesos todavía. Tomó un poco de aire, sabía que ya no podría dormir, aunque a esa hora no había aún ninguna tienda abierta. A menos que fuera al parque. Allí alguien del “Escuadrón de la Muerte” con seguridad le correría un poco de alcohol, del que fuera. Se asomó a la ventana, nadie a esa hora, volteó y miró sus botas sucias, se volvió a poner los mismos calcetines. Le extrañó un olor que provenía de alguna parte de su cuerpo. No era el sudor ni la mugre ni la ropa socia; era un olor extraño, indefinido y sutil, aunque persistente. Si con algo habría que compararlo era con el fierro viejo y oxidado, con el orín. Había aclarado un poco más. Cuando se sostuvo sobre la mesita advirtió la mancha carmesí entre los dedos. Parecía sangre reseca que también alcanzaba la punta de los dedos, bajo las uñas, y era lo que despedía aquel olor.

 


viernes, 12 de junio de 2020

EL REGRESO

El regreso

Quiso sentir nuevamente la suave brisa de octubre, contemplar cómo las ramas se inclinaban ceremoniosas para mostrar el envés de sus hojas y descubrir la danza secreta de los árboles, sus árboles, encaramado en la rama más alta de alguno de ellos. Anheló mirar el ocaso desde las alturas y comprobar cómo el sol estallaba en millares de fragmentos durante su agonía. En su memoria se dibujó aquella casa: el amarillo limonero, el mango siempre verde y umbrío y la silenciosa hosquedad del aguacate. Deseó acariciar por última vez las piedrecillas marinas halladas en su infancia, contemplar la inmensidad del sur, la pétrea y rugosa cortina del oriente y el cercano poniente de los atardeceres. El norte prefirió no evocarlo pues lo recorrería palmo a palmo si lograba volver. Miró sus manos, palpó su cuerpo, comprobó que la vida aún palpitaba trémula en su envejecido cuerpo. Hizo un pequeño bulto con sus cuadernos y el único libro que incluyó fue las Meditaciones de Marco Aurelio, agregó una gruesa capa de lino. El viaje le llevó varias semanas y días. Nadie lo vio cuando arribó al sitio donde se levantaba la casa, excepto la tenue claridad de la luna. Unos cuantos troncos podridos, pedazos de tejas y el espacio cuadrangular con hierbajos ralos eran lo único que indicaba que allí había existido algo. Un monte bajo cubría la superficie donde estuvieron el patio, el corral y los horcones para sujetar a las bestias. No quedaban huellas del aguacate ni del limonero, sólo el mango pareció mover suavemente sus ramas cuando lo vio llegar. Fue hacia el promontorio donde encontró la piedras marinas y escarbó con sus dedos hasta hacerlos sangrar. Milagrosamente, allí estaban, las puso en la concavidad de sus manos y las aspiró como si fuesen un delicioso aroma. Un coyote aulló en la lejanía. Se hincó, se reclinó sobre la tierra, lloró con la cara puesta en el suelo y derrochó sus postreras exhalaciones en la límpida soledad de aquella montaña.

jueves, 4 de junio de 2020

EL APRENDIZ

 El aprendiz

Aprendió a leer. De relacionar los signos y balbucear las primeras palabras, pasó a sumergirse en las historias que lo absorbían, a contemplar extasiado los paisajes descritos y sujetar con firmeza los escurridizos razonamientos. Continuó leyendo. Aprendió y practicó los mecanismos de la lectura. Descubrió cómo identificar las oscuras y profundas motivaciones del autor, percibir el desvaído murmullo de su inspiración aún presente en sus escritos, recuperar su estilo, asimilar su espíritu y, de ser posible, reencarnarlo. Se dio cuenta que mientras más lejano se encontrara en el tiempo quien escribió, mejor sucedía ese proceso transmigratorio. Por eso se concentró en las odas de Píndaro, meditó los enunciados de Pitágoras, cantó los audaces yambos de Arquíloco; recorrió los inciertos contornos de leyenda, mito y exacta geografía que le reveló Herodoto; atestiguó las metamorfosis de Apuleyo y respiró en las catacumbas romanas de Petronio. De incierto modo intuyó que Homero, Plutarco, Montaigne, Hawthorne, Faulkner o García Márquez (en realidad todos sus autores) se animaban resplandescientes en su reino de tinieblas cuando los leía. A cambio le prestaban su voz, le murmuraban palabras precisas y transparentes frases para que él escribiera sus propios textos. Así se dio cuenta de la influencia y comprendió por qué Borges decía que todos los hombres escribían en realidad un solo libro, y percibió entonces la redonda forma de eternidad a la que estaba condenado.

domingo, 17 de mayo de 2020

EL SILENCIOSO RITMO

EL SILENCIOSO RITMO

Observaba sus rutinas para tratar de entender qué lo llevaba a coger la pluma o sentarse frente a la máquina y empezar a escribir como si una impelente voz le dictara. Al principio creyó que eso era la inspiración: un inexplicable rapto de creatividad que llegaba de súbito, sin que nada aparentemente lo provocara. Luego de largos periodos de esterilidad concluyó que la inspiración no existía, siempre escribía a pesar de que no le gustara el resultado y lo consideraba sólo un ejercicio para mantener activos los desconocidos mecanismos de la creación. Después pensó en acrecentar su disciplina: se levantaba en las madrugadas, se sentaba frente a la página en blanco y no la abandonaba hasta escribir el sueño que había tenido, la misteriosa aparición de una frase, las ideas que se hacían claras a esa hora, los ordenados recuerdos y a veces extrañas y confusas palabras. Con esto creyó develar el misterio: el secreto consistía en darle sentido a lo que se revolvía en su mente, abrir cauce a lo que rebullía de manera atropellada y caótica. Un día advirtió cómo árboles y plantas reverdecían y echaban flores y daban frutos sin ningún plan aparente; reparó en la puntual sucesión de las estaciones; escuchó el canto de las aves y constató que volvían cada temporada para reiniciar un ciclo que nadie percibía; supo que la luna y sus fases de alguna manera armonizaban con el viento, las lluvias y la sucesión de la vida; recordó las lecciones de sus ancestros para sembrar, recoger las cosechas y aun cortar la madera. Por azar había encontrado la raíz de todo: el misterioso motivo de la sucesión y renovación de los ciclos estaba en el ritmo; el devenir de las estaciones, el arribo de las nubes, la germinación de las semillas, el canto de las aves, el movimiento de los cuerpos celestes y la armonía de la creación toda, como sus mejores escritos, se hallaba en el silencioso ritmo de la existencia.

jueves, 7 de mayo de 2020

ORACIÓN


ORACIÓN DEL AMANECER

Los extraños dólmenes para amontonar el fervor y el miedo
Las silenciosas estatuas de la Isla de Pascua que miran melancólicas el océano
Los pulidos santuarios de Lahore, cuyas cúpulas son como velas encendidas al cielo
La gran pirámide de Giza, en Egipto, la mayor urna funeraria del mundo
El templo de oro de los sijhs en Amristar o el de Khajuraho en la India, cuyas columnas son como enormes penes a punto de eyacular
La Calzada de los Muertos en Teotihuacán, por donde tal vez desfilaron los millares de seres que un día abandonaron la ciudad
Los polvosos y sangrientos caminos de la Meca
Los monasterios de Lhasa, donde todo el incienso huele al yak y a su sagrada mantequilla
Las pagodas y sus múltiples tejados en Bali
La luz prisionera en los observatorios de Uxmal
El templo de Karni Mata, en Rajastán, donde las ratas son sagradas
Los aguzados pináculos de las catedrales góticas que intentan provocar la risa de Dios
Todos esos templos, sagrados monasterios y monumentos, se contraen y desaparecen cuando un hombre solitario eleva su oración en la hora más silenciosa y angustiante de la madrugada.

