domingo, 29 de septiembre de 2013

DEVOLVER EL COLEGIO A LA COMUNIDAD



Devolver el Colegio a la comunidad

NOÉ AGUDO

Presento algunos puntos para una verdadera reforma al CCH. Sé que quedan varios fuera o hay muchos más implícitos en los aquí asentados y que se podrían desglosar. La idea principal es devolver el Colegio a la comunidad, a los auténticos profesores y estudiantes, y rescatarlo de quienes lo emplean para su beneficio personal o de grupo. Y planteo esto sólo como un medio, no como un fin (jamás compartiré con nadie el vulgar objetivo de “Quítate tú para que me ponga yo”). Porque el propósito central es recuperar la esencia del Colegio, hacer realmente efectivos sus principios filosóficos y su modelo educativo, transformarlo en un auténtico bachillerato de vanguardia para demostrar su vigencia, comprobar su pertinencia, salvaguardar su identidad y garantizar su permanencia dentro de la UNAM. Y terminar con la simulación en la que hemos caído desde hace tiempo.
Cancelar atribuciones arbitrarias y discrecionales a directores: Lo que ha descompuesto la vida del Colegio y demeritado la calidad de su enseñanza es, principalmente, la contratación  y promoción arbitraria de profesores por parte de los directores. Aprovechando la insuficiencia de plazas (he dicho plazas, no trabajo ni grupos) y la indiferencia de la UNAM por regularizar la situación de casi toda su planta docente, los directores de escuelas y facultades hacen un uso discrecional de esta atribución. Contratan directamente a los profesores sin que pasen por los mecanismos de ingreso, eluden los criterios para otorgar las plazas de carrera, y manipulan los mecanismos de estímulos para estos profesores. Saben que no hay factor más efectivo de control que el dinero, los empleos y los ascensos y así, en lugar de regularizar la situación de maestros con cinco, diez, veinte o más años de antigüedad, meten a docentes noveles para disponer de ellos a su antojo y advertirles de paso a los de alguna antigüedad que pueden ser fácilmente remplazados o castigados si no se disciplinan. Una forma perversa de control.
Frenar la degradación de la enseñanza. Lo anterior ocasiona que profesores probados en la docencia −con más de cinco, ocho o diez años− vivan una situación laboral precaria: inestabilidad en el empleo, horarios irracionales (venir en la mañana, regresar al mediodía, volver por la tarde), sin tiempo para preparar las clases (completar los ingresos presupone buscar otro empleo), corregir trabajos, actualizarse, leer; devengar sueldos bajísimos, y encima de todo competir por la asignación de grupos al inicio de cada semestre. Por otra parte, una amplia nómina de profesores noveles plantea el problema de una planta magisterial improvisada. No digo que esté mal la contratación de docentes jóvenes. ¡Bienvenidos! Pero es necesario lograr la eficiencia de los que tienen varios años laborando, capacitarlos y ofrecerles estabilidad y mejores condiciones de trabajo, y así aprovechar su experiencia. Ellos podrían adiestrar a los profesores jóvenes y, si se les ofrecieran condiciones dignas de retiro, podrían jubilarse en tiempo  y así tener una planta joven y vigorosa. Pero con las pésimas condiciones en las que deben jubilarse hoy día, se produce el triste espectáculo de algunos que deben morir en la línea o deambular con sus envejecidos huesos por salones y pasillos. (No todos son afortunados como para jubilarse en excelentes condiciones y luego volver como “asesor” del director.)
Acabar con la simulación. Son muchas las simulaciones que se generan en un medio donde no se reconoce la preparación, el talento y el trabajo, sino la relación privilegiada con quienes deciden. Pero cuanto más mediocre y corrupta sea la persona que decide, peor y más devastadora es la simulación. Para la asignación de grupos, por ejemplo, uno de los criterios es la llamada “lista jerarquizada”. Pues bien, sabemos que ésta no dice nada pues quienes han tenido o tienen cargos administrativos o de “representación”, y son expertos en el arte de trepar, ocupan los primeros lugares en esa lista (con sus debidas excepciones, es obvio). Aparte de eso, a la lista jerarquizada se la hace a un lado cuando se trata de colocar en primer término a las amistades y recomendados de los directores. (Véase “Historia de una profesora de asignatura” y “De la vocación de servicio…”).
Sancionar el nombramiento de funcionarios. Sabemos que quien decide hoy el nombramiento del titular de una dirección general es el rector, auxiliado por una Junta de Gobierno que valora sólo el grado de control que el candidato pueda tener de la institución que va a dirigir. Sabemos también que quien nombra a los directores de los planteles es el director (o directora) general y que en ocasiones dejan a perfectos inútiles al frente, porque son los más leales. Nunca por su capacidad, conocimiento de los temas educativos o preocupación por la convivencia armónica de la comunidad. ¿Debemos aceptar que nos sigan imponiendo la pequeñez de estos Sancho Panza?
