De la vocación de servicio, al servicio para mi
beneficio
NOÉ AGUDO (17/IX/2013)
¿Cuándo se jodió el CCH?, podemos
preguntarnos parafraseando al Zavalita de Conversación
en la catedral, de Mario Vargas Llosa. Y la pregunta tiene una respuesta
precisa: se jodió cuando la participación política dejó de ser una práctica al
servicio de la comunidad y de los demás, para volverse una voraz búsqueda de
posiciones, canonjías y dinero para beneficio propio. Hace mucho que la
conducción del Colegio dejó de ser una tarea de personas con vocación de
servicio, por su preocupación por la educación o por poseer suficiente experiencia
y conocimientos al respecto. Lo que prima hoy es la competencia entre grupos de
arribistas que han tejido una maraña de complicidades, alianzas y corrupción para ocupar los puestos principales, porque
saben que desde allí podrán servirse de diversas formas: desde elevar su
categoría como profesores, hasta usar los puestos directivos para publicar y
simular que son grandes autores e investigadores, obtener puntos para
incrementar el currículum, pagarse bien por lo que no saben hacer y no rendir
cuentas a nadie, y colocar a sus familiares y allegados para ayudarlos a que también
escalen. En pocas palabras, el CCH se jodió desde que vivimos bajo el imperio
de los arribistas y los mediocres.
Basta observar un poco para darnos cuenta
de esta triste realidad. ¿Si él o ella pudieron, por qué yo no?, se dicen. Y ya
se preparan peores grupos para ir ahora ellos y ya tienen en fila a la familia,
esperando el momento. Y en medio de esto la vida académica y la calidad en la
enseñanza se degradan cada día más.
Cuando regresé al plantel Vallejo en 2006
lo encontré tapizado de propaganda. ¡Vaya!, me dije, ¡esto es la democracia! Pronto
me di cuenta que este ejercicio era solo simulación. La directora de aquel
entonces, con todo y su burdo marxismo y su dizque militancia comunista, reunía
al “cuerpo directivo” para darle instrucciones por quién votar. Cuando había
elecciones para consejeros técnicos y universitarios, por ejemplo, convocaba a
reunión en una sala del Siladin, y allí, entre los chistes bobos que los
honorables miembros de ese “cuerpo” hacían, se instruía sobre el lugar, la hora
y la persona por la que habría que votar.
El hecho me sorprendió, pero creí que era
una excepción. Sin embargo, pronto me di cuenta que era lo normal; lo mismo volvía
a ocurrir en cada periodo de elecciones para integrar los diversos consejos o
para nombrar director. Lo más extraño es que casi todos los candidatos
perdedores, aunque conocían y conocen las tramposas prácticas, se abstienen de
decir algo y no se atreven a denunciar el engaño. Conocen las reglas no
escritas y esperan pacientemente el momento en que les tocará a ellos. ¿Cuándo
el actual director tuvo una preocupación por los problemas del plantel antes de
ocupar ese cargo? ¿Qué hizo en pro de la comunidad antes de ser director? ¿Cuándo
han visto a un consejero hacer una labor por sus colegas o por los estudiantes?
¿Por qué solo aparecen en los momentos de las elecciones y luego desaparecen
como las cigarras entre la tierra? ¿Por qué nunca nos dicen nada de su calidad
académica e intelectual?
Dirigir el CCH es saber tejer una red de
complicidades y simulaciones. Echar mano de grupitos amafiados, de los que se
sabe qué quieren y qué intereses protegen, mientras puedan ayudar a controlar
mediante la concesión de algunos cargos. Se les sugiere que para la próxima les
tocará a ellos, que todo es cuestión de paciencia, lealtad a la autoridad en
turno y buenos servicios. Y así se repite esta práctica que ya se ha vuelto
común. Nomás vean quiénes se aprestan a llegar a la dirección.
(Esto no significa que todos los profesores
que ocupen un puesto sean parte de esa red. Hay algunas excepciones: los que realmente se ocupan de los problemas y desean ayudar a sus compañeros; los que
prefieren llevar la vida en paz y son eficientes en lo que hacen; a estos los
aprovechan para darse lustre hasta que les conviene, pues al final son
desechados, la eficacia y la inteligencia casi siempre son molestas. Están los
que pese a su discreto y consistente trabajo son engatusados con un favor, a
estos los hacen sentir en deuda; a ellos les recomiendo lo que el hombre de
Macuspana dijo a sus potenciales electores: tomen los regalos, esos no son
favores que les hacen por ser buenas personas, sino porque es su obligación;
procuren regularizar su situación, eso sí, para que no los puedan chantajear.
Están además los que prefieren quedarse callados y sumisos, pues creen
ilusamente que así mejorarán algún día. A estos sólo les digo que no sueñen. Y
están, por último, los que sí deben su trabajo al director o directora, a ellos
sí los tienen cogidos de la patita. Bueno, pues titúlense cuanto antes y
presenten su examen. Así la presión será menor.)
Esto es lo que debemos transformar. Debemos
hacer a un lado esta espesa nata de corrupción, simulación, ineficiencia y cinismo,
para recuperar lo mucho que hemos perdido del Colegio original. El silencio de
los verdaderos profesores ha permitido que personas de menor capacidad usurpen la
conducción de un colegio cuya filosofía y principios lo proponían como un
bachillerato de vanguardia. No debe continuar en manos de gente improvisada
intelectualmente, que atiende sus intereses de grupo y que, sabemos, llegaron y
llegarán allí para servirse si se los seguimos permitiendo. Hay que acabar con
el “quítate tú para que me ponga yo”.
La UNAM ha tenido grandes rectores y
magníficos directores en sus escuelas. Nombres como José Vasconcelos, Antonio y
Alfonso Caso, Javier Barros Sierra, Ignacio Chávez, Antonio Castro Leal, Pablo
González Casanova y un largo etcétera dan cuenta de esta pléyade de
científicos, intelectuales y artistas brillantes que las han dirigido. ¿Por qué
conformarnos entonces con la mediocridad?
En sus días dorados de plenitud de poder, Elba
Esther Gordillo confesó lo siguiente: “Lo voy a decir por primera vez, de todo
mi corazón y de todo mi sentimiento: soy líder magisterial porque la vida no me
dio el chance de ser una universitaria, de hablar varios idiomas, de acceder a
lo que ustedes van a tener oportunidad, a un conocimiento profundo”. (Discurso
pronunciado en la entrega de becas de la Generación Bicentenario a estudiantes
de bachillerato, realizada el 30 de agosto de 2011 en el Museo Nacional de
Antropología e Historia.)
No
permitamos que nuevas Elba Esther Gordillo vengan a dirigir una institución sólo
porque nunca pudieron ejercer lo
que estudiaron.
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