POLÍTICA Y LENGUAJE


Política y corrupción del lenguaje
NOÉ AGUDO

ALGO PERSONAL
[…]
Pero, eso sí, los sicarios no pierden ocasión
De declarar públicamente su empeño
En propiciar un diálogo de franca distensión
Que les permita hallar un marco previo
Que garantice unas premisas mínimas
Que faciliten crear los resortes
Que impulsen un punto de partida sólido y capaz
De este a oeste y de sur a norte,
Donde establecer las bases de un tratado de amistad
Que contribuya a poner los cimientos
De una plataforma donde edificar
Un hermoso futuro de amor y paz.
Joan Manuel Serrat

Seguramente habrán advertido la ironía que destilan estas estrofas finales de la canción de Serrat que he usado como epígrafe para referirme al lenguaje usado por los políticos: vacío, insustancial, contradictorio, que habla mucho para no decir nada.
            Y es que, como pocos personajes, el político es alguien que rehúye radicalmente los compromisos, las explicaciones y la verdad misma, a menos que no le importe pasar como mentiroso, cínico o ignorante, pero sabe muy bien las consecuencias que estos atributos acarrean a su imagen. Y es que el lenguaje define, exhibe, compromete, y si antes se valía decir cualquier cosa para salir del paso y después actuar como les viniera en gana, hoy ya no es tan fácil, o al menos ya no lo es hacerlo tan impunemente.
            Mientras ciertos gremios emplean un lenguaje mistificador para crear la apariencia de que se dedican a actividades casi divinas; otros usan uno incomprensible para poner  barreras inaccesibles al conocimiento especializado que supuestamente poseen, los políticos se dedican a vaciar el lenguaje de cualquier contenido o significado preciso. Rehúyen decir lo que los compromete u obliga, y en una sociedad sin mecanismos democráticos suficientes se considera un mérito mentir, fingir, moverse en el mundo de las apariencias y de las verdades a medias.
            Los profesores debemos combatir esas manifestaciones del lenguaje, no sólo porque nuestra principal tarea es la enseñanza, sino porque conocemos las consecuencias sociales que su manejo trae consigo. La principal ha sido la perversión de la política (reducirla a uno de sus aspectos más desagradables: el arte de mentir y fingir),  y la segunda, que el lenguaje vacío contribuye a la inexistencia de una vida cívica donde la honestidad y responsabilidad sean las principales cualidades de quienes ejercen el poder.
            Una característica de los grandes estadistas, como Winston Churchill o Benito Juárez, ha sido su impecable manejo del lenguaje. Léanse las siguientes frases de Churchill: “El problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino importantes”; “Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión  y no quiere cambiar de tema”; “El éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”. Y ahora las de Benito Juárez: “No se puede gobernar a base de impulsos de una voluntad caprichosa, sino con sujeción a las leyes”; “La emisión de las ideas por la prensa debe ser tan libre, como es libre en el hombre la facultad de pensar”, y “No deshonra a un hombre equivocarse. Lo que deshonra es la perseverancia en el error”.
            Sólo habría que recordar la frase que Churchill expresó ante sus compatriotas cuando asumió el cargo de primer ministro de la Gran Bretaña en mayo de 1940, ya en plena Guerra Mundial: “No tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. Esto es lo que caracteriza la palabra de un verdadero líder: su capacidad de empatía, de auténtica comunicación para sacudir la conciencia y la sensibilidad de su auditorio. Y eso se logra sobre todo siendo sincero. Pero los políticos de hoy día están a una altura ínfima de aquellos, no conocen la verdadera dimensión de la política. Su pretensión de nunca hablar con la verdad, de nunca comprometerse y saber evadir su responsabilidad la consideran una virtud.
            Más todavía cuando alguien los pilla en una contradicción o les pide que precisen cierta ambigüedad, los interpelados se sienten ofendidos, como si no tuvieran la obligación legal, política y moral de ser lo suficientemente claros. Y cuando de plano la realidad los contradice o niega aquello a que hacen referencia, salen con la extravagancia de que la realidad es otra, que la que conocemos y vemos todos los días no es la verdadera. Bajo el subterfugio de que sólo ellos poseen información confiable y tienen los datos verdaderos, se arrogan la puntada de crear una “realidad alternativa”. El problema es que hay quien se las cree.
            Al ser ellos los poseedores de los micrófonos y de los medios a través de los cuales se propagan y multiplican sus dichos, apabullan a la sociedad con el mismo sonsonete y crean en los espectadores, lectores y radioescuchas una sensación de impotencia y frustración. Y si en un primer momento logran silenciar y aun anular con su ruido las voces disidentes, es muy probable que esta sensación de impotencia estalle imprevisiblemente al menor pretexto cualquier día, y se exprese en acciones violentas y destructivas, pues esto es lo que incuba un lenguaje falaz. Así, los políticos transitan del lenguaje tramposo que no dice nada, al de una realidad alternativa y de ésta al de un ambiente de crispación y odio. Ésta es la situación del mundo actual y, para desgracia nuestra, es la palabra la que ha contribuido a crearla. De ahí nuestra responsabilidad como profesores.
            Un privilegio adicional que la clase política disfruta en México es su libre acceso a los medios de información. Al ser sujetos de la noticia, sus acciones y opiniones interesan a vastos públicos. De ahí que muchos medios abran sus espacios para que colaboren regularmente. Bajo el supuesto de que así obtendrán información exclusiva, revelaciones que sólo los políticos conocen, y hasta una cierta aquiescencia de parte del poder, les ofrecen sus tribunas sin reparar en que  con esta acción sólo contribuyen a  hacer mayor el avasallamiento del poder político y a generar una mayor indefensión de la sociedad.
             Si hay alguien impedido de hablar con sinceridad ése es el político. Conoce y cuida los resortes de la expresión honesta; sabe el peso y compromiso de lo dicho; es experto en los vericuetos y recovecos de la autocensura y el alineamiento, aunque, eso sí, no deja de creer en el poder de las palabras, así sean huecas o embozadas, y por eso no desaprovechará el espacio concedido. Aunque, ¿quién lee realmente a un político? Ni sus propios seguidores.
            Lo que en mejores épocas era un arte, el de saber unir voluntades para avanzar hacia un propósito que beneficiara a toda la sociedad, hoy día se ha vuelto una actividad que genera repulsión, encono, que divide, estigmatiza a los que piensan diferente y los excluye, o que trata de engañar a la ciudadanía creyendo que ésta no tiene capacidad de ver, escuchar, comprender y pensar. Ser político en nuestros tiempos es dedicarse a una de las actividades más sucias y tramposas; ser un corrupto y corruptor en potencia. O al menos es lo que nos hacen pensar. Por eso la necesidad de recuperar la transparencia y claridad del lenguaje.
            Los responsables de los medios también lo saben, y por eso deben defender la autonomía de su gremio. Al igual que los profesores, deben preservar la independencia de su criterio, no alinearlo con ideologías en boga o con tendencias políticas pues esto les impedirá ejercer la crítica. Si se afilian a una ideología o a una causa deberán adecuar su lenguaje para no contradecirlas, o de plano callarse. Pierden así su independencia. La libertad intelectual y de criterio son el último pero más inexpugnable valladar contra la mentira, la arrogancia del poder y el apetito voraz por imponer una sola visión del mundo. Las transformaciones grandilocuentes; la vociferación tumultuosa en medios, plazas y avenidas; los desplantes avasalladores del poder absoluto, no lograrán quebrar jamás la libertad que campea en alguien que es dueño de sus propias palabras. Por eso, toda crítica de la realidad comienza con la crítica del lenguaje. La palabra representa nuestra más humilde pero única y formidable defensa.
Conclusión
Podía haber tomado cualquier declaración que hubieran hecho recientemente, mientras escribía este artículo, como ejemplo de ese lenguaje vacío, falaz y contradictorio. Pero con eso el lector pensaría que mi aversión es para tal personaje y mi simpatía para sus opositores, y eso es lo que menos pretendo que crean. Mi convicción más arraigada es que todo aquel que se dedique a tareas intelectuales y la enseñanza (profesores, periodistas, investigadores, artistas, escritores) debe defender denodadamente su pensamiento y sentido crítico, pues sólo así será capaz de analizarlo objetivamente y criticarlo. Nunca volverse un seguidor o partidario. De otra forma tendríamos que alinear y sujetar nuestras creencias y lenguaje a nuestras afinidades y antipatías, y con eso los retorceríamos también.
            No dudo que haya hombres honestos y sinceros; tampoco creo que sea improbable elaborar una teoría política capaz de otorgar estabilidad y desarrollar eficazmente una sociedad en todos sus aspectos: educación, economía, nivel de vida, salud, libertades, etc., y un partido u organización que las encabecen. Pero debemos reservarnos siempre nuestra libertad de criterio para poder señalar sus errores y desviaciones en el momento necesario, pues de otra forma nos volveríamos cómplices de aquellos.
            Esto es así porque en la lógica del poder no hay buenos ni malos, honestos ni corruptos, sinceros ni embusteros o eficaces e inútiles. Sólo hombres que se dedican a obtener el poder y  luchan por conservarlo, ejercerlo y acrecentarlo, y para esto se valen de todas las acciones, incluyendo la mentira, la deshonestidad y la maldad. Un trabajador intelectual debe estar vacunado contra la ingenuidad de pensar que unos son los buenos y los de enfrente los malos, o de que por fin apareció alguien que resolverá nuestros problemas porque éste sí es bueno, honesto y ve por su pueblo.
            Esta es una obra de todos si queremos que realmente funcione. Así como nadie resolverá nuestros problemas personales, más que nosotros mismos, no hay ningún caudillo, partido, ideología o modelo económico que pueda resolver los problemas sociales sino la sociedad misma organizada eficazmente. ¿Cómo? Con sus instituciones, leyes,  mecanismos, autoridades y formas de participación ciudadana funcionando sin restricciones  para vigilar, denunciar, acotar, llamar a cuentas y castigar los excesos y errores del poder, en cualquiera de sus manifestaciones. Imaginar y crear las bases para una sociedad así sería obra inmensa de un verdadero estadista. Pero desafortunadamente hoy no se ve ninguno que pueda asumir esa tarea. Sólo enanos que aprovechan el poder para enriquecerse brutalmente, o para satisfacer su enorme megalomanía, que es tan dañino como el poder más corruptor cuando no le importa destruir una nación para lograrlo. México perdió más de la mitad de su territorio cuando un individuo megalómano se hizo del poder en el siglo XIX.            
            De ahí que, como dice Serrat, entre esos tipos y yo hay algo personal.
           