Recuperar los órganos de representación. Hace mucho que el Colegio dejó de ser ese espacio democrático que inculcaba valores democráticos y críticos en el aprendizaje de sus alumnos; que resolvía los problemas de la comunidad mediante la consulta a auténticos órganos de representación. Lo que existe actualmente es sólo una simulación de esa democracia: organismos de representación cooptados, integrados por elementos afines a las autoridades, sin auténtica representatividad y sin verdadera capacidad de decisión. Recuérdese cómo el rector decidió la cancelación de la “actualización curricular” y cómo un Consejo Técnico, que sólo sabe obedecer, decidió acatarlo sin más. (Véase “Una estruendosa carcajada”.) Debemos recuperar o forjar auténticos organismos de representación de la comunidad magisterial y estudiantil.
Poner fin a la segregación. El rector ha dicho que la UNAM y la educación deben contribuir a disminuir la desigualdad en el país. Sin embargo, dentro de la Universidad no sólo existe desigualdad, sino segregación y discriminación, que atentan contra postulados esenciales de la Constitución, contra los derechos conquistados por los trabajadores mexicanos, que se plasman en la Ley Federal del Trabajo, y atentan incluso contra los Derechos Humanos. Para este ciclo escolar se emitirá en el plantel Vallejo una convocatoria para otorgar seis plazas de carrera (la misma situación se presenta en los demás planteles). Pues bien, el primer requisito que establece es poseer grado de maestría y tener menos de 35 años de edad. ¿Qué harán los profesores con 36, 40 o 50 años? ¿Y los que han laborado por diez, veinte, treinta o más? Esta es una discriminación inaceptable en una institución educativa. Y reflejo de un problema todavía mayor: la UNAM no tiene ninguna propuesta para solucionar la desigualdad que artificialmente ha creado entre su planta docente. Todo esto a pesar de que existen numerosos estudios que demuestran la factibilidad de terminar esta injusticia para que todos los profesores puedan ser definitivos.
Abrir la participación a todos los docentes. ¿Por qué un profesor de asignatura no puede tener año sabático, si es el que entrega todo su tiempo laboral ante grupos? Este concepto, sabático, que proviene de la Biblia y consiste en que al séptimo año de labrar la tierra se la debe dejar descansar para que pueda recuperar sus nutrientes, lo necesita con mayor urgencia y justicia el profesor de asignatura, que es quien realmente atiende de tiempo completo a los estudiantes. Del mismo modo podríamos preguntar: ¿por qué este profesor no puede disponer de tiempo para escribir un libro donde vuelque su experiencia en la enseñanza? ¿Por qué no puede dictar cátedras especiales? ¿Por qué no puede aspirar a obtener mejores estímulos? ¿Por qué ni siquiera puede presentar proyectos para mejorar el aprendizaje? Simplemente por criterios burocráticos que deben desaparecer.
Necesidad de un órgano de fiscalización. Gasto desmesurado en acciones que no tienen ningún resultado concreto y efectivo en el mejoramiento de la vida del Colegio; discrecionalidad absoluta en el otorgamiento de plazas; manipulación de los criterios para el otorgamiento de estímulos; adquisición y compra de equipo para la enseñanza, de materiales para construcción y mantenimiento de las instalaciones, de muebles y enseres para equipar y limpiar salones, baños, oficinas, gimnasios, laboratorios, cafeterías y otras áreas de los planteles, etc., se realiza en la más absoluta discreción, sin rendir cuentas a nadie, y si acaso se las menciona en los “informes de gestión” son solo para el lucimiento personal. Estas son algunas de las muchas acciones que un órgano especial debe vigilar, porque, a diferencia de los gobiernos en el país, que debido a la vigilancia de las distintas fuerzas políticas, a la existencia de medios de información libres, y a la presión que ejerce la sociedad civil a través de diversas organizaciones, buscan mejorar y hacer más transparente su actuación. En el CCH esto simplemente no existe.
Revisión a fondo de enfoques y programas. Lo que se hizo y derrochó en la llamada “actualización curricular” fue solo una simulación. La actualización, no los gastos, estos fueron millonarios. Acudieron al subterfugio de “actualización” para justificar que no se trataba de una “revisión”, sino sólo de modificar aspectos superficiales de los programas de estudio. Es decir, mover aquí y allá sin cuestionar enfoques, aprendizajes, contenidos y aspectos medulares de la enseñanza, como son la revisión profunda de lo que está haciendo la Internet con las habilidades fundamentales para el estudio, como son la lectura, la comprensión, la racionalización y la abstracción; como son los nuevos aprendizajes que los alumnos deben lograr para el tipo de sociedad en la que estamos viviendo; como son la pérdida de atención y concentración que los medios audiovisuales han provocado en las nuevas generaciones, etc.
    Estos puntos y muchos otros son los que debemos aplicar al Colegio de Ciencias y Humanidades si queremos conservar su modelo, filosofía y principios, para hacer de él una institución vigente, sobresaliente y pertinente. Es decir, si de verdad nos preocupa mejorar el aprendizaje y las condiciones de enseñanza. Lo demás, es sólo demagogia.


miércoles, 25 de septiembre de 2013

¿QUÉ ES UNA RESEÑA?

