miércoles, 6 de mayo de 2020

RELATO DE AMOR


Un relato de amor virtual
NOÉ AGUDO

Separados apenas por unos metros y una gruesa pared, los amantes intercambian mensajes apasionados y febriles.Alguno ha leído las desesperadas cartas de Werther a su amigo Wilhelm, en las que le platica su arrebatado amor por Charlotte y describe el itinerario que lo llevará al suicidio luego del fracaso amoroso; conoce también Las pobres gentes, de Dostoievsky, y le enternecen los mensajes del viejo Makar a Varvara, que al final le mostrará cuán fuerte es el instinto de sobrevivencia, pues en el momento crucial preferirá al burgués Bukov, y no al viejo que ha llegado a querer a través de sus cartas.

Sabe que toda pasión aderezada con letras se intensifica pero también corre el riesgo de zozobrar. En la época del Twitter, del Facebook y el WhatsApp, desea que el verbo ayude a orientar los sentimientos, defina su autenticidad y sostenga la pasión en la memoria, dadas la brevedad y rapidez de las palabras para conducirla a buen puerto. Pero allí están ya, esbozados los riesgos del verbo: ha despertado el interés de una joven por un hombre maduro, la aceptación gustosa de conversar y querer conocerlo, y los ha embarcado en un viaje que ninguno de los dos sabe dónde terminará. A ella le gustó cuando por su escritura advirtió que era un hombre educado, que la apreciaba y conocía bien; valoró que fuera diferente a quienes la miran como un bocado fácil por su condición de madre abandonada; al principio contestó con timidez y un poco de temor. Le preguntó quién era y por qué tenía su número, y luego se hizo admiradora de sus textos claros, meditados, que compensaban con creces la lentitud con que escribía por el Whats.


Él supone que ella cuenta con alrededor de treinta años, que arrastra tras de sí el fracaso de una relación amorosa, que tiene una niña de cuatro y es su adoración, y también la que la mantiene a flote. La escucha levantarse temprano, asear a la pequeña, darle de comer y beber algo, casi siempre de prisa, y salir corriendo hacia la escuela. 

Entonces se asoma a la ventana. Le inspira ternura verla caminar presurosa, con largas zancadas, el pelo recogido sobre la cabeza, en una mano la mochila y en la otra la mano de su pequeña. Sonríe al advertir cómo ésta tiene que correr para no quedarse atrás. En un rato regresará y continuarán su coloquio amoroso. Le preguntará por qué la conoce tan bien (le ha dicho, por ejemplo, que le gustan sus pies por su pronunciado arco y sus largas piernas de corredora), si ella no se ha dado cuenta que nadie la mire con detenimiento ni menos que le haya hablado. Él le responde para tranquilizarla que tiene buen ojo y que sus miradas han sido discretas porque no desea molestarla, pero que se muere por hablarle.

Ella se pregunta cada día quién será. Mira de reojo la calle, antes de tomar el taxi, pero sólo advierte personas presurosas que caminan hacia el trabajo, los vagos de siempre intoxicándose en la esquina y las mujeres que corren con sus hijos a la escuela. Descarta a su expareja, pues sabe que se fue lejos y no regresará jamás; repasa en la memoria a quienes ha conocido últimamente, pero se da cuenta que él la conoce de tiempo atrás, y ningún conocido puede expresarse así. Desde que intercambian mensajes corrige sus faltas ortográficas, trata de introducir nuevas palabras en sus textos y ha debido buscar el significado de otras en el diccionario. Pero él las utiliza de modo tan normal que la hacen imaginar un hombre culto, maduro y tal vez refinado.

Le dobla la edad, es inexperto en uso del WhatsApp y por eso no ha subido su fotografía. Esto ayuda a que ella no sepa con quién charla y se incremente el interés y el misterio. Se ha dado cuenta que tiene buen gusto y un trabajo interesante. ¿Qué es lo que más te gusta de mí?, le pregunta, y él responde con la letra de una canción: "Me gusta todo de ti/ Tus ojos de fiera en celo/ El filo de tu nariz/ El resplandor de tu pelo..." Ahhh, esto es un poema, dice ella, ¿eres poeta? No, responde, es una canción de Serrat. Ohhh, la voy a escuchar, dice. Se llama así, le informa, "Me gusta todo de ti". ¿Qué música te gusta? Él dice que no importa el género, siempre que sea buena y que, en todo caso, depende de la hora del día. 