             

miércoles, 6 de mayo de 2020

RELATO DE AMOR


Un relato de amor virtual
NOÉ AGUDO

Separados apenas por unos metros y una gruesa pared, los amantes intercambian mensajes apasionados y febriles.Alguno ha leído las desesperadas cartas de Werther a su amigo Wilhelm, en las que le platica su arrebatado amor por Charlotte y describe el itinerario que lo llevará al suicidio luego del fracaso amoroso; conoce también Las pobres gentes, de Dostoievsky, y le enternecen los mensajes del viejo Makar a Varvara, que al final le mostrará cuán fuerte es el instinto de sobrevivencia, pues en el momento crucial preferirá al burgués Bukov, y no al viejo que ha llegado a querer a través de sus cartas.

Sabe que toda pasión aderezada con letras se intensifica pero también corre el riesgo de zozobrar. En la época del Twitter, del Facebook y el WhatsApp, desea que el verbo ayude a orientar los sentimientos, defina su autenticidad y sostenga la pasión en la memoria, dadas la brevedad y rapidez de las palabras para conducirla a buen puerto. Pero allí están ya, esbozados los riesgos del verbo: ha despertado el interés de una joven por un hombre maduro, la aceptación gustosa de conversar y querer conocerlo, y los ha embarcado en un viaje que ninguno de los dos sabe dónde terminará. A ella le gustó cuando por su escritura advirtió que era un hombre educado, que la apreciaba y conocía bien; valoró que fuera diferente a quienes la miran como un bocado fácil por su condición de madre abandonada; al principio contestó con timidez y un poco de temor. Le preguntó quién era y por qué tenía su número, y luego se hizo admiradora de sus textos claros, meditados, que compensaban con creces la lentitud con que escribía por el Whats.


Él supone que ella cuenta con alrededor de treinta años, que arrastra tras de sí el fracaso de una relación amorosa, que tiene una niña de cuatro y es su adoración, y también la que la mantiene a flote. La escucha levantarse temprano, asear a la pequeña, darle de comer y beber algo, casi siempre de prisa, y salir corriendo hacia la escuela. 

Entonces se asoma a la ventana. Le inspira ternura verla caminar presurosa, con largas zancadas, el pelo recogido sobre la cabeza, en una mano la mochila y en la otra la mano de su pequeña. Sonríe al advertir cómo ésta tiene que correr para no quedarse atrás. En un rato regresará y continuarán su coloquio amoroso. Le preguntará por qué la conoce tan bien (le ha dicho, por ejemplo, que le gustan sus pies por su pronunciado arco y sus largas piernas de corredora), si ella no se ha dado cuenta que nadie la mire con detenimiento ni menos que le haya hablado. Él le responde para tranquilizarla que tiene buen ojo y que sus miradas han sido discretas porque no desea molestarla, pero que se muere por hablarle.

Ella se pregunta cada día quién será. Mira de reojo la calle, antes de tomar el taxi, pero sólo advierte personas presurosas que caminan hacia el trabajo, los vagos de siempre intoxicándose en la esquina y las mujeres que corren con sus hijos a la escuela. Descarta a su expareja, pues sabe que se fue lejos y no regresará jamás; repasa en la memoria a quienes ha conocido últimamente, pero se da cuenta que él la conoce de tiempo atrás, y ningún conocido puede expresarse así. Desde que intercambian mensajes corrige sus faltas ortográficas, trata de introducir nuevas palabras en sus textos y ha debido buscar el significado de otras en el diccionario. Pero él las utiliza de modo tan normal que la hacen imaginar un hombre culto, maduro y tal vez refinado.

Le dobla la edad, es inexperto en uso del WhatsApp y por eso no ha subido su fotografía. Esto ayuda a que ella no sepa con quién charla y se incremente el interés y el misterio. Se ha dado cuenta que tiene buen gusto y un trabajo interesante. ¿Qué es lo que más te gusta de mí?, le pregunta, y él responde con la letra de una canción: "Me gusta todo de ti/ Tus ojos de fiera en celo/ El filo de tu nariz/ El resplandor de tu pelo..." Ahhh, esto es un poema, dice ella, ¿eres poeta? No, responde, es una canción de Serrat. Ohhh, la voy a escuchar, dice. Se llama así, le informa, "Me gusta todo de ti". ¿Qué música te gusta? Él dice que no importa el género, siempre que sea buena y que, en todo caso, depende de la hora del día. 

¿Y a qué hora sales de trabajar?, le pregunta. No salgo, trabajo en mi casa y más bien me detengo cuando debo atender otros asuntos: mirar los noticieros, ver una película o cuando me vence el cansancio. Y claro, me detengo también cuando debo comer algo. Ohhh, ¿y qué haces? Escribo, leo, investigo, contesto mensajes, correos y llamadas. ¿Qué te gusta leer? Poesía, cuentos, novelas, pero también historia, filosofía, ciencia y temas políticos. Ahhh, qué interesante, por eso eres un poeta, por eso hablas tan bien; no había conocido a nadie así. Él se sorprende: Entonces, ¿sabes quién soy? No, quiero decir, conocer a alguien que escriba así a través de este medio. ¿Cuándo nos encontraremos? Al menos, ¿cuándo me llamarás?