¿Qué es una reseña?
NOÉ AGUDO


La reseña es un género periodístico, mezcla de información y opinión, que tiene como finalidad dar una visión general y a la vez crítica de alguna obra, pues su propósito es orientar al espectador o al lector en cuanto a su calidad. Es un escrito breve, de extensión no menor a una cuartilla y no mayor de dos, realizado por una persona experta en el tema, que trata de evaluar la calidad de los trabajos para así orientar el gusto y atención del público.
    En el ámbito académico este género se enseña porque permite al estudiante ensayar la exposición −del modo más objetivo posible− de un asunto, ya sea artístico, científico, deportivo o de cualquier otra tema. Al menos que se esté reseñando un hecho en vivo (un encuentro deportivo, por ejemplo, donde se opina a la vez que se narra, y por eso al género periodístico que lo reseña se denomina crónica), no se permite la opinión del autor sino sólo después de haber descrito todos los elementos de la obra. A diferencia del comentario personal, que normalmente inicia con una opinión o juicio, en la reseña se describe primero cómo es, de qué trata y cómo está hecha la obra, y sólo entonces se puede hacer una valoración. Es decir, se opina, se critica y se argumenta pero con base en datos, detalles y características de la obra.
    Esto exige comprender muy bien la obra. No sólo entender la historia o asunto del que trata, sino ir un poco más allá: comprender cómo está hecha, cuáles son sus partes principales, cómo están integradas y cómo funcionan para lograr su propósito comunicativo. Además, el alumno debe ser capaz de resumir lo esencial del contenido de la obra, para no perderse en detalles que lo lleven a una descripción interminable o exhaustiva de la misma.
    Naturalmente, un especialista en la materia –digamos un crítico literario, cinematográfico o teatral− muchas veces puede pasar por alto la reseña completa, ya que hace referencia a otras versiones, da por supuesto que el público conoce el asunto que comenta, por lo cual su trabajo se orienta más a guiar al lector, explicando la calidad del trabajo. Ésta es la labor del crítico.
    Sin embargo, el principiante describirá del modo más sucinto posible el asunto de que trate la obra y sólo después de lograr este paso intentará ejercer la crítica, y siempre relacionado con lo que ha descrito. Además, deberá considerar que su opinión será siempre un punto de vista personal y que su valor y acierto dependerán de lo bien manejados y armados que sean sus argumentos.

    Finalmente, al ser un escrito breve, la reseña exige una estructura básica que consiste de cuatro partes indispensables: inicio (donde se plantea el asunto del que se hablará), desarrollo (reseña o descripción de la obra), opinión o crítica (la valoración que se haga de ese asunto) y la conclusión o cierre (en donde la recomendará o advertirá para no verla).     

domingo, 22 de septiembre de 2013

ESTAMPA DE UN DÍA



Estampa de un día

NOÉ AGUDO (23/IX/13)