¿Y a qué hora sales de trabajar?, le pregunta. No salgo, trabajo en mi casa y más bien me detengo cuando debo atender otros asuntos: mirar los noticieros, ver una película o cuando me vence el cansancio. Y claro, me detengo también cuando debo comer algo. Ohhh, ¿y qué haces? Escribo, leo, investigo, contesto mensajes, correos y llamadas. ¿Qué te gusta leer? Poesía, cuentos, novelas, pero también historia, filosofía, ciencia y temas políticos. Ahhh, qué interesante, por eso eres un poeta, por eso hablas tan bien; no había conocido a nadie así. Él se sorprende: Entonces, ¿sabes quién soy? No, quiero decir, conocer a alguien que escriba así a través de este medio. ¿Cuándo nos encontraremos? Al menos, ¿cuándo me llamarás?

Deja que las cosas se den por sí solas, responde él, maduremos la relación descubriendo quiénes y cómo somos mediante la escritura; cuando nos encontremos decidiremos, principalmente tú, si la llevamos más adelante. El fruto será más delicioso porque estará bien maduro y caerá por sí solo. No tiene caso apresurar un encuentro si ambos vamos a decepcionarnos; yo prefiero continuar conociéndote así, a través de tus palabras.

A ella le gusta la seguridad, la templanza y paciencia con que el hombre se maneja. Cualquier otro ya la hubiera llamado, la habría invitado a cenar, la habría apresurado a que se conocieran en la intimidad. Éste no. Cada día la sorprende con sus revelaciones. Por ejemplo, le ha dicho que le empezó a gustar cuando la vio transformarse en madre. Para él antes era sólo una joven, como las demás, ajena a su interés, pero su percepción de ella cambió cuando se enteró que había sido madre y la empezó a atraer inexplicablemente.

Por lo que me dices me doy cuenta que eres alguien de mi colonia, no del área de mi trabajo. ¿Es así? No te equivocas, responde él. Entonces, ¿antes no te gustaba? Me eras indiferente, como cualquier otra chica. No sé por qué, pero sospecho que tú eres casado o vives separado. ¿Es así? No te equivocas, pero es complicado decírtelo por aquí. ¿Ves? Tenemos que encontrarnos, dice ella. Sí, yo también ansío hacerlo, aspirar tu olor, mirar de cerca tus ojos y escuchar tu voz. Mmm, ¿de verdad? Te diré algo, agrega ella: temo mucho una decepción, no quiero vivirla, no quiero repetirla. Yo tampoco, dice él, me desharías, pero éste es el riesgo del amor, de toda relación, nadie la tiene segura. ¿Por qué te intereso tanto si sólo me conoces de vista? Porque tengo una intuición muy certera. Te miro, me gustas, te deseo y algo me dice que estamos destinados a vivir algo intenso. Ohhh, ¡qué cosas dices, qué cosas extrañas me toca conocer! Lo importante es que no tengas miedo, la anima, que me creas. Porque, grábate esto: jamás te haré daño, te quiero cuidar como lo más delicado y frágil que he conocido en mi vida. Ahhh, eso me gusta, y ojalá sea cierto, me tengo que ir a trabajar. Ve, pues, si te extraño mucho y no puedo resistir, te enviaré un mensaje. Cuando gustes, dice ella, lo responderé en cuanto me desocupe, me gusta mucho como hablas y lo que me dices. Tus mensajes nunca me molestan.

Los días transcurren con el cambio paulatino de las madrugadas y mañanas frescas del invierno al avance caluroso de la jornada, que hace abandonar bufandas, suéteres y chamarras. El canto de los cenzontles anuncian ya la primavera. Una mujer de treinta años ya no es una jovencita, pero a él le gusta su carácter pícaro, juguetón, que la hace parecer más joven. Le gusta verla enfundada en sus estrechos leggins y llevar una camiseta como todo vestuario. Así resaltan sus piernas largas, sus muslos macizos y su enervante monte de Venus. Algunas veces se han encontrado en las escaleras y él se hace a un lado, caballerosamente, para que pase. No sabe que esa actitud lo hace ver más viejo, anticuado y débil. ¿Y ahora qué va a desayunar?, le pregunta. No sé, iré al restaurante, tengo que ver a una persona. Ahhh, ¡con que anda de noviero!, ¿eh? Ya verá, ya verá.