Deja que las cosas se den por sí solas, responde él, maduremos la relación descubriendo quiénes y cómo somos mediante la escritura; cuando nos encontremos decidiremos, principalmente tú, si la llevamos más adelante. El fruto será más delicioso porque estará bien maduro y caerá por sí solo. No tiene caso apresurar un encuentro si ambos vamos a decepcionarnos; yo prefiero continuar conociéndote así, a través de tus palabras.

A ella le gusta la seguridad, la templanza y paciencia con que el hombre se maneja. Cualquier otro ya la hubiera llamado, la habría invitado a cenar, la habría apresurado a que se conocieran en la intimidad. Éste no. Cada día la sorprende con sus revelaciones. Por ejemplo, le ha dicho que le empezó a gustar cuando la vio transformarse en madre. Para él antes era sólo una joven, como las demás, ajena a su interés, pero su percepción de ella cambió cuando se enteró que había sido madre y la empezó a atraer inexplicablemente.

Por lo que me dices me doy cuenta que eres alguien de mi colonia, no del área de mi trabajo. ¿Es así? No te equivocas, responde él. Entonces, ¿antes no te gustaba? Me eras indiferente, como cualquier otra chica. No sé por qué, pero sospecho que tú eres casado o vives separado. ¿Es así? No te equivocas, pero es complicado decírtelo por aquí. ¿Ves? Tenemos que encontrarnos, dice ella. Sí, yo también ansío hacerlo, aspirar tu olor, mirar de cerca tus ojos y escuchar tu voz. Mmm, ¿de verdad? Te diré algo, agrega ella: temo mucho una decepción, no quiero vivirla, no quiero repetirla. Yo tampoco, dice él, me desharías, pero éste es el riesgo del amor, de toda relación, nadie la tiene segura. ¿Por qué te intereso tanto si sólo me conoces de vista? Porque tengo una intuición muy certera. Te miro, me gustas, te deseo y algo me dice que estamos destinados a vivir algo intenso. Ohhh, ¡qué cosas dices, qué cosas extrañas me toca conocer! Lo importante es que no tengas miedo, la anima, que me creas. Porque, grábate esto: jamás te haré daño, te quiero cuidar como lo más delicado y frágil que he conocido en mi vida. Ahhh, eso me gusta, y ojalá sea cierto, me tengo que ir a trabajar. Ve, pues, si te extraño mucho y no puedo resistir, te enviaré un mensaje. Cuando gustes, dice ella, lo responderé en cuanto me desocupe, me gusta mucho como hablas y lo que me dices. Tus mensajes nunca me molestan.

Los días transcurren con el cambio paulatino de las madrugadas y mañanas frescas del invierno al avance caluroso de la jornada, que hace abandonar bufandas, suéteres y chamarras. El canto de los cenzontles anuncian ya la primavera. Una mujer de treinta años ya no es una jovencita, pero a él le gusta su carácter pícaro, juguetón, que la hace parecer más joven. Le gusta verla enfundada en sus estrechos leggins y llevar una camiseta como todo vestuario. Así resaltan sus piernas largas, sus muslos macizos y su enervante monte de Venus. Algunas veces se han encontrado en las escaleras y él se hace a un lado, caballerosamente, para que pase. No sabe que esa actitud lo hace ver más viejo, anticuado y débil. ¿Y ahora qué va a desayunar?, le pregunta. No sé, iré al restaurante, tengo que ver a una persona. Ahhh, ¡con que anda de noviero!, ¿eh? Ya verá, ya verá.

Él quisiera decirle: si sólo supieras cuántas veces deseo que estés a mi lado. Aunque una gruesa pared divida nuestros departamentos, has elegido como recámara la habitación contigua a la mía y entonces te siento cerca, escucho rodar alguno de tus objetos, percibo tu presencia, trato de acompasar mi respiración con la tuya, pienso en ti, sueño contigo y compruebo que eres real y esto alienta mi pasión y mi deseo, sobre todo cuando nos encontramos e intercambiamos estas breves palabras.

Por razones especiales, una ocasión que estaría fuera todo el día y ella aún vivía con sus padres, la encontró a la salida del edificio y le preguntó: ¿Tienes celular? ¿Me puedes dar tu número? Quiero saber si llegarán a buscarme unos familiares, y, como estaré fuera, te llamaré para saberlo, no estaré lejos. Tenían varios años de conocerse, así que ella se lo dio de inmediato. Llámeme a la hora que guste, dijo, yo estaré al pendiente por si llegan a buscarlo.

Así obtuvo su número, lo anotó en su libreta y ahí permanece desde entonces. De lejos, y sin proponérselo, se fue enterando de su situación. Miró sin mucho interés al novio, lo reprobó por esas cadenas brillantes que usaba, los brazos y el torso repletos de tatuajes, y de pronto su desaparición inesperada. Un día la miró regresar con su bebé en brazos, escuchó el alborozo y la atención solícita de los padres, los mimos, las expresiones de alegría y luego la separación cuando cada uno marchó por su lado. Ella se quedó sola.

La miraba afanarse con su bebé, sacar la pequeña al patio para que ensayara sus primeros pasos y escuchar la algarabía de sus primeras fiestas de cumpleaños. Luego se enteró que había conseguido un lugar para la niña en alguna guardería y ella empezó a trabajar. Las ganas de tratarla y hablar con ella se fueron incrementando. Un día no pudo resistir más, pero pensó que marcar su número sería violento y brusco como invitarla sin motivo a tomar un café. Buscó su número, lo encontró y le envió un mensaje: ¿Tienes WhatsApp? Sí, respondió ella. Te agregaré, entonces, porque en ocasiones deseo platicar contigo. Está bien, dijo. No preguntó quién era ni cómo había conseguido su número, ¿o sabría que era él? Poco a poco aprendió a manejar esta herramienta, pudo enviar sus primeros mensajes y establecer un diálogo aunque fuera lento. Finalizada su jornada, dando sorbos a su copa de vino tinto, preguntó: ¿Ya saliste del trabajo? Casi, en unos minutos, contestó ella. ¿Y qué harás? Iré corriendo a mi casa, mi bebé me espera, dijo. ¿Te interrumpo, entonces? No, para nada, de hecho me estoy quitando la bata, tomaré mi bolso, me despediré y me iré. Qué hábil es para desplazar los dedos sobre el pequeño teclado del teléfono, pensó él, escribe muy rápido. ¿Quién eres?, preguntó ella. Por ahora prefiero no decírtelo, para que no me mandes al diablo de inmediato, pero me conoces, no soy alguien desconocido para ti. Humm, bueno, sólo porque voy en el autobús y me pareces alguien divertido, consintió.

Así fue como inició el intercambio. Ella lo aceptaba para entretenerse mientras se desplazaba hacia su casa, y él la buscaba cuando sabía que no la interrumpía en su trabajo. Laboraba en una clínica de rehabilitación física, ponía ejercicios, rutinas y animaba a los pacientes. Él la deslumbraba con su parquedad y sus palabras certeras: las cosas llegan por sí solas; todos tenemos un tiempo para elegir, otro para adaptarnos a lo que la vida nos ofrece y, los que cuentan con mejor suerte, uno más para tomar lo que el destino les reserva. Él estaba en este último y ella en el intermedio. ¿Y por qué crees que conmigo podrá funcionar? Porque casi todas mis intuiciones resultan ciertas, porque es inexplicable cómo de pronto comenzaste a gustarme y porque pienso que yo sería un buen compañero tuyo. Fue como si algo me abriera los ojos y me dijera: allí está, con ella puede ser. Sonrió y escribió: Yo necesito tres cosas de alguien que me pretenda: una, seguridad económica; dos, que crea en algo y respete mis creencias, soy muy católica, y tres, esa persona tiene que aceptar a mi bebé. Creo que puedo cumplir los tres requisitos, contestó él.

