Devolver el Colegio a la comunidad
NOÉ AGUDO
Presento algunos puntos para una verdadera reforma al CCH. Sé
que quedan varios fuera o hay muchos más implícitos en los aquí asentados y que
se podrían desglosar. La idea principal es devolver el Colegio a la comunidad,
a los auténticos profesores y estudiantes, y rescatarlo de quienes lo emplean
para su beneficio personal o de grupo. Y planteo esto sólo como un medio, no
como un fin (jamás compartiré con nadie el vulgar objetivo de “Quítate tú para
que me ponga yo”). Porque el propósito central es recuperar la esencia del
Colegio, hacer realmente efectivos sus principios filosóficos y su modelo
educativo, transformarlo en un auténtico bachillerato de vanguardia para
demostrar su vigencia, comprobar su pertinencia, salvaguardar su identidad y
garantizar su permanencia dentro de la UNAM. Y terminar con la simulación en la
que hemos caído desde hace tiempo.
Cancelar atribuciones
arbitrarias y discrecionales a directores: Lo que ha descompuesto la vida del Colegio y
demeritado la calidad de su enseñanza es, principalmente, la contratación y promoción arbitraria de profesores por
parte de los directores. Aprovechando la insuficiencia de plazas (he dicho
plazas, no trabajo ni grupos) y la indiferencia de la UNAM por regularizar la
situación de casi toda su planta docente, los directores de escuelas y
facultades hacen un uso discrecional de esta atribución. Contratan directamente
a los profesores sin que pasen por los mecanismos de ingreso, eluden los
criterios para otorgar las plazas de carrera, y manipulan los mecanismos de
estímulos para estos profesores. Saben que no hay factor más efectivo de
control que el dinero, los empleos y los ascensos y así, en lugar de
regularizar la situación de maestros con cinco, diez, veinte o más años de
antigüedad, meten a docentes noveles para disponer de ellos a su antojo y
advertirles de paso a los de alguna antigüedad que pueden ser fácilmente
remplazados o castigados si no se disciplinan. Una forma perversa de control.
Frenar la degradación
de la enseñanza. Lo
anterior ocasiona que profesores probados en la docencia −con más de cinco,
ocho o diez años− vivan una situación laboral precaria: inestabilidad en el
empleo, horarios irracionales (venir en la mañana, regresar al mediodía, volver
por la tarde), sin tiempo para preparar las clases (completar los ingresos presupone
buscar otro empleo), corregir trabajos, actualizarse, leer; devengar sueldos
bajísimos, y encima de todo competir por la asignación de grupos al inicio de
cada semestre. Por otra parte, una amplia nómina de profesores noveles plantea
el problema de una planta magisterial improvisada. No digo que esté mal la
contratación de docentes jóvenes. ¡Bienvenidos! Pero es necesario lograr la
eficiencia de los que tienen varios años laborando, capacitarlos y ofrecerles
estabilidad y mejores condiciones de trabajo, y así aprovechar su experiencia. Ellos
podrían adiestrar a los profesores jóvenes y, si se les ofrecieran condiciones
dignas de retiro, podrían jubilarse en tiempo
y así tener una planta joven y vigorosa. Pero con las pésimas
condiciones en las que deben jubilarse hoy día, se produce el triste
espectáculo de algunos que deben morir en la línea o deambular con sus envejecidos
huesos por salones y pasillos. (No todos son afortunados como para jubilarse en
excelentes condiciones y luego volver como “asesor” del director.)
Acabar con la
simulación. Son
muchas las simulaciones que se generan en un medio donde no se reconoce la
preparación, el talento y el trabajo, sino la relación privilegiada con quienes
deciden. Pero cuanto más mediocre y corrupta sea la persona que decide, peor y
más devastadora es la simulación. Para la asignación de grupos, por ejemplo,
uno de los criterios es la llamada “lista jerarquizada”. Pues bien, sabemos que
ésta no dice nada pues quienes han tenido o tienen cargos administrativos o de
“representación”, y son expertos en el arte de trepar, ocupan los primeros
lugares en esa lista (con sus debidas excepciones, es obvio). Aparte de eso, a
la lista jerarquizada se la hace a un lado cuando se trata de colocar en primer
término a las amistades y recomendados de los directores. (Véase “Historia de
una profesora de asignatura” y “De la vocación de servicio…”).
Sancionar el
nombramiento de funcionarios. Sabemos que quien decide hoy el nombramiento del titular de
una dirección general es el rector, auxiliado por una Junta de Gobierno que
valora sólo el grado de control que el candidato pueda tener de la institución
que va a dirigir. Sabemos también que quien nombra a los directores de los
planteles es el director (o directora) general y que en ocasiones dejan a
perfectos inútiles al frente, porque son los más leales. Nunca por su
capacidad, conocimiento de los temas educativos o preocupación por la
convivencia armónica de la comunidad. ¿Debemos aceptar que nos sigan imponiendo
la pequeñez de estos Sancho Panza?
Recuperar los órganos
de representación.