Él quisiera decirle: si sólo supieras cuántas veces deseo que estés a mi lado. Aunque una gruesa pared divida nuestros departamentos, has elegido como recámara la habitación contigua a la mía y entonces te siento cerca, escucho rodar alguno de tus objetos, percibo tu presencia, trato de acompasar mi respiración con la tuya, pienso en ti, sueño contigo y compruebo que eres real y esto alienta mi pasión y mi deseo, sobre todo cuando nos encontramos e intercambiamos estas breves palabras.

Por razones especiales, una ocasión que estaría fuera todo el día y ella aún vivía con sus padres, la encontró a la salida del edificio y le preguntó: ¿Tienes celular? ¿Me puedes dar tu número? Quiero saber si llegarán a buscarme unos familiares, y, como estaré fuera, te llamaré para saberlo, no estaré lejos. Tenían varios años de conocerse, así que ella se lo dio de inmediato. Llámeme a la hora que guste, dijo, yo estaré al pendiente por si llegan a buscarlo.

Así obtuvo su número, lo anotó en su libreta y ahí permanece desde entonces. De lejos, y sin proponérselo, se fue enterando de su situación. Miró sin mucho interés al novio, lo reprobó por esas cadenas brillantes que usaba, los brazos y el torso repletos de tatuajes, y de pronto su desaparición inesperada. Un día la miró regresar con su bebé en brazos, escuchó el alborozo y la atención solícita de los padres, los mimos, las expresiones de alegría y luego la separación cuando cada uno marchó por su lado. Ella se quedó sola.

La miraba afanarse con su bebé, sacar la pequeña al patio para que ensayara sus primeros pasos y escuchar la algarabía de sus primeras fiestas de cumpleaños. Luego se enteró que había conseguido un lugar para la niña en alguna guardería y ella empezó a trabajar. Las ganas de tratarla y hablar con ella se fueron incrementando. Un día no pudo resistir más, pero pensó que marcar su número sería violento y brusco como invitarla sin motivo a tomar un café. Buscó su número, lo encontró y le envió un mensaje: ¿Tienes WhatsApp? Sí, respondió ella. Te agregaré, entonces, porque en ocasiones deseo platicar contigo. Está bien, dijo. No preguntó quién era ni cómo había conseguido su número, ¿o sabría que era él? Poco a poco aprendió a manejar esta herramienta, pudo enviar sus primeros mensajes y establecer un diálogo aunque fuera lento. Finalizada su jornada, dando sorbos a su copa de vino tinto, preguntó: ¿Ya saliste del trabajo? Casi, en unos minutos, contestó ella. ¿Y qué harás? Iré corriendo a mi casa, mi bebé me espera, dijo. ¿Te interrumpo, entonces? No, para nada, de hecho me estoy quitando la bata, tomaré mi bolso, me despediré y me iré. Qué hábil es para desplazar los dedos sobre el pequeño teclado del teléfono, pensó él, escribe muy rápido. ¿Quién eres?, preguntó ella. Por ahora prefiero no decírtelo, para que no me mandes al diablo de inmediato, pero me conoces, no soy alguien desconocido para ti. Humm, bueno, sólo porque voy en el autobús y me pareces alguien divertido, consintió.

Así fue como inició el intercambio. Ella lo aceptaba para entretenerse mientras se desplazaba hacia su casa, y él la buscaba cuando sabía que no la interrumpía en su trabajo. Laboraba en una clínica de rehabilitación física, ponía ejercicios, rutinas y animaba a los pacientes. Él la deslumbraba con su parquedad y sus palabras certeras: las cosas llegan por sí solas; todos tenemos un tiempo para elegir, otro para adaptarnos a lo que la vida nos ofrece y, los que cuentan con mejor suerte, uno más para tomar lo que el destino les reserva. Él estaba en este último y ella en el intermedio. ¿Y por qué crees que conmigo podrá funcionar? Porque casi todas mis intuiciones resultan ciertas, porque es inexplicable cómo de pronto comenzaste a gustarme y porque pienso que yo sería un buen compañero tuyo. Fue como si algo me abriera los ojos y me dijera: allí está, con ella puede ser. Sonrió y escribió: Yo necesito tres cosas de alguien que me pretenda: una, seguridad económica; dos, que crea en algo y respete mis creencias, soy muy católica, y tres, esa persona tiene que aceptar a mi bebé. Creo que puedo cumplir los tres requisitos, contestó él.