Se daba cuenta que por las noches, tal vez por la satisfacción de concluir la jornada, o por la seguridad que sentía al estar en casa, era más libre y tenían los diálogos más apasionados. Ella inquiría por cuestiones que le interesaban realmente, o pasaba a temas más íntimos. Y, ¿has tenido muchas mujeres? Algunas, dice él. ¿Por qué entonces vives solo? Sólo por ahora, no sé cuánto tiempo dure así. O sea, ¿esperas que viva pronto contigo? Eso sería fabuloso, responde. A mí no me preocupa la edad, dice ella, pero ¿no eres entonces tan viejo? Ja ja ja, te sorprendería conocer mi edad; pienso que ni siquiera soy viejo. ¿Tienes una vida sexual activa? Ajá. ¿Quieres tener hijos? Me gustaría mucho, por ahora no es mi principal objetivo pero, si llegan, serían bienvenidos. Oye, pero dime la verdad, ¿qué es lo que más te gusta de mí? Te lo he dicho y es verdad, tus piernas, tus pies. Qué extraño, otros miran siempre... Lo sé, tus hermosos senos, voluminosos, duros y tersos; a mí también, pero no tanto como tus piernas. ¿Y por qué? Mmm, ¿de verdad quieres que te lo diga? Espera, deja ver qué quiere mi niña. Pero sí, quiero que me lo digas.

Entonces él recordó algunos versos de Tomás Segovia. Mientras ella va y atiende a la niña, él los escribe y envía: "Los recuerdo turgentes y temblones/ Tímidos y procaces, pastoriles/ Frescos como aromáticos melones/ Eran el más sagrado de tus dones/ Cuando al fin liberabas tus perfiles/ En cuartos ruines de moteles viles/ Temblorosa de susto y decisiones". Oye, esto está muy bien. ¿Son tuyos? No, de un poeta que se llama Tomás Segovia. ¿Y qué te gusta de mí?, recuerda que me lo ibas a decir. Sí, lo recuerdo. Mira, una vez que conversabas con algunas personas en la calle, porque se había sentido un temblor y todos salimos corriendo, traías puestas unas mallas. Miré tus piernas largas y me quedé extasiado con el prodigioso monte de Venus donde remataban. Tú seguías hablando y enderezabas tu cuerpo. La tela se estiraba, se amoldaba y hacía resaltar esa suave protuberancia. Imaginé el placer que sería remontar ese monte. Eso es algo que despierta mi más ardiente fantasía, eso me gusta mucho de ti. Me gustas a pedazos, como dice la canción. Amm, y ¿cómo eres?, ¿exigente, incansable, intenso? Uhh, eso depende de con quién estés. Creo que contigo esto puede funcionar muy bien. No es un asunto de edad ni de ser como uno imagina y espera que sea el otro. Con cierta persona el acto amoroso puede resultar totalmente aburrido, insípido; con otra puede ser diferente. De verdad, ¿lo has vivido? Sí, te lo digo por propio conocimiento, he pasado por eso. Nuestra piel dice mucho; para mí es muy importante que sea lisa, tersa; es como la puerta de entrada. Ohhh, qué cosas dices, muy interesante. Ojalá que mi piel no te decepcione. Me tengo que ir, ¿me escribes mañana?

Él se concentra en su trabajo; escribe un ensayo sobre el poder de las palabras para crear situaciones, algo más delicado y sutil que convencer sobre una idea o hacer compartir un punto de vista. Es llevar a los lectores a una situación, es como lograr encerrarlos en un ambiente o en un paisaje y sobre todo lograr que les guste, que no lo quieran abandonar. Algunos lo han experimentado sin ser muy conscientes del hecho. A él le sucedió con Guerra y paz de Tolstoi, no quería concluirla porque no quería abandonar la historia, los lugares y los personajes de la novela. Piensa que debe variar el enfoque. Este ángulo que ha descubierto es más original, más novedoso e inexplorado: cuando el escritor y sus lectores quedan atrapados en la misma red de palabras, y algo los impele a adentrarse y vivir en ese universo textual.

Ella se va, cierra la puerta de su departamento y mira la del vecino. ¡Pobre, piensa, vive tan solo y nunca sale!


lunes, 27 de abril de 2020

LOS TRES MUNDOS



Este artículo es la ordenación y prolongación de una serie de notas para una plática que tuve con un selecto grupo de amigos, donde destacaron tres elementos primordiales: la importancia de las ideas en la actuación de los seres humanos; el sobresaliente papel del lenguaje en la conformación del Mundo 3, y la responsabilidad del individuo a cambio de ejercer su libertad.