Hace mucho que el Colegio dejó de ser ese espacio democrático que inculcaba
valores democráticos y críticos en el aprendizaje de sus alumnos; que resolvía
los problemas de la comunidad mediante la consulta a auténticos órganos de
representación. Lo que existe actualmente es sólo una simulación de esa
democracia: organismos de representación cooptados, integrados por elementos
afines a las autoridades, sin auténtica representatividad y sin verdadera
capacidad de decisión. Recuérdese cómo el rector decidió la cancelación de la
“actualización curricular” y cómo un Consejo Técnico, que sólo sabe obedecer,
decidió acatarlo sin más. (Véase “Una estruendosa carcajada”.) Debemos
recuperar o forjar auténticos organismos de representación de la comunidad
magisterial y estudiantil.
Poner fin a la
segregación. El
rector ha dicho que la UNAM y la educación deben contribuir a disminuir la
desigualdad en el país. Sin embargo, dentro de la Universidad no sólo existe
desigualdad, sino segregación y discriminación, que atentan contra postulados
esenciales de la Constitución, contra los derechos conquistados por los
trabajadores mexicanos, que se plasman en la Ley Federal del Trabajo, y atentan
incluso contra los Derechos Humanos. Para este ciclo escolar se emitirá en el
plantel Vallejo una convocatoria para otorgar seis plazas de carrera (la misma
situación se presenta en los demás planteles). Pues bien, el primer requisito
que establece es poseer grado de maestría y tener menos de 35 años de edad.
¿Qué harán los profesores con 36, 40 o 50 años? ¿Y los que han laborado por
diez, veinte, treinta o más? Esta es una discriminación inaceptable en una
institución educativa. Y reflejo de un problema todavía mayor: la UNAM no tiene
ninguna propuesta para solucionar la desigualdad que artificialmente ha creado
entre su planta docente. Todo esto a pesar de que existen numerosos estudios
que demuestran la factibilidad de terminar esta injusticia para que todos los
profesores puedan ser definitivos.
Abrir la participación
a todos los docentes.
¿Por qué un profesor de asignatura no puede tener año sabático, si es el que
entrega todo su tiempo laboral ante grupos? Este concepto, sabático, que proviene de la Biblia y consiste en que al séptimo
año de labrar la tierra se la debe dejar descansar para que pueda recuperar sus
nutrientes, lo necesita con mayor urgencia y justicia el profesor de
asignatura, que es quien realmente atiende de tiempo completo a los
estudiantes. Del mismo modo podríamos preguntar: ¿por qué este profesor no
puede disponer de tiempo para escribir un libro donde vuelque su experiencia en
la enseñanza? ¿Por qué no puede dictar cátedras especiales? ¿Por qué no puede
aspirar a obtener mejores estímulos? ¿Por qué ni siquiera puede presentar
proyectos para mejorar el aprendizaje? Simplemente por criterios burocráticos
que deben desaparecer.
Necesidad de un órgano
de fiscalización.
Gasto desmesurado en acciones que no tienen ningún resultado concreto y
efectivo en el mejoramiento de la vida del Colegio; discrecionalidad absoluta
en el otorgamiento de plazas; manipulación de los criterios para el
otorgamiento de estímulos; adquisición y compra de equipo para la enseñanza, de
materiales para construcción y mantenimiento de las instalaciones, de muebles y
enseres para equipar y limpiar salones, baños, oficinas, gimnasios,
laboratorios, cafeterías y otras áreas de los planteles, etc., se realiza en la
más absoluta discreción, sin rendir cuentas a nadie, y si acaso se las menciona
en los “informes de gestión” son solo para el lucimiento personal. Estas son
algunas de las muchas acciones que un órgano especial debe vigilar, porque, a
diferencia de los gobiernos en el país, que debido a la vigilancia de las
distintas fuerzas políticas, a la existencia de medios de información libres, y
a la presión que ejerce la sociedad civil a través de diversas organizaciones,
buscan mejorar y hacer más transparente su actuación. En el CCH esto
simplemente no existe.
Revisión a fondo de
enfoques y programas.
Lo que se hizo y derrochó en la llamada “actualización curricular” fue solo una
simulación. La actualización, no los gastos, estos fueron millonarios.
Acudieron al subterfugio de “actualización” para justificar que no se trataba
de una “revisión”, sino sólo de modificar aspectos superficiales de los
programas de estudio. Es decir, mover aquí y allá sin cuestionar enfoques,
aprendizajes, contenidos y aspectos medulares de la enseñanza, como son la
revisión profunda de lo que está haciendo la Internet con las habilidades
fundamentales para el estudio, como son la lectura, la comprensión, la racionalización
y la abstracción; como son los nuevos aprendizajes que los alumnos deben lograr
para el tipo de sociedad en la que estamos viviendo; como son la pérdida de
atención y concentración que los medios audiovisuales han provocado en las
nuevas generaciones, etc.
Estos puntos y
muchos otros son los que debemos aplicar al Colegio de Ciencias y
Humanidades si queremos conservar su modelo, filosofía y principios, para hacer
de él una institución vigente, sobresaliente y pertinente. Es decir, si de
verdad nos preocupa mejorar el aprendizaje y las condiciones de enseñanza. Lo
demás, es sólo demagogia.
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