Camina por el pasillo, cruza deprisa el patio, firma su asistencia, coge una Gaceta UNAM, mira de reojo los anuncios en las paredes tapizadas y se va de inmediato. Sabe que “el señor de la tablita” pasará pronto por su salón, abrirá la puerta, se asomará y aunque él nunca falta, lo “checan” para hacerlo sentir vigilado. Una medida tan inútil como las “guardias” de la mañana, piensa: se paran en las puertas, las que apenas abren, para que los alumnos más cumplidos y puntuales, que llegan aun antes de las siete de la mañana, exhiban sus credenciales. Y cuando de verdad elementos “extraños” ingresan al plantel, entre las once y las trece horas, o entre las quince y las siete de la tarde, ningún vigilante. Así las autoridades, conocen bien quiénes son los faltistas, pero es a quienes casi nunca faltan a los que vigilan, sobre todo si son de asignatura. Como él.
    Aguarda en la puerta con el bolso colgado de un hombro y los folders repletos de listas, trabajos y otros papeles en sus manos. Hoy ha traído también dos libros para leer esos relatos narrados en segunda persona que a ella le parecen perfectos; no podían haber sido escritos en primera o tercera, tenían que ser en segunda persona. Una forma sutil de involucrar al lector en la historia, sobre todo a estos adolescentes que seguramente se identificarán con el protagonista. Le estresa un poco atender este grupo repleto de alumnos que entran con patinetas, audífonos y las chicas conversando en voz alta en su celular, indiferentes a ella. Cuando va a cerrar la puerta llegan cuatro rezagados con platillos rebosantes de papas fritas, frituras, y esparcido sobre ellas un batidillo que pretende ser queso. Huele intensamente, pero, ¡pobres chicos!, seguramente salieron sin comer de su casa. Como tuvo que hacerlo ella, para llegar puntual, pues apenas si le alcanzó la mañana para lavar, hacer un poco de comida y dejar encargado a su hijo más pequeño.
    A la hora que pasa “el señor de la tablita” aún no logra imponer silencio. Entre el hedor de la comida chatarra, la charla incesante de los alumnos, el ruido que se cuela de afuera (pues esta puerta del salón D 03 está descompuesta y no cierra bien desde hace por lo menos un año) apenas si se escucha su voz. Una compañera le ha dicho que se pase a la mañana, donde “el ambiente es más calmado”, pero las autoridades no quisieron ni escuchar de un cambio de horario. “Ya no hay grupos” le dijeron. “Así que lo toma o lo deja”. Y cómo lo iba a dejar, si con eso completa 18 horas, que sumadas a las seis de la otra escuela le dan cuando menos para la comida y los pasajes.
    Otra le recomienda “ascender” en la lista jerarquizada. “Toma un diplomado, inscríbete a más cursos, pide ser tutora, eso te dará puntos para subir en la lista”, le dice. Ella lo ha querido hacer, pero apenas si le alcanza el día para ir de un lugar a otro, y el fin de semana hay que lavar, planchar, tratar de comer al menos por un día un platillo caliente. Y ver cómo van los niños en la escuela, revisar sus tareas. Otra le ha dicho que concurse para ser definitiva. Pero ¿cómo hacerlo?, piensa, si nunca aparece una convocatoria; además, necesita que le den un grupo “en propiedad”, y en este ciclo ni siquiera le querían asignar tres temporales; los requisitos son cada vez mayores. ¿Cómo librar el primer escollo que es tener menos de 35 años? Quisiera haber estado en esa época en que los profesores casi eran perseguidos para entregar sus papeles y así regularizar su situación. Hoy, si aparece una convocatoria, ya sea para adquirir la definitividad o para promoverse, los participantes casi pelean por ella. Tan escasísimas son las plazas. Y luego están los rumores: que ya están otorgadas, que traen dedicatoria, que es para fulana o sutano. Es que no hay dinero, le dijo otro compañero. Pero un profesor de carrera, que no tiene reparos en revelar la verdad, dice que se han gastado alrededor de 300 millones de pesos en el inútil cuanto fracasado proyecto de actualización curricular. Así que, ¿hay o no hay?