Los tres mundos de Popper
NOÉ AGUDO

La objetivación inicia en el momento en que alguien tiene una idea y es capaz de plasmarla y precisarla por escrito. Trátese del pensamiento más íntimo, de una creencia personal o la explicación de un hecho o fenómeno que interesa a todo un grupo o comunidad, exponerlos a la opinión y crítica de los demás representa el primer paso para lograr la objetividad. Lo escrito se puede juzgar como un pensamiento excelso o un sinsentido, la creencia puede ser una mera ocurrencia o el germen de una intuición genial. Formular ideas o hipótesis, y después verificar si son capaces de describir y explicar la realidad, y contrastarlas con otras hipótesis, es un proceso en el cual las percepciones subjetivas dejan de ser sólo especulación, interpretación personal, y adquieren la dignidad de teorías. Reconocer que son útiles mientras otras teorías no la superen es entender que el conocimiento será siempre provisorio y limitado, porque el hombre lo es. Pero así se ha logrado y avanza el conocimiento. No hay verdades definitivas.
Entender este proceso no es tarea simple. Muchas veces al conocimiento se le agregan adjetivos como científico, objetivo, real, verificable, incontrastable, comprobable, etc., y se le exige ser aceptado por la mayoría aquí y en China, o según nuestra conveniencia, que es algo peor. Esto plantea la necesidad de contar con una teoría del conocimiento lo suficientemente capaz de dilucidar dichos aspectos. Entre los pensadores del siglo XX, Karl Popper es quien mejor elaboró una teoría del conocimiento que se corresponde armónicamente con su interpretación política, social y de la realidad en general, y su filosofía de la ciencia. Un aspecto fundamental de su pensamiento es la teoría de los tres mundos.
Popper enuncia esta teoría por primera vez en una conferencia presentada ante el Tercer Congreso Internacional de Lógica, Metodología y Filosofía de la Ciencia celebrado en Ámsterdam en 1967, y la explicará con detalle en tres libros escritos en la década de los setenta: Conocimiento objetivo: una perspectiva evolucionista (1972), Búsqueda sin término, una autobiografía intelectual (1976) y especialmente en El yo y su cerebro (1977), escrito en colaboración con John Eccles, neurofisiólogo australiano y Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1963. Anoto la fecha en que la enuncia pues es resultado de un largo proceso creador que ya ha dado sus frutos más sobresalientes. Cuando escribe Conocimiento objetivo Popper es plenamente conocido y respetado en el ámbito científico por sus libros La lógica de la investigación científica (1934), La sociedad abierta y sus enemigos (1945), La miseria del historicismo (1961) y Conjeturas y refutaciones: el desarrollo del conocimiento científico (1963), así que su teoría de los tres mundos puede considerarse como una reflexión o aprendizaje sobre lo ya construido.
La Teoría de los Tres Mundos ─que nada tiene que ver con la clasificación económica del primer, segundo y tercer mundo, hoy ya en desuso─ es una propuesta de Popper para explicar la objetividad posible y la autonomía de las teorías, ideas, hipótesis y construcciones intelectuales, y la manera en que influyen e interaccionan entre sí los tres mundos.
El Mundo 1 es el de los organismos vivos, el conjunto de estados y de cosas existentes, el mundo de las cosas materiales o estados físicos, aun los que no se pueden ver, como la fuerza de gravedad o el electro-magnetismo, resultado de las interacciones de elementos de ese mundo físico.
El Mundo 2 son los estados de la mente, privados e individuales, el mundo subjetivo de los estados mentales, es el mundo de la sensibilidad y también el de la conciencia animal, el de las percepciones, sentimientos y estados psicológicos.
El Mundo 3 es el mundo de las obras de arte y de la ciencia (incluyendo la tecnología), el del lenguaje, el de las teorías acerca del yo y la muerte. Se caracteriza porque es un conocimiento objetivo o conjunto de datos e informaciones que se hallan almacenados en libros, películas, discos u otros soportes producidos por las mentes de las criaturas vivientes; una vez exteriorizados y almacenados, tienen una existencia propia y autónoma. Es un mundo de ideas objetivas que no están en ninguna mente, sino precisamente en un mundo aparte, el Mundo 3, que es autónomo.
“La idea de autonomía es central para mi teoría del tercer mundo ─escribe Popper en Conocimiento objetivo─: aunque el tercer mundo es un producto humano, una creación humana, él crea a su vez su propio dominio de autonomía… Es esa autonomía del Mundo 3 la que lo hace real e independiente de nosotros. ¿En qué sentido es independiente o autónomo? Hay un sentido en el cual el Mundo 3 es autónomo: en ese mundo podemos hacer descubrimientos teóricos de un modo similar a aquél en que podemos hacer descubrimientos geográficos en el Mundo 1”. (Otro ejemplo: la objetividad autónoma de los números naturales; a partir de su invención se descubren los números primos y los irracionales, y en su universo presentan retos y enigmas aún no resueltos y que nadie sino ellos plantean.)
Actualmente casi todas nuestras acciones en el Mundo 1 están influenciadas por el Mundo 3, y en esa relación comparten una entidad común, que es el lenguaje. Este pertenece a los tres mundos y, de la misma manera que el Mundo 3 es producto humano, el lenguaje también lo es. Asimismo, el Mundo 2 sólo es comprensible a partir del Mundo 3.
Para entender cómo contribuye el lenguaje a la conformación del Mundo 3, Popper sigue los pasos del filósofo y lingüista alemán Karl Bühler (1879-1963), quien propuso que existen funciones lingüísticas inferiores y superiores del lenguaje. Las inferiores corresponderían por igual al hombre y a los animales desarrollados, y sus funciones son la comunicativa y la expresiva; las superiores son propiamente humanas y sus funciones son la descriptiva o informativa, a la que Popper agregará la función argumentativa o crítica. Realizar estas funciones requiere de la escritura, pues sólo con ella se pueden proponer y demostrar las proposiciones formuladas.
La escritura es el fundamento y posibilidad del pensamiento objetivo. Sin la escritura es muy difícil, si no imposible, hablar de pensamiento objetivo. Es en la escritura sucede la retroalimentación de los mundos 2 y 3. Popper cita el caso de Shakespeare, que seguramente no había imaginado completa la tragedia de Hamlet antes de empezar a escribirla, sino que fue la escritura la que le permitió desarrollarla e imaginarla en su totalidad como hoy la conocemos.
Para entender cómo interactúan esos tres mundos se debe considerar la evolución de la especie humana. En el principio el hombre se desenvolvía solamente en el Mundo 1, es decir, en el mundo físico, sujeto a los rigores de la naturaleza, donde el miedo, la fuerza bruta y el impulso de los instintos primarios como el hambre y la sobrevivencia eran toda su defensa.
Una lenta evolución le permitió llegar a un primera clase de sociedad (cerrada), donde el deseo de controlar y domeñar las fuerzas de la naturaleza le hizo inventar la magia, los mitos, los dioses, los espíritus, y confió en un tipo especial de hombres que serían los intermediarios entre esas fuerzas desconocidas y su vida colectiva e individual: los sacerdotes, brujos, guerreros y gobernantes; a veces fundidas todas estas figuras en una misma persona o grupo. El hombre se liberó así de sus miedos y preocupaciones, pero a cambio tuvo que ceder su libertad, a veces física y casi siempre su libertad de criterio, a cambio de seguridad y la creencia en que había un orden controlado por personajes todopoderosos que lo cuidaban y protegían.
Lo que le permitió superar esta sociedad cerrada ─que Mario Vargas Llosa denomina tribal─ fue la aparición del espíritu crítico, es decir, el impulso de someter las verdades mágicas y religiosas al análisis racional y al contraste con la observación y la experiencia. Este complejo proceso por el cual el saber deja de ser para ciertos hombres mágico y supersticioso, ocurre con la aparición de los filósofos presocráticos como Tales, Anaxágoras y Anaximandro. Cuando esto sucede la escritura lleva ya algunos milenios de existencia, como lo demuestran los primeros registros de ella, que se remontan de 3500 a 5000 años a. de C.
Fue este tránsito, y el aliento que gobernantes visionarios como Pericles supieron insuflar, el que permitió un vasto desarrollo de la ciencia, las artes y las técnicas. Un movimiento que no fue uniforme ni total; en otras ciudades-estado de la antigua Grecia gobernaban dictadores y autócratas que justificaban su control y poder, apelando a un orden divino, y mantenían a la gente en una sociedad cerrada, es decir, donde prevalecían los mitos y supersticiones para explicar la realidad; aun entre los pensadores, hubo quienes usaron el método racional para hacer más sutil y convincente la creencia de que seres especiales y por encima de las personas comunes eran los que podían garantizar la seguridad de la sociedad, Platón entre ellos.
Así mismo, la historia de la humanidad no ha sido uniforme ni lineal; junto a las sociedades avanzadas coexisten las cerradas, y aun las sociedades abiertas sufren desplomes y retrocesos en los cuales se destruyen o sepultan conocimientos tenazmente logrados. Popper considera que es con Sócrates con quien culmina este impulso decisivo que llevó al hombre a ejercer su espíritu crítico, y después de él surge un nuevo sistema de pensamiento, más complejo y sutil, para justificar la necesidad de ceder la libertad en aras de un orden y desarrollo que solo el gobierno de personas especiales puede lograr.
Ejemplo sobresaliente de este retroceso lo representa la instauración del cristianismo en el mundo occidental que, aun con los avances que pudieron darse en ciertas áreas durante casi un milenio ─como el desarrollo de la lógica─ no deja de ser cierto que al imponerlo como religión oficial y ante la obligación de sujetar los conocimientos y la explicación del mundo a los dogmas de la iglesia católica, hicieron retroceder otra vez al hombre a esa etapa donde creencias y supersticiones, divinidades y demonios, y sus respectivos intermediarios sirvieron nuevamente para explicar la realidad. Aun en nuestros días, ninguna sociedad está exenta de caer bajo la seducción de líderes carismáticos con propuestas demagógicas o ideologías fundamentalistas y religiosas como la que propone el Estado Islámico (la instauración de un califato regido por las interpretaciones más radicales de la Sharia, el código ético del Islam).
Volviendo a la teoría de los tres mundos, en la sociedad cerrada la separación entre los mundos 2 y 3 casi no existe, o se difumina, pues el grupo de intermediarios alienta e impone sus creencias con el fin de lograr un mayor control. Todo cambio es percibido como un peligro, pues altera el orden que supuestamente garantiza la existencia y da seguridad. Por eso las ideas innovadoras, y aun el solo hecho de pensar en libertad, son considerados un riesgo. (No es casual que sociedades y comunidades cerradas de nuestros días renieguen del libre pensamiento y les provoque horror toda innovación.)
Pero cuando la racionalidad y el espíritu crítico logran imponerse, es el Mundo 3 el que adquiere una influencia determinante en la vida social. Es el criterio, el pensamiento y las decisiones humanas basadas en el conocimiento las que rigen (o deberían regir) el comportamiento del hombre y la modificación de la realidad. Este hecho lo sitúa ante una difícil obligación: la responsabilidad individual. El hombre ya no es alguien que solo obedece. Es un ciudadano libre que aplica su criterio, su capacidad de análisis y de juzgar por sí mismo, quien elige la opción más conveniente. Ya no es alguien que deposita en el sacerdote, el rey o la divinidad su porvenir, sino sus decisiones basadas en el conocimiento. Por tanto tiene la obligación de intervenir para corregir una situación injusta, desagradable o deficiente. ¿Y cuál es el sistema político que mejor posibilita la participación del individuo?  

