La danza de
las simulaciones
NOÉ AGUDO
(2/IX/2013)
Para el director del plantel,
quien en un acto que denigra su cargo, sugirió insidiosamente a un grupo de
profesores que yo había escrito un anónimo para perjudicar a otro maestro.
Siempre firmo lo que escribo y digo, director.
La desastrosa asignación de grupos para el presente ciclo escolar
en el plantel Vallejo plantea algunas reflexiones en torno a un hábito que
campea por todo el CCH: el de la simulación, que no es más que el resultado de
un proceder cuyo origen se halla en los más altos niveles de conducción de esta
maltratada institución. Hay simulación en una dirección general que, escudada
tras un Consejo Técnico, plantea una actualización curricular en la que
centenas de profesores son involucrados en comisiones encargadas de revisar doce
puntos que un Consejo Técnico simulador “propone” para que las comisiones
revisoras lo analicen con la “participación de la comunidad”. Hay simulación en
la toma de decisiones que afectan la vida del Colegio, las cuales se hacen
pasar como propuestas de un Consejo Técnico que todos sabemos está controlado
por la dirección general a la que obedece dócilmente, pues es la directora
quien lo preside y su secretario general quien la sustituye, y es la dirección
quien premia a sus integrantes con más puntos para su promoción, para el famoso
PRIDE o simplemente para engrosar el currículum. Hay simulación en la elección
de los integrantes de estos y otros consejos, pues sabemos cómo la dirección
general y sus apéndices, las direcciones de los planteles, obligan a los
profesores comisionados o con algún cargo a votar por sus favoritos, dejando
fuera a profesores y alumnos propuestos libremente por la comunidad. Hay
simulación en las direcciones de los planteles, que contratan desaforadamente nuevos
docentes, sin advertirles ni mucho menos prever lo qué sucederá con los grupos
que atienden, una vez que los profesores comisionados en esa farsa regresen,
como sucedió al inicio de este ciclo. (Y será peor el próximo, pues los
comisionados en la dirección general regresarán a sus grupos para tratar de
lograr la reelección o porque simplemente se quedarán sin hueso.) Hay
simulación en el otorgamiento de grupos, para lo cual deberían servir las
listas jerarquizadas, pero las asignaciones se hacen a discreción, pues de lo
que se trata es de colocar en primer término a los recomendados y favoritos de
la dirección. Hay simulación en las listas jerarquizadas que, se supone, la
deberían encabezar profesores con un mayor número de puntos logrados por su
preparación, experiencia y realización de actividades en beneficio de la educación.
Pero sabemos que esto no es cierto: la encabezan quienes se caracterizan por su
sumisión y condescendencia hacia los dictados de la autoridad, no importa que
sean auténticos analfabetas funcionales; usurpan también los primeros sitios los que se
sirven con la cuchara grande cuando han detentado cargos administrativos. Detengámonos
en este punto.
Una de las pocas
formas pertinentes que tienen los profesores para obtener puntos es mediante su
participación en cursos, seminarios, talleres y diplomados que de verdad los
forme y actualice. Pues bien, esto es pervertido por esa simulación a la que nos
hemos venido refiriendo y que consiste más o menos en lo siguiente:
aprovechando sus relaciones burocráticas, el cargo que ocupa o simplemente por
realizar la función que le corresponde, un arribista (o una, en esto no hay
género) organiza un curso o diplomado; consigue a los instructores, seguramente
conocidos o amigos; inscribe a sus cuates, que asisten algunas veces; él o ella
también se asoma algunas ocasiones. Al final, todos reciben sus constancias
(ahora con una calificación, como a cualquier párvulo), especialmente los
cuates y el organizador, quien se otorga una constancia especial. ¿Y los
verdaderos profesores que participaron? Pues, si alguien faltó a una sesión, no
pudo entregar un trabajo o simplemente pasó desapercibido para el instructor, no
se le entrega la constancia o se le reprueba. Sin valorar su asistencia, los
trabajos que realizó y haber cumplido puntualmente con las ocurrencias del
instructor.
Algo similar ocurre
con ciertos acadestrativos (académicos con un cargo administrativo), que se
sirven con la cuchara grande cuando se trata de constancias y puntos. Las
primeras veces que di pláticas o las organicé, edité revistas, participé como
asesor o tutor, lo hice porque creí que así completaba mis tareas como
profesor. Nunca pedí constancias; cuando me enteré de su valor para ser
catafixeadas por “puntos”, lamenté cuántas veces las había desechado o ignorado.
Los acadestrativos suelen otorgarse constancias por cualquier cosa: por asistir
a una conferencia donde sólo dicen tonterías, improvisando sobre la marcha, es
decir, puro rollo; por acompañar en la presentación de algún libro; por inaugurar
una jornada o un ciclo, y hasta por realizar mal su trabajo. Cuando alguna vez
vi la lista jerarquizada de mi área, me sorprendí de saber que quienes la
encabezaban no eran precisamente los mejores profesores, los más preparados, o
quienes sobresalen por su trabajo intelectual y académico, no, sino por quienes
son parte de esos grupitos hábiles en trepar y conseguir puntos. Es decir, por
los expertos en la simulación. ¿Dónde quedan los verdaderos profesores?
Este hecho es síntoma
de un problema más general. Gabriel Zaid ha desnudado con inteligencia y humor
ese nuevo oficio surgido en la UNAM, el de la meritocracia (véase De los libros al poder, especialmente
“Sobre los títulos profesionales como capital curricular”), del cual nuestras
autoridades y sus acadestrativos son dignos exponentes: hábiles para trepar;
especialistas en escribir prólogos y presentaciones; en publicar libros y revistas
que no leen ni ellos; en gastar dinero en acciones de relumbrón como
actualizaciones curriculares, foros y jornadas, que no sirven de nada pero
otorgan puntos. Y así hasta llegar a los que hacen como que enseñan o
investigan; los que llevan la voz cantante en esta danza de simulaciones. Pero
esto, es otra historia… (Continuará.)
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