    Este martes está contento. Con su cheque llega el estímulo con el que, si le alcanza, podrá comprar ese libro que, le han dicho, es la mejor crítica que se ha hecho de las concepciones historicistas que van de Platón a Marx. No porque no sepa, sino porque le resulta difícil explicar a sus alumnos, bastante jóvenes y con un insuficiente bagaje cultural, la crisis de un enfoque teórico como el marxismo. Ese nuevo maestro que ha conocido lo anonada con sus enfoques heterodoxos. Se mostró horrorizado cuando exclamó: “¡Cómo!, ¿no has leído a Popper? ¿Eres de los que aún creen que hay ‘leyes’ en la historia?” Por no parecer ignorante le dijo que sí lo conocía, pero que no había leído La sociedad abierta y sus enemigos. Ahora le propuso que impartieran un curso sobre Popper, ¿pues en dónde cree que están? Ni los maestros de carrera se atreven; aquí lo que rifa es el marxismo. Es como ir a predicar el Corán entre los cuáqueros. Pero no deja de reconocerlo: ¡Cuánto se enriquecería el Colegio si permitieran participar a los profesores de asignatura! Algunos traen nuevas ideas y enfoques, conocen mejor los programas pues son quienes los siguen y atienden a la mayoría de los grupos. Pero las autoridades se conforman con lo que repiten desde hace años los profesores de carrera. ¡Si tuviera un poco de tiempo y pudiera comprar y leer los libros, se volvería un especialista! Pero saltando de un trabajo a otro, leyendo en el microbús o en el metro, por la noche llegar agotado a su casa. Tener que revisar trabajos, preparar las clases del día siguiente, ¿a qué hora? Pues en la noche, le dice su compañero. El otro día lo intentó y se quedó dormido. ¿Cómo presentar un proyecto Infocab, por ejemplo, si el responsable académico debe ser definitivo? Ah, ¿por qué los de asignatura no tenemos año sabático si somos quienes más lo necesitamos?

     Ambos hacen fila en la ventanilla de pago. ¿Cómo vas?, pregunta él. Allí, dándole pese a todo, contesta. ¿Sabes que estará más difícil el próximo semestre? Regresan todos los comisionados. Sí, ya lo sé, y nadie hace nada. Nos tienen divididos, agrega él: dos sindicatos, varias categorías de profesores: los de carrera, los de asignatura, y entre éstos los A y B. Pero aun a los de carrera los dividen, hay quienes reciben mejor trato y a otros les niegan los estímulos, para jalarles la rienda. Los primeros tienen que apoyar las políticas de la dirección general, firmar desplegados, incluso rodear y defender las instalaciones si los activistas pretenden tomarlas. No sé cómo algunos se solidarizan con los electricistas, los profesores de otros estados, pero no hacen nada por los de casa. Sí, el precarismo en las condiciones de trabajo de los profesores de la UNAM es el modelo que seguirán las demás escuelas del país, agrega ella. Se acabaron las plazas, se acabó la estabilidad, se acabaron los sueldos dignos. No todo está acabado, dice él. Varios profesores de carrera nos apoyan. Firme aquí, dice la señora que paga, y le entrega un folleto publicitario. ¿Para qué firmamos?, pregunta. Vete a saber si no estamos firmando un documento para agradecer al rector nuestra situación, sonríe ella con amargura. Y se despiden. (Continuará.) 