              Efectivamente, es la democracia, la sociedad abierta.

miércoles, 11 de marzo de 2020

SOMOS LO QUE ESCRIBIMOS


SOMOS LO QUE ESCRIBIMOS
La escritura y la ortografía entre los profesores

NOÉ AGUDO

Si un profesor no se preocupa por señalar las faltas ortográficas a sus alumnos, mucho menos por corregirlas o ayudarlos a que las superen, seguramente lo hace por dos motivos: porque no le interesa hacerlo o porque tiene las mismas dificultades que ellos en gramática.


            ¡Claro!, puede esgrimir como excusa que eso no le corresponde; que es obligación del profesor de Taller de Lectura y Redacción, sin considerar que el cuidado de la ortografía es responsabilidad de todos y que en el aprendizaje de cualquier materia se requiere el uso correcto del idioma.
            Esto no significa que los profesores del área de Talleres de Lenguaje las tengan todas consigo; sorprenderían sus faltas ortográficas, sus problemas de redacción y su escaso ánimo por escribir, aunque más de uno se excuse al decir: “Eso no es lo mío”, o “No me gusta escribir”.
            En general somos muy parecidos a los miembros de una comunidad ágrafa, es decir, aquella donde nadie quiere escribir o no le gusta hacerlo por temor a la crítica. Pocos escriben, la mayoría lo hace mal y por tanto evade la responsabilidad de enseñar el buen uso del idioma.
            La comunicación se reduce a niveles muy elementales; los pocos escritos que  se producen son documentos indispensables para lograr una promoción, para solicitar una prórroga o un permiso, para denunciar un hecho o para cualquier otra necesidad básica, y resultan deplorables en su redacción, lo cual les augura pocas posibilidades de éxito. Basta leer los órganos de comunicación interna para observar su escaso léxico, mala puntuación, faltas ortográficas y ni hablar de la existencia de un estilo.  
Que esto suceda en un medio en donde la escritura no se requiere de forma primordial ni redactar bien sea un asunto central, como en una fábrica o un centro comercial, puede pasar; pero en un ambiente donde la enseñanza de la lengua es fundamental, adonde acuden millares de jóvenes para aprender a leer y escribir correctamente, resulta inadmisible. La escuela es una “comunidad letrada” ha dicho Delia Lerner (Escribir y leer en la escuela: lo real, lo posible y lo necesario, FCE, 2008), así que desentenderse de esta obligación es lisa y llanamente la evidencia de un fracaso. De la institución, de sus directivos y sobre todo de los profesores.
¿Por qué sucede lo anterior? ¿Cuándo descuidamos la escritura y llevamos su empleo a niveles tan ínfimos? ¿Se debe tal vez a la especialización del conocimiento, que nos obliga a concentrarnos en nuestra área y hace desentendernos de otros temas? ¿Lo provocan los medios audiovisuales y su bombardeo constante de imágenes y sonidos que hacen de la lectura una actividad arcaica y aburrida? ¿Se debe a la abundancia de información que nos inhibe y nos impele a no generar más escritos, so pena de contaminar el planeta? ¿O es consecuencia del neoliberalismo, que impuso su influencia nefasta incluso en la ortografía?
            Son varios los factores, pero se pueden resumir en tres palabras: pérdida de exigencia. Cualquier profesor que rebase la cincuentena de años (mayoría en el CCH) podrá recordar la época cuando la profesora de primaria o de secundaria se esmeraba porque sus alumnos aprendieran ortografía e imponía trabajos extras, obligaciones adicionales y algunas veces castigos a quien no quisiera aprender o se mostrara renuente a la disciplina. En el nivel medio superior se enseñaba a redactar y se aprendía a escribir todo tipo de textos y la calificación más alta se obtenía con un trabajo bien hecho.
            De pronto esta exigencia desapareció. Con la explosión demográfica de la población estudiantil, la modificación de los modelos educativos, la apertura de nuevas instituciones y los cambios políticos que los acompañaron el panorama se transformó. El problema fue que nunca se pensó ni se creó nada eficaz para reemplazar aquella exigencia.
 Toda insistencia en el esfuerzo, en el trabajo paciente, tenaz y constante fue considerada una expresión autoritaria y manifestación del sistema caduco que se combatía en calles, espacios políticos y escuelas. ¿Ortografía? ¿Gramática? ¿Sintaxis? ¿Exámenes? ¿De qué me sirven si soy explotado y, en todo caso, sólo servirán para que me exploten mejor? ¡Libertad, es lo que debemos exigir! La escuela sin muros, la autogestión, la cancelación de toda forma de evaluación; esto es por lo que debemos luchar. Que los alumnos califiquen a los profesores, que baste nuestra asistencia para comprobar que estudiamos, que haya pase automático para todas las profesiones, que existan múltiples opciones de titulación, que nos aseguren empleo una vez concluidos nuestros estudios. ¡Eso es una escuela realmente de vanguardia y revolucionaria!
Y aquí estamos, convertidos en víctimas y victimarios del desplome educativo que trajo consigo esa pérdida de exigencia y esfuerzo, entre otros factores. Si no conocemos las normas gramaticales, lo más seguro es que nuestros alumnos tampoco las conozcan y mucho menos lograrán dominarlas. Si no sabemos leer ni redactar es seguro que ellos tampoco puedan hacerlo. Si no sabemos hacer un resumen ni enseñamos cómo hacerlo, ¿cómo pedirlos a nuestros estudiantes? ¿O reseñas, ensayos y artículos que tampoco enseñamos su redacción? ¿Cómo vamos a contagiar el gusto por la lectura si no leemos?
Cada vez nos enteramos de los desastrosos resultados obtenidos en comprensión lectora, matemáticas y ciencias. Y eso, que debería avergonzarnos porque son los mismos desde que iniciaron las evaluaciones (año 2000), nos deja indiferentes. En todo caso, nos consolamos diciendo que estamos por encima de Haití, Burundi y El Salvador. Peor aún, achacamos el desastre a un modelo económico que nos discrimina y condena a perpetuidad. ¿Para qué existen las escuelas, entonces? ¿Para qué enseñamos si no creemos que la educación es la única forma de prepararse para lograr la movilidad social?
Algún despistado dirá que ni la UNAM ni sus bachilleratos participan en esas evaluaciones y esto supondría que sus egresados son mejores en matemáticas, ciencias y  comprensión lectora, pero sabemos que no es así. Comparten las mismas insuficiencias educativas que los egresados de otros bachilleratos. El desplome educativo es general y poco consuelo produce saber que el CCH logra un egreso cercano al 70%, si estamos conscientes de la calidad de los aprendizajes con que los estudiantes egresan. Que existan uno o dos alumnos sobresalientes, como siempre, son tan sólo excepciones que confirman el lamentable aprendizaje que logra la mayoría.
            Quizá nada exhiba mejor nuestro papel de víctimas en este desastre que la incapacidad para entender y aceptar el desplome y proponer medidas para atenderlo (en lo que a nosotros compete, es obvio). También es signo de esto nuestra incapacidad para mirarnos y reaccionar ante lo que el diáfano espejo de nuestra escritura nos entrega: trabajos mal escritos, apatía por la escritura, lecturas insuficientes, apego a dos o tres fórmulas mal aprendidas desde nuestra época estudiantil e incapacidad para realmente actualizarnos. Carecemos de un sentido autocrítico, cuando son justamente nuestros escritos los que mejor dicen nuestra condición de víctimas y victimarios del desplome educativo. Como decía el escritor y crítico inglés Samuel Johnson acerca de un mal colega: “No sólo es un idiota sino que provoca la idiotez de los demás”.
Habría que reflexionar, por otra parte, cuál es la imagen que proyectamos a través de nuestra escritura. ¿Qué imagen damos a nuestros alumnos, amigos y conocidos, a los medios de información y a la sociedad en general cuando ven nuestros escritos, nuestras pancartas y mantas con enormes faltas de ortografía?
            Con el reciente cierre de las escuelas miraba los noticieros de TV y veía Preparatoria No 8, No 9 o No 3; o C.C.H./ U.N.A.M., y reflexionaba que tal vez esa actitud (cerrar de inmediato las escuelas ante cualquier problema) es la causa de que en un centro de enseñanza se ignore que número no se abrevia No sino Núm., y que no va punto entre las letras que forman una sigla, como son CCH y UNAM. Una falta nimia, dirán, pero que dice mucho si se trata de una escuela y sobre todo si la exhibe en sus muros y puertas. No debemos olvidar que en 2013 la Secretaría de Educación Pública cometió 117 errores ortográficos en los libros de texto gratuitos. Así escala el descuido y, como bien advierte Octavio Paz: “Cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje.”  
            La ortografía sí importa, y en una comunidad letrada la imagen que proyectamos con ella es mucho más importante que nuestra apariencia física. Porque nuestros escritos dicen mucho acerca de nuestra preparación, cultura y eficacia como docentes. ¿Qué revelan nuestros textos? ¿Qué dicen nuestras palabras y frases mal dichas cuando las pronunciamos en voz alta? Reflejan nuestra educación, el respeto hacia nuestros interlocutores y tal vez estén diciendo, sin que nos lo propongamos, qué tan inteligentes o ignorantes somos.
            Por ejemplo, si empezamos a leer un libro y en la primera página descubrimos tres o cuatro errores ortográficos, lo más seguro es que lo abandonemos. Nuestra atención y estima por ese autor decaen. Igual si alguien nos entrega un escrito repleto de faltas de ortografía, frases repetidas, vocabulario pobre e ideas poco claras, lo más seguro es que pensemos: “¡Pobre cuate, le falta mucho!” ¡Qué distinta es la reacción que provoca un trabajo limpio, claro, sin errores gramaticales y bien estructurado!  
            Encuentro esta cita en el blog del profesor Carlos Melero, que sintetiza muy bien la idea: “Nadie va a morir de ortografía, ni de educación, pero la ortografía es un reflejo de la educación y la educación está detrás de todos los problemas. Escribir bien significa respetar al interlocutor, a quien le estás hablando, a quien le diriges tu mensaje. La ortografía no es la perfección, ni una falta ni dos ni ninguna, la ortografía es una actitud.”
            Considero que los profesores cometen errores, más que por ignorancia, por algunas actitudes: descuido, pose, imitación, deseo de hacer notar su pertenencia a cierta comunidad.
            El descuido es un pecado capital. Pocos tienen la costumbre de revisar una y otra vez lo escrito. Escribir es fácil. Revisar una y otra vez lo redactado, cotejar datos, saber si la palabra que se ha puesto expresa bien lo que queremos decir, analizar el texto auxiliado de un buen diccionario, darlo a leer a otra persona antes de presentarlo, etc., son pasos que casi nadie da. No saben que escribir un texto es apenas la mitad, corregirlo es la otra. La mayoría descuida la revisión.
            La pose es la pretensión de parecer lo que uno no es. Pasar como un gran académico, como una persona conocedora, culta o experta; ésta nos hace poner a nuestros escritos términos que dan lustre o que consideramos otorgan calidad: sororidad, expertise, empoderamiento, coaching, accesar, etcétera, o llenamos de referencias inútiles nuestro trabajo. Los textos académicos ahuyentan a sus potenciales lectores por estas vanas suposiciones.
            Me parece que la escena más graciosa de la película Ahí está el detalle (Juan Bustillo Oro, 1940) es cuando todos terminan imitando la manera de hablar de Cantinflas. Así sucede en algunas comunidades, para mimetizarse uno habla como los demás: usa los mismos términos y hasta emplea el mismo tono. Muchas frases hechas, latiguillos y ciertas palabras son típicos del CCH o de la comunidad universitaria: a nivel de, implementar, al interior de, abocar, avocar, etc. Escucho o veo estas palabras en un escrito sin saber quién lo hizo y de inmediato pienso: su autor es del CCH. Así en el periodismo, en la abogacía, en el ámbito del espectáculo y en muchas otras comunidades.
Aunque me he apartado un poco de la ortografía y he aludido a cuestiones gramaticales y de estilo, es necesario porque de todos estos vicios adolecen nuestros escritos. Para centrarnos otra vez en aquella, sinteticemos las consecuencias negativas que traen su descuido u olvido:
1.      Sin su empleo adecuado los escritos generan confusión, poca claridad y no logran su propósito de comunicar e informar.
2.      Cancelan la posibilidad de lograr los objetivos que nos hemos propuesto mediante el escrito.
3.      Cuando los lectores identifican una ortografía deficiente su atención hacia el texto decae de inmediato.
4.      Nada hace perder más rápido la credibilidad y la confianza en alguien que los errores ortográficos.
5.      Un escrito con errores de este tipo molesta a nuestro destinatario y lo predispone en contra de nuestra propuesta y aun de nosotros mismos.
6.      La carencia del uso correcto del idioma puede impedir que se consiga un empleo.
7.      La imagen de corporaciones, industrias, comercios e instituciones depende en una parte muy importante de la ortografía.
8.      Las faltas ortográficas nos hacen ver menos inteligentes de lo que somos.
9.      La ortografía dice más que la sonrisa, el estilo de vestir y la apariencia en general.
10.  Las personas con mala ortografía son menos atractivas.

