sábado, 22 de junio de 2013

Relato: Manuscrito hallado en un CCH

Manuscrito hallado en un CCH
 en el año 2060

NOÉ AGUDO

Después de la azarosa etapa en la que la educación media superior fue concentrada en un organismo único, y de las revueltas provocadas por la privatización emprendida por los gobiernos conservadores, una heterogénea coalición permitió que la UNAM recuperara parte de su bachillerato. En una caja cuidadosamente sellada se encontraron estas hojas milagrosamente blancas que, se presume, formaban parte del archivo de un viejo profesor, integrante de alguno de esos grupos irreductibles que resistió hasta el final. He consultado los archivos digitales de esos años y su nombre aparece hasta el 2050. No se sabe por qué no pudo destruir las hojas, como era su propósito. Nos atrevemos a aventurar que fue para alertarnos sobre los límites infranqueables que aún debemos respetar.

Mis manos tiemblan al sostener estas hojas escritas hace tantos años. Un placer morboso me hace sacarlas de tanto en tanto. En ellas he anotado mis secretos, mis confesiones íntimas, los fracasos y lamentos que sólo al papel es digno confiar. Hoy debo destruirlas. Antes que el manotazo del destino se cebe sobre mi memoria y me haga olvidar quién soy y quién fui. Éstas que palpo ahora, por ejemplo, narran el final de una historia condenada al fracaso. Yo mismo predije el ciclo que seguiría y así sucedió: cada paso se cumplió con la regularidad de los movimientos celestes.
    La experiencia consistió en querer armonizarme con los tiempos, con cualquier tiempo, es decir, con casi una nueva versión de la inmortalidad. La ciencia había logrado hazañas fabulosas en la segunda década de este siglo: la producción de vida in vitro, la manipulación genética que permitiría prevenir y extirpar no sólo los padecimientos sino las más pequeñas imperfecciones que hacían lamentable la existencia, el conocimiento simultáneo de lo que ocurría en cualquier parte del planeta y la posibilidad cada vez más certera de que pudiéramos colonizar otros mundos; nuestro país estaba en camino de transformarse en una de las primeras cinco potencias; llevó un poco más de quinientos años retomar la senda del imperio… El siguiente paso fue considerar la vida como hechura nuestra, no como un don que se nos había dado, y por eso pretendimos extenderla o reducirla a nuestro antojo. Aquí erré el cálculo.
    La filosofía era aún un refugio para quienes, como yo, buscábamos en su ejercicio la ordenación de los sucesos vertiginosos y caóticos con que la posmodernidad ─término con el que bautizamos el desconcierto de aquellos años─ nos envolvía. Después fue proscrita de las escuelas y su conocimiento se volvió una tarea de catacumbas, mejor dicho, una errancia vertiginosa por el ciberespacio. Habían desaparecido los límites que daban certeza a la moral, que delimitaban las edades, que definían las distancias, que clasificaban y ordenaban los valores, que hacían menos dolorosa la experiencia del amor. Para mí eso significó que todo era franqueable, incluidas las barreras de los años.
    Así como hoy tiemblan mis manos nonagenarias al sostener estos papeles, sus pestañas temblaron ante el azoro que le causó mi pregunta. Teníamos apenas dos o tres meses de conocernos, pero era como si el destino nos hubiera unido desde siempre. Su cabello olía a los mares donde nadé en mi infancia; contemplando sus ojos yo tenía la certeza de que todos los caminos que había recorrido fueron para llegar a ellos; en su voz encontraba el arrullo del viento traspasando las frondas, y en su piel se dibujaba el mapa de mi destino: terso y frágil para adaptarse a la mujer que amara.
    Sonrió cuando le propuse que viviéramos juntos, y si sus pestañas temblaron fue para mantener fija la mirada en el punto que observaba sobre la mesa, porque no quiso demostrar entusiasmo. Ella no entendía la posmodernidad sino que la vivía. Cuando conversábamos agotados, tiempo después, me dijo que ya sabía que se lo pediría, pero no imaginó que fuera tan pronto. Transitaba mi cincuentena, así que no podía esperar mucho tiempo. Por eso debió afrontar con estoicismo el desconcierto y disgusto de sus padres; la mirada insidiosa y de reproche de las mujeres; la incredulidad y burla de los varones, para quienes ese mundo desordenado e imprevisible representaba sólo una amenaza a su seguridad, y desconocer los límites de la edad socavaba sus certezas.
    Fuimos heroicos y felices. Vimos cumplidos cada uno de nuestros anhelos como si se tratara de cumplir las predicciones de un antiguo oráculo. Sosegadas las inquietudes de mi espíritu, pude dedicarme serenamente a mi obra. Me sentía como un guerrero antiguo que no había exigido nunca nada y que siempre se entregó sin reservas ni temor a sus batallas, y por eso la vida me recompensaba. Me sentía con derecho a ella y a esa niña que tanto se le parecía, síntesis de nuestro amor, y que llegó para equilibrar nuestra relación. Las miraba y recordaba la vida de mi maestro Marco Fabio, casi dos mil años atrás, quien tuvo dos hermosos hijos con su joven esposa tan sólo para que la tragedia fuese mayor. El viento negro de la muerte arrasó a los tres y condenó al viejo rétor a la contrición de quien quiso burlar el tiempo. Con vano terror me preguntaba cada noche por dónde podría venir el zarpazo fatal. Mi salud se mantenía invariable, sin sobresaltos, sin achaques, sólo un suave decaimiento que me obligaba a ir a dormir cuando las aves lo hacen.
    Un día, viéndola danzar, vi cómo algunas gotas bajaban presurosas por sus senos hasta perderse en la concavidad de su vientre. Me quedé tan maravillado contemplando el desliz de esas perlas cristalinas sobre el cuerpo que tanto amaba, que no reparé cuando se acercó tambaleante para apoyarse en una silla. Creí que lo hacía tan sólo para tomar aire, así que volví los ojos a la delgada pantalla donde leía. Cuando cayó al piso consideré que iniciaba los ejercicios que regularmente hacía acostada. Transcurriría una hora, quizá menos, cuando decidí quitarme los aparatos para leer y dictar simultáneamente, y volví al ligero armazón de mis viejos lentes. La tarde agonizaba.
    Lo primero que vi fue su cuerpo recostado dorsalmente, los brazos levantados cual si simulara ponerse de puntillas. Me acerqué y tenía los ojos cerrados, parecía dormir, pero su rostro había adquirido una blancura espectral. Quise moverla y la hallé rígida. Llamé al médico, quien acudió tan sólo para confirmar que había muerto. Inexplicablemente.
    No pudimos burlar el tiempo. Había prolongado mi vida en vano para armonizar con la época en la que la edad no contara y así fue: no contó en lo absoluto en el momento en que la naturaleza debió completar su ciclo. De tanto cuidarme para evitar el golpe, convertí mi cuerpo en este saco de carne y huesos secos que hoy arrastro. Jamás pensé que la muerte elegiría la flor llena de savia y vida que era ella.
    Ahora sobrevivo casi ciego, inválido, apenas con fuerzas para destruir las pruebas de esta historia que yo sabía estaba condenada al fracaso, pero que aun así me empeñé en modificar, tratando de que tuviera otro final. Pero fracasé, no la logré conducir.   

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