lunes, 16 de septiembre de 2013

DE LA VOCACIÓN DE SERVICIO, AL SERVICIO PARA MI BENEFICIO

De  la vocación de servicio, al servicio para mi beneficio

NOÉ AGUDO (17/IX/2013)

¿Cuándo se jodió el CCH?, podemos preguntarnos parafraseando al Zavalita de Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa. Y la pregunta tiene una respuesta precisa: se jodió cuando la participación política dejó de ser una práctica al servicio de la comunidad y de los demás, para volverse una voraz búsqueda de posiciones, canonjías y dinero para beneficio propio. Hace mucho que la conducción del Colegio dejó de ser una tarea de personas con vocación de servicio, por su preocupación por la educación o por poseer suficiente experiencia y conocimientos al respecto. Lo que prima hoy es la competencia entre grupos de arribistas que han tejido una maraña de complicidades, alianzas y corrupción  para ocupar los puestos principales, porque saben que desde allí podrán servirse de diversas formas: desde elevar su categoría como profesores, hasta usar los puestos directivos para publicar y simular que son grandes autores e investigadores, obtener puntos para incrementar el currículum, pagarse bien por lo que no saben hacer y no rendir cuentas a nadie, y colocar a sus familiares y allegados para ayudarlos a que también escalen. En pocas palabras, el CCH se jodió desde que vivimos bajo el imperio de los arribistas y los mediocres.
    Basta observar un poco para darnos cuenta de esta triste realidad. ¿Si él o ella pudieron, por qué yo no?, se dicen. Y ya se preparan peores grupos para ir ahora ellos y ya tienen en fila a la familia, esperando el momento. Y en medio de esto la vida académica y la calidad en la enseñanza se degradan cada día más.
    Cuando regresé al plantel Vallejo en 2006 lo encontré tapizado de propaganda. ¡Vaya!, me dije, ¡esto es la democracia! Pronto me di cuenta que este ejercicio era solo simulación. La directora de aquel entonces, con todo y su burdo marxismo y su dizque militancia comunista, reunía al “cuerpo directivo” para darle instrucciones por quién votar. Cuando había elecciones para consejeros técnicos y universitarios, por ejemplo, convocaba a reunión en una sala del Siladin, y allí, entre los chistes bobos que los honorables miembros de ese “cuerpo” hacían, se instruía sobre el lugar, la hora y la persona  por la que habría que votar.
    El hecho me sorprendió, pero creí que era una excepción. Sin embargo, pronto me di cuenta que era lo normal; lo mismo volvía a ocurrir en cada periodo de elecciones para integrar los diversos consejos o para nombrar director. Lo más extraño es que casi todos los candidatos perdedores, aunque conocían y conocen las tramposas prácticas, se abstienen de decir algo y no se atreven a denunciar el engaño. Conocen las reglas no escritas y esperan pacientemente el momento en que les tocará a ellos. ¿Cuándo el actual director tuvo una preocupación por los problemas del plantel antes de ocupar ese cargo? ¿Qué hizo en pro de la comunidad antes de ser director? ¿Cuándo han visto a un consejero hacer una labor por sus colegas o por los estudiantes? ¿Por qué solo aparecen en los momentos de las elecciones y luego desaparecen como las cigarras entre la tierra? ¿Por qué nunca nos dicen nada de su calidad académica e intelectual?
    Dirigir el CCH es saber tejer una red de complicidades y simulaciones. Echar mano de grupitos amafiados, de los que se sabe qué quieren y qué intereses protegen, mientras puedan ayudar a controlar mediante la concesión de algunos cargos. Se les sugiere que para la próxima les tocará a ellos, que todo es cuestión de paciencia, lealtad a la autoridad en turno y buenos servicios. Y así se repite esta práctica que ya se ha vuelto común. Nomás vean quiénes se aprestan a llegar a la dirección.   
    (Esto no significa que todos los profesores que ocupen un puesto sean parte de esa red. Hay algunas excepciones: los que realmente se ocupan de los problemas y desean ayudar a sus compañeros; los que prefieren llevar la vida en paz y son eficientes en lo que hacen; a estos los aprovechan para darse lustre hasta que les conviene, pues al final son desechados, la eficacia y la inteligencia casi siempre son molestas. Están los que pese a su discreto y consistente trabajo son engatusados con un favor, a estos los hacen sentir en deuda; a ellos les recomiendo lo que el hombre de Macuspana dijo a sus potenciales electores: tomen los regalos, esos no son favores que les hacen por ser buenas personas, sino porque es su obligación; procuren regularizar su situación, eso sí, para que no los puedan chantajear. Están además los que prefieren quedarse callados y sumisos, pues creen ilusamente que así mejorarán algún día. A estos sólo les digo que no sueñen. Y están, por último, los que sí deben su trabajo al director o directora, a ellos sí los tienen cogidos de la patita. Bueno, pues titúlense cuanto antes y presenten su examen. Así la presión será menor.)
    Esto es lo que debemos transformar. Debemos hacer a un lado esta espesa nata de corrupción, simulación, ineficiencia y cinismo, para recuperar lo mucho que hemos perdido del Colegio original. El silencio de los verdaderos profesores ha permitido que personas de menor capacidad usurpen la conducción de un colegio cuya filosofía y principios lo proponían como un bachillerato de vanguardia. No debe continuar en manos de gente improvisada intelectualmente, que atiende sus intereses de grupo y que, sabemos, llegaron y llegarán allí para servirse si se los seguimos permitiendo. Hay que acabar con el “quítate tú para que me ponga yo”.
    La UNAM ha tenido grandes rectores y magníficos directores en sus escuelas. Nombres como José Vasconcelos, Antonio y Alfonso Caso, Javier Barros Sierra, Ignacio Chávez, Antonio Castro Leal, Pablo González Casanova y un largo etcétera dan cuenta de esta pléyade de científicos, intelectuales y artistas brillantes que las han dirigido. ¿Por qué conformarnos entonces con la mediocridad?  
    En sus días dorados de plenitud de poder, Elba Esther Gordillo confesó lo siguiente: “Lo voy a decir por primera vez, de todo mi corazón y de todo mi sentimiento: soy líder magisterial porque la vida no me dio el chance de ser una universitaria, de hablar varios idiomas, de acceder a lo que ustedes van a tener oportunidad, a un conocimiento profundo”. (Discurso pronunciado en la entrega de becas de la Generación Bicentenario a estudiantes de bachillerato, realizada el 30 de agosto de 2011 en el Museo Nacional de Antropología e Historia.)
     No permitamos que nuevas Elba Esther Gordillo vengan a dirigir una institución sólo porque nunca pudieron ejercer lo que estudiaron.  