Son varias más las consecuencias (no aprobar un concurso o una evaluación, por ejemplo) de una mala ortografía en el ambiente académico, pero éstas las incluyen. Son varias también las opciones para corregirla o mejorarla (desde tomar cursos, leer buenos libros e incluso manuales de gramática). El lenguaje es algo siempre perfectible y no puede haber nadie que considere dominarlo totalmente.
      Lo fundamental es rescatar las dos condiciones que hemos abandonado para el estudio: la exigencia y el esfuerzo personal, porque su aplicación a todo lo que hacemos implica no sólo mejorar nuestros escritos sino también mejorar como personas.
      Todos sabemos que en la escuela se forma no sólo a los futuros profesionistas, sino también a los futuros ciudadanos. Conocemos también la importancia del lenguaje para plantear ideas y propuestas, para evaluar y analizar problemas, ideologías y hechos, para debatir razonadamente, con argumentos y claridad. En síntesis, para elevar el nivel y la calidad del diálogo que se requiere en una sociedad crispada, enrarecida y polarizada como la actual, en donde, básicamente, ha sido un lenguaje reduccionista, con una profunda ambigüedad y que ha extraviado su significado, lo que ha generado tal ambiente. 

Conclusión
El campesino que prepara pacientemente su pedazo de tierra para sembrar; el obrero que pule bien la pieza de un mecanismo que no sabe ni en cuál vehículo embonará; dos niñas que se esmeran incansablemente para que los pasos de su danza resulten perfectos; el pianista que ensaya una y otra vez la pieza que deberá interpretar; el lector que recorre con fervor ciertas páginas y se levanta a hacer anotaciones aunque no sepa por ahora para qué le servirán; el relojero que revisa pacientemente el funcionamiento de un engrane; aquél que intuye que un poco más de dedicación y esmero le entregarán la fórmula que anhela… Estas personas, que se afanan por sí solas, conocen los frutos de la exigencia y el esfuerzo personales.
            Debemos recuperarlas y hacerlas nuestras, porque para la enseñanza y el estudio son virtudes cardinales. Como insuperablemente lo ha escrito José Emilio Pacheco a propósito de un escritor que se esmeró por escribir la mejor prosa:

Muchos juzgan exceso este rigor:
nada queda en traducción de frases como las suyas.
Pero todo escritor debe honrar
el idioma que le fue dado en préstamo, no permitir
su corrupción ni su parálisis, ya que con él
se pudriría también el pensamiento.
Su obligación consiste
en escribir prosa o verso de la mejor manera posible.

José Emilio Pacheco, fragmento de “El centenario de Gustave Flaubert. [Un artículo en verso]”  



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