Se daba cuenta que por las noches, tal vez por la satisfacción de concluir la jornada, o por la seguridad que sentía al estar en casa, era más libre y tenían los diálogos más apasionados. Ella inquiría por cuestiones que le interesaban realmente, o pasaba a temas más íntimos. Y, ¿has tenido muchas mujeres? Algunas, dice él. ¿Por qué entonces vives solo? Sólo por ahora, no sé cuánto tiempo dure así. O sea, ¿esperas que viva pronto contigo? Eso sería fabuloso, responde. A mí no me preocupa la edad, dice ella, pero ¿no eres entonces tan viejo? Ja ja ja, te sorprendería conocer mi edad; pienso que ni siquiera soy viejo. ¿Tienes una vida sexual activa? Ajá. ¿Quieres tener hijos? Me gustaría mucho, por ahora no es mi principal objetivo pero, si llegan, serían bienvenidos. Oye, pero dime la verdad, ¿qué es lo que más te gusta de mí? Te lo he dicho y es verdad, tus piernas, tus pies. Qué extraño, otros miran siempre... Lo sé, tus hermosos senos, voluminosos, duros y tersos; a mí también, pero no tanto como tus piernas. ¿Y por qué? Mmm, ¿de verdad quieres que te lo diga? Espera, deja ver qué quiere mi niña. Pero sí, quiero que me lo digas.

Entonces él recordó algunos versos de Tomás Segovia. Mientras ella va y atiende a la niña, él los escribe y envía: "Los recuerdo turgentes y temblones/ Tímidos y procaces, pastoriles/ Frescos como aromáticos melones/ Eran el más sagrado de tus dones/ Cuando al fin liberabas tus perfiles/ En cuartos ruines de moteles viles/ Temblorosa de susto y decisiones". Oye, esto está muy bien. ¿Son tuyos? No, de un poeta que se llama Tomás Segovia. ¿Y qué te gusta de mí?, recuerda que me lo ibas a decir. Sí, lo recuerdo. Mira, una vez que conversabas con algunas personas en la calle, porque se había sentido un temblor y todos salimos corriendo, traías puestas unas mallas. Miré tus piernas largas y me quedé extasiado con el prodigioso monte de Venus donde remataban. Tú seguías hablando y enderezabas tu cuerpo. La tela se estiraba, se amoldaba y hacía resaltar esa suave protuberancia. Imaginé el placer que sería remontar ese monte. Eso es algo que despierta mi más ardiente fantasía, eso me gusta mucho de ti. Me gustas a pedazos, como dice la canción. Amm, y ¿cómo eres?, ¿exigente, incansable, intenso? Uhh, eso depende de con quién estés. Creo que contigo esto puede funcionar muy bien. No es un asunto de edad ni de ser como uno imagina y espera que sea el otro. Con cierta persona el acto amoroso puede resultar totalmente aburrido, insípido; con otra puede ser diferente. De verdad, ¿lo has vivido? Sí, te lo digo por propio conocimiento, he pasado por eso. Nuestra piel dice mucho; para mí es muy importante que sea lisa, tersa; es como la puerta de entrada. Ohhh, qué cosas dices, muy interesante. Ojalá que mi piel no te decepcione. Me tengo que ir, ¿me escribes mañana?

Él se concentra en su trabajo; escribe un ensayo sobre el poder de las palabras para crear situaciones, algo más delicado y sutil que convencer sobre una idea o hacer compartir un punto de vista. Es llevar a los lectores a una situación, es como lograr encerrarlos en un ambiente o en un paisaje y sobre todo lograr que les guste, que no lo quieran abandonar. Algunos lo han experimentado sin ser muy conscientes del hecho. A él le sucedió con Guerra y paz de Tolstoi, no quería concluirla porque no quería abandonar la historia, los lugares y los personajes de la novela. Piensa que debe variar el enfoque. Este ángulo que ha descubierto es más original, más novedoso e inexplorado: cuando el escritor y sus lectores quedan atrapados en la misma red de palabras, y algo los impele a adentrarse y vivir en ese universo textual.

Ella se va, cierra la puerta de su departamento y mira la del vecino. ¡Pobre, piensa, vive tan solo y nunca sale!


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