domingo, 8 de septiembre de 2013

HISTORIA DE UNA PROFESORA DE ASIGNATURA


Historia de una profesora de asignatura
NOÉ AGUDO (9/IX/13)

Para todos mis colegas que les quitaron horas o simplemente fueron echados.

Valeria es una joven profesora del CCH. Da clases de física desde hace tres años en el plantel Vallejo. La han invitado a ser asesora, y ha participado; la han invitado a ser tutora, y ha participado; como le pagaban algunas horas por sus asesorías ─sin completar las 30 semanales a las que un profesor de asignatura puede aspirar─ la obligaban a participar en otras actividades de apoyo a la dirección, como eran asistir a reuniones, firmar algunos desplegados, solicitar a sus alumnos que firmaran otros condenando la toma de la dirección general, por ejemplo (para un alumno una petición es una orden), estar presente en las llamadas “jornadas de balance”,  participar en seminarios, etc. En todos ha participado, un poco porque le han insinuado que de no hacerlo no le darán grupos, y otro porque es una profesora que se preocupa por sus alumnos y con gusto realiza estas y otras actividades si presuponen un beneficio para ellos. Por eso también ha aceptado sin chistar esos horarios de locura que la obligan a venir en las primeras horas de la mañana y en las últimas de la tarde, impidiéndole la búsqueda de otra chamba para completar el presupuesto. Nadie sobrevive con menos de 30 horas a la semana, e incluso muchos se deben pagar con sus propios recursos el tiempo que pierden entre una clase y otra, y que no pueden disponer para conseguir otro empleo. Pensaba, como dice la canción de Patxi Andión, que “no es tan malo enseñar toreando un sueldo”. A pesar de esta ordalía, Valeria era feliz. La consolaban los comentarios tipo “así se empieza”, “yo tardé veinte años para ser definitivo”, etc., y con economías y préstamos ahí la iba pasando.
    Con lo que Valeria no contaba era con que al inicio de este semestre regresaría la mayoría de profesores que tenían alguna comisión, unos porque el mal planeado proyecto de “actualización curricular” fracasó, y otros porque, una vez terminado “el hueso”, deben volver a sus grupos y desplazan así a los interinos que los cubren, como ella. ¿Qué hacer? Valeria intentó hablar con la secretaria académica, que ni se preocupó por asignarle al menos otro grupo, ni intentó ayudarla a cambiar su horario para liberarle la tarde y así buscar otro empleo. Un día, que hacía antesala para hablar con ella, llegó una profesora ─muy joven también─ y se pusieron a conversar. Se enteró que apenas tenía un año como docente, que era de matemáticas, que ella sí contaba con sus 30 horas y en un horario compacto. “Admirable”, pensó, “deben hacer mucha falta profesores de matemáticas para que los traten tan bien”. No salía aún de su asombro y contemplaba con cierta envidia a su colega cuando llegó el director. Con los brazos extendidos se dirigió hacia la joven profesora y la saludó efusivamente, le preguntó cómo estaba, inquirió por su padre y la hizo pasar sin más a su despacho. “Así quién no”, se dijo Valeria en silencio, mientras caminaba por la calle, sabiendo que tenía que abandonar el CCH.
    Excepto el nombre, la historia que he descrito es absolutamente cierta y todos en el Colegio la conocemos. Lo inexplicable y espantoso es que nadie haga nada por corregirla. Dejamos actuar a un puñado de burócratas que, si trabajaran para una empresa privada, ya los hubieran echado por no saber administrar, por sus torpes decisiones y porque juegan con el empleo, algo vital para la vida de la gente. ¿Por qué esa contratación irresponsable, irracional e ilícita, laboralmente hablando?
    Uno pensaría, ¡qué buenos tipos! Se encargan de dar trabajo a algunos de los millones de profesionistas desempleados que existen; les ofrecen la esperanza de un empleo, les dan un consuelo. Pero sabemos que esto no es así, que no lo hacen con ese fin. Lo hacen porque siguen una política de control que la actual directora general gusta de aplicar especialmente, y que consiste más o menos en lo siguiente: contrato muchos profesores, nuevos, de preferencia saltándome la normatividad existente para su ingreso (el profesor David Silva Tonche ha reunido datos elocuentes al respecto), para que así me deban a mí su empleo, y entonces voten por lo que yo diga, obedezcan dócilmente mis decisiones, y de paso cumplo con uno de los propósitos no declarados en mi programa de gobierno: renovar la planta magisterial. Con esto, además de tener un ejército de reserva, controlo a los profesores con más antigüedad, mostrándoles que hay miles para remplazarlos, y no me preocupo así por darles estabilidad o mejorar su precaria situación laboral. ¡Oh, el CCH me queda chico, yo debería estar al frente de la SEP o al menos de la Secretaría del Trabajo! 
    Muchos profesores me preguntan qué hacer, cómo debemos actuar ante los problemas que señalo, y mi respuesta es ésta: debemos pugnar porque se realice una reforma a fondo del Colegio. Una reforma que limite o anule las atribuciones discrecionales con que actualmente cuentan directores y directora general pues, se ha visto, sólo las utilizan para su beneficio personal y para causar graves daño al Colegio sin la obligación de responder ante nadie; una reforma que rescate los órganos de representación que, sabemos, son solo una simulación grotesca de representatividad, como lo fueron las cámaras de diputados y senadores bajo el absolutismo priista; que resuelva la situación de la mayoría de profesores, porque es un hecho que las plazas de carrera son sólo un mito, la UNAM jamás abrirá concursos para la mayoría de su planta docente; al contrario, lo que busca es que la mayoría de los profesores se retire en las peores condiciones económicas posibles, y ya sabemos que el puñado de plazas de carrera que hoy existe se reserva para familiares, recomendados y amigos. Una reforma que establezca un órgano de fiscalización y control para las autoridades (guardando las proporciones, dirigir el CCH es equivalente a gobernar uno de los municipios con más recursos del país). Una reforma que haga factible, porque esto no se ha logrado aún, el modelo educativo del Colegio y los principios que lo inspiraron. Digo, si queremos preservarlo como un bachillerato diferente y que siga perteneciendo a la UNAM. Una reforma que realice a fondo una revisión del plan de estudios. Una reforma que acabe con la mediocridad, la improvisación y la simulación..., que se esmere por colocar en los puestos directivos a profesores honestos, con vocación de servicio y con visión para la educación.

    Todas estas son tareas que alguien podría considerar vanas ilusiones y yo les respondo: Lutero provocó la reforma religiosa con hojas volantes, y es más iluso pensar que acatando dócilmente el mandato de las autoridades o quedarse callado ante sus estropicios es asegurarse una mejor situación. (Continuará.)

domingo, 1 de septiembre de 2013

LA DANZA DE LAS SIMULACIONES

La danza de las simulaciones
NOÉ AGUDO (2/IX/2013)

Para el director del plantel, quien en un acto que denigra su cargo, sugirió insidiosamente a un grupo de profesores que yo había escrito un anónimo para perjudicar a otro maestro. Siempre firmo lo que escribo y digo, director.

La desastrosa asignación de grupos para el presente ciclo escolar en el plantel Vallejo plantea algunas reflexiones en torno a un hábito que campea por todo el CCH: el de la simulación, que no es más que el resultado de un proceder cuyo origen se halla en los más altos niveles de conducción de esta maltratada institución. Hay simulación en una dirección general que, escudada tras un Consejo Técnico, plantea una actualización curricular en la que centenas de profesores son involucrados en comisiones encargadas de revisar doce puntos que un Consejo Técnico simulador “propone” para que las comisiones revisoras lo analicen con la “participación de la comunidad”. Hay simulación en la toma de decisiones que afectan la vida del Colegio, las cuales se hacen pasar como propuestas de un Consejo Técnico que todos sabemos está controlado por la dirección general a la que obedece dócilmente, pues es la directora quien lo preside y su secretario general quien la sustituye, y es la dirección quien premia a sus integrantes con más puntos para su promoción, para el famoso PRIDE o simplemente para engrosar el currículum. Hay simulación en la elección de los integrantes de estos y otros consejos, pues sabemos cómo la dirección general y sus apéndices, las direcciones de los planteles, obligan a los profesores comisionados o con algún cargo a votar por sus favoritos, dejando fuera a profesores y alumnos propuestos libremente por la comunidad. Hay simulación en las direcciones de los planteles, que contratan desaforadamente nuevos docentes, sin advertirles ni mucho menos prever lo qué sucederá con los grupos que atienden, una vez que los profesores comisionados en esa farsa regresen, como sucedió al inicio de este ciclo. (Y será peor el próximo, pues los comisionados en la dirección general regresarán a sus grupos para tratar de lograr la reelección o porque simplemente se quedarán sin hueso.) Hay simulación en el otorgamiento de grupos, para lo cual deberían servir las listas jerarquizadas, pero las asignaciones se hacen a discreción, pues de lo que se trata es de colocar en primer término a los recomendados y favoritos de la dirección. Hay simulación en las listas jerarquizadas que, se supone, la deberían encabezar profesores con un mayor número de puntos logrados por su preparación, experiencia y realización de actividades en beneficio de la educación. Pero sabemos que esto no es cierto: la encabezan quienes se caracterizan por su sumisión y condescendencia hacia los dictados de la autoridad, no importa que sean auténticos analfabetas funcionales;  usurpan también los primeros sitios los que se sirven con la cuchara grande cuando han detentado cargos administrativos. Detengámonos en este punto.
    Una de las pocas formas pertinentes que tienen los profesores para obtener puntos es mediante su participación en cursos, seminarios, talleres y diplomados que de verdad los forme y actualice. Pues bien, esto es pervertido por esa simulación a la que nos hemos venido refiriendo y que consiste más o menos en lo siguiente: aprovechando sus relaciones burocráticas, el cargo que ocupa o simplemente por realizar la función que le corresponde, un arribista (o una, en esto no hay género) organiza un curso o diplomado; consigue a los instructores, seguramente conocidos o amigos; inscribe a sus cuates, que asisten algunas veces; él o ella también se asoma algunas ocasiones. Al final, todos reciben sus constancias (ahora con una calificación, como a cualquier párvulo), especialmente los cuates y el organizador, quien se otorga una constancia especial. ¿Y los verdaderos profesores que participaron? Pues, si alguien faltó a una sesión, no pudo entregar un trabajo o simplemente pasó desapercibido para el instructor, no se le entrega la constancia o se le reprueba. Sin valorar su asistencia, los trabajos que realizó y haber cumplido puntualmente con las ocurrencias del instructor.
    Algo similar ocurre con ciertos acadestrativos (académicos con un cargo administrativo), que se sirven con la cuchara grande cuando se trata de constancias y puntos. Las primeras veces que di pláticas o las organicé, edité revistas, participé como asesor o tutor, lo hice porque creí que así completaba mis tareas como profesor. Nunca pedí constancias; cuando me enteré de su valor para ser catafixeadas por “puntos”, lamenté cuántas veces las había desechado o ignorado. Los acadestrativos suelen otorgarse constancias por cualquier cosa: por asistir a una conferencia donde sólo dicen tonterías, improvisando sobre la marcha, es decir, puro rollo; por acompañar en la presentación de algún libro; por inaugurar una jornada o un ciclo, y hasta por realizar mal su trabajo. Cuando alguna vez vi la lista jerarquizada de mi área, me sorprendí de saber que quienes la encabezaban no eran precisamente los mejores profesores, los más preparados, o quienes sobresalen por su trabajo intelectual y académico, no, sino por quienes son parte de esos grupitos hábiles en trepar y conseguir puntos. Es decir, por los expertos en la simulación. ¿Dónde quedan los verdaderos profesores?

    Este hecho es síntoma de un problema más general. Gabriel Zaid ha desnudado con inteligencia y humor ese nuevo oficio surgido en la UNAM, el de la meritocracia (véase De los libros al poder, especialmente “Sobre los títulos profesionales como capital curricular”), del cual nuestras autoridades y sus acadestrativos son dignos exponentes: hábiles para trepar; especialistas en escribir prólogos y presentaciones; en publicar libros y revistas que no leen ni ellos; en gastar dinero en acciones de relumbrón como actualizaciones curriculares, foros y jornadas, que no sirven de nada pero otorgan puntos. Y así hasta llegar a los que hacen como que enseñan o investigan; los que llevan la voz cantante en esta danza de simulaciones. Pero esto, es otra historia…  (Continuará.)

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